Recordatorio: Asociación por las Almas del Purgatorio

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2 noviembre, 2015

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Este es nuestro recordatorio mensual sobre la Asociación por las Almas del purgatorio. Recordamos que ya no se publican listados y todas las almas enviadas quedan inscritas automáticamente.

La iniciativa de la Asociación por las Almas del Purgatorio (Purgatorial Society) es una iniciativa de Rorate Caeli que lleva ya algunos años en marcha. Tiene un triple destino, por una parte los sacerdotes pueden inscribirse para comprometerse a ofrecer una Misa Tradicional al mes o a la semana por las almas asociadas, por otra los fieles inscriben a las almas de sus seres queridos para que las Misas y oraciones se ofrezcan por ellas, por otro lado los propios fieles rezan también por todas las Almas de la Asociación. Este mes hemos añadido tres nuevos sacerdotes a la Asociación -incluyendo otro Dominico-. En la actualidad hay 64 sacerdotes ofreciendo Misa Tradicional por las almas asociadas, y miles inscritas. Las inscripciones son siempre gratuitas, no hay ningún tipo de finalidad económica -ni siquiera en forma de donativo- en la Asociación.

En el Purgatorio se ama, se ama sin limites, y se arrepiente el alma de tanta ceguera vivida en la vida terrenal. Ellas esperan el consuelo de María y de San Miguel, de los ángeles que acuden en su apoyo, recordándoles que después del sufrimiento tendrán la gloria de llegar al gozo infinito. Allí se pide oración: cuando ellos reciben el amor de los que aun estamos aquí hecho alabanza a Dios, no sólo se consuelan sino que acortan su sufrimiento. Y lo devuelven cuando llegan al Cielo, intercediendo por quienes los supieron ayudar a disminuir sus sufrimientos. Sigue leyendo

La conmemoración de los fieles difuntos

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2 noviembre, 2015

Después que la santa Iglesia en el día de ayer celebró la fiesta de todos los santos, hoy extiende su caridad, y ayuda con sus oraciones y sufragios a las almas del purgatorio. Pues es dogma de fe que para poder entrar en el cielo, han de purificarse y acrisolarse las almas de los que murieron en gracia de Dios con pecados veniales, o sin haber satisfecho en vida enteramente por los mortales que cometieron, y cuanto a la culpa les fueron perdonados. Las obras con que podemos socorrerlas son tres: la primera y principal es el santo sacrificio de la misa; la El_Sant_simo_Sacramento_como_esperanza_de_las_nimas_del_Purgatorio_1_segunda, la oración; y la tercera, todas las obras penales con que se satisface a la divina justicia, como son la limosna, ayunos, penitencias, peregrinaciones, y cosas semejantes. Además de estos modos con que las personas particulares socorren a las almas del purgatorio, el Sumo Pontífice concede indulgencias aplicables a ellas, no por vía de absolución, sino por modo de sufragio, y como dispensador del tesoro de la Iglesia, que son las obras y satisfacciones de Cristo y de los santos. Ganando por las benditas almas estas indulgencias, y haciéndoles otros sufragios, ejercitamos con ellas las obras de misericordia. Porque damos decomer al hambriento, y de beber al sediento, aliviamos con nuestra caridad elhambre y la sed que aquellas santas almas tienen de Dios. Consolamos al enfermo, porque mucho padecen las almas del purgatorio en aquel lugar de tormentos. Rescatamos al cautivo, porque cautivas están en aquella cárcel de expiación, y las redimimos con indulgencias y limosnas. Vestimos al desnudo, alcanzándoles de la bondad de Dios la vestidura nupcial y sin mancha, que hanmenester para entrar en el cielo. Hospedamos al peregrino, rogando al Señor que por los méritos de Cristo les abra las puertas, de su palacio divino; y en fin, ¿no es mayor obsequio el llevar aquellas almas al eterno descanso del paraíso, que el dar a sus cuerpos sepultura? Pero aunque nos debemoscompadecer de todos los que están en el purgatorio; especialmente hemos de socorrer a “nuestros deudos y amigos, a los padres e hijos, a los maridos y mujeres, a los hermanos carnales y otras personas, con quienes tuvimos algún lazo más estrecho de sangre o amistad” Finalmente mucho mayor cuidado debemos poner en cumplir las obligaciones de justicia que pertenecen a ellos, ejecutando sus testamentos y mandas pías, y todo lo que dispusieronpara bien de sus almas.

Reflexión: Mientras que el Señor nos da tiempo, procuremos ajustar nuestra vida con la ley de Dios, y llorar nuestras culpas, y satisfacer por ellas en esta vida: aceptemos las tribulaciones, como de su bendita mano, en penitencia de nuestras culpas: y ayudemos a nuestros hermanos con las buenas obras que pudiéremos, para que salgan del purgatorio puros y afinados; y cuando gocen de Dios nos ayuden con sus oraciones y nos den la mano para llegar al puerto de salud, y gozar juntamente con ellos de la eterna bienaventuranza.

Oración: Oh Dios, creador y Redentor de todos los fieles, concede la remisión de los pecados a las almas de tus siervos y siervas, para que consigan, por nuestras humildes súplicas, el perdón que siempre desearon.Que vives y reinas por todos los siglos de los siglos. Amén.

[Fuente]

Tomado de:

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Meditación: de la muerte y resurrección del alma

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2 noviembre, 2015

Meditación para el lunes 23 después de Pentecostés

Punto I. Considera en esta hija de este príncipe difunta a tu alma, hija del príncipe de los cielos, difunta con la muerte del pecado, y pondera el sentimiento que tuvo este padre de la muerte de su hija, y las diligencias que hizo por ella, y el poco que tienes tú de la muerte de tu alma, y como no haces diligencias por resucitarla; mira despacio cómo por darte gustos y pasatiempos has perdido la vida de la gracia, y tu alma está muerta, y todos la lloran, menos tu que debieras llorarla más que todos, y la dejas en poder de la muerte a que se llene de gusanos y podredumbre de vicios, por no acudir a Dios y pedirle que la restituya a la vida, como a la hija de este príncipe; abre los ojos y reconoce tu daño; llora tu pérdida y busca al Señor; arrójate a sus pies y pídele con lágrimas la vida de tu alma con toda confianza que te la dará, como se la dio a esta difunta.

Punto II. Considera cómo este príncipe pospuso todos los pundonores del siglo a la vida de su hija, viniendo él mismo en persona a buscar a Cristo, y arrojándose a sus pies delante de todo el pueblo, adorándole y pidiéndole el que era adorado, buscado y pedido de todos; y aprende a posponer todos los pundonores y estimación del mundo a la salud de tu alma y al aprovechamiento de tu espíritu; pisando el que dirán, y los juicios y dichos de los hombres por el servicio de Dios, como lo hizo David cuando fue danzando delante del Arca del Testamento, no haciendo caso de los desprecios del pueblo y de la murmuración de su mujer Michol: atiende a lo que Dios y sus santos, que juzgan las cosas rectamente, y no hagas caudal de los dichos de hombres, que todos son vanos y mentirosos.

Punto lll. Considera cómo llegó Cristo a la casa del príncipe, y echó la turba que llevaba y la gente que lamentaba al difunto, para darla la vida; en que nos enseñó que es necesario apartar el bullicio de la gente, y dar de mano los negocios seglares, retirarse con Dios a solas para recobrar la vida del alma. Pondera lo que pierdes en los negocios exteriores, y cuantas caídas te han ocasionado los negocios del siglo, y las turbas y concursos de la gente, y apártate de lo que te aparta Dios, despide estas ocupaciones, y retírate con Cristo a la soledad de la oración y del silencio, si quieres recuperar la vida de tu alma.

Punto IV. Considera cómo Cristo tomó a la difunta de la mano, y como quien la despierta del sueño, la restituyó a la vida; en que nos enseñó el medio con que el alma ha de resucitar de la muerte del pecado a la vida de la gracia, que es dándonos Dios su mano. Por sus auxilios y gracias, y dándosela nosotros con nuestras obras, cooperando con ellas y correspondiendo a sus favores. ¡Oh alma mía! medita y considera cuantas veces ha extendido Dios su mano para resucitarte, dándote sus auxilios y gracias, llamándote a su servicio, y tú no has extendido la tuya, sino antes retirándola de su Divina majestad a los vicios; llora tu ingratitud, vuelve sobre ti y ten piedad de ti, aplacando a Dios: extiende tus manos, levántalas a Dios, clamando a su Majestad, y juntamente obrando en su servicio; pídele que te mire y que te visite como a esta difunta, que se apiade de ti, y extienda su mano y te tenga de la suya, para que cobres la vida que perdiste, y resucites a nuevas costumbres, y perseveres siempre en su servicio.

Padre Alonso de Andrade, S.J

Tomado de:

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Recordatorio de indulgencias plenarias para la primera semana de noviembre (del 1 al 8)

Se pueden lucrar algunas indulgencias plenarias en la primera semana de Noviembre, empenzando hoy, 1 de noviembre y festividad de Todos los Santos. Son las siguientes

29. Para los fieles difuntos § 1. Se concede indulgencia plenaria, se aplica exclusivamente a las almas en el purgatorio,a los fieles cristianos que:

1 °  cada día, desde el primero hasta el octavo día de noviembre, devotamente visite un cementerio y, aunque sólo sea mentalmente, ruegue por los fieles difuntos; [Nota: una indulgencia plenaria por cada día, si se cumplen las condiciones habituales]

2 ° en el día de la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos [02 de noviembre] (o, de acuerdo con el Ordinario, el domingo anterior o posterior, o el día de la solemnidad de Todos los Santos) visite piadosamente una iglesia u oratorio, y allí rezen el Pater y el Credo.

Alonso Lobo

Dar clic en la imagen para ir al video

  1 noviembre, 2015
(Reference: Enchiridion Indulgentiarum, 4ª edición.)

Vídeo: Canon Alonso Lobo, Libera me, Domine (Resp. Off. Def.)

New Catholic

Meditación: Fiesta de todos los Santos

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1 noviembre, 2015

Iniciamos con este texto la publicación diaria de pequeñas meditaciones, muy útiles como ayuda a la oración mental de cada día. Son muy breves y desarrolladas en un lenguaje claro, apto para todo el mundo, pero a la vez de una gran profundidad. Las mismas fueron escritas en 1857 por el padre Andrade. S.J


Punto I. Levanta los ojos de la consideración, y mira aquella multitud de santos que vio San Juan en el cielo, vestidos de gloria con palmas en las manos y coronas en las cabezas, en los tronos de la bienaventuranza, entre los coros de los ángeles. Contempla su dicha y el gozo incomprensible de su gloria, y la eternidad del que nunca se ha de acabar, y gózate de su dicha; dales el parabién de su felicidad, enciéndete con su ejemplo en vivos deseos de alcanzar su corona, y pídeles á todos que te sean intercesores delante de Dios, y te den la mano para subir a su reino y merecer estar en su compañía.

Punto II. Considera el camino que llevaron los santos, y los medios por donde consiguieron la gloria que poseen, que cómo dijo el ángel a San Juan (Apoc. 7.): todos vinieron de grande tribulación, y labraron sus vestiduras y las blanquearon en la sangre del Cordero. No vinieron de regalos, ni delicias, ni fiestas, ni opulencia de honras o riquezas; sino de tribulaciones, trabajos, mortificación, cruz y penitencia sufrida por amor de Dios: este camino llevó Cristo, y este llevaron los santos; por este llegaron a la corona, y por este has de ir tú, si la quieres alcanzar y ser su consorte en la gloria. Ofrécete al Señor, y pídele su favor por los méritos de sus santos, para seguir sus pisadas y llegar a su felicidad.

Punto III. Considera las virtudes que Cristo refiere en su evangelio, de pobreza de espíritu, mansedumbre, contrición, lágrimas y sufrimiento en las persecuciones y trabajos, por las cuales se va a la bienaventuranza. Pondera estos pasos, por los cuales como por escalones subieron los santos, caminando de virtud en virtud hasta la cumbre de la perfección y llegar al cielo; y resuélvete a seguirlos, copiando estas virtudes en tu alma con la gracia del Señor.

Punto IV. Considera la diferencia de santos que tiene Dios en su gloria, y los diversos caminos por donde los llevó; y pondera cómo en todos los estados pueden ser los hombres santos; vuelve los ojos a ti mismo, y considera en el que Dios te ha puesto, cómo le sirves y cómo cumples con tus obligaciones: pon la mira en los santos que han vivido en él, y pídele a Dios gracia para imitarlos y cumplir con tus obligaciones, poniéndolos por intercesores delante de su Divina Majestad.

Padre Alonso de Andrade, S.J

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El infierno: la vida eterna perdida para siempre

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30 octubre, 2015

Hablaremos extensamente sobre el infierno, por tres razones:

Hoy se predica poco sobre este asunto y se deja caer en el olvido una verdad tan saludable; no se reflexiona bastante que el temor del infierno es el principio de la prudencia y conduce a la conversión. En este sentido, se puede decir que el infierno ha salvado muchas almas.

Además, circulan muchas objeciones demasiado superficiales contra la existencia del infierno, que a algunos creyentes les parecen que responden a la verdad con mejores títulos que las respuestas tradicionales. ¿Por qué? Porque no han profundizado ni han querido desentrañar esas respuestas. Es muy fácil aferrarse a una objeción superficial, hecha desde un punto de vista inferior y exterior, mientras que es difícil aferrar bien una respuesta que escrute las profundidades de la vida del alma, o la desmesurada excelsitud de la justicia de Dios. Hace falta mayor madurez de pensamiento y mayor penetración. Un sacerdote rogó un día a uno de sus amigos, abogado, que preparase, para una conferencia seguida de discusión, objeciones a la doctrina del infierno. El abogado preparó la exposición de las objeciones comunes de una forma brillantísima y desde un punto de vista accesible a todos, y de modo que afectaba fuertemente a la imaginación. Y a causa de que el sacerdote no se había preparado sino muy sumariamente para rebatirle, las objeciones parecieron más fuertes que las respuestas; éstas parecieron verbales; de hecho no afectaban a la imaginación, ni conducían con suficiente fuerza la inteligencia de los oyentes a penetrar las nociones del pecado mortal sin arrepentimiento, de la obstinación, y del estado de término, tan diverso del estado de vía, y la noción, en fin, de la infinita justicia de Dios. Es, pues, preciso insistir en todos estos puntos, tanto más cuanto que el dogma del infierno hace, por contraste, apreciar en mayor grado el valor de la salvación eterna.

Aún más : nunca se conoce tan bien el valor de la justicia como cuando se sufre una grave injusticia o se ve uno amenazado por ella. Nuestro Señor iluminó a Santa Teresa sobre la belleza del Cielo después de haberle mostrado el puesto que habría ocupado en el infierno si hubiese seguido el camino en que había dado sus primeros pasos.

El infierno indica también el lugar en que se encuentran los condenados. Sigue leyendo

La muerte como final o como principio (I)

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29 octubre, 2015

Dime, Amado de mi alma
dónde pastoreas, dónde sesteas al mediodía…
(Ca 1:7)

Resurrección del hijo de la viuda de Naín[1]

Es el evangelista San Lucas el que cuenta el conmovedor episodio de la resurrección, por el poder de Jesucristo, del hijo de la viuda de Naín.

Siguiendo la letra del texto evangélico podemos imaginarnos el escenario. Jesús llegaba a la entrada del villorio, seguido como siempre de una gran muchedumbre, cuando salía el cortejo fúnebre camino del lugar del enterramiento. Unas cuantas personas transportaban unas angarillas sobre las que iba el cadáver de un adolescente, envuelto seguramente, según era costumbre, en un sudario sujeto al cuerpo con algunas ligaduras. El joven era hijo único de su madre, según especifica el texto que además añade que era viuda. La infeliz mujer iba llorando amargamente tras el cadáver, seguida probablemente por las plañideras y por los músicos, según las costumbres de los ritos funerarios de la época. Tras el cortejo, parientes y conocidos, todo el pueblo probablemente, tal como suele ocurrir en los lugares de muy pocos habitantes.

Fue en ese momento cuando Jesús y sus seguidores, que llegaban al pueblo, se encontraron frente a la comitiva fúnebre que salía. El texto subraya que Jesús, percatándose enseguida de la pobre mujer que sollozaba tras el cadáver, se compadeció de ella. Sigue leyendo

Profundizando en nuestra fe. Capítulo 1: El Sentido de la existencia del hombre (II)

nicea 28 octubre, 2015

En el artículo anterior concluíamos que no se puede llegar a descubrir el auténtico sentido de la existencia del hombre si se rechaza a Dios y si se niega la espiritualidad del alma. Ambos conceptos previos, que son el punto de partida de nuestro razonamiento, son la base para poder seguir nuestro estudio.

Para llegar a descubrir el sentido de esta existencia, sería bueno que respondiéramos previamente unas preguntas que considero esenciales: ¿por qué Dios creó al hombre? ¿Por qué existe el hombre? ¿Es el hombre un mero accidente biológico en medio de un mundo sin sentido? ¿Hay algún “diseño”? ¿Tiene algún sentido que Dios creara al hombre? La respuesta a estas preguntas nos dará una primera luz sobre el sentido de nuestra existencia.

El mero hecho de que Dios creara seres espirituales -que una vez creados ya van a existir para siempre-, nos hace pensar en un “plan” de Dios con respecto a esas criaturas. Sigue leyendo

Así debería haber hablado el Sínodo. Encíclica Casti Connubii de Pio XI sobre el matrimonio cristiano

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28 octubre, 2015

CARTA ENCÍCLICA CASTI CONNUBII DEL PAPA PÍO XI

SOBRE EL MATRIMONIO CRISTIANO

1. Cuán grande sea la dignidad del casto matrimonio, principalmente puede colegirse, Venerables Hermanos, de que habiendo Cristo, Señor nuestro e Hijo del Eterno Padre, tomado la carne del hombre caído, no solamente quiso incluir de un modo peculiar este principio y fundamento de la sociedad doméstica y hasta del humano consorcio en aquel su amantísimo designio de redimir, como lo hizo, a nuestro linaje, sino que también lo elevó a verdadero y gran [1] sacramento de la Nueva Ley, restituyéndolo antes a la primitiva pureza de la divina institución y encomendando toda su disciplina y cuidado a su Esposa la Iglesia.

Para que de tal renovación del matrimonio se recojan los frutos anhelados, en todos los lugares del mundo y en todos los tiempos, es necesario primeramente iluminar las inteligencias de los hombres con la genuina doctrina de Cristo sobre el matrimonio; es necesario, además, que los cónyuges cristianos, robustecidas sus flacas voluntades con la gracia interior de Dios, se conduzcan en todos sus pensamientos y en todas sus obras en consonancia con la purísima ley de Cristo, a fin de obtener para sí y para sus familias la verdadera paz y felicidad.

2. Ocurre, sin embargo, que no solamente Nos, observando con paternales miradas el mundo entero desde esta como apostólica atalaya, sino también vosotros, Venerables Hermanos, contempláis y sentidamente os condoléis con Nos de que muchos hombres, dando al olvido la divina obra de dicha restauración, o desconocen por completo la santidad excelsa del matrimonio cristiano, o la niegan descaradamente, o la conculcan, apoyándose en falsos principios de una nueva y perversísima moralidad. Contra estos perniciosos errores y depravadas costumbres, que ya han comenzado a cundir entre los fieles, haciendo esfuerzos solapados por introducirse más profundamente, creemos que es Nuestro deber, en razón de Nuestro oficio de Vicario de Cristo en la tierra y de supremo Pastor y Maestro, levantar la voz, a fin de alejar de los emponzoñados pastos y, en cuanto está de Nuestra parte, conservar inmunes a las ovejas que nos han sido encomendadas. Sigue leyendo

La eclesiología del Papa Francisco: pocas certezas y algunas dudas

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26 octubre, 2015

El pasado 17 de octubre, en ocasión del quincuagésimo aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos por el Papa Paulo VI, el Santo Padre Francisco pronunció un Discurso al que, a nuestro juicio, no se la prestado la debida atención si se tiene en cuenta la singular importancia de su contenido[1]. Se trata, en efecto, de una pieza clave para entender qué piensa el Papa respecto de la Iglesia, de su naturaleza y de su misión en el tiempo actual y, por ende, del modo en que ha de ser ejercido -y se propone ejercer- el ministerio petrino. Podemos decir, por tanto, que en él se contiene, en síntesis, la eclesiología del Papa Francisco. Resulta de interés detenerse en su análisis.

Para una adecuada comprensión de lo qué se supone sea esta eclesiología es preciso referirse a dos conceptos que, en cierto modo, vertebran la exposición del Sumo Pontífice. El primero de ellos es la noción de Pueblo de Dios como modo habitual, y de hecho exclusivo, de referirse a la Iglesia. El segundo, es el llamado sensus fidei o sensus fidelium, lugar teológico de larga data en la Iglesia pero que ha sido revalorizado y puesto de relieve en la teología contemporánea a partir, sobre todo, del Concilio Vaticano II. Veamos por separado cada uno de estos aspectos.

La Iglesia, ¿Pueblo de Dios o Cuerpo Místico de Cristo?

La Constitución Dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia es la carta magna de la nueva eclesiología propuesta a partir del Concilio Vaticano II. En este Documento la Iglesia es llamada Cuerpo Místico de Cristo conforme con la gran visión paulina[2]. En este sentido, el texto no hace sino confirmar la eclesiología anterior al Vaticano II expuesta magistralmente, entre otros documentos, en la Encíclica Mystici Corporis Christi, de Pío XII (1943). Sin embargo, en su segundo capítulo, Lumen Gentium introduce la noción de Pueblo de Dios para referirse a la Iglesia. Nadie puede, en principio, negar la absoluta legitimidad de esta noción y de su aplicación a la Iglesia; en efecto, la idea de Pueblo de Dios tiene sus raíces en la tradición bíblica veterotestamentaria, raíces que son expresamente mencionadas en el Documento conciliar[3] e interpretadas, como no puede ser de otra manera, como preparación y figura de la Nueva Alianza. De este modo, el Israel santo, la nación santa de los profetas del Antiguo Testamento se cumple y se realiza plenamente en el Nuevo Israel, en el Pueblo de Dios de la Nueva Alianza, la Iglesia cuya cabeza es Cristo: “Pues quienes creen en Cristo, renacidos no de un germen corruptible, sino de uno incorruptible, mediante la palabra de Dios vivo (cf. 1 P 1,23), no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo (cf. Jn 3,5-6), pasan, finalmente, a constituir «un linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo de adquisición, que en un tiempo no era pueblo y ahora es pueblo de Dios» (1 P 2, 9-10)[4]

De este modo la noción de Pueblo de Dios quiere enfatizar el hecho de la misteriosa elección por parte de Dios de un pueblo santo, de una heredad que el Señor se ha reservado para Sí: esa elección recaída primero en el pueblo judío, recae, ahora, en la Iglesia que reúne y congrega la multitud de los pueblos gentiles que han sido injertados en el viejo olivo de Israel (Romanos, 11, 17). En definitiva, la Iglesia es el Israel en el que recae, ahora, la elección y el llamado de Dios. Así lo reconoce explícitamente la Lumen Gentium: “Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia (cf. 2 Esd 13,1; Nm 20,4; Dt 23,1 ss), así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne (cf. Hb 13,14), también es designado como Iglesia de Cristo (cf. Mt 16,18), porque fue Él quien la adquirió con su sangre (cf. Hch 20,28), la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social. Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salutífera”[5].

La imagen del Pueblo de Dios se aplica, por tanto, a la Iglesia con toda propiedad como se le aplican, también, otras figuras de incuestionable raíz bíblica tomadas de la vida pastoril, de la agricultura, de la edificación, de la familia y de los esponsales, las cuales están ya insinuadas en los libros de los profetas[6]. Pero la cuestión que se plantea, de cara al uso prácticamente exclusivo que ha ido adquiriendo la noción de Pueblo de Dios en la eclesiología actual, es si esta noción es la más apta para expresar con la mayor propiedad posible la naturaleza íntima de la Iglesia. La respuesta a esta pregunta parece, en principio, negativa; efectivamente, la figura de Pueblo de Dios no es la que mejor se adecua a la naturaleza de la Iglesia y no se ve qué razón hay para insistir en su utilización de un modo tan exclusivo y excluyente. En un conocido escrito de su época de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Papa Emérito Benedicto XVI, sostenía: “Limitarse a esta expresión (Pueblo de Dios) para definir a la Iglesia, significa dejar un tanto en la sombra la concepción que de ella nos ofrece el Nuevo Testamento. En éste, la expresión Pueblo de Dios remite siempre al elemento veterotestamentario de la Iglesia, a su continuidad con Israel. Pero la Iglesia recibe su connotación neotestamentaria más evidente en el concepto de Cuerpo de Cristo[7]”. Algo similar ya había sido adelantado en un texto juvenil: “Si se retoma al concepto objetivo y escueto de Pueblo de Dios, y en él se quiere instalar el verdadero y genuino concepto de la Iglesia, cabría objetar que Pueblo de Dios, únicamente, no puede expresar con exactitud la esencia de la Iglesia neotestamentaria[8]”.

Ahora bien, si la noción menos apropiada para definir la Iglesia se ha extendido tanto hasta el punto de desplazar, casi por completo, la idea del Cuerpo Místico, ¿puede sospecharse que esto ha ido en detrimento de una recta eclesiología con el consiguiente riesgo de un oscurecimiento de la conciencia eclesial? La pregunta es tan difícil y compleja que no nos creemos en capacidad de dar una respuesta exhaustiva y suficientemente fundada. No obstante, a la luz de lo que es posible observar y oír, tanto en la catequesis como en las homilías, en las habituales declaraciones episcopales y, ahora, en las mismas intervenciones del Papa, se acrecienta la sospecha de que la noción de Pueblo de Dios, exaltada y reiterada con evidente mengua de la venerable doctrina del Cuerpo Místico (en la que fuimos instruidos los católicos de mi generación y de tantas generaciones) nos está llevando a una noción de Iglesia concebida en términos de un “pueblo peregrino” en la que paulatinamente se va borrando toda idea de jerarquía y de un magisterio situado en la cúspide de esa jerarquía que obre de luz y guía del rebaño. Ha sido el mismo Francisco quien, en reiteradas ocasiones, ha expresado que los pastores no deben marchar a la cabeza del pueblo sino al costado o detrás; y quien ahora, en el Discurso que estamos examinado, ha reiterado, citándose a sí mismo, “la necesidad y la urgencia de pensar en una conversión del papado[9]”, proposición ambigua que suscita fuertes dudas respecto de su naturaleza y alcance.

El sensus fidelium y una Iglesia en escucha.

Vayamos al segundo punto de nuestro análisis, estrechamente vinculado con el anterior: el sensus fidei o sensus fidelium. La importancia asignada a este tema ha sido puesta en evidencia por el hecho de que la Comisión Teológica Internacional le dedicó un extenso y pormenorizado examen contenido en el Documento El sensus fidei en la vida de la Iglesia publicado el pasado año 2014[10]. Si bien en la Nota Preliminar, dicho Documento aclara que su elaboración ocupó el quinquenio 2009-2014 de los trabajos de la Comisión, uno de los miembros de dicha Comisión, la Hermana Sara Butler, religiosa Misionera de la Santísima Trinidad, ha declarado que el empeño en procurar una comprensión compartida de este tema ha tenido especialmente en vista “la consulta por el inminente Sínodo de la familia” por lo que “la Comisión Teológica Internacional ha preparado Sensus fidei en la vida de la Iglesia. El documento propone una explicación y un esclarecimiento teológicos de algunos aspectos del sensus fidei y sugiere criterios para discernir las manifestaciones auténticas[11]”. Es decir que aún cuando el tema ocupaba la atención de la Comisión Teológica Internacional desde hacía varios años, ya en tiempos del Pontificado de Benedicto XVI, no hay dudas de que su publicación ha respondido a la inminencia del Sínodo. Habrá que preguntarse, en consecuencia, si la puesta a punto de este lugar teológico no guarda alguna relación con los propósitos que guían la convocatoria del Sínodo de la Familia. Más concretamente: si no se trata de invocar un supuesto sensus fidei en apoyo de ciertas iniciativas “aperturistas” de algunos sectores sinodales.

En primer lugar es llamativo que el Discurso del 17 de octubre reproduzca, por momentos casi textualmente, las conclusiones del documento de la Comisión Teológica. Francisco, en efecto, apela al sensus fidei al que define en términos de una infalibilidad del Pueblo de Dios: infalibile in credendo. Tomando como punto de partida el Concilio Vaticano II sostiene: “Después de haber reafirmado que el Pueblo de Dios está constituido por todos los bautizados, «consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo», el Concilio Vaticano II proclama que «la totalidad de los fieles que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2,20 y 27) no puede equivocarse en la fe. Se manifiesta esta propiedad suya, tan peculiar, en el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo: cuando “desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos” muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y de moral». Aquel famoso infalibile in credendo[12].

La cita conciliar corresponde al número 12 de Lumen Gentium que introduce, precisamente, el concepto de sensus fidelium, o sensus fidei o, dicho en otros términos, del sentido sobrenatural de la fe por el que cuando una verdad es creída por toda la Iglesia constituye, por lo mismo, garantía cierta de verdad. Este sentido sobrenatural de la fe, que es de toda la Iglesia y de todo bautizado en tanto permanece en la comunión de la Iglesia, es obra del Espíritu Santo. Su presencia en la Iglesia consta por la Sagrada Escritura y ha sido reconocida, con distintos acentos y variada terminología, a lo largo de toda la tradición de la Iglesia desde la Patrística hasta nuestros días pasando por la Escolástica. Tanto los Padres griegos como los latinos, los escolásticos como Santo Tomás y san Buenaventura, algunos teólogos modernos como el Beato Cardenal Newman y, desde luego, el Concilio Vaticano II, han reconocido invariablemente este sentido sobrenatural de la fe del que gozan todos los bautizados.

