10º aniversario Summorum Pontificum: nuestro agradecimiento especial a…

EN PRIM​ER LUGAR …​al papa Benedict​o​ XVI,​ al cardenal Castrill​ón Hoyos, ​al arzobispo​ Marcel Lefebvre, ​al obispo Castro Mayer: ​¡que perdure siempre su recuerdo !

​Hermosas palabras de aquel gran héroe francés de la Misa Tradicional, Jean Madiran (1920-2013​;​ ​¡​ ​descanse en paz !), ​que vivió para ver el milagro, ​evocando los nombres de algunos que dieron su vida en el campo de batalla :

«​ A lo largo de treinta y siete años,​una generación entera de católicos activos, tanto religiosos como seglares, miembros ​de la Iglesia militante (​un​a genera​c​i​ó​n ​cuya edad oscila entre los 7 ​y los 97​ años) ​padeció, oponiéndose abiertamente y sin ceder, la prohibición arbitraria que pendía sobre ​la Misa Tradicional.​ Evocamos a los que ya fallecieron: ​el cardenal Ottaviani,​ el padre Calmel, ​el padre Raymond Dulac,​ monseñor Renato Pozzi,​ monseñor Lefebvre,​ el padre Guérard.​..​ ​Y entre los laicos, a Cristina Campo, Luce Quenette, Louis Salleron, Eric de Saventhem. ​La buena voluntad pontificia para con ellos es una suave bocanada de aire fresco que trae sosiego a sus sepulcros.​ Donde quiera que estén, ya no lo necesitan. ​Pero lo que se serena y dignifica es su recuerdo entre nosotros».​

​Y también el padre GamberMichael DaviesTito Casini ​y tantísimos otros(​sacerdotes y seglares, ¡Dios conoce sus nombres!),​cada uno de los cuales aportó su ladrillo,​por pequeño que fuera,​al dique que durante décadas se levantó para contener las tumultuosas mareas de las postrimerías del siglo XX. ​¡Gracias, de todo corazón, mil gracias!​El acaloramiento ​de la batalla fue causa de mucho desgaste personal, exageraciones y malentendidos…​Pero,​en justicia, no podemos negar nuestra gratitud a los que no vivieron para ver en este mundo ​la gloriosa fecha del 7 de julio de ​2007.

(Artículo original. Traducido por J.E.F)

Tomado de:

adelantelafe.com

Contradicciones de un jubileo que llega a su fin

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Sin duda alguna, entre las claves para interpretar el pontificado del papa Francisco está su amor por la contradicción. Esta disposición de ánimo se hace patente en la carta apostólica Misericordia et misera,firmada en la clausura del Jubileo Extraordinario de la Misericordia. En dicha carta, el papa Bergoglio deja sentado que todos los que frecuentan las iglesias de los sacerdotes de la Fraternidad san Pío X pueden recibir válida y lícitamente la absolución sacramental. El Papa corrige, por tanto, lo que constituía el principal factor de irregularidaden la fraternidad que fundó monseñor Lefebvre: la validez de las confesiones. Sería contradictorio imaginar que una vez reconocidas como válidas y lícitas las confesiones no se consideren igualmente lícitas las misas celebradas por los sacerdotes de la Fraternidad, que en todo caso son ciertamente válidas. A estas alturas no se entiende qué necesidad pueda haber de un acuerdo entre Roma y la Fraternidad fundada por monseñor Lefebvre, dado que la postura de los mencionados sacerdotes está de hecho regularizada, y que los problemas que aún están sobre el tapete, como salta a la vista, son de escaso interés para el Sumo Pontífice.

En la misma carta, «para que ningún obstáculo se interponga entre la petición de reconciliación y el perdón de Dios», el papa Bergoglio concede, de ahora en adelante «a todos los sacerdotes, en razón de su ministerio, la facultad de absolver a quienes hayan procurado el pecado de aborto». En realidad, los sacerdotes ya estaban facultados para perdonar en la confesión el pecado de aborto. Ahora bien, según la doctrina multisecular de la Iglesia, el aborto se cuenta entre los pecados graves que se castigan automáticamente con la excomunión. «Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae», reza el Código de Derecho Canónico de 1983 en el canon 1398. Por tanto, los sacerdotes necesitaban autorización de su obispo para levantar la excomunión antes de poder absolver el pecado de aborto. Actualmente todo sacerdote puede levantar también la excomunión sin necesidad de recurrir a su obispo o haber recibido previa autorización de él. En la práctica, la excomunión desaparece y el aborto pierde la gravedad que le atribuía el derecho canónico.

