Felices Pascuas

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Ninguna otra cosa deseo a mis lectores como don pas­cual, sino la Sabiduría. Este don pascual no es una ópera, sino el regalo que en otro tiempo se hacían los amigos por Pascua. Por la Sabiduría hizo Dios los cielos y la tierra. La Sabiduría asistía al trono de Dios cuando hacía el mundo, y ella jugaba en su presencia con todas las cosas, los formidables juegos del cielo y del infierno, que son más serios aún que el terrible juego de la guerra, y el ardiente juego de la revolución. Dijo el rey Alfonso el Sabio que este mundo si no está mal hecho, por lo menos lo parece. En realidad ahora está mal hecho, está al revés;está desordenado por el Pecado, que es el receso de la Sabiduría. Por falta de Sapiencia el mundo está patas arriba y Dios se está divirtiendo en ponerlo de pie, cueste lo que cueste.

Dice Jules Romains en una de sus novelas (Verdún) esta blasfemia: “El dulce Cristo de los Evangelios ¿no tenía otro modo de enseñar religión al mundo que esta masacre?”. Pues, no señor, no tenía. Y uno de los culpables de eso es usted, judío pérfido…

¡Oh Sapiencia de Dios! ven aprisa ven,

mi nurse y mi novia veraz te he pedido

al Señor en la misa de la fiesta de Santo Tomás.

En tiempo de Santo Tomás había monjes que no hacían más que rezar, cantaban el breviario seis veces al día durante largas horas. Con ellos se educó Santo Tomás en Montecasino. Ahora también los hay, pero la gente cree que son una especie de Open Door, que hay que dejarlos solos, ya que les da por eso. “Déjen­los no más que hagan iglesias —pensaban nuestros padres los liberales— total cuando necesitemos plata les quitamos los conventos y chau”. Pero la gente antigua iba a estos conventos siempre abiertos: y miraba y oía cantar .Vísperas y Maitines sin entender gran cosa: y aprendía una gran lección de Sabiduría, la lección de no hacer nada fuera de conocer a Dios. Veía intermi­nablemente esos hombres muertos, inmovilizados, auto­matizados, en cuerpo y alma dedicados a cantar la pala­bra de Dios, porque una palabra no es del todo inteli­gible mientras no se convierta en canto. Y entonces el pueblo que no es zonzo cuando le muestran cosas —aun­que lo es cuando lo emborrachan con palabras- entendía la lección de los Absortos en el Más Allá; que lo más importante de la vida es entender a Dios, mucho más que ganarse la vida; y que hay que cesar a ratos de ganarse la vida y reprimir el trajín de lo tem­poral, para ver si suena allá adentro la Voz antigua y nueva.

Ahora todo se acabó. El pueblo tiene la radio y oye la palabra de Dios, de Jesucristo y del “obispo de los obreros” por boca de Soiza Reilly a través de Radio Belgrano. Entonces, como Dios está de parte de la Sapiencia —que es su Hijo—, enseña la sapiencia a los pueblos como puede, con otro sistema que todos oyen incluso por radio, aunque tiene más de ruido que de canto. ¿Qué creen ustedes que saca Dios de la guerra? ¿Castigar los pecados? Desde luego. Pero ningún sabio castiga sin sacar algo del castigo, dice Santo Tomás de Aquino. Lo único que saca y puede sacar Dios de la guerra es sabiduría para los que queden. Es tan gran­de cosa la sabiduría, que juzga Dios bien empleados los miles de vidas jóvenes tronchadas en flor —¡y qué pérdida de mano de obra para la industria y el comer­cio!— con tal de que un solo joven acrezca un solo grado su conocimiento de lo divino. Para que un solo hombre lo conociese, hizo Dios todas las estrellas; y sería también capaz de deshacerlas, si fuera necesario.

Las admirables costumbres de los viejos pueblos europeos, ese equilibrio vivaz del italiano, esa sensatez recia del español, esos dichos, máximas, lenguajes, mo­dos, normas de vida, rituales, ratinas y hasta supersti­ciones henchidas de luz y de sentido que hoy vamos a desenterrar a las aldeas fueron hechas a fuerza de siglos de lucha, de paciencia, de riesgo, de infatigable enseñanza. Ahora todo eso acabó; no lo salvarán los “folkloristas”. “Et erunt docibiles Dei”. Serán enseñables a Dios. Sólo Dios puede enseñarnos de nuevo. Y para eso debe hacernos primero “docibiles”, es decir, dóciles. La letra con la sangre entra. ¡Cuán gran conciencia está entrando poco a poco en la humanidad de que todos los esfuerzos humanos, aun los mejor intenciona­dos, sin Dios no son más que Cartas del Atlántico!

El mundo está al revés. La Argentina está en el mundo. Por ejemplo, aquí en la Argentina hay maes­tros frívolos, y también escandalosos, que no pueden educar a ningún niño; antes al contrario. Esto es sabi­do desde que yo nací; y también lo saben en La Prensa y La Nación. Hay maestros de los que dijo el Divino Maestro: “Más les valiera que atada al cuello una mue­la molinera, los echaran al mar”. Si una madre adver­tida quiere defender a sus hijos del mal ejemplo, no puede: a causa de la “obligatoriedad escolar”. Para mejor, en la Provincia han suprimido hasta la precaria escapatoria de inscribir al niño, educarlo la madre y dar los exámenes como libre. Pues bien, todo eso: arrancar al niño pobre del hogar para entregarlo a la mala maestra es contra el derecho natural. ¿Han pro­testado alguna vez La Prensa y La Nación, esos “de­fensores de la persona humana”? Jamás. Viene el doc­tor Olmedo y pone en comisión al magisterio a ver si puede mejorarlo un poco; y estos hipócritas ponen el grito en las nubes, porque el doctor Olmedo ha come­tido un sacrilegio. Los 50.000 abribocas que todavía se zampan los editoriales de La Prensa empiezan a decir: “¡Miren lo que hizo Olmedo! ¡Miren lo que hizo Olmedo!” y la gente se conmueve ¡oh, por poco tiempo! A esto lo llamamos nosotros el mundo al revés.

Y así podíamos seguir con los ejemplos hasta la página del extracto de la lotería. Le cuesta a la gente convencerse de que estamos en tiempo no ordinario. Por eso esta semana santa no he hecho más que pedir a Dios la Sabiduría. Europa ha entrado en la prima­vera sangrienta, y la Argentina en el invierno crítico. No nos distraigamos demasiado. Son los deseos deMilitis Militorum.

 

Leonardo CastellaniCabildo, Buenos Aires, N° 544, 12 de abril de 1944.

Tomado de:

http://statveritasblog.blogspot.mx/

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Si habéis resucitado con Jesucristo,

buscad las cosas de arriba, gustad las cosas de arriba

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Ceremonia del fuego nuevo, en la misa de Resurrección.

      Si habéis resucitado con Jesucristo, buscad las cosas de arriba, gustad las cosas de arriba.

Cuando se ha resucitado con Jesucristo, gusta poco lo que es de la tierra; todos los deseos, todas las ansias y todos los suspiros son por cosas del cielo. La resurrección espiritual produce en el alma casi los mismos efectos que la resurrección corporal en el cuerpo. Esta resurrección espiritual es una nueva vida: un hombre resucitado espiritualmente es un hombre nuevo que no retiene ninguna de las imperfecciones del hombre viejo.

¡Qué brillante luz en el espíritu! ¡Qué pureza de deseo en el corazón! ¡Qué regularidad de costumbres y de conducta todo el tiempo que le dura la vida! Los deseos terrenos no nacen sino de un corazón corrompido. Un corazón aguado por las pasiones produce todas esas espesas nieblas que oscurecen el espíritu.

Todo es terreno en un hombre poco cristiano. Verdades sublimes, moral santa y espiritualidad práctica, este es un lenguaje desconocido para un alma terrena. De aquí los corazones duros, esos espíritus embotados, esas obstinaciones en el mal, esas ceguedades espirituales y esas impenitencias finales. La noción más justa y más cabal de una persona mundana, ó que vive según el espíritu del mundo, dice é incluye todo esto.

Estamos sordos á la Voz de Dios cuando no somos de sus ovejas, no se conoce está Voz cuando no se está en el rendil. De aquí estas grandes dificultades para convertir á un mundano, y á una mujer que no está animada sino del espíritu del mundo. De aquí proviene el convertirse tan pocos herejes. ¿Se ha resucitado con Jesucristo? Inmediatamente nos hacemos del todo espirituales. Las pasiones extinguidas, ó a lo menos mortificadas, no hay que temer exciten revoluciones en el hombre interior.