Pero en relación con este sensus fidei hay dos aspectos en los que es preciso detener el análisis. En primer lugar, una adecuada comprensión del sentido y del alcance de este sensus sobrenatural de la fe requiere que se lo entienda en el marco de una noción de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo y no tanto en el de la idea del Pueblo de Dios. Más aún, nos animamos a suponer que sólo en el contexto de la eclesiología del Cuerpo Místico el sensus fidei puede ser rectamente entendido en tanto que por fuera de esta eclesiología y en el contexto del Pueblo de Dios se corre el riesgo de un serio desvío que acercaría ese sensus fidei más al protestantismo que a la ortodoxia católica. Porque este sentido sobrenatural de la fe se da en cada bautizado sólo en la medida en que es incorporado como miembro del Cuerpo de Cristo, al modo de una participación en ese Cuerpo y no como una propiedad individual o personal suya. No se trata de que cada bautizado es por sí un maestro de la fe que debe ser escuchado en paridad con quienes tienen por misión enseñar en la Iglesia; no, ese sentido de la fe lo posee cada creyente sólo y exclusivamente en tanto miembro del Cuerpo Místico y que, por ende, participa de la economía de la gracia que desde la Cabeza de ese Cuerpo que es Cristo se derrama a todos y cada uno de sus miembros. El gran teólogo alemán Karl Adam aclara este punto al sostener: “El portador del Espíritu de Jesús (esa unción del santo al que alude Lumen Gentium, 12) es por consiguiente la Iglesia, pero no como pluralidad de individuos particulares, no como una suma de personalidades de profunda vida espiritual, sino la Iglesia como unidad perfecta de los creyentes, como una comunidad que trasciende a los individuos. Esta unidad, esta comunidad, es el dato primigenio del cristianismo […] es algo que en su esencia es previa a toda individualidad, una esencia supra-personal, una unidad abarcadora que no presupone personalidades cristianas sino que las crea y las engendra[13]”. En una palabra, es el Espíritu de Cristo el que engendra, en la comunión del Cuerpo Místico de la Iglesia, el sensus fidei, ese admirable consensus fidelium por el que en todo tiempo y lugar los bautizados creemos y seguimos creyendo las verdades de la fe. No se trata, por tanto, de un carisma individual ni de una propiedad personal como cierto individualismo moderno (de cepa luterana) pueda suponer. Tampoco se trata de una opinión o conjunto de opiniones que puedan ser consultadas y procesadas en las encuestas al uso.

En segundo lugar, debe precisarse cuál sea la exacta dimensión de este sensus fidei y su importancia real en la vida de la Iglesia sobre todo a la hora de establecer qué relaciones guarda con el Magisterio. Tanto el texto de la Comisión Teológica como el Discurso del Papa acusan en este punto un margen de ambigüedad y de imprecisión suficiente como para dar lugar a interpretaciones opuestas a la doctrina católica. En efecto, se advierte una exagerada valoración de este sensus fidei cuando se lo pone casi en la base y en el fundamento del magisterio ministerial de la Iglesia o, al menos, como el primer presupuesto de ese magisterio. De este modo toda acción magisterial en la Iglesia (de una Iglesia que se califica de sinodal y cuya nota esencial pasa a ser la llamada sinodalidad), sea la de los Obispos o la del Papa, comienza por una escucha de ese sensus fidei. Oigamos al Papa: “El camino sinodal comienza escuchando al pueblo, que «participa también de la función profética de Cristo», según un principio muy estimado en la Iglesia del primer milenio: Quod omnes tangit ab omnibus tractari debet. El camino del Sínodo prosigue escuchando a los Pastores. Por medio de los Padres sinodales, los obispos actúan como auténticos custodios, intérpretes y testimonios de la fe de toda la Iglesia, que deben saber distinguir atentamente de los flujos muchas veces cambiantes de la opinión pública […] Además, el camino sinodal culmina en la escucha del Obispo de Roma, llamado a pronunciarse como «Pastor y Doctor de todos los cristianos» no a partir de sus convicciones personales, sino como testigo supremo de la fides totius Ecclesiae, «garante de la obediencia y la conformidad de la Iglesia a la voluntad de Dios, al Evangelio de Cristo y a la Tradición de la Iglesia»”. En este marco de sinodalidad la Iglesia pasa a ser una Iglesia en escucha de unos y otros en aparente paridad. “Es una escucha reciproca -continúa Francisco- en la cual cada uno tiene algo que aprender. Pueblo fiel, colegio episcopal, Obispo de Roma: uno en escucha de los otros; y todos en escucha del Espíritu Santo, el «Espíritu de verdad» (Jn 14,17), para conocer lo que él «dice a las Iglesias» (Ap 2,7)”[14].

Más allá de ciertos giros del lenguaje en consonancia con la doctrina católica y de justas matizaciones que deben ser reconocidas, la palabra del Papa suena en cierto modo imprecisa al poner en paridad a los protagonistas en juego, el Pueblo y la Jerarquía, y al describir un magisterio que asciende de abajo hacia arriba en lugar de descender de Dios a los fieles por medio de quienes han sido constituidos doctores. La consecuencia no puede ser otra que una tendencia a desdibujar la neta distinción entre una Iglesia docente y una Iglesia discente: “El sensus fidei -continúa- impide separar rígidamente entre Ecclesia docens y Ecclesia discens, ya que también la grey tiene su «olfato» para encontrar nuevos caminos que el Señor abre a la Iglesia[15]”. Y en la culminación de este magisterio “ascensional”, Francisco no trepida en analogar a la Iglesia a una pirámide invertida: “En esta Iglesia, como en una pirámide invertida, la cima se encuentra por debajo de la base”[16].

La ambigüedad del Discurso se hace aún más patente cuando el Papa parece identificar el sentido de servicio que tiene toda autoridad en la Iglesia, el hecho de que los papas se llamen a sí mismos “siervo de los siervos de Dios”, el abajamiento, en suma, de quienes poseen el carisma de la autoridad, a imitación de Cristo que lavó los pies a los apóstoles, con el abajarse o la abdicación del ejercicio mismo de la autoridad magisterial. El Señor lavó, en efecto, los pies a sus discípulos pero no abdicó jamás de su condición de Maestro. Por eso nos confunde un tanto lo que dice Francisco cuando en abono de este magisterio sinodal de abajo hacia arriba, sostiene: “Quienes ejercen la autoridad se llaman «ministros»: porque, según el significado originario de la palabra, son los más pequeños de todos. Cada Obispo, sirviendo al Pueblo de Dios, llega a ser para la porción de la grey que le ha sido encomendada, vicarius Christi vicario de Jesús, quien en la Última Cena se inclinó para lavar los pies de los apóstoles (cf. Jn 13,1-15). Y, en un horizonte semejante, el mismo Sucesor de Pedro es el servus servorum Dei[17]. Honestamente no vemos un sequitur entre el espíritu evangélico de la autoridad como servicio y este novedoso magisterio invertido.

A nuestro modesto entender, si bien del sensus fidei participan todos los bautizados, empero, no se da en todos en la misma medida ni se ejerce de igual modo. Es preciso mantener, más que nunca, la neta distinción (neta, no rígida) entre una Ecclesia docens y una Ecclesia discens; en la primera, el sensus fidei guía a quien enseña; en la segunda, guía al que aprende. Esto no quiere decir que en circunstancias determinadas el Magisterio no deba consultar el sentido sobrenatural de la fe de la Iglesia; así se hizo, por ejemplo, cuando se proclamaron los dos últimos dogmas marianos: la Inmaculada Concepción y la Asunción a los cielos en cuerpo y alma de la Bendita Virgen María. Pero de aquí a invertir el sentido del magisterio hay todo un paso que no es posible dar sin riesgo cierto de apartarse de la doctrina católica.

Conclusiones

En resumen, el Discurso que comentamos deja algunas certezas: de hecho, Francisco ha mantenido firme la idea de que toda colegialidad (concepto todavía inasible en la eclesiología contemporánea) es cum Petro et sub Petro. También ha dejado en claro que el Papa es el garante último y supremo de la obediencia y la conformidad de la Iglesia a la voluntad de Dios, al Evangelio de Cristo y a la Tradición de la Iglesia. Pero ciertos conceptos difusos como el de sinodalidad, una exagerada y constante apelación al “Pueblo de Dios” como si en él residiera el fundamento último de la Fe (y no en la revelación), la ausencia de toda referencia a la misión salvífica de la Iglesia y un sensus fidei elevado indebidamente al nivel de primum movens de la acción docente en la Iglesia, suscitan no pocas dudas e inquietudes.

Pero reduciríamos nuestro análisis si todo lo limitáramos a la personalidad y a la gestión del Papa Francisco. Sin duda que hasta el presente su Papado ha sido zigzagueante en varios y vitales aspectos, que a menudo sus afirmaciones resultan inadecuadas para expresar las verdades de la fe, que ciertos gestos suyos más parecen dar aliento a los enemigos de la Iglesia que a los que se esfuerzan por mantenerse fieles a sus enseñanzas. Todo eso es verdad. Pero la crisis actual de la Iglesia se remonta más atrás aún antes del Concilio Vaticano II. Es cierto que este acontecimiento produjo fuertes sacudimientos (turbulencias las llamó Paulo VI) de la Iglesia y provocó la eclosión de fuerzas destructivas y autodestructivas hasta entonces relativamente soterradas. Pero no es menos cierto que junto a estos aspectos negativos el Concilio tuvo la virtud de poner en la mesa de discusión y estudio algunos temas que aguardaban todavía una dilucidación y un desarrollo más plenos. La liturgia, la eclesiología, la exégesis bíblica, el papel del laicado, la llamada (a falta de otro nombre) colegialidad fueron, entre otros, algunos de esos temas. A vuelta de más de medio siglo tales temas siguen sin dilucidar a la espera de definiciones y desarrollos que los saquen de la ambigüedad y confusión en que hoy se hallan; este es el cometido de una reflexión teológica fecunda y serena hecha a la luz de la Fe y de la Tradición, tarea pendiente hasta este momento.

El Pontificado de Benedicto XVI apuntó en esa dirección al reclamar, por un lado, una hermenéutica de la continuidad y, por otro, al emprender “la reforma de la reforma” litúrgica. Por razones que ignoramos estos propósitos se frustraron y hoy constatamos a cada paso que el Pontificado de Francisco no se orienta en el mismo sentido, antes bien, en el opuesto. Por esta razón todos los cabos sueltos que han dejado los documentos conciliares son hoy objetos de un desarrollo teológico que tiende más a radicalizar la ruptura que a soldarla. El Discurso que comentamos es sólo una muestra más de esta penosa y difícil situación.

Mario Caponnetto


[1] Discurso del Santo Padre Francisco, Aula Paulo VI, sábado 17 de octubre de 2015.

[2] Constitución Dogmática Lumen Gentium (en adelante LG), n. 7.

[3] Cf. LG, n. 9.

[4] Ibidem.

[5] Ibidem.

[6] Cf. LG, n. 6.

[7] Josef Ratzinger, Víctor Messori, Informe sobre la fe, Madrid, 1985, p. 55.

[8] Josef Ratzinger, El nuevo Pueblo de Dios, Barcelona, 1972, página 97.

[9] Cf. Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, n. 32.

[10] La versión española de este Documento puede consultarse en Comisión Teológica Internacional, El sensus fidei en la vida de la Iglesia, BAC, Madrid, 2014.

[11] Sara Butler, L’instinto che guida i cristiani, en L’Osservatore Romano, ed. quotidiana, Anno CLIV, n. 140, 22/06/14.

[12] Discurso del Santo Padre Francisco…, o. c.

[13] Karl Adam, La esencia del catolicismo, Buenos Aires, 2013, paginas 43, 44.

[14] Discurso del Santo Padre Francisco…, o. c.

[15] Ibidem.

[16] Ibidem.

[17] Ibidem.

Tomado de:

Adelante la Fe — Información católica

Homilía: angustia de los moribundos que descuidaron su salvación

ligorio

25 octubre, 2015

SERMÓN PARA LA DOMINÍCA VIGÉSIMA SEGUNDA DESPUÉS DE PENTECOSTÉS. POR SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Reddite ergo quæ sunt Cæsari, et quæ sunt Dei, Deo.

Dad al César lo que es de César, y a Dios, lo que es de Dios.

(Matth. XXII, 21)

Para sorprender a Jesucristo los Fariseos en lo que hablase, y acusarle después, enviaron a preguntarle  un día, si era o no era lícito pagar el tributo al César. A lo cual el Señor, conociendo su refinada malicia, respondió: “¿De quién es esa imagen grabada en la moneda? Del César respondierónle los enviados. Pues dad al César lo que es del César -replicó Jesucristo, y a Dios lo que es de Dios”. Con estas palabras quiso enseñarnos, que debemos dar a los hombres lo que les es debido: pero que quería para sí todo el amor de nuestro corazón, puesto que para esto nos creó, y por esta misma causa nos impuso el precepto de amar a Dios sobre todas las cosas: Diliges Dominum Deum tuum ex toto corde tuo. ¡Ay de aquél, que vea a la hora de la muerte, que ha amado a las criaturas y sus gustos, y ha descuidado amar a Dios! Porque enmedio de las angustias que entonces le cercarán, buscará la paz y no la hallará: Angustia superveniente, requirent pacem, et not erit, (Ezech. VII, 25). Y ¿cuáles serán estas angustias que le han de cercar y atormentar? Escuchadlas: entonces dirá el infeliz moribundo:

Podía haberme hecho santo y no lo hice. Punto 1º

¡Ah, tuviese yo ahora tiempo de enmendar mi error! Punto 2º

Pero éste ya no es tiempo de remediarlo… Punto 3º

PUNTO 1. PODÍA HABERME HECHO SANTO Y NO LO HICE

1. Como los santos en toda su vida no piensan en otra cosa que en dar gusto a Dios y hacerse santos, esperan con gran confianza la muerte, que los libra de las miserias y de los peligros de la vida presente, y los une perfectamente con Dios. Pero, el que no piensa sino en satisfacer sus propios apetitos, y en vivir cómodamente, sin encomendarse a Dios, y sin acordarse de la cuenta que debe darle un día, ¿cómo ha de poder esperar la muerte con tranquilidad? ¡Que dignos de compasión son los pecadores! Ellos lanzan de sí la idea de la muerte cuando la tienen cerca, y solamente piensan en vivir alegremente como si nunca hubiesen de morir; no tienen presente que a cada uno ha de llegar su fin: Finis venit, venit finis (Ezech. VII, 2). Y cuando éste llegare, cada cual cogerá aquello que sembró, como dice San Pablo: Quœ enim seminaverit homo, hœc et metet… (Gal. VI, 8 )El que hubiere sembrado obras santas, cogerá premios y vida eterna: y el que hubiese sembrado obras malas, cogerá castigos y eterna muerte.

2. La primera cosa que se representará al moribundo, cuando se le anuncie la proximidad de la muerte, será la escena de la vida pasada, y entonces verá las cosas de una manera muy distinta de aquellas en las que veía cuando gozaba de buena salud. Aquellas venganzas que le parecían lícitas; aquéllos escándalos de que hacía poco caso; aquella libertad de hablar de cosas deshonestas o contra la fama del prójimo; aquellos placeres que tenía por inocentes ; aquellas injusticias que creía eran permitidas, se le manifestarán entonces pecados y ofensas graves contra Dios, como lo eran realmente. Los hombres que cierran los ojos a la luz para no verla mientras viven, han de ver a pesar suyo a la hora de la muerte todo el mal que han hecho: Tunc aparientur oculi cæcorum (Isa. XXXV, 5). A la luz de la muerte verá el pecador y se irritará, como dice el real Profeta : Peccator videbit et irascetur (Psal. CXI, 10). Verá todos los desórdenes de su vida pasada; los sacramentos que despreció: las confesiones que hizo sin dolor y sin propósito de la enmienda; los contratos hechos contra el grito de la conciencia; las injusticias cometidas contra el prójimo en sus bienes, o en su reputación; las bufonadas deshonestas; los odios inveterados, y los pensamientos de venganza. Verá los ejemplos que pudo imitar, dados por las personas temerosas de Dios, y de los cuales se burló, calificando de hipocresía  o de necedad los ejercicios de religión y de piedad. Verá las inspiraciones de Dios que despreció, cuando le llamaba por medio de los doctores y maestros espirituales, y tantas resoluciones y promesas que hizo y dejó de cumplir.

3. Verá especialmente, las depravadas máximas que siguió durante su vida, por ejemplo: es necesario conservar el honor, sin cuidado del honor de Dios: es preciso gozar cuando se presente la ocasión; sin reparar en que quizá estos goces eran otras tantas ofensas contra el Creador. ¿Qué papel hace en el mundo el pobre que no tiene dinero? Como si fuera mejor amontonar oro y perder su alma. ¿Qué hemos de hacer? puestos en el mundo, es menester que nos dejemos ver en él como la sociedad exige. De esta manera hablan los hombres mundanos mientras disfrutan de buena salud: pero mudan de lenguaje a la hora de la muerte, y reconocen la verdad de aquella máxima de Jesucristo: ¿De que sirve al hombre el ganar todo el mundo, si pierde su alma? (Matth. XVI, 26). En aquella hora fatal dirá el enfermo: ¡Ay de mí, que tuve tanto tiempo para arreglar los negocios de mi conciencia, y me encuentro al final de mi vida sin haberlos arreglado! ¿Que trabajo me hubiese costado dejar aquella mala inclinación, haberme confesado cada semana, y haberme evitado las ocasiones de pecar? Y aún cuando esto me hubiese costado alguna incomodidad, ¿no debía yo haberla soportado para salvar mi alma? Pero ¡gran Dios! los pensamientos de tales moribundos que tienen turbada el alma, son muy semejantes a los de los réprobos, que tienen en el Infierno el dolor inútil de haber pecado porque la culpa fue la causa de su perdición.

4. Entonces no consuelan las diversiones pasadas, ni la pompa que ya no existe, ni las venganzas ejecutadas contra los rivales. Todas las cosas convertidas a la hora de la muerte en espadas, que traspasarán el corazón del pecador, como dice David: Virum injustum mala capient in interitu.(Psal. CXXXIX; 12). Mientras se goza de salud, desean los amantes del mundo banquetes, bailes, juegos y diversiones; pero a la hora de la muerte, todas estas alegrías se convertirán en llanto y tristeza, como dice Santiago: Risus vester in luctum convertetur, et guardium in mærorem.(Jac. IV, 9). Y por desgracia vemos que sucede esto muya a menudo. Enferma gravemente aquel joven brillante, que mantenía la conversación con sus agudezas, chistes y obscenidades. Sus amigos van a visitarle, y le encuentran terriblemente triste y afligido. Ya no se chancea, ni se ríe, ni habla; y si pronuncia algunas palabras, sólo manifiesta en ellas terror y desesperación. Entonces sus amigos: le dicen ¿que tristeza se ha apoderado de tí? Es preciso estar tranquilo, porque esta disposición no vale nada. ¿Y cómo ha de estar tranquilo el infeliz enfermo, cuya conciencia está llena de pecados y de remordimientos, y que ve llegar el momento en que ha de dar cuenta a Dios de toda su vida pasada, cuando tiene tantos motivos  de temer una sentencia de reprobación? Entonces exclamará: ¡Cuán necio he sido! Si yo hubiese amado a Dios, no me hallaría al presente cercado de angustias. Si yo tuviese tiempo de remediar mis desórdenes pasados, ¡cómo lo haría al presente!

PUNTO 2. ¡AH, SI TUVIESE YO AHORA TIEMPO DE ENMENDAR MI ERROR!

5. ¡Ah, si tuviese tiempo de enmendar mi error! ¡Qué no haría yo ahora! Así hablará el mundano moribundo. Pero ¿cuándo pensará el desgraciado de este mundo?  Cundo se acabe el aceite de la lámpara de su vida y se mire a la puerta de la eternidad. Una de las mayores angustias que experimentan entonces los mundanos es; considerar el mal uso que hicieron del tiempo, cuando en vez de atesorar méritos para el Paraíso, solamente los acumularon para el Infierno. ¡Si tuviese tiempo! Vas buscando tiempo después de que perdiste  tantas noches jugando, tantos años dando gusto a tus sentidos, y tantas semanas maquinando venganzas, sin pensar un instante en tu pobre alma. Ya no hay tiempo para ti, porque perdiste todo el que se te concedió: Tempus non erit amplius (Apoc. X, 6) ¿No te habían avisado ya los predicadores, que estuvieses preparado para la hora de la muerte, porque te sorprendería cuando menos pensases? Estad siempre prevenidos, dice Jesucristo por San Lucas (XII, 40), porque vendrá el Hijo de Dios a la hora que menos penséis. Con razón le dirá Dios entonces: Tu despreciaste mis amonestaciones, y perdiste el tiempo que mi bondad te concedía para merecer. Ahora ya no hay tiempo. Oye como el sacerdote que te asiste, intima ya que salgas de este mundo: Sal alma cristiana, de este mundo ¿Y a dónde ha de ir? A la eternidad. La muerte no respeta ni a los pobres ni a los monarcas; y cuando  llega, no espera un momento, como dice es santo Job, por estas palabras: Tiene señalados los términos de su vida, más allá de los cuales no podrá pasar (Job. XIV, 5).

6. ¡Que terror tendrá el moribundo al oír estas palabras, haciendo en su mente esta reflexión:Esta mañana estoy vivo; y esta tarde estaré muerto. Hoy estoy en esta casa; y mañana estaré en la sepultura. ¿Pero mi alma donde estará? Crecerá su espanto cuando vea preparar la candela, y oiga que el confesor dice a sus deudos, que salgan de aquel aposento y no entren más; se aumentará aún desmedidamente cuando el confesor le ponga el Crucifijo en las manos y le diga: Abrazaos con Jesucristo y no penséis ya en el mundo. El enfermo toma el Crucifijo y le besa; y entretanto tiembla de pensar en las muchas injurias que le ha hecho, de las cuales quisiera ahora tener un verdadero arrepentimiento: pro ve que el que tiene no es sincero, sino forzado por el miedo de la muerte que ve presente. Y San Agustín dice, que “aquél que es abandonado por el pecado antes que él le haya dejado, no le detesta libremente, sino movido de la necesidad”.

7. El engaño común de los hombres mundanos es, parecerles grandes las cosas de la tierra mientras viven, y pequeñas las del Cielo, como remotas e inciertas. Las tribulaciones les parecen insufribles; y los pecados graves, cosas despreciables. Estos miserables están como si se hallasen encerrados en una habitación llena de humo, que les impide distinguir los objetos. Más a la hora de la muerte se desvanecen estas tinieblas, y el alma comienza a ver las cosas como son en realidad. Entonces todo lo de este mundo aparece como es: vanidad, ilusión y mentira; y las cosas eternas se manifiestan con toda su grandeza. El Juicio, el Infierno y la Eternidad, de que no hacían caso durante su vida, se dejarán ver a la hora de la muerte como cosas las más importantes, y a medida de que comiencen a manifestarse tal cual son, crecerán los temores y el espanto de los moribundos. Porque, cuanto más se acerca la sentencia del Juez, tanto más se teme la condenación eterna. Entonces pues, el enfermo exclamará sollozando: ¡Cuán desconsolado muero! ¡Ay de mí! ¡Si yo hubiese sabido la muerte desgraciada que me esperaba! ¿Con que no lo sabías? Obligación tenías  de haber previsto este caso, puesto que no ignorabas, que a una mala vida, no puede seguir una buena muerte, como nos dice la Escritura, y repiten a menudo los predicadores.

PUNTO 3. A LA HORA DE LA MUERTE NO QUEDA TIEMPO DE REMEDIAR EL ERROR

8. A la hora de la muerte  ya no les queda tiempo a los moribundos para remediar los desórdenes de la vida pasada; y esto sucede por dos razones 1ª Porque este tiempo es muy breve; pues, además de que en los días en que comienza y se agrava la enfermedad, no se piensa en otra cosa que en los médicos, en los remedios y en el testamento, los parientes, los amigos y hasta los médicos, no hacen otra cosa que engañar al enfermo, dándole esperanzas que no morirá  de aquella enfermedad. Por esto el enfermo, alucinado por ellos, no se persuade de que la muerte está próxima. ¿Cuando, pues comenzará a creer que se muere? Cuando comienza a morirse. Y esta es la segunda razón de que aquel tiempo no es apto para mirar por el alma. Porque entonces está tan enferma ésta como el cuerpo. Los afanes, el trastorno de la cabeza, las vanas conversaciones, asaltan de tal modo al enfermo, que le inhabilitan para detestar verdadera y sinceramente los pecados cometidos, buscan remedios eficaces contra los desórdenes de la mala vida pasada, y para tranquilizar su conciencia. La sola noticia de que se muere, le aterra tanto, que le tratorna enteramente.

9. Cuando uno padece un fuerte dolor de cabeza, que le ha impedido el sueño dos o tres noches, no puede dictar una carta de ceremonia; ¿cómo ha de poder arreglar a la hora de la muerte una conciencia embrollada, con tantas ofensas cometidas contra Dios por el espacio de treinta o cuarenta años, un enfermo que no siente ni comprende, y tiene una confusión de ideas que le espantan? Entonces se verificará lo que dice el Evangelio: Viene la noche de la muerte cuando nadie puede hacer nada. Entonces sentirá que le dicen interiormente: No quiero que en adelante cuides de mi hacienda. Esto es: ya no puedes cuidar de tu alma, cuya administración se te confió. Llegado que haya el día del exterminio… habra disturbio sobre disturbio (Ezech. VII, 25 et 26).

10. Solemos decir de algunos, que llevaron mala vida; pero que después hicieron una buena muerte arrepintiéndose y detestando sus pecados. Pero San Agustín dice que “A los moribundos no les mueve el dolor de los pecados cometidos, sino el miedo de la muerte”: Morientes non deliciti pænitentia, sed mortis urgentis admonitio compellit. (Serm. XXXVI). Y el mismo Santo añade: “El moribundo no teme al pecado, sino al fuego del Infierno: Non metuit peccare, sed ardere. Y en efecto ¿aborrecerá a la hora de la muerte aquellos mismos objetos que tanto amó hasta entonces? Quizá los amará más; porque los objetos amdos, solemos amarlos más cuando tememos perderlos. El famoso maestro de San Bruno murió dando señales de penitencia; pero después, estando en el ataúd, dijo que se había condenado. Si hasta los santos se quejan de que tienen la cabeza tan débil a la hora de la muerte, que no pueden pensar en Dios ni hacer oración, ¿cómo podrá hacerla el que no hizo nada en toda su vida? Sin embargo, si los oímos hablar nos inclinamos a creer, que tienen un verdadero dolor de los pecados de su vida pasada; es difícil, empero, que le tengan. El demonio, por medio de sus ilusiones, puede aparentar en ellos un verdadero dolor o el deseo de tenerle, mas suele engañarnos. Hasta de un corazón empedernido pueden salir las expresiones siguientes: Yo me arrepiento; tengo dolor; siento con todo mi corazón, y otras semejantes. A veces se confiesan, hacen actos de contrición, y reciben todos los sacramentos. Sin embargo, yo pregunto si se han salvado por esto. Dios sabe como se hicieron aquellas confesiones, y como se hicieron aquellos sacramentos. ¡Oh! ha muerto muy resignado, suele decirse. Y ¿que quiere decir que ha muerto resignado? También parece que va resignado a la muerte el reo que camina al suplicio. Y ¿porqué? porque no puede escapar entre los alguaciles y soldados que le conducen maniatado.

11. ¡Oh momento terrible, del cual depende la eternidad! ¡Oh momentum, a quo pendet  æternitas! Este es el que hacía temblar a los santos a la hora de la muerte, y les obligaba a exclamar: ¡Oh Dios mío! ¿En dónde estaré en pocas horas? Porque, como escribe San Gregorio,hasta el alma del justo se turba a las veces con el terror del castigo: Nonnumquam, terror vindicatœ etiam justi anima turbatur. (San Greg. Mor. XXIV). ¿Que será, pues, de la persona que hizo poco caso de Dios, cuando vea que se prepara el suplicio en el cual debe ser sacrificado? (Job. XXI, 20). Verá el impío con sus propios ojos la ruina de su alma, y beberá el furor del Todopoderoso, esto es, comenzará desde este momento a experimentar la cólera divina. El Viático que deberá recibir, la Extremaunción que se le administrará, el Crucifijo que le pondrán en sus manos, las oraciones o recomendación del alma que recitará el sacerdote, el cirio bendito ardiendo, serán el suplicio preparado por la justicia divina. Cuando el moribundo vea éste lúgubre aparato, un sudor frío correrá por sus miembros, y no podrá ni hablar, ni moverse, ni respirar. Sentirá que se acerca más y más el momento fatal; verá su alma manchada por los pecados; el juez que le espera, y el Infierno que se abre bajo sus plantas. Y enmedio de estas tinieblas y de esta turbación, se hundirá en el abismo de la eternidad.

12. Utinam saperent, et intelligerent, ac novissima providerent. ¡Ojalá que tuviesen sabiduría e inteligencia, y previesen sus postrimerías! (Deut. XXXII, 29). Con estas palabras oyentes míos, nos amonesta el Espíritu Santo, a prepararnos y fortificarnos contra las angustias terribles que nos esperan en aquella última hora. Arreglemos, pues desde éste instante, la cuenta que hemos de dar a Dios; porque no podemos de otro modo arreglarla  de manera que aseguremos la salvación de nuestra alma.

¡Jesús mío crucificado! no quiero esperar que llegue la hora de la muerte para abrazaros, sino que os abrazo desde ahora. Os amo más que a todas las cosas, y, por lo mismo, me arrepiento con todo el corazón de haberos ofendido y despreciado a Vos, que sois bondad infinita. Yo propongo amaros siempre, ayudado de vuestra gracia,y espero no ofenderos en adelante. Ayudadme, Dios mío, por los méritos de vuestra pasión sacrosanta, para que siempre os ame hasta disfrutar con Vos el cielo, la gloria eterna.

[Fuente: Ecche Christianus]

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

Profundizando en nuestra fe: Capítulo 1: El Sentido de la existencia humana (I)

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21 octubre, 2015

El primer regalo que cada uno de nosotros recibe de Dios, aunque no el más grande, es la vida. Es por ello, que descubrir el sentido de nuestra vida es una de las tareas más importantes que tenemos que realizar en nuestra existencia, pues de eso dependen nuestra felicidad en la tierra y luego el premio eterno del cielo. Por otro lado, es una tarea personal; otras personas nos podrán orientar, ayudar, encaminar, pero al fin y al cabo, será un descubrimiento personal, pues junto a una iluminación de nuestro intelecto para conocer cuál es el sentido de nuestra existencia habrá de acompañarle una aceptación de la voluntad para seguirlo.

¡Cuántas personas deambulan sin rumbo durante gran parte de su vida! ¡Cuántas personas nunca descubren el sentido de su existencia! Hoy día, debido al materialismo reinante, al desprecio de todo lo espiritual, a la ausencia de modelos que nos inspiren para seguir el buen camino, a la falta de una Iglesia que nos enseñe claramente el rumbo…, vivir toda una existencia sin haber descubierto su sentido es lo más habitual. Y ya sabemos lo que ocurre si el hombre no descubre el sentido de su vida. Si Dios no ocupa el primer lugar en su corazón…, pronto, otras cosas vendrán a reemplazarlo, y el hombre sólo buscará ser lo más feliz posible en el único mundo que él conoce: éste.

Todo hombre puede llegar a descubrir que Dios existe

Hay dos conceptos previos que tenemos que analizar y que nos ayudarán a descubrir el sentido de nuestra vida: la existencia de Dios y la espiritualidad del alma. Sigue leyendo

Obispos polacos: los padres sinodales liberales quieren cambiar la doctrina

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21 octubre, 2015

Uno de los eslóganes más perniciosos utilizado tanto por los liberales del Sínodo como por sus defensores es “no se cambiará la doctrina, sino la práctica”. Está calculado para apaciguar a los católicos y obtener su conformidad – después de todo, pase lo que pase, la doctrina no cambiará, ¿no es cierto?– Es un eslogan, un tema de debate, que revela lo bien que los liberales comprenden la mentalidad católica moderna, con su nítida e injustificada distinción o incluso divorcio de facto entre la “doctrina” y la “práctica”, entre “Tradición” (con mayúscula) y “tradición” (con minúscula), entre la “letra” y el “espíritu” de las leyes y doctrinas, y entre la “esencia” de las enseñanzas de la Iglesia y el “lenguaje” en el que son expresadas.

