MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 24-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XXIV

Ascendit autem et joseph…, ut profiteretur cum Maria desponsata sibi uxore praegnante.

Subió también José…, para inscribirse en el censo con María su esposa, que estaba encinta.

NATIVIDAD, IGLESIA DE SAN VICENTE DE LIGNON, FRANCIA.

NATIVIDAD, IGLESIA DE SAN VICENTE DE LIGNON, FRANCIA.

Había Dios decretado que su hijo naciese no ya en la casa de José, sino en una gruta, en un establo, del modo mas pobre y penoso en que pueda nacer un niño; y para esto dispuso que César Augusto publicase un edicto en que ordenaba que fueran todos a empadronarse en su ciudad originaria. José, al tener noticia de esta orden entró en dudas sobre si debía dejar o llevar consigo a la Virgen Madre, próxima ya al alumbramiento. – Esposa y Señora mía , le dijo, por una parte no quisiera dejaros sola; pero, si os llevo conmigo, me aflige la pena de lo mucho que habréis de padecer en este viaje tan prolongado y en tiempo tan riguroso. Mi pobreza no consiente llevaros con la comodidad que se debiera. – María le respondió, infundiéndole ánimos: José mío, no temas; iré contigo y el Señor nos asistirá. Sobrado sabía, por divina inspiración y hasta porque estaba penetrada de la profecía de Miqueas, que el divino niño había de nacer en Belén, por lo que tomó las fajas y demás pobres pañales, ya preparados, y partió con José: Subió también José… para inscribirse en el censo con María. Consideremos aquí las devotas y santas conversaciones que en este viaje tendrían estos dos santos esposos sobre la misericordia, bondad y amor del Verbo divino, que dentro de poco nacería y aparecería para salvación de los hombres. Consideremos también las alabanzas, bendiciones y acciones de gracias, los actos de humildad y amor en que se ejercitarían por el camino estos dos ilustres peregrinos. Cierto que eran muchos los padecimientos de aquella virgencita próxima al parto, en camino tan largo, por sendas impracticables y en tiempo invernal, penas que ofrecía a Dios, uniéndolas con las de Jesús, a quien en su seno llevaba.

¡Ah! unámonos a María y a José y acompañemos con ellos al Rey del cielo, que va a nacer en una gruta y a hacer su primer entrada en el mundo como niño, el más pobre y abandonado que jamás naciera entre los hombres. Pidamos a Jesús, María y José que, por el mérito de las penas padecidas en este viaje, nos acompañen en el que estamos haciendo hacia la eternidad. ¡Felices de nosotros si acompañásemos y fuésemos acompañados por estos tres ilustres personajes!

Afectos Y súplicas

Amado Redentor mío, sé que en este viaje a Belén os acompañan legiones de ángeles del cielo; pero en la tierra, ¿quién os acompaña? Tan sólo José y María, que os lleva dentro de sí. No rehuséis, pues, Jesús mío, que os acompañe también yo, miserable e ingrato en lo pasado, pero que ahora reconozco el agravio que os hice. Vos bajasteis del cielo para ser mi compañero en la tierra, y yo tantas veces os abandoné, ofendiéndoos ingratamente. Cuanto pienso, ¡oh! Jesús mío! que tantas veces, por seguir mis malditas inclinaciones, me separé de vos, renunciando a vuestra amistad, quisiera morir de dolor; pero vinisteis a perdonarme; así, pues, perdonadme pronto, que con toda mi alma me arrepiento de haberos tantas veces vuelto las espaldas y abandonado. Propongo y espero con vuestra gracia no dejaros más ni separarme ya de vos, único amor mío. Mi alma se ha enamorado de vos, mi amable Dios niño. Os amo dulce Salvador mío, y, puesto que vinisteis a la tierra a salvarme y a dispensarme vuestras gracias, está sola os pido: no permitáis que me tenga que separar más de vos. Unidme, estrechadme, encadenadme con los suaves lazos de vuestro santo amor. ¡Ah, Redentor y Dios mío!, y ¿quién tendrá ya corazón para dejaros y vivir sin vos y privado de vuestra gracia?

María Santísima, vengo a acompañaros en este viaje; no dejéis de asistirme en el que estoy haciendo a la eternidad. Asistidme siempre y especialmente cuando me hallare al fin de mi vida, próximo al instante del que depende o estar siempre con vos, para amar a Jesús en el paraíso, o estar siempre lejos de vos, para odiara a Jesús en el infierno. Reina mía, salvadme con vuestra intercesión, y sea la salvación mía amaros a vos y a Jesús por siempre, en el tiempo y en la eternidad; sois mi esperanza, en vos confío.

Tomado de:

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 23-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XXIII

Apparuit enim gratia Dei Salvatoris nostri omnibus hominibus, erudiens nos, ut… pie vivamus in hoc saeculo, expectantes beatam spem el adventum gloriae magni Dei et Salvatoris nostri Jesu Christi.

Porque se manifestó la gracia salvadora de Dios a todos los hombres enseñándonos que vivamos piadosamente en el presente siglo, aguardando la bienaventurada esperanza y manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo.

JUICIO FINAL, BEATO ANGÉLICO.

JUICIO FINAL, BEATO ANGÉLICO.

Considera que por la gracia que aquí se dice manifestada se entiende el entrañable amor de Jesucristo hacia los hombres; que por esto se llama gracia. Este amor fue, por parte de Dios, siempre idéntico, si bien no siempre aparentó tal.

Primero fue prometido en tantas profecías y encubierto bajo el velo de tantas figuras, pero en el nacimiento del Redentor se dejo ver a las claras, apareciendo a los hombres el Verbo eterno como niño recostado sobre el heno, gimiendo y temblando de frío, comenzando ya así a satisfacer por nosotros las penas que merecíamos y dándonos a conocer el afecto que nos tenia sacrificando por nosotros la vida: En esto hemos conocido la caridad, en que El dio su vida por nosotros. Se manifestó, pues, la gracia salvadora de Dios y se manifestó a todos los hombres. Pero ¿por qué después no lo conocieron todos y aun hoy día hay tantos que no lo conocen? Porque la luz ha venido al mundo y amaron los hombres más las tinieblas que la luz. No lo conocieron ni lo conocen porque no quieren conocerlo y aman más las tinieblas del pecado que la luz de la gracia. No pertenezcamos al número de estos infelices. Si hasta aquí cerramos los ojos a la luz, pensando poco en el amor de Jesucristo, procuremos, en los días que nos restaren de vida, tener siempre ante los ojos las penas y la muerte de nuestro Redentor, para amar a quien tanto nos amó: Aguardando la bienaventurada esperanza y manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo.

Así podremos confiar fundadamente, según las divinas promesas, en aquel paraíso que Jesucristo nos conquistó con su sangre. En esta primera aparición viene Jesucristo como niño, pobre y despreciado, manifestándose en la tierra, nacido en un establo, cubierto con pobres lienzos y reclinado en el heno, pero en la segunda aparición vendrá sobre trono de majestad: y verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poderío y majestad. ¡Feliz en aquella hora quien le haya amado, y desgraciado quien no le hubiera amado!

 Afectos y Súplicas

¡Oh mi santo Niño! Ahora os contemplo sobre esta paja, pobre, afligido y abandonado; pero ya sé que vendréis un día a juzgarme sobre esplendoroso trono, rodeado de ángeles. ¡Ah!, perdonadme antes de que me juzguéis. Entonces os portareis como justo juez, pero ahora sois Redentor mío y Padre misericordioso. ¡Ingrato de mí, que no os conocí por no querer conoceros, y en vez de pensar en amaros, considerando el amor que me tuvisteis, no pensé más que en satisfacer mis apetitos, despreciando vuestra gracia y vuestro amor! En vuestras manos pongo esta mí alma que había perdido, para que vos la salvéis: En tus manos mi espíritu encomiendo; – me libraras, Señor, Dios de verdad. En vos deposito mis esperanzas, pues sé que, para rescatarme del infierno, disteis sangre y vida: Me libraras, Señor, Dios de verdad. No me hicisteis morir cuando estaba en pecado y me esperasteis con tanta paciencia para que, entrando en mí, me arrepintiese de haberos ofendido, comenzase a amaros y así pudierais perdonarme y salvarme. Si, Jesús mío, quiero complaceros: me arrepiento sobre todo mal de los disgustos que os he causado; me arrepiento sobre todas las cosas. Salvadme por vuestra misericordia y sea mi salvación amaros siempre en esta vida y en la eternidad.

Amada Madre mía, María recomendadme a vuestro Hijo; hacedle ver que soy siervo vuestro y que en vos puse mi esperanza, pues El os oye y no os niega nada.

Tomado de:

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 22-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XXII

In propia venit, et sui eum non receperunt.

Vino a lo que era suyo, y los suyos no lo recibieron.

SAN FRANCISCO DE ASÍS, FRANCISCO DE ZURBARÁN.

SAN FRANCISCO DE ASÍS, FRANCISCO DE ZURBARÁN.

Andaba en estos días de Navidad San Francisco de Asís gimiendo y suspirando por caminos y selvas, con gemidos inconsolables, preguntando por causa, respondió: Y ¿cómo queréis que no llore, viendo que el amor no es amado? Veo un Dios casi fuera de si por amor de los hombres, y a los hombres tan ingratos con este Dios. Si tanto afligía esta ingratitud de los hombres al corazón de San Francisco, consideremos cuánto más afligiría al Corazón de Jesucristo. Apenas concebido en el seno de María, vio la cruel correspondencia que había de recibir de los hombres. Había venido del cielo a encender el fuego del divino amor, y este solo deseo le había hecho descender a la tierra a sufrir un abismo de penas e ignominias: Fuego vine echar sobre la tierra, y ¿qué quiero, si ya prendió? Y después veía el abismo de pecados que cometerían los hombres a pesar de haber sido testigos de tantas pruebas de su amor. Esto fue, dice San Bernardino de Siena, lo que le hizo padecer infinito dolor. Aún entre nosotros, el verse alguno tratado ingratamente por otro es insufrible dolor, pues como expone el Beato Simón de Casia, la ingratitud frecuentemente aflige al alma más que cualquier otro dolor al cuerpo. ¿Qué dolor, pues, ocasionaría a Jesús, que era nuestro Dios, ver que, por nuestra ingratitud, sus beneficios y sus amor habían de ser pagados con disgustos e injurias? Mal, en cambio de bien, me devolvieron, – y odio por amor. Y hasta aun hoy día parece que van lamentándose Jesucristo: Fui para mis hermanos extranjero, pues ve que no es amado ni conocido de muchos, como si no les hubiera hecho bien alguno ni hubiera padecido nada por su amor.

¡Oh Dios!, y ¿qué caso hacen, aun al presente, tantos cristianos del amor de Jesucristo? Apareciese en cierta ocasión el Redentor al Beato Enrique Suson a modo de peregrino que andaba mendigando de puerta en puerta quien le hospedara un poquillo, y todos lo despedían, con injurias y villanías. ¡Cuantos, por desgracia, hay semejantes a aquellos de quienes habla Job: Ellos, que decían a Dios: ¡Apártate de nosotros! Pues ¿qué podía hacerles Sadday, – ya que el había henchido su casa de ventura? Nosotros aunque en lo pasado nos hayamos unido a estos ingratos, ¿querremos continuar con nuestra ingratitud en lo futuro? no, que no se merece esto amable niño que vino del cielo a padecer y morir por nosotros para que le amasemos.

