Amoris Laetitia: “Un Ataque a la Santidad del Santísimo Sacramento”

Entonces Jesús dijo a los Doce: “¿Queréis iros también vosotros?” 68 Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iríamos? (Jn 6:67-68)

Mis Queridos Hermanos,

La Autoridad de Cristo

Cuando Jesús enseñaba, lo hacía con autoridad. Él tenía una autoridad por derecho porque Él era Dios. También tenía una autoridad natural porque decía la verdad y la decía de una manera admirable, incluso cuando era difícil de aceptar. Además hacía milagros para que fuera más fácil para sus oyentes creer la verdad que Él enseñaba; y Él vivió y finalmente murió de acuerdo con esa verdad. Simón Pedro reconoció esta autoridad y se quedó con Jesús cuando muchos otros se alejaron.

La autoridad de la Iglesia a lo largo del tiempo

Antes de su muerte, Cristo estableció Su Iglesia para continuar con Su misión de enseñar la verdad, gobernar y santificar. Él dio a Sus ministros la misma autoridad divina para enseñar la misma verdad. La gente creía en los ministros de la Iglesia primitiva, no solo por la belleza intrínseca de la verdad sino porque también su autoridad natural era respetada: algunas veces porque recibían gracias especiales para predicar elocuentemente, para predicar en distintos idiomas o para hacer milagros, otras veces por el ejemplo de sus vidas, y por último, muy frecuentemente por el ejemplo de sus muertes. Durante el Oscurantismo y la Edad Media, la llama de la verdad fue preservada y luego salió hacia afuera de los monasterios y conventos para iluminar a toda la sociedad. Los ministros de Cristo eran creíbles ya que eran los hombres más mortificados y más educados.

La belleza de sus vidas, su arte, su arquitectura y liturgia, les daba una autoridad natural que ayudaba a sus oyentes a creer en la verdad que ellos habían heredado. Tras el desastre de la Reforma que surgió de un mal uso de los frutos naturales de la Edad Meda  – la riqueza y el descubrimiento – los fieles ministros de Cristo continuaron llevando la verdad de Cristo incluso hasta los confines de la tierra. Sus oyentes les creían por su celo misionero. Y luego, en medio de las revoluciones seculares de los siglos XVIII, XIX y XX, los ministros de Cristo trabajaron para plantar nuevamente las semillas de la verdad de Cristo. Su resistencia a la persecución,  el saqueo y el exilio, y sus obras para establecer escuelas, seminarios, conventos, monasterios y obras de caridad – levantando la Iglesia a nuevo – les dio una autoridad humana más allá de la autoridad divina que recibieron a través de la Iglesia. Cuando enseñaban en las escuelas, predicaban desde los púlpitos y eran leídos en sus libros impresos, resultaban creíbles.

Pérdida de autoridad

Luego vino la revolución dentro de la Iglesia. Comenzó en el siglo XIX tras la Revolución Francesa de 1789, y a pesar de los esfuerzos heroicos de los Papas – especialmente San Pío X – la revolución se hizo más fuerte entre los mismos ministros de Cristo. Habían recibido una autoridad divina para predicar la verdad, pero tenían comezón de oídos en favor de la nueva doctrina. Los hombres del mundo, con su progreso científico y el poder mundano de su impío sistema económico, se convirtieron en dioses del orden material. Prometieron una utopía sin el Dios único y verdadero. En esa utopía, no había más Revelación restrictiva, no más servidumbre a una verdad absoluta, no más limitaciones según el orden natural. Habían caído en la misma tentación de nuestros primeros padres en el Jardín del Edén. La revolución en la Iglesia dio sus frutos en el Concilio Vaticano Segundo. La verdad de la Revelación fue escondida astutamente en los textos conciliares con una ambigüedad intencional para dar lugar a una interpretación errónea de la religión de Dios como religión del hombre.