Afortunadamente, el arzobispo Stanisław Gądecki, Presidente de la Conferencia de Obispos Polacos y reconocido portavoz de la jerarquía polaca, ha publicado una breve nota (17 de octubre) en la página web de la Conferencia de Obispos Polacos, en la que expone de manera concisa este eslogan, este mantra,  por lo que es: un engaño, una mentira.

Arzobispo Gądecki: están presionando para cambiar la doctrina

Los cambios pastorales propuestos por algunos padres sinodales en relación a la comunión para divorciados, representan en sus suposiciones un intento de deslizar cambios en la doctrina misma de la Iglesia. El arzobispo Stanisław Gądecki, quien participa en el Sínodo de la Familia, encara este tema:

“Prácticamente todos repiten que no habrá cambios doctrinales, pero esto puede entenderse de maneras diferentes. Porque si introducimos la posibilidad de cambios pastorales, esto significa, en la práctica, que se está anulando la estabilidad doctrinal. En mi opinión, no podemos hablar de una separación entre la pastoral de la Iglesia y la doctrina, sus enseñanzas. Ambas son inseparables. Tengo la impresión de que muchos promotores de esta modernidad están pensando –de hecho– en un cambio doctrinal, llamándolo cambio en la pastoral de la Iglesia. Es un tema inquietante en estas discusiones, porque enfatizan fuertemente: “aceptamos toda la doctrina”, pero enseguida sugieren que la doctrina no tiene nada que ver. Esto me preocupa enormemente, unos y otros dicen que no quieren cambios doctrinales. ¿Pero, entonces, de dónde surgen estas prácticas opuestas a la doctrina?

[Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original]

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Monseñor Schneider visita el Christendom College

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19 octubre, 2015

Front Royal (Virginia).–Su Excelencia monseñor Athanasius Schneider pronunció hoy una magnífica conferencia aquí en el Christendom College sobre las inalterables verdades del matrimonio y la familia. También celebró la Misa tradicional en latín en nuestra Capilla de Cristo Rey, y respondió después las preguntas de los alumnos. Aunque estuve presente en la Misa oficiada por él este año en el Domingo de Pentecostés con motivo de la peregrinación anual a Chartres, no había tenido oportunidad de conocer personalmente a monseñor Schneider, y no puedo menos que decir que es un verdadero santo y un gran obispo católico.

ad178b2914f200f2125e1e10c5f607c1_XLComo estudio lejos de mi casa, y los últimos acontecimientos en la Iglesia están tomando un cariz verdaderamente aterrador, fue una grato consuelo y encontré muy motivador escuchar al obispo auxiliar de Astana (Kazahstan) y obispo titular de Celerina.

Dado que hoy en día muchas veces no se sabe adónde acudir en busca de consejo, la visita de Schenider fue para mí una maravillosa gracia de Dios, que agradezco de corazón al Christendom College por invitarlo a dirigirse a nosotros.

Su conferencia, así como la posterior sesión de preguntas, me aclaró cuáles deben ser mis preocupaciones, me iluminó con relación a lo que está pasando en Roma y reavivó la urgente llamada a la oración que muchos sacerdotes han hecho a los fieles.

Cuando preguntaron a monseñor Schneider: qué podríamos hacer los laicos si el Sínodo malinterpretara o incluso llegara a alterar la doctrina católica?”, respondió: “Conocemos las verdaderas y eternas enseñanzas de Cristo. Sabemos la verdad y, por consiguiente, la seguimos, aunque nuestros sacerdotes, obispos o el propio Papa no estén a la altura. Recen. Recen con mucha insistencia.”

Las palabras más consoladoras llegaron hacia el final de su exposición, cuando dijo: “Al final venceremos los pequeños si no perdemos la fe.”

Nos recordó que las personas divorciadas que se han vuelto a casar pecan contra el sexto mandamiento, y declaró que un nuevo grupo dentro de la Iglesia trata de socavar esa doctrina. Pero ni siquiera el Papa puede cambiar la verdad de Cristo, dijo, y debemos seguir en la verdad aunque nos sintamos muy solos.

Dijo que debemos de ser firmes en el testimonio, que debemos luchar unánimes y alentar a nuestros sacerdotes a mantenerse fuertes, aunque algunos obispos aprueben algo que se desvía de la verdad; no apartarnos jamás de la verdad y la Tradición. Tener siempre presente que el Espíritu Santo guiará a su Iglesia. La iglesia no es del Papa. No es nuestra. La Iglesia es de Jesucristo, y siempre debe mantenerse fiel a sus enseñanzas.

“Incluso algunos cardenales promueven actualmente el pecado en la Iglesia, y yo pregunto con frecuencia: ¿es que no temen los castigos de Dios? Es un misterio, un gran misterio.”

Schneider comparó la confusión reinante hoy en día con la herejía arriana, y señaló que el humo de Satanás ha entrado en la Iglesia y vivimos tiempos de lucha, de batalla, ¡pero Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat!

Nunca me había motivado tanto un sacerdote como este asombroso padre. Dijo mucho más, pero a efectos de este sencillo blog lo dejaré por aquí, y pediré a todos que hagan exactamente lo que nos pidió monseñor Schneider: rezar por la Iglesia y mantener la fe.

Tenga Dios a bien bendecir a monseñor Schneider.

Cecelia M. Matt

[Traducción Guillermo Visedo. Artículo original]

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Las intrigas para desacreditar a los cardenales que se oponen al Papa

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18 octubre, 2015

La carta de los 13 Cardenales al Papa en contra del opresivo Sínodo y de las tesis modernistas de Bergoglio es muy sensacionalista, especialmente por la autoridad que ostentan los firmantes; por tanto, lo que ocurrió para desacreditarla y oscurecer su explosivo contenido debe ser explicado. Ante todo, la carta ha circulado como la seña identificativa de una conspiración de los llamados “conservadores” católicos.

Marco Tosatti, vaticanista serio e independiente, señaló, muy acertadamente, que una carta privada al Papa, firmada con nombres y apellidos, es la cosa más transparente, leal y valiente que hemos visto en el Vaticano en los últimos tiempos,- considerando que el mismo Bergoglio (al menos de palabra) pide apertura-; por tanto, es justamente lo opuesto a una conspiración. De hecho, como dice Tosatti, “proporcionó una oportunidad de oro para los numerosos autores de conspiración y rebelión”. Mientras, con respecto a cosas ocultas, conocemos a través del periódico alemán Die Tagespost, que es el Papa Francisco quién, en su residencia de Santa Marta, ha estado sosteniendo su propio “Sínodo clandestino”, reservado solamente a la Dirección del Sínodo oficial.

Lo que desencadenó la confusión fue que cuatro de los trece Cardenales firmantes negaron haber puesto su rúbrica. El lunes por la noche, el Cardenal Pell, confirmó a través de un portavoz, que la carta había sido firmada por él y otros Cardenales; añadió que era privada y por ello no se había dado a conocer. Por otra parte, explicó que el texto publicado por Magister tenía “errores, tanto en el contenido como en la lista de firmas”. Esa misma noche nos enteramos de que la revista American Jesuit, de tendencia progresista, confirmó que la carta había sido firmada por 13 Cardenales todos ellos presentes en el Sínodo y entregó la lista con los nombres correctos, substituyendo a los cuatro que habían negado su firma por los verdaderos firmantes. Además, la misma revista, confirmó el texto publicado por Magister, confirmación que también hace el periódico La Nación de Buenos Aires a través de un artículo de Elizabetta Piqué, biógrafa y amiga personal de Francisco y, por tanto, con acceso a fuentes dignas de crédito.

El día 13 por la tarde, Magister publicó un nuevo artículo en el que cita estas confirmaciones fiables y en el que reitera que hay trece firmas de Cardenales, reconstruyendo la lista correcta pero parece ser que una ha desaparecido; el texto es el mismo que se publicó en primer lugar, admitiendo que, la carta entregada al Papa puede “incluir algunos pequeños cambios. De forma, no de fondo”. Pero con el escándalo que suscitó en los medios, lo que era esencial escapó a la atención de todos: la rareza de semejante documento firmado por Cardenales de autoridad, muchos de ellos presentes en el Sínodo, en el que se destruye la Instrumentum laboris en los puntos no aprobados en el Sínodo de 2.014 pero que Bergoglio aseguró que se volverían a tratar, al menos los más controvertidos.

Además, en su carta, los Cardenales critican los nuevos procedimientos que sofocan, e intentan manejar, al Sínodo en curso. La carta expresa preocupación por la Comisión que tendrá que redactar la Relatio final ya que no ha sido elegida por los Padres sino que está compuesta por personas nombradas directamente por Bergoglio, todos afines a él. Asimismo, la misiva expresa la preocupación por un Sínodo que había sido convocado por Benedicto xvi en defensa de la familia y que terminó en peleas acerca de la comunión de los divorciados vueltos a casar; algo que, si fuese aceptado, colapsaría completamente la doctrina sobre el matrimonio y los Sacramentos.

Al final de la carta hay una advertencia dramática que, incluso escrita en un lenguaje respetuoso suena a alarma, diciendo que: al final del camino emprendido por Bergoglio, en imitación de las Iglesias Protestantes Europeas, habría un colapso; en otras palabras, el fin de la Iglesia. En una declaración reciente, el Cardenal Pell dio otras dos noticias importantes acerca de lo que está pasando: la primera concuerda exactamente con lo que escribimos el domingo pasado en esta columna y es que la corriente Kasper-Bergoglio es minoría. De hecho, Pell dice: “Hay un gran acuerdo en la mayoría de los puntos pero, obviamente, hay cierto desacuerdo ya que hay una minoría de elementos que desea cambiar las enseñanzas de la Iglesia en las disposiciones necesarias para recibir la Comunión. Naturalmente, no hay posibilidad de cambio alguno en la Doctrina”.

La otra noticia de Pell, alarma incluso si está en lenguaje suave: “Todavía hay preocupación entre los Padres del Sínodo sobre la composición del Comité a cargo de la redacción de la Relatio final y sobre el proceso a través del cual se presentará a los Padres del Sínodo”. La controversia, por tanto, sigue abierta. La razón es simple, aunque nunca se diga: la intención de Bergoglio, ahora muy clara, es empujar al Sínodo hacia las conclusiones que él desea, recibir así legitimación e introducir las ideas de Kasper dentro de la Iglesia, aunque sea de forma solapada, de la misma forma que introdujo el divorcio a través del Motu Proprio. Por esta razón, hace unos días, al descubrir que la mayoría del Sínodo es católica, Bergoglio planteó preguntas sobre la Relatio final que llegaron a ser escritas en  todos los programas oficiales como resultado del Sínodo.

Viendo el desconcierto que ha provocado el cambio de reglas en el Sínodo hizo público, a través del Padre Lombardi, que habría una Relatio Finalis pero Bergoglio decidiría qué hacer con ella y si se publicará. Más tarde se supo que, probablemente, no habría una relatio similar a las de otros Sínodos, en las que incluso se votaron proposiciones sencillas, sino un texto genérico que se votaría en bloque, una especie de lo tomáis o lo dejáis, una forma de acorralar a la parte más católica, en la que habría una referencia genérica a la misericordia pero que podría ser interpretada como la luz verde a la revolución. Es necesario recordar que, ningún Papa tiene el poder de cambiar la Ley de Dios ni la Doctrina Católica, a menos que desee caer en la herejía y, por tanto, caer en declive.

Como fue explicado por un eminente Cardenal del Sínodo de 2.014, los temas a debatir hoy, habiendo sido definidos solemnemente por la Iglesia basándose en la Sagrada Escritura, no pueden ni deben ser cuestionados; el Papa no puede hacer lo que le plazca, al contrario de lo que muchos creen, justo como afirmó Benedicto xvi en la Misa de Investidura a la Catedra Romana el 7 de mayo de 2.005:

«El Papa no es un monarca absoluto cuyos pensamientos y deseos son ley. Al contrario: el ministerio del Papa es garantizar la obediencia a Cristo y a su Palabra. No debe proclamar sus propias ideas, sino constantemente obligarse a sí mismo y a la Iglesia a obedecer la Palabra de Dios, de cara a todo intento de adaptarla o diluirla, y de toda forma de oportunismo […] El Papa sabe que, en sus decisiones importantes, está unido a la gran comunidad de fe de todos los tiempos, a las interpretaciones vinculantes que se han desarrollado a través del peregrinar de la Iglesia. Así, su poder no está sobre, sino al servicio de la Palabra de Dios. Le corresponde a él asegurarse de que esta Palabra continúe estando presente en su grandeza y que resuene en su pureza, para que no sea rota a pedazos por los cambios continuos en su uso.»

Esta es la interpretación correcta del “poder de atar y desatar” que Cristo le dio a Pedro, un versículo del Evangelio que ha sido indebidamente invocado estos días por los partidarios de Bergoglio, casi como si permitiera al Papa argentino hacer lo que le plazca. El venerable Pio Brunone Lanteri, quién fue también un gran defensor del Papado, lo explicó claramente en un libro:

«Se me dirá que el Santo Padre puede hacer cualquier cosa, quodcumque solveris, quodcumque ligaveris, etc. Es verdad; pero no puede hacer nada en contra de la Constitución Divina de la Iglesia; él es el Vicario de Dios, pero no es Dios, ni tampoco puede destruir la obra de Dios.».

Antonio Socci

[Traducción de Rocío Salas. Artículo Original]

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Homilía: de la eternidad y del infierno

ligorio

18 octubre, 2015

SERMÓN PARA LA DOMINICA VIGÉSIMAPRIMA DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Tradidit eum tortoribus, quoadusque universum debitum.
Entrégole en manos de los verdugos, hasta tanto que satisficiera la deuda por todo entero.
(Matth. XVIII, 34)

Dice el Evangelio de hoy, que habiendo administrado mal los bienes de su señor, un criado, se halló, al rendir las cuentas, que quedaba deudor de diez mil talentos; y queriendo el señor que los pagase, el criado le dijo: Ten un poco de paciencia, que yo te lo pagaré todo: Patientiam habe in me, et omnia reddam tibi. Más, movido el señor a compasión de aquel criado, le perdonó la deuda. Este mismo criado había fiado a otro compañero suyo cien denarios, y no pudiéndoselos éste pagar, le suplicó que le esperase algún plazo de tiempo; aquél, empero no quiso escucharle, sino que mandó ponerle en la cárcel.

Luego que su señor supo de ésta acción cruel, le llamó y le dijo: ¡Oh criado inicuo! Yo te he perdonado diez mil talentos. ¿Cómo es que tu no has tenido piedad de tu compañero, que solamente te debía cien denarios? En seguida le entregó en manos de los verdugos para que le atormentasen hasta tanto que satisfaciera la deuda toda por entero.Tradidit eum tortoribus, quoadusque reddered universum debitum. Aquí tenéis, oyentes míos descrita en éstas últimas palabras la sentencia de la eterna condenación que está preparada para los pecadores. Muriendo en pecado, son deudores a Dios de todas sus iniquidades; y porque no pueden ya satisfacerle en otra la vida por las culpas cometidas, deberán penar eternamente en el Infierno, puesto que quedan deudores a la divina justicia para siempre, es decir, por toda la eternidad. De esta desgraciada eternidad quiero hablaros hoy. Prestadme atención.

  1. Gran pensamiento es el de la eternidad, como le llama San AgustínMagna cogitatio. Dice el santo Doctor, que Dios nos hizo cristianos y nos instruyó en la fe para que pensemos en la eternidad: Ideo christiani sumus, ut semper de futuro sœculo cogitemus. Este pensamiento movió a dejar el mundo a tantos grandes de la tierra, que se despojaron de sus riquezas y fueron a encerrarse en un claustro para vivir allí pobres y penitentemente. Este pensamiento envió tantos jóvenes a las grutas y a los desiertos, y movió a tantos mártires a abrazar los tormentos y la muerte. Lo único que se proponían era salvar el alma por toda la eternidad, toda vez que en este mundo no tenemos una patria duradera -como dice San Pablo-, sino que buscamos la eterna:Non enim habemus hic manantem civitatem, sed futueam inquirimus.(Hebr. XIII, 14). En efecto, amados cristianos; este mundo que habitamos no es nuestra patria, sino solamente un lugar de paso, por el cual llegaremos en breve a la eternidad. Pero en la eternidad es muy distinta la mansión de los justos, que está llena de delicias, de la mansión de los pecadores, que es una cárcel llena de tormentos. A una de estas hemos de ir todos nosotros sin remedio, como dice San AmbrosioIn hanc vel in illam æternitatem cadam, ne cesse est.(S. Amb. in Psal. 118).
  2. Y no olvidemos, que hemos de estar siempre en aquella de estas dos mansiones en que entremos una vez: Si lignum ceciderit, ibi erit(Eccl. XI, 3). Cuando cortan un árbol ¿hacia que lado cae? Hacia el que está inclinado. ¿A cual caerás tu, pecador que me oyes, cuando corte la muerte el árbol de tu vida? Caerás al lado que te inclines. Si te hallas inclinado hacia la parte del austro, esto es, en gracia de Dios; serás siempre feliz: pero si te inclinas al aquilón, serás siempre desgrciado: O siempre feliz en el Cielo, o siempre desgraciado y desesperado en el Infierno. El morir es una necesidad para todos los mortales, como nos lo enseña la fe y la misma experiencia; pero no sabemos cual de estas dos eternidades nos ha de caber después de la muerte: Necesse mori, post hæc autem dubia æternitas.
  3. Esta incertidumbre de las dos eternidades ocupaba continuamente la imaginación de David, le quitaba el sueño y le tenía amedrentado, como dice el mismo real Profeta:“Estuvieron mis ojos abiertos antes de la madrugada, estaba como atónito y sin articular palabra: púseme a considerar los días antiguos, y  meditar en los años eternos”San Ciprianohace esta pregunta:¿Que cosa era la que inspiró a muchos santos, a practicar una vida que fue un continuo martirio, por las continuas asperezas con que castigan su propio cuerpo? Y responde el mismo Santo: Estas asperezas se las inspiraba el pensamiento de la eternidad. Cierto monje se encerró en una fosa, en la que no hacía otra cosa que exclamar: ¡Oh eternidad! ¡Oh eternidad! Aquella famosa pecadora, convertida por el abad Pafnucio, tenía siempre presente la eternidad , y decía: ¡Quién me asegura la eternidad feliz, y me liberta de la eternidad desgraciada! El mismo temor tuvo a San Andrés Avelino en un continuo terror y llanto hasta la muerte, de suerte, que preguntaba a cuantos veía: ¿Que dices tú? ¿Me salvaré o me condenaré para siempre?
  4. ¡Oh si nosotros tuviésemos siempre presente la eternidad! No estuviéramos tan apegados a las cosas de este mundo. Por eso escribe San Gregorio“El que tiene fija en su mente la eternidad, no se engríe en a prosperidad, ni se abate en la adversidad; y como nada tiene en el mundo que apetecer, nada tiene tampoco que temer. Únicamente desea la eternidad feliz, y únicamente teme la eternidad desgraciada”. Cierta señora estaba muy embebecida en las vanidades del mundo: fue a confesarse un día con el padre maestro de Ávila, quien le mandó fuese a su casa y pensase allí en estas dos palabras: siempre y jamás. La señora lo hizo así y desterró de su corazón el apego al mundo y lo consagró a Dios. San Agustínescribe: “El que piensa en la eternidad y no se convierte a Dios, o no tiene fe, o no tiene juicio” (S. Aug. in Soliloq.)En confirmación de ésta verdad, refiere San Juan Crisóstomo, que los gentiles echaban en cara a los cristianos que eran embusteros, o insensatos. Embusteros, si decían que creían lo que realmente no creían; o insensatos, porque creyendo en la eternidad, no por eso dejaban de pecar.
  5. ¡Ay de los pecadores!dice San Cesáreo de Arlés.“Ellos entran en la eternidad sin haberla conocido; pero allí serán los gritos de dolor, cuando hayan en ella entrado y vean que no pueden salir. Al que ha de entrar en el Infierno, se le abre la puerta; pero luego que ha entrado, se le cierra para siempre”. Las llaves las tiene el mismo Dios, como dice San Juan: Et habeo claves mortis et inferni. (Apoc. I, 18); para darnos a entender, que el que ha tenido la desgracia de entrar allí, está condenado a no salir jamás. “La sentencia de los condenados, -dice San Juan Crisóstomo– esta grabada sobre la columna de la eternidad, y no será jamás revocada”. En el Infierno no se cuentan ni los días ni los años. Dice San Antonino, que “si un condenado supiese que había de salir del Infierno, después de que pasen tantos millones de años cuantas gotas de agua tiene el mar, y átomos hay en la tierra, se alegraría mucho más de lo que se alegra un hombre condenado a la horca, cuando recibe la noticia de que le han perdonado, aún cuando además le hiciesen monarca del mundo”. Pero pasarán todos esos millones de años, y el Infierno del condenado apenas habrá comenzado. Más ¿de que sirve multiplicar millones y millones de años a la eternidad, si, como dice San Hilario, no ha de tener jamás fin? Ubi putas finem invenire ibi incipit. Por eso dice San Agustín, que “la eternidad no puede compararse con las cosas que tienen fin”Quœ finem habent, cum æternitate comparari non possunt. (In Psal. XXXVI). Cualquiera condenado se contentará con hacer ese pacto con Dios, a saber: que Dios aumentará sus penas cuanto quisiera, señalando el término más remoto que le plugiese, con tal que tuviese fin. Empero la desgracia es, que este fin no ha de llegar jamás. ¿Con qué ha desaparecido para mi, todo término a mis males? Si: la trompeta de la divina justicia resuena sin cesar en el Infierno, recordando a los condenados, que sus penas han de durar siempre, y nunca, nunca han de acabar.
  6. Si el Infierno no fuese eterno, no sería su pena tan grande como es: porque, como escribeTomás de Kempis“No es grande la pena que tiene fin”. Cuando un enfermo ha de sufrir una incisión, o una cauterización sobre una parte gangrenada de su cuerpo, el dolor es intenso, pero soportable porque termina presto. pero cuando el dolor es agudo, y dura muchos meses, se hace insoportable. ¡Ah infelices pecadores obcecados! Cuando aquí se les habla del Infierno suelen responder:Si voy allí tendré paciencia. Pero ¡Cómo mudarán de pensar cuando se ven en él! No se trata de sufrir allí algunos días o meses, ni de un dolor más o menos agudo: se trata de sufrirlos por toda la eternidad.
  7. Jamás terminarán; jamás se atenuarán en lo más mínimo. El réprobo siempre sufrirá el mismo fuego, la misma privación de Dios, la misma tristeza, la misma desesperación; porque, como diceSan Cipriano“En la eternidad no se hace cambio ninguno”. Y esta misma idea de conocer anticipadamente todo aquello que ha de sufrir siempre, aumentará muchísimo su pena. Describiendo Daniella felicidad de los bienaventurados, y la desgracia de los réprobos dice que:“Éstos verán siempre, y siempre tendrán fija en su imaginación su eterna desgracia; y por eso la eternidad los afligirá, no solamente con el peso de la pena presente, sino también con el de la futura, que es eterna”.
  8. Y estas no son opiniones controvertidas entre los doctores; sino dogmas de fe, que están bien claros en las Sagradas Escrituras. La Escritura, empero replica un hereje, dice: Apartaos de mi, malditos, id al fuego eterno(Matth. XXV, 41); luego, lo que es eterno es el fuego, más no la pena de daño. Así habla este incrédulo; más habla neciamente. ¿A que fin hubiese Dios creado este fuego eterno, si no sirviese para castigar a los réprobos eternamente? Pero, para quitar todo pretexto de duda, muchos textos hay en la Escritura que dicen que no sólo es eterno él, sino también la pena de daño.
  9. Me replicará quizá algún incrédulo: Pero ¿Cómo Dios siendo justo, puede castigar con una pena eterna un pecado que solo dura un momento? A esta objeción respondo que: “la gravedad de un delito no se mide por la duración del tiempo, sino por el peso de la malicia; y la malicia del pecado mortal es infinita”, como dice Santo Tomás“porque es una ofensa cometida contra Dios que es infinito en su bondad, en su omnipotencia, y en todos sus atributos”“He ahí porque el condenado merece sufrir una pena infinita; no siendo, empero, capaz de tal pena ninguna criatura-añade Santo Tomás- Dios la hace infinita en la duración, más no en la intensión”. Además de esto, es cosa justa, que no cese la pena que merece el pecador mientras éste persevere contumaz en su pecado. Y por esta razón, así como en el Cielo es siempre premiada la virtud de los justos porque siempre dura, así en el Infierno es castigada siempre la culpa de los réprobos, porque siempre permanecen contumaces en ella. Escribe Eusebio EmisenoQuia non recipit causæ remedium, carebit fine supplicium. Y está tan obstinado en su pecado el réprobo que se halla en los Infiernos, que aunque Dios le ofreciese el perdón de sus culpas, lo rehusaría por el odio grande que contra Dios abriga su corazón. Esto dice Dios porJeremías (XV, 18)con estas palabras ¿Quare factus est dolor meus perpetuus, et plaga mea desperabilis, renuit curari? ”Mi herida es incurable, porque yo no quiero que me curen” -dice el réprobo-. ¿Cómo pues, podrá Dios sanar la herida de la mala voluntad de los réprobos, cuando ellos rechazan y no quieren admitir el remedio, aunque se les ofrezca? Así el castigo de los réprobos se llama una espada, una venganza irrevocable. (Ezech. XXI, 5).
  10. Y por la misma razón acaece, que la muerte, que es tan temible y nos espanta en este mundo, en el Infierno la desean los réprobos y no la pueden conseguir. En aquellos días buscarán los hombres la muerte y no la hallarán; desearán morir, y la muerte irá huyendo de ellos.(Apoc. IX, 6).Desearían ser exterminados y destruidos por no padecer eternamente; pero no hallarán éste remedio exterminador que les sugiere su misma desesperación. (Sap. I, 14). Cuando un hombre condenado a la horca ha sido arrojado por el verdugo y no puede ahogarle con presteza, éste espectáculo mueve al pueblo a compasión: pero los pobres condenados viven en continuas agonías de muerte, y no tienen otra muerte que el tormento que no puede quitarles la vida.Prima mors -dice San Agustín animam nolentem pellit de corpore, secunda mors nolentem tenet in corpore. “La primera muerte arranca el alma del cuerpo del pecador cuando él no quisiera morir; pero la segunda, que es la eterna, retiene su alma en el cuerpo cuando quisiera morir para terminar de una vez sus amargas penas”. El real Profeta dice: Sicut oves in Inferno positi sunt, mors depascet eos“Como rebaños de ovejas serán metidos en el Infierno: la muerte se cebará en ellos eternamente” (Psal. XLVIII, 15). Y en efecto, es así. La oveja, cuando pace, arranca y come las hojas de la planta y deja la raíz. La planta no muere, sino que crece y se vuelve a cubrir de hojas. Pues lo mismo hace la muerte con los réprobos: los atormenta y los oprime de penas; pero les deja la vida, que es la raíz de sus tormentos.
  11. Más, ya que para estos desgraciados no hay esperanza de salir del Infierno, sería menos doloroso que pudiesen engañarse y alucinarse a sí mismos, discurriendo de éste modo: Quizá Dios se moverá algún día a compasión de nosotros y nos librará de estos tormentos.Más no sucede así en el Infierno, donde no cabe tal alucinamiento; porque el condenado, así como sabe de positivo que hay Dios, sabe también que sus padecimientos no hn de terminar jamás:Existimasti inique, quod ero tui similis, arguam te, et statuam contra faciem tuam (Psal. XLIX, 21)Siempre verá sus pecados presentes y la sentencia de su eterna condenación.
  12. Deduzcamos de todo lo que acabo de manifestar, amados oyentes míos, que el negocio de nuestra salud eterna debe ser el más interesante y el más esencial para nosotros. Se trata el dela eternidad, es decir de una felicidad que no tendrá fin si nos salvamos; o de una desgracia también eterna, si nos condenamos. Cuando Tomás Moro fue condenado a muerte por Enrique VIII, trató su mujer de moverle a que cediera a la voluntad del rey; pero él le habló de éste modo: “Dime Luisa, ¿cuántos años crees tú que podría yo vivir todavía? Ya ves que soy viejo. -Aún podrías vivir veinte años. -¡Oh esposa insensata! replicó el esposo. ¿Y quieres que por veinte años en este mundo, me condene por una eternidad en el otro?
  13. ¡Oh Dios mío! Creemos en el Infierno, y sin embargo pecamos. Oyentes míos, no seamos nosotros tan necios como lo fueron tantos otros que ahora lloran sin remedio en los infiernos. ¿Que resta ya a los desgraciados de los placeres que disfrutaron en éste mundo? El Crisóstomo, hablando de los ricos y de los pobres exclama:¡O infelix felicitas, quæ divitem ad æternam infelicitatem traxit! O feix, quæ pauperem ad æternitatis felicitatem perduxit.Los santos se sepultaron vivos en las grutas y los desiertos, para no verse sepultados después de la muerte en el Infierno por toda una eternidad. Aunque la eternidad fuese una cosa dudosa, deberíamos, sin embargo, hacer de nuestra parte los mayores esfuerzos para evitar los eternos tormentos del Infierno. Pero no cabe duda ninguna; porque es artículo de fe, que todos nosotros, al salir de esta vida, debemos entrar en la eternidad para ser en ella, o eternamente felices, o eternamente desgraciados. Santa Teresa decía que: “Muchos cristianos se condenan porque no tienen fe”. Avivemos pues nosotros esa virtud, que es la que nos allana la entrada en el Paraíso. Tengamos presente, que después de esta vida miserable hay otra que no tiene fin.

Valgámonos de todos los medios, y hagamos todo cuanto esté de nuestra parte, para asegurar esta vida que ha de ser eterna. Y si para conseguir este objeto es preciso separarnos del mundo, abandonémosle inmediatamente, siguiendo los consejos del que murió por nosotros en una cruz y nos dijo: El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue su cruz y sígame. Creedme, oyentes míos; el único modo de asegurar la eterna salvación es, hacer guerra a los vicios, e imitar las virtudes que Jesucristo nos enseñó. Hacedlo así, y yo, en su nombre, os aseguro, que evitaréis la eterna condenación, y disfrutaréis de su bienaventurada compañía por toda la eternidad en la gloria. Amén.