Un corazón purificado por la gracia no es ya un terreno fecundo de malignas exhalaciones. El aire es demasiado puro para que forme nublados: la fe es demasiado viva para que sufra confusiones: el cielo, bajo del cual se vive entonces, es demasiado sereno, y la mar en que estamos embarcados está demasiado en calma para que no deje á nuestra alma toda la libertad de pensar y de obrar como cristianos. Ella descubre entonces el vacío y la nada de los bienes criados, el falso brillo de las honras mundanas, y el veneno de esos placeres que encantan.

Ciudadanos de la celestial patria no pueden mirar la tierra sino como un lugar e destierro. No se suspira sino por el cielo, no se encuentra solidez sino en los bienes del cielo; todo otro gusto es extraño, y es un gusto depravado, el cual siempre es señal cierta de que el alma está enferma.

El espíritu y las máximas del mundo dan lástima y causan compasión á los que han resucitado verdaderamente á la gracia. Este puñado de días, en qué consiste la más larga vida, pierde todos sus atractivos desde el momento en que se compara con la eternidad. Todo es encanto para quien no ha resucitado con el Salvador. Dignidades brillantes, empleos ostentosos y tesoros inmensos, todo deslumbra y todo encanta á un corazón material y á un espíritu terreno.

Con la resurrección espiritual se desvanece el encanto, el hechizo se cae por si mismo y el fantasma despojado de la mascarilla y descubierto, ya no es fantasma y parece lo que es.

¡Qué desgracia la de aquellos que en estas fiestas de Pascua no experimentan los saludables efectos de la resurrección! ¡Ay de aquel que persevere en sus tinieblas! Con solos los que han salido de Egipto obra Dios prodigios. El maná es solamente para los que han pasado el Mar Rojo, y han sido lavados por la sangre del Cordero.

AÑO CRISTIANO

Pags. 456,457 y 458

Rev. P. Juan Croisset, S.J.

LIBRERÍA RELIGIOSA

Tomo II Domìnicas

Barcelona, 1863

 

Tomado de:

http://forocatolico.wordpress.com/

 

La crucifixión del Señor

Crucifixion - Fra Angelico

1. La escena de la crucifixión

Es la crucifixión el postrer tormento que acabó con la vida de Jesús. Subamos hoy al monte Calvario, convertido en teatro del amor divino, donde todo un Dios da la vida anegado en un verda­dero mar de dolores.

“Llegados que fueron,” dice San Lucas, “al lugar llamado Calvario, allí le crucificaron” (San Lucas, 23, 33).

Después de llegar con gran trabajo a la cumbre del monte, por tercera vez le arrancaron con gran violencia los vestidos pegados a las llagas de su lacerado cuerpo y lo arrojaron sobre la cruz.

El mansísimo Cordero se tiende sobre aquel duro y cruel lecho y presenta a los verdugos las manos y los pies para que se los claven.

Levantando los ojos al cielo ofrece al Eterno Padre el gran sacrificio que hacía de su vida para sal­var a los hombres.

Al clavarle la mano se encogieron los nervios del cuerpo de Jesús, de suerte que según la revela­ción hecha a Santa Brígida, los verdugos se sirvieron de cuerdas para llevar la otra mano y los pies al lugar señalado para los clavos, de manera que las venas y los nervios se dilataron y rompieron con extremo dolor. Así se cumplió la profecía de David que dijo:“Taladraron mis manos y mis pies, y contaron todos mis huesos” (Salmo 21, 17).

Podemos decir que quien verdaderamente clavó esas manos y esos pies sobre el madero de la cruz, fue el amor que Nuestro Señor tuvo a los hombres.

Nos Dicen los Santos Padres que al permitir que traspasaran sus manos, quiso Nuestro Señor expiar todos los pecados que los hombres han cometido por el tacto.

Al sufrir los dolores de los pies quiso nuestro Redentor satisfacer por todos los malos pasos que hemos dado en la consecución del pecado que íbamos a cometer.

Frecuentemente en esta Cuaresma debiéramos pedir a Nuestro Señor Jesucristo crucificado que nos bendiga con sus traspasadas Manos y que clave a sus pies nuestro ingrato corazón, nuestra voluntad desagradecida, para que no nos apartemos más de Él ni nos volvamos a rebelar contra Su divino amor.

2. La crucifixión: ese sepulcro cruel

San Agustín es de parecer que no hay ningún género de muerte más cruel que la muerte de cruz. Y da la razón Santo Tomás diciendo que los crucificados tienen traspasados las manos y los pies, que por estar todos ellos compuestos de nervios, músculos y venas, son por extremo sensibles al dolor. Además, el mismo peso del cuerpo, que pende de los clavos hace que el dolor sea continuo y vaya siempre creciendo hasta acabar con la muerte.

Añádase a esto que los dolores padecidos por Jesucristo sobrepujaron a todos los demás. Porque como dice el Doctor Angélico, siendo Cristo de constitución delicada, era su cuerpo más sensible al dolor.

El Espíritu Santo formó el cuerpo de Cristo muy a propósito para el sufrimiento como lo había pre- dicho el mismo Redentor y lo asegura el Apóstol diciendo: “Me has apropiado un cuerpo” (Hebreos, 10, 5). Es decir: Me has dado un cuerpo apropiado para mi misión de expiar los pecados del mundo a través del sufrimiento.

Dice también Santo Tomás de Aquino que Nuestro Señor Jesucristo quiso padecer un dolor tan grande que fuese proporcionado al castigo que temporalmente habían merecido los pecados de la humanidad. Sería interesantísimo tener el testimonio de algún médico que pudiera describirnos los efectos en todo el cuerpo de los martillazos que herían no sólo las carnes de Nuestro Señor sino Sus nervios.

Animemos a nuestras almas a contemplar al Señor de la Vida en su agonía de muerte.

Veámoslo allí, pendiendo de la cruz: en lo alto de aquel patíbulo ignominioso, sin una sola prenda que cubriera su pudor; colgado de aquellos crueles clavos, sin poder hallar alivio ni descanso: unas veces se apoya en los clavos de las manos, otras descarga su peso sobre los clavos de los pies: pero doquiera descanse, se aumenta el dolor y la agonía.

Mueve su lastimada cabeza de un lado al otro, pero: si la deja caer sobre el pecho: con el peso, se dilatan las llagas de las manos; y si la inclina sobre los hombros: quedan los éstos traspasados por las espinas; si apoya la cabeza sobre la cruz, las espinas penetran despiadadas en ella.

¡Qué tortura más cruel está sufriendo nuestro Rey y Señor! Esta vez no está sentado en un sitial de gloria, sino en un trono de ignominias y dolores.

Hoy Su título de Realeza Universal no es proclamado por las trompetas de los ángeles y el júbilo de los arcángeles. Sólo hay una inscripción puesta en lo alto de la cruz que lo proclama “Rey de los judíos ”, pero colocada ahí por escarnio.

Sus manos traspasadas, Su cabeza coronada de espinas, Sus sacrosantas carnes desgarradas y todo ese aparato de dolor, lo están proclamando por Rey… pero Rey de Amor: Está muriendo y ofrecien­do esa agonía en expiación de tus pecados para que te puedas salvar.

Que el fin de esta Cuaresma te encuentre con el corazón contrito y humillado, para que —cuando el Viernes Santo te acerques al Altar a adorar el madero de la Cruz y besar los sagrados pies de Cristo traspasados por Su amor a ti— consideres el exceso de amor a ti, por el que quiso Jesús sacrificarse a la justicia divina, haciéndose obediente hasta la muerte de Cruz.

¿Por qué se hizo obediente? Para que tú te puedas salvar.

¿Cuál hubiera sido tu suerte si Nuestro Señor no hubiera pagado las deudas de tus pecados? ¿Eres tan obediente a tus superiores, siguiendo el ejemplo de Nuestro Señor? ¡Dichoso ejemplo de obe­diencia que nos enseña el Divino Redentor!

La cruz: escuela de la perfección

Se había prometido a los hombres que verían con sus propios ojos a su Divino Maestro: “Tus ojos,” dijo Isaías,“estarán siempre viendo a tu doctor” (Isaías, 30, 20).