En una entrevista emitida el pasado 20 de novlembre por Tv2000, el papa Francisco declaró que «el aborto sigue siendo un pecado grave», un «crimen horrendo», porque «pone fin a una vida inocente». ¿Puede el Papa ignorare que su decisión de desvincular de la excomunión latae sententiae el delito de aborto relativiza ese horrendo crimen haciendo posible que los medios de difusión lo presenten como un pecado que la Iglesia ya no considera tan grave como antes y lo perdona con facilidad?

En su carta, el Papa afirma que «no existe ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir cuando encuentra un corazón arrepentido que pide reconciliarse con el Padre». Pero, como se hace manifiesto en sus mismas palabras, la misericordia es misericordia porque presupone la existencia del pecado, y por tanto de la justicia. ¿Por qué habla siempre sólo del Dios bueno y misericordioso, y nunca del Dios justo que premia y castiga según los méritos y culpas del hombre? Los santos, como se ha señalado, nunca han dejado de exaltar la misericordia de Dios, inagotable al dar; pero al mismo tiempo, hablan de temer su justicia, rigurosa al exigir. Sería contradictorio un Dios que sólo fuese capaz de amar y premiar el bien pero incapaz de odiar y castigar el mal.

A menos que se crea que la ley divina existe pero es abstracta e impracticable, que lo único que cuenta es la vida concreta del hombre, que no puede evitar pecar, y lo que importa no es la observancia de la ley, sino la confianza ciega en el perdón y la misericordia divina. Pecca fortiter, crede fortius. Pero esa es la doctrina de Lutero, no la de la Iglesia Católica.

Roberto de Mattei

(Traducido por J.E.F)

Monseñor Lefebvre Habla de la Apostasía

Monseñor Lefebvre

Mons. Lefebvre no ha dejado de denunciar la actual apostasía refiriéndose (en su última obra Itinerario Espiritual, Ecône 1990, p.70) a la ocupación de la Iglesia por Papas infieles y por Obispos apóstatas que destruyen la fe del clero y de los fieles, afirmando que: «Esta apostasía hace a estos miembros, adúlteros, cismáticos opuestos a toda tradición, en ruptura con el pasado de la Iglesia y en consecuencia con la Iglesia de hoy, en la medida en que la Iglesia de hoy permanezca fiel a la Iglesia de Nuestro Señor». Texto que desgraciadamente hay que decirlo ha sido mutilado en la edición hecha en español en Buenos Aires 1991, es una vergüenza que se recorte impunemente a Monseñor.

En el prólogo de la misma obra, Mons. Lefebvre evidencia el  cisma y la apostasía, de quienes le condenaron junto con Mons. de Castro Mayer, minimizando y negando las riquezas de la Encarnación y de la Redención: «Los que estiman un deber minimizar estas riquezas e incluso negarlas, no pueden sino condenar a estos dos Obispos y así confirmar su cisma y su separación de Nuestro Señor y su Reino, la causa de su laicismo y su ecumenismo apóstata». (Itinerario… Ed. española, Buenos Aires 1991, p.14).

La Libertad religiosa, tal como es enseñada y propuesta por Vaticano II y Juan Pablo II, su fiel servidor, contenida en la declaración «Dignitatis Humanae» constituye una blasfemia y una verdadera apostasía tal como manifiesta Mons. Lefebvre: « es una blasfemia y una apostasía hacer de este argumento un principio absoluto y fundamental del Derecho público de la Iglesia. Los Papas han condenado formalmente, ellos mismos, la actitud de  los Estados incluso católicos de nombre, que reducen así la Iglesia al régimen del derecho común (…) ». (Itinéraires, nº 233, p.46-47).

Continuar con las orientaciones del Concilio, cosa que hace Juan Pablo II con todo entusiasmo y esmero, es extender la apostasía por todas partes: «La situación de la Iglesia es tal que sólo un Papa como San Pío X puede parar la autodestrucción que sufre la Iglesia sobre todo después del Concilio Vaticano II. Proseguir con las orientaciones de este Concilio y de sus reformas post-conciliares, es extender la apostasía y conducir la Iglesia a su ruina. Se juzga el árbol por sus frutos, dijo Nuestro Señor mismo». (Itinéraires, nº233, p.129-130).

El liberalismo conduce a la apostasía tal como advierte Mons. Lefebvre (Cf. Le Destronaron… p.11).

