SAN PÍO X, REFORMADOR DE LA LITURGIA

Un historiador perteneciente al “Movimiento Litúrgico” ha escrito:

“Con el Papa Pío X, el Movimiento Litúrgico entra en un período totalmente nuevo. Hasta ahora, en efecto, había sido el atributo de fuerzas individuales en la Iglesia. Unas voces se habían levantado por ahí y por allá, manifestando su común acuerdo sobre un tipo de reacción contra la laicidad invasora y pregonando la vuelta a, las fuentes como el verdadero medio de recristianización… Pero estos llamados, que venían a rozar la trama de las prácticas cotidianas, podían golpear sin alarmas la indiferencia de toda una parte del clero por lejos, la más numerosa- que ponderaba mediocremente un cambio en las costumbres de piedad y en los métodos de apostolado. A partir del día en que fue electo Papa, Pío X se convirtió en el propagador oficial de la restauración litúrgica, y las cosas cambiaron. Sus intervenciones múltiples sobre la música religiosa, sobre el salterio y sobre la comunión frecuente, fueron «otros tantos enérgicos golpes de timón que orientaron resueltamente a la Iglesia hacia ua vida litúrgica totalmente impregnada de piedad tradicional, de gracia sacramental y de belleza inspirada»”. (1)

REFORMA DE LA MÚSICA SACRA

La preocupación de San Pío X por la liturgia no empezó a partir de su elevación al Sumo Pontificado. Como joven vicario, y todavía en Tómbolo, creó una “Schola cantorum” con jóvenes de Salzano, a los cuales formó con el mayor cuidado en la práctica del canto llano y en las ceremonias.

En su parroquia realizó su ideal de esplendor litúrgico, que provocaba admiración de clero y pueblo. Él mismo decía: “Ni hay que cantar, ni hay que rezar durante la misa; hay que cantar y rezar la misa”.

Y también: “Me he convencido por una larga experiencia de que las puras armonías del canto eclesiástico, tales como las exigen la santidad del templo y de las ceremonias sagradas que en él se cumplan, influyen admirablemente sobre la piedad y la devoción, y por consiguiente sobre el verdadero culto de Dios”. (2)

Como Obispo de Mantua, durante algún tiempo quiso desempeñar las funciones de rector, de profesor de teología y de canto gregoriano en su seminario, y enseñarles él mismo las ceremonias a sus seminaristas, para inculcarles el sentido de la grandeza y del respeto hacia las cosas sagradas.

Siendo Patriarca de Venecia, el 1 de mayo de 1895 publicó una carta pastoral acerca del canto y la música de Iglesia: “El canto y la música sacra por su melodía deben excitar a los fieles a la devoción, disponiéndolos a recibir más fácilmente los frutos de la gracia que acompañan a todos los santos misterios celebrados con solemnidad. Entonces, estando estrechamente unida a la liturgia, ka música sacra debe por esto mismo armonizarse con el texto y presentar las cualidades sin las cuales no sería más que un entremés: en particular, la santidad, la perfección del arte y la universalidad”.

La primera de las reformas concierne a la música sacra. A lo largo del siglo XIX, numerosos abusos, desviaciones lentas y progresivas se habían ido introduciendo en la práctica musical eclesiástica. Culminaban bajo el pontificado del Papa precedente, León XIII. Hipólito Taine pronunció un día las siguientes palabras, a la salida de una misa de esponsales: “Muy linda ópera: análoga al quinto acto de Roberto el Diablo; solamente, que Roberto el Diablo es más religioso”. (3)

Las causas de esta decadencia se resumen en su Motu Proprio “Tra le Sollicitudini”, (4) publicado en la fiesta de Santa Cecilia, el 22 de noviembre de 1903:

“Sea por la naturaleza de este acto, en sí mismo flotante y variable; sea por la sucesiva alteración del gusto y de las costumbres en el curso de los tiempos; sea por la funesta influencia que el arte profano y teatral ejerce sobre el arte sagrado, sea por el placer que la música produce directamente y que no siempre es fácil contener en justos límites, sea, por fin, por los mismos prejuicios que, en semejante materia, se insinúan y luego permanecen tenaces, aún entre personas autorizadas y piadosas, hay una continua tendencia a desviarse del camino recto, fijado según la finalidad por la cual el arte sagrado es admitido al servicio del culto y muy claramente indicado en los cánones eclesiásticos, en las ordenanzas de los concilios generales y provinciales, en las prescripciones repetidas emanadas de las Sagradas Congregaciones romanas y de los Soberanos Pontífices”.