Afectos y súplicas

Luego ¿será verdad, Jesús mío, que bajasteis del cielo para haceros amar de mí, que vinisteis a abrazaros con vida trabajosa y muerte de cruz por amor mío y para que os acogiese en mi corazón, y yo os haya tantas veces arrojado de mi exclamando: Apártate de mi, Señor, que no te quiero? ¡Oh Dios!, si no fueseis bondad infinita ni hubieseis dado la vida para perdonarme, no me atrevería a pediros perdón; pero oigo que vos mismo me brindáis la paz: Volveos a mí, dice Yahveh Sebaot, y yo me volveré a vosotros. Vos mismo, Jesús mío, que sois el ofendido por mí, os hacéis mi intercesor: y El es propiciación por nuestros pecados. No quiero, pues, haceros este nuevo agravio de desconfiar de vuestra misericordia. Me arrepiento con toda el alma de haberos despreciado, ¡oh sumo Bien!; dignaos recibirme en vuestra gracia por aquella sangre derramada por mi, Padre…, no soy ya digno de llamarme hijo tuyo. No, redentor y Padre mío, no soy digno de ser hijo vuestro, por haber tantas veces renunciado a vuestro amor; mas vos me hacéis digno con vuestros merecimientos. Gracias Padre mío, gracias; os amo. ¡Ah, que él solo pensamiento de la paciencia con que me sufristeis por tantos años y de las gracias que me dispensasteis, después de todas las injurias que os hice, debiera hacerme vivir siempre ardiendo en las llamas de vuestro amor! Venid, pues, Jesús mío, que no quiero desecharos mas; venid a habitar en mi pobre corazón. Os amo y quiero amaros siempre, y vos inflamadme siempre mas con el recuerdo del amor que me tuvisteis.

Reina y Madre mía, María, ayudadme, rogad a Jesús por mi; hacedme vivir, en lo que me restare de vida, agradecido al Dios que tanto me amo, después de haberle tanto ofendido.

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 21-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XXI

Accenseor descendentibus in foveam, – similis factus sum viro invalido.

 Contado soy con los que al hoyo bajan,- cual de heridos que yacen en la tumba.

LA VIRGEN DE LA EXPECTACIÓN O  DE CASTILLEJA DE LA CUESTA, ESPAÑA.

LA VIRGEN DE LA EXPECTACIÓN O DE CASTILLEJA DE LA CUESTA, ESPAÑA.

Considera la vida penosa por qué pasó Jesucristo en el seno de su Madre, debido a la prisión tan estrecha y obscura de nueve meses. Cierto que los otros niños están en el mismo estado, pero no sienten las incomodidades, pues no las conocen pero Jesús las conocía bien, ya que, desde el primer instante de su vida, tuvo perfectísimo uso de razón. Tenía sentidos, y no podía valerse de ellos; tenia ojos, y no podía ver; lengua, y no podía hablar; manos, y no las podía extender; pies, y no podía andar; así que, durante los nueve meses qué estuvo en el seno de María, estuvo como muerto encerrado en el sepulcro: Contado soy con los que al hoyo bajan,- cual de heridos que yacen en la tumba. Era libre, porque se había hecho voluntariamente prisionero de amor; pero el amor le privaba del uso de la libertad y lo tenía tan estrechado con cadenas, que no podía moverse. ¡Oh gran paciencia del Salvador!, exclama San Ambrosio al pensar en las penas de Jesús mientras estaba en el seno de María. Fue por consiguiente, para el Redentor el seno de María cárcel voluntaria, porque fue prisión de amor, mas no prisión injusta. Ciertamente que era inocente, pero se había ofrecido a pagar nuestras deudas y satisfacer por nuestros delitos. Con razón, pues, la divina justicia lo tiene así encarcelado, comenzando con esta pena a exigir de El mismo la merecida satisfacción.

Mira a lo que se reduce el Hijo de Dios por amor de los hombres: se priva de su libertad y se encadena para librarnos de las cadenas del infierno. Mucho, pues merece ser reconocida con gratitud y amor la gracia de nuestro libertador y fiador, quien no por obligación, sino solo por afecto, se ofreció a pagar y pago nuestras deudas y nuestras penas, dando por ellas su vida divina: No olvides los favores de quien te dio fianza, – pues que ha dado por ti su alma.

Afectos y súplicas

No olvides los favores de quien te dio fianza. Si, Jesús mío; con razón me advierte el profeta que no me olvide la inmensa gracia que me hicisteis. Yo era deudor y reo, y vos, inocente. Vos, Dios mío, quisisteis satisfacer por mis pecados con vuestras penas y con vuestra muerte. Y después olvide esta gracia y vuestro amor y me atreví a volveros las espaldas, como si no fuerais mi Señor, y el Señor que me amo tanto. Mas, si en el pasado lo olvide, no quiero, Redentor mío, olvidarlo en lo futuro. Vuestras penas y vuestra muerte serán mi continuo pensamiento, y ellas me recordaran siempre el amor que me tuvieseis. Maldigo los días en que, olvidado de cuanto padecisteis por mí, abuse tan malamente de la libertad que me disteis para amaros y emplee en despreciaros. Esta libertad que me disteis, hoy os la consagro. Libradme Jesús mío, de la desgracia de verme de nuevo separado de vos y hecho nuevamente esclavo de Lucifer. Encadenad a vuestros pies a esta mi pobre alma, a fin de que no se aparte mas de vos. Padre eterno, por la cautividad que el Niño Jesús padeció en el seno de María, libradme de las cadenas del pecado y del infierno.

Y vos, Madre de Dios, socorredme. Lleváis dentro, aprisionado y estrechado, al Hijo de Dios. Pues, ya que Jesús es prisionero vuestro, hará cuanto le digáis. Decidle que me perdone y que me haga santo. Ayudadme, Madre mía, por aquella gracia y honor que os hizo Jesucristo de habitar nueve meses en vuestro seno.

Tomado de:

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 20-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XX

Parvulus natus est nobis, et Filius datus est nobis.

Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.

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ESTAMPA DE SAN FRANCISCO Y EL PRIMER PESEBRE

 

 

Considera cómo, después de tantos siglos, después de tantas plegarias y suspiros, vino, nació y se dio todo a nosotros el Mesías, que no fueron dignos de ver los santos patriarcas y profetas; el suspirado de los gentiles, el deseado de los collados eternos, nuestro Salvador: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. El Hijo de Dios se empequeñeció para hacernos grandes; se dio a nosotros para que nosotros nos diéramos a Él; vino a demostrarnos su amor, para que le correspondiésemos con el nuestro. Recibámoslo, pues, con afecto, ámennosle y recurramos a Él en todas nuestras necesidades. Los niños, dice San Bernardo, fácilmente conceden lo que se le pide. Jesús vino como niño, para demostrarnos que está dispuesto a darnos todos sus bienes. En el cual se hallan todos los tesoros. El Padre… todas las cosas ha entregado en sus manos. Si queremos luz, El vino para iluminarnos; si queremos fuerza para resistir a los enemigos, El vino para fortalecernos, si queremos el perdón y la salvación, El vino precisamente para perdonarnos y salvarnos; si queremos, en una palabra, el supremo don del amor divino, El vino para inflamarnos; y por esto, sobre todo, se hizo niño y quiso presentarse a nosotros pobre y humilde, para aparecer más amable, apartar de nosotros todo temor y conquistarse nuestro afecto: Así debía venir quien quiso desterrar el temor y buscar la caridad, dice San Pedro Crisologo.

Además, Jesús quiso venir chiquito, para que le amasemos, no sólo con amor apreciativo, sino con amor tierno. Todos los niños saben conquistarse afectuoso cariño de quienes los guardan, y ¿quién no amará con ternura a un Dios viéndolo niñito menesteroso de leche, tiritando de frío, pobre, humillado y abandonado, que llora y que da vagidos sobre la paja de un pesebre? Esto hacia exclamar al enamorado San Francisco: ¡Amemos al Niño de Belén! ¡Amemos al Niño de Belén!

Almas venid a amar a un Dios hecho niño y hecho pobre, y que es tan amable que bajó del cielo para entregársenos por completo.

Afectos y súplicas

¡Oh amable Jesús, tan despreciado por mi!, bajasteis del cielo para rescatarnos del infierno y daros por completo a nosotros, y ¿cómo pudimos tantas veces despreciaros y volveros las espaldas? ¡Oh Dios!, los hombres son tan agradecidos con las criaturas, que, si alguien les hace un regalo, si les envía un visita lejana, si les da cualquier prueba de afecto, no se olvidan y se sienten forzados a corresponder. Y, a vuelta de esto, ¡son tan ingratos con vos, que sois su Dios, y tan amable que por su amor no rehusasteis dar sangre y vida !Mas, ¡ay de mi, que fui peor que los demás, por haber sido más amado y más ingrato. ¡Ah!, si las gracias que me dispensasteis las hubierais dado a un hereje, aun idolatra, se habrían hecho santos, y yo os ofendí. Por favor, no os recordéis, Señor, de las injurias que os hice. Dijisteis que, cuando el pecador se arrepiente, os olvidáis de todos los ultrajes recibidos: Ninguno de los pecados que cometió le será recordado. Si en lo pasado no os amé, en lo futuro no quiero hacer más que amaros. Ya que os disteis completamente a mí, os doy, en cambio, toda mi voluntad; con ella os amo, os amo, os amo y quiero repetir siempre: os amo, os amo. Quiero vivir siempre repitiendo lo mismo y así quiero morir, lanzando el postrer suspiro con estas suaves palabras: Dios mío, os amo, para comenzar desde el punto en que entrare en la eternidad con un amor continuo hacia vos, que durara eternamente, sin dejar ya de amaros. Entre tanto, Señor mío, único bien y único amor mío, me propongo anteponer vuestra voluntad a todos mis placeres. Venga todo el mundo y lo rechazo, que no quiero ya dejar de amar a quien me ha amado tanto; no quiero disgustar mas a quien merece por parte mía infinito amor. Secundad, Jesús mío, este mi deseo con vuestra gracia.

Reina mía, María, reconozco debidas a vuestra intercesión todas las gracias recibidas de Dios; seguid intercediendo por mi; alcanzadme la perseverancia, vos que sois la Madre de ella.

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 19-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XIX

Orietur vobis sol justitiæ, et sanitas in pennis ejes. (Malacb. IV, 2)

 Nacerá para vosotros el sol de justicia, y la salud bajo sus alas.

CRISTO CURANDO AL PARALÍTICO DE BETESDA, PALMA IL GIOVANE

CRISTO CURANDO AL PARALÍTICO DE BETESDA, PALMA IL GIOVANE

Vendrá vuestro Médico, dice el Profeta, a sanar los enfermos, y vendrá veloz como ave que vuela, y cual sol que al asomar en el horizonte envía al momento su luz al otro polo. Pero he aquí que ya ha venido. Consolémonos, pues, y démosle gracias, dice san Agustín, porque ha bajado hasta el lecho del enfermo, quiere decir, hasta tomar nuestra carne; puesto que nuestros cuerpos son los lechos de nuestras almas enfermas.

Los otros médicos, por mucho que amen á los enfermos, solo ponen todo su cuidado para curarlos; pero ¿quién por sanarlos toma para sí la enfermedad? Jesucristo solo, ha sido aquel médico que se ha cargado con nuestros males, a fin de sanarlos. No ha querido mandar a otro, sino venir él mismo a practicar este piadoso oficio, para ganarse nuestros corazones. Ha querido con su misma sangre curar nuestras llagas, y con su muerte librarnos de la muerte eterna, de que éramos deudores.

