Rosa Mística, Virgen del Rosario

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7 octubre, 2015

El nombre de Rosario, define un conjunto de oraciones dedicadas a la Virgen y pronunciadas a manera de guirnalda de rosas en su honor.

Desde antiguo, María ha sido la Rosa mística. «Rosa entre espinas», la llamó Edulio Caelio en el siglo V. Cuatro siglos después, el monje Teófanes Graptos usa el mismo símil refiriéndose a la pureza de María y a la fragancia de su gracia. La Iglesia de Oriente la invoca como «Rosa mística de la cual salió Cristo como milagroso perfume» (Himno Akathistos). San Bernardo dice que la misma Virgen fue una rosa de nieve y de sangre.

1- Desde la Edad Media, el Rosario consta de tres series de Misterios (Gozosos, Dolorosos y Gloriosos): las “tres partes” del Rosario. Las 150 avemarías (50 en cada una de estas partes) evocaban los 150 Salmos que componen el Libro del Antiguo Testamento, por lo que se llamaba al Rosario: el Salterio de María.

Su origen puede verse en la recitación continuada de 150 avemarías por parte de los monjes legos, mientras que el resto de los monjes que sabían podían hacerlo, rezaban las horas canónicas del Oficio Divino en el Coro. Para estos inicios nos remontamos al siglo XII en el seno de las grandes órdenes monásticas como benedictinos, cistercienses y cartujos. Con la aparición de los mendicantes, a comienzos del siglo XIII el fundador de la Orden de Predicadores (los dominicos), el español Santo Domingo de Guzmán, asumió para la espiritualidad y la predicación de sus frailes la costumbre de recitar avemarías, añadiendo un aspecto que llegaría a ser esencial al Rosario: la meditación de los misterios de la redención: vida de Cristo y de María. Sigue leyendo

MEDITACIÓN DEL NACIMIENTO DE MARÍA SANTÍSIMA

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Considera, que los Santos casados Joaquín, y Ana carecieron de prole hasta llegar a edad crecida, pasando estos años con grandes deseos de tenerla, no por su consuelo natural, ni por otros fines bajos, sino con el fin recio de dejar en este mundo, quien amase, y sirviese a Dios.

Acompañaron estos deseos con mucha oración, ayunos, y penitencias; y tanta fue su perseverancia que Dios les dio más de lo que pedían, certificándoles por medio de un Ángel que tendrían una hija, que se llamaría María, y sería la que habría de ser la Madre del Mesías deseado.

Aprendan de aquí los casados a enderezar a Dios los deseos de tener hijos, no por su gusto o fines bajos; sino para que, si les convienen, se los dé Dios, que sean virtuosos para su mayor gloria, y no malos para tormento de sus mismos padres.

Y aprende tú de los Santos Padres de la Virgen la manera de negociar con Dios en todo lo que deseas para tu bien; esto es, de acompañar los deseos con mucha oración, ayunos, y mortificaciones, y todo esto con perseverancia; y aunque te parezca que Dios no hace caso de tus peticiones, aviva la fe y confianza; pues aunque sea tarde, Dios te consolará, como más te conviniere.

Considera que San Joaquín y Santa Ana salieron de Nazaret, a una casa de campo que tenían, y el ocho de Septiembre, cuando se cumplían los nueve meses de la Concepción de la Virgen Santísima, la dio a luz Santa Ana entre los balidos de las ovejas y sencillos cantos de los Pastores, como dice el Damasceno.

¡Qué alegría tendrían los Santos Padres, no vana ni mundana, mas santa y espiritual, al ver con sus ojos aquella hermosísima Niña, que era Reyna del Cielo y de la tierra! ¡Aquella que sabían predestinada para concebir y dar a luz al Hijo de Dios! ¡Qué abundancia de consideraciones santas, y júbilos espirituales ocuparían sus corazones! Festeja tú a este Santo Nacimiento espiritualmente, mirando a esta Aurora, que te anuncia al verdadero Sol de justicia, que ha de alumbrar a todo el mundo con los rayos de su santidad, y celestial doctrina. Entra en profunda consideración de los grandes males de culpa y pena de que eres librado; y de los grandes bienes de gracia y gloria que se te ofrece, por medio de esta hermosa Niña, que hoy nace para ser Madre de tu Redentor. Muévate este Santo Nacimiento a dar a Dios gracias, conociendo que nunca las podrás dar como debes; y seas solícito a lograr la oportunidad de librarte de tantos males y enriquecerte de tan verdaderos bienes.

Considera que estos Santos Padres poseyeron poco tiempo a este gran tesoro; porque a los primeros años la consagraron a Dios en el Templo. Más en este poco tiempo la trataron con suma veneración, devoción y amor; conociendo que después de Dios era la más digna. Aprende de ellos a portarte para con esta Niña, que nace para Señora y Madre tuya, con la mayor devoción y amor que te sea posible. Detente a considerar seriamente la dignidad incomparable de Madre de Dios, su abismo de gracia, virtud y hermosura para llenarte de veneración. Entiende que el medio propio de venerarla es copiar sus soberanas virtudes, señaladamente la humildad, castidad y amor de Dios y del prójimo. Si le rezas algunas devociones, no sea con prisas y distracciones; mas con atención y espíritu. Así asegurarás su patrocinio y oficios de Buena Madre.

¡Oh Niña Santísima: me doy el parabién de mereceros Madre. Mostraos mi Madre, y alcanzadme de Dios la cordial y sólida devoción para con Vos, con que asegure todas las demás gracias.

MANUAL DE PIADOSAS MEDITACIONES
BARCELONA – 1750

Tomado de:

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NATIVIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

María nacida de estirpe real resplandece hoy; y por sus plegarias pedimos con toda la devoción de nuestra alma y de nuestro corazón ser ayudados. (Vísperas del día)

María nacida de estirpe real resplandece hoy; y por sus plegarias pedimos con toda la devoción de nuestra alma y de nuestro corazón ser ayudados. (Vísperas del día)

Después de la dilatada noche y confuso caos en que vivió el mundo sentado en las tinieblas y sombras de la muerte, rayó la aurora precursora del sol; nació María elegida Madre de Cristo. ¡Qué gozo! ¡Qué júbilo! ¡Qué alegría! Se ausentó el horror, se vio la luz, se anunció la libertad.¿Quién es esta, claman todas las criaturas, que procede, que se levanta como aurora? Y el Divino Esposo: Levántate amiga mía, beldad mía, y ven. Ven a la tierra, Niña de los cielos; ven a la tierra, para hacerla cielo; ven a la tierra para sacarla del cautiverio.

¡Oh María! suene tu voz: que aun en vagidos tiernos deleita y endulza nuestros males. Dios te apetece, y el hombre también: ambos se interesan en Ti; Dios gloria, el hombre gracia.

¡Oh Infanta milagrosa, nacida de la ancianidad de Joaquín y Ana en la vejez del mundo, para renovarlo! Antes eran los siglos de hierro, y en oro los convirtió tu nacimiento.

¿Qué sería ver al mundo, melancólico y triste con su cautiverio, amenazado a morir eternamente, vestirse de gala a tus primeros albores, deponer el luto y empezar a respirar con la esperanza de la vida y de la libertad? Entonces cantó dulcemente alabando al Autor y a la Madre de la gracia, y correspondieron los coros del cielo, diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.

¡Ea!, pues, gozaos justos, porque ha nacido vuestra Madre y Reyna de las virtudes. Gozaos, pecadores, porque ha nacido vuestra abogada. Gozaos Ángeles, porque ha nacido la restauradora de vuestras sedes. Gócense todos los estados de la Iglesia triunfante y militante, pues es universal el interés de este nacimiento.

Vengan los que la aman a celebrar su venida al mundo, las vírgenes, porque es de ellas la primiceria; las madres, porque se verá en Ella lo que en ninguna madre: ser Madre y Virgen; fecunda virginidad, cuya flor dio por fruto un Dios Hombre y un Hombre Dios.

¡Oh escuadras celestiales!, enseñad a la humana pequeñez a dar los parabienes a esta mujer divina.

¡Oh alma mía!, gózate eternamente de gozar esta dicha. Alégrate de ver en el mundo la alegría del mundo.

¡Oh María, Reyna y Señora mía, infanta tierna, niña de flores, flor de las niñas! ¡Ojalá, así como entraste en este mundo llenándolo de bienes y luces, entrases también en mi alma para alumbrarla y enriquecerla! ¡Ojalá vengas a mi corazón, para hacerlo fervoroso y espiritual! ¡Ojalá lo dilates con inefable gozo, para que corra ligero por el camino de los mandamientos y consejos de Jesús! ¡Ojalá yo te sirva con la solicitud y cuidado, con que te sirvieron los Ángeles los nueve meses que estuviste en las entrañas de tu madre y mi señora Santa Ana!

Ven, Señora mía, no tardes en visitar a este tu siervo. Oh infanta divina, niña eres, mas tan grande, que puedes ser retrato de la Divinidad y espejo cristalino en que el Verbo eterno se mire. Niña eres; mas de alteza tan estupenda, que has puesto en admiración y éxtasis a las más altas inteligencias. Acuérdate de este tu siervo, a quien verdaderamente amas con entrañas de misericordia.

¡Oh graciosísima!, derrama una sola gota de tu abundantísimo gozo sobre esta alma triste, desconsolada y pobre.

Acuérdate de todos los afligidos; mira las necesidades del cristianismo, y oye piadosa las oraciones y gemidos de los que invocan tu santo Nombre.

Tomado de:

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15 de Agosto : La Asunción al Cielo de la Santísima Virgen María

San Bernardo no halla reparo en decir que la Asunción de María es tan inefable como la generación de Cristo.

San Bernardo no halla reparo en decir que la Asunción de María es tan inefable como la generación de Cristo.