La adhesión a los errores – jamás formulados explícitamente – fue impuesta a los fieles por el mal uso del poder de la Iglesia para gobernar (a través de las conferencias episcopales, la ley canónica, los sínodos, etc.) y el veneno de los errores fue suministrado a la fuerza por un abuso en su misión de santificar (con una liturgia nueva y deficiente). Muchos de los ministros de Cristo probaron el fruto prohibido, y al predicar se encontraron carentes de toda autoridad: sin autoridad divina porque ya no predicaban la verdad de Cristo; sin autoridad humana porque ya no vivían a imitación de Cristo. Ya no resistían a la persecución, el saqueo y el exilio, porque abrazaron al mundo pecador por un concepto equivocado de misericordia. Ya no había celo misionero por las almas, porque el proselitismo ahora se consideraba pecado. Ya no había belleza en su ascetismo, arte, arquitectura o liturgia, porque habían desnudado los altares del templo. Ya no hacían milagros, porque no recibían ninguna gracia para predicar una nueva doctrina.  Ya no había mártires, porque para ellos su respeto por el hombre moderno y sus vicios modernos era más preciado que el respeto por la verdad.

Hoy, más que nunca, presenciamos un ataque desesperado tanto a la ley divina positiva (aquellas normas reveladas concernientes a la religión) como a la ley natural (aquellas normas escritas en la naturaleza humana) por parte de los que se ordenaron para defenderlas. La encíclica Amoris Laetitia es el ejemplo más reciente. Es un ataque a la santidad del Santísimo Sacramento, a la necesidad del sacramento de penitencia y a la santidad del sacramento del matrimonio y la familia. El adulterio y las relaciones homosexuales ya no son condenados como intrínsecamente malos, la gracia santificante es considerada insuficiente para cumplir con las leyes de Dios, y el estado de gracia es considerado como algo posible en quienes viven deliberadamente en estado de pecado mortal.

En sus conclusiones finales, los fragmentos ofensivos de la encíclica constituyen una negación de la ley moral.

Por otra parte, el divorcio por “nulidad” es prácticamente una realidad, el celibato del sacerdocio se encuentra bajo presión; se está llevando a cabo un plan cuidadosamente encubierto para introducir el diaconado femenino como un paso previo al sacerdocio femenino; el mal intrínseco de la anticoncepción está siendo debatido y el frente contra el aborto y la eutanasia está siendo debilitado con nombramientos y apoyos papales a instituciones mundanas – en especial la ONU. Pero mientras la revolución del clero moderno parece ser más intenso en el tiempo presente, la verdadera traición de la ciudadela sucedió hace cincuenta años, en el Concilio. Los tristes eventos que contemplamos hoy son las consecuencias inevitables de la negación efectiva de la distinción entre el orden natural y el orden sobrenatural que ocurrió en el Concilio. El hombre se puso a la altura de Dios y comenzó a adorarse a sí mismo en lugar de a Dios. ¿Por qué necesitamos una verdad absoluta impuesta cuando podemos decidir por nosotros mismos lo que es verdad? ¿Por qué necesitamos leyes si tenemos nuestras consciencias? ¿Por qué necesitamos a la Iglesia Católica para salvarnos si nuestra relación con Dios es personal? Estas son las preguntas de los infieles ministros de Cristo.

Los enemigos de la Iglesia vitorean, pero los fieles ya no los admiran. Cuando el mundo abrazó a la Iglesia primitiva en el siglo IV, las almas corrieron del mundo hacia la Iglesia, pero cuando la Iglesia abrazo el mundo en el Concilio Vaticano Segundo, las almas huyeron de la Iglesia hacia el mundo. Cristo está siendo escondido por sus propios ministros.

¿A quién iremos? ¿Hacia quién iremos en este tiempo de apostasía?

Tal como recuerda San Luis María de Montfort, cuando María se convirtió en la madre del Cuerpo Místico de Cristo ella se convirtió también en la madre de sus miembros.  Ella es la madre sobrenatural de las almas. Así como todos tenemos un padre y una madre en la vida natural, también los tenemos en la vida sobrenatural. Ella concibió a Cristo, ella continúa concibiendo las almas de los elegidos. Mientras Cristo está siendo escondido por sus santos ministros, es natural entonces que vayamos a nuestra madre María, quien jamás se esconderá de un alma fiel.

