El infierno: razones teológicas de la eternidad de las penas

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3 noviembre, 2015

Hemos visto el progreso de la Revelación acerca de las penas del infierno. Según muchos teólogos, es muy probable que sólo los pecadores inveterados y empedernidos en la vida presente vayan al infierno (cf. II Petr., III, 9), porque“el Señor es paciente con nosotros, y no quiere que nadie perezca, sino que todos vuelvan a penitencia”.

Conviene, en primer lugar, considerar la razón de las penas ultraterrenas y, luego, la razón de la eternidad de las penas del infierno.

Ante todo, la justicia de Dios exige que los pecados no expiados en esta vida sean castigados en la otra. Como Juez Soberano de vivos y muertos, Dios se debe a sí mismo el dar a cada cual según sus obras. Esto se afirma con frecuencia en las Sagradas Escrituras (Eccl., XVI, 15; Math., XVI, 27; Rom., II, 6). Además, cómo Soberano Legislador, Rector y Remunerador de la sociedad humana, Dios debe dar a sus leyes una sanción eficaz.

Santo Tomás muestra muy bien (I, II, q. 87, a. 1) que quien se levanta injustamente contra el orden justamente establecido debe ser reprimido en nombre del principio mismo que se halla a la base de ese orden y vela por su mantenimiento. Es la extensión al orden moral y social de la ley natural de la acción y la reacción, según la cual la acción nociva reclama la represión que repara el daño causal. Por eso, el que obra libremente contra la voz de la conciencia merece el remordimiento, que su voz reprende; el que obra contra el orden social merece una pena infligida por el magistrado encargado de la custodia del orden social; el que obra contra la ley divina merece una pena infligida por Dios, bien en esta vida, bien en la futura. Se dan aquí tres órdenes manifiestamente subordinados. Sigue leyendo

El infierno: la vida eterna perdida para siempre

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30 octubre, 2015

Hablaremos extensamente sobre el infierno, por tres razones:

Hoy se predica poco sobre este asunto y se deja caer en el olvido una verdad tan saludable; no se reflexiona bastante que el temor del infierno es el principio de la prudencia y conduce a la conversión. En este sentido, se puede decir que el infierno ha salvado muchas almas.

Además, circulan muchas objeciones demasiado superficiales contra la existencia del infierno, que a algunos creyentes les parecen que responden a la verdad con mejores títulos que las respuestas tradicionales. ¿Por qué? Porque no han profundizado ni han querido desentrañar esas respuestas. Es muy fácil aferrarse a una objeción superficial, hecha desde un punto de vista inferior y exterior, mientras que es difícil aferrar bien una respuesta que escrute las profundidades de la vida del alma, o la desmesurada excelsitud de la justicia de Dios. Hace falta mayor madurez de pensamiento y mayor penetración. Un sacerdote rogó un día a uno de sus amigos, abogado, que preparase, para una conferencia seguida de discusión, objeciones a la doctrina del infierno. El abogado preparó la exposición de las objeciones comunes de una forma brillantísima y desde un punto de vista accesible a todos, y de modo que afectaba fuertemente a la imaginación. Y a causa de que el sacerdote no se había preparado sino muy sumariamente para rebatirle, las objeciones parecieron más fuertes que las respuestas; éstas parecieron verbales; de hecho no afectaban a la imaginación, ni conducían con suficiente fuerza la inteligencia de los oyentes a penetrar las nociones del pecado mortal sin arrepentimiento, de la obstinación, y del estado de término, tan diverso del estado de vía, y la noción, en fin, de la infinita justicia de Dios. Es, pues, preciso insistir en todos estos puntos, tanto más cuanto que el dogma del infierno hace, por contraste, apreciar en mayor grado el valor de la salvación eterna.

Aún más : nunca se conoce tan bien el valor de la justicia como cuando se sufre una grave injusticia o se ve uno amenazado por ella. Nuestro Señor iluminó a Santa Teresa sobre la belleza del Cielo después de haberle mostrado el puesto que habría ocupado en el infierno si hubiese seguido el camino en que había dado sus primeros pasos.

El infierno indica también el lugar en que se encuentran los condenados. Sigue leyendo

15 de Agosto : La Asunción al Cielo de la Santísima Virgen María

San Bernardo no halla reparo en decir que la Asunción de María es tan inefable como la generación de Cristo.

San Bernardo no halla reparo en decir que la Asunción de María es tan inefable como la generación de Cristo.

 

Ya en fin llegó, carísimos hermanos míos, dice san Agustín, este día tan venerable para nosotros; este día que excede todas cuantas festividades solemnizamos en honor de los santos; este día tan célebre; este clarísimo día en que creemos que la Virgen María pasó desde este mundo a la gloria celestial: Adest nobis, dilectissimi fratres, dies valde venerabilis, dies omnium sanctorum solemnitates praecellens,dies inclyta, dies praenclara, dies in qua é mundo migrasse treditur virgo Maria. Resuenen en toda la tierra las alabanzas, los festivos clamores de alegría en el día glorioso de su triunfante Asunción: Laudes insonet universa térra cum summa exultatione, santae virginis illustrata excessu. Porque sería cosa muy indigna que no celebrásemos con extraordinaria devoción, culto y aparato, la solemne fiesta de aquella por quien merecimos recibir al Autor de la vida: Qua indignum valdé est, id illius recordationis solemnitas si apud nos sine máximo honor e, perquam merunmus Auctorem vitae suscipere. Este es uno de los más célebres días del año, dice san Pedro Damiano, por ser el dia en que la santísima Virgen, digna por su nacimiento del trono real, fue elevada por la santísima Trinidad hasta el trono del mismo Dios, y colocada tan alto junto a la admirable Trinidad, que se arrebata hacia sí los ojos y la admiración de los ángeles: Sublimis illa dies est, in qua Virgo regalis, ad thronum Dei Patris evehitur, et in ipsius Trinitatis sede reposita, naturam angelicam sollicitat ad videndum. A la verdad, el misterio de este día es superior a todas nuestras expresiones; y san Bernardo no halla reparo en decir que la Asunción de María es tan inefable como la generación de Cristo : Christi generationem, et Maríae Assumptionem quis enarrabit? Pasmados de admiración a vista de una gloria que tiene suspensos y como embargados de asombro a los mismos ángeles, nos contentaremos con referir la historia de este admirable misterio.

La opinión más recibida en la Iglesia, fundada en la tradición, es que, después de la Ascensión del Salvador a los cielos y de la venida del Espíritu Santo, vivió la Virgen veintitres años y algunos meses más en este mundo. Aunque era tan abrasado y vivo el deseo que tenia la Señora de seguir al cielo a su querido Hijo, consintió quedarse en la tierra para el consuelo de los fieles, y para atender a las necesidades de la Iglesia recién nacida, conviniendo que su presencia supliese de alguna manera la ausencia corporal de Jesucristo. Lo mucho que podía en el cielo era de gran socorro a los fieles que vivían en la tierra, alcanzando aquellos primeros tiempos de persecución, sosteniéndose su fe con la noticia y con el consuelo de que aun vivía entre ellos la Madre de su Dios. Era la Virgen su oráculo, su apoyo y todo su refugio. Fortalecía su virtud, animaba su celo, enseñaba a los doctores, dice el sabio Idiota, y era como el oráculo de los mismos apóstoles.Doctricem doctorum, magistram apostolorum. Y el abad Ruperto asegura que en cierto modo suplía con sus instrucciones lo que el Espíritu Santo no tuvo por conveniente descubrirles, habiéndoseles comunicado, por decirlo así, con limite y con medida; y los santos padres convienen en que el evangelista san Lucas supo singularmente de boca de la santísima Virgen las particulares circunstancias de la infancia del niño Jesús, que deió especificadas en su evangelio, y que aun por eso se dice en él que María no dejaba perder cosa alguna de las que entonces pasaban, conservándolas en su memoria y meditándolas en su corazón: Maria, conservabat omnia verba haec, conferens in corde suo.

Durante el espacio de estos veintitrés años, la vida de la santísima Virgen fue un continuo ejercicio del más puro amor y un perfecto modelo de todas las virtudes; una oración no interrumpida, y esta misma oración un éxtasis perpetuo. Visitaba con frecuencia los sagrados lugares que el Salvador había santificado con su presencia, cumpliendo los misterios de nuestra redención. Aunque esta divina Madre vivía en la tierra, su corazón nunca se separaba de su amado Hijo, que habitaba en el cielo. Pasábanse pocos dias sin que Jesucristo se le apareciese, y ninguno en que no conversase familiarmente con los ángeles, singularmente destinados a su servicio; y aunque distante de la celestial Jerusalén, mientras duró su habitación en la tierra, gustaba abundantemente de todas sus delicias. Sigue leyendo

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

ORIGEN DE LA CELEBRACIÓN

En la Constitución Ineffabilis Deus de 8 de Diciembre de 1854, Pío IX pronunció y definió que la Santísima Virgen María “en el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia concedidos por Dios, en vista de los méritos de Jesucristo, el Salvador del linaje humano, fue preservada de toda mancha de pecado original”. De esta manera proclamaba como dogma de fe de forma definitiva lo que la tradición popular había sostenido desde los comienzos de la Iglesia.