« La Libertad Religiosa es la apostasía legal de la sociedad: recordadlo bien…» por esto Mons. Lefebvre no firmó la Declaración sobre la Libertad Religiosa (Dignitatis Humanae) porque como bien recalca: «¡No se firma una apostasía!». (Ibídem, p.75).

Apostasía práctica, apostasía latente fueron expresiones utilizadas por Mons. Lefebvre para expresar el estado de pérdida de la fe. (Cf. Ibídem, p.113 y 208).

De modo más enérgico Mons. Lefebvre afirmó: «Lamentablemente debo decir que Roma ha perdido la fe, Roma está en la Apostasía. Estas no son palabras en el aire, es la verdad: Roma está en la apostasía. Uno no puede tener más confianza con esa gente, ya que ellos abandonan la Iglesia. Esto es seguro». Esto dijo Mons. Lefebvre después de la entrevista que tuvo con el Cardenal Ratzinger el 14 de Julio de 1987, en la conferencia dada durante el retiro sacerdotal en Ecône el 14 de Septiembre de 1987.

La razón última y profunda de la resistencia de Mons. Lefebvre: «es la apostasía general, es por esto que nosotros resistimos (…)». (L’Eglise Infiltrée par le Modernisme, Ed. Fideliter 1993, p.69).

La apostasía de Juan Pablo II expresada por Mons. Lefebvre  cuando se le objetaba las futuras consagraciones en contra de la voluntad del Papa, en estos términos: «¿ Contra el Papa? Pero contra un Papa que destruye la Iglesia, que es prácticamente un apóstata y que quiere hacernos apóstatas, yo pregunto: ¿qué hacer? ¿hay que renunciar a la continuidad de esta obra de la Iglesia para complacer a aquel que no quiere saber más de la tradición, que ya no quiere que Nuestro Señor Jesucristo reine públicamente, y que nos conduce a la apostasía?» (Conferencia del 14/8/1987).

La impostura de Asís

La Apostasía

Dos Reflexiones Inconexas

Islam

Me he enterado que esta semana se abre en Murcia, España, el juicio por el llamado crimen de los huertos, el brutal asesinato de una anciana mientras se paseaba cerca de su pueblo, para robarle 5 euros. La fiscalía pide 44 años de cárcel para Tahar R., el supuesto asesino, natural de Marruecos. Naturalmente no pasará 44 años en la cárcel, por muy mal que le vaya el juicio, porque la máxima estancia en la cárcel es 40 años según la vigente ley española, y esto en la práctica casi siempre se acorta por todo tipo de razones “humanitarias”. El acusado dice que no era su intención matar a la anciana, y asegura que no es un asesino. Bueno, eso está por ver, pero yo digo que si agarras una enorme rama de limonero y la usas para golpear con todas tus fuerzas a una viejecita en la cabeza, no deberías sorprenderte si la matas.

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Este caso me llena de indignación. Es evidente que el crimen en sí es de lo más repugnante. Matar a una anciana por 5 miserables euros evidencia una cobardía tremenda y una falta absoluta de humanidad. Si España aún fuera un país católico, un crimen semejante se pagaría con la pena de muerte. Pero no. Ahora nos preocupamos más por los criminales que por sus víctimas. Ahora que la mayoría de católicos rechazan la pena de muerte, gracias en gran medida a los esfuerzos del Papa Francisco y sus predecesores inmediatos, nos creemos más misericordiosos que todos los reyes de la antigua Cristiandad. ¡Increíble! Nuestra sociedad apóstata, que tritura a los no-nacidos por millones, según los abolicionistas neo-católicos, es más misericordiosa que la España de los Reyes Católicos. Ahora, gracias al magisterio de Juan Pablo II en adelante, han descubierto que la pena de muerte es cruel e injusta, a pesar de que los santos, doctores y Padres de la Iglesia la apoyaran unánimamente, y ha sido la práctica constante de los Estados Católicos durante más de un milenio, los Estados Pontificios incluidos. Ahora los neo-teólogos nos aleccionan sobre la intrínseca maldad de la pena capital, cuando el Magisterio de la Iglesia es clarísima en este tema: desde San Pablo hasta Pío XII se ha enseñado que el estado tiene el derecho de dar muerte a los criminales. [1]