En las bodas de Caná, María estuvo ahí para ayudar al novio y a la novia. Después de la ascensión de Jesús al cielo, los apóstoles y discípulos se reunieron alrededor de María en la sala del piso superior. En tiempos de persecución y desolación, cuando la iglesia visible estaba siendo perseguida, María fue siempre un pilar al que las almas devotas se acercaron.

En estos tiempos oscuros, cuando la Iglesia está siendo perseguida por sus propios ministros, María apareció en Lourdes, La Salette y Fátima para enseñarnos a refugiarnos en Su Corazón Inmaculado. La liturgia tradicional de Adviento está llena de las perfecciones de María y de su rol en la obra de redención. Podría decirse que es el tiempo más bello del año litúrgico. En la liturgia de este tiempo – en las misas y el oficio divino – la encontrarán ahí como un pilar, un puerto, un lugar de descanso y fuente de esperanza. Vayamos hacia ella, y entonces ahí aprenderemos sobre su Hijo.

En Jesús y María,

Padre  Robert Brucciani , Fsspx

(Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original)

Tomado de:

https://adelantelafe.com/

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La Carta Apostólica Misericordia et Misera se limita a extender la facultad de confesiones de la FSSPX

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De la Carta Apostólica Misericordia et Misera (12), exactamente como predijimos ayer:

En el Año del Jubileo había concedido a los fieles, que por diversos motivos frecuentan las iglesias donde celebran los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X, la posibilidad de recibir válida y lícitamente la absolución sacramental de sus pecados[15]. Por el bien pastoral de estos fieles, y confiando en la buena voluntad de sus sacerdotes, para que se pueda recuperar con la ayuda de Dios, la plena comunión con la Iglesia Católica, establezco por decisión personal que esta facultad se extienda más allá del período jubilar, hasta nueva disposición, de modo que a nadie le falte el signo sacramental de la reconciliación a través del perdón de la Iglesia.

(Entrada original)

La Carta Apostólica “Misericordia et Misera” y la FSSX

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El pasado viernes, la Santa Sede anunció la Carta Apostólica Misericordia et Misera, que podría ser publicada mañana lunes. El Papa la ha firmado hoy, último día del Jubileo de la Misericordia.

Algunos han tenido la intuición, considerando el momento en que se autorizaron las confesiones para los sacerdotes de la FSSPX (a final del año pasado, y que vence supuestamente hoy) que la Carta podría contener algo sobre la FSSPX.

Podemos confirmar que, a menos que haya una sorpresa de último minuto, habrá algo relativo a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X.

Oremos, esperemos y veamos.

P.S: A modo de referencia, Katholisch.info y1Peter5 (en inglés) mencionaron esta posibilidad antes.También mencionada en  Le Forum Catholique

(Artículo original)

Mons. Fellay nos cuenta sobre el acuerdo con Roma

Exclusiva FSSPX:

Inaugurando el Seminario más grande del mundo

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Exclusivo FSSPX – Obispo Fellay cuenta a Rorate de las Negociaciones con Roma, mientras inaugura el Seminario más Grande del Mundo en Virginia

Una Conversación con el Obispo Fellay

Por el Padre Kevin M. Cusick*
Corresponsal de Rorate

en la apertura de un seminario
de la FSSPX en Virginia

Fieles de todas partes se congregan

Docenas de automóviles de diferentes estados y de Canadá formaron fila en el sendero de ripio que conecta el camino rural asfaltado del pequeño pueblo de Dillwyn, Virginia, con el nuevo seminario de la Fraternidad de San Pío X, situado sobre una loma en el corazón de la propiedad. Encontré un espacio libre en un sendero lateral y comencé a caminar, uniéndome a fieles jóvenes y ancianos  camino a la santa misa que daba comienzo a los eventos del día planeados para la inauguración de la nueva sede norteamericana con la misión de formar sacerdotes para el apostolado.