San Alfonso María de Ligorio

[Fuente Ecce Christianus]

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¿Pueden existir varias religiones buenas? El ecumenismo actual condenado ya en 1900

asis

17 octubre, 2015

Comentario de Adelante la Fe: con los criterios aquí expuestos -que datan de 1900 con todas las aprobaciones oficiales-, y que representan la verdadera doctrina de la Iglesia, es fácil a cualquier fiel poder evaluar las reuniones ecuménicas y derivadas que se vienen promocionando en los últimos 50 años por la jerarquía de la Iglesia, en las cuales se invitan a otras religiones a orar por objetivos comunes, como la paz mundana. El solo hecho de invitar a otra religión, en tanto que tal, a orar, incluso si no se hace conjuntamente, presupone forzosamente en el que invita el reconocimiento explícito de la plena validez, efectividad y capacidad del invitado de agradar a Dios con las mismas, lo cual no es más que poner en pie de igualdad a todas las religiones. Leamos detenidamente. 

¿Pueden existir varias religiones buenas?

Por el padre P. A. Hillaire. Ex profesor del Seminario Mayor de Mende. Superior de los Misioneros del S. C.
1900

No; pues no puede haber sino una sola religión verdadera.

Así como no hay más que un solo Dios, no hay más que una sola verdadera manera de honrarle; y esta religión obliga a todos los hombres que la conocen.

1º Una religión, para ser buena, debe agradar a Dios. Pero como Dios es la verdad, y una religión falsa no podría agradarle, no puede aprobar una religión fundada sobre la mentira y el error.

2º No puede existir más que una sola religión verdadera, pues la religión es el conjunto de nuestros deberes para con Dios y estos deberes son los mismos para todos los hombres. Y, a la verdad, estos deberes nacen de las relaciones existentes entre la naturaleza de Dios y la naturaleza del hombre. Pero como la naturaleza de Dios es una, y la naturaleza humana es la misma en todos los hombres, es evidente que, los deberes tienen que ser los mismos para todos. Por consiguiente, la verdadera religión es una y no puede ser múltiple. Las formas sensibles del culto pueden variar; la esencia del culto, no.

3º  Toda religión comprende tres cosas: dogmas que creer, una moral que practicar y un culto que rendir a Dios. Si dos religiones son igualmente verdaderas, tienen el mismo dogma, la misma moral, el mismo culto; y entonces ya no son distintas.

Si son distintas, no pueden serlo sino por enseñar doctrinas diferentes acerca de una de estas materias y, en este caso, ya no son igualmente verdaderas. Por ejemplo, a esta pregunta: ¿Jesucristo es Dios? Sí, dice un católico; puede ser, dice un protestante racionalista; no, contesta un judío; es un profeta como Mahoma, añade un musulmán… Estos cuatro hombres no pueden tener razón a la vez; evidentemente uno solo dice la verdad. Luego, las religiones que admiten, aunque sólo sea una verdad dogmática diferente, no pueden ser igualmente verdaderas.

Lo que decimos del dogma hay que afirmarlo también de la moral no hay más que una sola moral, puesto que ha de fundarse en la misma naturaleza de Dios y del hombre que no se mudan. Lo mismo debe decirse del culto, por lo menos en cuanto a sus prácticas esenciales.

Cuando los protestantes dicen: Nosotros servimos al mismo Dios que los católicos,  luego nuestra religión es tan buena como la de ellos, contestamos: _Ciertamente, vosotros servís al mismo Dios puesto que no hay más que uno, pero no le servís de la misma manera. No le servís, en la forma con que quiere ser servido. Ahí está la diferencia… Dios es el Señor, y el hombre debe someterse a su voluntad. Los que dicen que todas las religiones son buenas, no ven en la religión más que un homenaje tributado a Dios, y piensan erróneamente que cualquier homenaje le es grato. Olvidan que la religión encierra verdades que creer, deberes que cumplir y un culto que tributar. Y es claro que no pueden existir varias religiones de creencias contradictorias y de prácticas opuestas, porque la verdad es una sola, y Dios no puede aprobar el error.

Objeción: 1º Todas las religiones son buenas

¿Acaso todas las monedas son buenas? ¿No hay que distinguir entre las verdaderas y las falsas? Pues lo mismo sucede con la religión. Pero, la moneda falsa supone la buena de la que no es más que una criminal imitación; así, las falsas religiones suponen la verdadera.

Si todas las religiones son buenas se puede ser católico en Roma, anglicano en Londres, protestante en Ginebra, musulmán en Constantinopla, idólatra en Pekín y budista en la India. ¿No es esto ridículo? ¿No es afirmar que el si y el no son igualmente ciertos en el mismo caso? Decir que todas las religiones son buenas es un absurdo palpable, una blasfemia contra Dios, un error funesto para el hombre.

1º Un absurdo. _ Es cierto que en las diferentes religiones hay algunas verdades admitidas por todos, como son la existencia de Dios, la espiritualidad del alma, la vida futura con sus recompensas y castigos eternos. Mas ellas se contradicen en otros puntos fundamentales. EL católico, por ejemplo, afirma que la Iglesia tiene por misión explicarnos la palabra de Dios encerrada en la Biblia, mientras que el protestante declara que todo cristiano debe interpretar por sí mismo la palabra divina y forjarse una religión a su manera…

Podríamos citar indefinidamente las divergencias contradictorias de las diversas religiones. Pero es evidente que dos cosas contradictorias no pueden ser verdaderas, porque la verdad es una, como Dios, y no se contradice. Si la Iglesia ha recibido de Jesucristo la misión de explicarnos la Biblia, no queda a la voluntad de cada cristiano el interpretarla a su manera… Es absurdo decir que el sí y el no pueden ser igualmente ciertos sobre el mismo punto… Mas como lo que no es verdadero, no es bueno,porque la mentira y el error de nada sirven, debemos concluir que no pudiendo todas las religiones ser verdaderas, no pueden ser todas buenas.

2º Una blasfemia contra Dios. _Decir que todas las religiones son buenas, no es solamente contradecir al buen sentido, sino blasfemar contra Dios. Es tomar a Dios por un ser indiferente para la verdad y para el error. Se supone que Dios puede amar con igual amor de complacencia al cristiano que adora a su Hijo Jesucristo que al mahometano que le insulta; que debe aprobar al Papa, que condena la herejía, y a Lutero a Calvino y a Enrique VIII, que se rebelan contra la Iglesia; que bendice al católico que adora a Jesucristo presente en la Eucaristía y sonríe al calvinista que se burla de ese misterio… Pero atribuir a Dios semejante conducta es negar sus divinos atributos; es decir, que trata a la mentira como a la verdad, al mal como al bien, y que acepta con la misma complacencia el homenaje y el insulto… ¿No es esto una blasfemia?

3º Un error funesto para el hombre. _Para llegar a la felicidad eterna debe el hombre seguir el camino que a ella le lleva, y sólo la religión verdadera es el camino que lleva al cielo. ¿No es una gran desgracia errar el camino? ¡Y si al menos llegados al término se pudiera desandar lo andado!… Pero si uno yerra por su culpa, se ha perdido para toda la eternidad.

La indiferencia al enseñar que se pueden seguir todas las religiones, propende a alejar al hombre de la verdadera religión, del único medio de alcanzar su meta. Es, por consiguiente, un error funesto.

Objeción: 2º Un hombre honrado no debe cambiar de religión hay que seguir la religión de los padres

Cada uno puede y debe seguir la religión de sus padres si esta religión es verdadera; pero si es falsa, hay obligación de renunciar a ella para abrazar la verdadera.

Así, cuando uno ha tenido la dicha de nacer en la verdadera religión, no necesita cambiar de creencias, y debe estar pronto a derramar hasta la ultima gota de su sangre antes que apostatar. Pero cuando no se ha tenido la dicha de nacer en la verdadera religión, si uno llega a conocerla, es absolutamente necesario, so pena de falta grave, abandonar la falsa religión y abrazar la verdadera.

El deber más sagrado del hombre es el de seguir la verdad desde el instante mismo en que la conoce: ante todo, hay que obedecer a Dios. Abandonar la falsa religión para seguirla verdadera, es acatar la voluntad de Dios, y, por consiguiente, cumplir el más sagrado de los deberes. Sin duda nada merece tanto respeto como las creencias de nuestros padres; pero este respeto tiene sus límites, los límites de la verdad. Nadie está obligado a copiar los defectos de los padres. Si vuestros padres son ignorantes ¿es necesario acaso que, por respeto, permanezcáis ignorantes como ellos? La salvación es un asunto personal, individual, del que cada uno es responsable ante Dios.

Las causas por las cuales se descuida abrazar la verdadera religión son el respeto humano, los intereses temporales, el deseo de seguir las propias pasiones; pero, evidentemente, estas causas son malas y, por tanto, hay que sacrificarlas para cumplir la voluntad de Dios y salvar el alma.

Tomado de su libro “La religión demostrada”. Puede leerse íntegro aquí

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

Sobre la Libertad. En Santo Tomás de Aquino

libertad

17 octubre, 2015

En el presente trabajo nos proponemos explicar y defender la concepción tomista de libertad y criticar algunas concepciones de libertad modernas. La noción de libertad es un concepto clave en Filosofía, ya que de él depende el planteamiento de toda la moral, y de la moral depende el planteamiento de toda la política. Por ello es importante precisar con exactitud a qué nos referimos cuando hablamos de libertad.

Presentado el trabajo, nos disponemos a abarcar el concepto de libertad de la forma más completa y sencilla posible. Trataremos qué es propiamente la libertad, sus distintas formas, después trataremos concretamente el libre arbitrio, las pruebas de su existencia, su naturaleza y sus límites. Finalmente haremos una reflexión sobre el problema naturaleza-libertad, y por último estudiaremos los determinismos.

¿Qué es la libertad?

El acto voluntario es definido por Aristóteles de varias formas, bien como “intelecto apetitivo”, bien como “apetito intelectivo”, aunque la definición más conocida es “todo lo que uno hace estando en su poder hacerlo y sabiendo, y no ignorando, a quién, con qué y para qué lo hace”. Santo Tomás concibe sin embargo el libre arbitrio como “la voluntad misma en el ejercicio de la elección de los medios para conseguir su fin”. Siguiendo con el espíritu y el sentido de ambas definiciones de libertad, me arriesgo a definir la libertad como “capacidad de elegir deliberadamente lo mejor posible” (libertas est capacitas ad eligendum deliberate optima possibilia).

Desmenuzaremos brevemente el sentido y significado de esta definición. La libertad como la vida no es una facultad, ni una potencia, ni un acto, ni un ser. La libertad es un carácter o propiedad de ciertos actos. La libertad se ejerce en algunos actos voluntarios, concretamente en la elección de los medios para conseguir el bien propuesto por el intelecto. ¿Por qué decimos mejor bien posible? Porque la libertad versa sobre la elección de bienes, como bien dice el Filósofo. La cuestión está en que hay una jerarquía de bienes, y debemos elegir lo mejor, y de hecho lo hacemos siempre. Lo que elegimos es subjetivamente lo mejor para uno. Pero objetivamente hablando, puede no serlo, y cuando elegimos un bien inferior (es decir, un bien que no es el mejor posible para nosotros), no es un acto libre, es un acto libertino. Y como no somos idealistas sino realistas, no elegimos lo mejor en sí, sino lo mejor posible para nosotros “hic et nunc”. De nada sirve que yo quiera comprarme un Ferrari si sólo tengo veinte mil euros, tendré que elegir la mejor opción de entre los coches con un valor comprendido entre mis posibilidades. Queda más o menos explicada la definición.

¿Por qué proponemos una definición más precisa? Como he dicho antes, no varía la doctrina realista, sino que la profundiza, parecido a la evolución homogénea de los dogmas que, sin cambiar, se precisan debido a las necesidades o problemas que van surgiendo en cada época. Pues bien, el tema de la libertad es un tema que se ha de precisar después de haber pasado por la Modernidad y la Postmodernidad. Hoy los liberales y libertinos entienden por libertad la capacidad de elegir, como siempre se ha entendido. Pero creo necesario dar a la elección de los actos un carácter moral.

Al decir que la elección buena se llama libertad y la elección mala se llama libertinaje, le damos la misma connotación moral que al decir que la repetición de actos buenos es la virtud, y la de actos malos el vicio, teniendo ambos actos en común el hecho de ser hábitos. Así lo que tienen en común la libertad y el libertinaje es que son elecciones deliberadas, con plena consciencia y voluntad. ¿Por qué añadir una carga moral a la libertad/libertinaje como a la virtud/vicio? Porque ambos están relacionados con el acto (la libertad en cuanto se orienta a él y la virtud en cuanto lo repite). Y como la moral versa sobre los actos del hombre, cuando definimos algo relacionado con los actos inmediatamente surge la pregunta de cuáles son buenos y cuáles malos, y hay que llamarlos con distinto nombre para separar y distinguir lo bueno de lo malo. Así nos queda un cuadro simple y esclarecedor: la elección deliberada es a la libertad y al libertinaje lo que el hábito es a la virtud y al vicio. Con esto afinamos más la definición de libertad y solucionamos el problema de los liberales y libertinos. Si bien somos conscientes que en el lenguaje común de la gente la palabra libertad en un sentido amplio se refiere a capacidad de elegir, es preciso, hablando técnicamente que a ello se le llame elección deliberada y se deje la palabra “libertad” para la elección de los actos buenos y la palabra “libertinaje” para la elección de los actos malos.

Para redondear el asunto de la definición, adelantaré un tema que se verá más adelante, y es que, con esta nueva definición se entiende más claramente porqué el ejercicio de la virtud libera, mientras que el del vicio esclaviza; porqué el pecado encadena, mientras que cumplir la voluntad de Dios nos hace más libres.

Formas de libertad

Definido ya el concepto de libertad, vamos a exponer sus distintas formas.

Primero situemos la libertad con respecto al hombre: la substancia es el hombre, la voluntad una de sus facultades, el acto voluntario emana de la facultad, y sólo algunos de esos actos voluntarios son libres.

Hay dos grandes formas de libertad: la de actuar (libertas a coactione) y la de querer (libertas arbitrii).

La libertad de actuar es una libertad puramente exterior. Un acto es libre cuando está libre de toda coacción exterior. Hay varios tipos de libertad de actuar:

  • Libertad física: Poder actuar sin ser detenido por una fuerza superior.
  • Libertad civil: Poder actuar sin que lo impidan las leyes de la ciudad.
  • Libertad política: Poder actuar en el gobierno de la ciudad que se es miembro.
  • Libertad moral: Poder actuar sin ser retenido por una ley moral, por un deber.

La libertad de querer (más conocida como libre arbitrio) es una libertad interior. Una decisión es libre cuando está exenta de una inclinación necesaria a poner el acto, a hacer tal elección, tomar tal decisión. Esta libertad puede tomar dos formas:

  • Libertas exercitii: La libertad de ejercicio consiste en decidir si actuar o no.
  • Libertas specificationis: La libertad de especificación consiste en decidir qué actuar, si actuar esto o lo otro.

De ambas formas de libertad, la forma más propiamente llamada libertad es la del libre arbitrio. Pues ahí es donde se generan los actos voluntarios libres, más allá de que después no se puedan llevar a cabo y no seamos libres para actuar. Un ejemplo biográfico de que la libertad más importante es la interior, es la vida de San Maximiliano María Kolbe, más bien su muerte. Estando preso en el campo de concentración de Auschwitz, al ver que iban a ejecutar a un padre de familia, ofreció su vida a cambio de la del padre de familia y murió encerrado en una celda, muerto de hambre y sed. Ese padre de familia pudo asistir a la canonización del santo, inmensamente agradecido. Pareciera que estando preso estaba privado de todas sus libertades, pero vemos que la prisión solo priva de la libertad de actuar, la exterior, pero la interior, la de querer permanece siempre libre, si nosotros así lo queremos.

Por otra parte es tal la relación que hay entre ambas formas de libertad que, faltando una, la otra termina acomodándose a esa falta. Por ejemplo, sucede que al no tener libertad para actuar, terminamos de querer aquello que queríamos pero que no se puede realizar, aquello imposible. También sucede que acabamos consintiendo lo que rechazábamos porque hemos sido obligados a hacerlo.

Resumiendo, ambas son formas de libertad, pero prima la libertad de querer a la libertad de actuar, pues la primera puede existir sin la segunda, y la segunda no puede existir sin la primera, la supone.

El libre arbitrio

Ya hemos visto que esta forma de libertad es la más importante. Cuando en psicología se habla de libertad, se habla de esta libertad interior, del libre arbitrio. Vamos a probar la existencia de esta libertad, la otra no hace falta probarla, porque es muy evidente.

Pruebas de su existencia

Veremos algunos argumentos clásicos a favor de la libertad, los analizaremos y los pondremos en tela de juicio, porque creemos que no todos son válidos.

Prueba Moral

Este argumento deriva de Kant. Sostiene que la libertad es un postulado, que la razón no puede demostrar la libertad y tampoco negarla. Afirma que la libertad es una condición de la moralidad: como estamos obligados a vivir moralmente, estamos obligados a creer en la libertad. Esta doctrina la resume Alain diciendo: “Si tengo deberes, el primero es creerme libre”.

Crítica. Es cierto que la libertad es una condición de la vida moral; de hecho la obligación solo atañe a los sujetos libres. La argumentación de Kant tiene tres presupuestos con los que no estamos de acuerdo, a saber: que toda metafísica es imposible, que la libertad no es un hecho de experiencia, y que la moral es una especie de absoluto que se impone a todo ser racional. Este argumento está mal porque trastorna el orden normal de las ideas, confunde la causa con el efecto. No hay que creer en la libertad porque exista la moral, sino que, hay que creer en la moral porque existe la libertad. Entonces, siendo la libertad el fundamento de la moral, hay que demostrar primero la libertad para después probar la moral. Luego Kant supone algo que es consecuencia de lo que debería explicar.

Prueba por el Consentimiento Universal

Este argumento se puso de moda en el s. XIX, encontramos también huellas de él en Santo Tomás de Aquino. Este argumento sostiene que si el hombre no estuviese dotado de libertad no tendrían razón de ser los consejos y las exhortaciones, los preceptos y las prohibiciones, las recompensas y los castigos (se puede añadir: los contratos, las promesas y los compromisos).

Crítica. Es evidente que todos estos actos, como hemos dicho, tienen razón de ser si el hombre se cree libre. Como estos actos existen en todas las sociedades, es de suponer que todos los hombres se creen libres, es poco verosímil que se equivoquen todos. Pero aún así, la verdad no depende del número, y puede darse que una sociedad entera se equivoque y que un solo hombre tenga razón contra todos. Queda pues sin resolver si el hombre tiene razón para creer en la libertad.

Prueba Psicológica

Este argumento se difundió mucho en la filosofía moderna desde Descartes. Todo se resume en que la libertad es un hecho. “Estamos tan seguros de la libertad y de la indiferencia que hay en nosotros, que no hay nada que conozcamos más claramente”, decía Descartes. La pregunta es: ¿Hay una experiencia de la libertad interior?

No olvidemos que nosotros intentamos demostrar el libre arbitrio, y la libertad de la que habla Descartes es la libertad en cuanto indiferencia. En eso estamos de acuerdo, creemos que existe una experiencia de la libertad como libertad de elección. Esta experiencia tiene dos momentos: Primero, tenemos conciencia de la indeterminación de la voluntad (la indecisión es un estado de oscilación); segundo, tenemos conciencia de la autodeterminación de la voluntad, mediante la cual salimos del estado de indeterminación. Resumiendo, después de sopesar, me decido; de todo eso tenemos conciencia.

Crítica. Una prueba de este tipo, que remite a la experiencia personal de cada uno, solamente es valedera para aquellos que han realizado en su vida algún acto libre de querer. Pero es posible que haya alguno que no haya realizado esto en su vida, podría objetar con razón que él no tiene experiencia de libertad y que por tanto no existe. La experiencia no puede más que constatar la libertad como un hecho psicológico. No obstante, la experiencia por sí sola no puede aclararlo ni explicarlo. Corresponde a la metafísica explicar la libertad, y mientras no lo haya hecho siempre alguien puede objetar la existencia de la libertad por no tener experiencia de ella.

Prueba Metafísica

Algunos dicen que al intentar demostrar la libertad hay una contradicción entre forma y fondo: demostrar es hacer la conclusión necesaria, pero declarar la libertad necesaria es negarla. La libertad, entonces, sólo puede afirmarse libremente. Esta idea tiene su origen en Kant.

Hay ahí un sofisma. Si el hombre es libre, dicen, debe serlo entero, en todas sus funciones. Pero esta afirmación es falsa. Yo puedo ser libre sin ser totalmente libre. De hecho, la razón no es libre, lo es sólo la voluntad.

Ahora bien, no se puede demostrar que un acto concreto y particular sea libre o no, eso lo sabe sólo el sujeto y Dios. La metafísica se limita a demostrar que la libertad es posible, que resulta del hecho de que el hombre está dotado de inteligencia y de voluntad. La metafísica pretende demostrar que la libertad es un atributo de la naturaleza humana, que el hombre está dotado de libre arbitrio.

He aquí uno de los argumentos de Santo Tomás. La voluntad sigue a la concepción de un bien. Si el objeto es absoluta y necesariamente bueno, la voluntad tenderá necesariamente a él. Si el objeto no es necesariamente bueno, en la medida en que no realiza la bondad perfecta, puede ser juzgado no-bueno y no-amable. La voluntad entonces no tiene necesidad de quererlo. Pero ningún objeto fuera de la beatitud es el bien perfecto. Por consiguiente, la voluntad no es determinada por ningún bien particular. Si lo quiere, es que lo elige, es decir, se determina a sí misma. Así la libertad está en la inteligencia, que concibe el Bien perfecto y juzga los bienes particulares en comparación con el Bien. Luego, se puede atribuir la libertar “a priori” en los seres inteligentes, en lo que concierne a la elección entre bienes particulares.

Hay otro segundo argumento de Santo Tomás, semejante a éste. El hombre no actúa por instinto como el animal, porque es un ser racional. Sabemos que hay un abismo entre el plano de las necesidades lógicas, donde se mueve la razón, y el de las situaciones particulares y contingentes, en donde se desenvuelve la acción. La razón no puede nunca deducir rigurosamente partiendo de los primeros principios la acción precisa que debe aplicarse “hic et nunc”. Luego, en lo que concierne a una acción, el juicio no está determinado, queda como suspendido entre el sí y el no, es la voluntad la que libremente realiza esta acción o aquella otra. Así pues, si se actúa bajo estas condiciones, será por un acto libre.

Veamos un tercer argumento que da Santo Tomás. La libertad puede también deducirse de la naturaleza del pensamiento abstracto. La representación intelectual del bien es universal. Como ningún objeto particular iguala lo universal ni lo realiza en toda su amplitud y toda su pureza, la voluntad que se dirige al bien queda indeterminada al respecto de los bienes. Y sólo es por un acto libre que se decide por un bien rechazando otros.

Por último, Santo Tomás argumenta también que la libertad deriva de la capacidad de reflexionar. La voluntad sigue al juicio. Si no somos dueños de nuestro juicio, no seremos dueños tampoco de nuestro querer. Pero el hombre, al juzgar lo que debe hacer, puede juzgar su juicio mediante la reflexión. Así el hombre es dueño de sus juicios por la reflexión. Por lo tanto, como somos dueños de nuestros juicios por la reflexión, y la voluntad sigue siempre al juicio, somos dueños de nuestro juzgar y de nuestro querer también, somos libres.

¿Potencia o hábito?

El libre arbitrio no es un acto, es el principio de un acto, y como tal, puede ser o potencia o hábito, pues son los dos principios posibles de un acto, v.gr: sé que esto es una silla, y lo sé bien por ciencia (hábito), bien por potencia intelectiva (potencia). Entonces el libre arbitrio puede ser o un hábito, o una potencia.

No es un hábito porque, de serlo, sería un hábito natural, pues el libre arbitrio es algo natural en el hombre. Sabemos que los hábitos naturales se orientan  necesaria y naturalmente hacia algo, pero de ser el libre arbitrio un hábito natural,  ya no sería libre arbitrio, pues no tendría nada de libre. Por ello, que sea un hábito natural va contra la esencia misma del libre arbitrio. Y ser un hábito no natural sería contrario al carácter natural del libre arbitrio. Por tanto, el libre arbitrio no es un hábito de ninguna manera.

Se puede concluir entonces que el libre arbitrio es una potencia y no un hábito.

¿Potencia apetitiva o intelectiva?

La elección es lo propio del libre arbitrio. En la elección coinciden en parte la facultad cognoscitiva y la apetitiva. Por parte de la facultad cognoscitiva se precisa la deliberación o consejo, por el que se juzga sobre los medios para alcanzar el fin deseado. Por parte de la facultad apetitiva se precisa de la elección del medio previamente deliberado. Aquí no queda claro aún si es una potencia intelectiva o apetitiva. Veamos, el objeto de la elección son los medios que llevan a un fin, y el medio en cuanto medio es llamado bien útil. Por tanto, como el bien es objeto del apetito, se sigue que la elección es sobre todo un acto de la potencia apetitiva, porque se elige un bien útil. Por tanto, el libre arbitrio es una potencia apetitiva.

¿El libre arbitrio es una potencia diferente de la voluntad?

Es necesario que las potencias apetitivas sean proporcionadas a las aprehensivas. El entendimiento es a la razón lo que la voluntad es al libre arbitrio. Lo vemos más claramente en la correlación de sus actos y de sus objetos. Entender implica la simple aprehensión de una cosa, y solo aprehendemos simplemente los primeros principios, por ello entender tiene como objeto los primeros principios. Razonar consiste en pasar del conocimiento de una cosa al conocimiento de otra. Por ello, el objeto del razonamiento son las conclusiones a las que se llega por medio de los principios. Querer significa el simple deseo de algo. Por ello la voluntad tiene por objeto el fin deseado en sí mismo. Elegir significa querer una cosa para conseguir otra. Por ello su objeto propio son los medios que llevan al fin.

Ahora bien, al igual que el entender y razonar son actos de una misma potencia, la intelectiva, así también querer y elegir son actos de una misma potencia, la apetitiva. Por ello, la voluntad y el libre arbitrio no son dos potencias distintas, sino que pertenecen a la potencia apetitiva.

Naturaleza del Libre Arbitrio

Vamos a especificar bien cuál es la naturaleza del libre arbitrio según la doctrina tomista y vamos a criticar algunas teorías equivocadas sobre la libertad. Comenzaremos por esto último.

La libertad de indiferencia

Esta concepción entra en la filosofía moderna con Descartes. Posee tres ideas directrices.

La libertad disminuye en la medida en que la voluntad es atraída por un motivo. La libertad consiste en ser indiferente a los motivos, en estar libre de toda influencia. El ideal de libertad es una decisión sin motivos, o, lo que es lo mismo, una decisión en presencia de motivos contrarios de fuerza igual, ya que se anulan. Si se elige un partido, no es porque sea el mejor, sino porque lo queremos.

Crítica. Concedemos que hay una cierta indiferencia en la voluntad libre, pero no puede definirse la libertad como una indiferencia. Pues si no hay motivo, no hay acto de voluntad, ni tampoco de libertad. La libertad supone una deliberación, y deliberar es justamente tener en cuenta los motivos, compararlos, pesarlos. La hipótesis de motivos iguales que dejan indiferente a la voluntad, es una falacia: o bien no se reflexiona, y entonces no hay acto libre, o bien se reflexiona, pero entonces se verá una diferencia después de un examen más o menos prolongado, pues no existen dos entes iguales, por tanto tampoco dos motivos iguales.

La libertad de espontaneidad

Esta doctrina tiene origen en Leibniz, y ha influido en muchos filósofos modernos.

Esta doctrina en Leibniz sostiene lo siguiente: No hay acto voluntario sin motivo, si fuésemos absolutamente indiferentes, no elegiríamos. El motivo más fuerte siempre prevalece, pues el hombre es inteligente y elige lo que mejor le parece. Pero, aún siguiendo el motivo más fuerte, la voluntad es libre, pues el acto es contingente (no metafísicamente necesario), espontáneo (no obligado desde fuera) e inteligente. Y con estas tres condiciones se define la libertad. De ahí esta breve definición de libertad: la espontaneidad de un ser inteligente.

Crítica. Leibniz decía: “El alma humana es una especie de autómata espiritual”. Si esto es cierto, ¿de qué sirve hablar de libertad?

Concordamos con Leibniz cuando sostiene que no hay acto de libertad sin motivo, y que siempre se elige la parte que parece mejor. Es decir, hay en el acto libre una parte de espontaneidad. Pero así como hemos dicho contra Descartes que no puede definirse la libertad como indiferencia, así decimos contra Leibniz que no puede definirse la libertad como espontaneidad. Se necesita una decisión que cierre una fase de indecisión. Ni siquiera el motivo más fuerte basta para ocasionar la decisión. Si lo hace, si determina a la voluntad, no hay decisión, ni libertad.

El libre arbitrio

Esta doctrina es la doctrina tomista de la libertad.

Analicemos el principio general: “la voluntad es libre cuando se determina a sí misma a un acto”. Puede definirse el ser libre como aquel que es causa de sí mismo (liberum est quod sui causa est). Pero no debe entenderse como que el ser libre se crea a sí mismo, pues “nihil potest esse sibi causa essendi” (nada puede ser causa de su propia existencia). Se debe entender entonces como que el ser libre es aquel que es causa de su acto (sibi causa agendi). Es decir, que por su libre arbitrio, el hombre se mueve a sí mismo a obrar.

La voluntad es movida por el fin, y al mismo tiempo se mueve a sí misma a elegir tal o cual medio. Dicho de otro modo, hay en la libertad una parte de espontaneidad y una parte de indiferencia. La libertad tiene una espontaneidad natural hacia el bien, y en esto no es libre. Pero también tiene una parte de indiferencia, pues sin ella no se comprendería que tuviese la menor libertad de elección.

Entonces, hablando estrictamente, el acto libre tiene un doble origen: la espontaneidad y la indiferencia de la voluntad. Pero la libertad del acto tiene su fuente sólo en la indiferencia.

Vamos a analizar brevemente el acto de la decisión. La decisión consiste en hacer determinante a un motivo eligiéndolo. La voluntad sigue siempre al motivo más fuerte, pero es ella quien ha hecho que ese motivo sea determinante para ella. Y lo hace deteniendo el movimiento de la deliberación, es decir, fijando la inteligencia en un juicio: “si esto es lo mejor, entonces hay que hacerlo”. Si la voluntad no detuviese el movimiento de la deliberación, la inteligencia seguiría examinando indefinidamente las cosas, pues no habría quién la detuviese. Es decir, la voluntad sigue el último juicio práctico, pero es ella quien hace que ese juicio sea el último.

Límites del libre arbitrio

Que la libertad tenga límites no es solo un hecho que resulte de la imperfección del hombre, sino que la idea misma de una libertad absoluta es intrínsecamente contradictoria.

¿Qué sería una libertad absoluta? La indeterminación total del querer: sería una tendencia que no tendería hacia nada. Entonces la noción misma de tendencia se desvanece, y con ella toda posibilidad de actos libres.

La libertad humana supone lógicamente la naturaleza humana. Y en el hombre, la libertad supone la voluntad como tendencia hacia el bien,  la inteligencia como poder de representación y de juicio; si falta uno de estos dos términos, el término elección pierde todo su significado.