 

Ya en fin llegó, carísimos hermanos míos, dice san Agustín, este día tan venerable para nosotros; este día que excede todas cuantas festividades solemnizamos en honor de los santos; este día tan célebre; este clarísimo día en que creemos que la Virgen María pasó desde este mundo a la gloria celestial: Adest nobis, dilectissimi fratres, dies valde venerabilis, dies omnium sanctorum solemnitates praecellens,dies inclyta, dies praenclara, dies in qua é mundo migrasse treditur virgo Maria. Resuenen en toda la tierra las alabanzas, los festivos clamores de alegría en el día glorioso de su triunfante Asunción: Laudes insonet universa térra cum summa exultatione, santae virginis illustrata excessu. Porque sería cosa muy indigna que no celebrásemos con extraordinaria devoción, culto y aparato, la solemne fiesta de aquella por quien merecimos recibir al Autor de la vida: Qua indignum valdé est, id illius recordationis solemnitas si apud nos sine máximo honor e, perquam merunmus Auctorem vitae suscipere. Este es uno de los más célebres días del año, dice san Pedro Damiano, por ser el dia en que la santísima Virgen, digna por su nacimiento del trono real, fue elevada por la santísima Trinidad hasta el trono del mismo Dios, y colocada tan alto junto a la admirable Trinidad, que se arrebata hacia sí los ojos y la admiración de los ángeles: Sublimis illa dies est, in qua Virgo regalis, ad thronum Dei Patris evehitur, et in ipsius Trinitatis sede reposita, naturam angelicam sollicitat ad videndum. A la verdad, el misterio de este día es superior a todas nuestras expresiones; y san Bernardo no halla reparo en decir que la Asunción de María es tan inefable como la generación de Cristo : Christi generationem, et Maríae Assumptionem quis enarrabit? Pasmados de admiración a vista de una gloria que tiene suspensos y como embargados de asombro a los mismos ángeles, nos contentaremos con referir la historia de este admirable misterio.

La opinión más recibida en la Iglesia, fundada en la tradición, es que, después de la Ascensión del Salvador a los cielos y de la venida del Espíritu Santo, vivió la Virgen veintitres años y algunos meses más en este mundo. Aunque era tan abrasado y vivo el deseo que tenia la Señora de seguir al cielo a su querido Hijo, consintió quedarse en la tierra para el consuelo de los fieles, y para atender a las necesidades de la Iglesia recién nacida, conviniendo que su presencia supliese de alguna manera la ausencia corporal de Jesucristo. Lo mucho que podía en el cielo era de gran socorro a los fieles que vivían en la tierra, alcanzando aquellos primeros tiempos de persecución, sosteniéndose su fe con la noticia y con el consuelo de que aun vivía entre ellos la Madre de su Dios. Era la Virgen su oráculo, su apoyo y todo su refugio. Fortalecía su virtud, animaba su celo, enseñaba a los doctores, dice el sabio Idiota, y era como el oráculo de los mismos apóstoles.Doctricem doctorum, magistram apostolorum. Y el abad Ruperto asegura que en cierto modo suplía con sus instrucciones lo que el Espíritu Santo no tuvo por conveniente descubrirles, habiéndoseles comunicado, por decirlo así, con limite y con medida; y los santos padres convienen en que el evangelista san Lucas supo singularmente de boca de la santísima Virgen las particulares circunstancias de la infancia del niño Jesús, que deió especificadas en su evangelio, y que aun por eso se dice en él que María no dejaba perder cosa alguna de las que entonces pasaban, conservándolas en su memoria y meditándolas en su corazón: Maria, conservabat omnia verba haec, conferens in corde suo.

Durante el espacio de estos veintitrés años, la vida de la santísima Virgen fue un continuo ejercicio del más puro amor y un perfecto modelo de todas las virtudes; una oración no interrumpida, y esta misma oración un éxtasis perpetuo. Visitaba con frecuencia los sagrados lugares que el Salvador había santificado con su presencia, cumpliendo los misterios de nuestra redención. Aunque esta divina Madre vivía en la tierra, su corazón nunca se separaba de su amado Hijo, que habitaba en el cielo. Pasábanse pocos dias sin que Jesucristo se le apareciese, y ninguno en que no conversase familiarmente con los ángeles, singularmente destinados a su servicio; y aunque distante de la celestial Jerusalén, mientras duró su habitación en la tierra, gustaba abundantemente de todas sus delicias. Sigue leyendo

LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA REINA Y SEÑORA DE CIELOS Y TIERRA

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La Solemnidad de la Santísima Trinidad, prevaleciendo en la ocurrencia, obligó este año a desplazar la Fiesta de María Reina.

Con los títulos y oficios de la Maternidad Espiritual, de su Corredención y de su Mediación Universal, que como otras tantas preciosas gemas brillan en la Inmaculada, está íntimamente unido el título, no menos insigne, de Reina y Señora de todo el universo, del que también se halla adornada.

El cargo de rey requiere excelencia de virtud y primacía sobre los miembros de la sociedad. De estas dos cualidades propias del oficio de regir, suelen dar los hombres, por traslación o metafóricamente, el nombre de rey a aquellos en que quienes se reconoce en algún aspecto mayor virtud o primacía sobre los demás. Así a la rosa se la llama reina de las flores; al león, rey de los animales; a Virgilio, rey de los poetas.

Ahora bien, María Santísima supera a todas las criaturas angélicas y humanas, por ser superior a ellas en ministerio, grado, santidad y méritos. Por ello se la llama, y es, Reina de los Ángeles, Reina de los Patriarcas, Reina de los Profetas, Reina de los Apóstoles, Reina de los Mártires, Reina de los Confesores, Reina de las Vírgenes, Reina de todos los Santos.

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Especial de Nuestra Señora de Fátima

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Reparemos el corazón de Nuestra Santísima Madre

APARICIONES DE NUESTRA SEÑORA

 

 

 NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA

 

 

 

APARICIÓN DE NTRA. SRA EN PONTEVEDRA

 

 

HECHOS SOBRESALIENTES

 

 

LOS VIDENTES DE FÁTIMA

 

 

EL TERCER SECRETO DE FÁTIMA

 

 

ORACIÓN A NTRA. SRA. DE FÁTIMA

 

A propósito del Tercer Secreto de Fátima (I)

 

 

A propósito del Tercer Secreto de Fátima (II)

 

 El Verdadero Tercer Secreto de Fátima

Día de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción de Lourdes

Febrero 11

La Gruta de Lourdes: lugar de las apariciones de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción

La Gruta de Lourdes: lugar de las apariciones de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción

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Transcrito del Folleto EVC (El Verdadero Catolicismo) 409

Autor: Pedro Sembrador

“La Virgen Santísima confirma el Dogma de la Inmaculada Concepción”

Entre los días más grandes que ha tenido nuestra Iglesia en su paso triunfar a través de los siglos, está escrito con letras de oro el día 8 de diciembre de 1854, en que S. S. el Papa Pío IX, declaró dogma de Fe la Inmaculada Concepción de la Virgen Santísima, es decir, que la Virgen María no había heredado de nuestros primeros padres la mancha del pecado original.

Y la alegría de la tierra llegó hasta los cielos y la Santísima Virgen quiso volver al mundo una vez más para ratificar, Ella misma, esta definición Papal y la Divinidad de la Santa Iglesia dándose a sí misma como nombre “La Inmaculada Concepción” y para dejar sobre la tierra un lugar en que, con mano pródiga, mostraría constantemente que Ella es verdadero “CONSUELO DE LOS AFLIGIDOS”.

EI lugar escogido por la Santísima Virgen para su nueva visita a la tierra, fue Lourdes, una aldea de Francia perdida en la cordillera de los Pirineos que la limitan con España y que era en aquel entonces casi desconocida.

La aldea de Lourdes está situada a la entrada de varias gargantas de montañas; y a corta distancia de ella y al oeste, se levantan las rocas llamadas “Massabielle” que quiere decir “rocas viejas”.

Casi al pie de este acantilado, corre el Río Gave que se forma con las aguas que descienden de las montañas y que lleva agua a un molino y a un aserradero.

La naturaleza ha ahuecado una gruta como de 3 metros y medio de ancha por 3 metros y medio de alto, en la muralla formada por las rocas Massabielle y la derecha, en un extremo de ella a la altura de 2 mts. y medio del suelo hay una excavación en forma de nicho que tiene 1.80 mts. de alto. Este es el lugar escogido por la Providencia Divina para que la Santísima Virgen diera, una vez más, pruebas de su bondad apareciéndose a Bernardita Souvirous.

Una decena de miles de curaciones han sido consideradas extraordinarias por el comité de constataciones.

Una decena de miles de curaciones han sido consideradas extraordinarias por el comité de constataciones.

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Especial de la Fiesta de la Purificación

2 de febrero

Purificación de la B.V.M.

FIESTA DE LA PURIFICACIÓN 

 

LA CANDELARIA O FIESTA 

DE LA
PURIFICACIÓN DE LA SMA. VIRGEN 

 

MISA DE LA PURIFICACIÓN DE LA SANTÍSIMA  VIRGEN

FIESTA DE LA PURIFICACIÓN

 

Sermón Dominical De la MISA DE LA PURIFICACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

 

NUESTRA SEÑORA DE LA CANDELARIA DE POTOSÍ

 

Iglesia Nuestra Señora de la Candelaria

 

NUESTRA SEÑORA DE SAN JUAN DE LOS LAGOS

 

NUESTRA SEÑORA DE LA CONCEPCIÓN  DE SUYAPA

 

Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción

Especial de la Santísima Virgen María de Guadalupe

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El Misterio de la Virgen de Guadalupe Mejicana

Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América

Santuario de Santa María de Guadalupe

Nuestra Señora de Guadalupe

LAS FIESTAS DE PRECEPTO (Parte 2 de 2)

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2. Naturaleza del precepto.

El precepto de santificar las fiestas es de derecho natural, de derecho divino-positivo y de derecho eclesiástico:

a) Es de derecho natural en cuanto es necesario dedicar algún tiempo al descanso (v.) y al culto (v.) divino, éste no sólo privado sino público, en virtud de los derechos imprescriptibles del Creador; b) Es de derecho divino-positivo en cuanto que ha sido expresamente preceptuado por Dios la santificación del día séptimo en memoria del «descanso» del Creador (cfr. Ex 2.0,8-11; V. 1I y III; DESCANSO II);

c) Es de derecho eclesiástico en cuanto que la Iglesia ha determinado en cuáles días y de qué manera hay que santificar las fiestas (V. MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA).