Una pareja no católica de Farmville, Virginia, se detuvo y me ofreció llevarme, él era invitado VIP de la Cámara de Comercio. Acepté agradecidamente: mis zapatos formales no estaban preparados para el trecho que faltaba por el camino que cada tanto aparecía embarrado. Bajé del vehículo frente a una amplia carpa blanca en la que la misa solemne pontifical ya estaba en desarrollo, había sacerdotes confesando en el espacio abierto contiguo.

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Las sorprendentes conclusiones de la concesión del Papa Francisco a la FSSPX

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21 octubre, 2015

Nota de de la Dirección: Hacemos notar que este específico «Sacerdote anónimo» no ha escrito antes para The Remnant, ni es un sacerdote de la FSSPX ni pertenece a ninguna sociedad ni organización relacionada con la FSSPX .


 

El cisma y la facultad para oír confesiones en el CDC (Código de Derecho Canónico de 1983)

Primera proposición: Un sacerdote que tiene la facultad de oír confesiones no puede estar en cisma.  Mi razonamiento es el siguiente:

1.  Estar en cisma es estar bajo excomunicación latae sententiae.

2.  Un sacerdote bajo excomunicación latae sententiae tiene prohibido administrar los sacramentos.

3.  Por lo tanto, un sacerdote que tiene permitido celebrar los sacramentos no puede estar en cisma.

Las disposiciones relevantes del CIC son las siguientes.

En su canon 751, el Código define «cisma» de la siguiente manera: «Rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos».

El canon 1364 estipula que, entre otras cosas, «el cismático incurre en excomunión latae sententiae».

El canon 1331 §1 indica:

Se prohíbe al excomulgado:

1 tener cualquier participación ministerial en la celebración del Sacrificio Eucarístico o en cualesquiera otras ceremonias de culto;

2 celebrar los sacramentos o sacramentales y recibir los sacramentos;

3 desempeñar oficios, ministerios o cargos eclesiásticos, o realizar actos de régimen.

Segunda proposición: El Santo Padre debe considerar a los sacerdotes de FSSPX ministros de la Iglesia fielmente adheridos a la doctrina del magisterio.

El CDC estipula que no puede dársele a un sacerdote la facultad de absolver pecados a menos que posea la potestad de orden así como la facultad para ejercerla sobre los fieles (can. 966 §1). El sacerdote puede recibir esa facultad tanto ipso iure como por concesión de la autoridad competente, a tenor del c. 969 (can. 966 §1).

Nótese, también, que el  canon 970 estipula que «La facultad de oír confesiones sólo debe concederse a los presbíteros que hayan sido considerados aptos mediante un examen, o cuya idoneidad conste de otro modo». De ser cierto, como se informa, que Su Santidad el papa Francisco ha otorgado a la FSSPX la facultad de absolver pecados durante el Jubileo de la Misericordia, de ello se sigue que cumplen una o ambas condiciones del canon 970.

Finalmente, hacemos la observación de que el canon 978 §2 estipula: «Al administrar el sacramento, el confesor, como ministro de la Iglesia, debe atenerse fielmente a la doctrina del Magisterio y a las normas dictadas por la autoridad competente».

Por consiguiente, si el Papa ha otorgado las facultades arriba referidas, el Santo Padre debe de considerar que los sacerdotes de la FSSPX están capacitados para operar como ministros de la Iglesia y «atenerse fielmente a la doctrina».

Sacerdote anónimo
[Traducción de  Enrique Treviño. Artículo original]

Otro artículo bomba de Neil McCaffrey en 1977. Simplemente sustituya “Pablo VI” por “Francisco”

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15 octubre, 2015

Con la cantidad de comentarios sobre el presente Sínodo (así como con las siempre efervescentes discusiones sobre la FSSPX), a veces podemos olvidar cuán profundas son las raíces de nuestra crisis actual. Hemos pasado por ello antes;  y estamos asistiendo al desarrollo de algo que hace ya tiempo que estaba ahí.