Si bien toda la vida de Jesucristo fue un ejemplo no interrumpido de virtud y una acabada escuela de perfección, donde dio cátedra de las más excelsas virtudes, fue en lo alto de la Cruz.

Desde ella nos dio lecciones de paciencia, sobre todo para el tiempo de enfermedad, porque Nues­tro Señor sufrió con admirable paciencia los dolores de su amarguísima muerte.

Con Su ejemplo nos enseña también a observar fielmente los preceptos divinos y a conformarnos con toda perfección a la voluntad de Dios.

La mejor lección que nos dio fue la lección del amor. Un confesor aconsejaba a una de sus peni­tentes que a los pies del Crucifijo escribiese estas palabras: “Ved cómo hay que amar”.

“¡Asi se ama! ”, parece decirnos a todos desde lo alto de la cruz nuestro Redentor cuando, por no soportar algún trabajo, omitimos las obras que Él nos manda y llegamos a las veces hasta el extremo de renunciar a su gracia —pecado mortal— y a su amor.

Jesucristo nos amó hasta la muerte, y no bajó de la cruz hasta haber dejado en ella la vida. Ya que Nuestro Señor te ha amado hasta la muerte, ¿no debes también tú —POR LEALTAD— amarlo todos los días de tu vida y, si algún día esto te lo pidiera, hasta dar la tuya por Él?

Sabes que en tu vida pasada has ofendido muchas veces y hecho traición a Nuestro Señor. Pídele ser sancionado, pídele expiar tus faltas EN ESTA VIDA y no en la que viene; pero implórale lo haga apoyado en Su misericordia y en Su amor.

Jesús, desde la cruz, pide nuestro amor

“Y cuando yo seré levantado en alto”, dijo en cierta ocasión Nuestro Señor, “todo lo atraeré a mí. Esto lo decía”, añade San Juan, “significando de qué muerte iba a morir” (San Juan, 12, 32-33).

Un escriturista, Cornelio a Lápide, comentando estas palabras, dice que “Nuestro Señor, al ser cla­vado en la cruz, se ganaría el afecto de todas los pueblos del mundo con Su amor, con Su ejemplo y con los méritos de Su Preciosísima Sangre. ¿Quién no amará a Cristo al verlo morir por amor nues­tro?”

Mira —alma rescatada por la Sangre de este inocentísimo Hombre Dios— mira a nuestro Redentor clavado en la cruz: toda su figura respira amor y te convida a amarlo: La cabeza, inclinada para darte el beso de paz. Los brazos extendidos, para estrecharte contra su pecho. Su corazón abierto, para amarte. Y Su Sangre Santísima, derramándose toda para vivificar, vitalizar, dar eficacia a los Siete Sacramentos —esos canales de Salvación— sin los cuales no podrías aspirar a vivir en la Gracia de Dios, y sin los cuales no podrías aspirar a ir al Cielo.

Ahora bien: ¿cómo pudo ser tu alma tan agradable a los ojos de Nuestro Señor, si Él previo las inju­rias que había de recibir de tu parte?… ¡Misterio insondable de la Divina Misericordia!

Y encima, para ganar tu corazón quiso el Señor darte grandes pruebas de amor: aceptó en silencio: tanto azotes como espinas, tanto clavos como cruz, para que tú te dieras cuenta de su increíble amor por tu alma… ¡Misterio insondable de la Divina Misericordia!

La cruz: escuela de paciencia

Mientras que Nuestro Señor agonizaba en la cruz, no cesaban los judíos de atormentarle con escar­nios e insultos. Unos le decían: “A otros ha salvado y no pueble salvarse a sí mismo “Si es Rey de Israel, añadían otros, que baje de la Cruz y creeremos” (San Mateo, 27, 42).

¿Cómo responde Nuestro Señor desde la cruz a los insultos que le dirigen sus enemigos? ¿Pide acaso a su Eterno Padre que los castigue? Todo lo contrario: “Padre mío, —exclama— perdónalos porque no saben lo que hacen” (San Lucas, 23, 34).

“Para evidenciar el mar insondable de amor que tenía en Su pecho, dice Santo Tomás de Aquino, Nuestro Señor pidió perdón por sus verdugos; lo pidió y lo alcanzó, porque al verlo muerto se arre­pintieron de su pecado y se volvían dándose golpes de pecho (San Lucas, 23, 48)

¿Acaso nos damos cuenta que debido a los muchos pecados que hemos cometido a lo largo de los muchos o pocos años de nuestra vida nos hemos convertido en uno de los más crueles perseguidores de Jesucristo nuestro Redentor? ¿Somos conscientes de esta verdad ineluctable? ¿De esta verdad absolutamente cierta?.

Es verdad que varios de entre los judíos y los verdugos ignoraban lo que hacían al crucificar al Hijo de Dios. Pero tú, cuando estabas pecando, bien sabías que ofendías a un Dios crucificado y muerto por ti. Debido a esto, tus pecados fueron en cierta manera peores que los de los que crucificaron a Nuestro Señor.

…Pero Vuestra Sangre y Vuestra Muerte, Señor mío, han alcanzado misericordia también para mí: y no puedo desconfiar de alcanzar el perdón al entender que, para perdonarme, habéis muerto por mí. Amable Redentor mío, descanse sobre mi alma una de aquellas afectuosas miradas que me dirigisteis al morir en la cruz: miradme y perdonad la ingratitud con que he correspondido a vuestro amor. Me arrepiento, Jesús mío, de haberos menospreciado: os amo con todo mi corazón y, movido por Vuestro ejemplo: Propongo aceptar los frecuentes dolores que me toquen sufrir, los trabajos, los fracasos, las angustias, las traiciones, los sinsabores, mi orgullo ofendido, es decir, TODO lo que compone mi dia­ria cruz; la aceptaré sin protestar, sin rebeliones, sin egoísmos; la aceptaré con generosidad y AÚN ALEGRÍA, por Ti.

Pensaré antes en mi prójimo que en mí ya que Tú te ofreciste por mí. Perdono a los que me han ofendido; así como Tú desde la Cruz pensaste en mí y moriste por mí, a pesar de los horribles peca­dos con que yo habría de ofenderte.

A los que me han ofendido les deseo toda suerte de bienes, porque Tú me has ofrecido a mí — pecador— la Vida Eterna. Propongo servirlos y socorrerlos en cuanto pueda así como también mani­festarles mi amor por ellos en Ti.

Recordaré que soy un miserable pecador: para esto me ayudará recordar frecuentemente las baje­zas con las que Te he ofendido a lo largo de mi vida.

Trataré de jamás ofenderos ni con la impureza ni con la inmodestia de los vestidos; rechazaré las reglas de la moda mundana liberal, que es irreverente, irreligiosa e impía, pues Tú, oh Señor, para expiar tales afrentas, tuviste que sufrir que te despojaran de Tus vestidos y te expusieran públicamen­te.

Jamás permitas, mi Buen Jesús, que el Diablo me ciegue y me convenza a utilizar mi vanidad impulsándome a ser mal ejemplo para mi prójimo o causa de su caída en tentación.

Oh Señor, ayúdame a llevar mi crucecita en pos de la Tuya.

Permítemelo, para expiar mis faltas, para reparar lo mejor que pueda la frialdad con que tantas veces te he afrentado.

Permíteme llevar mi cruz en pos de la Tuya, pues de ahora en más sólo quiero agradaros a Vos, Señor mío, que quisisteis morir por mí, a pesar de haberos yo, tanto ofendido.

“Acordaos de mí”, os dijo, buen Jesús, el ladrón dichoso y quedó consolado al oír brotar de Vuestros labios las reconfortantes palabras: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso

“¡Acordaos, Señor, de mí—os digo yo también—y no olvidéis que soy una de las muchas ovejas por las cuales disteis ¡a vida!

Por último, humildemente hago mías las palabras del Acto de Reparación al Sagrado Corazón de Jesús que la Iglesia renueva los Primeros Viernes de cada mes, especialmente aquéllas con que éste finaliza:

¡Oh benignísimo Jesús! Por intercesión de la Santísima Virgen María Reparadora, (…) conce­dednos que seamos fieles a Vuestros Mandamientos y a Vuestro servicio hasta la muerte y otor­gadnos el don de la perseverancia final, con el cual lleguemos felizmente a la gloria, donde, en unión del Padre y del Espíritu Santo, vivís y reináis, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Architriclinus, tomado del boletín dominical Fides n° 1049-50.