      El precepto de santificar las fiestas, con mayor dedicación al descanso, a la oración y al culto divino, resulta cada vez más necesario en la moderna civilización progresivamente tecnificada, con sus prisas, masificación, afán de eficacia, etc. Las fiestas vienen a ser en este mundo agitado el remanso de paz y serenidad que necesita el hombre para cuidar su interioridad, su espiritualidad, su vida familiar y hasta su salud física.

Es célebre entre los judíos el dicho: «Aún más de lo que Israel guardó el sábado, el sábado guardó a Israel». Ello puede aplicarse a todas las fiestas, pausa en la fatiga del trabajo cotidiano, monótono y rutinario para muchos; tiempo especialmente dedicado a recordar y reconquistar el sentido y justificación del esfuerzo diario, a dar sentido y razón al propio vivir.

3. El precepto de oír Misa.

En torno a este precepto hay que notar principalmente lo siguiente:

1°) De suyo, obliga a todos los fieles bautizados con uso de razón y siete años cumplidos, sean o no católicos. Pero en la práctica la Iglesia no tiene intención de obligar a los bautizados no católicos con esta clase de leyes.

2°) El precepto se refiere a todos los domingos del año y a las fiestas de guardar establecidas por la ley general o por las concesiones especiales de la Santa Sede.

3°) Este precepto hay que cumplirlo precisamente el día en que está mandado, pasado el cual cesa de obligar. Y así, el que dejó de oír Misa ese día, aunque sea culpablemente, no está obligado a ir el día siguiente. Sin embargo, como es sabido, actualmente este precepto puede vivirse asistiendo a la Misa vespertina del sábado o del día anterior a la fiesta, en aquellos lugares autorizados (cfr. Instr. Eucharisticum mysterium, 28).

4°) Los forasteros o peregrinos, o sea, los que se encuentran de paso en un lugar distinto del de su domicilio o cuasi domicilio habitual, no están obligados a la asistencia a Misa en la fiesta patronal del lugar donde se hallan circunstancialmente; pero deben. evitar el escándalo de los que ignoren su condición de forasteros.

5°) Los que por vivir en el campo, lejos de las ciudades o por otra razón cualquiera, se ven imposibilitados de oír Misa todos los domingos y fiestas, deben hacerlo, al menos, cuando se les presenta ocasión oportuna, aunque sea en día de trabajo y ello, probablemente, por derecho divino, implícito en la institución de la Santa Misa como acto principal del culto católico para honrar a Dios. Cuántas veces obliga en esta forma la asistencia a Misa, no puede determinarse con exactitud.

4. Modo de cumplirlo.

Para cumplir de manera conveniente el precepto de santificar las fiestas mediante la participación en el santo sacrificio de la Misa, se requieren determinadas condiciones. Las principales y más obvias son las siguientes:

     a) Presencia corporal. No cumple el precepto el que sigue la Misa por radio o televisión, ni el que permanece tan alejado del grupo de los asistentes que no se le pueda considerar como formando parte de ellos. No se requiere, sin embargo, estar estrictamente dentro del recinto de la iglesia, ni siquiera ver al sacerdote; basta que forme parte de los que la oyen (aunque sea en la misma calle, si la iglesia está abarrotada) y pueda seguirla de algún modo, por el sonido de la campanilla o los gestos de los demás, etc.

b) Integridad. La Iglesia manda oír Misa entera todos los domingos y fiestas de guardar. La integridad admite, sin embargo, parvedad de materia. No sería grave omitir la primera parte de la Misa hasta el Evangelio u ofertorio (discuten los autores entre lo primero o segundo) o lo que sigue a la comunión (habiéndola oído íntegramente desde el principio). Pero la mente actual de la Iglesia, sobre todo después del Concilio Vaticano II, es que todos los fieles oigan la homilía que predica el sacerdote después del Evangelio, por lo que cometen un verdadero abuso los que la omiten sistemática y deliberadamente, llegando después de ella.
El que llega tarde está obligado (leve o gravemente, según la parte omitida) a suplir lo que le falta en otra Misa posterior, a no ser que le sea material o moralmente imposible (p. ej., por tratarse de la última Misa o tenerse que ausentar forzosamente). Es lícito oír dos medias Misas, sucesivas no simultáneas, con tal que la consagración y la comunión pertenezcan a la misma Misa (cfr. Denz.Sch. 2153).

c) Participación activa. El que asiste materialmente a Misa guardando la atención y compostura externa que requiere todo acto humano, cumple sin duda alguna lo esencial del precepto para no incurrir en falta grave. Pero no cumple la finalidad intentada por la Iglesia en orden a la santificación de las fiestas mediante el santo sacrificio de la Misa. Para ello se requiere una verdadera participación activa de los fieles en el augusto misterio.

El Concilio Vaticano II lo ha recordado expresamente:

«La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la Palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él; se perfeccionen día a día por Cristo Mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos» (Cons. Sacr. Concilium, 48).

d) Rito y lugar debidos. El CIC preceptúa los siguientes: «Cumple con el precepto de oír Misa el que asiste a ella en cualquier rito católico que se celebre, al aire libre o en cualquiera iglesia u oratorio público o semipúblico y en las capillas privadas de los cementerios; mas no en otros oratorios privados, si la Sede Apostólica no ha concedido este privilegio» (can. 1249).

  5. Causas excusantes. Como ley positiva eclesiástica, el precepto de asistir a Misa los domingos y días de fiestas admite excepciones y causas excusantes en determinadas circunstancias. Las principales son las siguientes:

      a) La imposibilidad física o moral, que puede obedecer a diversos motivos, p. ej., una enfermedad o convalecencia que impida salir de casa; una distancia considerable al templo más cercano (p. ej., una hora de camino a pie, o menos si llueve, nieva o hubiese algún otro obstáculo); los muy ancianos o débiles, que no podrían sin grave molestia trasladarse al templo o permanecer en él durante toda la Misa, etc.

      b) La caridad, que obliga a socorrer al prójimo en grave necesidad, ya corporal (accidente, incendio, enfermedad, etc.), ya espiritual (p. ej., si permaneciendo en casa o en cualquier otro lugar pudiera impedir o evitar un pecado grave),

c) La obligación que retiene en sus puestos a las madres con hijos pequeños, o a las nodrizas, guardas, soldados, empleados en servicios públicos, etc.; pero éstos han de procurar asistir a Misa todas las veces que puedan, aunque sea esforzándose un poco. Hoy día, con la abundancia de Misas, incluso vespertinas, es difícil que no pueda cumplirse el precepto dominical, sobre todo en las grandes ciudades.

      6. Otros modos de santificar las fiestas. Aunque la asistencia devota y activa a la Santa Misa sea el medio principal o más importante de santificar las fiestas (sobre todo si los fieles reciben en ella la Comunión), no es, sin embargo, el único. Se indican a continuación otros medios que pueden cuidarse:

      a) Incrementar la vida parroquial. La parroquia (v.) viene a ser el hogar espiritual del cristiano. Los días festivos, sobre todo, pueden ser aprovechados por los feligreses para incrementar el espíritu de comunidad parroquial, colaborando con el párroco en la catequesis de niños y adultos, o en las obras parroquiales de promoción social, caritas diocesana, etc. La participación activa de los seglares en la vida de la Iglesia -preconizada con tanta insistencia por el Conc. Vaticano ll- puede realizarse, entre otras formas, a través de esa colaboración con la comunidad parroquial (v. LAICOS).

b) Incrementar la piedad familiar. El hogar es un templo en pequeño. En él han de brillar todas las virtudes cristianas de que nos dejó ejemplo sublime la santa casa de Nazaret. El rezo del Rosario (v.), plegaria hogareña por excelencia, debe elevarse al cielo todos los días del año, pero de una manera particularmente fervorosa el día del Señor. «La familia que reza unida, permanece unida» (P. Peyton). Y pocas cosas unen y congregan con más dulce intimidad a toda la familia como el rezo entrañable del santo Rosario como homenaje filial a la Reina de los Ángeles. Es también, como enseñan los teólogos, una de las más grandes señales de predestinación de todos los miembros de la familia.

      c) Descanso y entretenimiento. Precisamente porque el precepto dominical incluye, junto con la asistencia a la Santa Misa, el descanso de los trabajos corporales, entra de lleno en su espíritu entregarse durante algún tiempo en los días festivos a cualquier diversión sana, deporte, etc. Elevando los motivos, haciéndolo todo por la gloria de Dios y con amor a Él (cfr. 1 Cor 10,31), las diversiones se convierten en un verdadero culto a Dios y en instrumento para la propia santificación.

      d) Abstenerse especialmente de todo pecado. Aunque esta obligación pesa sobre todos los hombres en cualquier día y momento de su vida, urge de manera especial en los días consagrados al Señor. Téólogos hubo que consideraron revestido de especial gravedad el pecado cometido en domingo o día festivo, por el gran contrasentido que supone aprovechar el día santo para una cosa tan contraria a la santidad como es el pecado. Y aunque es cierto que esta circunstancia no cambia la especie moral ni teológica del pecado (y, por lo mismo, no sería necesario acusarse en confesión del día concreto en que se pecó), no cabe duda que el pecado en día festivo va directamente en contra de la finalidad intentada por el precepto de santificar las fiestas.