Para fijar los límites de la libertad humana consideraremos las dos formas más importantes de libertad.

Límites para la libertad de ejercicio. Como tenemos una inclinación necesaria y natural hacia el Bien universal, puro y perfecto, sobre este fin no se delibera. Cuando este Bien se presente en su realidad concreta, no podremos hacer otra cosa que quererlo y entenderlo, nuestra libertad de ejercicio no podrá elegir otra cosa que no sea amar y entender ese bien puro, universal y perfecto. Por ello los católicos sostienen que cuando se llega al cielo (contemplación directa de Dios tal cual es), no hay paso atrás, nuestra libertad es nula, porque estaremos ante el Bien hacia el cual poseemos una inclinación natural y necesaria. Por ello mientras no estemos ante el Bien, y no lo veamos directamente, es decir, mientras no lo captemos mediante una intuición clara, tenemos libertad para pensar en Él o libertinaje para no pensar, para amarlo o no amarlo, pero una vez muertos, sólo nos queda elegir o no a Dios (lo cual se hace en vida), en muerte ya no hay vuelta atrás por esa inclinación necesaria que nos “obliga” a no hacer marcha atrás.

Además, por esto se entiende la concepción de vicio y de virtud, como ambas posiciones que disminuyen la capacidad de elegir. En el caso del vicio, porque amamos cosas contrarias al Bien supremo que tenemos como medida de los demás bienes, y al amar cosas contrarias, se va desdibujando esa inclinación al Bien supremo, y por tanto se va perdiendo el criterio de las cosas que son buenas, y elegimos sus contrarias, y nos esclavizamos, por ello disminuye nuestra libertad con el vicio, porque perdemos la noción de bien, y esa noción de bien la comienzan a marcar nuestras pasiones, sentimientos y emociones, en lugar de la razón. En el caso de la virtud, se disminuye nuestra capacidad de elegir por un motivo diferente, por lo mismo que se limita nuestra libertad de ejercicio estando en el cielo, porque el hombre virtuoso elige los bienes que están en consonancia con el Bien supremo, y mediante esos bienes se va aproximando al Bien, y como ya hemos dicho, el Bien atrapa, porque tendemos naturalmente hacia Él, porque estamos hechos para Él. Es decir, la virtud nos limita nuestra capacidad de elegir, pero porque nos acercamos al Bien Supremo al cual tenemos inclinación necesaria. Y el vicio nos limita la libertad porque perdemos la noción de Bien y nos abandonamos a las pasiones, emociones y sentimientos que no hacen nada parecido a la deliberación, condición necesaria para que haya libertad.

Límites para la libertad de especificación. Como hemos dicho antes, cuando pensamos en el Bien absoluto, lo amamos necesariamente. Esto en relación al fin. Pero en relación al medio también, si sabemos de un medio reconocido como necesario para alcanzar el Bien, lo queremos con la misma necesidad con que se quiere el Bien. Luego, en ese caso, tampoco somos libres para especificar qué medios elegir para alcanzar el Bien, necesariamente queremos el medio que ya está reconocido como necesario para llegar a ese fin.

Sólo hay libertad en la elección de los medios no necesarios para alcanzar el Bien, o cualquier bien concebido por el intelecto como lo mejor para nosotros. Se quiere necesariamente un medio, pero libremente este medio concreto.

La Libertad y los determinismos

Con lo que expondremos pretendemos refutar las objeciones contra la libertad. Las doctrinas que niegan la libertad reciben el nombre de determinismos. Se pueden agrupar en tres grandes tipos de conocimiento humano: ciencia, filosofía y teología. Si bien, debemos precisar que todas las doctrinas deterministas son de orden filosófico, pues la libertad es un problema de la filosofía. Lo que sucede es que en el caso de la ciencia se generalizan leyes científicas llevadas a su absoluto, y se intentan aplicar a un orden fuera de su alcance. Y en el caso teológico, se utilizan principios teológicos para aplicarlos a un orden inferior al de la teología que es la filosofía.

  1. Determinismo Científico

Nos encontramos con dos formas distintas: el determinismo universal, y el determinismo que niega la libertad en nombre de diferentes leyes científicas concretas.

Determinismo universal

Dicen que podría haber una inteligencia humana (ya que hablamos de la libertad en el hombre) que conociese todas las fuerzas de la naturaleza y la situación respectiva de todos los seres, y así podría deducir los movimientos de todos los cuerpos. “Nada sería ya incierto para ella, y tanto el futuro como el pasado estaría presente a sus ojos”.

Responderemos a esto que el determinismo universal no es un hecho ni una ley. No es un hecho, porque el hombre no puede tener una experiencia total o integral del universo. Siempre conoce los seres bajo un aspecto objetivo y subjetivo, pero nunca conoce a un ser en su totalidad, y menos a todo el universo. No es una ley, porque las leyes sólo tienen valor real si han sido comprobadas experimentalmente, y esto no ha sido probado experimentalmente, luego no es una ley con valor real. Así el determinismo universal que propone la ciencia queda descartado.

Determinismo físico

Dicen: “Un acto libre, siendo un comienzo absoluto, sería una creación de energía; ahora bien, en la naturaleza, la cantidad de energía permanece constante, nada se pierde, nada se crea”.

Responderemos a esto que el acto libre es un acto espiritual, y que, por tanto, está fuera del circuito de las fuerzas físicas. El principio no puede valer más que para el movimiento voluntario; y éste se cumple con el sólo juego de las fuerzas físicas, la voluntad no hace más que provocar y orientar las fuerzas, sin contarse entre ellas.

Determinismo fisiológico

Sostienen: “Nuestros actos están determinados por nuestro estado fisiológico (hambre, sed, enfermedad, salud, temperamento, clima…).

Respondemos, sin lugar a duda que nuestro estado fisiológico influye en nuestras decisiones libres, limitan la libertad, incluso en casos contados la suprimen. Pero no puede afirmarse a priori y de un modo absoluto que nuestro estado fisiológico suprima nuestra libertad, porque puede dejar lugar a actos libres, y efectivamente lo hace en la grandísima mayoría de las personas.

Determinismo social

Algunos sociólogos defienden que la presión social determina todos los actos de los individuos.

Respondemos a esto: Admitimos que la influencia de la sociedad es muy grande en el individuo, y que en contados casos puede llegar a suprimirle la libertad. Pero al igual que en el determinismo fisiológico, no se puede hacer de esto una norma, porque no lo es, es una excepción. Además, los sociólogos analizan datos externos y objetivos, y la libertad se sitúa en el plano interno y subjetivo. Podrán los sociólogos aproximar el número de asesinatos que habrá en un año, pero nunca podrán decir qué individuos serán los asesinos y cuáles los asesinados, porque en el fuero interno (que es donde se fragua el acto libre) los sociólogos no pueden entrar.

Determinismo psicológico

Lo sostienen principalmente los defensores del psicoanálisis. Sostienen que la vida psíquica puede ser reducida a leyes (y así suprimen la libertad) tales como: que el carácter es constante, que nuestra conducta está gobernada por los instintos, que el comportamiento es un conjunto de reflejos condicionados, etc.

Respondemos a esto. A lo primero, habría que ver si los hábitos y el carácter no se han formado libremente, o al menos en parte. A lo segundo, el instinto es sin duda influyente, pero no lo bastante preciso en el hombre como para determinar siempre una conducta adaptada: las situaciones nuevas plantean problemas sobre los que hay que reflexionar para resolverlos. Y a lo tercero, las leyes de la psicología solamente son cuantitativas cuando versan sobre fenómenos físicos y fisiológicos.

Determinismo Filosófico

Consiste en una negación de la libertad fundada en teorías o principios filosóficos. Tenemos dos negaciones de la libertad principales.

  • La que deriva de una metafísica panteísta, como vemos en Spinoza: En el fondo no hay más que un ser, infinito, que existe necesariamente. Dios se manifiesta de un modo igualmente necesario por dos atributos infinitos, el pensamiento y la extensión. Spinoza entiende por libertad “la necesidad comprendida”. El hombre es esclavo cuando sufre las acciones del universo sin comprenderlas. Se hace libre cuando intuye la Substancia. Entonces se da cuenta que todas las cosas fluyen necesariamente de la esencia de Dios, y conociendo eso, se hace el hombre libre.

Respondemos a esto. No criticaremos ahora el panteísmo. Nos limitamos a decir que Spinoza afirma a priori la necesidad universal. Pero no explica en ninguna parte, cómo se encadena todo, no deduce las diversas cosas (el hombre, los hombres, los pensamientos, los deseos del hombre) mostrando por qué son así, y por qué no podrían ser de otro modo. Esto sería lo único que habría que hacer para convencernos. Que lo haga. ¡Ah! Está muerto.

  • La segunda negación de la libertad, un poco más seria, podemos llamarla determinismo crítico o lógico: ya que se apoya en los principios primeros, especialmente en el principio de razón suficiente y en el principio de causalidad.

Para Leibniz, la noción de un ser individual envuelve todos los atributos que podrían serle atribuidos con verdad. Estos atributos, según él, pueden deducirse a priori. Así la noción de Adán implica que pecará, la de César que franqueará el Rubicón… Entonces no hay libertad, porque en un individuo ya están contenidos a priori todos sus atributos y acciones. Un acto libre como nosotros lo entendemos, imprevisible, espontáneo, no cabe en la concepción de Leibniz.

También se sostiene que la libertad está excluida por el principio de causalidad: “Todo lo que empieza a existir tiene una causa”. Ya que un acto libre no tendría causa. Dicen que tampoco es posible que un mismo ser sea capaz de actuar de modos distintos, pues eso iría contra el principio de legalidad que dice: “las mismas causas producen los mismos efectos”. Por tanto el acto libre, que es imprevisible no tiene cabida aquí.

A estas objeciones respondemos. En primer lugar, el principio de razón suficiente es un invento de Leibniz, no es un principio primero evidente, es un postulado del racionalismo que suprime toda contingencia y toda libertad. Hay un principio que se le aproxima que es el de razón de ser. Pero no exige, como Leibniz, que puedan deducirse las acciones de un ser como las consecuencias lógicas de un principio. Es al revés, dado un ser, se puede explicar, pero no se puede deducir una acción con el sólo conocimiento de la causa, porque una acción es imprevisible por la libertad del individuo y sus circunstancias. Un acto libre no es absurdo, no es sin razón, su razón de ser es el hombre, por ello éste es responsable de sus actos. En segundo lugar, el principio de causalidad no exige un lazo necesario entre la causa y el efecto, es decir, no exige que la causa produzca necesariamente el efecto. Afirma solamente que la causa tiene en sí misma la potencialidad de producir su efecto, y así sucede con la voluntad. En tercer y último lugar, para criticar a los que utilizan el principio de legalidad (que es cierto) para criticar la libertad, la respuesta de Bergson es válida: “el yo nunca permanece exactamente idéntico a sí mismo, sino que cambia constantemente. La identidad personal es una permanencia en un cambio continuo. En resumen, los principios no exigen que pueda deducirse a priori el efecto de la causa, sino que dado el efecto, podamos encontrarle una causa. Y eso ocurre con el acto libre.

Determinismo Teológico

Hay dos problemas principales: “libertad y presciencia” y “libertad y concurso”

Libertad y Presciencia

Si Dios conoce de antemano todo lo que haremos, diremos y elegiremos, ¿cómo pretender que somos libres?

Respondemos. La solución de la dificultad está en la noción justa de eternidad. Cuando decimos que Dios prevé nuestros actos, está mal dicho: Él los ve realizarse. Pues la eternidad en Dios consiste en que todos los momentos del tiempo son igualmente presentes ante Él. Por tanto el hecho de que conozca nuestras decisiones no impide en modo alguno que las tomemos libremente.

Libertad y Concurso

Si Dios concurre a toda acción de las criaturas, las criaturas no son libres para actuar.

Respondemos. Al igual que Dios da la existencia a las criaturas, da la existencia a sus acciones. Las criaturas actúan según su naturaleza, justamente porque Dios les concede ser y actuar. La acción de Dios no se suma a la de las criaturas, formando parte de ellas, sino que las sostiene en todo momento. El concurso de Dios en nuestros actos, lejos de hacer desaparecer la libertad, la fundamenta, es decir, hace que exista. Podríamos decir que tenemos todo lo necesario para obrar libremente, un ser, una naturaleza, una voluntad, una libertad; y todo ello lo sostiene Dios en todo momento, lo mantiene en la existencia porque Él es el Ser, Él es el Acto Puro, es decir, que por mantener Dios todo eso en existencia, somos libres. Además, la libertad es algo natural en el hombre, sería contradictorio que Dios, creador del hombre, la violentase, sería crear un hombre que no es hombre. Así el concurso divino, lejos de suprimir la libertad, la fundamenta teológicamente.

Naturaleza y Libertad

Sería absurdo negar la naturaleza humana. Si se niega, la última palabra de nuestro vocabulario sería “libertad”. No obstante, vamos a dar algunos breves argumentos de su existencia.

Primeramente, en el momento en que un hombre habla o escribe, se admite de hecho, in actu exercito, la existencia de otros hombres, lo bastante parecidos a uno mismo para que puedan comprender lo que se dice. Y cuando se habla de hombre, se admite formalmente, in actu signato, que la realidad humana es idéntica en todos los hombres. Pero estos argumentos son muy sencillos y débiles. Lo que tenemos que acotar es el concepto “naturaleza”.

Nos interesa sobre todo para ver la libertad en la naturaleza humana, demostrar la naturaleza del espíritu. Demostrar la naturaleza de la inteligencia y la naturaleza de la libertad. ¿La tienen? Por supuesto, la naturaleza de la inteligencia humana es, por su unión al cuerpo, abstractiva y discursiva. La libertad también tiene naturaleza, pues aunque está dotada de elección y que tiene la capacidad de hacer al hombre como él quiera, sólo puede hacerlo éste hombre o aquel hombre, nunca puede hacerlo animal, vegetal, mineral, ángel o Dios, siempre hombre, siempre sigue su naturaleza la libertad, y actúa en el marco de su naturaleza, la humana.

Al hablar de naturaleza, Santo Tomás explica muy bien en la Suma Teológica que la noción de naturaleza lleva consigo múltiples realizaciones que constituyen una especie de escalonamiento. Supone en este análisis la definición aristotélica de naturaleza: el principio intrínseco de la actividad de un ser. Entonces, distingue tres elementos en la actividad: el fin hacia el que tiende la acción, la forma de la que deriva, y la misma ejecución del acto. Según sean estos tres elementos en los grados de ser, así será su naturaleza.

En un cuerpo bruto, todo está determinado, fin, forma y ejecución. El ser vivo se caracteriza por una cierta espontaneidad, se mueve a sí mismo. Pero los seres vivos se reparten en tres planos. Las plantas tienen un fin y una forma naturales: sólo la ejecución de los actos es espontánea. En los animales, el fin es natural, pero la forma y la ejecución no lo son. No sólo se mueven en cuanto a la ejecución de sus actos, sino que se dan la forma de su actividad gracias a su sensibilidad. En el hombre, todo está indeterminado, en cuanto a la ejecución, en cuanto a la forma y en cuanto al fin que el hombre elige libremente. Pero, aunque el hombre se mueva en todos los aspectos de la actividad, dos cosas son una naturaleza para él: los primeros principios que determinan todos los movimientos de la inteligencia y el fin último que determina todos los movimientos de su voluntad. Es decir, el hombre no puede más que tender intelectualmente a los primeros principios, y cuando se le presenta uno, no puede más que aprehenderlo y poseerlo. Y tampoco puede más que tender apetitivamente al fin último, de modo que si se le presenta, no puede más que amarlo y quererlo.

Esto es un pequeño esbozo de lo que es la naturaleza en los seres, y su relación con la libertad, en el caso del hombre. Pensemos por un momento que en el hombre no hay naturaleza, tampoco habría libertad, pues al no tender naturalmente hacia el Bien, no tendría un término comparativo para los demás bienes, y elegiría al azar, o no elegiría, estaría en un estado de indeterminación prolongada en el tiempo. ¿Y si en el hombre estuviese todo determinado por la naturaleza? Nos pasaría como a los cuerpos brutos, no tendríamos espontaneidad en nuestros actos, y  menos libertad.

Luego, la libertad supone la naturaleza, pero no cualquier naturaleza, sino la humana, que sin estar determinada, sin embargo, posee dos cosas que son una naturaleza para él y que fundamentan su libertad: los principios primeros (por los cuales concibe intelectualmente el Ser, la Verdad y el Bien) y el fin último (por el cual tiende hacia el Bien necesariamente).

Conclusión

Con este trabajo he pretendido explicar y defender la concepción tomista de libertad, explicando qué se entiende por ella, que formas tienen, analizando su forma más importante, el libre arbitrio, dando pruebas de su existencia, mostrando sus límites, refutando sus objeciones y por último explicando la necesidad de una naturaleza humana para que haya libertad. No pretendo dar el tema como acabado, al contrario, lo doy como empezado, y a partir de esta base, me gustaría profundizar mucho más en el asunto de la libertad.

Teófilo Caballero Mariano

 
 

Bibliografía

AQUINO, T. Suma Teológica. Madrid: BAC, 1989.

ARISTÓTELES. Ética a Nicómaco. Traducido por María Araujo y Julián Marías. Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1970.

VERNEAUX, Roger. Filosofía del Hombre. Barcelona: Herder, 1970.

Tomado de:

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El patriarca melquita corrige al cardenal panameño: «Jesús corrige a Moisés»

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16 octubre, 2015

Entre los fieles obispos polacos que se han mantenido firmes en contra de la actual tendencia de intentar que la Iglesia acepte el divorcio, el adulterio, la fornicación, el aborto, la sodomía y la ideología de género, el arzobispo Stanislaw Gadecki es el más notable.

El Toronto Catholic Witness  ha hecho a la Iglesia un gran servicio al publicar la noticia según la cual el arzobispo Gadecki ha dado la vuelta a las medidas para «amañar» con la antitransparencia  el Sínodo de los Obispos; medidas que el papa Francisco y el cardenal Baldisseri han impuesto (incluyendo ruedas de prensa para la desinformación).  Gadecki ha estado tomando notas de las intervenciones de cada obispo y publicándolas (en su blog) para que la Iglesia, especialmente la Iglesia polaca, se entere de lo que realmente está ocurriendo en el Sínodo. [ÚLTIMAS NOTICIAS: Evidentemente el cardenal Baldisseri no aprueba que el arzobispo Gadecki esté ayudando a mostrar lo poco que corresponden las ruedas de prensa a la realidad, así que lo publicado por Gadecki acerca de las intervenciones ha sido suprimido. Sin embargo, Rorate Caeli ha conservado las notas de Gadecki y se encuentran disponibles aquí.]

Gracias al arzobispo Gadecki, tenemos conocimiento de que el lunes 5 de octubre, el cardenal José Luis Lacunza Maestrojuan, presidente de la conferencia panameña de obispos y nombrado relator del Sínodo por el papa Francisco, tuvo la osadía de proponer que la Iglesia abandone las enseñanzas de Jesucristo acerca del matrimonio y el divorcio y regrese a la Ley de Moisés, profeta a quien blasfemamente declaró ser más misericordioso que Jesucristo mismo, Fuente de Misericordia.

Gadecki citó a Lacunza de la siguiente manera:

«Moisés se acercó al pueblo y cedió el paso. De la misma forma, hoy, la “dureza de los corazones” se opone al plan divino. ¿Acaso Pedro no puede ser misericordioso como lo fue Moisés?»

¿Moisés «se acercó al pueblo y cedió el paso»? No, Moisés permitió el divorcio porque esa calamidad era preferible a la práctica de los maridos de matar a la esposa, de la que ya se habían hartado, para deshacerse de ella.  ¿En qué sentido es más misericordioso para la Iglesia permitir la desgarradora destrucción de los matrimonios que una llamada caritativa al pueblo para observar los mandamientos de Jesucristo?  ¿Ha leído alguna vez el cardenal Lacunza que el castigo que prescribe la Torah por adulterio no es simplemente la proscripción a la Sagrada Comunión, sino la muerte?

Este es un ataque infame, no solo a la Sede de san Pedro, al insinuar que sostener la verdad de Cristo acerca del matrimonio es menos  misericordioso que Moisés permitiendo a los hombres divorciarse de sus mujeres por cualquier causa, sino también por su negación de Cristo mismo, quien ha dicho que el divorcio, y un segundo matrimonio, es adulterio y un pecado mortal.

Respondiendo a Lacunza, según Gadecki, el patriarca griego-melquita de Antioquía, Su Beatitud Gregory III Laham, dijo:

«Debemos referirnos siempre al “sacramento del matrimonio” y no al “matrimonio”, para así mostrar la belleza espiritual del mismo. Para poder asistir a los cónyuges debemos mostrarles una visión imperecedera y espiritual del matrimonio. Muchas veces no nos unimos a esa visión positiva del matrimonio y la familia. Jesús corrigió a Moisés. El matrimonio disoluble está en contra de su misma naturaleza».

San Pablo dijo a los corintios que la Antigua Alianza, gloriosa cual es, fue, no obstante, la administración de la muerte, mientras que la Nueva Alianza es la administración del espíritu (2 Co.  3, 6-9). ¿Cómo es posible que un obispo —que no es decir poco— piense que porque la Ley Mosaica tolera el repudio del cónyuge, algo que Dios ha declarado detestable (Ml, 2:16), esta es superior a la ley de Cristo que rechaza el divorcio? ¿Cómo es posible que la letra, que mata, sea mejor que el espíritu que da vida? ¿Cómo puede la austera y santa justicia de la Ley de Moisés ser más misericordiosa que la santa gracia y misericordia de la ley de Cristo?  Es una verdadera tergiversación orwelliana decir que la Iglesia debe tolerar la dureza de corazón ¡y llamar a eso «misericordia»!  ¿Cómo ha de avanzar el plan salvífico divino retrocediendo en la historia de la salvación a los días de Moisés, mucho antes del albor de la Luz de Cristo, aquella que Moisés anhelaba?  ¿Estará Lacunza enterado de la Transfiguración, cuando los dos grandes profetas del Antiguo Testamento, Moisés y Elías permanecieron en silencio mientras la Voz Celestial nos conminaba a escuchar a su Hijo amado?  ¿Si  Moisés y Elías adoraron a Nuestro Señor, cómo se atreve un obispo a sugerir que adoremos a  Moisés en vez de a Nuestro Señor?

Con obispos como Lacunza —y lamentablemente hoy en día el episcopado está lleno de otros como él— no es de extrañar que tantos católicos vaguen como corderos sin pastor.

[Traducido por  Enrique Treviño. Artículo original]

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Nadie más que Jesús

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16 octubre, 2015

Predicaba desde el altar en tiempos de navidad. Yo pendía de sus labios y aguardaba un himno a Jesucristo, nuestro único Salvador y Señor. Sin embargo sólo pronunció su nombre una vez. Allí dónde debió haber dicho Jesús decía el “buen Dios”. No entendía por qué. Luego me sobrevino una duda, ya que no es la primera vez que leo o escucho mensajes de obispos sin el nombre de Jesús. Pensé: “dice el buen Dios” porque puede agradar a todos, también a los hebreos, a los islámicos, a los budistas, y todos los demás, incluso a los que se consideran “laicos” pero que alguna vaga idea de Dios tienen.

Ahora he comenzado a mirar el bellísimo Crucifijo de dimensiones reales sobre el altar y el Tabernáculo que Lo alberga, Jesús vivo y verdadero, y le pregunté: “¿Dónde te han puesto, Jesús, estos ministros tuyos? Nosotros, te rezaba Giovanni Papini, tenemos necesidad de Ti, Oh Jesús, y de nadie más”. Y estos ¿dónde te dejaron?

Desde el primer capítulo de la Carta de San Pablo a los Hebreos: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo.”(Heb 1, 1-2)

No hay duda: San Pablo habla del Hijo de Dios, Quien ha venido a dar cumplimiento a la Revelación divina y a purificarnos de nuestros pecados, cuando habla de Nuestro Señor Jesucristo, del Verbo divino encarnado,y no del Verbo a secas. No se puede distinguir entre la persona de Jesús y la persona del Verbo. Jesús es el Verbo de Dios. No existe otra persona en Él: es la Persona del Verbo (el “Logos”, el Hijo) que ha unido a sí una naturaleza humana. Este es el misterio de Nuestro Señor Jesucristo: la persona de este Hombre que vivió en Palestina hace 2000 años, es la persona divina que asumió una verdadera naturaleza humana, un cuerpo y un alma que piensa, reflexiona y quiere humanamente, porque Nuestro Señor es el Hombre perfecto. Todas las acciones llevadas a cabo por Nuestro Señor son por lo tanto humano-divinas, en cuanto actos de una Persona divina que subsiste en dos naturalezas.

San Pablo siempre les escribía a los Hebreos (1, 5-8)  “¿Acaso dijo Dios alguna vez a un ángel: Tu eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy? (Citando el salmo 2,7). Y también: “Seré un padre para él, y él será para mí un hijo” (2 Sam.7,14). Y una vez más, cuando presenta a su Primogénito al mundo: “Lo adoran todos los ángeles de Dios”.  Y del Hijo también ha dicho “Tu trono, oh Dios, permanece para siempre; el cetro de tu realeza es cetro de justicia” (cita de Sal.45,7).

San Pablo, a su vez, insiste en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, en Su perfección infinitamente superior a la de aquellos Ángeles, que son Sus criaturas, a la de Moisés, a la de los profetas y a la de cualquier hombre, de los que Dios quiere que se sometan a Su poder. Nos llena de estupor, pero es así: Aquél que conversaba con sus Apóstoles y con Sus amigos, Aquél a quien la SS. Virgen María ha llevado en su seno y luego en sus brazos, el Niño Jesús, es Aquél por medio del Cual todo ha sido creado.

Si esto es real, así de real como el sol que nos alumbra, ¿cómo se podrá negar que el Verbo de Dios hecho hombre es el Único Salvador, el único Sacerdote y el Único Rey? Estos tres títulos son los que le corresponden al Hijo de Dios hecho Hombre: Salvador, Sacerdote, Rey.

Ningún hombre, ni siquiera uno, puede ser indiferente a la Presencia del Hijo de Dios en medio de nosotros. Nadie puede decir: “¿Y a mí que me importa? Yo vivo mi vida, no necesito a Jesús para vivir”. ¿El que Dios ha venido, ha tomado un alma y un cuerpo como los nuestros y ha puesto su morada entre nosotros, nos será indiferente? Y ¿nos será indiferente que ha venido a redimirnos de nuestros pecados? Le damos la espalda porque somos todos pecadores. ¿Quién puede afirmar lo contrario? Él ha venido a morir en la cruz para salvarnos y ¿esto nos será indiferente?   Desgraciadamente se blasfema contra Jesús, pero no es posible ser indiferente a Él.

 ***

Ante estas cosas, ¿cómo podríamos poner a la par de Nuestro Señor Jesucristo, el mismo Dios hecho hombre, a Mahoma, Buda, Confusio? ¿Cómo nos atrevemos a degradar o mutilar su Doctrina como lo han hecho Lutero y todos los otros herejes, los rebeldes, los subversivos?

¿Cómo es posible que un católico, que tiene la fe verdadera e íntegra, pueda igualarse a Jesús, el Hijo de Dios, siendo nada más que un hombre y además gravemente pecador y vicioso? ¿Cómo se puede siquiera hablar de “religiones, de todas las religiones, de todos los cultos”? Nuestro gran Poeta, Dante Alighieri, que era católico, pero ni “actualizado” ni “adulto”, habló claramente de los “dioses falsos y mentirosos” (Inf. 1,78).

El anticristo

El papa Pio VI estaba indignado por la constitución dada en Francia por los revolucionarios, porque se proclamaba la “libertad de todos los cultos”. En aquellos terribles años se comenzaba a realizar lo que hoy es norma. Se colocaba a la santa Religión del Dios único, de Nuestro Señor Jesucristo, al mismo nivel de las sectas heréticas y cismáticas, y del paganismo. Aquel Papa escribía a los Obispos de Francia: “Id dónde el Rey, y decidle que es inadmisible que un rey católico admita la libertad de todos los cultos, sin distinción”.

Pio VI estaba indignado, y este debería ser el sentimiento de todo católico ante el actual ecumenismo porque hay un único Dios y es Nuestro Señor Jesucristo.

No es posible ser católico y no sentirse ofendido cuando se habla de la paridad de “todos los cultos”, poniendo a Nuestro Señor al mismo nivel que Mahoma, Buda, o cualquier otro. ¿Hay acaso diversas encarnaciones de Dios en Mahoma, Buda, Lutero y otros por el estilo? No, hubo sólo una Encarnación de Dios en Jesucristo, Nuestro Señor. Y no hay ecumenismo, ni “espíritu de Asis” que valga.

Nuestro único Dios, nuestro único Rey es Jesucristo, y punto.

 ***

San Juan, el apóstol predilecto de Jesús, el Evangelista del Verbo encarnado, lo escribió claro y sencillo: “Quien afirma que Jesucristo es Dios, ese  es de Dios. Quien niega que Jesús es el Cristo, ese es el anticristo (1Jn. 2, 22). El anticristo, afirmaba San Juan, con seguridad y  sin preocuparse por agradar a nadie. Luego, Jesús no puede terminar en el “panteón” de todos los dioses, porque ¡sólo Él, solamente Jesús, es Dios!

Hoy se dice que afirmar que una sola es la Religión verdadera -la de Nuestro Señor Jesucristo- y que las otras vienen del anticristo porque niegan la divinidad de Jesucristo no es liberal, y que es de intolerantes. Se dice: “¿Queréis acaso retornar al Medioevo?” ¡No! Nosotros queremos sencillamente retornar a lo real: Jesús es Dios y por lo tanto Rey de las almas y de las naciones, de la sociedad entera. El único Rey y no hay ni habrá otros.

Hoy en día ¿quién cree, piensa y obra todo a la luz de la divina Realeza de Jesús? Nos encontramos estancados en el liberalismo, en el laicismo,  y podríamos agregar también, en el ateísmo teórico y práctico.

Jesús debe reinar. Su realeza se debe establecer en la tierra como en el Cielo. Él mismo nos ha enseñado a rezar: “Venga a nosotros tu Reino, hágase tu Voluntad, así en la tierra como en el Cielo”. Éste debe ser el objetivo de nuestra oración, del ofrecimiento de nuestro sufrir, el sentido de nuestra vida. Debemos vivir y morir por esto: por el triunfo del Reino de Jesús.

El verdadero espíritu cristiano, el verdadero espíritu religioso y sacerdotal no es el compartir las realidades humanas con los otros; no es la pasión por el hombre en el lugar de Dios, cuyo solo pensamiento constituye una idolatría; sino el no poder soportar que exista algo fuera de Jesús, ya que todo fue pensado y querido por Dios para Él y en Él (Jn. 1, 2-4; Col. 1,15-17) y por tanto pensar, hablar, obrar, sufrir y morir, a fin que todo sea instaurado, recapitulado y resumido en Jesús. En una palabra: “instaurare omnia in Christo” (Ef. 1,10).

