LA FIESTA DEL CORPUS CHRISTI

Por: SAN PEDRO JULIÁN EYMARD

 

Haec est dies quam fecit Dominus.

«Éste es el día que hizo el Señor»

(Psal. CXVII, 24)

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Todos los días proceden de Dios: su bondad es la que mantiene la admirable sucesión de los mismos. Sin embargo, Dios ha concedido seis de ellos al hombre para que atienda todos sus trabajos  y necesidades, y Él se ha reservado el séptimo. El domingo es, por tanto más especialmente el día del Señor. Más entre todos los días hay uno que se llama, por antonomasia, el día de Dios, o el día de la Fiesta del Señor. Este es verdaderamente, el día que Dios se reservó para sí, para su gloria y para manifestarnos su amor. La Fiesta de Dios…, ¡que nombre más hermoso! La Fiesta de Dios y también nuestra fiesta. Veamos cómo.

I

La fiesta que la Iglesia intitula del santísimo Cuerpo de Jesucristo – Festum sacratissimi Corporis Christi– es el único día consagrado a honrar exclusivamente su persona adorable y su presencia real y viva entre nosotros. Las demás fiestas celebran algún misterio de su vida pasada: son hermosas y honran a Dios, y son muy fecundas en gracias para nosotros. Con todo, no son más que un recuerdo, un aniversario de un pasado ya lejano que no revive sino en nuestra piedad. El Salvador no está ya en estos misterios; los realizó una vez, y después… ya sólo permanece su gracia. Más aquí hay un misterio actual: la fiesta está ordenada a la persona viva de nuestro adorable Salvador, que se halla presente entre nosotros. Por eso se celebra de una manera particular. En ella no se exponen reliquias o emblemas del pasado, sino al mismo que es objeto de la fiesta, que es algo actualmente vivo. Por manera que en los países en los cuales Dios goza de libertad, todo el mundo proclama su presencia, todos se prosternan en señal de acatamiento; los mismos impíos se conmueven e inclinan ante Él ¡Dios está allí! ¡Que gloriosa es para la presencia de nuestro señor Jesucristo esta fiesta en la que todos le reconocen y le adoran!

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD

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Es también la fiesta más amable. Nosotros no hemos presenciado todos esos misterios de la vida y muerte del Salvador que celebramos en el transcurso del año; si bien nos regocijamos en ellos, porque de ellos fluyen las gracias a raudales sobre nosotros. Más aquí nosotros mismos participamos del misterios; se realiza a muestra vista: este misterio es para nosotros; y entre Jesús viviendo en el santísimo Sacramento, y nosotros viviendo en medio del mundo, hay cierta relación de vida, hay una relación de cuerpo a cuerpo; por eso esta fiesta se denomina simplemente fiesta de nuestro Señor. Por este cuerpo nos ponemos en contacto inmediato con Jesucristo, que se convierte en nuestro alimento, que se hace nuestro hermano y nuestro huésped. ¡Fiesta del cuerpo de Jesucristo! ¡Cuánto amor no encierra este nombre, tan humilde y acomodado a nuestra miseria! Jesucristo deseó esta fiesta para acercarse todavía más a nosotros, a manera de un padre que espera  a que su hijo le felicite en sus días de fiesta para demostrarle más vivamente su amor paternal y concederle algún favor especial.

Que esta sea una fiesta de franca alegría y de grandes esperanzas para nosotros de alcanzar con ocasión de ella los más amplios favores. Todos los himnos y todos los cánticos de esta solemnidad expresan este pensamiento, es a saber: que Jesucristo se mostrará con todos más propicio que en los demás días. Parece que la Iglesia debería celebrar la fiesta de que hablamos el día de jueves santo, día en el cual fue instituida la Eucaristía; pero en ese día de duelo no hubiera podido celebrar con bastante esplendor y magnificencia toda su alegría; el Jueves santo comienza la pasión, y sería imposible juntar el júbilo y la santa expansión de aquella solemnidad con el pensamiento de muerte que predomina esos días augustos de semana santa. La fiesta del Corpus se retrasó también hasta después de la ascención, porque aún quedaban tristes despedidas que hacer;  había de tener lugar todavía una dolorosa separación, y se aplazó hasta después del Pentecostés, para que llenos de los dones y alegrías del Espíritu santo, pudiésemos celebrar con todo el esplendor posible la fiesta del divino esposo que habita entre nosotros.

II

corpus-christi8La fiesta del Corpus es la mayor festividad de la iglesia. La Iglesia es la esposa de nuestro Señor glorioso, de nuestro Señor resucitado y no de Jesucristo en su nacimiento o en su muerte; cuando se realizaron estos sucesos la Iglesia no existía todavía. Sin duda que la Iglesia querrá celebrar todos los acontecimientos de la vida de su divino esposo en Belén y en los sufrimientos de su pasión; pero de todos esos misterios no tendrá sino el recuerdo y las gracias que ellos encierran.