El Papa precisa allí su pensamiento:

“Nuestro muy vivo deseo es que el verdadero espíritu cristiano vuelva a florecer en todas formas y se mantenga en todos los fieles. Por eso es necesario proveer, ante todo, a la santidad y a la dignidad del templo, donde precisamente los fieles se reúnen para sacar este espíritu de su fuente primera e indispensable, es decir, la participación activa en los sacrosantos misterios y a la oración pública y solemne de la Iglesia”.

La liturgia aparece claramente como la fuente del espíritu cristiano:

“Como una parte integrante de la liturgia solemne, la música sacra participa de su finalidad general, que es la gloria de Dios, la santificación y la edificación de los fieles”.

En la continuación de su Motu Proprio, llamado por el autor “Código jurídico de la música sacra”, San Pío X enumera las cualidades de la música sacra:

“Debe ser santa, y por consiguiente excluir todo elemento profano, no solamente en sí misma, sino también en la manera con la cual se ejecuta. Debe ser un arte verdadero, pues si no, es imposible que tenga sobre el alma de los oyentes la eficacia que la Iglesia espera de su liturgia.

Pero, a la vez, debe ser universal”.

El Papa permite aquí a todas las naciones admitir en las composiciones religiosas formas particulares que, en una cierta manera, constituyan el carácter específico de su música propia; estas formas, sin embargo, deben estar subordinadas a los caracteres generales de la música sacra.

¿Dónde se puede encontrar la música sacra que responda a estas exigencias? La respuesta de San Pío X es triple.

Primero, en un grado eminente, en el canto gregoriano.

Luego, en un alto grado, en la polifonía clásica (por ejemplo, la de Palestrina);
Finalmente, en la música moderna, pero con mucho discernimiento y excluyendo especialmente el estilo teatral.

El Papa recuerda aquí que el canto propio de la Iglesia romana es el canto gregoriano. Éste encuentra de nuevo, entonces, todo su lugar desde que los estudios recientes de fines del siglo XIX (Dom Guéranguer, Dom. Pothiers) lo han establecido en su integridad y su pureza. Es el modelo supremo de la música sacra. El Santo Padre insiste luego para que “se tenga cuidado de restablecer el canto gregoriano para el uso del pueblo, a fin de que de nuevo los fieles tomen una parte más activa en los oficios de la Iglesia según la antigua costumbre”.

Se vigilará en particular el Kyrie, Gloria, Credo, los salmos e himnos. Sin embargo, no estaba en la intención del Papa imponer exclusivamente el canto gregoriano, como lo escribirá su Secretario de Estado, el Cardenal Merry del Val:

“No estaba de acuerdo con la actitud de algunos fanáticos que iban a excluir de nuestras iglesias toda otra música que no fuera la gregoriana. Declaró que eso era una exageración.” (5)

Ahí se ve el realismo, la prudencia y la apertura de espíritu de San Pío X, y cuán falsas eran las acusaciones de fixismo, estrechez y rigorismo que le eran endilgadas por parte de sus enemigos.
Según diversas disposiciones prácticas: el uso del idioma profano, la exclusión de las mujeres del santuario o en la capilla musical, la primacía del órgano al servicio del canto, la exclusión de algunos instrumentos tales como el tambor, el piano, el bombo, los címbalos, las campanillas… En fin, el documento indica los medios más apropiados para promover esta reforma: comisiones diocesanas, educación práctica y teórica en los seminarios, resurrección de las Scholae Cantorum.

El Papa quería que las reformas fuesen rápidamente llevadas a la práctica. Por este motivo, el 8 de diciembre de 1903 le habría de escribir a su Cardenal Vicario:

“Para usted, señor Cardenal, no use de indulgencia, no otorguen plazo. Al diferirla, no se disminuye la dificultad, sino que se la aumenta y como hay que suprimirla, que se lo haga inmediata y resueltamente. Que todos tengan confianza en Nosotros y en Nuestra Palabra, a la cual están ligadas las gracias y la bendición del cielo”. Uno de los primeros actos concretos que siguió fue la celebración del XIII°, aniversario de San Gregorio Magno en la Basílica de San Pedro de Roma, el 11 de abril de 1904, durante la cual 1200 seminaristas cantaron la misa en gregoriano.