V. t.: DESCANSO; DOMINGO II; MISA; EUCARISTÍA II, C, 5.

BIBL.: S. Pío V, Catecismo Romano (de Trento), p. III cap. IV (ed. bilingüe, Madrid 1971); CONC. VATICANO II, Const. Sacrosanctum Concilium, cap. V; PAULO VI, Instr. Eucharisticion mysterium, 25 mayo 1967; S. TomÁs, Sulna Teológica, 2-2, gl22 a4; A. VILLIEN, Fétes, en DTC V,2183-91 ; ÍD, Histoire des con7rnandements de l’Église, París 1909, 107-143; A. JUNG.MANN, Fl sacrificio de la Misa, 2 ed. Madrid 1952; L. BORDIN, La partecipazione dei fedeli al sacrificio della messa, nella teologia contemporanea, Finalpia (Savona) 1948; G. CHEVROT, Nuestra misa, Madrid 1955; V. VAGAGGINI, La messa Ponte di cita cristiana, Alba 1941; A. REY, La Misa centro de la eida cristiana, Madrid 1970; A. LANZA, P. PALAZZINI, Principios de Teología moral, II, Madrid 1958, 87 ss.

A. ROYO MARÍN.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

Tomado de:

http://www.mercaba.org/

LAS FIESTAS DE PRECEPTO (Parte 1 de 2)

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Se llaman fiestas de precepto aquellos días en los que la Iglesia pide a los fieles una celebración especial, litúrgica y personal, expresada con las palabras del tercer mandamiento del Decálogo (v.): «santificar las fiestas».

En el domingo, dice el Concilio Vaticano II, «los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando de la Eucaristía, recuerden la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios… Por esto, el domingo es la fiesta primordial que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo» (Sacr. Concilium, 106).

Lo que se dice del domingo, puede aplicarse a los demás días de fiesta.
La Iglesia especifica el precepto de santificar las fiestas en un doble aspecto:

  1. Uno positivo, que se refiere expresamente a la santificación de la fiesta concreta, sobre todo con la participación en el Santo Sacrificio de la misa todos los domingos y fiestas de guardar (v. MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA),
  2. Y otro negativo, que prescribe el descanso dominical con la prohibición de realizar determinados trabajos. Este segundo aspecto se trata en DOMINGO tt. Aquí se verá, por tanto, solamente el primero.

 1. Consideración histórica.

        Desde el principio, los cristianos celebraban unos determinados días de fiesta, concretamente los domingos (v.), en conmemoración de la Resurrección del Señor; ya en el siglo II la santificación del domingo parece que era universal, y en el siglo IV los Concilios de Elvira y de Sardes hablan de la obligación de oír Misa ese día.

    Con el desarrollo de la liturgia, las celebraciones (v.) van aumentando con la conmemoración de diversos misterios de la vida de Jesucristo (especialmente la Pascua y luego la Navidad), con la aparición de las fiestas de los mártires, de la Virgen, etc. (v. AÑO LITÚRGICO; CALENDARIO II).

Con el tiempo, el número de las fiestas creció considerablemente. El sínodo de Szaboles (1092) enumera 38, el Concilio de Toulouse (1229) habla de 40, de modo que en el siglo XIII llegaban casi a 100 entre domingos, fiestas universales y locales, etc. Eso explica que comiencen a surgir lamentaciones por los daños verdaderos o presuntos que se podrían derivar para la economía, se alude también al peligro de ociosidad que podría derivarse, etc.

El Concilio de Trento trata de moderar en este tema, pero no prescribe nada en concreto, simplemente recuerda el catálogo de fiestas que el Concilio de Lyon había determinado para toda la Iglesia.

Con Urbano VIII (1623-44) se reserva la Santa Sede el derecho de establecer fiestas obligatorias, con exclusión de los obispos y determina su número con la constitución Universa, de 13 sept. 1642.

Así Clemente XI, en 1708, añade en el calendario la fiesta de la Inmaculada Concepción. Posteriormente, sobre todo mediante convenios entre la Santa Sede y los poderes civiles, comienza la reducción.

Clemente XIV, en 1711, por el breve Paternae caritati reduce el número para el territorio de Austria; del atálogo de Urbano VIII, quedan como festivos: los domingos, los días siguientes a Resurrección y Pentecostés, Natividad del Señor, Circuncisión, Epifanía, Ascensión y Corpus Christi; las fiestas de la Virgen de: Purificación, Anunciación, Asunción, Natividad y Concepción Inmaculada; además, las fiestas de San Pedro y San Pablo, Todos los Santos, San Esteban Protomártir y la del Patrón principal.

La reducción llega al máximo en Francia, donde en virtud del Concordato de Napoleón quedan sólo 4 fiestas de precepto además de los domingos: Navidad, Ascensión, Asunción, Todos los Santos.
Más tarde San Pío X, con motu proprio del 2 jul. 1911, redujo fuertemente el número, de manera que, por derecho común general, además de los domingos, quedan solamente ocho días de fiestas: Navidad, Circuncisión, Epifanía y Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, Inmaculada Concepción y Asunción de Nuestra Señora, Santos Pedro y Pablo y Todos los Santos. Estas prescripciones -con las inclusiones posteriores del Corpus Christi y de San José– fueron recogidas en la CIC (c. 1247).

Actualmente, después de la reforma del Calendario (motu proprio de Paulo VI, 14 febr. 1969, y decr. de la S. Congr. de Ritos, 21 marz. 1969), los días de fiesta han quedado así:
a) Todos los domingos del año.
b) Fiestas del Señor: Navidad (v.), Epifanía (v.), Ascensión (v.) y Corpus Christi (v.).
c) Fiestas de la Virgen: Inmaculada Concepción, Santa María Madre de Dios y Asunción (v. MARÍA IV).
d) Fiestas de los Santos: San José (v.), San Pedro (v.) y San Pablo (v.) Apóstoles, y Todos los Santos (v.).

      En cuanto a los días festivos de carácter local habrá que atenerse a las disposiciones dadas para cada iglesia local por la competente autoridad eclesiástica.

Tomado de:

http://www.mercaba.org/

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

ORIGEN DE LA CELEBRACIÓN

En la Constitución Ineffabilis Deus de 8 de Diciembre de 1854, Pío IX pronunció y definió que la Santísima Virgen María “en el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia concedidos por Dios, en vista de los méritos de Jesucristo, el Salvador del linaje humano, fue preservada de toda mancha de pecado original”. De esta manera proclamaba como dogma de fe de forma definitiva lo que la tradición popular había sostenido desde los comienzos de la Iglesia.

Toda hermosa eres, María, y la mancha original no se halla en ti.

Toda hermosa eres, María, y la mancha original no se halla en ti.

1. La Sagrada Escritura
En la Sagrada Escritura encontramos algunas referencias (aunque no directas) a la Virgen. El primer pasaje escriturístico que contiene la promesa de la redención menciona también a la Madre del Redentor: “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer y su estirpe; ella aplastará tu cabeza cuando tú aceches para morderle su talón” (Génesis 3,15).

Por otra parte en el evangelio de san Lucas, el saludo del ángel Gabriel (Cfr. Lucas 1,28) “Dios te salve, llena de gracia”, chaire kecharitomene, indica una alabanza a la abundancia de gracia, un sobrenatural estado del alma agradable a Dios, que encuentra explicación sólo en la Inmaculada Concepción de María.

También se han visto referencias a la Virgen María en el libro de los Proverbios, el Eclesiático y el Cantar de los Cantares (Cfr. Cant. 4:7).

2. Los Padres de la Iglesia
Respecto de la impecabilidad de María, los antiguos Padres son muy cautelosos, aunque insisten en dos puntos sobre todo: la absoluta pureza de María y su posición como segunda Eva (Cfr. 1 Cor 15:22).

Esta celebrada comparación entre Eva, por algún tiempo inmaculada e incorrupta -no sujeta al pecado original- y la Santísima Virgen es desarrollada por varios Padres de la Iglesia:
san Justino, san Ireneo de Lyon, Tertuliano, San Cirilo de Jerusalén y Sedulio entre otros.

Los escritos patrísticos sobre la absoluta pureza de María son muy abundantes:
Orígenes la llama “digna de Dios, inmaculada del inmaculado, la más completa santidad, perfecta justicia, ni engañada por la persuasión de la serpiente, ni infectada con su venenoso aliento.

San Ambrosio dice que “es incorrupta, una virgen inmune por la gracia de toda mancha de pecado”.

San Agustín declara que todos los justos han conocido verdaderamente el pecado “excepto la Santa Virgen María, de quien, por el honor del Señor,yo no pondría en cuestión nada en lo que concierne al pecado”.

Los Padres sirios nunca se cansaron de ensalzar la impecabilidad de María.

San Efrén describe la excelencia de la gracia y santidad de María: “La Santísima Señora, Madre de Dios, la única pura en alma y cuerpo, la única que excede toda perfección de pureza, única morada de todas las gracias del más Santo Espíritu […], mi Señora santísima, purísima, sin corrupción, la solamente inmaculada”.

3. El origen de la fiesta
La antigua fiesta de la Concepción de María (Concepción de Santa Ana), que tuvo su origen en los monasterios de Palestina a final del siglo VII, y la moderna fiesta de la Inmaculada Concepción no son idénticas en su origen, aunque la fiesta de la Concepción de Santa Ana se convirtió con el paso del tiempo en la de la Inmaculada Concepción.

Para determinar el origen de esta fiesta debemos tener en cuenta los documentos genuinos que poseemos. El más antiguo es el canon de la fiesta, compuesto por san Andrés de Creta, quien escribió su himno litúrgico en la segunda mitad del siglo VII.

En la Iglesia oriental la solemnidad emergió de comunidades monásticas, entró en las catedrales, fue glorificada por los predicadores y poetas, y eventualmente fue fijada fiesta en el calendario de Basilio II, con la aprobación de la Iglesia y del Estado.

En la Iglesia occidental la fiesta aparece cuando en el oriente su desarrollo se había detenido. El tímido comienzo de la nueva fiesta en algunos monasterios anglosajones en el siglo XI, en parte ahogada por la conquista de los normandos, vino seguido de su recepción en algunos cabildos y diócesis del clero anglo-normando.

El definitivo y fiable conocimiento de la fiesta en Occidente vino desde Inglaterra; se encuentra en el calendario de Old Minster, Winchester, datado hacia el año 1030, y en otro calendario de New Minster, Winchester, escrito entre 1035 y 1056. Esto demuestra que la fiesta era reconocida por la autoridad y observada por los monjes sajones con considerable solemnidad.

