Mons. Bialasik: ¡Habla la verdad! ¡No tengas miedo!

Entrevista por Adelante la Fe

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Monseñor Cristóbal Bialasik, Obispo de Oruro, Bolivia, nativo de Polonia y religioso de la Sociedad del Verbo Divino, además de su responsabilidad como Pastor de esa diócesis en el Altiplano de Bolivia, es el Presidente de la Fundación Vida y Familia de la Conferencia Episcopal de Bolivia, y un gran defensor de la cultura de la vida.

Adelante la Fe se honra en publicar -como ya lo hicimos cuando el Obispo Bialasik decretó la prohibición de la comunión en la mano en su Iglesia diocesana, así como otras informaciones relativas al mismo- esta entrevista en la que el prelado se refiere fundamentalmente a la céntrica misión de un obispo católico que es la de proclamar la Verdad ante todo.

¿Cómo puede un obispo hoy defender con eficacia la Vida?

En primer lugar un obispo debe ser un hombre consciente del problema que existe en el mundo entero: constante ataque de los políticos y las distintas ideologías que atentan a la vida y dignidad del hombre. No puede dudar en su responsabilidad como ministro de Dios. Dios es Dios de vivos y no de muertos (Cf. Lc 20.38). Por eso, el obispo como padre espiritual de todos los que viven en su jurisdicción, debe protegerlos y resguardar la vida de cada uno de ellos desde la concepción hasta la muerte natural. Tiene que defender la vida en todas las etapas de su desarrollo, con eficacia y convicción usando todos los medios posibles a nuestro alcance para lograr el objetivo. Tiene que ser valiente, no puede tener miedo. Debe ser seguro de su fe y de la verdad que enseña. No puede dudar, a pesar de los ataques de la cultura de la muerte. Debe enseñar con firmeza la Palabra de la Vida y dar testimonio de ella por medio de los sermones, conferencias y ejemplos de vida. Debe ser profeta. Enseñar a sus sacerdotes, agentes pastorales y todo su rebaño confiado a su cuidado, con firmeza, valentía y heroísmo misionero. La base de la firmeza es nuestra fe y constante unión sacramental y espiritual con el Señor. Por medio de oración constante Dios nos dará las gracias necesarias para vencer al mundo.

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Un discípulo del P. Amorth habla a fondo sobre exorcismos

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En septiembre nos dejaba el P. Gabriele Amorth, exorcista de la diócesis de Roma. Providencialmente contacté con uno de sus discípulos, el P. Ricardo Ruiz Vallejo, exorcista mejicano, formado a su vera y que fue libando a través de los años su sabiduría y experiencia. Un testimonio riquísimo que comparte con nosotros para gloria de Dios y la salvación de las almas. Es importante estar bien formado, según enseña la Tradición de la Iglesia, y tener las ideas claras en un tema que se presta tanto al sensacionalismo, a la confusión y al error.

¿Cómo nació su vocación como exorcista?

Desde 1994 viajaba periódicamente a Valencia para visitar familias y grupos de oración. Surgió un caso de posesión e invité al exorcista de París, el P. René Chenesseaux, Fundador de la Asociación Internacional de Exorcistas, a ocuparse del mismo. Yo hacía sólo de intérprete traductor para los exorcismos y tenía contactos con el Arzobispo de Valencia, Mons. Agustín García-Gasco. El P. René, ya mayor, se sintió cansado de venir desde París y me propuso que debería ocuparme en adelante de los casos que surgiesen. Mons. Agustín García-Gasco, de acuerdo con mis superiores, decidió enviarme a Roma cada 3 o 6 meses, para recibir  formación teórica y práctica con el exorcista de la ciudad eterna, el P. Gabriel Amorth.

¿Cuál es la principal función de un exorcista?

El exorcista es ante todo sacerdote, pastor, por lo tanto su principal tarea es llevar las almas a la conversión, a la gracia y mejora de vida. Su acción como exorcista es ayudar a las almas atacadas por el maligno para que no puedan mejorar sus vidas, no se conviertan y no puedan avanzar en vida espiritual. El exorcismo es sólo una oración más que no daña a nadie pero es específica. Su fin no es sólo liberar del demonio sino también aliviar de los ataques y sufrimientos que causa, ya que hay gente que no es liberada pero los exorcismos le ayudan mucho y dan consuelo para seguir el camino del cristiano con su cruz.

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La impureza: Destino a la condenación eterna

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No es baladí refrescar la memoria del alma cristiana dormida. No está demás volver a recordar que los pecados de impureza son los que más almas arrastran al infierno, según dijo la Virgen en Fátima. En esta sociedad hedonista son legión los esclavos de este vicio nefando, que viven y mueren en pecado mortal. La servidumbre de la carne les priva de Dios eternamente, la mayor de las desgracias. Ya en esta vida nos anticipa una profunda amargura. El paraíso deviene en infierno. El vicioso es radicalmente infeliz tras el placer efímero y se juega una eterna condena de amargo sabor. La sonrisa de sus labios no es miel, en sus entrañas anida ajenjo, de reflujo nauseabundo.

El Doctor Eudaldo Forment es catedrático de Metafísica en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona y académico ordinario de la Pontificia Accademia Romana di S. Tommaso d’Aquino. En esta ocasión, siguiendo las perennes enseñanzas de la Tradición de la Iglesia, analiza la maldad intrínseca de éste pecado, las secuelas que deja en el alma en esta tierra y la gravedad eterna de sus consecuencias.

¿Qué dice el sexto mandamiento y qué pecados atentan contra el mismo?

El sexto mandamiento de la Ley de Dios, tal como enseñan los catecismos, expresa  la siguiente prohibición: «No cometerás actos impuros». Como se explica en el Catecismo Mayor de San Pío X: «nos prohíbe toda acción, toda mirada, toda conversación contraria a la castidad, y la infidelidad en el matrimonio» (n. 425).

El mandamiento, como todos, es muy claro y siempre se ha entendido así. En el Catecismo del Concilio de Trento, se indica que el mandamiento, que con los nueve restantes se dio a Moisés,  tiene dos partes principales: «una, en la que se prohíbe con palabras terminantes el adulterio; y la otra que encierra el mandato de guardar castidad de alma y cuerpo» (III, 7, 2).

Sobre los actos pecaminosos que quedan vedados, sólo le diré que el mandamiento prohíbe todos los actos deshonestos e impuros. La razón de mi parquedad es porque estoy convencido de que es verdad lo que indicaba el Catecismo de Trento al comentarlo: «es de temer que al querer explicar con demasiada extensión y abundancia de detalles los modos con que los hombres se apartan de las disposiciones de este Precepto llegue acaso a tratar de cosas de donde suele provenir materia para excitar la concupiscencia más bien que medios para calmarla» (III, 7, 1)

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