Para colmo, en lugar de hacer justicia y ejecutar al autor de este crimen, todos los contribuyentes tendremos que pagar con nuestros impuestos la estancia en la cárcel de este individuo durante un montón de años. El coste de mantener a un delincuente en prisión en España asciende a 30.000 euros al año (es decir, 82 euros al día). ¡Con lo poco que cuesta una soga! Puede que aún haya algún idiota que cree que por pasar esos años en la cárcel, el asesino conseguirá la famosa “reinserción social”, pero aunque esta fantasía liberal fuera de verdad, yo no estaría dispuesto a pagar por ella con mi dinero. Yo quiero que se haga justicia y punto. ¿Suena duro? Quizás estas palabras de Santo Tomás de Aquino también suenan duras, pero reflejan la doctrina perenne de la Iglesia sobre el asunto:

El hecho de que los malvados, mientras viven, pueden ser corregidos de sus errores, no prohíbe que éstos puedan ser justamente ejecutados, pues su forma de vida es una amenaza mayor y más cierta que el bien que pueda esperarse de su mejora. También tienen en ese punto crítico de la muerte la oportunidad de convertirse a Dios a través del arrepentimiento. Y si son tan obstinados de corazón que, incluso en el momento de la muerte no se vuelven atrás por su malicia, es posible hacer el juicio muy probable de que nunca se apartarán del mal. (Summa contra gentiles , libro III, capítulo 146)

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El Doctor Angélico, firme defensor de la pena de muerte

Mientras tanto, se anuncia que España acogerá a unos 15.000 “refugiados” sirios, de los 120.000 que han llegado a Europa en estos últimos días. Pongo la palabra “refugiados” entre comillas, porque los medios de comunicación están usando esta palabra de forma indiscriminada para todas las personas que llegan a orillas de cualquier país europeo. Como explica en esta entrevista el eurodiputado británico de UKIP, Nigel Farage, uno de los pocos que aportan algo de sentido común a este debate, no se puede llamar refugiado a cualquiera que viene de un país pobre. La definición legal de un refugiado está recogida en la Convención de Ginebra de 1951:

Una persona que, debido a un miedo fundado de ser perseguido por razones de raza, religión, nacionalidad, membresía de un grupo social o de opinión política en particular, se encuentra fuera de su país de nacimiento y es incapaz, o, debido a tal miedo, no está dispuesto a servirse de la protección de aquel país; o de quien, por no tener nacionalidad y estar fuera del país de su antigua residencia habitual como resultado de tales eventos, es incapaz, debido a tal miedo, de estar dispuesto a volver a éste.

Esta definición no incluye a personas que simplemente vienen en busca de una vida mejor. Dice Farage que los “refugiados” tiran su pasaporte al Mediterráneo y declaran que son sirios huyendo de la guerra. Y nos lo tragamos. No digo que no hayan auténticos refugiados entre las masas que han llegado a Europa, pero pienso que sería más sensato conceder el estatus de refugiados a las personas en su primer país de acogida, como siempre se ha hecho, no cuando ya están dentro de nuestras fronteras y no hay manera de saber de donde vienen.

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El euroescéptico Nigel Farage

Otro tema más serio aún es el religioso. Farage se pregunta: ¿por qué los países ricos musulmanes no se
ofrecen a acoger a los “refugiados”, si la mayoría de ellos son correligionarios? No contesta a su propia pregunta, pero yo sospecho que el hecho de que su destino elegido sea Europa tiene algo que ver con la hégira, la emigración al dar-al harb con el fin de conquistarlo. Para decirlo en cristiano, van a la tierra de los infieles para extender el Islam. Como bien apuntaba el P. Santiago Martín en este vídeo, se han identificado a varios miles de terroristas entre los “refugiados”. No sólo no nos defendemos del enemigo, sino que le abrimos las puertas, le pagamos el viaje y nos preocupamos de que se encuentre cómodo entre nosotros. Eslovaquia ha dicho que sólo acogerá a cristianos, y por ello le han llovido críticas de todas partes. El Nuevo Orden Mundial está decidido a acelerar el declive de la antigua Cristiandad y no tolera la resistencia. Hay que llenar Europa de musulmanes a toda costa y mantener a los nativos en un estado de inopia durante el máximo tiempo posible, hasta que no haya margen de maniobra ni posibilidad de victoria en un supuesto alzamiento cristiano. De momento yo diría que lo están haciendo muy, pero que muy bien. Cuando llegue el momento será como coger una fruta madura del árbol y Europa caerá en manos de los musulmanes.