Este artículo fue escrito originalmente en 1977, antes de la suspensión del Arzobispo Marcel Lefebvre. El autor de este artículo no era, ni un miembro de la FSSPX, ni un partisano. Pero conocía la Iglesia del derecho y del revés, y sabía de historia y política católicas. Si el lector sustituye “Pablo VI” por “Francisco”, encontrará misteriosos paralelismos a todos los niveles.

Rorate Caeli agradece a Roger McCaffrey, de Roman Catholic Books, por permitirnos publicar este atrevido y perspicaz ensayo, que también aparecerá en la próxima edición de The Traditionalist, prevista para noviembre. (Cualquier consulta sobre la revista debe dirigirse a expeditor@gmail.com)

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El Arzobispo Lefebvre, el Papa Pablo VI y la Tradición Católica

por Neil McCaffrey

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El caso Lefebvre está dejando a los Católicos Americanos ortodoxos a punto de estallar. La larga e hirviente disputa se centra en el Papa Pablo VI, pero no sólo tiene que ver con los méritos de un solo Papa. La historia está llena de tales disputas ad hoc, y la historia se las ve con ellas en su justo momento. La presente discusión suscita más preguntas básicas. ¿Cuáles –si los hay– son los límites del poder papal? ¿Qué le debe un Papa, no simplemente a las doctrinas de la Iglesia, sino a sus tradiciones? ¿Y a sus usos? ¿Qué le debe a las ideas y políticas de sus predecesores? ¿Cuáles deberían ser sus relaciones con un mundo hostil a la Fe?

Para un grupo -llamémosle los conservadores- las cuestiones no existen como temas para la exploración, sino simplemente como puntos para la afirmación, eslogans para la tropa. El Papa no puede hacer nada malo (o, si lo hace, no lo menciones hasta que lleve en la tumba un siglo o más). Lo nuestro no es razonar el porqué, o cuestionarnos; lo nuestro es reunirse alrededor de la bandera papal, con los conservadores estableciendo las reglas del juego para el Día de la Bandera.

La oposición no tiene una fórmula tan simple para responder. La oposición va a tientas, y sangrando. Y la disputa es de lo más intensa, de lo más amarga, porque la mayor parte de la oposición se encontraba hasta ayer en las filas de los conservadores.

Pero entonces, la realidad se abrió paso. Durante varios años después del Concilio, la línea convencional había sido: el Papa está aislado/perdido/desinformado/cautivo/lo que sea. Esta postura siempre dependía de una inmensa inocencia de la Iglesia y de los asuntos humanos, y además necesitaba de vez en cuando de señales de que el Papa estaba realmente de su lado. La presión de la catástrofe tenía que corroer esa postura -en particular cuando el Papa se esmeraba para demostrar que, de hecho, sabía lo que está sucediendo; que de hecho él es el autor de esas políticas, que no es tonto, y que no está para nada contento con los católicos que se le oponen.

Cuando estos hechos comenzaron a golpear de cerca, los católicos menos equilibrados llegaron a nuevas explicaciones, y salieron con insultos [1]: el Papa es un comunista/francmasón/impostor…o no fue elegido válidamente…o está drogado, etcétera. Los católicos sensatos, rechazando todas estas tonterías, pero aun así enfrentándose al hecho de un Papa hostil a casi todo lo que ellos consideraban sagrado, tuvieron que emprender lo que se puede llamar, al menos por analogía, la noche oscura del alma.

Pero Dios está ahí, y las noches oscuras del alma pueden ser luminosas. Los preocupados católicos empezaron a considerar seriamente lo que hasta entonces sólo habían sido meras abstracciones para ellos: no toda afirmación papal o conciliar es infalible, o incluso acertada. No toda política papal es prudente, o por el mejor interés de la Fe. Ningún Papa -hasta el mismo San Pedro lo sabe- está más allá del error , y ningún Papa humilde rechaza corregir su error. Y, como Dante y San Juan Crisóstomo nos dijeron una vez, algunos Papas van al Infierno.

