Felices Pascuas de Resurrección

Resóndens autem Angelus, dixit muliéribus:  « Nolíte timére vos: scio enim, quod Jesum, qui crucifíxus est, quáeritis: non est hic: surréxit enim, sicut dixit.

Hablando el ángel, dijo: No temáis vosotras, pues ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado; no está aquí, pues resucitó como lo dijo.

 

El blog 

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!Les desea felices pascuas de resurrección!

Pregón Pascual

(Antiquísimo y Bellísimo Poema Litúrgico de la Iglesia Católica Primitiva)

Exulten por fin los coros de los ángeles,
exulten las jerarquías del cielo,
y por la victoria de Rey tan poderoso
que las trompetas anuncien la salvación.

Goce también la tierra,
inundada de tanta claridad,
y que, radiante con el fulgor del Rey eterno,
se sienta libre de la tiniebla
que cubría el orbe entero.

Alégrese también nuestra madre la Iglesia,
revestida de luz tan brillante;
resuene este templo con las aclamaciones del pueblo.

En verdad es justo y necesario
aclamar con nuestras voces
y con todo el afecto del corazón
a Dios invisible, el Padre todopoderoso,
y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre
la deuda de Adán
y, derramando su sangre,
canceló el recibo del antiguo pecado.

Porque éstas son las fiestas de Pascua,
en las que se inmola el verdadero Cordero,
cuya sangre consagra las puertas de los fieles.

Ésta es la noche
en que sacaste de Egipto
a los israelitas, nuestros padres,
y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.

Ésta es la noche
en que la columna de fuego
esclareció las tinieblas del pecado.

Ésta es la noche
en que, por toda la tierra,
los que confiesan su fe en Cristo
son arrancados de los vicios del mundo
y de la oscuridad del pecado,
son restituidos a la gracia
y son agregados a los santos.

Ésta es la noche
en que, rotas las cadenas de la muerte,
Cristo asciende victorioso del abismo.
¿De qué nos serviría haber nacido
si no hubiéramos sido rescatados?

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

Necesario fue el pecado de Adán,
que ha sido borrado por la muerte de Cristo.
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!

¡Qué noche tan dichosa!
Sólo ella conoció el momento
en que Cristo resucitó de entre los muertos.

Ésta es la noche
de la que estaba escrito:
«Será la noche clara como el día,
la noche iluminada por mí gozo.»

Y así, esta noche santa
ahuyenta los pecados,
lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos,
la alegría a los tristes,
expulsa el odio,
trae la concordia,
doblega a los poderosos.

En esta noche de gracia,
acepta, Padre santo,
este sacrificio vespertino de alabanza
que la santa Iglesia te ofrece
por medio de sus ministros
en la solemne ofrenda de este cirio,
hecho con cera de abejas.

Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego,
ardiendo en llama viva para gloria de Dios.
Y aunque distribuye su luz,
no mengua al repartirla,
porque se alimenta de esta cera fundida,
que elaboró la abeja fecunda
para hacer esta lámpara preciosa.

¡Que noche tan dichosa
en que se une el cielo con la tierra,
lo humano y lo divino!

Te rogarnos, Señor, que este cirio,
consagrado a tu nombre,
arda sin apagarse
para destruir la oscuridad de esta noche,
y, como ofrenda agradable,
se asocie a las lumbreras del cielo.
Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,
ese lucero que no conoce ocaso
y es Cristo, tu Hijo resucitado,
que, al salir del sepulcro,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina glorioso
por los siglos de los siglos.
Amén.

Tomado de:

http://www.conocereisdeverdad.org

La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo – Parte 6 de 16

El infinito amor de Jesús

5°. Pedro niega a Jesucristo

¿Quién fue Pedro? Era un obrero, un pescador que cuando estaba echando la red al mar fue llamado por Jesús al apostolado, quien al decirle: «Ven, sígueme, y te haré pescador de hombres», él al punto, es decir, sin dilación alguna, dejó las redes y le siguió.

Pedro es el primero que figura en la lista de los apóstoles, y el que recibió del Señor el poder de lanzar los espíritus inmundos y de curar toda enfermedad y dolencia (Mt. 10, I-2). A él le prometió Jesús el Primado de su Iglesia y las llaves del reino de los cielos… y después de haber sido instruido por él durante tres años y haberle visto hacer tantos milagros y haber recibido de Él tantos beneficios… viene a caer miserablemente en el pecado, abandonando a Jesús y renegando de Él.

En aquella noche tan cruel, por colmo de desgracias, Pedro negó tres veces a su divino Maestro, y Jesucristo lo sufrió con resignación sublime…

Las causas de la caída de San Pedro podemos decir que fueron estas tres: La presunción, la negligencia en la oración y la imprudencia.

 Todos os escandalizaréis por mí, le dice Jesús… «Yo, dice Pedro, yo, jamás». Me negaréis y me abandonaréis, y vuelve a decir: «Yo te seguiré hasta la muerte…» Más Jesús le previene para que no confíe en sí, pues «antes que el gallo cante, me negarás tres veces». Y ¿qué sucede? Una criada le dice: «También tú estabas con Jesús el galileo» (Mt. 26, 69), y le contesta: «no sé lo que dices… No conozco a ese hombre», y esta negación por tres veces y hasta con juramento… ¡Con que no le conoces y le seguiste como apóstol, dejando las redes cuando te llamó…, fuiste su discípulo predilecto, viste su gloria en el Tabor, le dijiste que a quien irías, sino a Él que tenía palabras de vida eterna, te prometió el Primado cuando le dijiste: «Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», y ¿no le conoces?

¡Oh, cómo nos ciega la pasión!… «No conozco a este hombre…» ¡Qué palabra!… y, sin embargo, ¡cuántas veces la hemos repetido pecando!… Cayó San Pedro por mero respeto humano, porque descuidó la oración, se durmió cuando debía orar: «¿No pudiste una hora velar conmigo?». Este es el origen de la tibieza y del pecado…

San Ambrosio comenta: «¿Dónde negó Pedro a Jesús? En el pretorio de los judíos, en la sociedad de los impíos». «¡Oh! ¡qué dañosas son, dice el venerable Beda,  las conversaciones y la compañía de los malvados! Pedro, en medio de los impíos, niega que conoce a Jesucristo como hombre, él, que le había confesado como Hijo de Dios vivo, cuando estaba con sus colegas».