Hace ya 26 años, en 1989, Monseñor Marcel Lefebvre habló sobre el peligro de la inmigración musulmana, cuando prácticamente nadie se preocupaba por el tema. Dijo verdades como puños, por lo que un grupo progre le denunció por racismo (¿de qué raza son los musulmanes?) y defamación contra la comunidad musulmana. La multa le llegó una semana antes de su muerte, la última de muchas bofetadas recibidas por su fidelidad a Cristo, y que ahora serán para él una corona en el Cielo. El arzobispo no sólo se negó a retractarse, sino que en el juicio insistió con mayor vehemencia en lo que había afirmado anteriormente. Sus palabras, que no fueron atendidas en el momento, ahora suenan proféticas. Dijo lo siguiente:

Mientras quLefebvre-1989-300x300e los musulmanes sean una minoría insignificante en un país cristiano, pueden convivir pacíficamente, porque respetan las leyes y costumbres del país que les acoge. Pero en cuanto son numerosos y orgnizados se vuelven agresivos y buscan imponer sus leyes, que son hostiles a la civilización europea. Los ejemplos abundan. Pronto mandarán en los ayuntamientos de nuestras ciudades y convertirán nuestras iglesias en mezquitas. Tendremos que convertirnos al Islam, dejar el país, o ser sus cautivos. Esta es la naturaleza del Islam. No soy yo un racista por denunciar este mismo racismo.

Si ustedes [los jueces] impiden que alcemos la voz contra las consecuencias nefastas de la islamización de Francia y Europa, se hacen cómplices de la violencia que se comete en nombre del Koran en los países cristianos… Condenarme por racista porque intento defender mi país, cuando su misma existencia y sus tradiciones cristianas se encuentran amenazadas… eso sería utilizar la justicia a favor de la injusticia. Sería la justicia al servicio de los verdugos, cuyas víctimas como mucho tienen derecho de permanecer en silencio y perecer. Sería la cima de la injusticia.

¿Y qué tiene que ver esta historia con el crimen de los huertos, el marroquí que mató (supuestamente) a la abuelita para robarle 5 euros? Absolutamente nada, por supuesto. Son reflexiones inconexas… o no. Bueno, se me ocurre que al ritmo que vamos, dentro de poco se reinstalará la pena de muerte de España, pero no en el sentido que yo quisiera, sino para implementar la sharia, como por ejemplo contra cualquiera que hable en contra del “profeta” Mahoma. En el fondo todo esto es justo e inevitable; como sociedad hemos decidido darle la espalda a Jesucristo, hemos caído en todo tipo de perversiones, y nos hemos negado a tener los hijos que Dios nos quería dar. No nos reproducimos a un ritmo suficiente como para mantener la sociedad de bienestar que hemos creado. Por ello, permitimos que entren millones de inmigrantes musulmanes, y como consecuencia de la apostasía de Europa se ha creado un vacío espiritual que temporalmente se ha llenado con el hedonismo decadente. La naturaleza tiende a llenar los vacíos, y el vacío que ha dejado el cristianismo en Europa lo ocupará el Islam. Es sólo cuestión de tiempo.

Cristopher Fleming

NOTAS

[1] Para quien le pueda interesar, escribí hace tiempo esta serie de artículos que constituye un examen más pormenorizado de la pena de muerte desde la perspectiva católica.

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

Otro artículo bomba de Neil McCaffrey en 1977. Simplemente sustituya “Pablo VI” por “Francisco”

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15 octubre, 2015

Con la cantidad de comentarios sobre el presente Sínodo (así como con las siempre efervescentes discusiones sobre la FSSPX), a veces podemos olvidar cuán profundas son las raíces de nuestra crisis actual. Hemos pasado por ello antes;  y estamos asistiendo al desarrollo de algo que hace ya tiempo que estaba ahí.

Este artículo fue escrito originalmente en 1977, antes de la suspensión del Arzobispo Marcel Lefebvre. El autor de este artículo no era, ni un miembro de la FSSPX, ni un partisano. Pero conocía la Iglesia del derecho y del revés, y sabía de historia y política católicas. Si el lector sustituye “Pablo VI” por “Francisco”, encontrará misteriosos paralelismos a todos los niveles.

Rorate Caeli agradece a Roger McCaffrey, de Roman Catholic Books, por permitirnos publicar este atrevido y perspicaz ensayo, que también aparecerá en la próxima edición de The Traditionalist, prevista para noviembre. (Cualquier consulta sobre la revista debe dirigirse a expeditor@gmail.com)

***

El Arzobispo Lefebvre, el Papa Pablo VI y la Tradición Católica

por Neil McCaffrey

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El caso Lefebvre está dejando a los Católicos Americanos ortodoxos a punto de estallar. La larga e hirviente disputa se centra en el Papa Pablo VI, pero no sólo tiene que ver con los méritos de un solo Papa. La historia está llena de tales disputas ad hoc, y la historia se las ve con ellas en su justo momento. La presente discusión suscita más preguntas básicas. ¿Cuáles –si los hay– son los límites del poder papal? ¿Qué le debe un Papa, no simplemente a las doctrinas de la Iglesia, sino a sus tradiciones? ¿Y a sus usos? ¿Qué le debe a las ideas y políticas de sus predecesores? ¿Cuáles deberían ser sus relaciones con un mundo hostil a la Fe?