Estas verdades tuvieron casi que imponerse en más de un católico consciente. Pero una vez que lo hicieron, estos católicos hicieron un maravilloso descubrimiento: la Verdad debía hacerlos libres. Encontraron, para su gozo, que al fin se unían a la corriente católica de siglos. Ahora, las tradiciones que veneraban significaban mucho más para ellos, al convertirse más profundamente en parte de esas tradiciones. Sacaban fuerzas de aquellas tradiciones. Para ser explícito, encontraron en la tradición católica un respeto casi universal, incluso reverencia, por el Papa en cuanto sucesor de San Pedro -pero nada de la aberración de que el Papa no puede hacer nada malo-. Encontraron cierta adulación cortesana a los Papas, pero ninguna de los católicos que tenían un respeto decente por el Papa, y por ellos mismos. Encontraron entre los verdaderos católicos un amor extendido por el Papa como padre, y casi nada de papolatría. (Un buen hijo ama y respeta a su padre -pero no lo elogia por llegar borracho a casa. Rebatiendo el Mi país, en lo bueno y en lo malo, de Stephen Decatur, Chesterton hizo notar que era como decir, Mi madre, borracha o sobria).

Dios escribe derecho con renglones torcidos; y cuando el desastre golpea a la Iglesia, la Providencia parece  extraer invariablemente el bien de ello. ¿Y por qué no? Cristo, después de todo, ya ha vencido. Así que las negligencias del actual papado han forzado a los católicos atentos a reconsiderar la papolatría a la que algunos han sucumbido en décadas recientes: un correctivo muy necesitado en muchos lados -tal y como, en la dirección opuesta, los Concilios de Florencia y Vaticano I ayudaron a equilibrar la balanza después de que el Concilio de Constanza hubiera amontonado indignidades contra el papado-. (Y a propósito, me pregunto cuántos edictos de Constanza suscribirían los conservadores de hoy. ¿O sólo cuenta el Concilio más reciente?)

Pero la ilustración del tipo que cuadra con la tradición católica no otorga a la oposición leal las fáciles fórmulas unidimensionales generadas por las cheerleaders vaticanas. ¿Leal al Papa? Por supuesto -pero no a Honorio I cuando se equivoca, o a Sergio III cuando asesina. Pedro debe ser corregido por Pablo, y Gregorio XI no carecía de cortesanos que le aseguraban que estaba haciendo lo correcto al quedarse en Aviñón. Pero la muchacha que le dijo francamente que su sitio estaba en Roma, y tan francamente le recomendó  renunciar si no iba a ejercer su autoridad, es honrada como una de las grandes mujeres en la historia Católica, santa Catalina de Siena.

Mi desacuerdo con algunos en los medios de comunicación conservadores es doble: ellos deforman nuestra crisis actual, y ni siquiera están seguros de sus propios y oscuros principios. Falsean, suprimiendo las noticias sobre el Papa; lo que significa que fallan como periodistas católicos. Nunca informan cuando el Papa recibe a un líder comunista, o a la pionera de la liberación femenina Betty Friedan, o al asesino de masas Idi Amin. No nos dicen que rechazó encontrarse con una peregrinación internacional de católicos tradicionales, a pesar de que tuvieron una vigilia de oración toda la noche en la plaza de San Pedro; aunque en el mismo momento recibía a tres revolucionarios portugueses. Nunca nos habríamos enterado por ellos de que el Papa se unió a la izquierda internacional,  para condenar al gobierno de Franco por la ejecución de terroristas españoles. En periódicos que proclaman su admiración por el Papa, ¿por qué se excluyen cuidadosamente las noticias de tantas de sus principales actividades?

La respuesta puede ser que la prensa católica conservadora encuentra estas actividades vergonzosas.

Pero, ¿esta repugnancia habla de veras bien de ella? Creo que no. Para empezar, los periódicos católicos deben imprimir noticias católicas honestamente, o de lo contrario fallarán en su principal deber. Pero además de eso, eliminar noticias sobre el Papa expresa algo interesante sobre la admiración declarada hacia él. Si no se es capaz de informar de actividades que encuentra vergonzosas, ¿por qué la prensa conservadora católica pretende al mismo tiempo que el Papa es inocente?