En suma, ha querido tomar la amarga medicina de una vida continuada de penas, y de una muerte cruel, para alcanzarnos la vida y librarnos de todos nuestros males. El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo tengo de beber?  Decía el Salvador a Pedro. Fue, pues, necesario, que Jesucristo abrazase tantas ignominias para sanar nuestra soberbia: abrazase una vida pobre para curar nuestra codicia: abrazase un mar de penas, hasta morir de puro dolor, para sanar nuestro deseo de placeres sensuales.

Afectos y súplicas

Sea siempre loada y bendita vuestra caridad, Redentor mío. Y ¿qué sería de mi alma tan enferma, y afligida por tantas llagas, si no tuviese a Vos, Jesús mio, que me podéis y queréis sanar? ¡Ah! sangre de mi Salvador, en ti confío; lávame y sáname. Me arrepiento, amor mio, de haberos ofendido. Vos, para manifestarme el amor que me tenéis, habéis llevado una vida tan atribulada, y sufrido una muerte tan amarga!…

Yo quisiera manifestaros también mi amor; mas ¿qué puedo hacer, siendo como soy, miserable, enfermo y tan débil? ¡Oh Dios de mi alma! Vos podéis curarme y hacerme santo, pues sois todopoderoso. Encended en mí un gran deseo de daros gusto. Renuncio a todas mis satisfacciones por agradaros, Redentor mío, que merecéis ser complacido a toda costa. ¡Oh sumo Bien! yo os estimo, y os amo sobre todo otro bien; haced que os ame, y que os pida siempre vuestro amor.

Hasta aquí os he ofendido, y no os he amado porque no he solicitado vuestro amor. Éste busco ahora, y os pido la gracia de buscarlo siempre. Oídme por los méritos de vuestra pasión. ¡Oh madre mía, María! Vos estáis siempre dispuesta para oír a quien os ruega; Vos amáis a quien os ama. Yo os amo, pues, Reina mía; alcanzadme la gracia de amar a Dios, y nada más os pido.

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 18-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XVIII

Qui proprio Filio suo non pepercit, sed pro nobis omnibus tradidit illum. (Rom. VIII, 32).

El que aun á su propio Hijo no perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros.

SANTO CRISTO DE LA AGONÍA. LIMPIAS, ESPAÑA.

SANTO CRISTO DE LA AGONÍA. LIMPIAS, ESPAÑA.

Considera que habiéndonos dado el eterno Padre a su mismo Hijo por mediador, por abogado cerca de él mismo, y por víctima en satisfacción de nuestros pecados, nosotros no podemos ya desconfiar de alcanzar de Dios cualquiera gracia que le pidamos, valiéndonos del medio de un tal intercesor: ¿Cómo no nos donó con este Redentor todas las cosas? añade san Pablo. ¿Qué cosa nos negará ya Dios, no habiéndonos negado a su Hijo? Ninguna de nuestras súplicas merece ser oída ni atendida del Señor; porque no somos dignos de gracias, sí es de castigo por nuestros pecados; pero ciertamente merece ser oído Jesucristo que intercede por nosotros, y ofrece todos los padecimientos de su vida, su sangre y su muerte.

No puede negar cosa alguna el Padre a un Hijo tan amado, que le ofreció un precio de infinito valor. Él es inocente, y aunque paga a la divina justicia es para satisfacer nuestras deudas; y su satisfacción es infinitamente mayor que todos los pecados de los hombres. No seria justo que pereciese un pecador, el cual se arrepiente de sus culpas, y ofrece a Dios los méritos de Jesucristo, quien las ha satisfecho por él sobreabundantemente. Démosle, pues, gracias a Dios, y esperémoslo todo en los méritos de Jesucristo.

Afectos y súplicas.

No, mi Dios y mi Padre, no puedo ya desconfiar de vuestra misericordia; no puedo temer que me neguéis el perdón de todas las ofensas que os he hecho, y que no me deis todas las gracias que necesito para salvarme, cuando me habéis dado a vuestro Hijo a fin de que os lo ofrezca por mí. Vos puntualmente para perdonarme y hacerme merecedor de vuestras gracias, me lo habéis donado y me mandáis que os le ofrezca, y que por sus méritos espere mi salvación.

Yo os ofrezco, pues, los merecimientos de vuestro hijo Jesús, y por ellos espero la gracia que repare mi debilidad, y todos los daños que me he acarreado con mis pecados.

Me arrepiento, bondad infinita, de haberos ofendido; yo os amo sobre todas las cosas, y de hoy en adelante os prometo no amar á otro que á Vos; pero éste mi propósito ¿de qué servirá, si Vos no me ayudáis? Por el amor de Jesucristo dadme la santa perseverancia y vuestro amor; dadme, luz y fuerza para seguir en todo vuestra santa voluntad. Fiado en los méritos de vuestro Hijo, espero que me oiréis. María, madre y esperanza mía, también os suplico por amor del mismo Jesucristo que me alcancéis estas gracias. Madre mía, escuchadme.

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 17-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XVII

AFFLICCIÓN DEL CORAZÓN DE JESÚS EN EL SENO DE MARÍA

Hostiam et oblationem noluisti; corpus autem aptasti
mihi.

Sacrificio y ofrenda no quisiste; pero me diste un
cuerpo a propósito.

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ECCE HOMO, BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO.

Considera la grande amargura de que debía sentirse afligido y oprimido el corazón del Niño Jesús en el seno de María en aquel primer instante en que el Padre le propuso la serie de desprecios, trabajos y agonías que había de sufrir en su vida para libertar a los hombres de sus miserias: Cada mañana me despierta el oído…; no me he rebelado…; mi espalda ofrecí a los que golpeaban. Así hablo Jesús por boca del profeta. Cada mañana me despierta el oído, es decir, desde el primer momento de mi concepción, mi Padre me dio a sentir su voluntad, que yo viviese vida de penas y fuese, finalmente, sacrificado en una cruz; no me he rebelado; mi espalda ofrecí a los que golpeaban. Y yo lo acepté todo por vuestra salvación, ¡oh almas!, y desde entonces entregue mi cuerpo a los azotes, clavos y muerte, Pondera que cuanto padeció Jesucristo en su vida y en su pasión, todo le fue puesto ante los ojos desde el seno de su Madre y El todo lo abrazo con amor; pero, al consentir en esta aceptación y vencer la natural repugnancia de los sentidos ¡Oh Dios, cuanta angustia y opresión no tuvo que sufrir el inocente corazón de Jesús! Sobrado conocía lo que primeramente había de padecer, al estar encerrado nueve meses en aquella cárcel obscura del seno de María; los padecimientos y oprobios del nacimiento en una fría gruta, establo de animales; los treinta años de servidumbre en el taller de un artesano; el considerar que había de ser tratado por los hombres como ignorante, esclavo, seductor y reo de la muerte más infame y dolorosa que se daba a los malvados.

Todo lo acepto nuestro amable Redentor en todo momento, y en todos los momentos en que lo aceptaba, padecía reunidas todas las penas y abatimientos que había después de padecer hasta su muerte. El mismo conocimiento de su dignidad divina contribuía a que sintiese mas las injurias que recibiría de los hombres: Presente tengo siempre mi ignominia. Continuamente tuvo ante los ojos su vergüenza, especialmente la confusión que le acarrearía verse un día desnudo, azotado, colgado de tres garfios de hierro, rindiendo así la vida entre vituperios y maldiciones de quienes se beneficiaban de su muerte: Hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Y ¿para qué? Para salvarnos a nosotros, míseros e ingratos pecadores.

Afectos y súplicas

Amado Redentor mío, ¡cuánto os costo, desde que entrasteis en el mundo, sacarme del abismo en que mis pecados me habían sumergido! Para librarme de la esclavitud del demonio, al cual yo mismo me vendí voluntariamente, aceptasteis ser tratado como el peor de los esclavos; y yo, que esto sabia, tuve la osadía de amargar tantas veces vuestro amabilísimo Corazón, que tanto me amó. Más, puesto que vos, inocente, aceptasteis, Dios mío, vida y muerte tan penosas, yo acepto por vuestro amor, Jesús mío, todas las penas que me vengan de vuestras manos. Las acepto y abrazo porque proceden de aquellas manos traspasadas un día para librarme del infierno, tantas veces merecido por mí. Vuestro amor, ¡Oh Redentor mío!, al ofreceros a padecer tanto por mí, me obliga a aceptar por vos cualquier pena y desprecio. Dadme, Señor, por vuestros méritos, vuestro santo amor, que me torne dulces y amables todos los dolores y todas las ignominias. Os amo sobre todas las cosas, os amo con todo el corazón, os amo más que a mí mismo. Vos en vuestra vida me disteis tantas y tan grandes pruebas de afecto, y yo, ingrato, que viví tantos años en el mundo, ¿qué prueba de amor os he dado? Haced, pues, ¡Oh Dios mío!, que en los años que me restaren de vida os de alguna prueba de mi amor. No me atrevería en el día del juicio a comparecer ante vos, tan pobre como soy ahora y sin hacer nada por amor vuestro; pero ¿qué puedo hacer sin vuestra gracia? Sólo rogaros que me socorráis, y aun esta mi suplica es gracia es gracia vuestra. Jesús mío, socorredme por los méritos de vuestras penas y de la sangre que derramasteis por mí.

María Santísima, encomendadme a vuestro Hijo, ya que por mi amor lo llevasteis. Mirad que soy una de aquellas ovejuelas por las que murió vuestro Hijo.

Tomado de:

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 16-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XVI

DIOS NOS DIÓ A SU UNIGENITO POR SALVADOR

Dedit te in lucem gentium, ut sis salus mea usque ad
extremum terrae.

Te he constituido en luz de los gentiles, para que mi
salvación llegue hasta el fin de la tierra.

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Consideremos cómo el Eterno Padre dijo al Niño Jesús en el instante de su concepción estas palabras: Hijo, yo te he dado al mundo como luz y vida de las gentes, para que procures su salvación, que estimo tanto como si fuese la mía. Es necesario, pues que te emplees completamente en beneficio de los hombres. “Dado completamente a ellos y entregado por completo a sus menesteres”. Es necesario que al nacer padezcas extremada pobreza, para que el hombre se enriquezca; es necesario que seas vendido como esclavo, para que el hombre sea libre; es necesario que, como esclavo, seas azotado y crucificado, para satisfacer a mi justicia la pena debida por el hombre; es necesario que sacrifiques sangre y vida, para librar al hombre de la muerte eterna. Sábete, en suma, que ya no eres tuyo, sino del hombre. Pues un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Así, querido Hijo mío, es como el hombre se rendirá a amarme y a ser mío, viendo que le doy por completo a ti, Hijo mío unigénito, y que ya no me resta más que darle.

Así amo Dios (¡Oh amor infinito, digno solamente de un Dios infinito!), así amo Dios al mundo, que entrego a su Hijo unigénito. El Niño Jesús no se contristó a esta propuesta, sino que se complació en ella, aceptándola con amor y regocijo: Salta cual gigante a correr la ruta. Y desde el primer momento de su encarnación se entrego por completo al hombre, y abrazó con gusto todos los dolores e ignominias que había de sufrir en la tierra por amor de los hombres. Estos fueron, expone San Bernardo, los montes y collados que había de atravesar Jesucristo con tanto apresuramiento para salvar a los hombres: Helo aquí que viene saltando por las montañas, brincando por las colinas.