Después de la invasión normanda en 1066, el recién llegado clero normando abolió la fiesta en algunos monasterios de Inglaterra donde había sido establecida por los monjes anglosajones. Pero hacia fines del siglo XI, a través de los esfuerzos de Anselmo el Joven, fue retomada en numerosos establecimientos anglo-normandos.

Durante la Edad Media la fiesta de la Concepción de María fue comúnmente llamada la Fiesta de la nación normanda, lo cual manifiesta que era celebrada en Normandía con gran esplendor y que se extendió por toda la Europa occidental.

Por un Decreto de 28 de Febrero de1476, Sixto IV adoptó por fin la fiesta para toda la Iglesia latina y otorgó una indulgencia a todos cuantos asistieran a los Oficios Divinos de la solemnidad.

Para poner fin a toda ulterior cavilación, Alejandro VII promulgó el 8 de Diciembre de 1661 la famosa constitución Sollicitudo omnium Ecclesiarum en la que declaró que la inmunidad de María del pecado original en el primer momento de la creación de su alma y su infusión en el cuerpo eran objeto de fe.

Desde el tiempo de Alejandro VII hasta antes de la definición final, no hubo dudas por parte de los teólogos de que el privilegio estaba entre las verdades reveladas por Dios. Finalmente Pío IX, rodeado por una espléndida multitud de cardenales y obispos, promulgó el dogma el 8 de Diciembre de 1854.

Tomado de:

https://eccechristianus.wordpress.com/

ANUNCIACIÓN A MARÍA

La Anunciación - Vitral

Discurso cuarto

María en la encarnación del Verbo no pudo humillarse más de lo que se humilló; ni Dios pudo exaltarla más de lo que la exaltó

El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado (Mt 23, 12). Es palabra del Señor que no puede fallar. De ahí que habiendo Dios establecido que se haría hombre para redimir al hombre perdido y manifestar así al mundo su bondad infinita, y teniendo que elegirse una madre, tuvo que buscar entre las mujeres la que fuese más santa y más humilde. Y entre todas eligió a la virgen María que cuento era más perfecta en virtudes, era por lo mismo la más sencilla y humilde en su concepto, como la paloma. “Son incontables las doncellas, pero una sola es mi paloma, mi perfecta” (Ct 6, 7-8). Por eso dice Dios, ésta será la madre que yo elijo para mí. Veamos cuán humilde fue y cuánto la ensalzó el Señor.

Que María, en la encarnación del Verbo, no pudo humillarse más de lo que se humilló, éste será el primer punto. Y el segundo será considerar que Dios no pudo ensalzar a María más de lo que la ensalzó. Sigue leyendo

Especial de la Santísima Virgen María de Guadalupe

Sma. Virgen María de Guadalupe

El Misterio de la Virgen de Guadalupe Mejicana

Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América

Santuario de Santa María de Guadalupe

Nuestra Señora de Guadalupe

Santa Misa Dominical

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

8 de Diciembre, Fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

inmaculada

Grande fue la ruina que el pecado de Adán trajo a los seres humanos, pues al perder la gracia o amistad con Dios se perdieron también muchísimos bienes que con la gracia iban a venir, y en cambio llegaron muchos males.

Pero quiso Dios hacer una excepción y librar de la mancha del pecado original a la Santísima Virgen a la que Él había destinado para ser madre del segundo Adán, Jesucristo, el cual venía a reparar los daños que causó el primer Adán.

Veamos cómo convenía que Dios librara de la mancha del pecado original a la Virgen María. El Padre como a su Hija preferida. El Hijo como a su Madre Santísima, y el Espíritu Santo como a la que había de ser Sagrario de la divinidad.

PUNTO I: Convenía al Padre Celestial preservar de toda mancha a María Santísima, porque Ella es su hija preferida.

Ella puede repetir lo que la Sagrada Escritura dice de la Sabiduría: “yo he salido de la boca del Altísimo” (Ecl. 24, 3).

Ella fue la predestinada por los divinos decretos para ser la madre del Redentor del mundo. No convenía de ninguna manera que la Hija preferida del Padre Celestial fuera ni siquiera por muy poco tiempo esclava de Satanás. San Dionisio de Alejandría dice que nosotros mientras tuvimos la mancha del pecado original éramos hijos de la muerte, pero que la Virgen María desde su primer instante fue hija de la vida.

San Juan Damasceno afirma que la Virgen colaboró siendo mediadora de paz entre Dios y nosotros y que en esto se asemeja al Arca de Noé: en que los que en ella se refugian se salvan de la catástrofe; aunque con una diferencia: que el Arca de Noé solo libró de perecer a ocho personas, mientras que la Madre de Dios libra a todos los que en Ella busquen refugio, aunque sean miles de millones.

San Atanasio llama a María: “nueva Eva, y Madre de la vida”, en contraposición a la antigua Eva que nos trajo la muerte. San Teófilo le dice: “Salve, tú que has alejado la tristeza que Eva nos había dejado”. San Basilio la llama “pacificadora entre Dios y los seres humanos” y San Efrén la felicita como: “pacificadora del mundo”.

Pero el pacificador no debe ser enemigo del ofendido ni estar complicado en el delito u ofensa que se le ha hecho. San Gregorio dice que si para aplacar a un ofendido llamamos a uno que es su enemigo, en vez de aplacarlo lo irritamos más. Siendo que María iba a colaborar con Cristo a conseguir la paz entre Dios y nosotros, no convenía que ella fuera una pecadora o enemiga de Dios sino todo lo contrario: una mujer con el alma totalmente libre de toda mancha de pecado.

Convenía que María no tuviera la mancha del pecado original porque ella estaba destinada a llevar entre sus brazos al que iba a pisar la cabeza del enemigo infernal, según la promesa que Dios hizo en el Paraíso terrenal, cuando le dijo a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre su descendencia y la tuya, y la descendencia de Ella te pisará la cabeza” (Génesis 3). Si María iba a ser la mujer fuerte que traería al que iba a aplastar la cabeza de Lucifer, convenía que Ella no estuviera ni siquiera por poco tiempo manchada con el pecado con el cual Lucifer manchó el alma de nuestros primeros padres. La que nos iba a ayudar a librarnos de toda mancha de pecado convenía que no tuviera ninguna mancha de pecado.

San Buenaventura dice: “Convenía que María que venía a librarnos de la vergüenza de estar manchados con el pecado, lograra verse libre de las derrotas que el demonio proporciona”.

Pero la razón principal por la cual convenía que el Padre Celestial librara a María de todo pecado es porque la tenía destinada a ser Madre de su Santísimo Hijo. San Bernardino decía que si no hubiera otros motivos bastaría este: que por el honor de su Hijo que es Dios, al Padre Celestial le convenía librar a María de toda mancha de pecado.

Santo Tomás enseña que lo que se consagra totalmente a Dios debe ser santo y libre de toda mancha. ¿Y qué creatura humana ha sido consagrada más perfectamente a Dios que la Virgen María? El rey David decía que un templo no se destina para los seres humanos solamente, sino sobre todo para Dios (1 Crónicas 29) y así también el Creador que formó a la Santísima Virgen con un fin principal: ser Madre de su Santísimo, seguramente adornó su alma con los más bellos adornos, y entre todos, el mejor: el estar libre de toda mancha de pecado, para que fuera digna morada donde iba a vivir nueve meses el Salvador del mundo.

San Dionisio afirma: “Dios preparó a su Hijo la más santa y bella morada en ese mundo: el alma de su Madre Santísima, libre de toda mancha”.

Y algo parecido dice la liturgia de la Iglesia cuando reza esta oración: “Oh Dios Omnipotente que por medio del Espíritu Santo has preparado el cuerpo y el alma de María como digna morada de tu Hijo, concédenos a los que la invocamos, vernos libres de todo mal. Amén”.

Gloria de los hijos es proceder de padres de intachable conducta. El libro de los Proverbios dice: “La gloria de los hijos son sus padres” (Prov. 17, 6). La gente llega a aceptar que los demás digan que sus padres eran pobres o ignorantes, pero lo que no desean de ninguna manera es que puedan afirmar que sus padres no eran gente buena. ¿Y cómo nos pudiéramos nosotros imaginar que Dios pudiendo hacer que su Hijo naciera de una mujer libre de toda mancha de pecado, hubiera permitido que Ella hubiera estado manchada por el pecado, y que Lucifer pudiera afirmar que aunque fuera por poco tiempo, había logrado esclavizar con el pecado a la Madre de Dios? No, esto nunca lo iba a permitir el buen Dios.

Por eso la Iglesia griega en uno de sus himnos dice: “Por especial Providencia hizo Dios que la Santísima Virgen desde el principio de su vida fuera tan totalmente pura cuanto convenía a su dignidad de Madre de Dios”.

Los santos dicen que a ninguna otra creatura le concede Dios alguna virtud o cualidad espiritual que no le haya dado antes a la Madre de su Hijo. San Bernardo afirma: “Las cualidades o virtudes que a otros santos da Dios, no se las negó a la Madre del Redentor”. Santo Tomás de Villanueva dice: “Esas cualidades y virtudes y privilegios que Dios les ha concedido a otros santos, ya antes los había regalado a la Santísima Virgen, y aún mucho mayores”. Y San Juan Damasceno se atreve a exclamar: “Entre las virtudes de la Santísima Virgen y las de los santos hay tanta diferencia como del cielo a la tierra”, y Santo Tomás explica que Ella es la Madre y los demás santos son simplemente “siervos”, y que se le acostumbra conceder más privilegios a la Madre que a los siervos.

San Anselmo se pregunta: ¿Pudo Dios preservar a ciertos ángeles de toda mancha de pecado, y no podía preservar a su propia Madre? ¿Pudo Dios crear a Eva sin mancha de pecado y no iba a poder crear el alma de María sin esa mancha? Y si pudo hacerlo y le convenía hacerlo, ¿por qué no iba a hacerlo?

Y continúa el gran doctor San Anselmo: “Era verdaderamente justo que a la Virgen a la cual tenía Dios reservada para ser Madre de su Hijo, la adornara con tan gran pureza que no sólo aventajara a los seres humanos y a los ángeles sino que también se pudiera decir de Ella que en pureza sólo le gana Dios”.