Numerosos actos vinieron a confirmar y proseguir las prescripciones del documento.
Después del Motu Proprio, prontamente se anunció una revisión oficial de los libros de canto gregoriano (el 8 de enero de 1904). Una comisión especial, bajo la presidencia de Dom Joseph Pothier, O.S.B. (abad de San Wandrille) fue creada el 25 de abril de 1904, a fin de examinar los trabajos que debían ser realizados por los benedictinos de Solesmes. Entre sus miembros se encontraban los grandes nombres de los artesanos de la reforma: Dom Andrés Mocquereau, O.S.B. (prior de Solesmes), el Padre Ángel de Santi, S.J., Monseñor Lorenzo Perosi (director perpetuo de la Capilla Sixtina), Monseñor Carlos Respighi (ceremoniario pontificio). La publicación del nuevo Gradual tuvo como fecha el 12 de marzo de 1908, la del nuevo Antifonario el 8 de diciembre de 1912.

En 1910 se fundó en Roma la Pontificia Escuela Superior de Música Sacra.

Veinticinco años más tarde, el Papa Pío XI renovó el impulso de Pío X en su bula “Divini cultus”, del 6 de febrero de 1929. En particular, declaró:

“Es absolutamente necesario que los fieles no se comporten como extraños o como espectadores mudos, sino que, atraídos por la belleza de la liturgia, deben tomar parte de las ceremonias sagradas (…) intercalando alternativamente sus voces, según las reglas trazadas, con las voces del sacerdote y de la Schola”.

REFORMA DEL BREVIARIO

Al lado de la reforma de la música sacra, hubo otra, no menos importante: la del calendario y la del breviario.

Largamente preparada, esta reforma fue promulgada por la bula “Divino Afflante”(6), del 1 de noviembre de 1911. Ante todo, versaba sobre la revisión del salterio litúrgico (los 150 salmos), cuya recitación hebdomadaria por parte del clero desde hacía mucho tiempo se veía comprometida, en razón del agregado de numerosas fiestas de Santos que tenían sus oficios propios. Además, había que trabajar para reunificar la liturgia.

Por ejemplo, en Francia la Revolución y el Concordato de 1801 habían producido muchas confusiones entre las liturgias particulares. ¡En una misma diócesis se podían contar hasta siete u ocho liturgias diferentes!

“Antaño ha sido establecido, dice el Papa, por los decretos de los Romanos Pontífices, los cánones de los concilios y las reglas monásticas, que los miembros de uno u otro clero cantarían o recitarían el salterio cada semana. Y esta ley, herencia de nuestros Padres, nuestros predecesores, revisando el breviario romano la han conservado religiosamente. Por esto, todavía hoy, en el curso de cada semana, el salterio debería ser rezado en su integridad, si los cambios ocurridos en el estado de las cosas no impidiese frecuentemente este rezo. En efecto, en la continuación de los tiempos, constantemente se ha incrementado entre los fieles, el número de aquellos que la Iglesia, después de su vida mortal, acostumbra inscribir entre los bienaventurados y propone ante el pueblo cristiano como protectores y modelos.
“En su honor, los oficios de los santos se multiplicaron, poco a poco, a punto que los oficios del domingo y de las ferias casi no se rezaban más, por lo que luego, numerosos salmos eran descuidados”.

Y el Papa cita a San Atanasio:

“En verdad .me parece que a .aquel que salmodia los salmos, son como un espejo en el cual, contemplándose en ellos, y el mismo y los movimientos de su propio corazón, los rece con estos sentimientos”.

Ya bajo el pontificado de Benedicto XIV (17401758), una veleidad de reacción había fracasado (la tentativa de supresión de numerosas fiestas de santos en aquel entonces había tomado el nombre de “la masacre de los inocentes”). El proyecto quedó en la nada. En el Concilio Vaticano I, las quejas de los Padres fueron numerosas, pero permanecieron impotentes para impedir nuevas conquistas del Santoral sobre el Temporal. El año litúrgico, efectivamente, por un lado distingue el Temporal, u Oficio del Tiempo, que sigue las grandes etapas de la vida de Cristo y por lo tanto, las fiestas correspondientes (Navidad, Pascua, Ascensión, Pentecostés…); por otro lado, el Santoral u Oficio de los Santos que la Iglesia honra cada día.
En 1879, al comienzo del Pontificado de León XIII, se contaba con 239 días en el año que excluían el salterio del Temporal. En 1911, en vísperas de la reforma de Pío X, había 252. A estas cifras, todavía hay que agregarles, para la Iglesia universal, una docena de fiestas movibles, la mayoría asignadas a un domingo, las fiestas propias del tiempo, y luego, en cada diócesis, los santos particulares… El oficio del tiempo litúrgico que sigue la vida de Cristo, por lo tanto, casi había desaparecido.