¿Alguno nos dirá que somos “anti-modernos”? Y bueno, lo somos. Nosotros los católicos deseamos solamente ser “cristificados” y “cristificar” todo. 

Candidus

[Traducido por S.V]

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

Sínodo Semana 2 – Día 2: La Fe católica y la diabólica comunión

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14 octubre, 2015

La Fe Católica:

En la Iglesia Católica hay que poner el mayor cuidado para mantener lo que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos. Esto es lo verdadera y propiamente católico, según la idea de universalidad que se encierra en la misma etimología de la palabra. Pero esto se conseguirá si nosotros seguimos la universalidad, la antigüedad, el consenso general. Seguiremos la universalidad, si confesamos como verdadera y única fe la que la Iglesia entera profesa en todo el mundo; la antigüedad, si no nos separamos de ninguna forma de los sentimientos que notoriamente proclamaron nuestros santos predecesores y padres; el consenso general, por último, si, en esta misma antigüedad, abrazamos las definiciones y las doctrinas de todos, o de casi todos, los Obispos y Maestros. (San Vicente de Lérins, Communitorium, D.C. 434)

***

La Comunión Diabólica:

El Abad Jeremias Schröder, OSB, Presidente Archiabad de la Congregación Santa Otilia, fue uno de los Tres Padres Sinodales, seleccionado hoy cuidadosamente por la administración del Sínodo, para la Conferencia de Prensa de la Oficina de Prensa de la Santa Sede. ¿Cuál fue su pronunciamiento más destacable? Francis Rocca del Wall Street Journal informa:

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“El Abad alemán Jeremias Schöeder dice que las cuestiones sobre la Comunión para los vueltos a casar y el ministerio para la gente homosexual podrían ser delegados a las Conferencias Episcopales” – Tweet de Francis X. Rocca

[Traducido por Cecilia Gonzalez. Artículo original]

Profundizando en nuestra fe. Introducción

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14 octubre, 2015

Comenzamos hoy una nueva serie de artículos que bajo el epígrafe común de “Profundizando en nuestra fe” intentarán compendiar los elementos esenciales que hemos de aprender, guardar y transmitir dentro de nuestra fe cristiana. Como ya decía San Pablo: Os transmito lo que a mi vez he recibido” (1 Cor 11:23).

Estos temas son el resultado de muchos años de charlas, cursos…, dados en las diferentes parroquias en las que he trabajado y que iban preferentemente dirigidos a un público adulto. En ningún momento obviaré ningún tema por arduo o difícil que pueda ser, siempre y cuando se considere importante para nuestra fe. Conforme se vayan desarrollando los temas, preguntas, puntualizaciones y dudas sobre los mismos serán aceptadas. Por lo que si así lo desean, podrán hacerlas ya directamente en los comentarios de cada uno de los artículos o escribiendo directamente a mi correo electrónico (lucasprados@adelantelafe.com)

Temario

Para que tengan una idea de conjunto, el esqueleto de las charlas será el siguiente: Habrá tres grandes epígrafes:

  1. Nuestra fe: Desarrollo del Credo.
  2. Nuestra moral: Los mandamientos.
  3. Los sacramentos.

Y a modo de ejemplo, el primer apartado dedicado al Credo tendrá catorce capítulos, de entre los cuales les enumero algunos:

  1. El sentido de la existencia del hombre.
  2. Dios y sus perfecciones.
  3. Unidad y Trinidad en Dios.
  4. La Creación y los Ángeles.
  5. Creación y Caída del Hombre…

Y así hasta catorce diferentes capítulos en esta primera parte. A su vez, cada capítulo nos puede ocupar dos o tres artículos.

Dado que culminar esta empresa puede tardar varios años; de hecho yo daba estos cursos durante tres años consecutivos en periodos de ocho meses cada año, intentaré cuando finalicemos cada gran epígrafe, descansar unos meses hasta que comencemos el siguiente. Pido a Dios la gracia, la sabiduría y la constancia para poder culminar esta empresa. Sigue leyendo

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

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La preeminencia de María trae su origen

de la augusta calidad de Madre de Dios

Comprended, si podéis, qué es ser Madre de Dios, y concebiréis la preeminencia de María sobre todas las demás criaturas.

Ser Madre de Dios, dice un padre de la Iglesia, es un prodigio tan asombroso, que Dios, aunque infinitamente grande y poderoso, no ha hecho nunca otro más grande ni más noble.Así que no tengamos reparo de decir, con la debida proporción, lo que el Doctor de las gentes decía del hijo de Dios: que el Señor, escogiéndola, le dio un Nombre sobre todo nombre, para que los tronos del Cielo, los imperios de la tierra y las potestades del infierno doblasen ante Ella la rodilla.

¿Y cuál es este Nombre? El de Madre de Dios.

Al lado de este título augusto, ninguna importancia tienen las estirpes esclarecidas y los privilegios más distinguidos, que no son sino vanidad y nada.

Decir de María que es Madre de Dios, es decir que es en la tierra la Madre de aquel cuyo único Padre es Dios en el Cielo: es decir que engendra en el tiempo a aquel que es engendrado desde toda la eternidad; es decir que es la que da al mundo el que debía ser el Salvador del mundo; en fin, que llevó en sus purísimas entrañas al que sostiene con sus dedos todo el universo. Sigue leyendo

MATERNIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

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De la cualidad de Madre de Dios que la Iglesia ha consagrado

a María Santísima a pesar de los esfuerzos de los herejes

La Virgen posee, verdadera e incontestablemente, el glorioso título de Madre de Dios: querer disputárselo es querer disputar la Divinidad a Jesucristo.

Jesucristo, Nuestro Salvador, ha nacido de María: De qua natus est Jesus, qui vocatur Christus. (Matth. cap. I.) El Ángel le había dicho: Concebirás y darás a luz un Hijo, y le pondrás el nombre de Jesús, que quiere decir Salvador, porque redimirá a su pueblo del pecado.Pues bien, siendo el Verbo Eterno verdadero Dios, consubstancial a su Padre, y habiendo encarnado en el seno de la Virgen, uniéndose hipostáticamente la naturaleza divina a la naturaleza humana, esta Virgen es verdaderamente Madre de Dios, pues su Hijo es, al mismo tiempo, Dios y Hombre.

Este título glorioso de Madre de Dios, que María posee, es el que anima el celo de los fieles, y el que los mueve a darle un culto ostentoso: el que excita su confianza, su piedad y su amor. Sigue leyendo

El Matrimonio según los Padres de la Iglesia – II

El-Matrimonio-según-los-Padres-de-la-Iglesia-e1442607228390 10 octubre, 2015

Padres de la Iglesia se llaman con toda razón aquellos santos que, con la fuerza de la fe, con la profundidad y riqueza de sus enseñanzas, la engendraron y formaron en el transcurso de los primeros siglos [Cf. Gal. 4, 19][1].

Son de verdad “Padres” de la Iglesia, porque la Iglesia, a través del Evangelio, recibió de ellos la vida [cf. 1 Cor. 4, 15]. Y son también sus constructores, ya que por ellos —sobre el único fundamento puesto por los Apóstoles, es decir, sobre Cristo— [cf. 1 Cor. 3, 11] fue edificada la Iglesia de Dios en sus estructuras primordiales.

La Iglesia vive todavía hoy con la vida recibida de esos Padres; y hoy sigue edificándose todavía sobre las estructuras formadas por esos constructores, entre los goces y penas de su caminar y de su trabajo cotidiano.

Fueron, por tanto, sus Padres y lo siguen siendo siempre; porque ellos constituyen, en efecto, una estructura estable de la Iglesia y cumplen una función perenne en pro de la Iglesia, a lo largo de todos los siglos. De ahí que todo anuncio del Evangelio y magisterio sucesivo debe adecuarse a su anuncio y magisterio si quiere ser auténtico; todo carisma y todo ministerio debe fluir de la fuente vital de su paternidad; y, por último, toda piedra nueva, añadida al edificio santo que aumenta y se amplifica cada día [cf. Ef. 2, 21], debe colocarse en las estructuras que ellos construyeron y enlazarse y soldarse con esas estructuras. Sigue leyendo

Hay casos en que se debe resistir a la autoridad eclesiástica. Tres ejemplos en la historia de la Iglesia

discusionsanpedrosanpablo

9 octubre, 2015

[Imagen: Discusión entre San Pedro y San Pablo. Rembrandt]

I. San Pedro y el incidente de Antioquía. (49 AD)

Ya en el 50 AD, casi 20 años después de la muerte de Jesús, se produjo un hecho reflejado en las Sagradas Escrituras, y comentado por los doctores escolásticos y los historiadores de la Iglesia. De hecho se encuentra en la revelación divina que San Pablo (Epístola a los Gálatas 2, 11), afirma: …cuando Cefas llegó a Antioquía, yo le hice frente porque su conducta era reprensible [1].

Según la Tradición patrística y escolástica (San Agustín y Santo Tomás de Aquino) San Pedro había pecado venialmente por fragilidad, por retomar la observancia de las ceremonias legales del Antiguo Testamento, para no escandalizar a los judíos convertidos al Cristianismo, provocando con esto el escándalo entre los cristianos provenientes del paganismo. Y según la divina Revelación constituyó  una resistencia pública de Pablo a Pedro, primer Papa [2].

He aquí que Pedro no erró contra la Fe, como sostenían equivocadamente los que se oponían a la infalibilidad durante el Concilio Vaticano I, aún cuando con su comportamiento cometió un pecado venial por fragilidad; Honorio, en cambio, pecó gravemente, sin caer en la herejía formal, pero favoreciéndola por su debilidad y negligencia. Sigue leyendo

Sordomudos de nacimiento y sordomudos de conveniencia

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8 octubre, 2015

[1]

(Mc 7: 31–37)

Amados hermanos en el Corazón de Nuestro Señor y en el de la Virgen María Nuestra Madre:

En el día de hoy, Domingo XI después de Pentecostés y según la llamada Forma Extraordinaria del Rito Romano de la Santa Misa, propone la Iglesia para nuestra consideración un fragmento del Evangelio de San Marcos en el que se narra otro acontecimiento de la Vida del Señor.

Cuenta el texto que encontrándose Jesús, como de costumbre, rodeado de una gran muchedumbre, llevaron ante Él un sordomudo rogándole que le impusiera las manos. El Señor le apartó de la gente, le introdujo los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Suspiró Jesús y, elevando los ojos al cielo, dijo:

—Effetha —que significa: Ábrete.

Se le abrieron al sordomudo los oídos y comenzó a hablar con normalidad. Ante la admiración de las gentes, las cuales comenzaron a proclamar la maravilla que habían presenciado a pesar de las advertencias de Jesús para que callaran.

La narración nos presenta, por lo tanto, la curación milagrosa de un pobre infeliz. Sordo de nacimiento y también mudo como consecuencia. Por lo que podríamos comenzar esta disertación diciendo que existen dos clases de sordomudez: una de nacimiento y otra bien distinta que posee la particularidad de ser enteramente voluntaria. Más rara la primera en cuanto a casos existentes y mucho más generalizada la segunda; por más que pueda sonar a extraña esta afirmación. Sigue leyendo

La Gracia y el Pecado (III)

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7 octubre, 2015

Acabando con nuestro tema sobre la gracia y el pecado, toca hoy ocuparnos de los efectos del pecado mortal, de cómo recuperar la gracia perdida y de lo que podemos hacer para crecer en la gracia santificante.

Efectos del pecado mortal

Si estamos en estado de gracia, sólo un pecado mortal es capaz de:

  • Quitarnos: la gracia santificante y con ello nuestra unión con Cristo, los méritos obtenidos durante nuestra vida, la inhabitación del Espíritu Santo en nuestras almas, la filiación divina, los dones del Espíritu Santo, las virtudes infusas. La oración pierde su fuerza, pues el motor que la impulsaba (el Espíritu Santo) ya no está en nosotros.
  • Hacernos: Esclavos de Satanás y al mismo tiempo debilitar nuestra alma en su lucha contra las tentaciones.
  • Morir en pecado mortal nos conduciría directamente al infierno.

Así pues, un solo pecado mortal es capaz de derrumbar instantáneamente en nosotros la vida sobrenatural[1]. ¡Y es tan fácil cometer un pecado mortal!

Hoy día, los “nuevos moralistas de la misericordia” nos quieren hacer creer que es prácticamente imposible cometer un pecado mortal. Llegan a esas conclusiones pues afirman que para cometer un pecado mortal hay que tener total libertad, total conciencia, ser plenamente conciente de la malicia del pecado, consentir al cien por cien en esa acción… Si eso fuera cierto, entonces el hombre nunca haría nada malo ni bueno; pues del mismo modo que se “precisaría” el cien por cien de las facultades para el mal, también lo sería para el bien. Dicho de otro modo: El hombre no sería libre y por lo tanto Dios no le podría dar ni premio ni castigo por sus acciones. Y eso va directamente en contra de las enseñanzas de las Sagradas Escrituras (Mc 9:43-47)[2]. Sigue leyendo

San Pío X y la política

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6 octubre, 2015

Según el prejuicio católico liberal la Iglesia no debe hacer política, o sea no debe ocuparse de cuestiones que tienen que ver con la familia y el Estado (sociedad perfecta e imperfecta en el orden natural o temporal), sino que debe permanecer confinada (por su materia, que es puramente espiritual) en la esfera privada e individual. Ahora San Pío X, el Papa de la afirmación explícita e intergral de la verdad, ha elegido como su divisa, y la ha aplicado en el curso de todo su pontificado, el lema “Instaurare omnia in Christo / Restaurar todo en Cristo”.

“Todo” en Cristo

Todo, vale decir que no sólo el individuo, sino también la familia y la ciudad o polis. De hecho el hombre es un animal social (Aristóteles) y fue hecho para vivir en una familia, que uniéndose a otras familias forma una ciudad o una aldea y más aldeas puestas juntas forman el Estado. Sin el Estado, entonces, el hombre sería un animal salvaje y le faltaría uno de los elementos constitutivos de su naturaleza de animal racional y libre que es la sociabilidad.

La Iglesia y el Papa deben hacer política porque se ocupan del hombre y lo deben elevar al orden sobrenatural a fin de que se salve el alma no por sí solo, no siendo él un “animal salvaje y silvestre”, sino junto a su familia y a la ciudad de la cual forma parte. De hecho no sólo el individuo debe ayudar a aquellos que le son cercanos a salvarse, sino que del orden o del desorden que reinan en la familia y en el Estado depende la mayor o menor facilidad para el individuo de santificarse y salvarse: “De la forma dada a la Sociedad, a según que esté de acuerdo o no con las Leyes divinas, depende el bien o el mal de las almas. Ante esta consideración y previsión, ¿cómo podría ser lícito para la Iglesia […] permanecer espectadora indiferente frente a los peligros a los cuales van al encuentro sus hijos, permanecer en silencio o fingir no ver situaciones que […] hacen que sea difícil o prácticamente imposible, una conducta de vida cristiana?”
(Pío XII, Radiomensaje La solemnidad, Pentecostés 1941)[1]. Sigue leyendo

Militancia cristiana (cardenal Newman)

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6 octubre, 2015

¿“Contiene vuestra práctica religiosa alguna dificultad, u os resulta fácil en todos los aspectos? ¿Buscáis simplemente la comodidad en vuestro modo de vivir, o encontráis además alegría en someteros al querer de Dios? En una palabra, ¿es vuestra religión un trabajo? Porque si no lo es, no es religión en absoluto. Aquí tenemos ya, antes de examinar vuestro razonamiento, la prueba de su incorrección, porque os lleva a concluir que mientras Cristo desarrolló una tarea, y los santos – los pecadores incluso – la cumplen igualmente, vosotros, por el contrario, que no sois santos ni pecadores, nada tenéis que hacer. Y si alguna vez tuvisteis una misión, la consideráis ya cumplida.

Se diría que habéis alcanzado vuestra salvación antes del tiempo fijado y que, al permanecer en la tierra más de lo previsto, nada os queda en qué ocuparos. Los días de trabajo han terminado vosotros, y ha comenzado una perenne vacación.

¿Pero acaso os envió Dios al mundo, a diferencia de otros hombres, para estar ociosos en lo espiritual? ¿Es vuestra única misión buscar satisfacciones en una tierra donde sois peregrinos y viajeros de paso? ¿Sois más que los hijos de Adán, destinados a obtener el pan con el sudor de la frente antes de volver a la morada de donde salieron? A menos que trabajéis, os esforcéis y luchéis contra vosotros mismos no podéis llamaros seguidores de aquellos que “a través de muchos afanes entraron en el reino de Dios”. Sigue leyendo

Amigo, ¿Cómo has entrado aquí, no teniendo vestido de bodas?

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5 octubre, 2015

El 15 de este mes celebraremos la fiesta de Santa Teresa de Jesús, doctora de la iglesia y una de las místicas más importantes en la historia de la iglesia. Muy pocos han alcanzado las alturas de oración que Dios logró en ella. Es muy conocida por sus escritos sencillos y sabios sobre  la oración, tanto que tal vez pensamos que ella nació santa. Pero no fue así. Un día, cuando ya era monja, Dios le concedió esta visión del infierno.

Parecíame la entrada a manera de un callejón muy largo y estrecho, a manera de horno muy bajo y oscuro y angosto. El suelo me pareció de agua como lodo muy sucio y de pestilencial olor y muchas sabandijas malas en él. Al cabo estaba una concavidad metida en una pared, a manera de una alacena, adonde me vi meter en mucho estrecho. Todo era deleitoso a la vista en comparación de lo que allí sentí. Esto que he dicho va mal encarecido… Estando en tan pestilencial lugar, tan sin poder esperar consuelo, no hay sentarse, ni echarse, ni hay lugar, aunque me pusieron en éste como agujero hecho en la pared, porque estas paredes, que son espantosas a la vista, aprietan ellas mismas, y todo ahoga, no hay luz, sino todo tinieblas oscurísimas. Yo no entiendo cómo puede ser esto, que con no haber luz, lo que a la vista ha de dar pena todo se ve. No quiso el Señor entonces viese más de todo el infierno; después he visto otra visión de cosas espantosas; de algunos vicios el castigo. Cuando a la vista, muy más espantosos me parecieron, mas como no sentía la pena, no me hicieron tanto temor; que en esta visión quiso el Señor que verdaderamente yo sintiese aquellos tormentos y aflicción en el espíritu, como si el cuerpo lo estuviera padeciendo. Yo no se como ello fue, mas bien entendí ser gran merced y que quiso el Señor yo viese por vista de ojos de dónde me había librado su misericordia

¿Cuál fue su gran pecado para que mereciera este lugar de tormento? ¿Había robado? ¿Matado? ¿Apostatado? No. Su falta, que tanto había desagradado al Señor, fue su temor para avanzar en el camino de perfección y su falta de determinación para alejarse de las ocasiones del pecado. Sigue leyendo

La Gracia y el Pecado (II)

pecado2 30 septiembre, 2015

Siguiendo con nuestro tema sobre la gracia y el pecado, toca hoy ocuparnos de los efectos de la gracia sobre nuestras almas, la gracia y los sacramentos, nuestra cooperación con Dios, y los errores más comunes sobre la doctrina de la gracia.

Efectos de la gracia santificante en nuestra alma

Como consecuencia de la gracia santificante que recibimos por primera vez en el bautismo, nos hacemos “santos” a los ojos de Dios. Esta gracia bautismal tiene un doble efecto: primero borra los pecados, y segundo, nos eleva al orden sobrenatural.

Por la gracia, los pecados no son “cubiertos” por el amor de Cristo, como decía Lutero, sino que son realmente borrados, perdonados: “Él nos arrebató del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención, el perdón de los pecados” (Col 1: 13-14). Pero la gracia no sólo borra los pecados sino que también nos eleva al hacernos partícipes de la naturaleza divina; ya que se nos da una “nueva vida”, una nueva “naturaleza”;  y con ella, un nuevo modo de obrar (Jn 3:7; 2 Pe 1:4).

Una vida nueva que nos hace “hijos de Dios”; y por ser hijos, también herederos de su reino y “semejantes a Él”: “Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos! …. Queridísimos: ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como es” (1 Jn 3: 1-2).

A través de la gracia, el Espíritu Santo viene a habitar en nosotros, de tal modo que nos transformamos en “templos de Dios”: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, que sois vosotros, es santo” (1 Cor 3: 16-17). Por la gracia inhabita en nosotros el Espíritu Santo; y con Él, también el Padre y el Hijo: “Jesús le respondió: -Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14:16).

La presencia del Espíritu Santo en nuestras almas trae consigo una serie de dones, tales como: sabiduría, entendimiento, ciencia, fortaleza, consejo, piedad y temor de Dios. Cual árbol sano que va creciendo, la obra del Espíritu Santo nos va transformando, produciendo los siguientes frutos: “Los frutos del Espíritu son: la caridad, el gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la continencia” (Gal 5: 22-23).

Por la gracia, somos hechos miembros del Cuerpo Místico, cuya cabeza es Cristo (Col 1:18). A Él permanecemos unidos, como los sarmientos a la vid, y de Él recibimos la vida: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15:5).

Como decía Santo Tomás de Aquino: “La gracia no destruye la naturaleza sino que la perfecciona” (STh I, 1, 8 ad 2). De tal modo que con la ayuda de la gracia hasta nuestras virtudes humanas crecen y se hacen más perfectas.

Nuestra cooperación con Dios

El hombre coopera libremente en la obra de su propia salvación, teniendo por ello un mérito. Gracias a ese “mérito” o merecimiento, Dios le da en justicia el cielo. Irse al cielo no es sólo un acto de la misericordia de Dios sino también de su justicia: “Dios da a cada uno según sus obras” (Rom 2:6).

El hecho de recibir la gracia de Dios no elimina nuestra libertad, sino que ésta incluso es más libre gracias a ella. Nunca es más libre el hombre que cuando coopera con Dios en la obra de la salvación: “La verdad os hará libres” (Jn 8:32; Cfr. Jn 8:36 ). Lo contrario también es verdad. Cuanto más nos alejamos de Dios, nuestro corazón se hace más esclavo de las pasiones, malas inclinaciones y en general, del pecado: “En verdad, en verdad os digo, el que comete pecado se hace esclavo del pecado” (Jn 8:34).

Dios siempre respeta a sus criaturas y actúa junto con ellas en la obra de la salvación. Como nos dice San Agustín: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

Ahora bien, hasta el primer paso para arrepentirnos y acercarnos a Dios es obra de Él; pero Dios no nos dará esa gracia si nosotros no queremos. Lo que sí podemos estar seguros es que Dios dará su gracia a todo aquél que no ponga obstáculo: (2 Tim 2:4).

Dios nos da su gracia porque quiere; en ningún momento está obligado a ello. Por eso decimos que la gracia es un don o regalo.

Un día un joven le preguntó a un hombre muy sabio si es cierto que Dios ha fijado un destino para cada ser humano y que, según esto, no importaría lo que hagamos o dejemos de hacer, pues unos irían al Cielo y otros al Infierno. El sabio se quedó pensando por unos momentos y le dijo al joven: Nadie se condena sin culpa personal. Cada individuo es responsable de su destino eterno. La fe y las buenas obras ganan el Cielo.

“Hijo mío, el destino que Dios tiene para ti y para todos, es el Cielo, pero, aunque Jesucristo ya pagó por nuestra salvación, el Cielo depende de ti y depende de mí. Por eso, cuida siempre lo que piensas, porque tus pensamientos se volverán palabras. Cuida tus palabras porque estas se convertirán en tus actitudes. Cuida tus actitudes porque, más tarde o más temprano, serán tus acciones. Cuida tus acciones que terminarán transformándose en costumbres. Cuida tus costumbres, porque ellas forjarán tu carácter. Finalmente, cuida tu carácter porque esto será lo que forje tu destino”.

En el fondo, cada uno de nosotros es directamente responsable de su propia salvación; pues ésta es el resultado de un acto libre de aceptación o de rechazo de Dios. El hombre coopera libremente con Dios en su propia santificación. Así pues, es su gracia y nuestra cooperación lo que nos hace realmente santos.

La gracia y los sacramentos

Todos los sacramentos dan la gracia, pero el efecto de los mismos sobre nuestras almas es diferente en cada uno de ellos. Todos los sacramentos fueron instituidos por Jesucristo. El concilio de Trento en la sesión VII, can I nos dice: “Si alguno dijere, que los Sacramentos de la nueva ley no fueron todos instituidos por Jesucristo nuestro Señor; o que son más o menos que siete, es a saber: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Extremaunción, Orden y Matrimonio; o también que alguno de estos siete no es Sacramento con toda verdad, y propiedad; sea anatema”.

En el catecismo hablamos de sacramentos de “vivos”; es decir, es necesario estar en gracia de Dios para recibirlos (Confirmación, Eucaristía, Unción de los Enfermos, Orden Sacerdotal y Matrimonio) y sacramentos de “muertos”. Se llaman sacramentos de muertos porque han sido instituidos para sacar a nuestra alma de la muerte del pecado y hacerla pasar a la vida de la gracia. A saber, el Bautismo y la Penitencia[1].

  • El Bautismo perdona todos los pecados y da la vida sobrenatural, la vida de la gracia, a los que nunca la han recibido.
  • La Penitencia devuelve la gracia a los que la han perdido por el pecado mortal.
  • La Confirmación nos hace “soldados y apóstoles” de Cristo. Fortalece en nosotros las gracias dadas en el bautismo.
  • La Eucaristía alimenta espiritualmente nuestra alma y es prenda de la vida eterna.
  • La Unción de los Enfermos nos prepara para el trance final de nuestra vida dándonos las gracias para ello.
  • El Orden Sacerdotal consagra a hombres como ministros de Cristo.
  • El Matrimonio bendice la unión conyugal y da fuerzas a los esposos para que puedan cumplir los deberes especiales de este estado.

Errores teológicos más comunes respecto a la doctrina de la gracia: Pelagio, Lutero y Jansenio

A lo largo de su historia, la Iglesia ha tenido que intervenir es bastantes ocasiones para corregir ciertas desviaciones que iban apareciendo en el desarrollo y profundización de la doctrina de la gracia. Éste nos es el lugar donde hacer un estudio profundo respecto a estas herejías; por lo que nos limitaremos a realizar un esquema muy simplificado de los errores principales.

Pelagio (355-420 d.C.) defendía que Adán y Eva no perdieron la gracia después de haber cometido el pecado original. Decía que el hombre puede, por su propia naturaleza, realizar acciones sobrenaturales sin una intervención o ayuda especial de Dios. Esta doctrina fue condenada como herética en el Concilio de Orange (Cfr. DS 173-199).

Lutero (1483-1546 d.C.) defendía, entre otras cosas, que el hombre no era “justificado” por la muerte en cruz de Jesucristo; sino que sus pecados eran “cubiertos” por su misericordia como con un manto. El hombre seguía siendo pecador, pero a los ojos de Dios “aparecía” como justo. De ahí concluía que lo único que el hombre necesitaba para salvarse era la fe, aunque ésta no fuera acompañada de buenas obras: “Peca fuertemente, pero cree también fuertemente y serás salvo”. Las tesis de Lutero fueron condenadas como heréticas en el Concilio de Trento (Cfr. Sesión VI).

 Jansenio (1585-1638 d.C.) defendía que el hombre no es libre para rechazar la gracia de Dios; por lo que, como consecuencia de ello, el hombre realmente no coopera libremente en orden a su salvación. Esta doctrina fue condenada como herética por el Papa Inocencio X (Cfr. DS 1092-1096)

Con esto, acabamos este segundo artículo para terminar la semana próxima hablando de la pérdida de la gracia como consecuencia del pecado grave y de cómo recuperar y crecer en la gracia de Dios.

Padre Lucas Prados

[1] En el caso de la Penitencia o Confesión, aunque de suyo es un sacramento de “muertos” también se puede recibir si uno está en estado de gracia. Entonces la Confesión aumenta la gracia que ya existía en nosotros.

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

La Gracia y el Pecado I

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23 septiembre, 2015

Conocimientos que eran básicos en la fe de nuestros padres y abuelos, pues se aprendían en el catecismo, han caído casi en el olvido. Es por ello que se ve necesario volver a hablar de dos conceptos que son esenciales para nuestra salvación, cuales son: la gracia y el pecado. A lo largo de tres o a lo sumo cuatro artículos hablaremos de lo que la Iglesia de siempre ha entendido por Gracia y Pecado.

Con el fin de que tengan una visión de conjunto, les enumero ahora los apartados que estudiaremos hoy y los días subsiguientes:

1.- Definición de Gracia. Clases de Gracia. La nueva vida en Cristo Jesús. Necesidad de la gracia para salvarse.

2.- Efectos de la gracia en nuestra alma. Nuestra cooperación a la gracia de Dios. Errores teológicos más comunes respecto a la doctrina de la gracia.

3.- La pérdida de la gracia por el pecado. Recuperación de la gracia. Creciendo en la gracia

Definición de Gracia

Según nos dice el catecismo, la gracia es un don sobrenatural que Dios nos concede para alcanzar la vida eterna.

  • Así pues es un don o regalo.
  • Este regalo es sobrenatural: El hombre no lo puede conseguir por sus propias fuerzas a no ser que Dios se lo dé.
  • Dios se lo da al hombre si éste no pone obstáculo.
  • La finalidad principal de la gracia es hacernos hijos de Dios; y como consecuencia de ello, herederos de la vida eterna.
  • Sin la gracia de Dios no es posible la salvación. La gracia se nos da directamente a través de los sacramentos. En algunas ocasiones Dios puede usar otros medios.
  • La gracia también nos ayuda en los momentos de la tentación y de la prueba para que los podamos superar.

Veamos algunos textos de la Sagrada Escritura:

  • La gracia como don de Dios: “Porque, en virtud de la gracia que me fue dada, os digo a cada uno de vosotros que no os estiméis en más de lo que conviene, sino que debéis teneros una sobria estima, según la medida de la fe que Dios ha otorgado a cada uno” (Rom 12:3).
  • Llega a nosotros a través del Espíritu Santo: “Una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5:5).
  • Los apóstoles de Cristo son administradores de esa gracia: “Ya habréis oído que Dios me concedió el encargo de administrar su gracia en favor vuestro” (Ef 3:2).

Clases de Gracia

Hay dos clases de gracia: gracia santificante y gracia actual.

  • Gracia santificante: Llamamos gracia santificante a la que nos hace hijos de Dios y herederos del cielo. Este don lo recibimos por los méritos conseguidos por Cristo a través de su muerte en cruz: “Os reconcilió mediante la muerte sufrida en su cuerpo de carne, para presentaros santos, sin mancha e irreprochables delante de Él” (Col 1:22)
  • Gracia actual: Es un auxilio de Dios que ilumina nuestro entendimiento y mueve nuestra voluntad para obrar el bien y evitar el mal. Dicha ayuda es dada por Dios en el momento que la necesitamos: “Rogué tres veces al Señor que lo apartase de mí; pero Él me dijo: «Te basta mi gracia, porque la fuerza se perfecciona en la flaqueza». Por eso, con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo”.(2 Cor 12: 8-9)
  • La gracia santificante es un estado del alma. Decimos que el “alma está en gracia de Dios” cuando está libre de pecado mortal. La gracia actual es una ayuda momentánea de Dios para superar una tentación…

La nueva vida en Cristo Jesús

El cristiano recibe por primera vez la gracia en el sacramento del bautismo. Esta gracia lleva consigo una nueva vida, la vida sobrenatural o divina; por eso San Pedro dice que el cristiano participa de la naturaleza divina: “Nos ha regalado los preciosos y más grandes bienes prometidos, para que por éstos lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1:4). Como consecuencia de esta nueva vida que recibimos, podemos decir que el cristiano tiene dos vidas: una, la vida natural; y otra, la vida del espíritu.