Toda hermosa eres, María, y la mancha original no se halla en ti.

Toda hermosa eres, María, y la mancha original no se halla en ti.

1. La Sagrada Escritura
En la Sagrada Escritura encontramos algunas referencias (aunque no directas) a la Virgen. El primer pasaje escriturístico que contiene la promesa de la redención menciona también a la Madre del Redentor: “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer y su estirpe; ella aplastará tu cabeza cuando tú aceches para morderle su talón” (Génesis 3,15).

Por otra parte en el evangelio de san Lucas, el saludo del ángel Gabriel (Cfr. Lucas 1,28) “Dios te salve, llena de gracia”, chaire kecharitomene, indica una alabanza a la abundancia de gracia, un sobrenatural estado del alma agradable a Dios, que encuentra explicación sólo en la Inmaculada Concepción de María.

También se han visto referencias a la Virgen María en el libro de los Proverbios, el Eclesiático y el Cantar de los Cantares (Cfr. Cant. 4:7).

2. Los Padres de la Iglesia
Respecto de la impecabilidad de María, los antiguos Padres son muy cautelosos, aunque insisten en dos puntos sobre todo: la absoluta pureza de María y su posición como segunda Eva (Cfr. 1 Cor 15:22).

Esta celebrada comparación entre Eva, por algún tiempo inmaculada e incorrupta -no sujeta al pecado original- y la Santísima Virgen es desarrollada por varios Padres de la Iglesia:
san Justino, san Ireneo de Lyon, Tertuliano, San Cirilo de Jerusalén y Sedulio entre otros.

Los escritos patrísticos sobre la absoluta pureza de María son muy abundantes:
Orígenes la llama “digna de Dios, inmaculada del inmaculado, la más completa santidad, perfecta justicia, ni engañada por la persuasión de la serpiente, ni infectada con su venenoso aliento.

San Ambrosio dice que “es incorrupta, una virgen inmune por la gracia de toda mancha de pecado”.

San Agustín declara que todos los justos han conocido verdaderamente el pecado “excepto la Santa Virgen María, de quien, por el honor del Señor,yo no pondría en cuestión nada en lo que concierne al pecado”.

Los Padres sirios nunca se cansaron de ensalzar la impecabilidad de María.

San Efrén describe la excelencia de la gracia y santidad de María: “La Santísima Señora, Madre de Dios, la única pura en alma y cuerpo, la única que excede toda perfección de pureza, única morada de todas las gracias del más Santo Espíritu […], mi Señora santísima, purísima, sin corrupción, la solamente inmaculada”.

3. El origen de la fiesta
La antigua fiesta de la Concepción de María (Concepción de Santa Ana), que tuvo su origen en los monasterios de Palestina a final del siglo VII, y la moderna fiesta de la Inmaculada Concepción no son idénticas en su origen, aunque la fiesta de la Concepción de Santa Ana se convirtió con el paso del tiempo en la de la Inmaculada Concepción.

Para determinar el origen de esta fiesta debemos tener en cuenta los documentos genuinos que poseemos. El más antiguo es el canon de la fiesta, compuesto por san Andrés de Creta, quien escribió su himno litúrgico en la segunda mitad del siglo VII.

En la Iglesia oriental la solemnidad emergió de comunidades monásticas, entró en las catedrales, fue glorificada por los predicadores y poetas, y eventualmente fue fijada fiesta en el calendario de Basilio II, con la aprobación de la Iglesia y del Estado.

En la Iglesia occidental la fiesta aparece cuando en el oriente su desarrollo se había detenido. El tímido comienzo de la nueva fiesta en algunos monasterios anglosajones en el siglo XI, en parte ahogada por la conquista de los normandos, vino seguido de su recepción en algunos cabildos y diócesis del clero anglo-normando.

El definitivo y fiable conocimiento de la fiesta en Occidente vino desde Inglaterra; se encuentra en el calendario de Old Minster, Winchester, datado hacia el año 1030, y en otro calendario de New Minster, Winchester, escrito entre 1035 y 1056. Esto demuestra que la fiesta era reconocida por la autoridad y observada por los monjes sajones con considerable solemnidad.

Después de la invasión normanda en 1066, el recién llegado clero normando abolió la fiesta en algunos monasterios de Inglaterra donde había sido establecida por los monjes anglosajones. Pero hacia fines del siglo XI, a través de los esfuerzos de Anselmo el Joven, fue retomada en numerosos establecimientos anglo-normandos.

Durante la Edad Media la fiesta de la Concepción de María fue comúnmente llamada la Fiesta de la nación normanda, lo cual manifiesta que era celebrada en Normandía con gran esplendor y que se extendió por toda la Europa occidental.

Por un Decreto de 28 de Febrero de1476, Sixto IV adoptó por fin la fiesta para toda la Iglesia latina y otorgó una indulgencia a todos cuantos asistieran a los Oficios Divinos de la solemnidad.

Para poner fin a toda ulterior cavilación, Alejandro VII promulgó el 8 de Diciembre de 1661 la famosa constitución Sollicitudo omnium Ecclesiarum en la que declaró que la inmunidad de María del pecado original en el primer momento de la creación de su alma y su infusión en el cuerpo eran objeto de fe.

Desde el tiempo de Alejandro VII hasta antes de la definición final, no hubo dudas por parte de los teólogos de que el privilegio estaba entre las verdades reveladas por Dios. Finalmente Pío IX, rodeado por una espléndida multitud de cardenales y obispos, promulgó el dogma el 8 de Diciembre de 1854.

Tomado de:

https://eccechristianus.wordpress.com/

UN LENGUAJE NUEVO PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN Parte III de III

 

 

 

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Antes de entrar en la exposición de algún ejemplo con el que poner de relieve algún acto público realizado al estilo neocón, quizá sea conveniente recordar brevemente lo esencial de la doctrina modernista. Así se entenderá mejor la difícil situación en la que se encuentra cualquier católico neocón, hoy tan frecuentes en el Catolicismo moderno.

El problema no es sencillo de resolver. Pues todo indica que la actitud del neocón suele desembocar en una aguda esquizofrenia a la que le conduce su empeño en mantener el Catolicismo, pero aceptando a la vez las doctrinas modernistas que pretenden poner al día la Religión fundada y predicada por Jesucristo. Es tan difícil situación la que obliga al católico neocón a utilizar una compleja verborrea, estrambótica, cientificista e ininteligible, con la que tranquiliza su conciencia y consigue creer que es un cristiano actualizado y reconciliado con la modernidad.

Según la recta Doctrina Católica, el hombre es capaz de conocer a Dios a través de las cosas creadas, remontándose a través de ellas hasta la Causa y el Creador de todas y utilizando su propia inteligencia (conocimiento natural de Dios), tal como se dice en Ro 1: 19–20. O también lo puede conocer, pero ya de una manera más completa y segura, a través del propio asentimiento de fe prestado a las Verdades Reveladas, según están contenidas en la Sagrada Escritura y la Tradición y custodiadas por el legítimo y auténtico Magisterio de la Iglesia (conocimiento sobrenatural de Dios). Sigue leyendo

UN LENGUAJE NUEVO PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN Parte II de III

 

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Son de admirar los inauditos esfuerzos de este grupo de católicos, generalmente conocidos como neocones y de los que estoy seguro que obran con la mejor buena voluntad, por conciliar la auténtica Tradición de la Iglesia con las doctrinas progresistas (modernistas) de la Nueva Iglesia. Por supuesto que han transcurrido siglos desde que los hombres comenzaron a intentar lograr la cuadratura del círculo; o por decirlo de otra manera, tratar de conciliar lo inconciliable. Como ejemplo cercano, ahí están los intentos de poner de acuerdo a Santo Tomás de Aquino con los filósofos idealistas (Kant, Hegel, etc.). Intentos repetidos una y otra vez y que siempre han terminado en estrepitoso fracaso.

Algunos se sienten molestos por el uso del término neocón, al que acusan de peyorativo. Y efectivamente tendrá ese sentido si se le atribuye intencionadamente. Yo, desde luego, no lo uso con mala fe, pero de alguna manera hay que llamar a las cosas. Aquí sucede algo parecido a quienes piensan que usar la palabra cojo para designar a un hombre privado de piernas, en lugar de llamarlo discapacitado, es una grave ofensa. Sin embargo, la palabra castellana cojo es la que siempre se ha usado, mientras que resultaría difícil encontrar en ella indicios de insulto. Al contrario de lo que sucede con la de discapacitado, que es un neologismo que suena a ridículo y que lo mismo serviría para designar a la multitud de los que andan desprovistos de la capacidad de pensar, consecuencia del lavado de cerebro con el que los medios del Sistema someten a las masas. Y es que nos hemos acostumbrado a dejar de llamar a las cosas por su nombre.

