La Gracia y el Pecado (III)

pecado2

7 octubre, 2015

Acabando con nuestro tema sobre la gracia y el pecado, toca hoy ocuparnos de los efectos del pecado mortal, de cómo recuperar la gracia perdida y de lo que podemos hacer para crecer en la gracia santificante.

Efectos del pecado mortal

Si estamos en estado de gracia, sólo un pecado mortal es capaz de:

  • Quitarnos: la gracia santificante y con ello nuestra unión con Cristo, los méritos obtenidos durante nuestra vida, la inhabitación del Espíritu Santo en nuestras almas, la filiación divina, los dones del Espíritu Santo, las virtudes infusas. La oración pierde su fuerza, pues el motor que la impulsaba (el Espíritu Santo) ya no está en nosotros.
  • Hacernos: Esclavos de Satanás y al mismo tiempo debilitar nuestra alma en su lucha contra las tentaciones.
  • Morir en pecado mortal nos conduciría directamente al infierno.

Así pues, un solo pecado mortal es capaz de derrumbar instantáneamente en nosotros la vida sobrenatural[1]. ¡Y es tan fácil cometer un pecado mortal!

Hoy día, los “nuevos moralistas de la misericordia” nos quieren hacer creer que es prácticamente imposible cometer un pecado mortal. Llegan a esas conclusiones pues afirman que para cometer un pecado mortal hay que tener total libertad, total conciencia, ser plenamente conciente de la malicia del pecado, consentir al cien por cien en esa acción… Si eso fuera cierto, entonces el hombre nunca haría nada malo ni bueno; pues del mismo modo que se “precisaría” el cien por cien de las facultades para el mal, también lo sería para el bien. Dicho de otro modo: El hombre no sería libre y por lo tanto Dios no le podría dar ni premio ni castigo por sus acciones. Y eso va directamente en contra de las enseñanzas de las Sagradas Escrituras (Mc 9:43-47)[2].

Jesucristo manifestó de modo muy gráfico la situación del pecador en la parábola de la vid y los sarmientos. El sarmiento sólo tiene vida y puede dar fruto si permanece unido a la vid. Si se separa de ella, no da fruto, y lo único que le espera es primero la muerte, y luego, el fuego ardiente (Jn 15: 1-6).

Un hombre que ha vivido habitualmente en gracia de Dios y se separa de Él por el pecado mortal, la primera gracia que recibe de Dios es el “cargo de conciencia” y el “dolor por el pecado” para que así se arrepienta. Si la separación de Dios durara largo tiempo, esa primera reacción de pesar desaparece; el hombre comienza a justificar su mala conducta, y en un tercer paso se acostumbra a vivir en ese estado de pecado, cayendo en la indiferencia. Si no saliera de esa situación durante meses y a veces incluso años, llegaría a la acedía espiritual, la cual en el último estadio acabaría con el rechazo de Dios y de las cosas de Dios, para culminar al final con el odio a Dios, si no en este mundo, en el momento de la muerte, para después de ella, experimentar la condenación eterna.

Una de las cosas que más me asusta como sacerdote, es ver cómo un elevado número de cristianos es capaz de permanecer en estado de pecado mortal durante la mayor parte de su vida. Examinemos lo que le ocurre a ese elevado número de cristianos: Si en alguna ocasión se han confesado, no pasa una semana que no vuelvan a caer en pecado mortal, por la sencilla razón de que el domingo siguiente la gran mayoría ya no han asistido a la Santa Misa.

Si fuéramos capaces de examinar el estado espiritual de las almas de las personas, descubriríamos tristemente, que un tanto por ciento elevadísimo ha permanecido en pecado mortal más del 90 % de su vida. Ustedes me preguntarán ¿cómo ha llegado usted a este número? Es muy fácil, se lo explico: Faltar a Misa un domingo (por culpa propia) es pecado mortal. El porcentaje de asistencia a Misa de católicos es inferior al 10%. Es por ello que más del 90% de católicos está en pecado mortal. Si el número de los que se confiesan es inferior al 1 % eso quiere decir… La conclusión es obvia. Y a esta conclusión llego revisando sólo ese mandamiento. El número todavía se reduciría más si tuviéramos que examinar además otros mandamientos que usted se imagina.