Verdaderamente, muy débil es el hombre reducido a sus pocas fuerzas. Sin el Espíritu Santo, Pedro padece, se estremece y reniega de su Maestro a la voz de una simple criada; pero con el Espíritu Santo, una vez recibido, ¡cómo cambió! Entonces no cede a los príncipes, ni a los reyes, ni a los judíos, ni a los gentiles; arrastra las cadenas, las prisiones, los tormentos y la muerte. Todas las amenazas y todos los suplicios no son para él más que un juego. Y dice osadamente a los que conminándole con las penas más terribles, le prohíben predicar a Jesucristo: Hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres (Hech. 5, 29).

Conversión de Pedro. En el Evangelio leemos: «Y vuelto el Señor miró a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra del Señor, según le había dicho: Antes que el gallo cante, hoy me negarás tres veces. Y saliendo fuera lloró amargamente» (Lc. 22, 61-62). Una mirada de Jesús le bastó para romper a llorar y huir del peligro. ¡Oh, si el Señor no le hubiera mirado, qué hubiera sido de él! ¡Cuántas veces nos mira el Señor y con cuanto amor! San Pedro se acordó entonces de las palabras del Señor. ¡Ojalá nunca las hubiera olvidado para no pecar!…

Luego obró con prudencia, no dudando de la misericordia del Señor…, y al momento que se dio cuenta del peligro huyó de él…, hizo penitencia, lloró sus pecados…, y por su humildad y amor hacia Jesús mereció el que le confiriese el Primado que le había prometido.

Dios permitió aquella caída para que Pedro,  que debía ser el soberano Pastor de la Iglesia fuese compasivo e indulgente, y así dar a los pecadores un grande ejemplo de arrepentimiento y de penitencia. Pues, habiendo salido, Pedro lloró amargamente. San Ambrosio dice: «Las lágrimas borran el pecado, no piden el perdón, lo merecen».

San Clemente, discípulo y sucesor de San Pedro, afirma que aquél apóstol se arrepintió tanto, que, mientras vivió, se prosternaba durante la noche al cantar el gallo, y derramaba abundantes y amargas lágrimas. Por eso estaban sus ojos siempre encendidos.

Tengamos presentes las enseñanzas de Jesucristo… y las causas de la caída de San Pedro…, para evitar el que nosotros caigamos.

La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo – Parte 5 de 16

El infinito amor de Jesús

4°. Sufrimientos de Jesucristo ante Anás y Caifás.

No puede dudarse que en el trayecto del huerto de los Olivos a casa de Caifás, Jesucristo cargado de cadenas sufriese mil ultrajes e insultos… «Entonces la guardia romana, el tribuno y los alguaciles de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primeramente a Anás, porque era suegro de Caifás, el cual era pontífice en aquel año» (Jn. 18, I2-13).

Anás era hombre astuto e intrigante, quien al parecer, después de un cambio breve de impresiones «remitió a Jesús, atado como estaba, a la casa de Caifás».

Empieza el proceso religioso, Jesús es llevado a los tribunales, la gran asamblea de Israel es presidida por Caifás. Este era sumo pontífice aquel año, hombre sagaz y malvado, que personifica el odio y la mala fe contra Cristo, y en quien domina la pasión y la parcialidad más irritante, pues antes de juzgarle y oírle… «deliberaron matarle», porque hacía muchos milagros (Jn. 11, 53) y «tuvieron consejo para quitarle la vida». EI fue el que compró la traición alegrándose de ver al traidor y convenir con él en darle dinero.

Caifás la Asamblea del pueblo de Israel, los pecadores del mundo se sientan en tribunal para juzgar ahora a Jesús; pero no tardarán en cambiarse los papeles, y pronto ellos… y nosotros seremos juzgados por Él.

Jesucristo, a quien ellos van a juzgar, es el verdadero juez de vivos y muertos «ante cuyo tribunal hemos de comparecer todos». ¡Qué pensaran entonces los pecadores!

«Las gentes, dice el salmista, bramaron y los príncipes a una se confabularon contra el señor y su Ungido» (SaI. 2).

Caifás (y no Anás, como parece desprenderse también del texto) preguntó a Jesús sobre sus discípulos y sobre su doctrina; mas no con ánimo recto, sino perverso, para condenarle… Jesús le respondió: «Yo públicamente he hablado al mundo, yo siempre ensené en la sinagoga y en el templo, donde todos los judíos se reúnen y nada he dicho en secreto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me oyeron, que les he hablado. Ellos saben lo que he dicho» (Jn. 18, 20).

¿Qué había enseñado en efecto? Las ocho bienaventuranzas, la doctrina de salvación contenida actualmente en su Evangelio…

¿Qué había hecho? Había curado a los enfermos, había devuelto la vista a los ciegos, el habla a los mudos, el oído a los sordos, había resucitado muertos, multiplicado los panes, calmado las tempestades; en una palabra había pasado el tiempo haciendo bien a todos.

Al decir Jesucristo: «¿Por qué me preguntas a mí?» y a la respuesta noble y sincera, dada con todo comedimiento y con toda dignidad, un criado o guarda del Sanedrín dio una bofetada a Jesús diciendo: «¿Así respondes al pontífice?» ¡Qué gran deshonor y qué horrible ultraje al Señor! ¿Quién da la bofetada?… Aquél criado es imagen del pecador que blasfema, que profana el día festivo, que comete una acción impura…, así bofetea a Dios. Tu es ille vir…, tu eres, pecador…

Jesús, para enseñarnos que es licito defenderse dentro de los justos límites y, en ocasiones, conveniente, protesta mansamente de la injusticia del ultraje: «Si he hablado mal, demuéstralo; pero, si bien, ¿por qué me hieres?»

Este dilema podemos oponer a todos los impíos y pecadores: «Si es malo el Evangelio, demostradlo; y si es bueno y procede de Dios, ¿por qué no lo ponéis en práctica?»

Así pues los príncipes de los sacerdotes y toda la asamblea buscaba un falso testimonio contra Jesús para hacerle morir (Mt. 26, 59). Adujeron falsos testimonios… «Levantándose entonces el pontífice, le dijo: ¿Nada respondes? ¿Oyes lo que atestiguan éstos contra ti? Mas Jesús callaba…».

Jesús callaba. ¿Por qué antes habla y ahora calla? Para darnos ejemplo de cuándo debemos hablar y cuándo debemos callar. Aquí calla Jesús para expiar nuestros pecados de la lengua, para enseñarnos la virtud del silencio. Este silencio de paciencia de Cristo lo llama San Ambrosio «silencio triunfal», pues callando triunfa de sus enemigos.