Más Jesucristo se halla con su Iglesia y está vivo en el Sacramento. Los que nunca han entrado en un templo cristiano, juzgan que la Iglesia es una viuda, o un cadáver, y consideran sus templos como lugares en los cuales no se habla más que de muerte y de sufrimiento. Más ved lo que sucede: esos mismos que no asisten jamás a sus solemnidades, la admiran hoy viéndola tan hermosa y rica, y agraciada con sus dones naturales, a todo lo cual da mayor realce la presencia de  su Dios…, de su esposo. ¡Que esplendido cortejo la acompaña! ¡Cómo doblan los fieles las rodillas! ¡La Iglesia ostenta a su esposo a la faz del mundo en la radiante custodia! ¡Ah! ¿Quién la podrá llamar viuda en éste día? ¡Sus amigos adoran, sus enemigos tiemblan! Jesús se ofrece a la vista de todos, bendice a los buenos, mira con lástima a los pecadores, llamándolos y atrayéndolos. El triunfo de la fe llama el Concilio de Trento a esta fiesta, y ciertamente que lo es como es también el triunfo de la Iglesia, merced a su divino Esposo.

III

En fin, esta fiesta es la de nosotros los adoradores del santísimo Sacramento. La congregación del santísimo Sacramento con todas sus ramificaciones no existe sino para consagrar a Jesucristo una fiesta del Corpus continua. Prolongar esta fiesta durante todo el año…, he aquí la norma de nuestra vida y de nuestra felicidad. Nosotros dejamos a otros hijos de la Iglesia el cuidado de los pobres, la curación de las llagas morales y físicas de la pobre humanidad y la administración de los sacramentos; nosotros solamente somos llamados a a perpetuar la fiesta del Corpus. Esta es, por tanto, nuestra fiesta especial, la festividad de nosotros los religiosos. En cuanto a vosotros, ¡oh, hermanos míos!, puede llamarse también vuestra fiesta. ¿No os habéis consagrado enteramente al servicio del santísimo Sacramento? Durante la noche os retiráis vosotros y nos confiáis la guarda de nuestro Señor…; así lo exigen las conveniencias; pero dejáis vuestro corazón a los pies del divino rey y puede decirse que pasáis aquí la vida. Por lo demás, cuando comulgáis, ¿no celebráis en vuestros corazones una verdadera fiesta del Corpus? ¡Ah, bien sabéis que alegría y que felicidad trae consigo Jesús…, hasta me atrevería a decir que para las almas que saben comulgar no hay más que una fiesta: ¡comulgar! Hallan aquí al que es objeto de todos los misterios, a Aquél que los ha consumado y en cuyo honor se celebran, en tanto que la mayor parte de los cristianos no tienen de ello sino un vago recuerdo.

Aún más: si nuestro señor Jesucristo no viviera en su sacramento, todas las fiestas cristianas no serían otra cosa que funerales repetidos. Pero la Eucaristía es el sol de las fiestas de la Iglesia; las ilumina y les comunica vida y animación.

Con sobrada razón se ha dicho que el alma que comulga bien y a menudo asiste a un continuo festín: iuge convivium. Vivir en sí mismo con Jesús, en Jesús, de Jesús y por Jesús es transformarse en un tabernáculo y en un precioso copón. ¡Oh, que grande es la alegría de esas almas, alegría pura e inalterable!

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Ea, pues, sabed distinguir este día de todos los demás. Nuestro Señor tiene también sus días en los cuales se manifiesta como rey: tal es el de hoy. Propio de reyes es hacer mercedes. Ofrecedle vosotros vuestros homenajes, y Él, en cambio, os lo concederá todo, porque se os dará a sí mismo con mayor efusión de gracias. Bien sabe distinguir entre sus amigos y conoce a los que debe favorecer con más abundantes gracias. Lo que deseo y anhelo de vosotros en este hermoso día, no es que seáis grandes santos cargados de virtudes magníficas y extraordinarias -¿cuando lo seráis?-, sino que seáis felices en el servicio de Dios, y también que nuestro señor Jesucristo se comunique a vosotros más tierna y afectuosamente. Siniendoos más amados, haréis de vosotros una entrega más completa y el resultado de estos dos amores será la unión perfecta. En esto estriba la santidad y la perfección; pedid confiadamente a Jesucristo que os haga llegar a este estado. Dadle vuestro corazón todo entero. Jesús es un padre tierno y cariñoso y es necesario que vosotros seáis para con Él hijos amantes: Jesús es un amigo afectuoso…; gustad su amor. Tiemblo ¡ay!, por la salvación del que no ha probado nunca la bondad de Dios. ¡Introducíos y penetrad en esta bondad inmensa! Sentite de domino in bonitate. 

740ae-adornos6 Tomado de: 
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