Piensa aquí como el divino Padre, enviando a su Hijo para ser nuestro Redentor y sellar la paz entre Él y los hombres, se obligó en cierto modo a perdonarnos y amarnos, por razón del pacto que hizo de recibirnos en su gracia, puesto que el Hijo satisfacía por nosotros a la divina justicia. A su vez, el Verbo divino, habiendo aceptado la comisión del Padre, el cual (enviándolo a redimirnos) nos lo daba, se obligo también a amarnos, no ya por nuestro meritos, más para cumplir la piadosa voluntad del Padre.

Afectos y súplicas

Amado Jesús mío, si es verdad, como dice la ley, que el dominio se adquiere con la donación, vos sois mío, por haberos vuestro Padre entregado a mí: por mí nacisteis y por mí os habéis dado. Por eso puedo con razón exclamar: Dios mío y mi todo. Y ya que sois mío, mías son vuestras cosas, como me lo afirma vuestro Apóstol: ¿Cómo no juntamente con El nos dará de gracia todas las cosas? Mía es vuestra sangre, míos vuestros meritos, mía vuestra gracia, mío vuestro paraíso. Y si sois mío, ¿quién podrá nunca separaros de mí? Nadie podrá quitarme a Dios, exclamaba jubiloso San Antonio Abad. Así quiero yo exclamar en adelante. Tan sólo por culpa mía puedo perderos y separarme de vos; pero, Jesús mío, si en lo pasado os dejé y perdí, ahora me arrepiento con toda el alma y me resuelvo a perderlo todo, aun la vida, antes que perderos a vos, bien infinito y único amor de mi alma. Os doy gracias, Padre eterno, por haberme dado a vuestro Hijo, y a cambio de habérmelo dado por completo a mí, miserable, yo me entrego todo a vos. Por amor de este mismo Hijo, aceptadme y estrechadme con los lazos de amor a este mi Redentor, pero estrechadme de manera que pueda también exclamar: ¿Quién nos apartara del amor de Cristo? ¿Qué bien del mundo podrá separarme de mi Jesucristo? Salvador mío, pues sois todo mío, sabed que yo soy todo vuestro; disponed de mi y de mis cosas como os agradare. ¿Cómo podría negar nada a Dios, que no me negó nada, ni su sangre ni su vida?

María, Madre mía, custodiadme con vuestra protección. No quiero ya pertenecerme más, sino pertenecer por completo a mi Señor. Pensad en hacerme fiel; en vos confió.

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 15-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XV

Invenietis infantem positum in præsepio. (Luc. II, 12).

Hallaréis al Niño echado en un pesebre.

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LA ADORACIÓN DE LOS PASTORES, BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO.

Contemplando la santa Iglesia este gran misterio y este gran prodigio de aparecer un Dios nacido en un establo, toda admirada exclama: ¡Oh grande misterio, y admirable Sacramento! que los animales viesen al Señor nacido recostado en un pesebre.

Para contemplar con ternura y amor el nacimiento de Jesús, debemos pedir al Señor que nos de una fe viva; porque si entramos sin fe en la gruta de Belén, no experimentaremos mas que un afecto de compasión, al ver un niño reducido a un estado tan pobre, que naciendo en el corazón del invierno, es reclinado en un pesebre de bestias, sin fuego, y en medio de una fría cueva. Pero si entramos con fe, y vamos considerando qué exceso de bondad y de amor ha sido el que un Dios haya querido reducirse á comparecer pequeñito infante, estrechado entre las fajas, colocado sobre la paja, que gime, que tiembla de frío  que no puede moverse, que tiene necesidad de leche para vivir, ¿cómo es posible que cada uno de nosotros no se sienta atraído, y dulcemente obligado á dar todos sus afectos á este Dios niño, que se ha reducido á tal estado para hacerse amar?

Dice san Lucas, que los pastores después de haber visitado á Jesús en el establo, se volvieron glorificando y loando á Dios por todas las cosas que habían oído y visto. Y pues ¿qué es lo que habían visto? No otro que un pobrecito niñito tiritando de frío, sobre unas pocas pajas ; mas por cuanto estaban iluminados de la fe, reconocieron en aquel infante el exceso del amor divino; del cual inflamados iban después alabando y glorificando á Dios en la contemplación de haber tenido la suerte de ver un Dios anonadado y desmayado por amor de los hombres. Exinanivit semetipsum.

Afectos y súplicas.

¡Oh amable, oh mi dulce Niño! aunque os miro tan pobre sobre esa paja, yo os confieso y os adoro por mi Señor y Criador. Comprendo ya quién os ha reducido á estado tan miserable; ha sido el amor que me habéis tenido. Acordándome, pues, ó Jesús mio, de la manera que en lo pasado os he tratado, y de las injurias que os he hecho, me maravillo como habéis podido soportarme.

 ¡Malditos pecados! ¿Qué habéis hecho? me habéis hecho llenar de amargura el corazón de este mi enamorado Señor. Ea, pues, mi amado Salvador, por los dolores que sufristeis, y por las lágrimas que derramasteis en el establo de Belén, dadme lágrimas, dadme Un gran dolor que haga llorar toda mi vida los disgustos que os he ocasionado. Dadme amor hacia Vos, pero un amor tal que compense las ofensas que os he hecho.

Os amo, mi chiquito Salvador, os amo, Dios niño y amor mio, mi vida y mi todo. Os prometo de aquí en adelante no amar á otro que á Vos. Ayudadme con vuestra gracia, sin la que nada puedo. María, esperanza mía, Vos alcanzáis cuanto queréis de este Hijo, alcanzadme su santo amor. Madre mía, escuchadme.

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 14-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XIV

Quæ utilítas in sanguine meo, dum descendo in corruptionem? (Psalm. XXIX, 10).

¿Qué provecho hay en mi sangre, si desciendo á la corrupción?

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LA CUCIFIXIÓN, GIOTTO DI BONDONE.

Reveló Jesucristo á la venerable Águeda de la Cruz, que estando en el seno de María, la que mayor dolor le causó entre todas las penas, fue ver la dureza de los corazones de los hombres, que habían de menospreciar después de su redención las gracias que había venido a derramar sobre la tierra. Y este sentimiento, bien pronto lo expresó él mismo por boca de David en las palabras del salmo arriba puestas, comúnmente entendidas por los santos Padres, según las explica san Isidoro; y es como sigue: Dum descendo in corrupiionem, esto es, cuando desciendo a tomar la naturaleza humana tan corrompida de vicios y de pecados, Padre mío, parece que dijera el Verbo divino, yo voy á vestirme de carne, y luego á derramar toda mi sangre por los hombres; pero ¿qué provecho habrá en ella? La mayor parte de los hombres no harán caso de esta mi sangre, y seguirán ofendiéndome como si nada hubiese yo hecho por su amor.

Esta pena fue aquel cáliz amargo del cual pidió Jesús al eterno Padre le librase. ¡Qué cáliz! ver tanto desprecio de su amor! Esto le hizo aun clamar sobre la cruz: Dios mio, Dios mio, ¿por qué me has desamparado? Reveló el Señor á santa Catalina de Sena, que el desamparo de que se lamentó era el ver que su Padre había de permitir que su pasión y su amor hubieran de ser desestimados de tantos hombres por quienes moría. Esta misma pena, pues, atormentaba á Jesús niño en el seno de María, al mirar desde allí tanta costa de dolores, de ignominias, de sangre y de una muerte cruel y afrentosa, con tan poco fruto.

Vio ya entonces el santo Infante aquello que decía el Apóstol de muchos, o más bien la mayor parte, los cuales habían de hollar la sangre del Hijo de Dios, tenerla por vil y profanarla, ultrajando la gracia que esta misma sangre les adquiría. Pero si hemos sido del número de estos ingratos, no desesperemos. Jesús al nacer viene ofreciendo la paz á los hombres de buena voluntad, como hizo anunciarlo por los Ángeles: et ín terra pax hominibus bonæ voluntatis.

Mudemos, pues, nuestra voluntad, arrepintiéndonos de nuestros pecados, y proponiendo amar a este buen Dios; así hallaremos la paz, esto es, la amistad divina.

Afectos y súplicas

Amabilísimo Jesús mío, ¡cuánto os he hecho padecer aun en vuestra vida! Vos habéis derramado la sangre por mí con tanto dolor y con tanto amor; y hasta aquí ¿qué fruto habéis sacado de mí? desprecios, disgustos y ofensas. Pero, Redentor mío, yo no quiero afligiros mas; espero que en lo venidero vuestra pasión hará fruto en mí con vuestra gracia, la cual veo me asiste ya. Habéis padecido tanto, y habéis muerto por mí para que os amase; quiero, pues, amaros sobre todo bien; y por daros gusto, estoy pronto a sacrificar mil veces la vida.

Padre eterno, yo no tendré atrevimiento de comparecer delante de Vos á pediros ni perdón ni gracia; mas vuestro Hijo me dice, que cualquiera gracia que pida en nombre suyo, me la concederéis. Os ofrezco, pues, los méritos de Jesucristo, y antes os pido en nombre del mismo un perdón general de todos mis pecados; os pido la santa perseverancia hasta la muerte, y sobre todo os pido el don de vuestro santo amor, que me haga vivir siempre según vuestra voluntad divina.

En cuanto á la mía, yo estoy resuelto á elegir antes mil muertes, que ofenderos, á amaros con todo el corazón, haciendo cuanto pueda por complaceros; mas para ¡todo esto os pido y de Vos espero la gracia de ejecutarlo! Madre mía, María, si Vos rogáis por mí estoy seguro. Rogad, rogad, y no ceséis jamás de rogar si no me veis mudado y reducido como Dios me quiere.

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 13-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XIII

JESÚS SE OFRECIÓ DESDE EL PRINCIPIO POR NUESTRA SALVACIÓN.

Oblatus est quia ipse voluit.

Fue maltratado, mas El se doblegó.

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El Verbo Divino, desde el primer instante que se vio hecho hombre y niño en el seno de María, se ofreció por si mismo a las penas y a la muerte, por el rescate del mundo. Sabía que todos los sacrificios de los machos cabríos y de los toros ofrecidos a Dios en la antigüedad no habían podido satisfacer por las culpas de los hombres, sino que se necesitaba una persona divina que satisficiese por ellos el precio de su redención. Por lo cual dijo, como nos certifica el Apóstol: Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me diste un cuerpo a propósito . Entonces dije: Heme aquí presente. Padre mío (dijo Jesucristo), todas las victimas a vos ofrecidas hasta ahora no bastan ni bastaran a satisfacer vuestra justicia; me disteis un cuerpo pasible para que con la efusión de mi sangre os aplaque y salve a los hombres: ecce venio, heme pronto; todo lo acepto y en todo me someto a vuestro querer.

La parte inferior experimentaba, naturalmente, repugnancia y rehusaba a vivir y morir entre tanta pena y oprobio, pero venció la parte racional, que estaba por completo subordinada a la voluntad del Padre, y acepto todo, comenzando Jesús a padecer, desde aquel punto, todas las angustias y dolores que sufriría en los años de su vida. Así obro nuestro divino Redentor desde los primeros instantes de su entrada en el mundo.

Y ¿cómo nos hemos portado nosotros con Jesús desde que, llegados al uso de razón, comenzamos a conocer con la luz de la fe los sagrados misterios de la redención? ¿Qué pensamientos, soberbias, venganzas, sensualidad: he ahí los bienes que aprisionaron los afectos de nuestro corazón. Más, si tenemos fe, mudemos de vida y de amores: amemos a un Dios que tanto padeció por nosotros. Acordémonos de las penas que el Corazón de Jesús padeció por nosotros desde niño, y así no podremos amar más que a este Corazón, que tanto nos ha amado.