Jesús callaba, porque la acusación era falsa y mala; sabía, dice San Jerónimo, que, por más que respondiese, no había de impedir que acriminasen sus palabras. Y como dice San J. Crisóstomo, allí no había más que una sombra de juicio; en realidad, aquello era un ataque de salteadores…

Sin embargo, Caifás dijo al Salvador: «¡Te conjuro por Dios vivo, que nos digas si tú eres el Cristo, Hijo de Dios!», Entonces Jesús rompe el silencio por reverencia al nombre de Dios, y porque así lo exigía la fe que debía entonces confesar públicamente, y le dice: «Tú lo has dicho. Yo soy Cristo, el Mesías. Además os digo que ya veréis al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo…», es decir, se cambiarían los papeles: Ahora me juzgáis, ya vendré yo un día a juzgaros a vosotros y a todo el mundo…

Entonces el pontífice rasgó sus vestiduras, y dijo: Blasfemó, ¿qué necesidad tenemos de testigos? Ahora mismo oísteis la blasfemia» (para ellos era una blasfemia el que Jesús dijese que era Dios; pero ¿no se lo tenía ya demostrado con innumerables milagros?), y la pasión de aquellos hombres contesto: «Reo es de muerte».

Y ¿quién es el reo de muerte? No tú, Señor, sino yo… ¡y reo de muerte eterna!

Durante toda la noche del jueves al viernes Jesucristo sufrió toda clase de ultrajes y afrentas. «Entonces le escupieron en la cara…», «Los que le tenían preso, estuvieron burlándose de ÉI y golpeándole; le taparon además el rostro, y le preguntaban: ¡Adivina! ¿Quién es el que te pegó? Y decían también muchos insultos contra ÉI» (Lc. 22, 63-65).

Retirados los jueces y los que componían aquella asamblea, Jesús fue abandonado a la discreción de sus guardias, de los soldados y criados, y se entregó el mismo a todos los ultrajes que quisieron hacerle…, escupirle (lo había anunciado el profeta Isaías y Él lo había predicho: Is. 50, 6: Lc. 18, 31)… le desprecian,  dan golpes, se mofan de Él… ¡Burlarse de Dios! ¡Cuánta bajeza, cuánto desprecio! Le vendan los ojos… El pecador quisiera que no le viera Dios, para pecar más libremente… Jesucristo toleró estos escarnios para expiar tantas blasfemias e irreverencias…

La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo – Parte 4 de 16

El infinito amor de Jesús

3°. Jesucristo en el huerto de los Olivos.

Después de la Cena, Jesucristo se dirigió al huerto de Getsemaní, para orar, pues era un lugar solitario, y para probar que no huía de la muerte, si no que la deseaba, pues aquel sitio era conocido de Judas, y de esta manera dar principio a su pasión redentora y manifestar su misericordia…

Adán nos perdió en un jardín, y en un jardín o huerto nos salvará Jesucristo… Adán nos perdió en un jardín de delicias, y en un jardín de dolor empezará Jesucristo la redención del mundo… Adán salió del Paraíso terrenal llevando la muerte para él y toda su descendencia; y Jesucristo salió del huerto de los Olivos, para darnos a todos la vida…

EI huerto de Getsemaní es uno de los lugares más santos de la tierra, testigo mudo de la pasión espiritual de Jesucristo.  Los discípulos, aquella noche, al entrar en el huerto, vieron el rostro de su Maestro sombreado por una gran tristeza, que nos la declara el Evangelio con estas palabras: «Comenzó a entristecerse…, sintió tedio, angustia, tristeza, sudó sangre».

Jesucristo era también hombre, y como hombre sufre ante el peligro. Él había hablado de su pasión con grande serenidad, prediciendo los grandes tormentos y males que había de sufrir, pero al hallarse solo en el huerto, el temor, el tedio, el disgusto y el abatimiento, se apoderaron de un golpe sobre su alma….

A Pedro, Santiago y Juan, los tres discípulos que había hecho confidentes de su poder en la resurrección de la hija de Jairo (Lc.8,51) y luego confidentes de su gloria en el Tabor (Mt.17, 1), los elige para ser también secretos confidentes de sus penas y reconozcan que Él era Dios, tanto en las horas de gloria, como en las horas aquellas de su pasión y abatimiento, y así, como desahogándose con ellos, se les acerca y les dice: Mi alma esta triste hasta la muerte.

¡Qué misterio tan profundo: la tristeza del Dios-Hombre! ¡Sentir la tristeza mortal y asombrosa! ¿Cómo es posible si gozaba de la visión beatífica; esto es, si contemplaba a su Padre cara a cara y gozaba de su eterna bienaventuranza? Misterio incomprensible para nosotros, pero real, el cual nos revela el horror profundo que le causa el pecado y el amor  inmenso que nos tiene.

Causas de este dolor y tristeza de Jesús.

Jesucristo, con su inteligencia divina y con la ciencia infusa de su inteligencia humana –pues Él posee la ciencia de los hombres, de los ángeles, de Dios-, contempla el panorama de los tormentos, de su pasión, y está viendo: la prisión, la traición de Judas, la negación de Pedro, la cobardía y el abandono de los suyos, vencidos por el respeto humano, la flagelación, los escarnios, la coronación de espinas, calumnias, ultrajes, desprecios…, que se habían de prolongar en nosotros, en su Iglesia, en todos los cristianos hasta el fin del mundo…

Pero Jesucristo sufre, más que por los tormentos de su pasión, por los pecados del mundo, que como un diluvio caen sobre Él, pues queriendo satisfacer por nosotros a la justicia divina, carga con los pecados de todos y va desfilar ante sus purísimos ojos desde el pecado de Adán hasta el último que se había de cometer en el mundo. Ve, pues, los pecados de todos los hombres… ¡y los míos!

Y lo que más le duele a Jesús y por lo que más sufre, es ver que sería inútil el derramamiento de su sangre para muchos…, pues veía los que en la serie de los siglos se habían de condenar… y esto deshacía de pena y de angustia su corazón. « ¿Qué utilidad tendrá mi sangre?», repetirá el Señor amargamente…, al ver tantas almas despojadas de la vida sobrenatural para siempre.