León XIII mismo fracasó en su tentativa de ponerle remedio al desorden.

La idea de San Pío X era devolverle a los salmos su lugar tradicional en la oración pública: “con precaución, sin embargo, para que la recitación integral del salterio cada semana no disminuya en nada el culto de los Santos, y por otra parte que no disminuya, en lugar de aumentar, las obligaciones de los clérigos obligados al Oficio Divino”.

Los principales caracteres de la reforma pueden resumirse en dos ideas generales:
1) incluir en la semana la recitación del salterio y, para esto, abreviar el salterio ferial;
2) resolver el conflicto entre el Temporal y el Santoral, sobre todo restableciendo los antiguos Oficios de los domingos.

Así se redujo la duración de los Oficios del breviario (…) El salterio fue rezado de nuevo íntegramente cada semana, sin suprimir las fiestas de los Santos; se restableció la liturgia propia de domingos y fiestas; las lecturas de la Sagrada Escritura, propias de los tiempos del año, se privilegiaron (7)

La distribución de los salmos en el breviario de San Pío X era totalmente nueva. Tenía en cuenta, en parte solamente, costumbres de la antigua tradición de la Iglesia ( … ) Así que el breviario de San Pío X no tenía más mucho que ver con aquel de su predecesor, y los clérigos fueron bastante revueltos en sus costumbres ( … )

Paralelamente, varios documentos habían aparecido en los meses de julio y agosto de 1911 para reconocer una situación que ya existía bajo títulos diversos en casi todos los países.

Estas disposiciones legislativas reducían las fiestas de precepto. Los trastornos políticos europeos de los siglos XVIII y XIX habían descristianizado la vida social. Para evitar demasiadas ausencias (descanso y asistencia a misa), para tener en cuenta “las diferentes condiciones de los tiempos y de la sociedad civil”, las 36 fiestas de precepto en vigor fueron reducidas a 8 por el Motu Proprio “Supremi disciplinae”, del 2 de julio de 1911.

Y el 23 de octubre de 1913, Pío X completó el documento del 1 de noviembre de 1911 por el Motu Proprio “Ab hinc duos annos”, que modificó el calendario. Ninguna fiesta debía permanecer fijada en domingo, con excepción de las fiestas del Santísimo Nombre de Jesús y de la Santísima Trinidad (más tarde se agregarían la Sagrada Familia y Cristo Rey). Las Octavas fueron igualmente simplificadas.

Otro proyecto audaz. Pío X había aún pensado en dejar fija la fecha de Pascua. En 1913 le envió un cuestionario, y una mayoría era favorable. Sin embargo, la Congregación de los Ritos se pronunció en contra el 9 de diciembre de 1913, porque se corría el riesgo de “naturalizar el gran acontecimiento de la Resurrección de Cristo”, y el proyecto fue abandonado. (8)

LOS DECRETOS EUCARÍSTICOS
(Comunión frecuente y comunión de los niños)

Cercanas a las reformas litúrgicas, tenemos por supuesto los decretos del Papa San Pío X sobre la Eucaristía.

El 19 de abril de 1880, Monseñor de Ségur le había escrito estas palabras proféticas a la señorita Tamisier, inspiradora de los Congresos Eucarísticos:

“Me parece que si fuera Papa, el fin principal de mi pontificado sería el de restaurar la comunión diaria. Hablé de esto con Pío IX, pero quizás no haya llegado toda vía el tiempo. El Papa que haga esto, bajo el impulso del Espíritu Santo, será el renovador del mundo”.

Desde el 30 de mayo de 1905 hasta el 14 de julio de 1907, se contabilizaron doce intervenciones de San Pío X en este sentido.

Para dar idea del estado de espíritu de ciertos sacerdotes en el siglo XIX, citemos esta carta del párroco de Rouilly-Sacey (Aude, Francia) enviada a un Obispo en vísperas de Navidad:

“Monseñor, alégrese conmigo. Hoy no hubo comuniones sacrílegas, pues no he abierto el sagrario” y más tarde, cuando a este Obispo, le fueron a pedir si se podía organizar en su diócesis la Cruzada Eucarística, replicó: “¿La Cruzada? ¡Una vez más, una máquina para fabricar sacrilegios!”