Para un grupo -llamémosle los conservadores- las cuestiones no existen como temas para la exploración, sino simplemente como puntos para la afirmación, eslogans para la tropa. El Papa no puede hacer nada malo (o, si lo hace, no lo menciones hasta que lleve en la tumba un siglo o más). Lo nuestro no es razonar el porqué, o cuestionarnos; lo nuestro es reunirse alrededor de la bandera papal, con los conservadores estableciendo las reglas del juego para el Día de la Bandera.

La oposición no tiene una fórmula tan simple para responder. La oposición va a tientas, y sangrando. Y la disputa es de lo más intensa, de lo más amarga, porque la mayor parte de la oposición se encontraba hasta ayer en las filas de los conservadores.

Pero entonces, la realidad se abrió paso. Durante varios años después del Concilio, la línea convencional había sido: el Papa está aislado/perdido/desinformado/cautivo/lo que sea. Esta postura siempre dependía de una inmensa inocencia de la Iglesia y de los asuntos humanos, y además necesitaba de vez en cuando de señales de que el Papa estaba realmente de su lado. La presión de la catástrofe tenía que corroer esa postura -en particular cuando el Papa se esmeraba para demostrar que, de hecho, sabía lo que está sucediendo; que de hecho él es el autor de esas políticas, que no es tonto, y que no está para nada contento con los católicos que se le oponen.

Cuando estos hechos comenzaron a golpear de cerca, los católicos menos equilibrados llegaron a nuevas explicaciones, y salieron con insultos [1]: el Papa es un comunista/francmasón/impostor…o no fue elegido válidamente…o está drogado, etcétera. Los católicos sensatos, rechazando todas estas tonterías, pero aun así enfrentándose al hecho de un Papa hostil a casi todo lo que ellos consideraban sagrado, tuvieron que emprender lo que se puede llamar, al menos por analogía, la noche oscura del alma.

Pero Dios está ahí, y las noches oscuras del alma pueden ser luminosas. Los preocupados católicos empezaron a considerar seriamente lo que hasta entonces sólo habían sido meras abstracciones para ellos: no toda afirmación papal o conciliar es infalible, o incluso acertada. No toda política papal es prudente, o por el mejor interés de la Fe. Ningún Papa -hasta el mismo San Pedro lo sabe- está más allá del error , y ningún Papa humilde rechaza corregir su error. Y, como Dante y San Juan Crisóstomo nos dijeron una vez, algunos Papas van al Infierno.

Estas verdades tuvieron casi que imponerse en más de un católico consciente. Pero una vez que lo hicieron, estos católicos hicieron un maravilloso descubrimiento: la Verdad debía hacerlos libres. Encontraron, para su gozo, que al fin se unían a la corriente católica de siglos. Ahora, las tradiciones que veneraban significaban mucho más para ellos, al convertirse más profundamente en parte de esas tradiciones. Sacaban fuerzas de aquellas tradiciones. Para ser explícito, encontraron en la tradición católica un respeto casi universal, incluso reverencia, por el Papa en cuanto sucesor de San Pedro -pero nada de la aberración de que el Papa no puede hacer nada malo-. Encontraron cierta adulación cortesana a los Papas, pero ninguna de los católicos que tenían un respeto decente por el Papa, y por ellos mismos. Encontraron entre los verdaderos católicos un amor extendido por el Papa como padre, y casi nada de papolatría. (Un buen hijo ama y respeta a su padre -pero no lo elogia por llegar borracho a casa. Rebatiendo el Mi país, en lo bueno y en lo malo, de Stephen Decatur, Chesterton hizo notar que era como decir, Mi madre, borracha o sobria).