Cuando sufría tanto vuelve a sus discípulos y los halla dormidos… Ayer, como hoy, los encargados de vigilar los derechos de Dios: los sacerdotes, los cristianos…, se duermen… mientras triunfa el mal y triunfan los enemigos de Dios. ¡Cuántos trabajan por Satanás!…

¿Cómo he de trabajar yo por Cristo?…

Vigilad y orad, dijo Jesús a sus apóstoles cuando los halló dormidos, y comenta San Ireneo: Los despierta para probar que su pasión ha de despertar a los que duermen en el pecado, pues ¿quién podría dormir en el pecado al ver que Jesucristo sufre todos los tormentos para expiar el mismo pecado?

La oración de Jesús en el huerto

Jesús nuestro gran modelo, nos enseña cuándo y cómo hemos de orar. Su oración fue ésta: «Padre mío, si es posible (si es de tu grado), aleja de mi este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mt. 26, 57-59).

He aquí una oración modelo, llena de confianza y de resignación… «Padre mío, si es posible, si lo queréis…». Quien habla aquí es la naturaleza humana de Jesús aterrorizada por el exceso de los sufrimientos y humillaciones que le esperaban… Jesús quiere sufrir y morir por nosotros, a satisfacer así por nuestros pecados al Padre celestial, pero ante los horrores de la pasión que le aguardan, clama que aleje estos horrores, que pase el cáliz de la pasión sin beberlo…, mas siempre que sea esa su voluntad, pues si ÉI quiere que padezca, está pronto a sufrirlo todo por complacerle.

Así debo orar yo con esta resignación y total entrega en las manos de Dios… Cuando la enfermedad me aqueje o el dolor me oprima; cuando la calumnia me persiga o me abata la tristeza…, en las tribulaciones y trabajos, en la pobreza, en los sufrimientos de alma o de cuerpo…, mi oración será: «Padre mío, dame la salud, mitiga esta pena, si es posible, pero no se haga lo que quiera, sino lo que tú quieras…». Sano o enfermo, alabado o vituperado, diré: «Hágase tu voluntad».

 Jesús oró tres veces, y sólo después de la tercera se le presentó un ángel para fortificarle.  Aprendamos con este ejemplo a no desanimarnos en la oración y a ser perseverantes sobre todo en tiempos de prueba. Jesús oró tres veces para enseñarnos a orar y a pedir:

1°perdón de nuestros pecados pasados…;

2°gracia para no caer actualmente…; y

3° auxilio para preservarnos de males futuros…

ÉI nos enseña a orar siempre y especialmente cuando nos amenacen peligros, cuando tenemos que prepararnos para las horas del combate y del sacrificio y no abandonar la oración…

Jesús se aparta hasta de sus más íntimos amigos para orar «apartándose de ellos como un tiro de piedra»En las oraciones particulares, que se hacen fuera del lugar público de la oración, exige el respeto que la persona se retire aparte para orar con mayor recogimiento y atención.

La soledad nos aísla del mundo exterior y nos lleva a Dios. En el recogimiento, sin ruido de cosas terrenales se ora mejor con Dios. En la oración: Dios y el alma, lo demás…, estorba, distrae…

Jesús nos enseña a orar con gran reverencia, compostura exterior, humildad y a estar con profundo respeto ante la majestad de Dios, a quien hablo como hombre pecador que soy…

Además hemos de orar con perseverancia. Jesús hace esta amorosa represión a sus discípulos: « ¿No habéis podido velar una hora conmigo?» ¡Con cuanto gusto velamos con el mundo y que poco con Jesús!….

 Vigilad y orad para no entrar en la tentación… Mientras Jesús ora, los apóstoles duermen ¡Triste ejemplo de pereza! Duermen después de los avisos y ejemplos que les da Jesús. Duermen también hoy sus amigos el sueño de la comodidad, de la indiferencia y del olvido.

Duermen también muchos de ellos en el peligro y en el pecado… ¡Cómo duelen a Jesús los pecados de sus íntimos!…

Después de haberles hallado por tercera vez dormidos, viene a decirles: ¡Aún dormís en esta hora de sumo peligro!…. ¿Aún duermes, pecador, estando próxima la hora de la muerte?

Ved como Judas no duerme. Los pecadores son más diligentes y activos para ofender a Dios… Súrgite…, levantaros: se acerca el enemigo, el momento de la lucha, la hora de la tentación… ¿Estás preparado? Jesús lo está por la oración…

El traidor Judas se acerca

Judas, uno de los doce apóstoles, no sólo ha llegado a ser un ladrón, sino que ha vendido a su augusto Maestro, y se ha hecho jefe de los traidores, de los verdugos y asesinos de Jesús. Por eso dice San Lucas que «Judas les precedía», «y detrás de él, como dice San Mateo, vino una multitud armada con espadas y palos» (Mt. 26, 47).

Entonces Jesucristo dijo a sus apóstoles: «Levantaos, vamos; ya se acerca el que ha de entregarme» (Mt. 26, 46), y se encamina derecho y con paso firme hacia sus enemigos, y les dice: « ¿A quién buscáis?», y ellos le contestan: «A Jesús de Nazaret». Díceles Jesús: Yo soyApenas, les dijo: YO SOY, retrocedieron todos y cayeron en tierra (Jn. 18, 4-6), demostrándoles así su poder y cómo se entregaba a ellos, esto es, porque quiere se deja prender para sufrir y satisfacer por los pecadores… YO SOY. ¡Qué energía y qué eficacia tienen estas palabras en labios de Jesús!

YO SOY (éste es el nombre de Dios. Dios habló en primera persona a Moisés: EHYEH= YO SOY, y nosotros lo solemos denominar en tercera persona: YAHVE=EL QUE ES, o sea, el ser por esencia del cual dependen todos los demás). YO SOY el Dios hecho hombre, el Dios santo y eterno, el Dios fuerte y poderoso, el Hijo de Dios a cuyo nombre, voluntariamente o por fuerza, se dobla toda rodilla en el cielo, sobre la tierra y en el infierno.

Yo soy, pecadores, el que vosotros habéis ofendido, despreciado, ultrajado y perseguido… Hablando de aquél milagro, San Cirilo de Jerusalén dice: «Aquella caída es la figura de la que han de sufrir todos los enemigos de Jesucristo, la misma suerte está reservada a sus contrarios en todos los siglos».