Pero el buenismo de los neocones los impulsa a intentar arreglos allí donde no es posible el arreglo. Para ellos todo se puede justificar en la Nueva Iglesia. La hermenéutica de la continuidad de Benedicto XVI, por ejemplo, es un mágico sésamo–ábrete que puede solucionar los problemas que plantean doctrinas (preconciliares versus postconciliares) al parecer distintas y hasta contradictorias. Siempre se han inventado los hombres un buen número de frases maestras, algo así como las llaves que abren todas las puertas; aunque, en realidad, nadie sepa lo que significan tales frases. Benedicto XVI no explicó nunca claramente el significado de esa expresión ni dónde estaba la continuidad. Fue él mismo, por ejemplo, quien dijo que la Gaudium et Spes era un verdadero Contra–Syllabus, refiriéndose al Syllabus en el que Pío IX condenaba el Modernismo. Además de sostener que muchas disposiciones y Documentos de la Iglesia preconciliar ya no tenían vigencia y necesitaban ser revisadas. Recuérdese también la supresión del Juramento Antimodernista y la derogación de las leyes que condenaban la Masonería, entre otros ejemplos que podrían aportar serias objeciones a la creencia en la continuidad.

Benedicto XVI Fanon_thumb[1] Sigue leyendo

UN LENGUAJE NUEVO PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN Parte I de III

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El Concilio Vaticano II removió los cimientos de la Iglesia, llamada hasta entonces Iglesia Católica, Apostólica y Romana y que, hasta ese momento, siempre había sido considerada como la fundada por Jesucristo y la Única Verdadera.

Pero, dado que el Concilio, a pesar de su expresa afirmación en contrario, promovió cambios fundamentales en la Doctrina Perenne en la que siempre se habían fundamentado todos los Dogmas, la Moral y la Liturgia católicas, y como una exigencia además de la forma en la que se llevaron a cabo tales modificaciones, era consecuencia lógica y obligada la modificación y reestructuración del lenguaje hasta entonces utilizado por la Doctrina de la Iglesia.

Las modificaciones en el lenguaje adquirieron formas variadas, más o menos importantes, y que comenzaron sobre todo a partir de los Documentos Conciliares para ser continuadas, y hasta incrementadas, por toda la Pastoral posterior.

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Una de ellas, bastante frecuente en los Documentos elaborados por el Concilio, es la que contempla el uso de la ambivalencia, o empleo de palabras de doble sentido y sujetas a varias interpretaciones. Es un hecho más que comprobado y que hoy día nadie discute, así como tampoco los propósitos de sus autores. Que consistían principalmente en introducir bombas de tiempo, sabiamente utilizadas y dispuestas a ser manipuladas en su debido momento, con el fin de extraer de ellas el contenido modernista realmente pretendido en su significado.

También se empleó —y se sigue empleando, incluso ahora con mayor frecuencia— el instrumento de la confusión, que es uno de los que han conducido a la Iglesia al estado actual de Torre de Babel, en la que ya nadie entiende nada y en el que a los fieles les resulta imposible saber a qué atenerse.

Elemento común, extraordinariamente importante, entre los instrumentos de lenguaje de los que se ha valido la nueva Pastoral Modernista, hoy vigente en la casi totalidad de la Iglesia, es el uso de los vocablos y términos tradicionales, comunes y conocidos desde siempre por los fieles, pero atribuyéndoles ahora un nuevo sentido, por supuesto de tendencia modernista y acorde con lo que propugna la Nueva Iglesia Universal que ahora se busca. En favor de la cual —preciso es reconocerlo— la argucia ha proporcionado resultados excelentes, puesto que ha evitado poner sobre aviso y provocar cualquier posible extrañeza de los ingenuos, dispuestos siempre a tragar de todo (en realidad la inmensa mayoría de los católicos, cada vez menos provistos de formación y cada vez más adoctrinados por el Mundo).

Aunque finalmente no vamos a ocuparnos aquí con más detalle de un tema ya bastante conocido y estudiado, del que se han ocupado numerosos analistas y que tampoco constituye el objeto directo de estos editoriales. Sigue leyendo

ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

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Exposición dogmática

La segunda festividad que se celebra en el Tiempo Pascual es la de la Ascensión, coronamiento de toda la vida de Jesús.

Convenía, en efecto, que el divino Resucitado no pisase más el barro de este nuestro mísero suelo, sino que volviese al Padre en cuyo seno nació, en cuanto Dios, desde la eternidad.

Éste recibió a la Santa Humanidad de su Hijo «con gozo tal que ninguna criatura es capaz de expresarlo» (S. Cipriano).

Era menester que Cristo tomase posesión del reino de los cielos con su Pasión conquistado y que, «colocando nuestra frágil naturaleza a la diestra de la gloria de Dios», nos abriese de par en par la casa de su Padre y nos hiciese ocupar, como hijos de Dios que somos, los sitiales dejados vacíos por los ángeles caídos.

Así que Jesús entra en los cielos vencedor de Satanás y del pecado, los Ángeles le aclaman como a rey suyo, las almas de los Justos salidas de los Limbos forman su gloriosa escolta. «Me voy a prepararos un lugar»,dijo a sus Apóstoles. S. Pablo afirma que Dios nos ha hecho asentar con Jesús en los cielos, porque, por la esperanza, ya somos salvos, y parece natural que allá donde está la cabeza, allá estén también sus miembros. Por donde el triunfo de Jesús es a la vez el triunfo de su Iglesia.

Así como en la Ley Antigua entraba el Sumo Sacerdote en el Santo de los Santos para ofrecer a Dios la sangre de las víctimas, así Jesús entra en el Santo de los Santos de la celestial Jerusalén, para ofrecer su propia sangre, la sangre de la Nueva Alianza, y para recabarnos los divinos favores.

El día de la Ascensión es aquel en que al mostrar Jesús al Padre sus gloriosas llagas, inauguró su sacerdocio celestial y nos alcanzó el Espíritu Santo con sus dones.

La Ascensión, complemento de todas las fiestas de Cristo, es asimismo el principio de nuestra santificación. «Se ha elevado a los cielos para hacernos particioneros de su divinidad» (Pref.). Y es que no le bastaba al hombre apoyarse en los méritos que la Pasión del Redentor le granjeara, no le bastaba tampoco unir a ella el recuerdo de su Resurrección. El hombre no ha sido restaurado sino mediante la unión de esos dos misterios con un tercero, con el misterio de la triunfante Ascensión de Jesús a los cielos.

Exposición histórica

Cuarenta días después de la Resurrección de Cristo celebra el Ciclo pascual el aniversario del día que señala el término del reinado visible de Jesús en la tierra.

Los Apóstoles que, al acercarse Pentecostés, habían acudido a Jerusalén, estaban reunidos en el Cenáculo cuando Jesús se les apareció y comió con ellos por última vez.

Luego los sacó camino de Betania al Monte de los Olivos, que es el más alto de cuantos rodean a la santa Ciudad.

Jesús entonces, bendijo a sus Apóstoles y cual águila real, volose al cielo, a eso del mediodía. Una nube le ocultó a sus miradas y dos Ángeles anunciaron a los Discípulos cómo Cristo que ahora se iba, había de volver al fin del mundo.

Exposición litúrgica

La solemnidad de la Ascensión se confundió en otros tiempos con la de Pentecostés; ya que el tiempo Pascual era considerado todo él como una fiesta continuada, que no terminaba hasta la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Pero pronto se celebró la Ascensión el día 40 después de la Resurrección, lo mismo que su vigilia y Octava. El rito simbólico que la caracteriza es el de apagar el Cirio pascual, cuya luz figuraba durante esta santa cuarentena a Jesús, presente en medio de sus discípulos. Se le apaga después del Evangelio de ese día, en que se nos habla de la partida del Redentor para el cielo.

Los ornamentos blancos y el Aleluya «esa gotita de gozo sumo, en que nada la celestial Jerusalén», en frase de Ruperto, significan la alegría en que la Iglesia nada al acordarse del triunfo de Jesucristo, y al pensar en la dicha de los Ángeles y de los Justos de la Antigua Ley, que de ella participaron y de la espera del Espíritu Santo, que permitirá también a la Iglesia asociarse a ese triunfo.

ORACIÓN

Conceded, os rogamos, oh Dios omnipotente, que pues creemos que en este día subió al cielo vuestro Unigénito y Redentor nuestro, habitemos también nosotros en el cielo con Él en espíritu. Por J. C. N. S.

Fuentes:
– Misal Diario y Vesperal por Dom Gaspar Lefebvre, O.S.B.

Tomado de: http://eccechristianus.wordpress.com

El Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María

Constitución Apostólica

“Munificentissimus Deus “

del Sumo Pontífice

PÍO PP. XII

Se define como dogma de la Asunción de la Virgen María,


en cuerpo y alma a la gloria celeste.