Afectos y súplicas

Señor mío, ¿queréis saber cómo me porté con vos en mi vida? Desde que comencé a tener uso de razón empecé a menospreciar vuestra gracia y vuestro amor. Pero mejor que yo lo sabéis vos, y , a pesar de ello, me soportasteis porque aun me queréis mucho. Hui de vos, y vos os acercasteis llamándome. Aquel mismo amor que os hizo bajar del cielo en seguimiento de las ovejuelas perdidas, hizo que me sufrieseis y no abandonaseis. Jesús mío, ahora me buscáis y yo os busco. Siento que vuestra gracia me asiste; me asiste con el dolor de los pecados, que aborrezco sobre todo otro mal; me asiste con el gran deseo que tengo de amaros y de daros gusto . Sí, señor mío, os quiero amar y complacer cuanto pueda. Cierto que temo por mi fragilidad y la debilidad contraída a causa de mis pecados, pero mucho mayor es la confianza que vuestra gracia me infunde, haciéndome esperar en vuestros méritos y dándome grande ánimo para exclamar: Para todo siento fuerzas en aquel que me conforta. Si soy débil, vos me daréis fuerza contra mis enemigos; si estos enfermo, espero que vuestra sangre será mi medicina; si soy pecador, confió en que me santificareis. Confieso que en lo pasado coopere a mi ruina , porque deje de acudir a vos en los peligros. De hoy en adelante, Jesús mío y esperanza mía, a vos quiero recurrir y de vos espero toda ayuda y todo bien. Os amo sobre todas las cosas y nada quiero amar fuera de vos. Ayudadme, por piedad, por el merito de tantas penas como desde niño sufristeis por mí, Eterno Padre, por amor de Jesucristo aceptad que os ame. Si os enoje, aplacaos al ver las lagrimas del Niño Jesús, que os ruega por mí: En la faz de tu ungido pon los ojos. Yo no merezco gracias, pero las merece este hijo inocente, que os ofrece una vida de penas para que seáis conmigo misericordioso.

Y vos, María, Madre misericordiosa, no dejéis de interceder por mi; Sabéis cuanto confió en vos, y yo bien se que no abandonáis a quien a vosotros recurre.

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 12-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XII

Creavit Dominus novum super terram. (Jerem. XXXI, 22)

El Señor ha criado una cosa nueva sobre la tierra.

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Antes de la venida del Mesías, el mundo estaba sepultado en una noche tenebrosa de ignorancia y de pecados. Apenas el verdadero Dios era conocido en un solo ángulo de la tierra, á saber, en la Judea. En lo restante reinaba la más espantosa idolatría. Todo lo ocupaba la noche del pecado, el cual ciega a las almas y las llena de vicios, y las priva de ver el miserable estado en que viven, enemigas de Dios, condenadas al infierno; pudiendo decir con el Salmista: Pusiste tinieblas, y fue hecha la noche; en ella transitarán todas las bestias de la selva.

De estas tinieblas, pues, vino Jesús a libertar el mundo. Lo libró de la idolatría, dando á conocer al verdadero Dios, y lo libró del pecado con la luz de su doctrina y de sus divinos ejemplos; pues como dice san Juan: Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.

Predijo el profeta Jeremías, que Dios debía crear un nuevo niño, para ser el Redentor de los hombres: Creavit Dominus novum super terram. Este nuevo niño fue Jesucristo; él es el Hijo de Dios, que enamora al paraíso, y es el amor del Padre, el cual habló de esta manera: Este es mi Hijo el amado, en quien yo mucho me he complacido. Y este Hijo es aquel que se ha hecho niño, habiendo dado mas gloria y honor en el primer momento que ha sido criado, que le han dado y estarán para darle todos los Ángeles y Santos juntos por toda una eternidad. Por esto en el nacimiento de Jesús cantaron los Ángeles: Gloria á Dios en las alturas.

Ha dado, repito, á Dios más gloria Jesús aun niño, que le quitaron todos los pecados de los hombres. Cobremos, pues, ánimo nosotros pobres pecadores, ofrezcamos al eterno Padre este Infante, presentémosle las lágrimas, la obediencia, la humildad, la muerte y los méritos de Jesucristo, y recompensaremos á Dios las injurias que le hemos hecho con nuestras ofensas.

Afectos y súplicas.

¡Ah mi Dios eterno! yo os he deshonrado posponiendo tantas veces vuestra voluntad á la mía, y vuestra santa gracia á mis viles intereses y miserables satisfacciones… ¿Qué esperanza de perdón habría para mí, si Vos no me hubieseis dado á Jesucristo precisamente á este fin, para que fuese la esperanza de nosotros pecadores? Él es, dice el Apóstol, propiciación por los pecados nuestros. Sí, porque Jesucristo sacrificándoos la vida en satisfacción de las injurias que nosotros os hemos hecho, os ha dado más honor que nosotros deshonra con nuestros pecados.

Recibidme, pues, oh Padre mío, por amor de Jesucristo. Me arrepiento, oh bondad infinita, de haberos ultrajado: he pecado contra el cielo y en vuestra presencia; no soy digno de llamarme hijo tuyo. Ciertamente yo no soy digno de perdón, pero es digno Jesucristo de ser oído de Vos. Él os rogó por mí un día en la cruz: Pater ignosce, y ahora en el cielo os está diciendo, que me recibáis por hijo: Tenemos por abogado con el Padre á Jesucristo, que intercede por nosotros, dice san Juan  Recibid un hijo ingrato que antes os dejó, mas ahora vuelve resuelto á amaros otra vez.

Sí, Padre mío, yo os amo, y quiero siempre amaros. ¡Ah! Padre mío, ahora que he conocido el amor que me habéis tenido, y la paciencia con que me habéis sufrido tantos años, no me fío de vivir mas sin amaros. Dadme un grande amor, que me haga siempre llorar los disgustos que he dado á Vos, Padre mío, tan bueno, y me haga siempre arder de amor hacia un Padre tan amante. Padre mío, yo os amo, yo os amo, yo os amo. ¡Oh María! Dios es mi Padre, y Vos sois mi Madre. Todo lo podéis con Dios, ayudadme, alcanzadme la santa perseverancia y su santo amor.

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 11-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XI

Iniquitates nostras ipse portavit. (Isai. LIII).

Llevó sobre si nuestras maldades.

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Considera como el Verbo divino, haciéndose hombre, no solo quiso tomar la figura de pecador, sino que también cargar sobre si todos los pecados de los hombres, y satisfacer por ellos como si fuesen propios, es decir, como si los hubiese cometido. Ahora pensemos de aquí en qué opresión y angustia debía hallarse el Corazón del Niño Jesús, que ya se había cargado con todos los pecados del mundo, viendo que la justicia divina pedía de él una plena satisfacción.

Conocía bien la malicia de todo pecado, cuando con la luz de la divinidad que le acompañaba comprendía inmensamente, más que todos los hombres y todos los Ángeles, la infinita bondad de su Padre, y el mérito infinito que tiene para ser respetado y amado. Después veía á las claras delante de sí innumerables pecados de los hombres, por los que debía él padecer y morir. Hizo ver el Señor una vez a santa Catalina de Génova la fealdad de una sola culpa venial; y a tal vista, fue tan grande el espanto y el dolor de la Santa, que cayó desmayada en tierra.

¿Qué pena seria, pues, la de Jesús niño, al verse luego que vino al mundo presentado ante el inmenso cúmulo de maldades de todos los hombres, por las cuales debía satisfacer? «Ya entonces, dice san Bernardino de Sena, tuvo conocimiento de cada culpa «en particular de todos los hombres.» Por esto añade el cardenal Hugo, que los verdugos le atormentaron exteriormente crucificándole; pero nosotros interiormente pecando; y mas afligió al alma de Jesucristo cada pecado nuestro, que afligió a su cuerpo la crucifixión y la muerte. He aquí, pues, la recompensa que ofreció a este divino Salvador cualquiera que se acuerde de haberle ofendido con pecado mortal.

Afectos y súplicas.

Mi amado Jesús, yo que hasta ahora os he ofendido, no soy digno de gracia; mas por el mérito de aquellas penas que padecisteis y ofrecisteis a Dios a la vista de todos mis pecados, satisfaciendo por ellos a la justicia divina, hacedme participante de la luz con que Vos entonces conocisteis su malicia, y de aquella aversión con que los detestasteis. Porque ¿se habrá de verificar, oh mi Salvador, que yo soy verdugo de vuestro corazón todos los momentos de vuestra vida, y aun mas cruel que cuantos os crucificaron? ¿Y que esta pena la he renovado y acrecentado siempre que he vuelto a ofenderos?

Señor, Vos habéis muerto ya para salvarme; pero no basta para esto vuestra muerte, si yo de mi parte no detesto sobre todo mal y no tengo verdadero dolor de las ofensas que os he hecho. Mas este dolor también me lo habéis de dar Vos, que lo dais á quien os lo pide. Yo os lo pido por el mérito de todas vuestras penas que padecisteis en esta tierra: dádmelo tal, que corresponda a mi malicia.

Ayudadme, Señor, a hacer este acto de contrición: Eterno Dios, sumo e infinito bien; yo miserable gusano he tenido el atrevimiento de perderos el respeto, y despreciar vuestra gracia. Yo detesto sobre todo mal y aborrezco la injuria que os he hecho; me arrepiento de ello con todo el corazón, no tanto por el infierno que he merecido, cuanto porque que he ofendido vuestra infinita bondad. Espero por los méritos de Jesucristo que me perdonaréis, y espero también con el perdón la gracia de amaros.

Os amo, oh Dios digno de infinito amor, y siempre quiero repetiros, yo os amo, yo os amo, yo os amo, y como os decía vuestra amada santa Catalina de Génova estando al pie de vuestra cruz, de la misma manera yo que estoy a vuestros pies quiero deciros: «Señor mio, no mas pecados, «no mas pecados.» No, Jesús mío, que Vos no merecéis ser ofendido, sí que solamente merecéis ser amado. Redentor mío, ayudadme. Madre mía María, socorredme, no os pido otra cosa que vivir amando a Dios en esta vida que me resta.

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 10-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN X

Virum dolorum et scientem infirmitatem. (Isai. LIII, 3).

Varón de dolores y que sabe de trabajos.

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Así llamó el profeta Isaías a Jesucristo, el hombre de dolores; sí, porque este hombre fue engendrado para padecer, y desde niño comenzó á sufrir los mayores dolores que jamás habían sufrido los otros. El primer hombre Adán tuvo algún tiempo en que gozó en esta tierra las delicias del paraíso terrenal. Pero el segundo Adán, Jesucristo, no tuvo momento alguno de su vida que no estuviese lleno de afanes y agonías; habiéndole ya afligido desde niño la vista funesta de todas las penas e ignominias que debía padecer en su vida, y especialmente después en su muerte, sumergido en una tempestad de dolores y oprobios; como ya predijo David por aquellas palabras: He llegado a alta mar, y la tempestad me vio anegado.

Jesucristo desde el vientre de María aceptó la obediencia dada á él por el Padre, acerca de su pasión y muerte: Facius  obediens usqve ad mortem; pues que desde el vientre de María previó los azotes, y ofreció a estos sus carnes: previó las espinas y ofrecióles su cabeza: previó las bofetadas y ofreció sus mejillas: previó los clavos y ofreció las manos y los pies: previó la cruz y ofreció su vida. De aquí fue, que nuestro Redentor desde la primera infancia, en todos los momentos de su vida padeció un continuo martirio, y este le ofreció sin cesar por nosotros al eterno Padre.