Los emisarios de los príncipes de los sacerdotes no hubieran podido levantarse si Jesucristo no se lo hubiera permitido, pero entonces dijo a todos ellos: «Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas»Les permite que se acerquen a ÉI, primeramente Judas que vendido a Satanás, se acerca presuroso a Jesús, al que saluda y besa diciendo: «Salve, Maestro». Jesús se dejó besar del traidor, y con dulzura y bondad le dice: «Amigo, ¿a qué has venido? ¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?», y al mismo tiempo que le dirige estas palabras, ¡cuántas inspiraciones!, ¡cuántos rayos de luz comunica a su alma! Más a Judas se le endurece el corazón… (luego hablaremos de su fin).

Después de haber derribado milagrosamente a sus enemigos, Jesús obró un segundo prodigio, no permitiendo que se apoderasen de sus apóstoles, ni siquiera de Pedro, que había herido a uno de ellos. Hizo un tercer prodigio colocando la oreja de aquél a quien Pedro se la había cortado. ¡Véase cuanta era la ceguedad de aquellos criminales emisarios…! «Se arrojaron sobre Jesús y le encadenaron» (Mt. 26, 50).

Pusieron la mano sobre é como sobre un ladrón siendo la misma inocencia y la bondad misma, el Santo de los santos, el verbo eterno, el Hijo de Dios, y Dios también… «Es vuestra hora», la hora de los pecadores… ¡ya llegará la hora del juicio de Dios!…

Salmo 108 (109)

«Vendido por tan módica cantidad, Jesucristo viene a ser el precio de la redención de todos los pecadores y de todo el universo. Judas, por haber vendido al Salvador por treinta dineros, y los judíos por haberlo comprado, son unos y otros heridos por Dios con las treinta maldiciones enumeradas en el salmo 108 por el real profeta» (A Lápide).

 

Oración imprecatoria contra los maldicientes

1*Al maestro de coro. De David. Salmo.

Oh Dios, Gloria mía, no enmudezcas,

2porque bocas impías y dolosas

se han abierto contra mí

y me hablan con lengua pérfida.

3*Me asedian con odiosos discursos,

me combaten sin motivo.

4*Por lo que me debieran amar, me acusan,

y yo hago oración.

5*Me devuelven mal por bien,

y odio a cambio de mi amor.

6*Ponlo bajo la mano de un impío,

con el acusador a su derecha.

7*Cuando se le juzgue, salga condenado,

y su oración sea pecado.

8*Acórtense sus días,

y otro reciba su ministerio.

9Que sus hijos queden huérfanos

y viuda su mujer.

10Anden sus hijos mendigando, errantes,

arrojados de sus casas destruidas.

11El usurero aseche todos sus bienes,

y sea presa de los extraños

el fruto de su trabajo.

12Nadie le muestre misericordia

y ninguno se compadezca de sus huérfanos.

13Sea su posteridad entregada al exterminio,

extíngase su nombre

en la primera generación.

14*La culpa de sus padres

sea recordada [por Yahvé],

y el pecado de su madre no se borre.

15Estén siempre ante los ojos de Yahvé,

para que Él quite de la tierra su memoria;

16*pues no pensó en usar de misericordia,

sino que persiguió al infortunado, al pobre,

al afligido de corazón,

para darle el golpe de muerte.

17*Amó la maldición. ¡Cáigale encima!

No quiso la bendición. ¡Apártese de él!

18Se revistió de maldición como de una túnica;

y le penetró como agua en sus entrañas,

y como aceite en sus huesos.

19Séale como manto que lo cubra,

y como cinto con que siempre se ciña.

20*Tal pago tengan [de Yahvé]

los que me acusan

y los que profieren maldiciones contra mí.

21*Mas Tú, Yahvé, Señor mío, haz conmigo

según la gloria de tu Nombre;

sálvame,

pues tu bondad es misericordiosa.

22*Porque yo soy un infortunado y pobre,

y llevo en mí el corazón herido.

23Como sombra que declina,

me voy desvaneciendo;

soy arrojado como la langosta.

24Mis rodillas vacilan,

debilitadas por el ayuno,

y mi carne, enflaquecida, desfallece.

25Y he venido a ser el escarnio de ellos;

me miran, y hacen meneos de cabeza.

28Ayúdame, Yahvé, Dios mío,

sálvame conforme a tu misericordia.

27Y sepan que aquí está tu mano,

y que eres Tú, Yahvé, quien lo ha hecho.

28*Que ellos maldigan, pero Tú bendíceme.

Véanse confundidos

los que contra mí se levantan,

mas alégrese tu siervo.

29Sean cubiertos de ignominia

los que me acusan,

y envueltos en su confusión

como en un manto.

30*Mi boca rebosará de alabanzas a Yahvé;

en medio de la gran multitud

cantaré sus glorias;

31*porque Él se mantuvo

a la derecha de este pobre

para salvarlo de sus jueces.

* 1. Es uno —quizá el más característico— de los Salmos imprecatorios (cf. Salmos 34, 4 ss.; 68, 23-29; 136, 7 ss.). Escrito por David, muy probablemente cuando la traición de Aquitófel (II Reyes 15, 12 y sigs.), figura de Judas (Salmos 40, 10; 54, 14 ss.), es evidente su alcance mesiánico, al menos en sentido típico, pues recuerda fuertemente, en algunos pasajes, la Pasión de Cristo, y San Pedro Io cita como alusivo al Iscariote (Hechos 1, 16 ss.). La sabiduría de Dios, que siempre es misteriosa (Salmo 50, 8; I Corintios 2, 7 ss.), nos ofrece aquí un contraste estupendo entre la ira divina (versículos 6-19) y su suavidad inefable (versículos 21 ss.), y nos muestra, en el versículo 20, que el rey profiere esas imprecaciones hablando en la santa presencia del Señor, no como hombre que maldice a otro (Job 31, 30; Salmo 58, 13), sino como profeta que anuncia de parte de Dios (versículo 27) las venganzas (Salmos 57, 11 s.; 65, 5 y 93, 1 ss. y notas) que su amor tomará por sus amigos calumniados (Sto. Tomás). Así también habla Cristo en el Salmo 68, lo cual no le impidió rogar en la Cruz por sus enemigos. Cf. Mateo 5, 11 s.; Proverbios 25, 21 citado por Romanos 12, 20. Gloria mía (cf. Salmo 105, 20). Según otros, en perífrasis: objeto de mi alabanza. Tal es aproximadamente el sentido según los LXX: que Dios no quede silencioso ante la alabanza que le tributa el salmista. La Vulgata pone: no calles mi alabanza, evidente error de copista, pues no es Dios quien alaba al hombre, y bien lo sabía el humildísimo David.