1 de octubre de 1950

1. El munificentísimo Dios, que todo lo puede y cuyos planes providentes están hechos con sabiduría y amor, compensa en sus inescrutables designios, tanto en la vida de los pueblos como en la de los individuos, los dolores y las alegrías para que, por caminos diversos y de diversas maneras, todo coopere al bien de aquellos que le aman (cfr. Rom 8, 28).

2. Nuestro Pontificado, del mismo modo que la edad presente, está oprimido por grandes cuidados, preocupaciones y angustias, por las actuales gravísimas calamidades y la aberración de la verdad y de la virtud; pero nos es de gran consuelo ver que, mientras la fe católica se manifiesta en público cada vez más activa, se enciende cada día más la devoción hacia la Virgen Madre de Dios y casi en todas partes es estimulo y auspicio de una vida mejor y más santa, de donde resulta que, mientras la Santísima Virgen cumple amorosísimamente las funciones de madre hacia los redimidos por la sangre de Cristo, la mente y el corazón de los hijos se estimulan a una más amorosa contemplación de sus privilegios.

3. En efecto, Dios, que desde toda la eternidad mira a la Virgen María con particular y plenísima complacencia, «cuando vino la plenitud de los tiempos» (Gal 4, 4) ejecutó los planes de su providencia de tal modo que resplandecen en perfecta armonía los privilegios y las prerrogativas que con suma liberalidad le había concedido. Y si esta suma liberalidad y plena armonía de gracia fue siempre reconocida, y cada vez mejor penetrada por la Iglesia en el curso de los siglos, en nuestro tiempo ha sido puesta a mayor luz el privilegio de la Asunción corporal al cielo de la Virgen Madre de Dios, María.

4. Este privilegio resplandeció con nuevo fulgor desde que nuestro predecesor Pío IX, de inmortal memoria, definió solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción de la augusta Madre de Dios. Estos dos privilegios están, en efecto, estrechamente unidos entre sí. Cristo, con su muerte, venció la muerte y el pecado; y sobre el uno y sobre la otra reporta también la victoria en virtud de Cristo todo aquel que ha sido regenerado sobrenaturalmente por el bautismo. Pero por ley general, Dios no quiere conceder a los justos el pleno efecto de esta victoria sobre la muerte, sino cuando haya llegado el fin de los tiempos. Por eso también los cuerpos de los justos se disuelven después de la muerte, y sólo en el último día volverá a unirse cada uno con su propia alma gloriosa.

5. Pero de esta ley general quiso Dios que fuera exenta la bienaventurada Virgen Maria. Ella, por privilegio del todo singular, venció al pecado con su concepción inmaculada; por eso no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro ni tuvo que esperar la redención de su cuerpo hasta el fin del mundo.

6. Por eso, cuando fue solemnemente definido que la Virgen Madre de Dios, María, estaba inmune de la mancha hereditaria de su concepción, los fieles se llenaron de una más viva esperanza de que cuanto antes fuera definido por el supremo magisterio de la Iglesia el dogma de la Asunción corporal al cielo de María Virgen.

7. Efectivamente, se vio que no sólo los fieles particulares, sino los representantes de naciones o de provincias eclesiásticas, y aun no pocos padres del Concilio Vaticano, pidieron con vivas instancias a la Sede Apostólica esta definición.

Innúmeras peticiones

8. Después, estas peticiones y votos no sólo no disminuyeron, sino que aumentaron de día en día en número e insistencia. En efecto, a este fin fueron promovidas cruzadas de oraciones; muchos y eximios teólogos intensificaron sus estudios sobre este tema, ya en privado, ya en los públicos ateneos eclesiásticos y en las otras escuelas destinadas a la enseñanza de las sagradas disciplinas; en muchas partes del orbe católico se celebraron congresos marianos, tanto nacionales como internacionales. Todos estos estudios e investigaciones pusieron más de relieve que en el depósito de la fe confiado a la Iglesia estaba contenida también la Asunción de María Virgen al cielo, y generalmente siguieron a ello peticiones en que se pedía instantemente a esta Sede Apostólica que esta verdad fuese solemnemente definida.

9. En esta piadosa competición, los fieles estuvieron admirablemente unidos con sus pastores, los cuales, en número verdaderamente impresionante, dirigieron peticiones semejantes a esta cátedra de San Pedro. Por eso, cuando fuimos elevados al trono del Sumo Pontificado, habían sido ya presentados a esta Sede Apostólica muchos millares de tales súplicas de todas partes de la tierra y por toda clase de personas: por nuestros amados hijos los cardenales del Sagrado Colegio, por venerables hermanos arzobispos y obispos de las diócesis y de las parroquias.

10. Por eso, mientras elevábamos a Dios ardientes plegarias para que infundiese en nuestra mente la luz del Espíritu Santo para decidir una causa tan importante, dimos especiales órdenes de que se iniciaran estudios más rigurosos sobre este asunto, y entretanto se recogiesen y ponderasen cuidadosamente todas las peticiones que, desde el tiempo de nuestro predecesor Pío IX, de feliz memoria, hasta nuestros días, habían sido enviadas a esta Sede Apostólica a propósito de la Asunción de la beatísima Virgen María al cielo (1).

Encuesta oficial

11. Pero como se trataba de cosa de tanta importancia y gravedad, creímos oportuno pedir directamente y en forma oficial a todos los venerables hermanos en el Episcopado que nos expusiesen abiertamente su pensamiento. Por eso, el 1 de mayo de 1946 les dirigimos la carta Deiparae Virginis Mariae, en la que preguntábamos: «Si vosotros, venerables hermanos, en vuestra eximia sabiduría y prudencia, creéis que la Asunción corporal de la beatísima Virgen se puede proponer y definir como dogma de fe y si con vuestro clero y vuestro pueblo lo deseáis».

12. Y aquellos que «el Espíritu Santo ha puesto como obispos para regir la Iglesia de Dios» (Hch 20, 28) han dado a una y otra pregunta una respuesta casi unánimemente afirmativa. Este «singular consentimiento del Episcopado católico y de los fieles» (2), al creer definible como dogma de fe la Asunción corporal al cielo de la Madre de Dios, presentándonos la enseñanza concorde del magisterio ordinario de la Iglesia y la fe concorde del pueblo cristiano, por él sostenida y dirigida, manifestó por sí mismo de modo cierto e infalible que tal privilegio es verdad revelada por Dios y contenida en aquel divino depósito que Cristo confió a su Esposa para que lo custodiase fielmente e infaliblemente lo declarase (3). El magisterio de la Iglesia, no ciertamente por industria puramente humana, sino por la asistencia del Espíritu de Verdad (cfr. Jn 14, 26), y por eso infaliblemente, cumple su mandato de conservar perennemente puras e íntegras las verdades reveladas y las transmite sin contaminaciones, sin añadiduras, sin disminuciones. «En efecto, como enseña el Concilio Vaticano, a los sucesores de Pedro no fue prometido el Espíritu Santo para que, por su revelación, manifestasen una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, custodiasen inviolablemente y expresasen con fidelidad la revelación transmitida por los Apóstoles, o sea el depósito de la fe» (4). Por eso, del consentimiento universal del magisterio ordinario de la Iglesia se deduce un argumento cierto y seguro para afirmar que la Asunción corporal de la bienaventurada Virgen María al cielo -la cual, en cuanto a la celestial glorificación del cuerpo virgíneo de la augusta Madre de Dios, no podía ser conocida por ninguna facultad humana con sus solas fuerzas naturales- es verdad revelada por Dios, y por eso todos los fieles de la Iglesia deben creerla con firmeza y fidelidad. Porque, como enseña el mismo Concilio Vaticano, «deben ser creídas por fe divina y católica todas. aquellas cosas que están contenidas en la palabra de Dios, escritas o transmitidas oralmente, y que la Iglesia, o con solemne juicio o con su ordinario y universal magisterio, propone a la creencia como reveladas por Dios» (De fide catholica, cap. 3).

13. De esta fe común de la Iglesia se tuvieron desde la antigüedad, a lo largo del curso de los siglos, varios testimonios, indicios y vestigios; y tal fe se fue manifestando cada vez con más claridad.

Consentimiento unánime

14. Los fieles, guiados e instruidos por sus pastores, aprendieron también de la Sagrada Escritura que la Virgen María, durante su peregrinación terrena, llevó una vida llena de preocupaciones, angustias y dolores; y que se verificó lo que el santo viejo Simeón había predicho: que una agudísima espada le traspasaría el corazón a los pies de la cruz de su divino Hijo, nuestro Redentor. Igualmente no encontraron dificultad en admitir que María haya muerto del mismo modo que su Unigénito. Pero esto no les impidió creer y profesar abiertamente que no estuvo sujeta a la corrupción del sepulcro su sagrado cuerpo y que no fue reducida a putrefacción y cenizas el augusto tabernáculo del Verbo Divino. Así, iluminados por la divina gracia e impulsados por el amor hacia aquella que es Madre de Dios y Madre nuestra dulcísima, han contemplado con luz cada vez más clara la armonía maravillosa de los privilegios que el providentísimo Dios concedió al alma Socia de nuestro Redentor y que llegaron a una tal altísima cúspide a la que jamás ningún ser creado, exceptuada la naturaleza humana de Jesucristo, había llegado.