San Juan Damasceno exclama: “Dios vigilaba cerca de la Santísima Virgen, para que fuera totalmente pura, porque Ella iba a albergar por nueve meses al Salvador del mundo y lo iba a acompañar en todos sus 33 años sobre la tierra. La que iba a estar junto al más puro de todos los habitantes de la tierra, debía ser también totalmente Inmaculada y libre de toda mancha de pecado”.

De María se pueden repetir las palabras del Cantar de los Cantares: “Eres como un lirio entre espinas” (C. 2, 2). Todos fuimos manchados y somos como espinas, y Ella como un lirio blanquísimo, permaneció Inmaculada, sin mancha de pecado.

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Especial de Ntra. Sra. de Fátima

Reparemos el corazón de Nuestra Santísima Madre

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Nuestra Señora de Guadalupe

 

La Asunción de la Santísima Virgen María

 

Oda a la Asunción

Al cielo vais, Señora,
y allá os reciben con alegre canto.
¡Oh quién pudiera ahora
asirse a vuestro manto
para subir con vos al monte santo!

 De ángeles sois llevada

de quien servida sois desde la cuna,
de estrellas coronada:
¡ Tal Reina habrá ninguna,
pues os calza los pies la blanca luna!

Volved los blancos ojos,
ave preciosa, sola humilde y nueva,
a este valle de abrojos,
que tales flores lleva,
do suspirando están los hijos de Eva.

Que, si con clara vista,
miráis las tristes almas desde el suelo,
con propiedad no vista,
las subiréis de un vuelo,
como piedra de imán al cielo, al cielo.

Fray Luis de León

Tomado de:

http://eccechristianus.wordpress.com/

Acto de Consagración al Inmaculado Corazón de María

¡Oh Reina del Santísimo Rosario, auxilio de los cristianos, refugio del género humano, vencedora de todas las batallas de Dios! Ante vuestro Trono nos postramos suplicantes, seguros de impetrar misericordia y de alcanzar gracia y oportuno auxilio y defensa en las presentes calamidades, no por nuestros méritos, de los que no presumimos, sino únicamente por la inmensa bondad de vuestro maternal Corazón.
En esta hora trágica de la historia humana, a Vos, a vuestro Inmaculado Corazón, nos entregamos y nos consagramos, no sólo en unión con la Santa Iglesia, cuerpo místico de vuestro Hijo Jesús, que sufre y sangra en tantas partes y de tantos modos atribulada, sino también con todo el Mundo dilacerado por atroces discordias, abrasado en un incendio de odio, víctima de sus propias iniquidades.
Que os conmuevan tantas ruinas materiales y morales, tantos dolores, tantas angustias de padres y madres, de esposos, de hermanos, de niños inocentes; tantas vidas cortadas en flor, tantos cuerpos despedazados en la horrenda carnicería, tantas almas torturadas y agonizantes, tantas en peligro de perderse eternamente.
Vos, oh Madre de misericordia, impetradnos de Dios la paz; y, ante todo, las gracias que pueden convertir en un momento los humanos corazones, las gracias que preparan, concilian y aseguran la paz. Reina de la paz, rogad por nosotros y dad al mundo en guerra la paz por que suspiran los pueblos, la paz en la verdad, en la justicia, en la caridad de Cristo. Dadle la paz de las armas y la paz de las almas, para que en la tranquilidad del orden se dilate el reino de Dios.
Conceded vuestra protección a los infieles y a cuantos yacen aún en las sombras de la muerte; concédeles la paz y haced que brille para ellos el sol de la verdad y puedan repetir con nosotros ante el único Salvador del mundo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

 Obtened paz y libertad completa para la Iglesia Santa de Dios; contened el diluvio inundante del neopaganismo, fomentad en los fieles el amor a la pureza, la práctica de la vida cristiana y del celo apostólico, a fin de que aumente en méritos y en número el pueblo de los que sirven a Dios.

Dad la paz a los pueblos separados por el error o la discordia, especialmente a aquellos que os profesan singular devoción y en los cuales no había casa donde no se hallase honrada vuestra venerada imagen (hoy quizá oculta y retirada para mejores tiempos), y haced que retornen al único redil de Cristo bajo el único verdadero Pastor.

Finalmente, así como fueron consagrados al Corazón de vuestro Hijo Jesús la Iglesia y todo el género humano, para que, puestas en El todas las esperanzas, fuese para ellos señal y prenda de victoria y de salvación; de igual manera, oh Madre nuestra y Reina del Mundo, también nos consagramos para siempre a Vos, a vuestro Inmaculado Corazón, para que vuestro amor y patrocinio aceleren el triunfo del Reino de Dios, y todas las gentes, pacificadas entre sí y con Dios, os proclamen bienaventurada y entonen con Vos, de un extremo a Otro de la tierra, el eterno Magníficat de gloria, de amor, de reconocimiento al Corazón de Jesús, en sólo el cual pueden hallar la Verdad, la Vida y la Paz.
Pío PP. XII

Tomado de:

http://devocioncatolica.blogspot.com

La Bienaventurada Virgen María, Reina

31 de Mayo

María Reina

AD CÆLI REGINAM

MAGISTERIO: PIO XII SOBRE LA REALEZA DE MARÍA SANTÍSIMA – AD CÆLI REGINAM

Constitución apostólica de S.S. Pío XII sobre la realeza de María

11 de octubre de 1954

A la Reina del Cielo, ya desde los primeros siglos de la Iglesia católica, elevó el pueblo cristiano suplicantes oraciones e himnos de loa y piedad, así en sus tiempos de felicidad y alegría como en los de angustia y peligros; y nunca falló la esperanza en la Madre del Rey divino, Jesucristo, ni languideció aquella fe que nos enseña cómo la Virgen María, Madre de Dios, reina en todo el mundo con maternal corazón, al igual que está coronada con la gloria de la realeza en la bienaventuranza celestial.

Y ahora, después de las grandes ruinas que aun ante Nuestra vista han destruido florecientes ciudades, villas y aldeas; ante el doloroso espectáculo de tales y tantos males morales que amenazadores avanzan en cenagosas oleadas, a la par que vemos resquebrajarse las bases mismas de la justicia y triunfar la corrupción, en este incierto y pavoroso estado de cosas Nos vemos profundamente angustiados, pero recurrimos confiados a nuestra Reina María, poniendo a sus pies, junto con el Nuestro, los sentimientos de devoción de todos los fieles que se glorían del nombre de cristianos.

Introducción

2. Place y es útil recordar que Nos mismo, en el primer día de noviembre del Año Santo, 1950, ante una gran multitud de Eminentísimos Cardenales, de venerables Obispos, de Sacerdotes y de cristianos, llegados de las partes todas del mundo -decretamos el dogma de la Asunción de la Beatísima Virgen María al Cielo (1), donde, presente en alma y en cuerpo, reina entre los coros de los Angeles y de los Santos, a una con su unigénito Hijo. Además, al cumplirse el centenario de la definición dogmática -hecha por Nuestro Predecesor, Pío IX, de i. m.- de la Concepción de la Madre de Dios sin mancha alguna de pecado original, promulgamos (2)el Año Mariano, durante el cual vemos con suma alegría que no sólo en esta alma Ciudad -singularmente en la Basílica Liberiana, donde innumerables muchedumbres acuden a manifestar públicamente su fe y su ardiente amor a la Madre celestial- sino también en toda las partes del mundo vuelve a florecer cada vez más la devoción hacia la Virgen Madre de Dios, mientras los principales Santuarios de María han acogido y acogen todavía imponentes peregrinaciones de fieles devotos.

Y todos saben cómo Nos, siempre que se Nos ha ofrecido la posibilidad, esto es, cuando hemos podido dirigir la palabra a Nuestros hijos, que han llegado a visitarnos, y cuando por medio de las ondas radiofónicas hemos dirigido mensajes aun a pueblos alejados, jamás hemos cesado de exhortar a todos aquellos, a quienes hemos podido dirigirnos, a amar a nuestra benignísima y poderosísima Madre con un amor tierno y vivo, cual cumple a los hijos.

Recordamos a este propósito particularmente el Radiomensaje que hemos dirigido al pueblo de Portugal, al ser coronada la milagrosa Virgen de Fátima (3), Radiomensaje que Nos mismo hemos llamado de la “Realeza” de María (4).

3. Por todo ello, y como para coronar estos testimonios todos de Nuestra piedad mariana, a los que con tanto entusiasmo ha respondido el pueblo cristiano, para concluir útil y felizmente el Año Mariano que ya está terminando, así como para acceder a las insistentes peticiones que de todas partes Nos han llegado, hemos determinado instituir la fiesta litúrgica de la “Bienaventurada María Virgen Reina”.

Cierto que no se trata de una nueva verdad propuesta al pueblo cristiano, porque el fundamento y las razones de la dignidad real de María, abundantemente expresadas en todo tiempo, se encuentran en los antiguos documentos de la Iglesia y en los libros de la sagrada liturgia.

Mas queremos recordarlos ahora en la presente Encíclica para renovar las alabanzas de nuestra celestial Madre y para hacer más viva la devoción en las almas, con ventajas espirituales.

I. Tradición

4. Con razón ha creído siempre el pueblo cristiano, aun en los siglos pasados, que Aquélla, de la que nació el Hijo del Altísimo, que reinará eternamente en la casa de Jacob (5) y [será] Príncipe de la Paz (6)Rey de los reyes y Señor de los señores (7), por encima de todas las demás criaturas recibió de Dios singularísimos privilegios de gracia. Y considerando luego las íntimas relaciones que unen a la madre con el hijo, reconoció fácilmente en la Madre de Dios una regia preeminencia sobre todos los seres.

Por ello se comprende fácilmente cómo ya los antiguos escritores de la Iglesia, fundados en las palabras del arcángel San Gabriel que predijo el reinado eterno del Hijo de María (8), y en las de Isabel que se inclinó reverente ante ella, llamándola Madre de mi Señor (9), al denominar a María Madre del Rey y Madre del Señor, querían claramente significar que de la realeza del Hijo se había de derivar a su Madre una singular elevación y preeminencia.