San Juan recoge el diálogo que Jesús tuvo con Nicodemo, y en él se nos habla de la necesidad de tener un nuevo nacimiento: “Jesús y le dijo: -En verdad, en verdad te digo que si uno no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios… No te sorprendas de que te haya dicho que debéis nacer de nuevo” (Jn 3: 1-21). Y más adelante, también San Juan, nos habla de la nueva vida que Cristo nos trae: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10:10); claramente se entiende que la vida de la que Cristo habla aquí no es la vida de la carne, sino la del espíritu.

Gracias a esa “nueva vida”, el cristiano es capaz de actuar de un modo nuevo; es decir según un modo sobrenatural; o dicho de otro modo, como Dios actúa: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn 13:34). No tendría sentido que Dios nos hubiera dado un mandamiento que no pudiéramos cumplir. Ahora bien, para poderlo cumplir “necesitamos” una “nueva naturaleza”, pues como nos dice Aristóteles y luego profundiza Santo Tomás de Aquino: “El obrar sigue al ser”. Ese nuevo obrar, -como Dios-, requiere una nueva naturaleza; y esa nueva naturaleza es precisamente la que se nos da a través de la gracia y nos posibilita amar como Él nos ama.

Sin la gracia es imposible salvarse

Sin la nueva vida que la gracia nos proporciona es imposible entrar en el reino de los cielos: “En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3:7).

Esa nueva vida no la tendríamos si:

  • No la hubiéramos recibido en el sacramento del bautismo. Por eso el bautismo es necesario para salvarse. Dios podría tener otros medios para salvarnos; pero ello no ha sido revelado. Esa es la razón por la cual los niños que mueren sin ser bautizados, -a falta de una revelación clara de Dios-, no pueden ir al cielo; pero como no tienen pecados personales, tampoco pueden ir al infierno. La Iglesia tradicional solucionó ese dilema mandándolos al limbo. Por otro lado, se habla de que aquéllos que no han conocido la revelación cristiana, pero han seguido unos principios morales de tipo general, buscando el bien y evitando el mal; por medios sólo por Dios conocidos (pues no han sido revelados) y como consecuencia de su misericordia, serían salvos (Gaudium et Spes – Vaticano II). Este último principio, formulado en el Vaticano II no está definido. Se fundamenta en la idea de que Dios quiere que todos los hombres se salven.
  • La hubiéramos perdido por el pecado mortal. Si perdemos la vida de Dios en nosotros, seremos condenados para siempre a los castigos más horrorosos: “¿Es que no sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los injuriosos, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios. Y esto erais algunos. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre de Jesucristo el Señor y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6: 9-11).

Otras conclusiones lógicas de lo dicho anteriormente

  • Si para heredar el reino de los cielos es preciso ser hijos de Dios; y solamente somos hechos hijos del Dios por el bautismo, de ahí se concluye que no es posible la salvación si uno no está bautizado.[1] Es decir, sólo las iglesias que tienen un bautismo válido podrán traernos la salvación; o dicho de otro modo, no todas las iglesias son iguales. Los antiguos concluían de ahí: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”.
  • Ahora bien, debido a la debilidad humana, todos pecamos, por lo que además del bautismo, necesitamos el sacramento de la confesión para que los pecados se perdonen. Los pecados sólo los puede perdonar un ministro de Dios (sacerdote) válidamente ordenado y con las licencias eclesiásticas oportunas, mediante el sacramento de la confesión. Por lo que aquellas religiones que no tienen ministros válidamente ordenados y con la facultad de perdonar los pecados, no lo pueden hacer. Otra razón más por la cual concluimos que no es lo mismo pertenecer a una religión que a otra; pues sólo una, la que Cristo fundó es la que tiene los medios de salvación.
  • Del mismo modo, Cristo instituyó el sacramento de la eucaristía para que fuera alimento de nuestra alma y encargó este sacramento a sus apóstoles y sucesores para que fuera siempre celebrado (“Haced esto en memoria mía”, Lc 22:19). Este “pan vivo”, según nos dice el mismo Jesucristo, es garantía de la vida eterna (Jn 6:51). Sólo la Iglesia fundada por Jesucristo tiene ministros válidos que puedan “actualizar” este sacramento. Otra razón más que nos confirma que no todas las iglesias son iguales.

(Continuará)

Padre Lucas Prados

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

El Matrimonio según los Padres de la Iglesia – I

El-Matrimonio-según-los-Padres-de-la-Iglesia-e1442607228390

22 septiembre, 2015

Como es de público conocimiento, se ha originado un debate acerca de la firmeza y estabilidad del matrimonio. El Cardenal Walter Kasper, seguido por muchos teólogos y pastores, propone, en contra de la doctrina tradicional de la Iglesia, que los divorciados en nueva unión puedan, en determinados casos concretos, volver a recibir el sacramento del matrimonio, y, por ende, los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía. Se deberían cumplir ciertas normas (“preceptos de hombres”, según dice el mismo Señor en Mc. 7, 7, hablando a los fariseos, lo que nos recuerda la oración compuesta por el p. Castellani), que él ha expuesto en un discurso durante el Consistorio de febrero de 2014, en Roma, como introducción al Sínodo extraordinario para la Familia, realizado en octubre del año 2014.

Ha invocado, en ese momento y posteriormente, haciendo referencia a su propuesta, la autoridad de Orígenes, san Agustín, san Gregorio Magno y sobre todo la de Basilio Magno, y una cierta praxis benigna de la Iglesia Ortodoxa, llamada Oikonomía, que estaría fundamentada en una mirada más antigua (y, por ende, más pura) de la Iglesia.

Nada mejor, entonces, que realizar un análisis de muchos de los textos patrísticos, para conocer el genuino pensamiento de los Padres de la Iglesia sobre la cuestión.

“La Iglesia no saca solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas” [1], sino que también tiene en cuenta la Tradición viviente de la Iglesia, que es la enseñanza oral de la Palabra de Dios.

Dicha Tradición se manifiesta en los monumentos de arqueología sagrada, en los documentos litúrgicos y sobre todo en los textos de los Padres de la Iglesia.

“Las enseñanzas de los Santos Padres testifican la presencia viva de esta Tradición, cuyos tesoros se comunican a la práctica y a la vida de la Iglesia creyente y orante. Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon de los libros sagrados, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente activa”. [2]  Es decir, la enseñanza de los Padres es esencial para conocer el Canon bíblico (el conjunto de los libros inspirados) y para que sepamos interpretar adecuadamente la Sagrada Escritura.

Así, por ejemplo, ¿cómo interpretar aquel texto en el que se dice: “Yo os digo, quien repudia a su mujer salvo el caso de adulterio, y se casa con otra, comete adulterio” (Mt. 19, 9)? ¿Qué significa “salvo el caso de adulterio”? Para evitar el libre examen de los protestantes, o el “dejarse zarandear por cualquier viento de doctrina, que conduce engañosamente al error” (Ef. 4, 14) tenemos la enseñanza patrística. Veremos que ellos son muy claros al respecto.

Pero para que los Padres de la Iglesia manifiesten la Tradición de la Iglesia es necesario que su testimonio sea unánime. Así lo definió la Iglesia en el Concilio Vaticano I: “Mas como quiera que hay algunos que exponen depravadamente lo que el santo Concilio de Trento, para reprimir a los ingenios petulantes, saludablemente decretó sobre la interpretación de la Escritura divina, Nos, renovando el mismo decreto, declaramos que su mente es que en materias de fe y costumbres que atañen a la edificación de la doctrina cristiana, ha de tenerse por verdadero sentido de la Sagrada Escritura aquel que sostuvo y sostiene la santa madre Iglesia, a quien toca juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Escrituras santas; y, por tanto, a nadie es lícito interpretar la misma Escritura Sagrada contra este sentido ni tampoco contra el sentir unánime de los Padres.” [3]. Cuando el consenso es unánime entre los Padres de la Iglesia en la interpretación de la Escritura, entonces su sentido está fijado por la Tradición de la Iglesia.

Son “Padres de la Iglesia” solamente a los que reúnen estas cuatro condiciones necesarias: ortodoxia de doctrina, santidad de vida, aprobación eclesiástica (al menos tácita) y antigüedad. Por lo tanto, su período llega hasta la muerte de San Gregorio Magno (+ 604) o de San Isidoro de Sevilla (+ 636) en Occidente; o bien hasta la muerte de San Juan Damasceno (+ 749) en Oriente. Todos los demás escritores son conocidos con el nombre de “escritores eclesiásticos”, en expresión acuñada por San Jerónimo. [4]

Como sería sumamente extenso conocer todo lo que enseñan los Padres de la Iglesia sobre una materia determinada, he pensado en divulgar los textos que aparecen en el Enchiridion Patristicum.

Un Enchiridion es un manual al modo de un pequeño libro que resume una materia determinada. El más conocido es el Enchiridion Symbolorum, popularizado con el nombre de su primer editor, Denzinger, [5] que sintetiza toda la enseñanza magisterial de dos mil años. Junto a él existen otros, como el Enchiridion Patristicum, Enchiridion Liturgicum, Enchiridion Marianum, etc.

El Enchiridion Patristicum es una compilación de las obras de los Padres realizada por Rouët de Journel. Este Enchiridion será el puñal para las tesis progresistas, [6] defendidas por el Card. Kasper y sus secuaces, pues son ajenas a la Tradición de la Iglesia.

El texto contiene al final un índice que resume los temas de la teología: Religión revelada (Números 1 al 32), la Iglesia (33 al 64), la Sagrada Escritura (65 al 77), la Tradición (78 al 85), Dios Uno (86 al 140), Dios Trino (141 al 187), la Creación (168 al 236), las Virtudes (237 al 287), el Pecado (288 al 307), la Gracia Actual (308 al 352), la Gracia Habitual (353 al 372), el Verbo Encarnado (373 al 428), la Mariología (429 al 436), los Sacramentos (437 al 582) y los Novísimos (583 al 612).

Dentro de este esquema, al Matrimonio le corresponden los números que van desde el 568 al 582. Cada uno de ellos desarrolla un tema, con otro número que remite a los textos patrísticos, que se encuentran en el interior del libro. Sólo algunos están en negrita, para expresar que son más fundamentales.

Intentaré, con la gracia de Dios, dar a conocer en sucesivos artículos (para que no se haga demasiado extenso) todos los aportes de los Padres que aparecen en este libro sobre la materia en cuestión. Algunos textos aparecerán citados más de una vez, para facilitar su lectura. Como no soy experto en lenguas clásicas, pido a todos los lectores la benignidad en sus juicios, y a los peritos la ayuda para mejorar las traducciones defectuosas.

568          Los fines del matrimonio son la generación de la prole, la ayuda mutua de los cónyuges y el remedio de la   concupiscencia    1094        1640        164     1867       1869

569         De qué modo el matrimonio ha quedado inducido por el pecado de Adán 804,  1150

570        El matrimonio cristiano es un verdadero sacramento 67   319     320     384      505    1094     1176,  1249, 1253       1640       1812        1867          1876         2108 ,        2155         2189      2218      2374

571         Se perfecciona con el mutuo consenso de los cónyuges; por lo tanto hubo un verdadero  matrimonio entre       María y José   1326, 1361,  1610, 1868

572         El matrimonio realiza un vínculo absolutamente indisoluble 86   119        420          506           507                    642       854         922          1002          1212           1308           1322           1351         1352            1388        1642 1861           1863       1867          2015           (2017)         2155           2297

573        Que ni siquiera en caso supuesto de adulterio uno de los cónyuges puede disolver 86      507       642      854  922         1351         1861         1863

574       Se exceptúa, sin embargo, el caso del Apóstol 1190        1307

575        El sacramento del matrimonio produce un vínculo exclusivo 167         186         271          1097        1176           1322      2017      2189

576         Sin embargo, a veces en el antiguo testamento se toleraba la poliginia 1641          1867         2155

577         Sobre las segundas nupcias 88          167           366          1097         1349         1790

578         A la Iglesia compete determinar los impedimentos del matrimonio 918         2299             2301

579         No importa lo que en este caso establezca la ley humana 1212        1308         1352          1867          2299

580        El voto de castidad impide el matrimonio subsiguiente 568          921          1115        1335        1378                    (1789)    2015

581        Aunque el matrimonio sea lícito y bueno 1077            1115         1349           1361           1378       1876                     2155  2374

582       Es preferible el celibato y máximamente la virginidad 67     1077          1166         1253         1349     1975             2374

Los fines del matrimonio son la generación de la prole,

la ayuda mutua de los cónyuges y el remedio de la concupiscencia.

Epifanio, cerca 315 – 403

Contra el hereje Panario, 374 – 377

  • 1094. Herejía 51, c. 30.   En Caná de Galilea fueron celebradas unas nupcias con gran solemnidad, y el agua verdaderamente llegó a ser vino elegido convenientemente por dos razones: para que la libido dispersa de los hombres furiosos en el mundo sea contenida en la castidad y la honestidad de las nupcias, y para que se enmiende lo que falta y se ablande con la suavidad de la gracia y del vino más ameno; y también para cerrar las bocas de aquellos que se han levantado contra el Señor, para que Él mismo sea declarado Dios, junto con el Padre y el Espíritu Santo.

Agustín, 354 – 430

Sobre el bien conyugal, 400 / 401

  • 1640 C. 3 n. 3. Acerca del bien del matrimonio, que también el Señor en el evangelio confirmó, no sólo porque prohibió expulsar a la esposa salvo el caso de fornicación [Mt. 19, 9], sino también porque fue invitado a las nupcias [Jn. 2, 2], se busca la razón por la que sea merecedor del bien. Lo que para mí no parece por la sola procreación de la prole, sino también a causa de la misma sociedad natural en diverso sexo… Contienen también el bien conyugal, porque la continencia carnal o juvenil, aunque sea viciosa, se vuelve honesta para la propagación de la prole, para que la cópula conyugal realice buena a la unión desde la maldad de la libido.1642 C. 24, n. 32. El bien de las nupcias para todas las naciones y para todos los hombres está en la causa de la generación y en la fe de la castidad; pues lo que pertenece al pueblo de Dios, y a la santidad del sacramento, por el cual va contra el orden establecido también el repudio del alejado para contraer nupcias con otro, mientras vive su esposo, ni siquiera por la misma causa de la generación; la cual como sea única la causa por la cual las bodas se realizan, ni siquiera con la misma cosa no subsiguiente por la cual se realiza se desata el vínculo nupcial sino sólo con la muerte del cónyuge. De la misma manera se realiza la ordenación del clero para congregar al pueblo, aun cuando no se siga luego la congregación del pueblo, permanece sin embargo en aquellos ordenados al sacramento de la ordenación, y si por alguna culpa alguno es removido de su oficio, no carecerá con el sacramento del Señor impuesto de una vez para siempre, cuanto quiera que permanece hasta el juicio.

Sobre las nupcias y la concupiscencia, 419 / 420

  • 1867 L. I, c. 10, n. 11. Porque realmente no sólo la fecundidad, cuyo fruto es la prole, ni tampoco sólo la castidad, cuyo vínculo es la fe, sino también el verdadero sacramento de las nupcias es encomendado a los fieles cónyuges, de donde dice el Apóstol: “Maridos, amad a vuestras mujeres, como también Cristo ama a la Iglesia” [Ef. 5, 25]; lejos de dudas, es la realidad de este sacramento, en cuanto que el varón y la mujer unidos en matrimonio mientras viven perseveran unidos inseparablemente, y no le es lícito, excepto en caso de fornicación, a un cónyuge separarse de otro [Mt. 5, 32]… Lo que si alguno lo hizo, no con la ley de este mundo, es concedido sin crimen con la intervención del repudio con otros unirse a otros matrimonios, lo que también el Señor ha testificado al santo Moisés que permitiera a los israelitas, a causa de la dureza de sus corazones, aunque con la ley del Evangelio es reo de adulterio, como también aquella que se casa con otro [Mt. 19, 8-9]… Así permanece entre los vivientes tal bien conyugal, que ni la separación ni con otra cópula puede ser arrancada. Y permanece la pena de la culpa, no el vínculo de la ley; del mismo modo que el alma del apóstata, alejándose del yugo de Cristo, incluso con la pérdida de la fe, no pierde el sacramento de la fe, que aceptó con el lavado de la regeneración.
  • 1869 L. I, c. 17, n. 19. Sin embargo, en las nupcias son amados los bienes conyugales: la prole, la fe y el sacramento. Pero la prole, no sólo en cuanto que nazca, sino también para que renazca; pues nace para la pena y renace para la vida. Y la fe, no la que tienen también entre ellos los infieles que celan la carne… Y el sacramento, que no se pierde ni por separados ni por adulterados, que los cónyuges custodian con concordia y castamente.

De qué modo el matrimonio ha quedado inducido por el pecado de Adán

Atanasio, 295 – 373

Fragmentos

  • 804 Fragmento en Ps. 50, 7. “He aquí que he sido concebido en mis iniquidades, y en pecados me engendró mi madre” ya que lo primero que se arroja de Dios, no en cuanto que naciéramos por el matrimonio y para la corrupción, sino para las nupcias a causa de la transgresión del mandato al cual nos indujo la iniquidad de Adán, esto es, que dada para sí por Dios menospreciase su ley. Pues todos los que llegan a ser desde Adán son concebidos en iniquidades, antepasado caído por su condenación. Y aquel: “Y en pecados me engendró mi madre”, significa que Eva, madre de todos nosotros, primero había concebido el pecado, como estando inclinada a la voluptuosidad.

Juan Crisóstomo, 344 – 407

Homilías en el Génesis, 388

  • 1150 Homilía 15, n. 4. Pues tras aquella conversación ocurrió la prevaricación; pues hasta aquélla se movían como si fueran ángeles en el paraíso, no ardiendo en las concupiscencias, no infectados por otras afecciones, no sujetos a las necesidades de la naturaleza, sino enteramente incorruptibles y creados inmortales, donde ni siquiera allí poseían el manto de las vestiduras. Dice: “Estaban, pues, ambos desnudos, pero no se avergonzaban” [Gen. 2, 25]. Pues como el pecado y la prevaricación todavía no estaba presente, ellos estaban vestidos con la gloria, que venía de lo alto; por el contrario, después de la trasgresión del precepto ha entrado tanto la vergüenza como el conocimiento de la desnudez.

Padre Jorge Luis Hidalgo


[1]: Concilio Vaticano II, Dei Verbum, n. 9. [2]: Concilio Vaticano II, Dei Verbum, n. 8. [3]: Concilio Vaticano I, Sessio III: Const. Dogm. De Fide Catholica, Cap. 2, Denz. 1788.

[4]:  De viris illustribus, pról.; Epistola 112, 3.
 
[5]:  Hay otras dos actualizaciones de las compilaciones de Enrique Denzinger, hechas por Schönmetzer y por Hünermann.
 
[6]: La misma palabra en griego evgceiri,dion quiere decir “manual, libro pequeño”, y “puñal, daga”.

El tesoro escondido de la Santa Misa: Por qué oír Misa todos los días

EL TESORO ESCONDIDO DE LA SANTA MISA

por

San Leonardo de Porto Maurizio

CAPÍTULO III


EJEMPLOS OPORTUNOS PARA INCLINAR A LAS PERSONAS DE TODOS LOS ESTADOS Y CONDICIONES A OÍR TODOS LOS DÍAS LA SANTA MISA 

Los que no tienen deseo de asistir a la Misa alegan siempre una multitud de excu­sas, creyendo justificar así su falta de devo­ción. Los verás totalmente ocupados y lle­nos de afán por los intereses materiales; nada les importan los trabajos y fatigas si se trata de acrecentar su fortuna, mientras que para la Santa Misa, que es el negocio por excelencia, sólo encontrarás frialdad e indiferencia. Alegan mil pretextos frívolos, ocupaciones graves, indisposiciones, asuntos de familia, falta de tiempo, en una palabra, si la Iglesia no los obligase bajo pena de culpa grave a oír Misa los domingos y días de fiesta, Dios sabe si pondrían jamás los pies en un altar. ¡Ah! ¡Qué vergüenza! ¡Qué tiempos tan calamitosos los nuestros! ¡Qué desgraciados somos! ¡Cuánto hemos decaído del fervor de los primeros fieles que, como ya dije, asistían todos los días al Santo Sa­crificio y se alimentaban allí del Pan de los Ángeles por medio de la Comunión sacra-mental! Y no es que les faltasen negocios, ni ocupaciones; sin embargo, la Misa, lejos de servirles de molestia, era a sus ojos un medio eficaz de que prosperasen a la vez sus intereses temporales y espirituales.

¡Mundo ciego! ¿Cuándo abrirás los ojos para reconocer un error tan manifiesto? Cristianos, despertad por fin de vuestro letar­go, y que vuestra devoción más dulce y pre­dilecta sea oír todos los días la Santa Misa, y hacer en ella la Comunión espiritual. Para que tú, cristiano lector, formes esta resolu­ción, no encuentro otro medio más eficaz que el del ejemplo; porque es un hecho que salta a la vista, que todos somos gobernados por él. Todo lo que vemos hacer a otros, nos es fácil y cómodo. “Y ¿por qué no podrás hacer tú lo que éstos y aquéllos?”. Éste era el re­proche que SAN AGUSTÍN se dirigía a sí mis­mo antes de su conversión. Voy, pues, a citarte algunos, siguiendo las diferentes categorías de personas, y de esta manera abrigo la esperanza de ganar tu corazón.

§ 1. Ejemplos de varios príncipes, reyes y emperadores 

Los ejemplos de los grandes del mundo causan ordinariamente más impresión que la piedad, aun extraordinaria, de los simples particulares, lo cual confirma la verdad de aquel axioma tan conocido: “El pueblo sigue el ejemplo de su rey”: Regis ad exemplum totus componitur orbis. Bien podría citar aquí un considerable número de aquellos per­sonajes, a fin de animarte a imitarlos y a oír todos los días la Santa Misa; mas para no exceder los justos límites, me contentaré con indicar algunos.

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SAN BERNARDO Y EL ADVIENTO

Cualquiera que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana, y mi madre. (San Mateo, 12, 50).

Cualquiera que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana, y mi madre. (San Mateo, 12, 50).

Vendrá a nosotros la Palabra de Dios. Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia. Aquellas son visibles, pero ésta no.

En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres, cuando, como atestigua Él mismo, lo vieron y lo odiaron. En la última, todos verán la salvación de Dios y mirarán al que traspasaron.

La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan. De manera que, en la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder; y, en la última, en gloria y majestad. Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en ésta, es nuestro descanso y nuestro consuelo. Y para que nadie piense que es pura invención lo que estamos diciendo de esta venida intermedia, oídle a Él mismo:

El que me ama -nos dice- guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él.

He leído en otra parte: El que teme a Dios obrará el bien; pero pienso que se dice algo más del que ama, porque éste guardará su palabra. ¿Y dónde va a guardarla? En el corazón, sin duda alguna, como dice el profeta:

En mi corazón escondo tus consignas, así no pecaré contra ti.

Así es como has de cumplir la palabra de Dios, porque son dichosos los que la cumplen. Es como si la palabra de Dios tuviera que pasar a las entrañas de tu alma, a tus afectos y a tu conducta.

Haz del bien tu comida, y tu alma disfrutará con este alimento sustancioso. Y no te olvides de comer tu pan, no sea que tu corazón se vuelva árido: por el contrario, que tu alma rebose completamente satisfecha.

Si es así como guardas la palabra de Dios, no cabe duda que ella te guardará a ti. El Hijo vendrá a ti en compañía del Padre, vendrá el gran Profeta, que renovará Jerusalén, el que lo hace todo nuevo. Tal será la eficacia de esta venida, que nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Y así como el viejo Adán se difundió por toda la humanidad y ocupó al hombre entero, así es ahora preciso que Cristo lo posea todo, porque Él lo creó todo, lo redimió todo, y lo glorificará todo.

Tomado de:

https://eccechristianus.wordpress.com/

Faltar a Misa un domingo es pecado mortal (y casi nadie lo recuerda)

La frase que intitula este artículo puede sonar a “sorpresa” para muchos bautizados ya que, en realidad, en muy pocos púlpitos y catequesis se recuerda. Pero es verdad que se comete un pecado mortal (no venial) si se falta a Misa un domingo o día de precepto siempre que no haya enfermedad, imposibilidad física real o cuidado de un enfermo, tal como enseña en catecismo en su punto 2181. Pero ha de recordarse también, en estos tiempos de confusión y relativismo, que este punto de nuestro catecismo está avalado en la ley de la Iglesia Católica cuyo mandato primero dice “Oír Misa entera todos los domingos y fiestas de guardar” que a su vez se avala por la misma ley Divina ya que el tercer madato de dicha ley es “Santificarás las fiestas”. Y, aún más, este precepto eclesial se justifica sobre todo en el primer mandamiento de la ley de Dios “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, ya que quien sea capaz de faltar a Misa por no restar un poco de tiempo a su ocio o, sencillamente, por no contrariar a otras personas, demuestra con creces que está a años luz de amar a Dios sobre todas las cosas.

Pero en este artículo yo deseo tocar una cuestión muy concreta: el masivo abandono de la Misa dominical se debe, sobre todo, a que desde un principio (catequesis de primera comunión), la inmensa mayoría de los niños/as NO saben que faltar a Misa en domingo es pecado mortal. De hecho la terrible realidad es más amplia: la mayoría de los niños no saben ni siquiera que es pecado. Luego cuando son adolescentes, y van a recibir la confirmación, la inmensa mayoría tras recibirla no vienen a Misa el domingo siguiente porque siguen sin saber que faltar a Misa es pecado mortal. Y hay efectos todavía peores: ya es muy extendida la costumbre sacrílega de faltar a Misa los domingos y luego, cuando hay ocasión extraordinaria de ir a Misa (en funeral, boda, primera comunión…) se asiste y se comulga sin haberse confesado, y sin propósito alguno de volver a la práctica dominical regular. Esto es así: un hecho indiscutible y a la vez tremendo.

Y la causa, vuelvo a repetirlo, es que no se predica de forma concreta este aspecto. Si: la doctrina está ahí, escrita, en el catecismo (punto 2181), pero, ¿de que sirve que la doctrina no se toque si casi nadie la conoce porque casi nadie en la Iglesia la predica o enseña?; y, lo que es aún peor: en realidad en muchas comunidades SI se predica sobre esto pero para decir lo contrario: que faltar a Misa en domingo NO es pecado mortal. Esta barbaridad se enseña en no pocos colegios “religiosos”, parroquias, facultades de teología y lugares similares de “formación”. Y, mientras tanto, generaciones y más generaciones de bautizados crecen en la ignorancia y la indiferencia. Si algún lector cree que exagero, ¿porqué no preguntan?…..si, pregunten a niños de su barrio, de su colegio,de su parroquia…..niños que ya han hecho la primera comunión y que, una vez celebrada la fiesta, sus padres ya no los traen más a Misa los domingos. Es una terrible realidad que abarca a las conciencias de una arrolladora mayoría.

Y, ante esto, los sacerdotes y catequistas que tocamos las conciencias de los fieles para recordarles que es pecado mortal faltar a Misa, ciertamente, nos sentimos muy poco apoyados por nuestros superiores. Pienso que ¡cuanto bien harían cartas pastorales CLARAS en este punto por parte de los Obispos, y hasta por parte del Papa!…….nos servirían para no parecer “guerreros del antifaz” que luchamos contra todos los elementos contrarios (tanto externos como internos de la Iglesia). Desde estas líneas, si algún Obispo me leyera, hago un ruego muy especial en esta dirección: una carta, sólo una carta firmada por un Prelado donde se recuerde a los fieles que es pecado mortal faltar a Misa un domingo o día de precepto. Dicho con claridad, concreción y sin ambigüedades. Todos estamos acostumbrados, si, a mensajes del tipo:

– El domingo es el día del Señor

– La familia unida en oración en domingos

– La necesidad de orar en tiempo de descanso

– El bien grande que recibimos al ir a Misa………..etc

Pues se hace URGENTE leer, firmado por un Obispo: “Faltar a Misa es Pecado Mortal”. Y punto.

Padre Santiago González

 

 

PADRE SANTIAGO GONZALEZ

Nacido en Sevilla, en 1968. Ordenado Sacerdote Diocesano en 2011. Vicario Parroquial de la de Santa María del Alcor (El Viso del Alcor) entre 2011 y 2014. Capellán del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla) en 2014. Desde 2014 es Párroco de la del Dulce Nombre de María (Sevilla) y Cuasi-Párroco de la de Santa María (Dos Hermanas). Capellán voluntario de la Unidad de Madres de la Prisión de Sevilla. Fundador de «Adelante la Fe».
Tomado de:
adelantelafe.com

En la fiesta de Todos los Santos

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El día primero de noviembre se celebra la fiesta de Todos los Santos. Con ella, la Liturgia de la Iglesia honra no sólo a todos aquellos que han sido beatificados o canonizados oficialmente, sino también a los Santos que sólo Dios conoce y a los que no se puede celebrar en particular. Todos ellos, en sus circunstancias y estados de vida propios, lucharon por conquistar la perfección y gozan actualmente en el Cielo de la visión de Dios.

La Iglesia alaba y agradece al Señor la merced que hizo a sus siervos, santificándolos en la tierra y coronándolos de gloria en el Cielo y, para procurarnos mayores gracias, multiplica los intercesores. Además, al proponernos el ejemplo de tantos Santos de toda edad, sexo y condición, y al recordarnos la recompensa que gozan en el Cielo, se nos exhorta a imitarlos en la práctica heroica de las virtudes.

I Hay dos modos distintos de señalar el fin de la vida cristiana: primero, como fin último la gloria de Dios, y, segundo, como fin próximo la santificación del alma(1).

Dar gloria a Dios es el principio y el fin de toda la creación. El mismo Hijo de Dios se encarnó para redimir al hombre sin otra finalidad que la gloria de Dios. Todo, debe subordinarse a este Fin Último: «Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier cosa, todo habéis de hacerlo para gloria de Dios» (I Cor 10, 31).

Después de la glorificación de Dios, y subordinado a ésta de una manera perfecta, la vida cristiana tiene por finalidad nuestra propia santificación. El bautismo, puerta de entrada en la vida cristiana, pone en nuestras almas una “semilla de Dios”: es la gracia santificante. Ese germen divino está llamado a desarrollarse plenamente, y esa plenitud de desarrollo es la santidad. De tal forma, que todos estamos llamados a la santidad aunque en grados distintos.