* 3 s. Sin motivo: Es lo que caracteriza la suprema iniquidad cometida con Jesús. Cf. Salmos 24, 19; 34, 19; 68, 5; Juan 15, 25.

* 4. Por lo que me debieran amar: Así también Rembold, concordando con LXX y Vulgata: en vez de amarme. Según el Texto Masorético sería: a cambio de mi amor, lo cual está dicho ya en el versículo 5. Me acusan: literalmente: hacen conmigo obra de Satán (cf. versículo 6 y nota). Hago oración: El hebreo termina con elocuente brevedad: Y yo: oración (cf. 119, 7).

* 5. En boca de Jesús es una queja infinitamente desgarradora. David, que en su medida sufrió también de calumnias e ingratitudes, “nos aparece en todo este pasaje manifiestamente como tipo de Jesucristo” (Fillion).

* 6. El acusador: Tal es el sentido de la palabra hebrea: Satán, equivalente a la griega: diábolos o diablo (cf. Apocalipsis 12, 10). ¡No puede pintarse situación más dramática para un reo! Cf. Salmo 93, 20 y nota.

* 7. Su oración sea pecado. Cf. Isaías 1, 13; Malaquías 1, 7-9. Véase versículo 17 y nota.

* 8. Citado por San Pedro cuando los apóstoles eligieron a San Matías en el lugar dejado por el traidor Judas (Hechos 1, 16 ss.). Ministerio: La Vulgata vierte episcopatum, en el sentido de función.

* 14 ss. Las palabras entre corchetes ya están en el versículo 15 y son sin duda una glosa, pues no figuran en el Siríaco. La culpa de sus padres: “Todo el que imita la maldad de su perverso padre se hace reo también de los pecados de éste; mas el que no sigue la maldad del padre, de ningún modo será gravado por su delito” (San Gregorio). El Catecismo Romano (III, 2, 36) citando a Éxodo 20, 5 s. manda a los párrocos recordar a los fieles “cuánto sobrepuja la bondad y misericordia de Dios a la justicia, pues, airándose hasta la tercera y cuarta generación, extiende hasta millares la misericordia”. Algunos intérpretes, fundados en Ezequiel 18, 20 y Génesis 8, 21, etc., traducen Éxodo 20, 5 en el sentido de que Dios tiene en cuenta la mala herencia de esos hijos, para hacerles mayor misericordia (cf. Mateo 9, 11; 18, 13; Lucas 7, 43; 12, 48). Cf. Ezequiel 18, 4 y nota.

* 16. Claramente se indica la causa de tantas maldiciones: la falta de misericordia (cf. Oseas 6, 6; Mateo 9, 13; 12, 7). Porque la caridad, origen de tantos bienes, no es sólo un mérito: es una obligación (Lucas 6, 27-38), y su falta acarrea todos los males, hasta la condenación a la gehena eterna (Mateo 25, 34-45).

* 17. Así como las bendiciones que damos vuelven a nosotros (Lucas 10, 6), así las maldiciones caen sobre la propia cabeza. Véase versículo 7 y nota, y la terrible imprecación a los sacerdotes en Malaquías 2, 1-3.

* 20. Véase versículo 1 y nota. Algunos suprimen: de Yahvé, por razones rítmicas, considerándolo una glosa como en el versículo 14.

* 21 s. Aquí, como en Salmo 68, 30 ss., en cuanto David aparta los ojos de la maldad que condenaba, vuelve instantáneamente a la exquisita y confiada humildad de un niño, la cual es siempre el sello de su oración, anticipo de la de Cristo (cf. Salmos 85, 1; 114, 1 y notas, etc.). Un moderno estudioso de los Salmos señala acertadamente que tanto las anteriores imprecaciones como las del Salmo 68 son de David y nadie podría atreverse a afirmar que él habría tomado esas ni otras venganzas de sus enemigos si los hubiese tenido a mano, pues bien demostró él todo lo contrario en la misericordia con que trató a su gran perseguidor Saúl cuando estuvo a merced suya (I Reyes 24, 1 ss. y notas), no obstante las grandes pruebas de paciencia a que éste lo tenía sometido (cf. Salmo 56, 1 ss. y notas). Cf. también la conducta de David en Salmo 7, 5.

* 22 ss. Infortunado, etc.: Tal como el que pinta el versículo 16. El honor de Yahvé, que Él cifra en ser misericordioso (cf. Efesios 1, 6 y nota), está en que Él libre al débil del prepotente (cf. Salmo 71, 4). Así será para Él toda la gloria (versículo 27). Cf. Salmo 85, 17.

* 28. Recordemos, como un escudo invencible, esta fórmula, que encierra la plenitud del espíritu evangélico. ¿Qué puede importarnos la maldición del mundo, si Él está contento? Jesús llega a decir que en estos casos nos pongamos a saltar de gozo, y nos equipara a los profetas. Cf. Mateo 5, 11 s.; Lucas 6, 22 ss.; Salmo 50, 14; Romanos 8, 31.

* 30. Una vez más, vemos el valor de la alabanza como instrumento de gratitud (Salmos 49, 14; 106, 22), en contraste con la mala lengua (cf. Santiago 3, 1 ss.).

* 31. “A la derecha”: Como su abogado defensor en el juicio (cf. I Juan 2, 1). Nótese la oposición con el versículo 6. San Agustín dice aquí: “Satán se coloca al lado de Judas, que ambicionó acumular riquezas; ¡en cambio, junto al pobre está Dios! Él es la riqueza del pobre.”

La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo – Parte 3 de 16

El infinito amor de Jesús

2°. Judas vende a su divino Maestro.

Judas fue uno de los doce apóstoles elegido por Jesucristo, pero por no cooperar con fidelidad y dignidad a su vocación, terminó siendo reprobado. EI vino a ser un traidor. ¡Que maldad y que crimen el de Judas, pasar a la banda de los enemigos de Jesús, hacerse jefe de ellos y entregarle, siendo su divino Maestro! ¿Cuál ha sido el principio de tan grande caída? Una pasión no mortificada.