Dios escribe derecho con renglones torcidos; y cuando el desastre golpea a la Iglesia, la Providencia parece  extraer invariablemente el bien de ello. ¿Y por qué no? Cristo, después de todo, ya ha vencido. Así que las negligencias del actual papado han forzado a los católicos atentos a reconsiderar la papolatría a la que algunos han sucumbido en décadas recientes: un correctivo muy necesitado en muchos lados -tal y como, en la dirección opuesta, los Concilios de Florencia y Vaticano I ayudaron a equilibrar la balanza después de que el Concilio de Constanza hubiera amontonado indignidades contra el papado-. (Y a propósito, me pregunto cuántos edictos de Constanza suscribirían los conservadores de hoy. ¿O sólo cuenta el Concilio más reciente?)

Pero la ilustración del tipo que cuadra con la tradición católica no otorga a la oposición leal las fáciles fórmulas unidimensionales generadas por las cheerleaders vaticanas. ¿Leal al Papa? Por supuesto -pero no a Honorio I cuando se equivoca, o a Sergio III cuando asesina. Pedro debe ser corregido por Pablo, y Gregorio XI no carecía de cortesanos que le aseguraban que estaba haciendo lo correcto al quedarse en Aviñón. Pero la muchacha que le dijo francamente que su sitio estaba en Roma, y tan francamente le recomendó  renunciar si no iba a ejercer su autoridad, es honrada como una de las grandes mujeres en la historia Católica, santa Catalina de Siena.

Mi desacuerdo con algunos en los medios de comunicación conservadores es doble: ellos deforman nuestra crisis actual, y ni siquiera están seguros de sus propios y oscuros principios. Falsean, suprimiendo las noticias sobre el Papa; lo que significa que fallan como periodistas católicos. Nunca informan cuando el Papa recibe a un líder comunista, o a la pionera de la liberación femenina Betty Friedan, o al asesino de masas Idi Amin. No nos dicen que rechazó encontrarse con una peregrinación internacional de católicos tradicionales, a pesar de que tuvieron una vigilia de oración toda la noche en la plaza de San Pedro; aunque en el mismo momento recibía a tres revolucionarios portugueses. Nunca nos habríamos enterado por ellos de que el Papa se unió a la izquierda internacional,  para condenar al gobierno de Franco por la ejecución de terroristas españoles. En periódicos que proclaman su admiración por el Papa, ¿por qué se excluyen cuidadosamente las noticias de tantas de sus principales actividades?

La respuesta puede ser que la prensa católica conservadora encuentra estas actividades vergonzosas.

Pero, ¿esta repugnancia habla de veras bien de ella? Creo que no. Para empezar, los periódicos católicos deben imprimir noticias católicas honestamente, o de lo contrario fallarán en su principal deber. Pero además de eso, eliminar noticias sobre el Papa expresa algo interesante sobre la admiración declarada hacia él. Si no se es capaz de informar de actividades que encuentra vergonzosas, ¿por qué la prensa conservadora católica pretende al mismo tiempo que el Papa es inocente?

Existe otra alternativa: la prensa católica conservadora comparte la predilección del Papa por los revolucionarios, pero no se atreve a  revelarlo por miedo a perder a sus lectores. Pero esta explicación es absurda a primera vista. La primera alternativa es la única que suena verdadera. La prensa católica conservadora es prisionera de su propia inconsistencia, atrapada por un Papa liberal.

Por supuesto no necesitan ser atrapados. Lo que pueden hacer, lo que espero que harán un día, es someter sus premisas a una buena dosis de historia católica, renunciar a la papolatría, y tomar la medicina. Puede que duela pero la adversidad es el precio del crecimiento, y un canal de la gracia.

La situación de las organizaciones leales al Papa difiere en cierto modo de la de la prensa: no son periódicos. Por lo tanto no tienen obligación de informar de situaciones desagradables; aunque tienen obligación de plantarles cara. Creo que estas asociaciones, y la prensa católica de ideas afines, se oponen a los hechos, y además faltan a sus propios principios.

Su posición es conocida: los documentos conciliares son inocentes; el Papa es del mismo modo tan inocente como guardián de la Fe y la tradición; todo lo malo que ha sucedido, ha sucedido a pesar del Papa y del Concilio.

¿Quién puede negar la enorme atracción emocional de esta posición? Casi cualquier católico ortodoxo solía sostenerlo, si no lo hace ahora. Todo católico ortodoxo desearía poder sostenerlo. Sólo hay un argumento en contra: que no es verdad.

Entre otras cosas, el argumento es insípido. ¡Como si los concilios de la Iglesia sólo fueran juzgados por sus documentos! La gente que piensa esto no tiene sentido de la textura de los asuntos humanos, y por lo tanto de la historia. Si juzgamos el Concilio de Constanza simplemente por el puñado de medidas disciplinarias que aprobó, y que Martín V firmó, bostezaríamos y le dedicaríamos un párrafo en la historia de la Iglesia. ¡Cuán diferente fue la realidad! Una orgía anti-papal como la Iglesia jamás ha visto (excepto quizás en los últimos quince años), cuyos efectos han perseguido a la Iglesia durante más de cuatro siglos.