Pero lo que mas le afligió fue la vista de los pecados que debían cometer los hombres, aun después de su penosa redención. Conocía bien con su luz divina la malicia de todos los pecados, y para quitarlos venia al mundo; mas viendo además un número grande que se habían de cometer después, esto dio mayor pena al corazón de Jesús, que las penas que han padecido y padecerán todos los hombres de la tierra.

Afectos y súplicas.

Dulce Redentor mío, ¿cuándo será que yo comience a ser agradecido a vuestra bondad infinita? ¿Cuándo comenzaré a reconocer el amor que me habéis tenido, y las penas que por mí habéis sufrido? Hasta aquí en vez de amor y gratitud os he dado ofensas y desprecios. ¿Deberé, pues, seguir siempre viviendo ingrato a Vos, Dios mío, que nada habéis excusado por conquistaros mi amor? No, Jesús mío, no ha de ser así. Yo quiero en los días que me restan de vida seros agradecido, y Vos me habéis de ayudar.

Si os he ofendido, vuestras penas y vuestra muerte son mi esperanza. Vos habéis prometido perdonar al que se arrepiente. Yo me arrepiento con toda el alma de haberos despreciado. Cumplid vuestra palabra, amor mío, perdonadme. Oh mi amado Niño, en ese pesebre os contemplo clavado ya en la cruz que tenéis presente y aceptáis por mí.

Infante mío crucificado, os diré, yo os doy gracias y os amo. Vos sobre esa paja, padeciendo por mí, y preparándoos ya para morir por mi amor, me convidáis y mandáis que os ame diciendo: Amarás al Señor tu Dios. Y yo no deseo otro que amaros. Ya, pues, que de mí queréis ser amado, dadme todo el amor que de mí exigís. El amor hacia Vos es don vuestro, y el don más grande que podéis hacer a un alma.

Aceptad, o Jesús mío, por amante vuestro un pecador que tanto os ha ofendido. Vos habéis venido del cielo a buscar las ovejuelas perdidas: buscadme, pues, que yo no busco a otro que a Vos. Queréis mi alma, y ella no quiere a otro que a Vos. Amáis a quien os ama diciendo: Diligentes me diligo. Yo os amo, amadme también Vos, y si me amáis, atadme a vuestro amor, y atadme de manera que no pueda se pararme más de Vos. María madre mía, ayudadme. Sea también vuestra gloria ver amado a vuestro Hijo de un miserable pecador, que antes tanto le ha ofendido.

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 9-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN IX

Dilexit nos,et tradidit semelipsum pro nobis. (Ephes. V, II).

Nos amó y se entregó á si mismo por nosotros.

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San José y el Niño, Georges de la Tour.

Considera como el Verbo eterno es aquel Dios infinitamente feliz en sí mismo; de manera que su felicidad no puede ser ya mas grande, ni la salvación de todos los hombres podía aumentarla, ni disminuirla cosa alguna. Y con todo, ha hecho, y padecido tanto por salvar á nosotros miserables gusanos, que si su bienaventuranza (dice santo Tomás) hubiese dependido de la del hombre, no habría podido padecer ni sufrir más. Quasi sine ipso beatus esse non posset.

Y en verdad, si Jesucristo no pudiera haber sido bienaventurado sin redimirnos ¿cómo hubiera podido humillarse mas de lo que se ha humillado, hasta tomar sobre sí nuestras enfermedades, los abatimientos de la infancia, las miserias de la vida humana, y una muerte tan cruel é ignominiosa? Solo un Dios era capaz de amar con tanto exceso á nosotros miserables pecadores, que éramos tan indignos de ser amados. Dice un devoto autor, que si Jesucristo nos hubiese permitido pedirle las pruebas mas grandes de su amor, ¿quién jamás se habría atrevido á demandarle que se hiciese niño como nosotros, que se vistiese de todas nuestras miserias, y además fuese el mas pobre entre todos los hombres, el mas vilipendiado y el mas maltratado, hasta morir por manos de verdugos y á fuerza de tormentos sobre un infame patíbulo, maldecido y abandonado de todos, hasta de su mismo Padre que desampara el Hijo, por no dejarnos sepultados en nuestras ruinas?

Pero lo que nosotros no nos habríamos ni aun atrevido á pensar, el Hijo de Dios lo pensó, y lo ha ejecutado. Desde niño se ha sacrificado por nosotros á las penas, á los oprobios y á la muerte. Dilexit nos, el tradidit semetipsum pro nobis.

Nos ha amado, y por amor se nos ha dado así mismo, á fin de que ofreciéndole por víctima al Padre en satisfacción de nuestras deudas, podamos por sus méritos alcanzar de la bondad divina cuantas gracias deseemos: víctima mas estimada al Padre, que si le fuesen ofrecidas las de todos los hombres, y de todos los Ángeles. Ofrezcamos, pues, nosotros siempre á Dios los méritos de Jesucristo, y por ellos pidamos y esperemos todo bien.

Afectos y súplicas.

¡Jesús mio! demasiada injusticia haría yo á vuestra misericordia y á vuestro amor, si después que me habéis dado tantas muestras del afecto que me tenéis, y de la voluntad de salvarme, desconfiase de vuestra piedad y amor.

 ¡Mi amado Redentor! Yo soy un pobre pecador, pero á estos habéis venido Vos a buscar, según aquello que dijisteis: No he venido á llamar los justos, sí los pecadores. Soy un pobre enfermo, pero á estos habéis venido á curar. Estoy perdido por mis pecados, mas a tales perdidos habéis venido á salvar, porque el Hijo del Hombre vino á salvar lo que había perecido.

¿Qué puedo temer, pues, si quiero enmendarme y ser vuestro? Solamente debo temer de mí y de mi debilidad; Pero esta mi debilidad y pobreza debe aumentarme la confianza en Vos, que habéis protestado ser el refugio de los pobres, y escuchar sus deseos.

Esta gracia, pues, os pido, Jesús mío, dadme confianza en vuestros méritos, y haced que por ellos siempre roe encomiende á Dios. Padre eterno, salvadle del infierno, y antes del pecado por amor de Jesucristo. Por los méritos de este Hijo dadme luz para seguir vuestra voluntad: dadme fuerza contra las tentaciones; dadme el don de vuestro santo amor. Y sobre todo os suplico me deis la gracia de pediros siempre que me ayudéis por amor de Jesucristo, el cual ha prometido que Vos concederéis cuanto os pidiéremos en su nombre. Si de esta manera continúo pidiéndoos, ciertamente me salvaré; pero si no lo hago así, me perderé seguramente. María santísima, alcanzadme esta gracia suma de la oración de perseverar encomendándome á Dios y también á Vos, que alcanzáis de Dios cuanto queréis.

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 8-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN VIII

Deus autem, qui dives est in misericordia, propter nimiam charitatem suam qua dilexit nos, et cum essemus mortui peccatis, convivificavit nos Christo. (Ephes. II, 4,5).

Mas, Dios, que es rico en misericordia, por su extremada caridad con que nos amó, aun cuando estábamos muertos por los pecados, nos dio vida juntamente con Cristo.

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Libro de las Horas, del Duque de Berry.

Considera que la muerte del alma es el pecado; pues que este enemigo de Dios nos priva de la divina gracia, que es la vida del alma. Nosotros, miserables pecadores, por nuestras culpas estábamos ya todos muertos y condenados al infierno. Dios, por el inmenso amor que tenía a nuestras almas, quiso volvernos la vida, y ¿qué hizo? Envió a la tierra su Unigénito, para que muriese, á fin de que él mismo nos recobrase la vida con su muerte. Con razón, pues, el Apóstol llama a esta obra de amor, extremada caridad. Sí, porque no pudiera jamás esperar el hombre recibir de un modo tan amoroso la vida, si Dios no hubiese hallado esta manera de redimirle para siempre, æterna redemptione inventa.

 Estaban todos los hombres muertos, y no había redención para ellos. Pero el Hijo de Dios, por las entrañas de su misericordia, viniendo del cielo, oriens ex alto, nos ha dado la vida; y por esto justamente llama el Apóstol a Jesucristo nuestra vida.

He aquí a nuestro Redentor, que vestido ya de carne y hecho niño nos dice: he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia. A este fin vino a tomar sobre sí la muerte, para darnos la vida.

Razón es, pues, que nosotros vivamos solamente para aquel Dios que se ha dignado morir por nosotros: razón es que Jesucristo sea el único señor de nuestro corazón, ya que ha derramado su sangre, y dado la vida para ganárselo; porque, como dice san Pablo: Por esto murió Cristo y resucitó, para ser Señor de muertos y de vivos. ¡Oh Dios! ¿Quién será aquel ingrato e infeliz, que creyendo por la fe haber muerto un Dios para cautivarse su amor, rehúse después amarle; y renunciando a su amistad, quiera hacerse voluntariamente esclavo del infierno?

Afectos y súplicas.

¡Con qué, Jesús mio! si Vos no hubieseis aceptado y sufrido la muerte por mí, yo habría quedado muerto en mi pecado, sin esperanza de salvarme, y de poder ya mas amaros! Pero después que con vuestra muerte me habéis alcanzado la vida, yo de nuevo la he perdido voluntariamente tantas veces, volviendo a pecar! Vos habéis muerto por ganar mi corazón, y yo rebelándome contra Vos, lo he hecho esclavo del demonio.

Os he perdido el respeto, y he dicho no quereros por mi Señor. Todo es verdad; mas lo es también que Vos no queréis la muerte del pecador, sino que se convierta y viva; y por esto habéis muerto, por darnos la vida. Yo me arrepiento de haberos ofendido, Redentor mío amado, y Vos perdonadme por los méritos de vuestra pasión; dadme vuestra gracia; dadme aquella vida que me habéis adquirido con vuestra muerte, y de hoy en adelante dominad plenamente en mi corazón.

 No, no quiero que sea mas dueño el demonio; él no es mi Dios, no me ama, nada tampoco ha padecido por mi. Por lo pasado, no ha sido verdadero señor de mi alma, sino ladrón; Vos solo, Jesús mio, sois mi verdadero dueño, que me habéis criado, y redimido con vuestra sangre; Vos solo me habéis amado, y amado tanto. Razón es, pues, que sea solamente vuestro en el tiempo que me resta de vida.

Decid qué es lo que queréis de mí, que todo quiero hacerlo. Castigadme como os plazca, yo todo lo acepto. Ahorradme solo el castigo de vivir sin vuestro amor, haced que os ame, y después disponed como queráis de mí. María santísima, refugio y consuelo mío, recomendadme a vuestro Hijo. Su muerte y vuestra intercesión son toda mi esperanza.

Tomado de:

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SAN BERNARDO Y EL ADVIENTO

Cualquiera que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana, y mi madre. (San Mateo, 12, 50).

Cualquiera que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana, y mi madre. (San Mateo, 12, 50).

Vendrá a nosotros la Palabra de Dios. Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia. Aquellas son visibles, pero ésta no.

En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres, cuando, como atestigua Él mismo, lo vieron y lo odiaron. En la última, todos verán la salvación de Dios y mirarán al que traspasaron.

La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan. De manera que, en la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder; y, en la última, en gloria y majestad. Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en ésta, es nuestro descanso y nuestro consuelo. Y para que nadie piense que es pura invención lo que estamos diciendo de esta venida intermedia, oídle a Él mismo:

El que me ama -nos dice- guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él.