15. Esta misma fe la atestiguan claramente aquellos innumerables templos dedicados a Dios en honor de María Virgen asunta al cielo y las sagradas imágenes en ellos expuestas a la veneración de los fieles, las cuales ponen ante los ojos de todos este singular triunfo de la bienaventurada Virgen. Además, ciudades, diócesis y regiones fueron puestas bajo el especial patrocinio de la Virgen asunta al cielo; del mismo modo, con la aprobación de la Iglesia, surgieron institutos religiosos, que toman nombre de tal privilegio. No debe olvidarse que en el rosario mariano, cuya recitación tan recomendada es por esta Sede Apostólica, se propone a la meditación piadosa un misterio que, como todos saben, trata de la Asunción de la beatísima Virgen.

16. Pero de modo más espléndido y universal esta fe de los sagrados pastores y de los fieles cristianos se manifiesta por el hecho de que desde la antigüedad se celebra en Oriente y en Occidente una solemne fiesta litúrgica, de la cual los Padres Santos y doctores no dejaron nunca de sacar luz porque, como es bien sabido, la sagrada liturgia «siendo también una profesión de las celestiales verdades, sometida al supremo magisterio de la Iglesia, puede oír argumentos y testimonios de no pequeño valor para determinar algún punto particular de la doctrina cristiana» (5).

El testimonio de la liturgia

17. En los libros litúrgicos que contienen la fiesta, bien sea de la Dormición, bien de la Asunción de la Virgen María, se tienen expresiones en cierto modo concordantes al decir que cuando la Virgen Madre de Dios pasó de este destierro, a su sagrado cuerpo, por disposición de la divina Providencia, le ocurrieron cosas correspondientes a su dignidad de Madre del Verbo encarnado y a los otros privilegios que se le habían concedido.

Esto se afirma, por poner un ejemplo, en aquel «Sacramentario» que nuestro predecesor Adriano I, de inmortal memoria, mandó al emperador Carlomagno. En éste se lee, en efecto: «Digna de veneración es para Nos, ¡oh Señor!, la festividad de este día en que la santa Madre de Dios sufrió la muerte temporal, pero no pudo ser humillada por los vínculos de la muerte Aquella que engendró a tu Hijo, Nuestro Señor, encarnado en ella» (6).

18. Lo que aquí está indicado con la sobriedad acostumbrada en la liturgia romana, en los libros de las otras antiguas liturgias, tanto orientales como occidentales, se expresa más difusamente y con mayor claridad. El «Sacramentario Galicano», por ejemplo, define este privilegio de María, «inexplicable misterio, tanto más admirable cuanto más singular es entre los hombres». Y en la liturgia bizantina se asocia repetidamente la Asunción corporal de María no sólo con su dignidad de Madre de Dios, sino también con sus otros privilegios, especialmente con su maternidad virginal, preestablecida por un designio singular de la Providencia divina: «A Ti, Dios, Rey del universo, te concedió cosas que son sobre la naturaleza; porque así como en el parto te conservó virgen, así en el sepulcro conservó incorrupto tu cuerpo, y con la divina traslación lo glorificó» (7).

19. El hecho de que la Sede Apostólica, heredera del oficio confiado al Príncipe de los Apóstoles de confirmar en la fe a los hermanos (cfr. Lc 22, 32), y con su autoridad hiciese cada vez más solemne esta fiesta, estimula eficazmente a los fieles a apreciar cada vez más la grandeza de este misterio. Así la fiesta de la Asunsión, del puesto honroso que tuvo desde el comienzo entre las otras celebraciones marianas, llegó en seguida a los más solemnes de todo el ciclo litúrgico. Nuestro predecesor San Sergio I, prescribiendo la letanía o procesión estacional para las cuatro fiestas marianas, enumera junto a la Natividad, la Anunciación, la Purificación y la Dormición de María (Liber Pontificalis). Después San León IV quiso añadir a la fiesta, que ya se celebraba bajo el título de la Asunción de la bienaventurada Madre de Dios, una mayor solemnidad prescribiendo su vigilia y su octava; y en tal circunstancia quiso participar personalmente en la celebración en medio de una gran multitud de fieles (Liber Pontificalis). Además de que ya antiguamente esta fiesta estaba precedida por la obligación del ayuno, aparece claro de lo que atestigua nuestro predecesor San Nicolás I, donde habla de los principales ayunos «que la santa Iglesia romana recibió de la antigüedad y observa todavía» (8).

Exigencia de la incorrupción

20. Pero como la liturgia no crea la fe, sino que la supone, y de ésta derivan como frutos del árbol las prácticas del culto, los Santos Padres y los grandes doctores, en las homilías y en los discursos dirigidos al pueblo con ocasión de esta fiesta, no recibieron de ella como de primera fuente la doctrina, sino que hablaron de ésta como de cosa conocida y admitida por los fieles; la aclararon mejor; precisaron y profundizaron su sentido y objeto, declarando especialmente lo que con frecuencia los libros litúrgicos habían sólo fugazmente indicado; es decir, que el objeto de la fiesta no era solamente la incorrupción del cuerpo muerto de la bienaventurada Virgen María, sino también su triunfo sobre la muerte y su celestial glorificación a semejanza de su Unigénito.

21. Así San Juan Damasceno, que se distingue entre todos como testigo eximio de esta tradición, considerando la Asunción corporal de la Madre de Dios a la luz de los otros privilegios suyos, exclama con vigorosa elocuencia: «Era necesario que Aquella que en el parto había conservado ilesa su virginidad conservase también sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte. Era necesario que Aquella que había llevado en su seno al Creador hecho niño, habitase en los tabernáculos divinos. Era necesario que la Esposa del Padre habitase en los tálamos celestes. Era necesario que Aquella que había visto a su Hijo en la cruz, recibiendo en el corazón aquella espada de dolor de la que había sido inmune al darlo a luz, lo contemplase sentado a la diestra del Padre. Era necesario que la Madre de Dios poseyese lo que corresponde al Hijo y que por todas las criaturas fuese honrada como Madre y sierva de Dios» (9).

Afirmación de esta doctrina

22. Estas expresiones de San Juan Damasceno corresponden fielmente a aquellas de otros que afirman la misma doctrina. Efectivamente, palabras no menos claras y precisas se encuentran en los discursos que, con ocasión de la fiesta, tuvieron otros Padres anteriores o contemporáneos. Así, por citar otros ejemplos, San Germán de Constantinopla encontraba que correspondía la incorrupción y Asunción al cielo del cuerpo de la Virgen Madre de Dios no sólo a su divina maternidad, sino también a la especial santidad de su mismo cuerpo virginal: «Tú, como fue escrito, apareces “en belleza” y tu cuerpo virginal es todo santo, todo casto, todo domicilio de Dios; así también por esto es preciso que sea inmune de resolverse en polvo; sino que debe ser transformado, en cuanto humano, hasta convertirse en incorruptible; y debe ser vivo, gloriosísimo, incólume y dotado de la plenitud de la vida» (10). Y otro antiguo escritor dice: «Como gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Salvador y Dios, donador de la vida y de la inmortalidad, y vivificada por Él, revestida de cuerpo en una eterna incorruptibilidad con Él, que la resucitó del sepulcro y la llevó consigo de modo que sólo Él conoce» (11).

23. Al extenderse y afirmarse la fiesta litúrgica, los pastores de la Iglesia y los sagrados oradores, en número cada vez mayor, creyeron un deber precisar abiertamente y con claridad el objeto de la fiesta y su estrecha conexión con las otras verdades reveladas.

Los argumentos teológicos

24. Entre los teólogos escolásticos no faltaron quienes, queriendo penetrar más adentro en las verdades reveladas y mostrar el acuerdo entre la razón teológica y la fe, pusieron de relieve que este privilegio de la Asunción de María Virgen concuerda admirablemente con las verdades que nos son enseñadas por la Sagrada Escritura.

25. Partiendo de este presupuesto, presentaron, para ilustrar este privilegio mariano, diversas razones contenidas casi en germen en esto: que Jesús ha querido la Asunción de María al cielo por su piedad filial hacia ella. Opinaban que la fuerza de tales argumentos reposa sobre la dignidad incomparable de la maternidad divina y sobre todas aquellas otras dotes que de ella se siguen: su insigne santidad, superior a la de todos los hombres y todos los ángeles; la íntima unión de María con su Hijo, y aquel amor sumo que el Hijo tenía hacia su dignísima Madre.