Tomado de:

http://statveritasblog.blogspot.mx/

ELOI ELOI LAMA SABACHTANI

catholicvs-cristo-en-la-cruz-jesus-christ-on-the-cross

ET FACTA HORA SEXTA
TENEBRAE FACTAE SVNT PER TOTAM TERRAM VSQVE IN HORAM NONAM
ET HORA NONA EXCLAMAVIT IESVS VOCE MAGNA DICENS HELOI HELOI LAMA SABACTHANI
QVOD EST INTERPRETATVM DEVS MEVS DEVS MEVS VT QVID DERELIQVISTI ME. 
EVANGELIVM SECVNDVM MARCVM XV.XXXIII.XXXIV
Y llegada la hora sexta,
hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona.
A la hora nona gritó Jesús con voz fuerte: «Eloí, Eloí, lama sabachtaní?».
Que quiere decir: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?».
 (Mc 15, 33-34)
Tomado de:

TODO ESTÁ CONSUMADO

Crucifixión

Entonces Jesús dijo: “¡Todo está consumado!”. Después alzó la cabeza y gritó en alta voz: “Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Fue un grito dulce y fuerte, que penetró el cielo y la tierra: enseguida inclinó la cabeza, y rindió el espíritu. Juan y las santas mujeres cayeron de cara sobre el suelo. El centurión Abenadar tenía los ojos fijos en la cara ensangrentada de Jesús, sintiendo una emoción muy profunda. Cuando el Señor murió, la tierra tembló, abriéndose el peñasco entre la cruz de Jesús y la del mal ladrón. El último grito del Redentor hizo temblar a todos los que le oyeron. Entonces fue cuando la gracia iluminó a Abenadar. Su corazón, orgulloso y duro, se partió como la roca del Calvario; tiró su lanza, se dio golpes en el pecho gritando con el acento de un hombre nuevo:“¡Bendito sea el Dios Todopoderoso, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; éste era justo; es verdaderamente el Hijo de Dios!”. Muchos soldados, pasmados al oír las palabras de su jefe, hicieron como él.

Abenadar, convertido del todo, habiendo rendido homenaje al Hijo de Dios, no quería estar más al servicio de sus enemigos. Dio su caballo y su lanza a Casio, el segundo oficial, quien tomó el mando, y habiendo dirigido algunas palabras a los soldados, se fue en busca de los discípulos del Señor, que se mantenían ocultos en las grutas de Hinnón. Les anunció la muerte del Salvador, y se volvió a la ciudad a casa de Pilatos.

Cuando Abenadar dio testimonio de la divinidad de Jesús, muchos soldados hicieron como él: lo mismo hicieron algunos de los que estaban presentes, y aún algunos fariseos de los que habían venido últimamente. Mucha gente se volvía a su casa dándose golpes de pecho y llorando. Otros rasgaron sus vestidos, y se cubrieron con tierra la cabeza. Era poco más de las tres cuando Jesús rindió el último suspiro. Los soldados romanos vinieron a guardar la puerta de la ciudad y a ocupar algunas posiciones para evitar todo movimiento tumultuoso. Casio y cincuenta soldados se quedaron en el Calvario.

Extracto de: La Amarga Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Ana Catalina Emmerich. Parte IV

Tomado de:

http://eccechristianus.wordpress.com/

La agonía en el huerto

Dore+Matt+26+Jesus+Prays+in+the+Garden

El Divino Redentor, cuando llegó al término de su vida terrenal, después de habernos dejado toda su Persona en el pan y en el vino del Sacramento del Amor y de haber nutrido a sus Apóstoles con su Carne Inmaculada, se dirigió al Huerto de los Olivos, lugar que los discípulos y Judas conocían. A lo largo del trayecto que separa el Cenáculo del Huerto, Jesús enseña a sus discípulos; los prepara para la próxima separación, su inminente Pasión y para sufrir por su amor las calumnias, las persecuciones y la misma muerte; para que cada uno imite a Él, Modelo Divino.

“Yo estaré con vosotros Y vosotros no os turbéis, oh discípulos, porque la promesa divina se cumplirá; la prueba la tendréis en la presente hora solemne.

Él está allí para empezar a vivir su dolorosa Pasión, pero más que pensar en sí mismo, se desvela por vosotros.

¡Oh, que inmensidad de amor encierra aquel corazón!… Su rostro denota tristeza y amor al mismo tiempo; sus palabras emanan de lo más profundo de su Corazón. Él habla con profusión de afectos, infunde valor, consuela y promete confortando, explica los más profundos misterios de su Pasión.

Siempre, ¡oh Jesús!, me ha conmovido el corazón este pasaje tuyo del Cenáculo al Huerto, por la expansión de un amor que se profundiza y se funde con sus amantes, para desahogar un amor que va a inmolarse por los demás, para rescatarlos de la esclavitud. Tú les has enseñado que no existe mayor prueba de amor que dar la propia vida por los amigos, y Tú estás ahora por sellar esta prueba de amor con la inmolación de tu vida.

¿Quién no permanece conmovido ante tan generosa oblación?

Al llegar al Huerto el Divino Maestro se despidió de los discípulos, quedándose sólo con tres, Pedro, Santiago y Juan, para que fueran testigos de sus penas. Precisamente los tres que lo vieron transfigurado sobre el Tabor entre Moisés y Elias y que lo reconocieron como Dios ¿tendrían ahora la fuerza de considerarlo Hombre-Dios entre penas y tristezas mortales? Al entrar en el Huerto les dijo: “quedaos aquí, velad y orad, para que no caigáis en tentación estad alerta, parece que les diga, por­que el enemigo no duerme; prevenios contra él con el arma de la oración, a fin de no ser envueltos e inducidos en el pecado. Es la hora de las tinieblas. Al terminar esta exhortación, Él se aparta de ellos como a un tiro de piedra y se postra en la tierra.

Él está extremadamente triste; su alma es prisionera de una indescriptible amargura. La noche es alta y límpida, la luna resplandece en el cielo, dejando el Huerto en la penumbra, parece que proyec­ta sobre la tierra siniestros resplandores, precursores de cosas graves y de funestos acontecimientos que hacen estremecer y helar la sangre en las venas. Parece que la noche estuviera tenida de sangre; un viento, como presagio de cercana tempestad, agita los olivos. Unido a aquel rumor de hojas, pene­tra en los huesos como un anuncio de muerte, desciende hasta el alma y la invade de mortal tristeza.

¡Qué noche más horrenda! ¡Nunca jamás la tierra verá una igual!…

¡Qué contraste, oh Jesús! ¡Cuán bella fue la noche de tu nacimiento, cuando los ángeles tripu­diantes anunciaron la paz, cantando gloria! Ahora, en cambio, me parece verlos melancólicos mien­tras te rodean a una cierta distancia, como respetando la suprema angustia de tu espíritu.

Este es el lugar donde Jesús viene a rezar. Él priva su humanidad sacrosanta de la fuerza que le confería la Divinidad, sometiéndola a una tristeza indefinible, a una debilidad extrema, a la melanco­lía y al abandono y a una angustia mortal. Su espíritu nada en ellas como en un mar ilimitado, el cual a cada instante parece sumergirlo. Ante su espíritu se representa todo el martirio de su inminente Pasión que, como un torrente desbordante, se vuelca en su corazón y lo martiriza, lo oprime y lo des­garra. Él ve, en primer lugar, a Judas, el discípulo tan amado por Él, que lo vende por pocas mone­das, que está por llegar al Huerto para traicionarlo y entregarlo a sus enemigos. ¡Él!… El amigo, el discípulo que poco antes había saciado con su Carne… postrado ante él le había lavado los pies y estre­chado contra su corazón y se los había besado con fraternal ternura, como si a fuerza de amor quisie­se impulsarlo a renunciar al impío y sacrilego propósito o por lo menos que, una vez cometido el horri­ble delito, recuperándose y recordando las muchas pruebas de amor, se hubiera arrepentido y salvado. Mas no, él se pierde y Jesús llora por su voluntaria perdida. Se ve legado, arrastrado por sus enemi­gos a través de las calles de Jerusalén, por las mismas calles en donde pocos días antes había pasado triunfalmente aclamado como Mesías… Se ve ante los Pontífices, golpeado, declarado por ellos reo de muerte. Él, el autor de la vida, se ve conducido de un tribunal a otro, en presencia de los jueces que le condenan. Ve su pueblo, tan amado y beneficiado por Él, que lo insulta, lo maltrata y con gri­tos infernales, silbidos y chillidos pide la muerte y la muerte de la Cruz. Escucha las injustas acusa­ciones, se ve condenado a los flagelos más despiadados. Se ve coronado de espinas, ridiculizado, salu­dado como un rey de burla, abofeteado…

Por último, se ve condenado a la ignominiosa muerte y subir al Calvario; extenuado bajo el peso de la Cruz, caer desangrado varias veces en tierra… Se ve, al llegar al Calvario, desnudo, extendido sobre la Cruz; crucificado despiadadamente, alzado sobre ella, en presencia de todos; suspendido, con tres clavos que le desgarran y le dislocan las venas, los huesos y la carne… ¡Oh, Dios! cuán larga es la agonía de tres horas que deberá aniquilarte entre los insultos de todo un pueblo enloquecido y mal­vado.