He leído en otra parte: El que teme a Dios obrará el bien; pero pienso que se dice algo más del que ama, porque éste guardará su palabra. ¿Y dónde va a guardarla? En el corazón, sin duda alguna, como dice el profeta:

En mi corazón escondo tus consignas, así no pecaré contra ti.

Así es como has de cumplir la palabra de Dios, porque son dichosos los que la cumplen. Es como si la palabra de Dios tuviera que pasar a las entrañas de tu alma, a tus afectos y a tu conducta.

Haz del bien tu comida, y tu alma disfrutará con este alimento sustancioso. Y no te olvides de comer tu pan, no sea que tu corazón se vuelva árido: por el contrario, que tu alma rebose completamente satisfecha.

Si es así como guardas la palabra de Dios, no cabe duda que ella te guardará a ti. El Hijo vendrá a ti en compañía del Padre, vendrá el gran Profeta, que renovará Jerusalén, el que lo hace todo nuevo. Tal será la eficacia de esta venida, que nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Y así como el viejo Adán se difundió por toda la humanidad y ocupó al hombre entero, así es ahora preciso que Cristo lo posea todo, porque Él lo creó todo, lo redimió todo, y lo glorificará todo.

Tomado de:

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 7-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN VII

DESEO QUE TUVO JESÚS DE PADECER POR NOSOTROS

Baptismo habeo baptizari; et quomodo coarctor usquedum perficiatur 15.

Con bautismo tengo que ser bautizado, y ¡qué angustias las mías hasta que se cumpla!

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LA ÚLTIMA CENA, GIOTTO.

I. Podía Jesús salvarnos sin padecer, pero no lo hizo, sino que quiso abrazarse con vida de dolores y desprecios, privada de todo consuelo terreno y abocada a muerte amarguísima y desolada, sólo para darnos a entender el amor que nos tenía y el deseo que le consumía de que le amaramos. Paso toda la vida suspirando por la hora de la muerte, que deseaba ofrecer a Dios para alcanzarnos la salvación eterna.

Tal deseo le hizo exclamar: Con bautismo tengo que ser bautizado, y ¡qué angustias las mías hasta que se cumpla! Deseaba ser bautizado con su misma sangre para lavar, no ya los suyos, sino nuestros pecados.

¡Oh amor infinito, desgraciado quien no os conoce ni os ama!

II. Este deseo le hizo decir después, en la noche anterior a su muerte: Con deseo desee comer esta Pascua con vosotros. Con tales palabras patentizaba no haber tenido más deseo en su vida que ver llegar el tiempo de su pasión y su muerte, para que el hombre conociera el amor inmenso que le tenía.

¡Oh Jesús!, si tanto deseáis nuestro amor que para alcanzarlo no titubeasteis en morir, ¿cómo podría yo negar nada a quien por amor mío entrego sangre y vida?

III. Dice San Buenaventura que es cosa maravillosa ver a un Dios padecer por amor a los hombres, pero que es aun más maravilloso considerar cómo los hombre que lo ven padecer tanto por su amor, tiritar de frio en la gruta, vivir como pobre artesano en un taller, morir como reo en una cruz, no se sienten abrasados de amor hacia un Dios tan amante, y hasta llegan a despreciar este amor por miserables placeres terrenos. Mas ¿cómo será posible que un Dios esté tan enamorado de los hombres, y que los hombres, tan agradecidos entre sí, sean tan ingratos para con Dios?

¡Ah Jesús mío!, que entre estos ingratos me hallo yo, pobre de mí. Decidme cómo pudisteis padecer tanto por mí, sabiendo las injurias con que os habría de atribular. Pero, ya que me soportasteis hasta el presente y queréis salvarme, infundidme profundo dolor de mis pecados, dolor que iguale a mis ingratitudes. Odio y detesto profundamente, Señor mío, los disgustos que os he dado. Si en lo pasado desprecie vuestra gracia, ahora la estimo más que todos los reinos de la tierra. Os amo con toda el alma, ¡Oh Dios! digno de infinito amor, y deseo vivir solo para amaros. Acrecentad estas llamas y dadle más amor. Recordadme siempre el amor que me tuvisteis, para que mi corazón arda siempre en amor por vos como el vuestro arde en amor por mi.- Corazón ardoroso de María, abrasad mi pobre corazón en el fuego del Santo amor.

Tomado de:

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 6-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN VI

LA CONSIDERACIÓN DE NUESTROS PECADOS AFLIGIÓ A JESÚS DESDE EL SENO DE SU MADRE

Dolor meus in conspectu meo semper. (1)

Mi dolor está siempre ante mí.

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 LA VISITACIÓN, HERMANOS LIMBOURG.

I. Todas las aflicciones e ignominias que padeció Jesucristo en vida y en muerte, todas le estuvieron presentes desde el primer momento de su existencia, y a cada instante las ofrecía todas en satisfacción de nuestros pecados. Reveló el Señor a un siervo suyo que cada pecado de los hombres le causó en vida tanto dolor, que hubiera bastado a quitársela, si no la hubiese conservado para sufrir aun mas.

He aquí, pues, Jesús mío, la hermosa correspondencia que habéis recibido de los hombres, y en especial de mi. Vos empleasteis treinta años de vida en mi salvación, y yo tantas veces busque, en cuanto de mi dependía, haceros morir de dolor siempre que pecaba.

II. Escribe San Bernardino de Siena que Jesucristo veía en particular cada una de nuestras culpas. Esta consideración de nuestros pecados le continuó afligiendo profundamente desde que era niño. Y Santo Tomás añade que el conocimiento que tenía de la injuria que todo pecado hace a su Padre y el perjuicio que a nosotros nos causa, excedió al dolor de todos los pecadores contritos, incluso al de aquellos que murieron por la violencia de su contrición; y la explicación es que ningún pecador amo tanto a Dios y a la propia alma cuanto Jesucristo amó a su Padre y a nuestras almas.

Pues bien, Jesús mío, ya que nadie me amó más que vos, justo es que os ame más que a todos los demás; y hasta puedo decir que tan sólo vos me amasteis y que yo no quiero amar más que a solo vos.

III. La agonía que sufrió Jesús en el huerto de los Olivos a vista de nuestras culpas, que se había encargado de expiar, la padeció desde el seno de su Madre. Por eso, si la vida de Jesucristo fue una aflicción continuada a causa de nuestros pecados, estamos obligados, mientras vivamos, a no afligirnos de otro mal que de las culpas que hayamos cometido.

Amado Redentor mío, quisiera morir de dolor al pensar en las amarguras con que os he acibarado la vida. Amor mío, si me amáis, dadme tal dolor que me cause la muerte, para alcanzar así el perdón y la gracia de amaros con todas mis fuerzas. Os entrego por completo el corazón, y si no sé dároslo enteramente, tomadlo vos e inflamadlo en vuestro santo amor.- ¡Oh Abogada de los miserables, María, a vos me encomiendo!

(1)Salmo 37,18.

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 5-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN V

JESÚS HIZO CUANTO PUDO

Y TODO LO SUFRIÓ POR NOSOTROS

Dilexit me, et tradidit semetipsum pro me. (1)

Me amó, y se entregó por mí.

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SAGRADA FAMILIA Y SAN JUAN, BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO.

I. ¡Oh Jesús mío! si por mi amor abrazasteis vida penosa y muerte amarga, bien puedo decir que vuestra muerte es mía, que míos son vuestros dolores, míos vuestros meritos, mío vos mismo, ya que por mi os entregasteis a tanta suerte de padecimientos.

¡Ah Jesús mío!, la pena que mas me aflige es pensar en el tiempo en que erais mío, habiéndoos yo luego perdido tantas veces voluntariamente. Perdonadme, unidme a vos y no permitáis que os tenga que perder en adelante. Os amo con toda mi alma. Vos deseáis ser todo mío y yo quiero ser todo vuestro.

II. Por ser el Hijo de Dios, Dios verdadero, es infinitamente dichoso, y, con todo, tanto hizo y padeció por el hombre, que, según Santo Tomas, se diría no podía ser feliz sin el hombre. Si Jesucristo hubiera tenido que conquistarse en la tierra su propia felicidad, ¿que más hubiera podido hacer que cargar con todas nuestras debilidades, sufrir todas nuestras enfermedades y acabar la vida con muerte tan dura e infame? Pero no: El era inocente, era santo, era feliz por sí mismo, y cuanto hizo y padeció fue para obtenernos la gracia de Dios y el paraíso, que habíamos perdido.

¡Desgraciado quien no os ama, Jesús mío, ni vive enamorado de tan excelsa bondad!

III. Si Jesucristo nos hubiera permitido pedirle las mayores pruebas de su amor, ¿quién jamás hubiera osado pedirle se hiciera hombre como nosotros, abrazase nuestras miserias hasta troncarse en el más pobre, en el mas despreciado, en el mas maltratado de todos los hombres; hasta morir a puros tormentos en infame leño, maldito y abandonado de todo el mundo, hasta de su Padre Dios? Pero lo que nosotros no hubiéramos ni osado pensar, El lo pensó y ejecuto.

Amado Redentor mío, alcanzadme la gracia que con vuestra muerte me merecisteis. Os amo y me arrepiento de haberos ofendido; tomad mi alma, que no quiero la posea mas el demonio, sino vos, que la comprasteis con vuestra sangre. Vos solo amáis y a vos solo quiero amar. Libradme del castigo de vivir sin vuestro amor y después castigadme como os plazca.- María, Refugio mío, en la muerte de Jesús y en vuestra intercesión cifro mis esperanzas.

(1) Gálatas 2,20.

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 4-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN IV

FELICIDAD DE HABER NACIDO DESPUÉS DE LA REDENCIÓN

Y EN EL SENO DE LA VERDADERA IGLESIA

Ubi venit plenitudo temporis, misit Deus Filium Suum…,

ut eos, qui sub lege erant, redimeret.

Cuando vino la plenitud del tiempo, envió Dios desde

el cielo, de cabe si, a su propio Hijo… para rescatar a los

que estaban sometidos a la sanción de la ley.

AGNUS DEI, ATRIO DE LA BASÍLICA DE SAN EUFRASIO, POREC, CROACIA

AGNUS DEI, ATRIO DE LA BASÍLICA DE SAN EUFRASIO, POREC, CROACIA

I. ¡Cuánto debemos agradecer a Dios el habernos hecho nacer después de verificada la obra excelsa de la redención humana! Esto significa la expresión plenitudo temporis, el tiempo feliz por la plenitud de la gracia, que nos obtiene Jesucristo con su venida. ¡Pobres de nosotros sí, reos de tanto pecado cometido, hubiéramos vivido en la tierra antes de la venida de Jesucristo!

II. ¡En que miserable estado se hallaban los hombres antes de la venida del Mesías! El verdadero Dios apenas si era conocido en la Judea, al paso que en el resto del mundo reinaba la idolatría, de suerte que nuestros antepasados adoraban piedras, leños y demonios. Adoraban multitud de dioses, y el verdadero Dios no era por ellos amado ni conocido. Aun hoy en día, ¡cuántos países hay de escaso número de católicos, entre tanto y tanto infiel y hereje como ciertamente se pierden! ¡Cuán obligados estamos a Dios por habernos hecho nacer no tan solo después de la venida de Cristo, sino además en países donde reina la verdadera fe!