El único fallo de Judas de que se nos habla en los Evangelios fue la avaricia. En él estaba este pecado tan arraigado, que fue la causa de todos sus males: «Bueno le fuera -dijo Jesúsa tal hombre no haber nacido» (Mt. 26,24). Terrible sentencia fue esta, a propósito de la cual escribía Bossuet: «Más le valiera a este hombre no haber nacido, ya que vive para su propio suplicio, y su ser de nada le servirá, sino para hacer eterna su memoria».

La traición de Judas fue puesta de manifiesto en la última Cena, cuando Jesús dijo: «Uno de vosotros me va a entregar» (Jn. 13,21). Los discípulos se entristecieron en gran manera y comenzaron cada cual a decirle:

« ¿A caso soy yo, Sor (Mt. 26,22)… Juan, reclinándose sobre el pecho de Jesús, le dijo (en silencio): «Señor, ¿quién es? Jesús le respondió: Es aquél a quien Yo le daré el bocado que voy a mojar. Y mojando el bocado se lo dio a Judas, el de Simón Iscariote. Y tras el bocado entró en el Satanás. Entonces le dijo Jesús: Lo que has de hacer hazlo pronto. Mas ninguno de los que estaban a la Mesa supo a q propósito le dijo esto. Algunos pensaron que, como Judas tenía la bolsa, Jesús le decía: Compra lo que necesitamos para la fiesta o que diese algo a los pobres. ÉI apenas tomó el bocado, salió enseguida. Era ya de noch (Jn.13, 23-30).

Muchos comentaristas creen que Judas se salió al terminar la cena legal y no asistió a la institución de la Eucaristía, que tuvo lugar a continuación, y por lo mismo no recibió el cuerpo y la sangre del Señor. Y si así fue, diremos con el escriturista Fillion: «Siéntese como aliviado el ánimo al pensar que el traidor no entristeció con su odiosa presencia la inauguración del banquete eucarístico y que no profacon horrible sacrilegio el más augusto de los sacramentos, en el momento mismo en que acababa de ser instituido».

Judas era libre, Dios ha dado la libertad a los hombres para hacer el bien, pero él la empleó para el mal, como lo evidenció por el remordimiento que experimentó más tarde. Los malvados parecen ir contra la economía de Dios y ser una nota discordante en el himno de la vida, pero en cierto modo encajan dentro del plan divino. Todos los enemigos de Cristo que intervinieron en su pasión «sin .saber lo que hacían contribuyeron a que Dios diese cumplimiento a lo que tenía antes anunciado por boca de todos los profetas» (Hech.3, 17-18).

Judas impelido por la avaricia y por el demonio, que se había apoderado de él durante la cena, va a buscar a los enemigos del Salvador, y les dice: « ¿Qué me dais y os lo entrego? Y ellos le asignaron treinta monedas de plata» (Mt. 26, 15).

Nosotros nos indignamos al ver al Divino Maestro vendido por treinta monedas, y no pensamos que por menos le hemos vendido nosotros, ¡unas veces por un respeto humano, el qué dirán, por un placer impuro, por un mezquino interés…!

Judas, tomando el trozo de pan que Jesús le ofreció, salió presuroso del cenáculo, «Salía, dice San Ambrosio, salía de la fe: salía de la asamblea y de la dignidad de los apóstoles; salía de la gracia de la santificación para enredarse en el lazo de la muerte; salía fuera, él que dejaba los misterios de la vida anterior».

Era de noche

El evangelista, recordando, cuando escribió su Evangelio, el horrible crimen de aquella noche, concluye su narración con esta sencilla frase de «trágica brevedad», como alguien ha dicho, y que causa en el ánimo profunda y lúgubre impresión: «Era de noche». Convenían las tinieblas para la obra siniestra y repugnante que iba a ejecutar el traidor. Era de noche sobre todo en su alma. Sí, ¡para Judas era de noche! Acababa de abandonar a aquél que «era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn. 1, 9).

Por eso, sumergido en tinieblas, no sabía a dónde iba cuando dirigía sus pasos decididos hacia la morada de los príncipes de los sacerdotes para venderles a su Maestro. No veía que cometía el más grande de los crímenes, y que se entregaba a la avaricia, que había de conducirle a la desesperación, al suicidio y al infierno… Era de noche: Erat autem nox.

 Pero ¿no están todos los pecadores sumergidos también en una profunda noche? ¡Ah! si no les hubiese abandonado la luz, ¿irían riendo a precipitarse en un océano de desgracias para apoderarse de una sombra de satisfacción criminal?

Las tinieblas que rodeaban a Judas, rodean también la conciencia de los pecadores endurecidos…

Judas vende a su amo por treinta dineros. Treinta monedas de plata le prometieron los príncipes de los sacerdotes; y desde aquél instante Judas buscaba la ocasión de entregárselo (Mt. 26, 15-16).

«¡Oh traidor, exclama San Ambrosio, valúas en trescientos dineros el perfume que Magdalena derrama sobre Jesucristo, en memoria de su pasión, y vendes su misma pasión por treinta dineros! Eres rico y generoso en tu apreciación, y vil en tu crimen: vendes a tu Dios al precio de los esclavos: Jesucristo no quiere que su precio sea más subido, para que todos puedan comprarle, y ningún pobre quede sin poder hacerlo».

«Vendido por tan módica cantidad, Jesucristo viene a ser el precio de la redención de todos los pecadores y de todo el universo. Judas, por haber vendido al Salvador por treinta dineros, y los judíos por haberlo comprado, son unos y otros heridos por Dios con las treinta maldiciones enumeradas en el salmo 108 por el real profeta» (A Lápide),

 

La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo – Parte 2 de 16

El infinito amor de Jesús

Y desnudándole, le cubrieron con un manto de púrpura, y tejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre la cabeza

 

COMIENZO DE LA PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

1. Jesucristo sufre como Dios

«Pasión de nuestro Senor Jesucristo según San Juan». Así empezó Fray Luis de Granada un sermón de la Pasión, y fue tal la emoción y el dolor vivísimo que sintió al pronunciar estas palabras que prorrumpió a llorar y sollozar y tuvo que bajarse del púlpito. ¡Ojalá que todos fueramos llenos de fervor y sentimientos parecidos por amor al Señor al meditar su pasión!

Para meditar en la pasión del Señor, nos interesa saber primeramente quién es Jesucristo, quién es el que se deja prender en el Huerto de Getsemaní o de los Olivos, el que se deja llevar de tribunal en tribunal para ser juzgado, el que se deja escupir y azotar y crucificar. .., para que estas humillaciones tan excesivas de Jesucristo no nos sirvan de escándalo, dejándonos una idea de bajeza, de debilidad e impotencia, como si fuera un hombre impotente, y por lo mismo tenemos que avivar nuestra fe en su divinidad.