Ve su garganta y sus vísceras quemadas por la ardiente sed y ve agregarse a este desgarrador mar­tirio el tener que beber vinagre e hiel.

Ve el abandono del Padre y la desolación de la Madre a los pies de la Cruz.

Al final, la muerte ignominiosa, entre dos ladrones, uno que lo reconoce y lo confiesa como Dios y se salva, el otro que lo insulta, blasfema y muere desesperado.

Ve a Longino que se acerca y, como sumo insulto y desprecio, le abre el costado y… como todos los mortales sufre la humillación del Sepulcro.

Todo, todo está delante de Él para atormentarlo y Jesús permanece aterrorizado; y este terror se adueña de su Corazón Divino y lo atenaza desgarrándolo. Él tiembla como atacado por una fiebre altí­sima, el temor se apodera todavía de Él y su Espíritu languidece en mortal tristeza. Él, el Cordero ino­cente, solo, abandonado en las manos de los lobos, sin defensa alguna… Él, el Hijo de Dios… El Cordero que se ofreció espontáneamente al sacrificio por la gloria del mismo Padre que lo abandona al furor de las fuerzas infernales, por la Redención de la especie humana; de sus mismos discípulos, que vilmente lo abandonan y huyen de Él, como del ser más peligroso. Él, el Verbo eterno de Dios, reducido a burla de sus enemigos…

Pero Él ¿se retira?… No, desde el principio todo lo abraza generosamente, sin reserva alguna. ¿Cómo y de donde proviene este terror, este miedo mortal? ¡Ah! Él ha expuesto su humanidad como blanco para recibir sobre sí mismo todos los golpes de la divina justicia, lesa por el pecado. Él siente al vivo en el desnudo espíritu todo aquello que debe sufrir, cada una de las culpas que debe pagar con una pena especial y se abate porque ha dejado su humanidad como presa de debilidades, terrores y padecimientos.

Parece estar en las últimas… Él esta postrado con el rostro sobre la tierra delante de la Majestad de su Padre. Aquel divino rostro, que tiene extasiados, en eterna admiración de su belleza, a los Ánge­les y a los Santos del cielo, esta sobre la tierra completamente desfigurado. ¡Dios mío! ¡Jesús mío! ¿No eres Tú el Dios del cielo y de la tierra, idéntico en todo a tu Padre, el que se humilla hasta el punto de perder el aspecto exterior del hombre?…

Ah… sí, lo comprendo, es para enseñar a un soberbio como yo que, para tratar con el Cielo, debo abismarme en el centro de la tierra. Es para reparar y pagar mi altivez, que Tú te humillas así ante tu Padre; es para inclinar su piadosa mirada sobre la humanidad, que Él había retirado a causa de su rebe­lión. Y, por tu humillación, Él perdona a la criatura arrogante. Es para reconciliar la tierra con el Cielo, que Tú te humillas sobre ella, como para darle el beso de la paz. Oh, Jesús, que seas siempre y por todos alabado y que todos te agradezcan por las muchas humillaciones con las cuales nos has donado a Dios y a Él nos has unido en un abrazo de santo amor.

 

Padre Pío de Pietralcina, tomado del libro “Meditaciones del Padre Pío”.

Tomado de:

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No nos es lícito amarle con tibieza

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“Oigamos lo que dice San Agustín: “no os está permitido amar con amor menguado, pues debéis llevar grabado en vuestro corazón al que por nosotros murió clavado en la cruz”. A los que sabemos por la fe que un Dios murió por nosotros en la cruz, no nos es lícito amarle con tibieza, pues en nuestro corazón solo ha de estar grabado Aquél que por amor nuestro quiso morir crucificado”.

 San Alfonso María de Ligorio, “Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo”, Ed. Apostolado Mariano, 3ª edición, pág. 114.

Tomado de:

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INSTITUCIÓN DEL SANTO Y AUGUSTO SACRIFICIO DE LA MISA

El Misterio de la Sagrada Eucaristía, instituida por el Sumo Sacerdote, Jesucristo, y por voluntad de El constantemente renovada por sus ministros, es como el compendio y centro de la religión cristiana.

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Cristo Nuestro Señor, «sacerdote sempiterno, según el orden de Melquisedec»(1), «como hubiese amado a los suyos que vivían en el mundo» (2), «en la última cena, en la noche en que se le traicionaba, para dejar a la Iglesia, su amada Esposa, un sacrificio visible —como la naturaleza de los hombres pide—que fuese representación del sacrificio cruento que había de llevarse a efecto en la cruz, y para que permaneciese su recuerdo hasta el fin de los siglos y se aplicase su virtud salvadora para remisión de nuestros pecados cotidianos…, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre, bajo las especies del pan y del vino, y las dio a los Apóstoles, constituidos entonces sacerdotes del Nuevo Testamento, a fin de que, bajo estas mismas especies, lo recibiesen, al mismo tiempo que les ordenaba, a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio, que lo ofreciesen»(3).

El Augusto Sacrificio del Altar no es, pues, una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino que es un Sacrificio propio y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, repite lo que una vez hizo en la Cruz, ofreciéndose enteramente al Padre, Víctima gratísima. «Una… y la misma es la víctima; lo mismo que ahora se ofrece por ministerio de los sacerdotes se ofreció entonces en la cruz; solamente el modo de hacer el ofrecimiento es diverso»

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Si la piedad privada e interna de los individuos descuidase el Augusto Sacrificio del Altar y los sacramentos, y se sustrajese al influjo salvador que emana de la Cabeza en los miembros, sería, sin duda alguna, cosa reprobable y estéril; pero cuando todos los métodos y ejercicios de piedad, no estrictamente litúrgicos, fijan la mirada del alma en los actos humanos únicamente para enderezarlos al Padre, que está en los Cielos, para estimular saludablemente a los hombres a la penitencia y al temor de Dios, y arrancándolos de los atractivos del mundo y de los vicios, conducirlos felizmente por el arduo camino a la cumbre de la santidad, entonces son no sólo sumamente loables, sino hasta necesarios, porque descubren los peligros de la vida espiritual, nos espolean a la adquisición de las virtudes y aumentan el fervor con que debemos dedicarnos todos al servicio de Jesucristo.”

En el tiempo sagrado en que la liturgia nos propone los dolorosísimos tormentos de Jesucristo, la Iglesia nos invita a subir al Calvario para seguir de cerca las huellas sangrientas del divino Redentor, para sufrir con El gustosamente la cruz y excitar en nuestro espíritu los mismos sentimientos de expiación y de propiciación, y para que todos nosotros muramos juntamente con El.

   Trayendo a la memoria estos Misterios de Jesucristo, pretende la sagrada liturgia que todos los creyentes participen de ellos de tal manera, que la Divina Cabeza del Cuerpo Místico viva con su perfecta santidad en cada uno de los miembros. Sean las almas de los cristianos como altares en donde, en cierto modo, revivan las diferentes fases del sacrificio que inmola el Sumo Sacerdote: es decir, los dolores y lágrimas, que limpian y expían los pecados; la oración dirigida a Dios, que se eleva hacia el cielo; la entrega y como inmolación de sí mismo, hecha con ánimo pronto, generoso y solícito; y, finalmente, la estrechísima unión con la cual confiamos a Dios nuestras personas y nuestras cosas, y en El descansamos, «pues la esencia de la religión es imitar a aquel a quien adoras» (4).
PIOxII1
NOTAS
(1) Sal 109,4
(2) Jn 13,1.
(3) Conc. Tridentino, ses.22 c.l.
(4) San Agustín, De la ciudad de Dios VIII c.17.