26. Frecuentemente se encuentran después teólogos y sagrados oradores que, sobre las huellas de los Santos Padres (12) para ilustrar su fe en la Asunción, se sirven con una cierta libertad de hechos y dichos de la Sagrada Escritura. Así, para citar sólo algunos testimonios entre los más usados, los hay que recuerdan las palabras del salmista: «Ven, ¡oh Señor!, a tu descanso, tú y el arca de tu santificación» (Sal 131, 8), y ven en el «arca de la alianza», hecha de madera incorruptible y puesta en el templo del Señor, como una imagen del cuerpo purísimo de María Virgen, preservado de toda corrupción del sepulcro y elevado a tanta gloria en el cielo. A este mismo fin describen a la Reina que entra triunfalmente en el palacio celeste y se sienta a la diestra del divino Redentor (Sal 44, 10, 14-16), lo mismo que la Esposa de los Cantares, «que sube por el desierto como una columna de humo de los aromas de mirra y de incienso» para ser coronada (Cant 3, 6; cfr. 4, 8; 6, 9). La una y la otra son propuestas como figuras de aquella Reina y Esposa celeste, que, junto a su divino Esposo, fue elevada al reino de los cielos.

Los doctores escolásticos

27. Además, los doctores escolásticos vieron indicada la Asunción de la Virgen Madre de Dios no sólo en varias figuras del Antiguo Testamento, sino también en aquella Señora vestida de sol, que el apóstol Juan contempló en la isla de Patmos (Ap 12, 1s.). Del mismo modo, entre los dichos del Nuevo Testamento consideraron con particular interés las palabras «Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres» (Lc 1, 28), porque veían en el misterio de la Asunción un complemento de la plenitud de gracia concedida a la bienaventurada Virgen y una bendición singular, en oposición a la maldición de Eva.

28. Por eso, al comienzo de la teología escolástica, el piadoso Amadeo, obispo de Lausana, afirma que la carne de María Virgen permaneció incorrupta («no se puede creer, en efecto, que su cuerpo viese la corrupción»), porque realmente se reunió a su alma, y junto con ella fue envuelta en altísima gloria en la corte celeste. «Era llena de gracia y bendita entre las mujeres» (Lc 1, 28). «Ella sola mereció concebir al Dios verdadero del Dios verdadero, y le parió virgen, le amamantó virgen, estrechándole contra su seno, y le prestó en todo sus santos servicios y homenajes» (13).

Testimonio de San Antonio de Padua

29. Entre los sagrados escritores que en este tiempo, sirviéndose de textos escriturísticos o de semejanza y analogía, ilustraron y confirmaron la piadosa creencia de la Asunción, ocupa un puesto especial el doctor evangélico San Antonio de Padua. En la fiesta de la Asunción, comentando las palabras de Isaías «Glorificaré el lugar de mis pies» (Is 60, 13), afirmó con seguridad que el divino Redentor ha glorificado de modo excelso a su Madre amadísima, de la cual había tomado carne humana. «De aquí se deduce claramente, dice, que la bienaventurada Virgen María fue asunta con el cuerpo que había sido el sitio de los pies del Señor». Por eso escribe el salmista: «Ven, ¡oh Señor!, a tu reposo, tú y el Arca de tu santificación». Como Jesucristo, dice el santo, resurgió de la muerte vencida y subió a la diestra de su Padre, así «resurgió también el Arca de su santificación, porque en este día la Virgen Madre fue asunta al tálamo celeste» 14.

De San Alberto Magno

30. Cuando en la Edad Media la teología escolástica alcanzó su máximo esplendor, San Alberto Magno, después de haber recogido, para probar esta verdad, varios argumentos fundados en la Sagrada Escritura, la tradición, la liturgia y la razón teológica, concluye: «De estas razones y autoridades y de muchas otras es claro que la beatísima Madre de Dios fue asunta en cuerpo y alma por encima de los coros de los ángeles. Y esto lo creemos como absolutamente verdadero» 15. Y en un discurso tenido el día de la Anunciación de María, explicando estas palabras del saludo del ángel «Dios te salve, llena eres de gracia…», el Doctor Universal compara a la Santísima Virgen con Eva y dice expresamente que fue inmune de la cuádruple maldición a la que Eva estuvo sujeta (16).

Doctrina de Santo Tomás

31. El Doctor Angélico, siguiendo los vestigios de su insigne maestro, aunque no trató nunca expresamente la cuestión, sin embargo, siempre que ocasionalmente habla de ella, sostiene constantemente con la Iglesia que junto al alma fue asunto al cielo también el cuerpo de María (17).

De San Buenaventura

32. Del mismo parecer es, entre otros muchos, el Doctor Seráfico, el cual sostiene como absolutamente cierto que del mismo modo que Dios preservó a María Santísima de la violación del pudor y de la integridad virginal en la concepción y en el parto, así no permitió que su cuerpo se deshiciese en podredumbre y ceniza 18. Interpretando y aplicando a la bienaventurada Virgen estas palabras de la Sagrada Escritura «¿Quién es esa que sube del desierto, llena de delicias, apoyada en su amado?» (Cant 8, 5), razona así: «Y de aquí puede constar que está allí (en la ciudad celeste) corporalmente… Porque, en efecto…, la felicidad no sería plena si no estuviese en ella personalmente, porque la persona no es el alma, sino el compuesto, y es claro que está allí según el compuesto, es decir, con cuerpo y alma, o de otro modo no tendría un pleno gozo» 19.

La escolástica moderna

33. En la escolástica posterior, o sea en el siglo XV, San Bernardino de Siena, resumiendo todo lo que los teólogos de la Edad Media habían dicho y discutido a este propósito, no se limitó a recordar las principales consideraciones ya propuestas por los doctores precedentes, sino que añadió otras. Es decir, la semejanza de la divina Madre con el Hijo divino, en cuanto a la nobleza y dignidad del alma y del cuerpo -porque no se puede pensar que la celeste Reina esté separada del Rey de los cielos-, exige abiertamente que «María no debe estar sino donde está Cristo» (20); además es razonable y conveniente que se encuentren ya glorificados en el cielo el alma y el cuerpo, lo mismo que del hombre, de la mujer; en fin, el hecho de que la Iglesia no haya nunca buscado y propuesto a la veneración de los fieles las reliquias corporales de la bienaventurada Virgen suministra un argumento que puede decirse «como una prueba sensible» ( 21)

San Roberto Belarmino

34. En tiempos más recientes, las opiniones mencionadas de los Santos Padres y de los doctores fueron de uso común. Adhiriéndose al pensamiento cristiano transmitido de los siglos pasados. San Roberto Belarmino exclama: «¿Y quién, pregunto, podría creer que el arca de la santidad, el domicilio del Verbo, el templo del Espíritu Santo, haya caído? Mi alma aborrece el solo pensamiento de que aquella carne virginal que engendró a Dios, le dio a luz, le alimentó, le llevó, haya sido reducida a cenizas o haya sido dada por pasto a los gusanos » (22).

35. De igual manera, San Francisco de Sales, después de haber afirmado no ser lícito dudar que Jesucristo haya ejecutado del modo más perfecto el mandato divino por el que se impone a los hijos el deber de honrar a los propios padres, se propone esta pregunta: «¿Quién es el hijo que, si pudiese, no volvería a llamar a la vida a su propia madre y no la llevaría consigo después de la muerte al paraíso?» 23. Y San Alfonso escribe: «Jesús preservó el cuerpo de María de la corrupción, porque redundaba en deshonor suyo que fuese comida de la podredumbre aquella carne virginal de la que Él se había vestido» (24).

Temeridad de la opinión contraria

36. Aclarado el objeto de esta fiesta, no faltaron doctores que más bien que ocuparse de las razones teológicas, en las que se demuestra la suma conveniencia de la Asunción corporal de la bienaventurada Virgen María al cielo, dirigieron su atención a la fe de la Iglesia, mística Esposa de Cristo, que no tiene mancha ni arruga (cfr. Ef 5, 27), la cual es llamada por el Apóstol «columna y sostén de la verdad» (1 T’im 3, 15), y, apoyados en esta fe común, sostuvieron que era temeraria, por no decir herética, la sentencia contraria. En efecto, San Pedro Canisio, entre muchos otros, después de haber declarado que el término Asunción significa glorificación no sólo del alma, sino también del cuerpo, y después de haber puesto de relieve que la Iglesia ya desde hace muchos siglos, venera y celebra solemnemente este misterio mariano, dice: «Esta sentencia está admitida ya desde hace algunos siglos y de tal manera fija en el alma de los piadosos fieles y tan aceptada en toda la Iglesia, que aquellos que niegan que el cuerpo de María haya sido asunto al cielo, ni siquiera pueden ser escuchados con paciencia, sino abochornados por demasiado tercos o del todo temerarios y animados de espíritu herético más bien que católico» (25).