Jesucristo es Dios y es hombre a la vez, como hombre pudo sufrir, y como Dios darle a sus sufrimientos un valor infinito de redención.

Jesucristo, pues, no es un simple hombre, sino que Él es Dios, es la sabiduría y la omnipotencia infinita, y si se deja prender y escupir y .azotar y crucificar es porque Él quiere así sufnr y ofrecerse y voluntariamente a la muerte, «quia Ipse voluit», como dice el profeta Isaía, porque Él quiso así entregarse por amor a nosotros.

De hecho la pasión del Señor es la gran prueba del amor que Dios nos tiene: «En esto, dice San Juan, hemos conocido el amor de Dios, en que. dio su vida por nosotros» (1 Jn..3, 16), y el mismo Jesucnsto dice: «Nadie tiene amor mas grande que aquel que da la vida por sus amigos» (Jn. 15,13).

En la pasión de Jesucristo todo nos demuestra que Él es Dios. ¿Quién es el que sabe el porvernr de las cosas? ¿Qué sucederá dentro de un año? Es más, ¿Quién dirá lo que habrá ocurrido mañana a estas horas? Todos nos encojemos de hombro, y decimos: Dios lo sabe.

Ahora bien, Jesucristo anunció con detalles siglos antes su pasión por medio de los profetas, y Él en los días antes a la misma predijo cuanto había de sucederle. Luego Jesucristo es Dios.

Sus predicciones son claras, vg. sobre la traición de Judas: «Uno de vosotros me entregará» (Jn. 13, 21), sobre Ia negación de Pedro, cuando éste Ie dice: «Daré mi vida por ti», Jesús le contesta: «En verdad, en verdad te digo que no cantará el gallo sin que me hayas negado tres veces» (Jn. 13, 37-38), y porque Él «sabía todas las cosas que Ie habían de suceder», dijo días antes a sus apóstoles: «Mirad que subimos a Jerusalén, el Hijo del hombre sera entregado a los gentiles, escarnecido, injuriado y escupido; Ie azotarán, le matarán y al tercer dia resucitará» (Lc. 18, 31-32).

Las profecías cumplidas nos demuestran claramente que Jesucristo es Dios y si sufre tanto es porque quiere así redimirnos y con su muerte darnos la vida.

La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo – Parte 1 de 16

El infinito amor de Jesús

Semana Santa

 

PROLOGO
Hay una semana en el año que se distingue de todas las demás, es la llamada «Semana Santa», la semana de los grandes misterios, y en ella la Iglesia celebra la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo.

Esta semana comienza con el domingo de Ramos, en cuyo día, después de veinte siglos, en nuestras ciudades y pueblos recordamos la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén, y en él, los niños de ahora como los de entonces, en las procesiones que se organizan, dicen también: ¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! (Mt. 21,9).

Aquellas gentes confesaban que Jesucristo era un ser divino. Los únicos que no participaban de las aclamaciones eran algunos de los fariseos, que se atrevieron a dirigirse a Él y decirle: ¡Maestro! reprende a tus discípulos (Lc. 19,40), y entonces con terrible majestad, nuestro Señor los reprendió: «Os digo que si éstos callasen, las piedras darían gritos de bendición y de triunfo».

La entrada fue triunfal pero Jesús que «sabía lo que había en el corazón de cada hombre». Conocía muy bien que los «hosannas», se convertirían en «crucifícale»… EI ya lo tenía profetizado a sus apóstoles: «Ved que subimos a Jerusalén, y se cumplirá en el Hijo del hombre todo lo que está escrito por los profetas: será entregado a los gentiles, escarnecido, injuriado y escupido; le azotarán, le matarán y al tercer día resucitará» (Lc. 18,31-33).

Jesús, en aquella ocasión, al descender del monte de los Olivos, tendió su vista a la ciudad de Jerusalén, y sus ojos se arrasaron en lágrimas,  no a causa de la cruz que le aguardaba sino debido a los males que amenazaban a aquellos que había venido a salvar y que no querían saber nada de Él. Al contemplar la ciudad «Lloró por ella, y dijo: ¡Oh, si tu conocieras en el día de hoy lo que había de darte la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos…» (Lc. 19,41-42).

Entonces vio con exactitud histórica como se abatían sobre la ciudad los ejércitos romanos al mando de Tito… « ¡Cuántas veces, diría, quise reunir a tus hijos como la gallina a sus polluelos bajo las alas y no quisiste!» (Mt. 23,37).

Los enemigos de Jesús, al negarle, llevaban a la ruina su propia ciudad y su propia nación. Tal era el mensaje de sus lágrimas, las lágrimas del rey que caminaba hacia la cruz.

Ahora notaré solamente lo que hizo Jesús en la noche en que iba a ser entregado a su pasión, o sea, el hecho de la institución del augusto sacramento de nuestros altares y en el mismo instante en que se conspiraba contra Él.

Jesús está viendo la traición y el beso de Judas, la fuga de los discípulos, su agonía, los azotes y escarnios, la corona de espinas, la cruz…, y elige aquel momento para dejar a su Iglesia el admirable monumento de su amor.

Entonces en la última Cena, cumplió su promesa de dar de comer a sus discípulos el pan de Vida, que sería su mismo cuerpo: «Tomad y comed: Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros».

A continuación vino el divino mandato de continuar la conmemoración de su muerte: «Haced esto en memoria mía» (Lc. 22,19). Repetid, actualizad, prolongar a través de los siglos el sacrificio ofrecido por los pecados del mundo. De este modo se cumplirían las palabras del profeta Malaquías:

Porque desde que nace el sol hasta que se pone, mi nombre es grande entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi nombre un sacrificio, una oblación pura; porque grande es mi nombre entre las naciones, dice el Señor de los ejércitos (Mal. 1,11).

La institución de este sacramento nos habla del infinito amor de un Dios a los hombres.

Como en otros libros, que he escrito, hablo ya de la promesa y de la institución a la eucaristía, por eso me he limitado a recordar este hecho transcendental, y ahora pasaremos a ir meditando los divinos pasos de la pasión de N S. Jesucristo.

BENJAMÍN MARTÍN SÁNCHEZ
Zamora, 31 marzo 1991