Extractos de la Encíclica Mediator Dei, 20 de Noviembre de 1947

Como ovejas sin Pastor

Tomado de:

http://eccechristianus.wordpress.com/

LA PASIÓN DE LA IGLESIA

Non-Praevalebunt

Estos días que conmemoramos y revivimos la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, también conviene reflexionar sobre un acontecimiento paralelo que encontramos en las Sagradas Escrituras y en las profecías de diversos visionarios y místicos. Hablo de la Pasión de la Iglesia. Sabemos que la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, tendrá que sufrir una Pasión parecida a la de Nuestro Señor en los últimos tiempos, porque conviene que la Iglesia, la Esposa de Cristo, padezca lo mismo que padeció Nuestro Señor, para identificarse hasta el extremo con Su Divino Esposo. Por tanto, la Iglesia tendrá que ser traicionada por los que están dentro; condenada y humillada públicamente; azotada hasta ser desfigurada; crucificada; y finalmente enterrada. Sólo después de estos terribles sufrimientos llegará la verdadera restauración de la Iglesia, su Resurrección.

Esto es lo que dice el artículo 677 del Nuevo Catecismo sobre la Pasión de la Iglesia:

La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4).

Reflexionando sobre los acontecimientos de la Pasión de Nuestro Señor ahora en la Semana Santa, he visto un paralelismo con los tiempos que nos han tocado vivir, porque creo que estamos entrando en lo que el Señor llamó “la hora del poder de las tinieblas” (Lucas 22:53). Naturalmente no corresponde la duración los tiempos; la Pasión de Nuestro Señor duró desde el jueves santo por la noche hasta el viernes a las 15:00, y la Pasión de la Iglesia puede durar bastantes años. Pero sí vemos que la sucesión de acontecimientos sigue el mismo orden y la misma lógica en ambas historias. Veamos por partes en qué sentido podemos decir que la Iglesia está a punto de entrar en su Pasión.

La entrada triunfal en Jerusalén

El Domingo de Ramos Jesucristo, montado en un burro, entró triunfalmente en Jerusalén, la ciudad donde tenía que padecer y morir cinco días más tarde. En la década de los 50 la Iglesia se encontraba aparentemente en un momento glorioso, a tan sólo diez años del cataclismo. En los años 50 la Iglesia estaba en plena expansión misionera por todo el mundo; tenía un ejército disciplinado y eficaz de sacerdotes y religiosos que trabajaban y oraban por el triunfo de la fe católica; los fieles por lo general practicaban y vivían su fe con una intensidad encomiable; la Iglesia era gobernada con mano firme por un Papa valiente y santo; la doctrina católica era predicada en todos lugares (parroquias, colegios, universidades) sin ambigüedades ni concesiones a los gustos modernos; y las herejías eran duramente reprimidas dondequiera que surgían.

El Papa Pío XII en la Pascua Florida de 1956

El Papa Pío XII en la Pascua Florida de 1956

Pero como no es oro todo lo que reluce, dentro de la Iglesia ya había un cáncer. Hasta que no se encuentre en fase de metástasis, un cáncer no se manifiesta; se queda a veces en espera, y de pronto ataca y se extiende por el resto del cuerpo. En la primera mitad del siglo XX, tras la derrota del modernismo por parte del Papa San Pío X, los enemigos internos de la Iglesia no desaparecieron, sino que más bien hibernaron. Mientras se ocultaban, esperando su oportunidad, la Iglesia prosperó, y muchos creían que la Iglesia estaba en el umbral de una segunda “era dorada”, fuera de cualquier peligro. Con la elección de Juan XXIII los modernistas clandestinos obtuvieron lo que necesitaban; recuperar la legitimidad dentro de la Iglesia, y reorientarla a su gusto mediante un concilio. Pío XI y Pío XII habían tanteado la idea de convocar un concilio ecuménico, pero le habían desaconsejado sabiamente sus cardenales. Esto es lo que dijo el Cardenal Billot a Pío XI en 1923 acerca de convocar un nuevo concilio:

La existencia de profundas diferencias en medio del episcopado mismo no puede ser ocultada…  [Ellos] corren el riesgo de dar lugar a discusiones que serán prolongadas indefinidamente…  [un concilio puede ser] manipulado por los peores enemigos de la Iglesia, los modernistas, quienes ya se están preparando, como ciertas indicaciones muestran, a producir la revolución en la Iglesia, un nuevo 1789.

Cardenal Luis Billot (1846-1931)

Cardenal Luis Billot (1846-1931)

En los años 50 muy pocos católicos de a pie se imaginaban el desastre que ocurriría en la siguiente década. El cambio fue tan repentino y tan tremendo que pilló por sorpresa a la inmensa mayoría de fieles. Los católicos no se prepararon para resistir el embiste del modernismo de los años 60, porque no se lo esperaban, a pesar de las profecías que hablaban de una apostasía general. El Domingo de Ramos los apóstoles tampoco se esperaban que en tan poco tiempo la situación daría un giro tan espectacular, a pesar de que el Señor les había profetizado sobre lo que tenía que ocurrir. Mientras el Señor entraba a Jerusalén, Judas ya maquinaba contra su Maestro y el Sanedrín buscaba la manera de acabar con Él. Mientras el pueblo cantaba y recibía al Señor con palmos de olivos, el Demonio preparaba su jugada. El triunfo tiene un peligro enorme; la sensación intoxicante del éxito nos ciega ante los peligros que acechan.

La traición.

La traición de Jesucristo por Judas fue pactada con los líderes del Sanedrín el miércoles santo y consumada el jueves santo. El precio: treinta monedas de plata. La traición de la Iglesia Católica fue pactada en agosto de 1962 y consumada durante el Concilio Vaticano II (1962-1968). El precio: la asistencia en el Concilio de unos observadores representando la iglesia rusa (y de paso la KGB). Para un análisis del desgraciado Pacto de Metz, en mi opinión el acontecimiento que definió el rumbo que tomaría la Iglesia hasta nuestros días, leer este artículo. En Metz, al optar por callarse ante el mal más terrible del momento, el comunismo, la Iglesia traicionó a cientos de miles de mártires y a su deber sagrado de denunciar el error, con la ironía añadida que el Concilio, en palabras de Juan XXIII, quería dar respuesta a los problemas más acuciantes del hombre en el mundo moderno. ¿Qué problema era más acuciante entonces que el comunismo? Lejos de disiparse el peligro del comunismo, en los años 60 el comunismo estaba en plena expansión, y muchos vaticinaban que era inevitable que finalmente lograra su objetivo de conquista mundial. Con lo cual la necesidad de denunciarlo y combatirlo era aún más urgente. En 1937 Pío XI había denunciado sin paliativos el comunismo en su encíclica Divini Redemptoris. Mientras los Padres conciliares se reunían en Roma, ese “sistema de esclavitud de masas… intrínsicamente perverso”, en palabras de Pío XI, oprimía bajo una tiranía diabólica a una cuarta parte de la población mundial.

Las herejías del apóstata Concilio Vaticano II. Foto 1

Concilio Vaticano II (1962-1965)

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Papa Pío XI_Papa Pío XI

Los obispos católicos y el Papa a la cabeza, tienen el deber de advertir a los fieles de los peligros que amenazan a los cristianos, sobre todo en lo que toca la doctrina. Aunque el comunismo se plasme en un sistema político, antes de que triunfe la Revolución, primero tiene que corromper las almas con sus múltiples errores. En la década de los 60 errores intrínsicos al comunismo, como son el igualitarismo, el colectivismo, y el evolucionismo, estaban seduciendo a muchos católicos, entre ellos miembros del clero. Un obispo, entre otras cosas, es como un centinela, que vigila desde una atalaya. Donde vea herejías y falsedades debe desenmascararlas para proteger las almas de los fieles a su cargo. El Señor le pedirá cuentas si decide mirar para otro lado. El profeta Ezequiel da esta terrible advertencia a los centinelas negligentes que se duermen en su puesto y no dan la alarma cuando se acerca el enemigo:

Pero si el vigila ve que amenaza la espada y no toca el cuerno, si el pueblo no es avisado y llega a matar la espada a alguien del pueblo, ése será segado debido a su pecado, pero le pediré al centinela cuenta de su sangre. (Ezequiel 33:6)

A los dos meses de rubricar este pacto con los “ortodoxos”, que en realidad no eran más que títeres del régimen soviético, arrancó el Concilio Vaticano II, el escenario de un choque violento entre dos visiones completamente opuestos de la Iglesia. Por un lado estaban los conservadores, los obispos que aún conservaban la verdadera fe católica tradicional; y por otro lado estaban los progresistas que deseaban una completa renovación, no sólo en la estructura de la Iglesia, sino también en su doctrina y en su liturgia. Al contar con el apoyo de dos Papas liberales, primero Juan XXIII, y después Pablo VI, la victoria de los progresistas era un fait accompli. El grupo de obispos conservadores, reunidos en el Coetus Internationalis Patrum, hizo todo lo posible para mitigar los daños, pero las fuerzas modernistas estaban mejor organizadas y contaban con medios superiores.