Francisco Suárez

37. Por el mismo tiempo, el Doctor Eximio, puesta como norma de la mariología que «los misterios de la gracia que Dios ha obrado en la Virgen no son medidos por las leyes ordinarias, sino por la omnipotencia de Dios, supuesta la conveniencia de la cosa en sí mismo y excluida toda contradicción o repugnancia por parte de la Sagrada Escritura» (26), fundándose en la fe de la Iglesia en el tema de la Asunción, podía concluir que este misterio debía creerse con la misma firmeza de alma con que debía creerse la Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen, y ya entonces sostenía que estas dos verdades podían ser definidas.

38. Todas estas razones y consideraciones de los Santos Padres y de los teólogos tienen como último fundamento la Sagrada Escritura, la cual nos presenta al alma de la Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo y siempre partícipe de su suerte. De donde parece casi imposible imaginarse separada de Cristo, si no con el alma, al menos con el cuerpo, después de esta vida, a Aquella que lo concibió, le dio a luz, le nutrió con su leche, lo llevó en sus brazos y lo apretó a su pecho. Desde el momento en que nuestro Redentor es hijo de Maria, no podía, ciertamente, como observador perfectísimo de la divina ley, menos de honrar, además de al Eterno Padre, también a su amadísima Madre. Pudiendo, pues, dar a su Madre tanto honor al preservarla inmune de la corrupción del sepulcro, debe creerse que lo hizo realmente.

39. Pero ya se ha recordado especialmente que desde el siglo II María Virgen es presentada por los Santos Padres como nueva Eva estrechamente unida al nuevo Adán, si bien sujeta a él, en aquella lucha contra el enemigo infernal que, como fue preanunciado en el protoevangelio (Gn 3, 15), habría terminado con la plenísima victoria sobre el pecado y sobre la muerte, siempre unidos en los escritos del Apóstol de las Gentes (cfr. Rom cap. 5 et 6; 1 Cor 15, 21-26; 54-57). Por lo cual, como la gloriosa resurrección de Cristo fue parte esencial y signo final de esta victoria, así también para María la común lucha debía concluir con la glorificación de su cuerpo virginal; porque, como dice el mismo Apóstol, «cuando… este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad, entonces sucederá lo que fue escrito: la muerte fue absorbida en la victoria» (1 Cor 15, 54).

40. De tal modo, la augusta Madre de Dios, arcanamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad «con un mismo decreto» (27) de predestinación, inmaculada en su concepción, Virgen sin mancha en su divina maternidad, generosa Socia del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, al fin, como supremo coronamiento de sus privilegios, fue preservada de la corrupción del sepulcro y vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del cielo, donde resplandece como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos (cfr. 1 T’im 1, 17).

Es llegado el momento

41. Y como la Iglesia universal, en la que vive el Espíritu de Verdad, que la conduce infaliblemente al conocimiento de las verdades reveladas, en el curso de los siglos ha manifestado de muchos modos su fe, y como los obispos del orbe católico, con casi unánime consentimiento, piden que sea definido como dogma de fe divina y católica la verdad de la Asunción corporal de la bienaventurada Virgen María al cielo -verdad fundada en la Sagrada Escritura, profundamente arraigada en el alma de los fieles, confirmada por el culto eclesiástico desde tiempos remotísimos, sumamente en consonancia con otras verdades reveladas, espléndidamente ilustrada y explicada por el estudio de la ciencia y sabiduría de los teólogos-, creemos llegado el momento preestablecido por la providencia de Dios para proclamar solemnemente este privilegio de María Virgen.

42. Nos, que hemos puesto nuestro pontificado bajo el especial patrocinio de la Santísima Virgen, a la que nos hemos dirigido en tantas tristísimas contingencias; Nos, que con rito público hemos consagrado a todo el género humano a su Inmaculado Corazón y hemos experimentado repetidamente su validísima protección, tenemos firme confianza de que esta proclamación y definición solemne de la Asunción será de gran provecho para la Humanidad entera, porque dará gloria a la Santísima Trinidad, a la que la Virgen Madre de Dios está ligada por vínculos singulares. Es de esperar, en efecto, que todos los cristianos sean estimulados a una mayor devoción hacia la Madre celestial y que el corazón de todos aquellos que se glorían del nombre cristiano se mueva a desear la unión con el Cuerpo Místico de Jesucristo y el aumento del propio amor hacia Aquella que tiene entrañas maternales para todos los miembros de aquel Cuerpo augusto. Es de esperar, además, que todos aquellos que mediten los gloriosos ejemplos de María se persuadan cada vez más del valor de la vida humana, si está entregada totalmente a la ejecución de la voluntad del Padre Celeste y al bien de los prójimos; que, mientras el materialismo y la corrupción de las costumbres derivadas de él amenazan sumergir toda virtud y hacer estragos de vidas humanas, suscitando guerras, se ponga ante los ojos de todos de modo luminosísimo a qué excelso fin están destinados los cuerpos y las almas; que, en fin, la fe en la Asunción corporal de María al cielo haga más firme y más activa la fe en nuestra resurrección.

43. La coincidencia providencial de este acontecimiento solemne con el Año Santo que se está desarrollando nos es particularmente grata; porque esto nos permite adornar la frente de la Virgen Madre de Dios con esta fúlgida perla, a la vez que se celebra el máximo jubileo, y dejar un monumento perenne de nuestra ardiente piedad hacia la Madre de Dios.

Fórmula definitoria

44. Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste.

45. Por eso, si alguno, lo que Dios no quiera, osase negar o poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha caído de la fe divina y católica.

46. Para que nuestra definición de la Asunción corporal de María Virgen al cielo sea llevada a conocimiento de la Iglesia universal, hemos querido que conste para perpetua memoria esta nuestra carta apostólica; mandando que a sus copias y ejemplares, aun impresos, firmados por la mano de cualquier notario público y adornados del sello de cualquier persona constituida en dignidad eclesiástica, se preste absolutamente por todos la misma fe que se prestaría a la presente si fuese exhibida o mostrada.

47. A ninguno, pues, sea lícito infringir esta nuestra declaración, proclamación y definición u oponerse o contravenir a ella. Si alguno se atreviere a intentarlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente y de sus santos apóstoles Pedro y Pablo.

Nos, PÍO, Obispo de la Iglesia católica, definiéndolo así, lo hemos suscrito.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el año del máximo Jubileo de mil novecientos cincuenta, el día primero del mes de noviembre, fiesta de Todos los Santos, el año duodécimo de nuestro pontificado.

NOTAS

(1) Petitiones de Asumptione corporea B. Virginis Mariae in coelum definienda ad S. Sedem delatae; 2 vol., Typis Polyglottis Vaticanis, 1942.

2) Bula Ineffabilis Deus, Acta P¡¡ IX, p. 1, vol. 1, p. 615.

(3) Cfr. Conc. Vat. De fide catholica, cap. 4.

(4) Conc. Vat. Const. De ecclesia Christi, cap. 4.

(5) Carta encíclica Mediator Dei, A. A. S., vol. 39, p. 541.

(6) Sacramentarium Gregorianum.

(7) Menaei totius anni.

(8) «Responsa Nicolai Papae I ad consulta Bulgarorum».

(9) S. loan Damasc., Encomium in Dormitionem Dei Genitricis semperque Virginis Mariae, hom. II, 14; cfr. etiam ibíd., n. 3.

(10) San Germ. Const., In Sanctae Dei Genitricis Dormitionem, sermón I.

(11) Encomium in Dormitionem Sanctissimae Dominae nostrae Deiparae semperque Virginis Mariae. S. Modesto Hierosol, attributum I, núm. 14.

(12) Cfr. Ioan Damasc., Encomium in Dormitionem Dei Genitricis semperque Virginis Mariae, hom. II, 2, 11; Encomium in Dormitionem, S. Modesto Hierosol, attributum.

(13) Amadeus Lausannensis, De Beatae Virginis obitu, Assumptione in caelum, exaltatione ad Filii dexteram.

(14) San Antonius Patav., Sermones dominicales et in solemnitatibus. In Assumptione S. Mariae Virginit sermo.

(15) S. Albertus Magnus, Mariale sive quaestionet super Evang. Missut est, q. 132.

(16) S. Albertus Magnus, Sermones de sanctis, sermón 15: In Anuntiatione B. Mariae, cfr. Etiam Mariale, q. 132.

17) Cfr. Summa Theol., 3, q. 27, a. 1 c.; ibíd., q. 83, a. 5 ad 8, Expositio salutationis angelicae, In symb., Apostolorum expositio, art. 5; In IV Sent., d. 12, q. 1, art. 3, sol. 3; d: 43, q. 1, art. 3, sol. 1 et 2.

(18) Cfr. S. Bonaventura, De Nativitate B. Mariae Virginis, sermón 5.
(19) S. Bonaventura, De Assumptione B. Mariae Virginis, sermón 1.