La importancia de la comunión nunca se puso en duda por la pie dad popular católica. Pero la tibieza y los restos del jansenismo del siglo XVII (so pretexto de respeto) la habían alejado de muchas almas. En el siglo XIX, hubo celosos apóstoles de la comunión frecuente, tales como San Juan María Vianney y San Juan Bosco.

Desde el 5 hasta el 8 de junio de 1905 debía tener lugar en Roma un Congreso Eucarístico Internacional. Pío X aprobó e indulgenció para la ocasión una oración para obtener la difusión del piadoso uso de la comunión diaria. Cada año, luego, el Papa enviaría a cada Congreso Eucarístico Internacional, un legado pontificio.

El 20 de diciembre de 1905 se publicó el decreto “Sacra Tridentina Synodus – De quotidiana Ss. Eucharistiae sumptione”.

El decreto declara primero:

“Jesucristo y la Iglesia desean que los fieles se acerquen cada día al banquete sagrado”.
Da luego los motivos que deben conducir cada día a los fieles a este banquete:
“Sobre todo, y con el fin de estar unidos a Dios por medio de este sacramento, reciban de Él la fuerza para reprimir las pasiones, y con Él purifíquense de las faltas leves que puedan presentarse cada día, y que puedan evitar las faltas graves a las cuales está expuesta la fragilidad humana. No es entonces principalmente para dar gloria a Dios ni como una suerte de favor o de recompensa por las virtudes de aquellos que se acercan a ella”. Dos condiciones son necesarias para esa práctica: el estado de gracia y la intención recta. Nueve artículos precisan más el espíritu del decreto, para terminar luego con esta frase: “está prohibido abrir de nuevo toda discusión al respecto”.

Así estaba restablecida la verdadera noción cristiana de la comunión. El canonista Ferrerés, S.J., escribirá:

“Este decreto pone fin a una controversia que duraba desde hace siglos. Resuelve cues tiones debatidas por los genios más eminentes, corrige en varios puntos las opiniones expuestas hasta ahora por grandes Santos e ilustres doctores.

“Casi no hay obras de moral entre aquellas que han sido escritas hasta ahora que no tengan necesidad de ser enmendadas, y se puede decir lo mismo de las Reglas, Constituciones, Direcciones Espirituales, libros de devoción y obras críticas”. (9)

Entonces, ¿había que favorecer la comunión frecuente y diaria en las casas de educación? ¿Había que recomendarla a los niños desde su primera comunión? ¿Había que mantener la costumbre de dejar pasar un año entre la primera comunión y la segunda? La Congregación del Concilio contestó esto el 14 de febrero de 1906:

“Es necesario que los niños sean nutridos por Cristo antes de que sean dominados por las pasiones, para que puedan rechazar con más valentía los ataques del demonio, de la carne.y de otros enemigos de afuera y de adentro”.

Quedaba por definir la edad de la primera comunión. El decreto “Quam singular¡”, del 8 de agosto de 1910, la precisó. En el curso del siglo anterior, se había impuesto la costumbre de atrasar la edad de la primera comunión hasta los 10, 12, 14 años, o más tarde aún. El documento fija definitivamente la edad de “discreción”, es decir, la edad en la cual el niño empieza a razonar, hacia el séptimo año, o aún menos. Desde esa época comienza la obligación de satisfacer el doble precepto de la confesión y la comunión.

Está claramente indicado que no se precisa un perfecto conocimiento de la doctrina cristiana para responder a esta obligación. La ciencia que basta consiste en conocer, según el propio grado de inteligencia, los misterios de fe, de necesidad de medio y en distinguir el Pan Eucarístico del pan ordinario.

A pesar de la voluntad del Soberano Pontífice, la aplicación de estos decretos eucarísticos no se hizo sin reticencias de parte de un clero cuya doctrina en este punto frecuentemente era tributaria de una formación rigorista.

Varias disposiciones los acompañaron, con la finalidad de facilitar su práctica. En favor de los enfermos, a quienes la obligación del ayuno les impedía comulgar, fueron los decretos del 7 de diciembre de 1906 y del 6 de marzo de 1907, introduciendo algunas dispensas. Para ellos, la Congregación de los Sacramentos, en diciembre de 1912, facilitaba el llevarles las Hostias Consagradas.