Juan XXIII con Vitali Borovoi y Vladímir Kotliarov, dos observadores de la Iglesia ortodoxa rusa que participaron en el Concilio Vaticano II

Juan XXIII con Vitali Borovoi y Vladímir Kotliarov, dos observadores de la Iglesia ortodoxa rusa que participaron en el Concilio Vaticano II

Paulo VI se quita la tiaraEn medio del Concilio Vaticano II, Pablo VI depuso solemnemente su tiara.

El mundo aplaudió el Concilio y los católicos se encontraron de pronto con una Nueva Misa. Esta Nueva Misa antropocéntrica transmitía perfectamente la nueva religión del Hombre, y significaba el impío matrimonio de la Iglesia con las falsas religiones. Sin una liturgia fiable donde refugiarse de los errores que inundaban la Iglesia, la mayoría de fieles hizo una de dos cosas; o abandonó su fe o la acomodó a los tiempos. Desde los púlpitos se predicaba todo tipo de herejías, sin que las autoridades eclesiales hiciera nada por impedirlo. La doctrina se corrumpió y la moral también. ¡Fuera la mortificación y la disciplina ascética! Ahora hay que darse gusto al cuerpo. Y ante un camino más fácil, la mayoría de los católicos lo prefirieron al camino estrecho y angosto de la moral tradicional. Así se cumplió lo que advirtió San Pablo:

Llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas. (2 Timoteo 4:3-4)

Pablo VI 1969 - bt_10ago11_img01

El papa Pablo VI publicó el 3 de abril de 1969 la Constitución Apostólica Missale Romanum, la cual supuestamente promulgaba el Novus Ordo Missae

La nueva misa

La nueva misa

La condena

El viernes santo de madrugada Jesucristo fue condenado a muerte por el Sanedrín, la máxima autoridad religiosa de Israel. En 1988 Monseñor Lefebvre y Monseñor Antonio Castro-Meyer fueron excomulgados por consagrar a cuatro obispos sin permiso del Papa. La condena del Señor fue una farsa, con falsos testigos incluidos. Todo fue un complot destinado a quitar en medio a Aquel que amenazaba el status quo de los líderes religiosos del momento. Caifás y su gente querían seguir mandando, imponiendo sus “tradiciones de hombres”, recibiendo honores del pueblo por su “devoción”. No tuvieron la humildad necesaria para doblar la rodilla ante Dios-hecho-hombre, a pesar de haber visto con sus propios ojos como Lázaro había salido de la tumba cuatro días después de su muerte.

Monseñor Marcel Lefebvre y Monseñor Antonio de Castro Mayer

Monseñor Marcel Lefebvre y Monseñor Antonio de Castro Mayer

Ordenaciones Episcopales (Econe, 30-junio-1988)

Ordenaciones Episcopales (Econe, 30-junio-1988)

Juan Pablo II no podía soportar la idea de que él había traicionado la Tradición de la Iglesia al proseguir con el camino marcado por sus predecesores; la colegialidad, el ecumenismo y el dialogo interreligioso. La denuncia de estos dos obispos ante el acto sacrílego de Asís, donde dos años antes había convocado a representantes de todas las falsas religiones para rezar por la paz, le había dolido mucho, y había marcado una línea roja entre él y los tradicionalistas. Juan Pablo II se encontró ante un dilema. Era evidente que los tradicionalistas eran buenos católicos, que la persecución desatada contra ellos bajo Pablo VI era una iniquidad, y que sus peticiones eran justas. Sin embargo, si otorgaba libertad para decir la Misa Tridentina, tácitamente daba la razón a los que criticaban la Misa nueva; si admitía que los tradicionalistas tenían razón en cuestiones doctrinales, se descalificaba a sí mismo. En esta situación la opción más cómoda era la excomunión de los rebeldes, y fue la opción que escogió el Papa. Esta excomunión fue otra farsa, porque ni siquiera se sostiene según el nuevo código de derecho canónico, promulgado cinco antes por el propio Juan Pablo II. En el artículo 1323 de dicho código dice lo siguiente:

No queda sujeto a ninguna pena quien, cuando infringió una ley o precepto: … quien actuó coaccionado por miedo grave, aunque lo fuera sólo relativamente, o por necesidad o para evitar un grave perjuicio, a no ser que el acto fuera intrínsecamente malo o redundase en daño de las almas.

Juan Pablo II en Paraguay 1988Juan Pablo II en Paraguay 1988

El acto sacrílego de Asís, en el año 1986

El acto sacrílego de Asís, en el año 1986

Durante la homilía de las consagraciones episcopales Mons. Lefebvre dijo explícitamente que obraba por necesidad, en una situación excepcional de crisis en la Iglesia, para asegurar la continuidad del auténtico sacerdocio católico. Aunque Mons. Lefebvre estuviera equivocado en su valoración de un estado de necesidad, la excomunión seguiría siendo inválida, porque la sentencia se extralimitó al juzgar las intenciones, en contra de las palabras del condenado. Sólo Dios puede juzgar las intenciones; los demás nos tenemos que atener a los hechos. Y los hechos son muy claros en este caso; Mons. Lefebvre afirmó su lealtad al Papa y su fe en la Iglesia Católica, por lo que nadie puede acusarle de cismático, y no se puede aplicar la sentencia de excomunión.

Monseñor Marcel Lefebvre durante la homilía de las consagraciones episcopales

Monseñor Marcel Lefebvre durante la homilía de las consagraciones episcopales

Por grave e injusta que sea esta condena a los obispos Lefebvre y Castro-Mayer, no es la condena definitiva que tiene que producirse antes de la purificación de la Iglesia. Los dos obispos que desafiaron la jerarquía de Roma fueron condenados por las autoridades religiosas, pero no por las autoridades civiles. La Hermandad San Pío X hoy es una sociedad legal en muchos países del mundo, y nadie va a la cárcel por pertenecer a ella. Pero Jesucristo no sólo fue condenado por el Sanedrín, sino que esa condena injusta fue refrendada por la autoridad civil. Tiene que llegar el día en que los pocos católicos fieles a la Tradición sean condenados, no sólo por la Iglesia oficial en Roma, sino también por los gobiernos liberales que ostentan el poder secular. Lo más terrible es que, igual que con Caifás y Poncio Pilato, será un Papa quien instigue la persecución contra los católicos que permanecen fieles al Señor, y presione al gobierno ateo para que los declare fuera de la ley. Yo intuyo que tendrá algo que ver con la creación de una nueva religión mundial sincrética a la que se opondrán los católicos tradicionales. Cuando Roma y el poder de la élite mundialista se pongan de acuerdo en perseguir a los católicos tradicionales, habremos entrado de lleno en la Pasión de la Iglesia.

La Fraternidad Sacerdotal San Pío X

La Fraternidad Sacerdotal San Pío X

La flagelación, crucifixión y sepultura

Aún nos queda lo peor. La Iglesia tendrá que ser apaleada, azotada, crucificada y sepultada. Habrá un momento en que ni siquiera los más fieles verán donde está la Iglesia; sólo verán tinieblas y dolor. Igual que Nuestro Señor fue sepultado y ni siquiera los apóstoles creyeron en Su Resurrección, el mundo creerá que la Iglesia Católica ha muerto definitivamente, y que las puertas del infierno finalmente han prevalecido contra la Iglesia. Igual que el cielo se oscureció durante las tres horas que colgó Nuestro Señor de la Cruz, los místicos hablan de tres días de oscuridad en los últimos tiempos, una oscuridad preternatural, cuando los demonios serán liberados del infierno para llevarse con ellos a todos los hombres y mujeres que han renegado de Dios.