(20) S. Bernardinus Senens., In Assumptione B. M. Virginis, sermón 2.

(21) S. Bernardinus Senens., In Assumptione B. M. Virginis, sermón 2.

(22) S. Robertus Bellarminus, Canciones habitae Lovanii, canción 40: De Assumptionae B. Mariae Virginis.

(23) Oeuvres de St. François de Sales, sermon autographe pour la fete de l’Assumption.

(24) S. Alfonso M. de Ligouri, Le glorie di Maria, parte II, disc. 1.

(25) S. Petrus Canisius, De Maria Virgine.

26 Suárez, F, In tertiam partem D. Thomae, quaest. 27, art. 2, disp. 3, sec. 5, n. 31.

27 Pii IX Acta 1ª parte, pag. 599

Tomado de:

http://devocioncatolica.blogspot.com

EL PRÍNCIPE DE ESTE MUNDO

«Non serviam»

No es raro escuchar hoy en día a dignatarios eclesiásticos afirmar en sus homilías o escritos que Satanás y el infierno son nociones alegóricas salidas de lo más oscuro de la Edad Media, cuando los hombres no vivían más que en el miedo y la superstición.

Los tiempos han cambiado, las “luces” del siglo XVIII han sobrevenido y hemos tenido el Vaticano II (1962-1965). Dios es bueno y si la existencia del Tentador no es explícitamente negada, al menos es pasada en completo silencio.

Respecto al infierno, estaría vacío, porque Cristo ha salvado a todos los hombres de una vez y para siempre en la Cruz. Creer en Satanás y en su influencia sobre el comportamiento humano de los hombres y de la sociedad es dar prueba de infantilismo. Pretender que una persona puede condenarse eternamente en el infierno es un insulto a la bondad de Dios.  Todo eso es muy tranquilizante, pero ¿es la verdad?

Todas estas teorías nuevas se oponen completamente a la Sagrada Escritura y a la doctrina católica. En efecto, hay que recordar que la Biblia habla más de mil veces del demonio y que sólo en el Nuevo Testamento se cuentan 568 referencias al demonio y al infierno. Es preciso recordar que la Biblia es un libro inspirado y que Dios no habla para no decir nada… Además, el Concilio de Arles (473) condenó a quienes no creían en el infierno.

Las reformas litúrgicas implantadas durante estos últimos treinta años confirman desgraciadamente estas tendencias. En el ritual del bautismo anterior a la reforma de 1970 el sacerdote debía hacer tres exorcismos bien explícitos al bautizando. Actualmente no queda sino uno, que además pasa casi inadvertido. Esto ha causado grandes daños y doy como ejemplo el caso que sigue.

Habiendo sido director de escuela durante diez años, puedo testimoniar la eficacia de estos exorcismos practicados durante el bautismo y que hoy han sido virtualmente suprimidos. Recuerdo particularmente que uno de mis alumnos tenía una proclividad a unos terribles arranques de cólera, siendo fuente de gran preocupación para los profesores y para sus padres.

Un día éstos vienen a verme porque su hijo estaba volviendo irrespirable la atmósfera familiar. Después de una larga charla, les pregunté si el niño había recibido el bautismo según el rito tradicional. La respuesta fue negativa. Entonces les propuse, no volver a administrarlo, sino completarlo, agregando aquello que había sido suprimido después de la última reforma, es decir, ciertas unciones y los famosos exorcismos. Aunque estaban dubitativos, aceptaron en razón de la desesperación.

Algunos días más tarde se realizó la ceremonia para completar el bautismo. El joven se transformó de manera espectacular y así persevera hasta nuestros días. No se trata de que se haya convertido en un ángel sino que se convirtió en un niño que tiene las reacciones propias de su edad. ¡La paz volvió al hogar! La presencia de estos exorcismos durante el bautismo tenía su razón de ser y eficacia cierta.

31 de Octubre

Es preciso subrayar que la creencia en el demonio ha sido banalizada, deformada o devaluada a nivel de fábula. Los libros de Harry Potter, la fiesta deHalloween que se importa desde los Estados Unidos y que se trata de imponer en todo el mundo, son algunos entre muchos otros ejemplos. Son raros los sacerdotes que hablan del infierno, del demonio, de estos dogmas ya sea en sus sermones o en los cursos de catecismo.

Harry Potter y el misterio del príncipe, ¿De cuál príncipe será?

La naturaleza tiene horror al vacío. Cuando se vacían los confesionarios y las iglesias, se llenan las recámaras de los gurúes, de los psicólogos, etc. Muchas personas no dudan en ir a consultar a un “vidente” que le reporte paz al alma o los libere de una prueba. Y no faltan sacerdotes que niegan pura y simplemente que Satanás puede atormentar un alma y que despiden sistemáticamente a esta pobre gente, aconsejándoles que vean a un psiquiatra, que no podrá curarlos.

He visto a muchas de estas personas hundidas en el desasosiego más completo.La caída de la práctica religiosa, especialmente de la confesión, de la Eucaristía, y la falta de disponibilidad de los sacerdotes, que se encargan más de asuntos sociales que del estado de las almas, dan a Satanás una influencia innegable. La violencia, la delincuencia de los jóvenes, la desunión de las familias, la inmoralidad, los suicidios, los desórdenes sociales, la proliferación de las sectas, son consecuencias de una sociedad que excluyó a Dios de su seno y de un clero que defeccionó de su misión. Porque no se quiere dejar reinar a Cristo Rey sobre la sociedad y las almas, el príncipe de este mundo, Satanás, impone su ley.

Claro que todavía es posible dar con exorcistas que creen en lo que hacen. Pero están solos y no se los escucha mucho. Cómo no dudar de la fe de este famoso sacerdote exorcista francés, el Padre Isidore Froc, que en su libro “¿Qué hacen los exorcistas?” afirma que “el fin del exorcismo (…) es educar en la fe y en la oración; los exorcistas se dedican a acoger, compartir, aconsejar; es por eso que los exorcistas todavía son útiles”. No dice una sola palabra sobre Satanás y sobre las oraciones del exorcismo, explicando finalmente que los exorcismos practicados por Cristo, según narran los Evangelios, son “concesiones a la época y como hechos culturales”. ¿Cuáles son las razones que tiene para decir eso y qué pruebas arrima?   ¡Ninguna!
La gran victoria de Satanás hoy no reside en la negación de su existencia sino en el hecho de que el clero ya no habla de él.Abandonados respecto a la formación y sin defensas, los fieles desorientados olvidan la existencia de este adversario “que merodea como un león buscando a quien devorar” (Carta del Apóstol San Pedro, V,VIII) y no pueden combatirlo por los medios que Cristo trajo, a saber: los sacramentos, la oración y la penitencia.

Algunos dirán que predicar sobre Satanás y el infierno podría ser traumatizante. Esta objeción es inconsistente. En efecto, la Madre de Dios, que es una gran pedagoga, no dudó en mostrar el infierno al cual se precipitan tantas almas a los tres niños de Fátima, que tenían entre siete y diez años. Esta visión terrible los trasformó y los impulsó a rezar con entusiasmo por la conversión de los pobres pecadores. ¡Cuántas almas le deberán la salvación a sus sacrificios!

Debemos estar convencidos de que Satanás y los demonios existen, que son ángeles caídos que se rebelaron contra Dios. Fueron precipitados al infierno en castigo de su orgullo. Movidos por odio a Dios y a las almas, quieren implicar en su desdicha la mayor cantidad posible de almas. Por esta razón tientan a los hombres desde el pecado original a perder el cielo, del que ellos fueron privados por su falta. Los que ceden a la tentación y no quieren vivir los principios del Evangelio harán compañía a estos demonios en su suplicio eterno. Dios es bueno pero también es justo. No puede dar la misma recompensa a quien lleva una vida de penitencia y oración y al que vive como si Dios no existiese. Los que respetan los mandamientos de Dios y de la Iglesia se salvarán, los que los desprecien se condenarán. ¡Es justo!

Cuidado: Satanás no es ni un dios del mal, ni es todopoderoso, como decían los maniqueístas. Es un ángel caldo que no muerde sino a quienes se acercan a él. El cristiano, provisto de las armas de la oración, del Rosario, de los sacramentos y de la penitencia, puede resistirlo y vencerlo. Puede levantarse de sus caídas y esperar en la misericordia de Dios.

Los que enseñan una doctrina contraria son criminales, y ponen en peligro no sólo sus almas sino también las de aquellos que los escuchan. Estrictamente hablando, escandalizan y provocan sobre ellos la ira divina.

Queridos lectores, que la Madre de Dios “fuerte como un ejército preparado para la batalla” sea nuestro refugio y nuestra fuerza en este combate contra las fuerzas infernales desatadas. Que Ella nos proteja de todo mal en este mundo y que nos abra las puertas del cielo el día de nuestra muerte.   ¡Que Dios los bendiga!

 

Tomado de:

http://conviccionradio.cl