No es una sorpresa que el Papa Pablo VI comprende su Concilio mucho mejor que sus admiradores conservadores. Nunca ha ocultado su convicción de que el Concilio fue la puerta de entrada para el cambio en la Iglesia, y así estaba previsto.  Y lo ha subrayado, haciendo notar que Gaudium et Spes supuso una ruptura con la vieja visión católica sostenida por muchos de los santos. (Habría podido decir, con mucha mayor exactitud, por todos los santos -sin mencionar a los autores de las Epístolas, y a nuestro mismísimo Señor).

En lo que respecta a los documentos conciliares, requieren una exégesis que daría para llenar una estantería. Pero exhalan un espíritu, sobre todo cuando se ocupan de problemas temporales, que choca con los reparos de los anteriores Papas al liberalismo y al humanismo.

No es accidental que los liberales de todo el mundo alabaron el Concilio. ¿Todos estaban equivocados? Los niños de este mundo son sabios de su generación. Los liberales conocen a los suyos. En particular, saben que el Concilio marchó en su dirección de libertad religiosa -mientras que despreciaban la visión de los anteriores Papas (que, a su vez, simplemente repetían lo que había sido la actitud invariable de la Iglesia desde los tiempos apostólicos)-. Si el Concilio no ofreció una nueva y completa visión de la libertad religiosa (nueva para la Iglesia; es algo pasado de moda para los liberales), entonces las palabras han perdido todo su significado. Sospecho que ésta es una razón por la que al Arzobispo Lefebvre se le niega su defensa.       El Vaticano detesta defender un caso sin esperanza, incluso en su propia corte.

Pero el mismo Papa nos ha dado la refutación final de la posición conservadora, al condenar al arzobispo Lefebvre. Entre otras cosas, el Papa exige al arzobispo que acepte las “orientaciones” post-conciliares de la Iglesia -que son nuevas por definición-; de no ser así, el Papa, el arzobispo y el resto de nosotros, no estaríamos discutiendo sobre nada.

Lo que conduce a mi punto de que el ala conservadora está traicionando aquí su propia posición. ¿Por qué se niegan a seguir las orientaciones post-conciliares? El Papa las ha confirmado. ¿Por qué resisten a la corriente pentecostal? El Papa lo ve con buenos ojos. ¿Por qué se asustan de las actividades revolucionarias de los delegados papales en el Tercer Mundo? ¿Por qué se pelean con las ideas teológicas que se enseñan en los seminarios pontificios de Roma? ¿Por qué discuten con catecismos impuestos por casi todos los obispos del mundo? Estos obispos, después de todo, dan cuentas al Papa; la mayor parte son delegados; y el caudal de delegaciones se ha mantenido constante durante catorce años.

Creo que conozco el porqué. Rasca a un conservador, y más frecuentemente de lo que esperas encontrarás a un tradicionalista. Pero un tradicionalista que no se atreve a resolver la ambigüedad de su propia posición. Esto no es sorprendente. Duele cambiar.

Que es justamente  lo que hemos estado diciendo al Papa. Que no está escuchando, y al que no le importa.

Neil McCaffrey (1925-1994) fue el fundador del Club del Libro Conservador (Conservative Book Club) y de Arlington House Publishers, que dirigió varias décadas; y un respetado organizador político entre bambalinas (cf. Buchanan: El mayor regreso: cómo Richard Nixon se levantó de su derrota para crear la nueva mayoría. The Greatest Comeback: How Richard Nixon Rose from Defeat to Create The New Majority, Crown, 2014). Antes de su lanzamiento, trabajó en Doubleday-Image Books, bajo la dirección de su fundador, John Delaney, y fue ejecutivo de Macmillan Publishing Company. Mientras estuvo allí, guió a un puñado de bestsellers nacionales al éxito. Graduado en el programa de periodismo de la Universidad de Fordham, fue producto del sistema de educación de la Archidiócesis de Nueva York, seguramente el mejor de Norteamérica en su día.

 
 

[1] Nota del Traductor: el término traducido es “hookery”, que proviene de “hooker”, puta o prostituta. Es una sustantivación, que equivaldría a algo así como “putadas” o “guarradas”

[Traducido por José Gutiérrez. Artículo original]