5. Por esta razón San Efrén, con férvida inspiración poética, hace hablar así a María: Manténgame el cielo con su abrazo, porque se me debe más honor que a él; pues el cielo fue tan sólo tu trono, pero no tu madre. ¡Cuánto más no habrá de honrarse y venerarse a la Madre del Rey que a su trono! (10). Y en otro lugar ora él así a María: … virgen augusta y dueña, Reina, Señora, protégeme bajo tus alas, guárdame, para que no se gloríe contra mí Satanás, que siembra ruinas, ni triunfe contra mí el malvado enemigo (11). -San Gregorio Nacianceno llama a María Madre del Rey de todo el universo, Madre Virgen, [que] ha parido al Rey de todo el mundo (12). Prudencio, a su vez, afirma que la Madre se maravilló de haber engendrado a Dios como hombre sí, pero también como Sumo Rey (13). -Esta dignidad real de María se halla, además, claramente afirmada por quienes la llaman
Señora, Dominadora, Reina. -Ya en una homilía atribuida a Orígenes, Isabel saluda a María Madre de mi Señor,y aun la dice también: Tú eres mi señora (14). -Lo mismo se deduce de San Jerónimo, cuando expone su pensamiento sobre las varias “interpretaciones” del nombre de “María”: Sépase que María en la lengua siriaca significa Señora (15). E igualmente se expresa, después de él, San Pedro Crisólogo: El nombre hebreo Maríase traduce Domina en latín; por lo tanto, el ángel la saluda Señora para que se vea libre del temor servil la Madre del Dominador, pues éste, como hijo, quiso que ella naciera y fuera llamada Señora (16). -San Epifanio, obispo de Constantinopla, escribe al Sumo Pontífice Hormisdas, que se ha de implorar la unidad de la Iglesiapor la gracia de la santa y consubstancial Trinidad y por la intercesión de nuestra santa Señora, gloriosa Virgen y Madre de Dios, María (17). -Un autor del mismo tiempo saluda solemnemente con estas palabras a la Bienaventurada Virgen sentada a la diestra de Dios, para que pida por nosotros: Señora de los mortales, santísima Madre de Dios (18). -San Andrés de Creta atribuye frecuentemente la dignidad de reina a la Virgen, y así escribe: [Jesucristo] lleva en este día como Reina del género humano, desde la morada terrenal [a los cielos] a su Madre siempre Virgen, en cuyo seno, aun permaneciendo Dios, tomó la carne humana (19). Y en otra parte: Reina de todos los hombres, porque, fiel de hecho al significado de su nombre, se encuentra por encima de todos, si sólo a Dios se exceptúa (20). -También San Germán se dirige así a la humilde Virgen:Siéntate, Señora: eres Reina y más eminente que los reyes todos, y así te corresponde sentarte en el puesto más alto (21); y la llama Señora de todos los que en la tierra habitan (22). -San Juan Damasceno la proclamaReina, Dueña, Señora (23) y también Señora de todas las criaturas (24); y un antiguo escritor de la Iglesia occidental la llama Reina feliz, Reina eterna, junto al Hijo Rey, cuya nivea cabeza está adornada con áurea corona (25). -Finalmente, San Ildefonso de Toledo resume casi todos los títulos de honor en este saludo:¡Oh Señora mía!, ¡oh Dominadora mía!: tú mandas en mí, Madre de mi Señor…, Señora entre las esclavas, Reina entre las hermanas (26).

6. Los Teólogos de la Iglesia, extrayendo su doctrina de estos y otros muchos testimonios de la antigua tradición, han llamado a la Beatísima Madre Virgen Reina de todas las cosas creadas, Reina del mundo, Señora del universo.

7. Los Sumos Pastores de la Iglesia creyeron deber suyo el aprobar y excitar con exhortaciones y alabanzas la devoción del pueblo cristiano hacia la celestial Madre y Reina.

Dejando aparte documentos de los Papas recientes, recordaremos que ya en el siglo séptimo Nuestro Predecesor San Martín llamó a María nuestra Señora gloriosa, siempre Virgen (27); San Agatón, en la carta sinodal, enviada a los Padres del Sexto Concilio Ecuménico, la llamó Señora nuestra, verdadera y propiamente Madre de Dios (28); y en el siglo octavo, Gregorio II en una carta enviada al patriarca San Germán, leída entre aclamaciones de los Padres del Séptimo Concilio Ecuménico, proclamaba a María Señora de todos y verdadera Madre de Dios y Señora de todos los cristianos (29).

Recordaremos igualmente que Nuestro Predecesor, de i. m., Sixto IV, en la bula Cum praexcelsa (30), al referirse favorablemente a la doctrina de la inmaculada concepción de la Bienaventurada Virgen, comienza con estas palabras: Reina, que siempre vigilante intercede junto al Rey que ha engendrado. E igualmente Benedicto XIV, en la bula Gloriosae Dominae (31) llama a María Reina del Cielo y de la tierra, afirmando que el Sumo Rey le ha confiado a ella, en cierto modo, su propio imperio.

Por ello San Alfonso de Ligorio, resumiendo toda la tradición de los siglos anteriores, escribió con suma devoción: Porque la Virgen María fue exaltada a ser la Madre del Rey de los reyes, con justa razón la Iglesia la honra con el título de Reina (32).

II. Liturgia

8. La sagrada Liturgia, fiel espejo de la enseñanza comunicada por los Padres y creída por el pueblo cristiano, ha cantado en el correr de los siglos y canta de continuo, así en Oriente como en Occidente, las glorias de la celestial Reina.

9. Férvidos resuenan los acentos en el Oriente: Oh Madre de Dios, hoy eres trasladada al cielo sobre los carros de los querubines, y los serafines se honran con estar a tus órdenes, mientras los ejércitos de la celestial milicia se postran ante Ti (33). -Y también: Oh justo, beatísimo [José], por tu real origen has sido escogido entre todos como Esposo de la Reina Inmaculada, que de modo inefable dará a luz al Rey Jesús (34). Y además: Himno cantaré a la Madre Reina, a la cual me vuelvo gozoso, para celebrar con alegría sus glorias… Oh Señora, nuestra lengua no te puede celebrar dignamente, porque Tú, que has dado a la luz a Cristo Rey, has sido exaltada por encima de los serafines. … Salve, Reina del mundo, salve, María, Señora de todos nosotros (35). -En el Misal Etiópico se lee: Oh María, centro del mundo entero…, Tú eres más grande que los querubines plurividentes y que los serafines multialados. … El cielo y la tierra están llenos de la santidad de tu gloria (36).

10. Canta la Iglesia Latina la antigua y dulcísima plegaria “Salve Regina”, las alegres antífonas “Ave Regina caelorum”, “Regina caeli laetare alleluia” y otras recitadas en las varias fiestas de la Bienaventurada Virgen María: Estuvo a tu diestra como Reina, vestida de brocado de oro (37)La tierra y el cielo te cantan cual Reina poderosa (38)Hoy la Virgen María asciende al cielo; alegraos, porque con Cristo reina para siempre(39).

A tales cantos han de añadirse las Letanías Lauretanas que invitan al pueblo católico diariamente a invocar como Reina a María; y hace ya varios siglos que, en el quinto misterio glorioso del Santo Rosario, los fieles con piadosa meditación contemplan el reino de María que abarca cielo y tierra.

11. Finalmente, el arte, al inspirarse en los principios de la fe cristiana, y como fiel intérprete de la espontánea y auténtica devoción del pueblo, ya desde el Concilio de Efeso, ha acostumbrado a representar a María como Reina y Emperatriz que, sentada en regio trono y adornada con enseñas reales, ceñida la cabeza con corona, y rodeada por los ejércitos de ángeles y de santos, manda no sólo en las fuerzas de la naturaleza, sino también sobre los malvados asaltos de Satanás. La iconografía, también en lo que se refiere a la regia dignidad de María, se ha enriquecido en todo tiempo con obras de valor artístico, llegando hasta representar al Divino Redentor en el acto de ceñir la cabeza de su Madre con fúlgica corona.

12. Los Romanos Pontífices, favoreciendo a esta devoción del pueblo cristiano, coronaron frecuentemente con la diadena, ya por sus propias manos, ya por medio de Legados pontificios, las imágenes de la Virgen Madre de Dios, insignes tradicionalmente en la pública devoción.

III. Razones teológicas

13. Como ya hemos señalado más arriba, Venerables Hermanos, el argumento principal, en que se funda la dignidad real de María, evidente ya en los textos de la tradición antigua y en la sagrada Liturgia, es indudablemente su divina maternidad. De hecho, en las Sagradas Escrituras se afirma del Hijo que la Virgen dará a luz: Será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin (40); y, además, María es proclamada Madre del Señor(41). Síguese de ello lógicamente que Ella misma es Reina, pues ha dado vida a un Hijo que, ya en el instante mismo de su concepción, aun como hombre, era Rey y Señor de todas las cosas, por la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo.

San Juan Damasceno escribe, por lo tanto, con todo derecho: Verdaderamente se convirtió en Señora de toda la creación, desde que llegó a ser Madre del Creador (42); e igualmente puede afirmarse que fue el mismo arcángel Gabriel el primero que anunció con palabras celestiales la dignidad regia de María.

14. Mas la Beatísima Virgen ha de ser proclamada Reina no tan sólo por su divina maternidad, sino también en razón de la parte singular que por voluntad de Dios tuvo en la obra de nuestra eterna salvación.

¿Qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave -como escribía Nuestro Predecesor, de f. m., Pío XI- que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista adquirido a costa de la Redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador; “Fuisteis rescatados, no con oro o plata, … sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un Cordero inmaculado” (43). No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo “por precio grande” (44)
nos ha comprado (45).