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Estas profecías apocalípticas sobre un cataclismo mundial tienen fundamento bíblico, como demuestra esta cita del profeta Zacarías: Y sucederá en toda la tierra que dos terceras partes perecerán. Y la tercera parte quedará en ella. Ellos invocarán mi nombre. (Zacarías 13, 8-9.) Sin ánimo de asustar, pienso que conviene prepararse para lo peor. Nuestro Señor nos manda estar vigilantes, porque no sabemos cuándo puede llegar nuestra hora. Luego si nunca llega el Gran Castigo, nuestra preparación no habrá sido en vano. Toda la oración y penitencia que hagamos para la salvación de nuestra alma y las de los pobres pecadores será tenida en cuenta. Ninguna buena obra cae en saco roto. Esto es lo que dice sobre los tres días de oscuridad la beata Ana María Taigi (1769-1837):

Dios enviará dos castigos: uno en forma de guerra, revoluciones y peligros, originados en la tierra; y otro enviado desde el Cielo. Vendrá sobre la tierra una oscuridad total que durará tres dias y tres noches. Nada será visible y el aire se volverá pestilente, nocivo, y dañará, pero no solo a los enemigos de la Religión. Durante los tres días de tinieblas la luz artificial será imposible. Sólo las velas benditas arderán. Los fieles deben permanecer en sus casas rezando el Santo Rosario, y pidiendo a Dios Misericordia. Los malos perecerán en toda la tierra durante esta oscuridad universal, con excepción de algunos pocos que se convertirán. La tierra envuelta en llamas, hundiéndose numerosos edificios. La tierra y el cielo parecía que estaban agonizando. Millones de hombres morirán por el hierro, unos en guerras, otros en luchas civiles; millones perecerán en los tres días de tinieblas. Después de purificar al mundo y a su iglesia, y de arrancar de cuajo toda la mala hierba, Nuestro Señor operará un renacimiento milagroso.

Ana María Taigi (1769-1837).  Fue beatificada en 1920 y su sepulcro se encuentra en Roma, en la iglesia San Crisógono, de los padres Trinitarios, en cuya orden la beata era terciaria. Su cuerpo yace en ataúd de cristal para que su cuerpo incorrupto pueda contemplarse.

Ana María Taigi (1769-1837). Fue beatificada en 1920 y su sepulcro se encuentra en Roma, en la iglesia San Crisógono, de los padres Trinitarios, en cuya orden la beata era terciaria. Su cuerpo yace en ataúd de cristal para que su cuerpo incorrupto pueda contemplarse.

La Resurrección

Después del terrible castigo la Iglesia resucitará. El reino del Anticristo será destruido y comenzará el reino de Nuestro Señor, que durará mil años hasta el Armageddon y el Juicio Final. El mundo entero será católico, las falsas religiones desaparecerán como el rocío desaparece con el sol de la mañana. Todas las naciones reconocerán la soberanía de Jesucristo, y Él reinará en todo. Será la mayor época de  esplendor de la Iglesia, mucho más glorioso aún que la era de la Cristiandad. Durará hasta que Satanás es liberado una vez más, para la Batalla Final que precede la Segunda Venida de Nuestro Señor. Esto es lo que dicen las Sagradas Escrituras sobre el reino de mil años de Nuestro Señor:

Vi después a un ángel que bajaba del cielo llevando en la mano la llave del Abismo y una cadena enorme. Sujetó al dragón, la serpiente antigua, que es Satanás o el diablo, y lo encadenó por mil años. Lo arrojó al Abismo, cerró con llave y además puso sellos para que no pueda seducir más a las naciones hasta que pasen los mil años. Después tendrá que ser soltado por poco tiempo. (Apocalipsis 20:1-3)

800px-Das_Jüngste_Gericht_(Memling)El Juicio Final  (Das Jüngste Gericht) Hans Memling, 1466-1473 Óleo sobre tabla • Gótico 242 cm × 180,8 cm Museo Nacional de Gdánsk, Gdánsk, Flag of Poland.svg Polonia

Satanás encadenado

Satanás encadenado

Vivamos, pues, con intensidad esta Semana Santa. Hagamos penitencia por nuestros pecados y los pecados del mundo entero. Lo que tiene que pasar pasará. Eso no lo podemos cambiar. Lo que sí está en nuestras manos es nuestra santificación y la santificación de los que están a nuestro cargo. ¿Cómo podemos proteger a los nuestros de los peligros espirituales que ciernen sobre nosotros en estos tiempos tan oscuros que nos han tocado vivir? Con la asistencia frecuente a la Santa Misa tradicional, con la Confesión, con el rezo del Santo Rosario, con obras de misericordia, y con una vigilancia constante.

Semana Santa

Semana Santa

Santa Misa Tridentina

Santa Misa Tradicional

Por: Christopher Fleming

27 marzo, 2013

Imágenes por: Ortodoxia Católica 

Primer Sábado del Mes de Marzo de 2013

 

Inmaculado Corazón de María

GRAN PROMESA DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

«Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que durante cinco meses en el primer sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme, les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación.» ( Revelada por la Santísima Virgen María a la Hermana Lucía, vidente de Fátima, el 10 de diciembre de 1925 en Pontevedra -España-)

 

Sor Lucía, la última vidente de Fátima

Sor Lucía, la última vidente de Fátima

 

La práctica de esta devoción consiste en lo siguiente:

1. Confesión, que puede hacerse durante la semana.

2. La Comunión el mismo sábado.

3. Rezar una parte del santo Rosario.

4. Hacer compañía a la Virgen durante un cuarto de hora meditando o pensando en los misterios del Rosario.

5. Hacer esto durante cinco primeros sábados de mes sin interrupción.

Todo ello con la intención de consolar, honrar y desagraviar a la Santísima Virgen por las blasfemias y ofensas que se cometen contra su Corazón Inmaculado Corazón:

1. Las blasfemias y ofensas contra su Concepción Inmaculada.

2. Las blasfemias y ofensas contra su virginidad perpetua.

3. Los que niegan su maternidad divina y la rechazan como Madre de todos los hombres.

4. Los que infunden en los niños el desprecio y hasta el odio hacia esta Madre Inmaculada.

5. Los que profanan sus sagradas imágenes.

Tomado de:

http://santa-maria-reina.blogspot.com

Primer Viernes del Mes de Marzo de 2013

 

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¡Dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! vednos postrados ante vuestro altar, para reparar con especiales homenajes de honor la frialdad indigna de los hombres y las injurias que en todas partes hieren vuestro amantísimo Corazón.

El divino Salvador escogió el primer viernes de cada mes, como día especialmente consagrado a honrar su Smo. Corazón, diciendo a Santa Margarita María Alacoque:

“Comulgarás todos los primeros viernes de cada mes”.

Y, para obligarnos en cierto modo a práctica tan santa y tan de su agrado, hizo a la misma Santa Margarita aquel favor regaladísimo que se conoce con el nombre de LA GRAN PROMESA.  en estos términos:

“Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor todopoderoso concederá a todos los que comulgaren los nueve primeros viernes de mes consecutivos la gracia de la penitencia final: no morirán en mi desgracia, ni sin recibir los Santos Sacramentos, haciéndose mi divino Corazón su asilo seguro en aquélla última hora”.

En esta tan consoladora promesa, el Sacratísimo Corazón de Jesús, nos promete:

1º La gracia de la perseverancia final, don verdaderamente inefable, como dice el Concilio Tridentino.

2º La dicha de tener por asilo y refugio en aquella última hora el Corazón del que nos va a juzgar…

Que todo es lo mismo que asegurar nuestra eterna salvación.

¡Bien puedes ahora gloriarte de tener la salvación en tu mano:

no tendrás excusa ninguna si te pierdes!

¿Con qué condiciones? Se necesita para ganar esta gracia:

1º Comulgar nueve primeros viernes de mes seguidos y sin interrupción;

2º Comulgar con intención de honrar al Sagrado Corazón y de alcanzar la gracia de la perseverancia final;

3º Comulgar con deseos y propósito de servir siempre al Señor.

De modo que no valen ocho primeros viernes de mes, ni valen nueve primeros domingos de mes, aunque la fiesta del primer viernes se traslade al domingo, ni valen ocho primeros viernes con un primer domingo… Además, han de ser seguidas las comuniones, de tal suerte que una interrupción inutilizaría toda la práctica, y habría que volver a comenzarla.

Tomado de:

http://misa_tridentina.t35.com/