Ahora bien, ¿en qué consiste propiamente la santidad? ¿Qué significa ser santo? ¿Cuál es su constitutivo íntimo y esencial? Pueden darse varias respuestas que coinciden en lo sustancial. La santidad consiste en:

  1. nuestra plena configuración con Cristo;

  2. la unión con Dios por el amor

  3. la perfecta conformidad con la voluntad divina

II. Insistamos, por ahora, en la necesidad que tenemos de configurarnos plenamente con Cristo para llegar a nuestra propia perfección.

Como dijimos antes, la glorificación de la Santísima Trinidad es el fin absoluto de la creación del mundo y de la redención y santificación del género humano. Pero esto se realiza por Jesucristo, con Jesucristo y en El. Todo se reduce, pues, a incorporarse cada vez más a Cristo para hacerlo todo «por El, con El y en El, bajo el impulso del Espíritu Santo, para gloria del Padre»: Recordemos, al respecto, la fórmula que utiliza la Liturgia en la culminación del Canon de la Misa y que condensa toda la vida cristiana:

Por Cristo, con Él y en Él,

a Ti, Dios Padre Omnipotente,

en la unidad del Espíritu Santo,

todo honor y toda gloria,

por los siglos de los siglos. Amén

III. En la obra de nuestra propia santificación, los Santos –y en especial la Virgen Santísima- no sólo tienen importancia desde el punto de vista moral, en cuanto modelos de virtud. El dogma de la Comunión de los Santos nos enseña que en la Iglesia, por la íntima unión que existe entre todos sus miembros, son comunes los bienes espirituales que le pertenecen, así internos como externos.

Los bienes comunes internos en la Iglesia son: la gracia que se recibe en los Sacramentos, la fe, la esperanza, la caridad, los méritos infinitos de Jesucristo, los merecimientos sobreabundantes de la Virgen y de los Santos y el fruto de todas las buenas obras que se hacen en la misma Iglesia(2).

*

Con una fe llena de esperanza veneramos hoy a todos los santos como a amigos de Dios, invocamos con más confianza su protección y nos proponemos imitar sus ejemplos para ser un día participantes de la misma gloria.

Que la Virgen María nos obtenga la gracia de creer firmemente en la vida eterna y sabernos en verdadera comunión con aquellos «que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz» (Canon Romano).

Padre Ángel David Martín Rubio

(1)Cfr. Antonio ROYO MARÍN, Teología de la perfección cristiana, Madrid: BAC, 1958, págs. 45-69.

(2)Cfr. San Pío X, Catecismo Mayor.

Tomado de:

adelantelafe.com

¿Dios no castiga?

Benedicto XV

En un Decreto, el Papa Benedicto XV afirma:

“Su Santidad el Papa Benedicto XV, afligido ante el torbellino de la guerra que troncha vidas juveniles, sume en la desolación familias y ciudades y trastorna las naciones más florecientes; considerando que el Señor, el cual castigando sanat et ignoscendo conservat, se conmueve por las oraciones de los corazones contritos y humillados; deseando que más fuerte que el fragor de las armas sea la voz de la fe, de la esperanza y de la caridad, que son las únicas que tienen virtud divina para unir á los hombres en un solo corazón y en una sola alma, mientras invita y exhorta al clero y al pueblo á hacer alguna obra de mortificación expiatoria por los pecados que provocan el justo castigo de Dios, ha dispuesto que en todo el mundo católico sean dirigidos al Señor humildes ruegos para alcanzar de su Misericordia la suspirada paz. A este fin ordena que en todas las iglesias Metropolitanas, Catedrales, Parroquiales y Regulares de Europa, el próximo día siete de febrero, Domingo de Sexagésima, y en las Diócesis de fuera de Europa el ventiuno de Marzo, Domingo de Pasión, sean celebradas especiales funciones según el orden siguiente…”

Benedicto XV, AAS 07 (1915) pp. 16-17.

Tomado de:

http://statveritasblog.blogspot.mx/

EL HILO DELGADO

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“Y esta es la causa de que en la práctica se frustren tantas santidades en potencia y escaseen tanto los verdaderos santos. Son legión las almas que viven habitualmente en gracia de Dios, que jamás caen en pecados mortales y se esfuerzan incluso en evitar los veniales. Y, sin embargo, se les ve paralizadas en la vida espiritual; pasan los años y continúan igual o acaso con mayores imperfecciones cada vez.

¿Qué es lo que ocurre? Simplemente que no se han preocupado de desarraigar sus imperfecciones voluntarias, no han tratado de quebrar ‘el hilo delgado’ que las sujeta a la tierra, y por eso no pueden levantar el vuelo hacia las alturas. San Juan de la Cruz nos dice al respecto:

‘Y así, da lastima ver algunas almas cargadas en riquezas de obras, ejercicios espirituales virtudes y dones que Dios les da, y por no tener ánimo para acabar con algún gustillo, apego o afición, nunca llegan al puerto de la perfección…

Es muy doloroso ver que con la ayuda de Dios rompieron cuerdas más gruesas de pecados y vanidades, y por no desprenderse de una niñería, un hilo, que Dios les pidió por amor a Él, dejan no sólo de avanzar, sino que vuelven atrás; porque ya se sabe que en este camino el no ir adelante es ir atrás y el no ir ganando es ir perdiendo. Que eso nos quiso decir Nuestro Señor cuando dijo: Quien no está conmigo está contra mí, y quien no recoge conmigo, desparrama. (Mt 12)’…”

Padre Antonio Royo Marín, O.P.

Tomado de:

http://eccechristianus.wordpress.com/

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Por San Agustín

La Ascensión

SERMÓN 261

Traductor: Pío de Luis, OSA

La ascensión del Señor

1. La resurrección del Señor es nuestra esperanza; su ascensión, nuestra glorificación. Hoy celebramos la solemnidad de la Ascensión. Si, pues, celebramos como es debido, fiel, devota, santa y piadosamente, la ascensión del Señor, ascendamos con él y tengamos nuestro corazón levantado. Ascendamos, pero no seamos presa del orgullo. Debemos tener levantado el corazón, pero hacia el Señor. Tener el corazón levantado, pero no hacia el Señor, se llama orgullo; tener el corazón levantado hacia el Señor se llama refugio, pues al que ha ascendido es a quien decimos: Señor, te has convertido en nuestro refugio1. Resucitó, en efecto, para darnos la esperanza de que resucitará lo que muere, para que la muerte no nos deje sin esperanza y lleguemos a pensar que nuestra vida entera concluye con la muerte. Nos preocupaba el alma y él, al resucitar, nos dio seguridad incluso respecto al cuerpo. ¿Quién ascendió entonces? El que descendió2. Descendió para sanarte, subió para elevarte. Si te levantas tú, vuelves a caer; si te levanta él, permaneces en pie. Por tanto, Levantar el corazón pero hacia el Señor, he aquí el refugio; levantar el corazón, pero no hacia el Señor: he aquí el orgullo. Digámosle, pues, en cuanto resucitado: Porque tú eres, Señor, mi esperanza; en cuanto ascendido: Has puesto muy alto tu refugio3. ¿Cómo podemos ser orgullosos teniendo el corazón levantado hacia quien se hizo humilde por nosotros para que no continuásemos siendo orgullosos?

2. Cristo es Dios; lo es siempre. Nunca dejará de serlo, porque nunca comenzó a serlo. Si su gracia puede hacer que no tenga fin algo que tiene comienzo, ¿cómo va a tener fin él, que nunca tuvo comienzo? ¿Qué ha tenido comienzo y no tendrá fin? Nuestra inmortalidad tendrá comienzo, pero carecerá de fin. En efecto, no poseemos ya lo que, una vez que comencemos a poseerlo, nunca perderemos. Así, pues, Cristo es siempre Dios. Dios, ¿cómo? ¿Preguntas qué clase de divinidad? Es igual al Padre. No busques en la eternidad modos de ser, sino sólo la felicidad. Comprende, si puedes, cómo Cristo es Dios. Te lo voy a decir, no te defraudaré. ¿Preguntas en qué modo Cristo es Dios? Escúchame; mejor, escucha a mi lado; escuchemos y aprendamos juntos. No creáis que, porque yo hablo y vosotros me escucháis, yo no escucho con vosotros. Cuando oyes que Cristo es Dios, preguntas: «¿De qué modo Cristo es Dios?». Escucha conmigo; no digo que me escuches a mí, sino que escuches conmigo, pues en esta escuela todos somos condiscípulos; el cielo es la cátedra de nuestro maestro. Escucha, pues, de qué modo Cristo es Dios. En el principio existía la Palabra. ¿Dónde? Y la Palabra estaba junto a Dios4. Pero palabras acostumbramos a oírlas a diario. No equipares a las que acostumbras a oír la Palabra era Dios, cuyo modo de ser busco. Pues he aquí que ya creo que es Dios, pero pregunto cómo es Dios. Buscad siempre su rostro5. Que nadie desfallezca en la búsqueda, antes bien avance. Avanza en la búsqueda si es la piedad y no la vanidad la que busca. ¿Cómo busca la piedad?, ¿cómo busca la vanidad? La piedad busca creyendo, la vanidad disputando. En el caso de que quieras entrar en discusiones conmigo y decirme: «¿A qué Dios adoras? ¿Cómo es el Dios que adoras? Muéstrame lo que adoras», te responderé: «Aunque tengo qué mostrar, no tengo a quién».

3. Tampoco yo me atrevo a decir que he alcanzado ya aquello por lo que preguntas. En cuanto me es posible, voy tras las huellas de aquel gran atleta de Cristo, el apóstol Pablo, que dice: Hermanos, ni yo mismo pienso haberlo alcanzado6. Ni yo mismo. ¿Qué es ese yo mismo? ¿Yo que he trabajado más que todos ellos?7 Sé, Apóstol, de qué manera pronuncias yo: es una expresión enfática, no manifestación de orgullo. ¿Quieres escuchar de qué manera dice yo? Después de haber dicho: He trabajado más que todos ellos, renunció al yo mismo. He trabajado -dice- más que todos ellos. Y como si le dijéramos nosotros: «¿Quién?», nos responde: Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo8. Así, pues, él que estaba en posesión de tanta gracia de Dios que, a pesar de haber sido llamado más tarde, trabajó más que los que lo habían precedido, dice no obstante: Hermanos, ni yo mismo pienso haberlo alcanzado. Vuelve a aparecer el yo donde indica no haberlo alcanzado. El no alcanzarlo es consecuencia de la debilidad humana. En cambio, cuando habla de que fue elevado al tercer cielo y escuchó palabras inefables que no está permitido hablar a hombre alguno9, no dijo: «Yo». ¿Qué dijo entonces? Conozco un hombre que hace catorce años. Conozco un hombre: y ese hombre era el mismo que hablaba, y, como atribuyó a otro lo que había tenido lugar en él, no vino a menos. Por tanto, no provoques contiendas ni litigios exigiendo que te diga cómo es el Dios que adoro. Pues no es un ídolo que me permita apuntarlo con el dedo y decir: «He aquí el Dios que adoro»; ni es tampoco un astro o una estrella, o el sol o la luna, que me permitan apuntar al cielo y decir: «He aquí lo que adoro». No es nada hacia lo que pueda dirigirse el dedo; pero sí algo a lo que puede dirigirse la mente. Considera a aquel que no lo ha alcanzado y que, sin embargo, lo busca, lo persigue, lo anhela, suspira por ello y lo desea; pon los ojos en él y mira lo que dirige hasta su Dios, si el dedo o el alma. ¿Qué dice? No pienso haberlo alcanzado. Mas, olvidando lo pasado y en tensión hacia lo que está delante, una sola cosa persigo en mi intención: la palma de la suprema vocación de Dios en Cristo Jesús10. Persigo -dice-, ando -dice-, estoy en camino. Sígueme, si puedes; lleguemos juntos a la patria donde ni tú me harás preguntas ni yo a ti. Ahora busquemos juntos creyendo para disfrutar después viendo. Sigue leyendo

LAS ROGATIVAS MENORES

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Las Rogativas (del latín rogare, rogar) o Letanías (del griego Litaneia, súplica u oración), son oraciones solemnes instituidas por la Iglesia para ser rezadas o cantadas en ciertas procesiones públicas y para determinadas y extraordinarias necesidades. Sólo las encontramos en la liturgia dos veces al año: el 25 de abril, fiesta de San Marcos (Letanías mayores) y el triduo que precede a la Ascensión (Letanías menores).

El Papa y los Obispos pueden prescribirlas a los fieles, en las calamidades y necesidades públicas, pero entonces figuran como actos extralitúrgicos. Los calificativos de mayores y menores sólo sirven para distinguir unas de otras.

2. Las Rogativas Menores, o de la Ascención, por su parte, tuvieron un origen franco. En el año 474, la región francesa del Delfinado fue asolada por varios desastres naturales, plagas y un terremoto. San Mamerto, obispo de Vienne, ordenó a sus fieles hacer tres días de ayuno y oración, con procesiones públicas en la diócesis. Este triduo se realizó antes del Jueves de Ascención (lunes, martes y miércoles de la Domínica V de Pascua). Las Rogativas Menores fueron aprobadas por el Concilio de Orléans en el año 511; e incluidas en el Rito Romano por el Papa San León III en el año 799.
Con el rezo de la Rogativa, se gana indulgencia parcial.

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Un Jesús ‘tolerante’ no es el verdadero Jesús

 “Un Jesús, que está de acuerdo con todo y con todos, un Jesús sin su santa ira, sin la dureza de la verdad y el amor verdadero, no es el verdadero Jesús, como lo muestra la Escritura, sino una miserable caricatura.»  (Benedicto XVI)

 

Dios es justo NCSJB

 

 “Una concepción del ‘evangelio’ donde ya no exista la gravedad de la ira de Dios, no tiene nada que ver con el evangelio bíblico.

  “Un verdadero perdón es algo muy diferente de un débil ‘dejar correr’.

   “El perdón es exigente y pide a ambos -a quien lo recibe y a quien lo da- una postura que se refiere a la totalidad de su ser. Un Jesús que aprueba todo es un Jesús sin la cruz, porque entonces no es necesario el dolor de la cruz para sanar al hombre.

  “Y, en efecto, la cruz es cada vez más expulsada de la teología y falsamente interpretada como una desgracia o como un asunto puramente político.

  “La cruz como expiación, como la ‘forma’ del perdón y de la salvación no se ajusta a un cierto patrón del pensamiento moderno.

  “Sólo cuando se ve claramente el nexo entre la verdad y el amor, la cruz se hace comprensible en su verdadera profundidad teológica. El perdón tiene que ver con la verdad, y por lo tanto requiere la cruz del Hijo, y exige nuestra conversión. El perdón es, precisamente, la restauración de la verdad, la renovación del ser y la superación de la mentira escondida en cada pecado.

  “El pecado es siempre, por su propia esencia, un abandono de la verdad del propio ser y por lo tanto de la verdad querida por el Creador, Dios”.

Joseph Ratzinger, “Guardare a Cristo”, p. 76, Jaca Book 1986

 

Visto en: “Espada Católica” – http://espadacatolica.blogspot.com.ar/

Fuente: Acción Familia

Tomado de:

http://nacionalismo-catolico-juan-bautista.blogspot.com.ar

LA VERDADERA FORMA Y MATERIA DE LOS SACRAMENTOS CATÓLICOS EN EL RITO ROMANO TRADICIONAL

Traducción del artículo publicado originalmente en Inglés en TRADITIO

Retablo de los Sacramentos (1)

MATERIA Y FORMA DE LOS SACRAMENTOS

CATÓLICOS

Sacramento del Bautismo
 BAUTISMO: Materia: Agua. Forma: «Ego te baptizo in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti». Escritura: San Mateo XXVIII, 18-20.
Sacramento de la Confirmación

CONFIRMACIÓN: Materia: Santo Crisma. Forma: «Signo te signo Crucis, et confirmo te Chrismate salutis. In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Escritura: Actos VIII,14-17.

Sacramento de la Confesión

PENITENCIA: Materia: Confesión de pecados cometidos y petición de perdón. Forma: «Ego te absolvo». Escritura: San Juan XX, 21-23.

 

 

 

Sacramento de la Comunión

SANTA COMUNIÓN: Materia: Pan sin levadura y vino de uva. Forma: «Hoc est enim Corpus meum.» «Hic est enim Calix Sanguinis mei, novi et aeterni testamenti: mysterium fidei: qui pro vobis et pro multis effundetur in remissionem peccatorum.» Escritura: San Mateo XXVI, 26-28.

 

 

 

Sacramento de la Extrema Unción

EXTREMA UNCIÓN: Materia: Unción de los sentidos con óleo. Forma: La oración para el perdón de los pecados («Per istam sanctam unctionem, indulgeat tibi Dominus quidquid delequisti»). Escritura: Santiago V, 14-15.

Sacramento del Orden Sacerdotal

ORDEN SACERDOTAL: Materia: Imposición de manos por el Obispo. Forma: «Da, quaesumus, omnipotens Pater, in hos famulos tuos Presbyterii dignitatem; innova in visceribus eorum spiritum sanctitatis; ut acceptum a te, Deus, secundi meriti munus obtineant, censuramque morum examplo suae conversationis insinuent.» Escritura: San Lucas XXII, 19.
Sacramento del Matrimonio
MATRIMONIO: Materia: El contrato en sí mismo es el Sacramento, las partes contrayentes son sus ministros y sus personas de ellos son la materia. Forma: La expresión de su mutuo consentimiento. Escritura: San Mateo XIX, 6.
Tomado de:

La mentira del ecumenismo

 

Introducción

Nadie que tenga vista y buena voluntad puede negar el hecho patente que el periodo que sigue a la celebración del Concilio Vaticano II es de una total debacle y crisis dentro de la Iglesia Católica. Una de las novedades más perniciosas introducidas en la Iglesia tras el Concilio fue el nuevo enfoque que se dio al Ecumenismo.

Cuando se habla de ecumenismo, lo primero que se encuentra actualmente es algo así

Cuando se habla de ecumenismo, lo primero que se encuentra actualmente es algo así

El movimiento ecuménico se había originado dentro de las sectas protestantes hacia 1920. Ya desde entonces la Iglesia había enseñado que la única forma de alcanzar la unidad con las sectas protestantes era la vuelta de estos al seno de la única y verdadera Iglesia, la fundada por Cristo y encomendada a sus apóstoles. Así se enseñaba y así fue una y otra vez proclamado por los Papas. En la encíclica Mortalium Animos, Pío XI declaraba con rotundidad su oposición a que la Iglesia Católica se involucrara ni siquiera de lejos en este movimiento de origen protestante que, mediante la manipulación y mal interpretación de algunos pasajes evangélicos, pretendía conseguir la unidad con las demás iglesias utilizando el diálogo con el fin de dirimir las diferencias que las separaban.

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El Papa Pío XI sentenció que la manía ecuménica es contraria a la Fe Católica,

y reiteró que la única unidad aceptable

ES LA CONVERSIÓN DE LOS HEREJES Y CISMÁTICOS A LA FE CATÓLICA

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UN LENGUAJE NUEVO PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN Parte III de III

 

 

 

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Antes de entrar en la exposición de algún ejemplo con el que poner de relieve algún acto público realizado al estilo neocón, quizá sea conveniente recordar brevemente lo esencial de la doctrina modernista. Así se entenderá mejor la difícil situación en la que se encuentra cualquier católico neocón, hoy tan frecuentes en el Catolicismo moderno.

El problema no es sencillo de resolver. Pues todo indica que la actitud del neocón suele desembocar en una aguda esquizofrenia a la que le conduce su empeño en mantener el Catolicismo, pero aceptando a la vez las doctrinas modernistas que pretenden poner al día la Religión fundada y predicada por Jesucristo. Es tan difícil situación la que obliga al católico neocón a utilizar una compleja verborrea, estrambótica, cientificista e ininteligible, con la que tranquiliza su conciencia y consigue creer que es un cristiano actualizado y reconciliado con la modernidad.

Según la recta Doctrina Católica, el hombre es capaz de conocer a Dios a través de las cosas creadas, remontándose a través de ellas hasta la Causa y el Creador de todas y utilizando su propia inteligencia (conocimiento natural de Dios), tal como se dice en Ro 1: 19–20. O también lo puede conocer, pero ya de una manera más completa y segura, a través del propio asentimiento de fe prestado a las Verdades Reveladas, según están contenidas en la Sagrada Escritura y la Tradición y custodiadas por el legítimo y auténtico Magisterio de la Iglesia (conocimiento sobrenatural de Dios). Sigue leyendo

BASES DEL HUMANISMO CRISTIANO

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LA VOZ DEL PADRE COMÚN
BASES DEL
HUMANISMO CRISTIANO

Discursos y Mensajes de S.S. Pío XII (1949)

El humanismo constituye hoy la orden del día. Sin duda alguna existe una gran dificultad en formar y reconocer, al través de su evolución histórica, un claro concepto de su naturaleza. Con todo, aunque el humanismo declaró por mucho tiempo estar opuesto formalmente a la edad media que le precedió, lo cierto es que todo lo que contiene de verdadero, de bueno, de grande y de eterno pertenece al mundo espiritual del más grande de los genios del Medioevo, Santo Tomás de Aquino.

El Humanismo es problema de actualidad

En líneas generales, el concepto del hombre y del mundo, trazado por la perspectiva cristiana y católica, sigue siendo esencialmente el mismo, de donde es igual en San Agustín, Santo Tomás y Dante, como sigue siendo el mismo en la filosofía cristiana moderna. La obscuridad de ciertas cuestiones filosóficas y teológicas, que han sido aclaradas y gradualmente resueltas con el transcurso de los años, no disminuye un ápice la realidad de este hecho.

Su concepto cristiano

es el mismo a través de los tiempos.

Sin hacer caso a las opiniones veleidosas que han aparecido en diversos períodos de la historia, la Iglesia ha afirmado el valor de todo lo humano y de todo lo que está en conformidad con la naturaleza, y sin titubeo ninguno ha tratado de desenvolver este valor y colocarlo en su propio y evidente lugar.

La Iglesia afirma el valor de lo humano:

Por eso no admite, por ejemplo, que el hombre sea, a los ojos de Dios, simple corrupción y pecado; por el contrario, a los ojos de la Iglesia, el pecado original no afectó íntimamente las aptitudes y las fuerzas internas del hombre, sino que, por el contrario, dejó esencialmente intactos la luz natural de su inteligencia, y su libre albedrío. Ciertamente el hombre en su ser se encuentra herido y debilitado por la pesada herencia de una naturaleza caída, privada de los dones sobrenaturales y preternaturales. Empero, él debe hacer un esfuerzo para observar la ley natural, con la poderosa ayuda de la gracia de Cristo, para que pueda vivir como el honor de Dios y su dignidad de hombre lo exigen.

Sabe que el hombre conserva, a pesar de la caída, la inteligencia y el libre albedrío; debe esforzarse por observar la ley natural,

La ley natural, he aquí el fundamento en que descansa la doctrina social de la Iglesia. Es precisamente su concepción cristiana de la vida lo que ha inspirado y sostenido a la Iglesia, al levantar esta doctrina sobre tales fundamentos. Cuando lucha y vence por defender su propia libertad, lo hace realmente por la verdadera libertad y por los derechos fundamentales del hombre. A sus ojos estos derechos esenciales son tan inviolables, que no hay razón de Estado ni pretexto de un bien común que puedan prevalecer contra ellos. Están protegidos y custodiados por una muralla inexpugnable, y hasta sus bases puede el bien común legislar como quiera, mas no puede traspasar esta muralla, no puede tocar siquiera estos derechos, porque constituyen lo más precioso del bien común, precisamente.Si se hubiera respetado este principio, cuántas tragedias y catástrofes y cuántos peligros amenazadores podrían evitarse. Este simple principio podría por sí solo renovar la faz social y política del mundo.

fundamento de la doctrina social de la Iglesia. Cuando ella lucha por su libertad, lucha en verdad por la libertad y los derechos humanos, que no pueden ser violados por ninguna razón de Estado ni pretexto de bien común.

Mas, ¿quién, sin embargo, va a rendir este respeto incondicional a los derechos del hombre, sino el que sabe que vive bajo la mirada omnisciente de un Dios personal?Un sentido común sano puede hacer muchísimo cuando acepta lo que la fe cristiana enseña: puede salvar al hombre de las garras de la tecnocracia y del materialismo.

El destino del hombre no descansa en un“Geworfensein”, en un abandono absoluto. El hombre es la criatura de Dios, y vive constantemente bajo su guía y bajo la vigilancia de su Providencia paternal. Laboremos, entonces, por revivir en las nuevas generaciones la confianza en Dios, en sí mismas, y en el futuro, y de este modo, hagamos posible la aurora de un orden más tolerable y feliz.

La fe en Dios es el fundamento de este respeto, y puede salvar al hombre de la tecnocracia, del materialismo y del abandono absoluto.

Octubre 12.
A los miembros de la Convención Internacional de Estudios Humanísticos. En francés.

Tomado de:

http://eccechristianus.wordpress.com/

UN LENGUAJE NUEVO PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN Parte II de III

 

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Son de admirar los inauditos esfuerzos de este grupo de católicos, generalmente conocidos como neocones y de los que estoy seguro que obran con la mejor buena voluntad, por conciliar la auténtica Tradición de la Iglesia con las doctrinas progresistas (modernistas) de la Nueva Iglesia. Por supuesto que han transcurrido siglos desde que los hombres comenzaron a intentar lograr la cuadratura del círculo; o por decirlo de otra manera, tratar de conciliar lo inconciliable. Como ejemplo cercano, ahí están los intentos de poner de acuerdo a Santo Tomás de Aquino con los filósofos idealistas (Kant, Hegel, etc.). Intentos repetidos una y otra vez y que siempre han terminado en estrepitoso fracaso.

Algunos se sienten molestos por el uso del término neocón, al que acusan de peyorativo. Y efectivamente tendrá ese sentido si se le atribuye intencionadamente. Yo, desde luego, no lo uso con mala fe, pero de alguna manera hay que llamar a las cosas. Aquí sucede algo parecido a quienes piensan que usar la palabra cojo para designar a un hombre privado de piernas, en lugar de llamarlo discapacitado, es una grave ofensa. Sin embargo, la palabra castellana cojo es la que siempre se ha usado, mientras que resultaría difícil encontrar en ella indicios de insulto. Al contrario de lo que sucede con la de discapacitado, que es un neologismo que suena a ridículo y que lo mismo serviría para designar a la multitud de los que andan desprovistos de la capacidad de pensar, consecuencia del lavado de cerebro con el que los medios del Sistema someten a las masas. Y es que nos hemos acostumbrado a dejar de llamar a las cosas por su nombre.

Pero el buenismo de los neocones los impulsa a intentar arreglos allí donde no es posible el arreglo. Para ellos todo se puede justificar en la Nueva Iglesia. La hermenéutica de la continuidad de Benedicto XVI, por ejemplo, es un mágico sésamo–ábrete que puede solucionar los problemas que plantean doctrinas (preconciliares versus postconciliares) al parecer distintas y hasta contradictorias. Siempre se han inventado los hombres un buen número de frases maestras, algo así como las llaves que abren todas las puertas; aunque, en realidad, nadie sepa lo que significan tales frases. Benedicto XVI no explicó nunca claramente el significado de esa expresión ni dónde estaba la continuidad. Fue él mismo, por ejemplo, quien dijo que la Gaudium et Spes era un verdadero Contra–Syllabus, refiriéndose al Syllabus en el que Pío IX condenaba el Modernismo. Además de sostener que muchas disposiciones y Documentos de la Iglesia preconciliar ya no tenían vigencia y necesitaban ser revisadas. Recuérdese también la supresión del Juramento Antimodernista y la derogación de las leyes que condenaban la Masonería, entre otros ejemplos que podrían aportar serias objeciones a la creencia en la continuidad.

Benedicto XVI Fanon_thumb[1] Sigue leyendo

UN LENGUAJE NUEVO PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN Parte I de III

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El Concilio Vaticano II removió los cimientos de la Iglesia, llamada hasta entonces Iglesia Católica, Apostólica y Romana y que, hasta ese momento, siempre había sido considerada como la fundada por Jesucristo y la Única Verdadera.

Pero, dado que el Concilio, a pesar de su expresa afirmación en contrario, promovió cambios fundamentales en la Doctrina Perenne en la que siempre se habían fundamentado todos los Dogmas, la Moral y la Liturgia católicas, y como una exigencia además de la forma en la que se llevaron a cabo tales modificaciones, era consecuencia lógica y obligada la modificación y reestructuración del lenguaje hasta entonces utilizado por la Doctrina de la Iglesia.

Las modificaciones en el lenguaje adquirieron formas variadas, más o menos importantes, y que comenzaron sobre todo a partir de los Documentos Conciliares para ser continuadas, y hasta incrementadas, por toda la Pastoral posterior.

Concilio Vaticano II Documentos

Una de ellas, bastante frecuente en los Documentos elaborados por el Concilio, es la que contempla el uso de la ambivalencia, o empleo de palabras de doble sentido y sujetas a varias interpretaciones. Es un hecho más que comprobado y que hoy día nadie discute, así como tampoco los propósitos de sus autores. Que consistían principalmente en introducir bombas de tiempo, sabiamente utilizadas y dispuestas a ser manipuladas en su debido momento, con el fin de extraer de ellas el contenido modernista realmente pretendido en su significado.

También se empleó —y se sigue empleando, incluso ahora con mayor frecuencia— el instrumento de la confusión, que es uno de los que han conducido a la Iglesia al estado actual de Torre de Babel, en la que ya nadie entiende nada y en el que a los fieles les resulta imposible saber a qué atenerse.

Elemento común, extraordinariamente importante, entre los instrumentos de lenguaje de los que se ha valido la nueva Pastoral Modernista, hoy vigente en la casi totalidad de la Iglesia, es el uso de los vocablos y términos tradicionales, comunes y conocidos desde siempre por los fieles, pero atribuyéndoles ahora un nuevo sentido, por supuesto de tendencia modernista y acorde con lo que propugna la Nueva Iglesia Universal que ahora se busca. En favor de la cual —preciso es reconocerlo— la argucia ha proporcionado resultados excelentes, puesto que ha evitado poner sobre aviso y provocar cualquier posible extrañeza de los ingenuos, dispuestos siempre a tragar de todo (en realidad la inmensa mayoría de los católicos, cada vez menos provistos de formación y cada vez más adoctrinados por el Mundo).

Aunque finalmente no vamos a ocuparnos aquí con más detalle de un tema ya bastante conocido y estudiado, del que se han ocupado numerosos analistas y que tampoco constituye el objeto directo de estos editoriales. Sigue leyendo

Un interesante artículo para reflexionar

¿Porqué no debemos comer carne todos los viernes del año?

Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne.

Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne.

Averígualo en este interesante artículo que encontrarás en la página Reflexiones, en este mismo blog.

Aquí el enlace:

Da clic en la siguiente imagen:

No comer carne todos los viernes del año