Gracias, Señor, por tan extraordinario beneficio. ¡Desgraciado de mi si, después de haber cometido tantos pecados, tuviere que vivir entre infieles y herejes! Reconozco, Dios mío, que me queréis salvar, y, a pesar de ello, ¡Cuantas veces me quise perder, al perder vuestra gracia! Tened compasión de mi alma, que tanto os costo, Redentor mío.

III. Envió Dios desde el cielo, de cabe si, a su propio Hijo, para rescatar a los que estaban sometidos a la sanción de la ley.- Peca, pues, el esclavo y con el pecado cae en poder del demonio, y acude su mismo Señor a rescatarlo con su muerte… ¡Oh amor inmenso, amor infinito de Dios para con el hombre! Por lo tanto, divino Redentor mío, si vos no me hubierais redimido con vuestra muerte, ¿qué habría sido de mi, que tantas veces merecí el infierno con mis pecados? Si vos, Jesús mío, no hubierais muerto por mí, os habría perdido para siempre, sin esperanza de recobrar ya mas vuestra gracia ni esperanza de ver un día en el cielo vuestro hermoso rostro.

Gracias, pues, querido Salvador mío, y un día, en el cielo espero agradecéroslo por toda la eternidad. Me arrepiento sobre todo otro mal de haberos despreciado en lo pasado; en adelante estoy resuelto a sufrir todas las penas y muertes antes que ofenderos; pero, como os traicione en lo pasado, puedo traicionaros también en lo por venir. ¡Ah, Jesús mío, no permitáis me separe de vos! Os amo, bondad infinita, y quiero amaros siempre en esta vida y por toda la eternidad. ¡Oh Reina y Abogada mía, María, tenedme siempre bajo vuestro amparo y libradme del pecado!

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 3-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN III

MOTIVOS DE CONFIANZA

EN LA ENCARNACION DEL VERBO

Quomodo non etiam cum illo omnia nobis donavit?

¿Cómo no justamente con El nos dará de gracia todas las cosas?

LA ENCARNACIÓN, BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO.

LA ENCARNACIÓN, BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO.

I. Considera, alma mía, cómo el Eterno Padre, dándonos a su querido Hijo por redentor, no podía facilitarnos motivos más poderosos de confianza en su misericordia ni mas fuertes para amar su infinita bondad, ya que no podía patentizarnos prueba más evidente del deseo que tiene de nuestro bien y del amor inmenso que nos tiene, pues dándonos su Hijo, no tiene ya más que darnos.

¡Oh Dios eterno, que todos los hombres alaben vuestra infinita caridad!

II. Habiéndonos Dios dado a su Hijo, a quien ama tanto como a sí mismo, ¿cómo habríamos de temer, dice el Apóstol, que nos rehusara cualquier gracia que le pidiéramos? El Dios que nos dio a Su Hijo, no nos negara el perdón de las ofensas que le hubiéramos hecho si las detestamos sinceramente; no os negara la gracia de resistir a las tentaciones cuando se lo pedimos; no nos negara el santo amor cuando lo deseamos; no nos negara, finalmente, el paraíso, con tal de que no nos hagamos indignos de él por el pecado. Jesús mismo nos lo asegura en estos términos: Si alguna cosa pidiereis al Padre, os la concederá en nombre mío.

Apoyado, por tanto, en esta promesa, Dios mío, os pido que por amor de vuestro Hijo Jesús me perdonéis cuanto os injurie. Dadme la santa perseverancia en vuestra gracia hasta la muerte. Dadme vuestra santo amor, que me desprenda de todo para amar sólo a vuestra infinita bondad. Dadme el paraíso, para que llegue a amaros allí con todas mis fuerzas y para siempre, sin temor de dejaros ya de amar.

III. Asegúranos, por fin, el Apóstol que, poseyendo a Jesucristo, tan ricos somos de todo bien, que no nos falta gracia alguna.

Si, Jesús mío, vos sois todo bien, vos solo me bastáis y por vos solo suspiro. Si en lo pasado os he alejado de mi por el pecado, me arrepiento ahora de ello con todo mi corazón. Perdonadme y volved a mí, Señor y si ya estáis conmigo, como lo espero, no os apartéis mas de mi, mejor diré, no permitáis que yo os vuelva a arrojar de mi alma. Jesús mío, Jesús mío, mi tesoro, mi amor, mi todo, os amo, os amo, os amo y quiero amaros siempre.- ¡Oh María, esperanza mía, haced que siempre ame a Jesús!

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 2-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN II

BONDAD DE DIOS PADRE Y DE DIOS HIJO EN LA OBRA DE LA REDENCIÓN

Et incarnatus est de Spiritu Sancto, et homo factus est.

Y encarnóse por obra del Espíritu Santo,

y se hizo hombre.

EXPULSIÓN DEL PARAÍSO. GUSTAVE DORÉ.

EXPULSIÓN DEL PARAÍSO. GUSTAVE DORÉ.

 

I.  Dios creó a Adán y lo enriqueció de dones; pero el hombre, ingrato, lo ultrajó con el pecado, privándose a si y a su descendencia de la divina gracia y del paraíso. Ved, pues, al género humano perdido y sin remedio. El hombre había ofendido a Dios, por lo que era incapaz de ofrendarle digna satisfacción: era preciso que una persona divina satisficiese por él. ¿Qué hizo el Padre Eterno para remediar tal perdida? Mandó a su propio Hijo que se hiciera hombre y se revistiera de la misma carne pecadora, para que con la muerte pagase a la divina justicia las deudas y facilitase el retorno a la divina gracia.

Dios mío, si vuestra bondad infinita no hubiese encontrado este remedio, ¿quién se hubiera jamás atrevido a pedirlo y ni aun a imaginarlo?

II.  ¡Que extrañeza debió causar a los ángeles el gran amor que Dios mostró al hombre rebelde! ¡Que dirían al ver al Verbo eterno hecho hombre y revestido de la misma carne que tenían los pecadores, apareciendo así ante el mundo el Verbo encarnado como uno de tantos pecadores!

¡Cuán obligados estamos, Jesús mío, a patentizaros nuestro amor, y yo más que los demás, por haberos ofendido más que todos! Si no hubierais venido a salvarme, ¿qué hubiera sido de mí por toda la eternidad? ¿Quién podría librarme de las penas por mí merecidas? Seáis siempre bendito y alabado por tanta caridad.

III.  El hijo de Dios baja, pues, del cielo a la tierra para hacerse hombre y vivir vida penosa; viene a morir en una cruz por amor a los hombres, y los hombres que esto crean, ¿será posible que amen otra cosa que a un Dios encarnado?

¡Ah, Jesús, Salvador mío!, no quiero amar nada fuera de vos. Puesto que vos tan solo me habéis amado, a solo vos quiero amar. Renuncio a todos los bienes creados: solo vos me bastáis, ¡Oh inmenso e infinito bien! Si en lo pasado os disguste, ahora me arrepiento, y quisiera que este mi dolor me hiciese morir para compensar de alguna manera los disgustos que os he causado. ¡Ah, no permitáis que en lo porvenir sea ingrato al amor que me manifestasteis! No, Jesús mío, haced que os ame y tratadme después como os plazca. ¡Oh bondad infinita, oh amor infinito, no quiero vivir sin amaros! ¡Oh María, Madre de misericordia, os pido me alcancéis la gracia de amar siempre a Dios!

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MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 1-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN I

Et incarnatus est de Spiritu Sancto, et homo factus est.

Y encarnóse por obra del Espíritu Santo,

y se hizo hombre.

***

***

 

Considera como habiendo criado Dios al Primer hombre para que le sirviese y amase en esta vida, y después conducirle a la vida eterna, a reinar en el paraíso; a este fin le enriqueció de luces y de gracias. Pero el hombre ingrato se rebeló contra Dios, negándole la obediencia que le debía de justicia y por gratitud, quedando de esta suerte el miserable, privado con toda su descendencia de la divina gracia y excluido por siempre del paraíso. Mira después de esta ruina del pecado perdidos a todos los hombres. Todos vivían ciegos entre las tinieblas, en las sombras de la muerte. Mas Dios, viéndolos reducidos a este miserable estado, determina salvarlos. ¿Y cómo? No manda ya a un Ángel o a un Serafín; sino que para manifestar al mundo el amor inmenso que tenía a estos gusanos ingratos, envió a su mismo Hijo a hacerse hombre, y a vestirse de la misma carne de los pecadores, para que satisficiese con sus penas y con su muerte a la justicia divina por los delitos de ellos, y así los librase de la muerte eterna; y reconciliándolos con su divino Padre, les alcanzase la divina gracia, y los hiciese dignos de entrar en el reino eterno.

Pondera aquí de una parte la ruina inmensa que trae el pecado, privándonos de la amistad de Dios y del paraíso, y condenándonos a una eternidad de penas. Pondera de la otra el amor infinito que Dios mostró en esta grande obra de la Encarnación del Verbo, haciendo que su Unigénito viniese a sacrificar su vida divina por manos de verdugos sobre la cruz en un mar de dolores y vituperios, para alcanzarnos el perdón y la salvación eterna.

¡Ah! Que al contemplar este gran misterio y este exceso de amor cada cual no debería hacer otra cosa que exclamar: ¡Oh Bondad infinita! ¡Oh misericordia infinita! ¡Oh amor infinito! ¿Un Dios hacerse hombre, para venir a morir por mi?…

Afectos y súplicas.

Pero, ¿cómo es, Jesús mío, que aquella ruina del pecado, que Vos habéis reparado con vuestra muerte, yo tantas veces he vuelto después a renovármela voluntariamente con tantas injurias como os he hecho? ¡Vos a tanta costa me habéis salvado, y tantas veces yo he querido perderme, perdiéndoos a Vos, bien infinito! Pero me da confianza lo que Vos habéis dicho: que cuando el pecador que os ha vuelto la espalda, se convierte después a Vos, no dejáis de abrazarlo: volveos a mí, y yo me volveré a vosotros, decís por el profeta Zacarías. Habéis dicho también: si alguno me abriere la puerta, yo entraré a él.

He aquí, Señor, que soy uno de estos rebeldes, ingrato y traidor, que muchas veces os ha vuelto la espada y os he desechado de mi alma; mas ahora me arrepiento con todo el corazón de haberos de tal manera maltratado, y despreciado vuestra gracia. Me arrepiento y os amo por sobre todas las cosas. Ved la puerta de mi corazón ya abierta; entrad, Señor, pero entrad para no salir jamás. Yo sé que Vos nunca saldréis, si yo no vuelvo a desecharos; pero ¡ah! Este es un temor, y esta es también la gracia que os pido, y espero siempre pediros: hacedme morir, antes que yo use con Vos esta nueva y mayor ingratitud. Amable Redentor mío, por la ofenda que os he hecho no merecería ya amaros; pero os pido por vuestros méritos el don del santo amor. Para esto hacedme conocer cuán gran bien es el amor que me habéis tenido, y cuánto habéis hecho para obligarme a amaros.

¡Ah! Mi Dios y Salvador, no me hagáis vivir más tiempo ingrato a tanta bondad vuestra. Yo no quiero dejaros jamás, Jesús mío. Basta cuanto os he ofendido. Razón es que estos años que me restan de vida los emplee todos en amaros y daros gusto. Jesús mio, Jesús mio, ayudadme; ayudad a un pecador que quiere amaros. ¡Oh María, Madre mía! Vos todo lo podéis con Jesús, sois su madre. Decidle que me perdone; decidle que me encadene con su santo amor. Vos sois mi esperanza, en Vos confío.

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