Existe otra alternativa: la prensa católica conservadora comparte la predilección del Papa por los revolucionarios, pero no se atreve a  revelarlo por miedo a perder a sus lectores. Pero esta explicación es absurda a primera vista. La primera alternativa es la única que suena verdadera. La prensa católica conservadora es prisionera de su propia inconsistencia, atrapada por un Papa liberal.

Por supuesto no necesitan ser atrapados. Lo que pueden hacer, lo que espero que harán un día, es someter sus premisas a una buena dosis de historia católica, renunciar a la papolatría, y tomar la medicina. Puede que duela pero la adversidad es el precio del crecimiento, y un canal de la gracia.

La situación de las organizaciones leales al Papa difiere en cierto modo de la de la prensa: no son periódicos. Por lo tanto no tienen obligación de informar de situaciones desagradables; aunque tienen obligación de plantarles cara. Creo que estas asociaciones, y la prensa católica de ideas afines, se oponen a los hechos, y además faltan a sus propios principios.

Su posición es conocida: los documentos conciliares son inocentes; el Papa es del mismo modo tan inocente como guardián de la Fe y la tradición; todo lo malo que ha sucedido, ha sucedido a pesar del Papa y del Concilio.

¿Quién puede negar la enorme atracción emocional de esta posición? Casi cualquier católico ortodoxo solía sostenerlo, si no lo hace ahora. Todo católico ortodoxo desearía poder sostenerlo. Sólo hay un argumento en contra: que no es verdad.

Entre otras cosas, el argumento es insípido. ¡Como si los concilios de la Iglesia sólo fueran juzgados por sus documentos! La gente que piensa esto no tiene sentido de la textura de los asuntos humanos, y por lo tanto de la historia. Si juzgamos el Concilio de Constanza simplemente por el puñado de medidas disciplinarias que aprobó, y que Martín V firmó, bostezaríamos y le dedicaríamos un párrafo en la historia de la Iglesia. ¡Cuán diferente fue la realidad! Una orgía anti-papal como la Iglesia jamás ha visto (excepto quizás en los últimos quince años), cuyos efectos han perseguido a la Iglesia durante más de cuatro siglos.

No es una sorpresa que el Papa Pablo VI comprende su Concilio mucho mejor que sus admiradores conservadores. Nunca ha ocultado su convicción de que el Concilio fue la puerta de entrada para el cambio en la Iglesia, y así estaba previsto.  Y lo ha subrayado, haciendo notar que Gaudium et Spes supuso una ruptura con la vieja visión católica sostenida por muchos de los santos. (Habría podido decir, con mucha mayor exactitud, por todos los santos -sin mencionar a los autores de las Epístolas, y a nuestro mismísimo Señor).

En lo que respecta a los documentos conciliares, requieren una exégesis que daría para llenar una estantería. Pero exhalan un espíritu, sobre todo cuando se ocupan de problemas temporales, que choca con los reparos de los anteriores Papas al liberalismo y al humanismo.

No es accidental que los liberales de todo el mundo alabaron el Concilio. ¿Todos estaban equivocados? Los niños de este mundo son sabios de su generación. Los liberales conocen a los suyos. En particular, saben que el Concilio marchó en su dirección de libertad religiosa -mientras que despreciaban la visión de los anteriores Papas (que, a su vez, simplemente repetían lo que había sido la actitud invariable de la Iglesia desde los tiempos apostólicos)-. Si el Concilio no ofreció una nueva y completa visión de la libertad religiosa (nueva para la Iglesia; es algo pasado de moda para los liberales), entonces las palabras han perdido todo su significado. Sospecho que ésta es una razón por la que al Arzobispo Lefebvre se le niega su defensa.       El Vaticano detesta defender un caso sin esperanza, incluso en su propia corte.