Aquí también se debe mencionar el apoyo de San Pío X a la Cruzada Eucarística, que santificara a millones de niños durante décadas. De hecho, entre los Santos no han faltado niños, y Pío XII brindará un caluroso homenaje a su predecesor en una carta oficial del 9 de septiembre de 1948.
Para acabar con este aspecto litúrgico, se podría agregar todavía la inscripción de cuatro Beatos al catálogo de los Santos y de 63 nuevos Beatos.

CONCLUSIÓN

El conjunto de las modificaciones litúrgicas de San Pío X manifiesta la amplitud y la audacia de sus ambiciones.

Algunos, en su época, han pronunciado la palabra “revolucionario”, en particular en cuanto a su decreto sobre la comunión frecuente (1905) y el referido a la edad de la primera comunión (1910). Tomado en un sentido peyorativo, por supuesto que es inexacto. Sin embargo, tomado con un poco de exageración, significa bastante bien la audacia de muchas de sus reformas.
Profundamente marcado por su experiencia pastoral a través de todos los escalones de la Jerarquía de la Iglesia, este Papa realista supo iniciar las reformas necesarias para la santificación del clero y de los fieles a comienzos del siglo XX. San Pío X veía a lo lejos. De esto, aún hoy vemos los frutos. Falsamente acusado de ser fixista, o, más peyorativamente todavía, de ser un Papa del siglo XIX, este Santo Papa probó por el contrario su modernidad por medio de su inmensa obra de restauración litúrgica. No temió tampoco las reacciones hostiles de ciertos clérigos demasiado sensiblemente apegados a unas formas de piedad propias de un pasado caduco… Su apego indefectible a los principios esenciales y su flexibilidad en las materias más contingentes nos hacen de él un modelo de prudencia pontificia para hoy.

Desgraciadamente, la historia de la Iglesia nos ha demostrado que este impulso muy rápidamente fue desviado de su verdadero fin, y fue recuperado por los iniciadores de los cambios que se conocen. Basta con citar a Dom Lambert Beauduin:
“El foco en el cual debe sellarse y renovarse todos los días esta Alianza de la humanidad con la Santísima Trinidad, es el Sacrificio Eucarístico, sintetizado por el altar, centro de toda la liturgia.

La disposición del altar es la de las antiguas basílicas romanas. El celebrante se dirige hacia el pueblo, para significar «la participación activa de los fieles en los misterios sacrosantos», objetivo principal fijado por Pío X para la restauración litúrgica”. (10)

Se ve allí brotar una nueva interpretación, un nuevo rito, el culto del hombre que se hace Dios, la participación de los fieles que se convierten en actores de la liturgia, sujetos del rito sagrado y del sacerdocio. No hay nada más ajeno al pensamiento de San Pío X, que estos gérmenes de una revolución “en tiara y capa”.

R.P. PASCAL THUILLIER
(Profesor de filosofía en el Instituto San Pío X)


NOTAS:

(1) O. Rousseau, en “Historia del Movimiento Litúrgico” (París, Cerf,1945, pág. 201), cita extraída de Dom A. Stoelen, “El Papado y la renovación litúrgica al comienzo del siglo XX”, París, Bloud y Gay, 1930, págs. 780-801.
(2) Bendición enviada el 27 de agosto de 1903 a la Rassegna Gregoriana.
(3) Citado por Edgar Tinel, “Pío X y la música sagrada”. Música sacra, t. XXVIII, 1908-1909, págs. 19-27. 4. Doctrina Pontificia de S.S. San Pío X, Courrier de Rome,1993, T.1, pág. 49.
(4) Doctrina Pontificia de S.S. San Pío X, Courrier de Rome, 1993, T. 1, pág. 49.
(5) Cardenal Merry del Val: “Pío X, impresiones y recuerdos”, Ed. De la Obra de San Agustín, 1951, pág. 38.
(6) Doctrina pontificia de S.S. Pío X, “Courrier de Rome”,1993. T. 2, pág. 379.
(7) A. Molien, “El oficio en el breviario romano’; Liturgia, París, Bloud et Gay, 1931, págs. 606-607.
(8) H. Vinck, “Una tentativa de Pío X para fijar la fecha de Pascua’; en “Revista de Historia Eclesiástica”; abriljunio de 1975, págs. 462-468.
(9) Ferreres, SJ., “La comunión frecuente y diaria’; en su prólogo.
(10) Dom Lambert Beauduin, O.S.P., en “La piedad litúrgica”, Fides, 1947, pág. 14.

Tomado de IESUS CHRISTUS Nº 88 Julio/Agosto de 2003

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