La recuperación de la gracia

El hombre no puede por sus solas fuerzas recuperar la gracia santificante. Para ello necesita a Dios; ahora bien, Dios no le dará la gracia si él no se acerca. Incluso para acercarse a Dios, arrepentirse y pedir perdón necesita de la gracia actual. El  hombre tiene que dar el primer paso; pero es Dios quien ha de establecer de nuevo la unión.

Recuperar la gracia es insertarse de nuevo en la vid. Es el “Viñador” quien nos ha de injertar en el tronco de la vid. Desde ese momento, fluirá de nuevo la savia sobre nuestras ramas y habremos recuperado todo aquello que por el pecado habíamos perdido: la gracia santificante, la filiación divina, los méritos por las buenas acciones…

Dado que cuando uno está en pecado mortal está separado de la Vid, recibir la Sagrada Comunión en ese estado es un gravísimo sacrilegio, pues uno “pretende” estar unido a Cristo y recibir de Él la vida, cuanto en realidad está separado de Él. Y lo que tendría que ser para él una fuente de vida y gracia se transforma en instrumento de condenación (1 Cor 11: 27-29)[3]

El modo normal para recuperar la gracia es a través del sacramento de la confesión o penitencia. Un arrepentimiento sincero (contrición) sería suficiente para perdonar nuestros pecados sin necesidad de confesarnos; pero Dios quiso que pasáramos “la vergüenza” de tener que reconocer humildemente nuestras faltas ante uno de sus ministros para conseguir el perdón (Jn 20: 22-23). Si viéramos lo que le ocurre al alma en pecado cuando se confiesa, no tendríamos tanto reparo en acercarnos a ese sacramento. La transformación que ocurre en el alma es radical; podríamos decir que es realmente “milagrosa”.

Si por causa de un accidente de tráfico, infarto u cualquier otra causa de muerte repentina, una persona se arrepintiera sinceramente antes de morir sin tener posibilidad de confesarse, Dios le perdonaría. Ahora bien, no podemos dejar todo para el último momento, pues quien vive sin Dios porque así lo eligió libremente, puede estar seguro que también morirá sin Dios.

Una vez que hemos cometido pecado mortal, y como consecuencia hemos perdido “la vida sobrenatural” en nosotros, deberíamos cuanto antes volver al estado de gracia acercándonos al sacramento de la confesión. Como les decía antes, hay muchísimas personas que viven más tiempo con el demonio en su alma que con Dios.  

Creciendo en santidad

Del mismo modo que el hombre se preocupa de crecer en conocimientos y sabiduría humana, ha de preocuparse y con mayor razón de crecer en santidad. Para ello tenemos una serie de medios que el mismo Dios nos proporcionó y que la Iglesia se preocupa de enseñarnos y facilitarnos. A saber: la oración, los sacramentos, los sacrificios y los actos de misericordia.

Dado que sobre este tema ya hablé largamente en catorce artículos que se publicaron en este portal bajo el título de “Para crecer en santidad”, permítanme remitirme a ellos para así no extenderme más en este artículo.[4] O también los pueden encontrar todos unidos formando un archivo único al final de este escrito.

Padre Lucas Prados

[1] Puede ver un artículo más completo sobre este punto en  http://www.adelantelafe.com/la-malicia-del-pecado/

[2] Los canonistas modernos se valen de este mismo razonamiento para justificar la concesión de las nulidades matrimoniales. Siguiendo esos principios, ninguna persona estaría válidamente casada, pues su consentimiento siempre habría estado afectado incluso por el mismo amor que le habría hecho “perder la cabeza”.

[3] Así, pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues el hombre a sí mismo y entonces coma del pan y beba del cáliz; pues el que sin discernir come y bebe el cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación”.

[4] http://www.adelantelafe.com/wp-content/uploads/2015/10/para-crecer-en-santidad.pdf

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

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