Pero el mismo Papa nos ha dado la refutación final de la posición conservadora, al condenar al arzobispo Lefebvre. Entre otras cosas, el Papa exige al arzobispo que acepte las “orientaciones” post-conciliares de la Iglesia -que son nuevas por definición-; de no ser así, el Papa, el arzobispo y el resto de nosotros, no estaríamos discutiendo sobre nada.

Lo que conduce a mi punto de que el ala conservadora está traicionando aquí su propia posición. ¿Por qué se niegan a seguir las orientaciones post-conciliares? El Papa las ha confirmado. ¿Por qué resisten a la corriente pentecostal? El Papa lo ve con buenos ojos. ¿Por qué se asustan de las actividades revolucionarias de los delegados papales en el Tercer Mundo? ¿Por qué se pelean con las ideas teológicas que se enseñan en los seminarios pontificios de Roma? ¿Por qué discuten con catecismos impuestos por casi todos los obispos del mundo? Estos obispos, después de todo, dan cuentas al Papa; la mayor parte son delegados; y el caudal de delegaciones se ha mantenido constante durante catorce años.

Creo que conozco el porqué. Rasca a un conservador, y más frecuentemente de lo que esperas encontrarás a un tradicionalista. Pero un tradicionalista que no se atreve a resolver la ambigüedad de su propia posición. Esto no es sorprendente. Duele cambiar.

Que es justamente  lo que hemos estado diciendo al Papa. Que no está escuchando, y al que no le importa.

Neil McCaffrey (1925-1994) fue el fundador del Club del Libro Conservador (Conservative Book Club) y de Arlington House Publishers, que dirigió varias décadas; y un respetado organizador político entre bambalinas (cf. Buchanan: El mayor regreso: cómo Richard Nixon se levantó de su derrota para crear la nueva mayoría. The Greatest Comeback: How Richard Nixon Rose from Defeat to Create The New Majority, Crown, 2014). Antes de su lanzamiento, trabajó en Doubleday-Image Books, bajo la dirección de su fundador, John Delaney, y fue ejecutivo de Macmillan Publishing Company. Mientras estuvo allí, guió a un puñado de bestsellers nacionales al éxito. Graduado en el programa de periodismo de la Universidad de Fordham, fue producto del sistema de educación de la Archidiócesis de Nueva York, seguramente el mejor de Norteamérica en su día.

 
 

[1] Nota del Traductor: el término traducido es “hookery”, que proviene de “hooker”, puta o prostituta. Es una sustantivación, que equivaldría a algo así como “putadas” o “guarradas”

[Traducido por José Gutiérrez. Artículo original]

Impresionante procesión mariana de rogativas por el Sínodo

FSSPX Procesión

Dar clic en la imagen para ir al video.

9 octubre, 2015

[onepeterfive.com] Estoy hasta la coronilla del Sínodo. Estoy harto de debates en torno a la FSSPX. Pero puede decirse que este vídeo combina ambos temas de un modo tan vistosamente edificante y tan comovedor que me hizo llorar.

Esto. Esto. Esto ni más ni menos. 

Así tiene que manifestarse visiblemente el catolicismo.

¿Y los llaman cismáticos? Se equivocan, pero si quieren llámenlos así. La Iglesia institucional hace desfilar incesantemente ante nuestros ojos a sacerdotes pervertidos que se empeñan de tirar por tierra las enseñanzas de Cristo. La FSSPX, en cambio, nos da cosas como ésta.

De la FSSPX pueden decir lo que quieran. Pero hasta que los católicos en plena comunión con la Iglesia, los católicos a los que se les da pleno reconocimiento canónico, no nos den algo así de sencillo, de devoto, de contundente, de una belleza tan imponente… no quiero saber nada de ellos.

Los fieles están a la espera. No de nulidades simplificadas, no de comunión para los divorciados vueltos a casar, no de diaconisas ni de que se acepten perversiones sexuales.

Esto. Lo que esperamos es esto.

[Traducción y subtítulos por J.E.F para Adelante la Fe]