Ahora bien, en el cumplimiento de la obra de la Redención, María Santísima estuvo, en verdad, estrechamente asociada a Cristo; y por ello justamente canta la Sagrada Liturgia: Dolorida junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo estaba Santa María, Reina del cielo y de la tierra (46).

Y la razón es que, como ya en la Edad Media escribió un piadosísimo discípulo de San Anselmo: Así como… Dios, al crear todas las cosas con su poder, es Padre y Señor de todo, así María, al reparar con sus méritos las cosas todas, es Madre y Señor de todo: Dios es el Señor de todas las cosas, porque las ha constituido en su propia naturaleza con su mandato, y María es la Señora de todas las cosas, al devolverlas a su original dignidad mediante la gracia que Ella mereció (47). La razón es que, así como Cristo por el título particular de la Redención es nuestro Señor y nuestro Rey, así también la Bienaventurada Virgen [es nuestra Señora y Reina] por su singular concurso prestado a nuestra redención, ya suministrando su sustancia, ya ofreciéndolo voluntariamente por nosotros, ya deseando, pidiendo y procurando para cada uno nuestra salvación (48).

15. Dadas estas premisas, puede argumentarse así: Si María, en la obra de la salvación espiritual, por voluntad de Dios fue asociada a Cristo Jesús, principio de la misma salvación, y ello en manera semejante a la en que Eva fue asociada a Adán, principio de la misma muerte, por lo cual puede afirmarse que nuestra redención se cumplió según una cierta “recapitulación” (49), por la que el género humano, sometido a la muerte por causa de una virgen, se salva también por medio de una virgen; si, además, puede decirse que esta gloriosísima Señora fue escogida para Madre de Cristo precisamente para estar asociada a El en la redención del género humano (50) “y si realmente fue Ella, la que, libre de toda mancha personal y original, unida siempre estrechísimamente con su Hijo, lo ofreció como nueva Eva al Eterno Padre en el Gólgota, juntamente con el holocausto de sus derechos maternos y de su maternal amor, por todos los hijos de Adán manchados con su deplorable pecado” (51); se podrá de todo ello legítimamente concluir que, así como Cristo, el nuevo Adán, es nuestro Rey no sólo por ser Hijo de Dios, sino también por ser nuestro Redentor, así, según una cierta analogía, puede igualmente afirmarse que la Beatísima Virgen es Reina, no sólo por ser Madre de Dios, sino también por haber sido asociada cual nueva Eva al nuevo Adán.

Y, aunque es cierto que en sentido estricto, propio y absoluto, tan sólo Jesucristo -Dios y hombre- es Rey, también María, ya como Madre de Cristo Dios, ya como asociada a la obra del Divino Redentor, así en la lucha con los enemigos como en el triunfo logrado sobre todos ellos, participa de la dignidad real de Aquél, siquiera en manera limitada y analógica. De hecho, de esta unión con Cristo Rey se deriva para Ella sublimidad tan espléndida que supera a la excelencia de todas las cosas creadas: de esta misma unión con Cristo nace aquel regio poder con que ella puede dispensar los tesoros del Reino del Divino Redentor; finalmente, en la misma unión con Cristo tiene su origen la inagotable eficacia de su maternal intercesión junto al Hijo y junto al Padre.

No hay, por lo tanto, duda alguna de que María Santísima supera en dignidad a todas las criaturas, y que, después de su Hijo, tiene la primacía sobre todas ellas. Tú finalmente -canta San Sofronio- has superado en mucho a toda criatura… ¿Qué puede existir más sublime que tal alegría, oh Virgen Madre? ¿Qué puede existir más elevado que tal gracia, que Tú sola has recibido por voluntad divina? (52). Alabanza, en la que aun va más allá San Germán: Tu honrosa dignidad te coloca por encima de toda la creación: Tu excelencia te hace superior aun a los mismos ángeles (53). Y San Juan Damasceno llega a escribir esta expresión: Infinita es la diferencia entre los siervos de Dios y su Madre (54).

16. Para ayudarnos a comprender la sublime dignidad que la Madre de Dios ha alcanzado por encima de las criaturas todas, hemos de pensar bien que la Santísima Virgen, ya desde el primer instante de su concepción, fue colmada por abundancia tal de gracias que superó a la gracia de todos los Santos.

Por ello -como escribió Nuestro Predecesor Pío IX, de f. m., en su Bula- Dios inefable ha enriquecido a María con tan gran munificencia con la abundancia de sus dones celestiales, sacados del tesoro de la divinidad, muy por encima de los Angeles y de todos los Santos, que Ella, completamente inmune de toda mancha de pecado, en toda su belleza y perfección, tuvo tal plenitud de inocencia y de santidad que no se puede pensar otra más grande fuera de Dios y que nadie, sino sólo Dios, jamás llegará a comprender (55).

17. Además, la Bienaventurada Virgen no tan sólo ha tenido, después de Cristo, el supremo grado de la excelencia y de la perfección, sino también una participación de aquel influjo por el que su Hijo y Redentor nuestro se dice justamente que reina en la mente y en la voluntad de los hombres. Si, de hecho, el Verbo opera milagros e infunde la gracia por medio de la humanidad que ha asumido, si se sirve de los sacramentos, y de sus Santos, como de instrumentos para salvar las almas, ¿cómo no servirse del oficio y de la obra de su santísima Madre para distribuirnos los frutos de la Redención?

Con ánimo verdaderamente maternal -así dice el mismo Predecesor Nuestro, Pío IX, de i. m.- al tener en sus manos el negocio de nuestra salvación, Ella se preocupa de todo el género humano, pues está constituida por el Señor Reina del cielo y de la tierra y está exaltada sobre los coros todos de los Angeles y sobre los grados todos de los Santos en el cielo, estando a la diestra de su unigénito Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, con sus maternales súplicas impetra eficacísimamente, obtiene cuanto pide, y no puede no ser escuchada(56).

A este propósito, otro Predecesor Nuestro, de f. m., León XIII, declaró que a la Bienaventurada Virgen María le ha sido concedido un poder casi inmenso en la distribución de las gracias (57); y San Pío X añade que María cumple este oficio suyo como por derecho materno (58).

18. Gloríense, por lo tanto, todos los cristianos de estar sometidos al imperio de la Virgen Madre de Dios, la cual, a la par que goza de regio poder, arde en amor maternal.

Mas, en estas y en otras cuestiones tocantes a la Bienaventurada Virgen, tanto los Teólogos como los predicadores de la divina palabra tengan buen cuidado de evitar ciertas desviaciones, para no caer en un doble error; esto es, guárdense de las opiniones faltas de fundamento y que con expresiones exageradas sobrepasan los límites de la verdad; mas, de otra parte, eviten también cierta excesiva estrechez de mente al considerar esta singular, sublime y -más aún- casi divina dignidad de la Madre de Dios, que el Doctor Angélico nos enseñaa que se ha de ponderar en razón del bien infinito, que es Dios (59).

Por lo demás, en este como en otros puntos de la doctrina católica, la “norma próxima y universal de la verdad” es para todos el Magisterio, vivo, que Cristo ha constituido “también para declarar lo que en el depósito de la fe no se contiene sino oscura y como implícitamente” (60).

19. De los monumentos de la antigüedad cristiana, de las plegarias de la liturgia, de la innata devoción del pueblo cristiano, de las obras de arte, de todas partes hemos recogido expresiones y acentos, según los cuales la Virgen Madre de Dios sobresale por su dignidad real; y también hemos mostrado cómo las razones, que la Sagrada Teología ha deducido del tesoro de la fe divina, confirman plenamente esta verdad. De tantos testimonios reunidos se entreforma un concierto, cuyos ecos resuenan en la máxima amplitud, para celebrar la alta excelencia de la dignidad real de la Madre de Dios y de los hombres, que ha sido exaltada a los reinos celestiales, por encima de los coros angélicos (61).

IV. Institución de la fiesta

20. Y ante Nuestra convicción, luego de maduras y ponderadas reflexiones, de que seguirán grandes ventajas para la Iglesia si esta verdad sólidamente demostrada resplandece más evidente ante todos, como lucerna más brillante en lo alto de su candelabro, con Nuestra Autoridad Apostólica decretamos e instituimos la fiesta de María Reina, que deberá celebrarse cada año en todo el mundo el día 31 de mayo. Y mandamos que en dicho día se renueve la consagración del género humano al Inmaculado Corazón de la bienaventurada Virgen María. En ello, de hecho, está colocada la gran esperanza de que pueda surgir una nueva era tranquilizada por la paz cristiana y por el triunfo de la religión.

Procuren, pues, todos acercarse ahora con mayor confianza que antes, todos cuantos recurren al trono de la gracia y de la misericordia de nuestra Reina y Madre, para pedir socorro en la adversidad, luz en las tinieblas, consuelo en el dolor y en el llanto, y, lo que más interesa, procuren liberarse de la esclavitud del pecado, a fin de poder presentar un homenaje insustituible, saturado de encendida devoción filial, al cetro real de tan grande Madre. Sean frecuentados sus templos por las multitudes de los fieles, para en ellos celebrar sus fiestas; en las manos de todos esté la corona del Rosario para reunir juntos, en iglesias, en casas, en hospitales, en cárceles, tanto los grupos pequeños como las grandes asociaciones de fieles, a fin de celebrar sus glorias. En sumo honor sea el nombre de María más dulce que el néctar, más precioso que toda joya; nadie ose pronunciar impías blasfemias, señal de corrompido ánimo, contra este nombre, adornado con tanta majestad y venerable por la gracia maternal; ni siquiera se ose faltar en modo alguno de respeto al mismo. Se empeñen todos en imitar, con vigilante y diligente cuidado, en sus propias costumbres y en su propia alma, las grandes virtudes de la Reina del Cielo y nuestra Madre amantísima. Consecuencia de ello será que los cristianos, al venerar e imitar a tan gran Reina y Madre, se sientan finalmente hermanos, y, huyendo de los odios y de los desenfrenados deseos de riquezas, promuevan el amor social, respeten los derechos de los pobres y amen la paz. Que nadie, por lo tanto, se juzgue hijo de María, digno de ser acogido bajo su poderosísima tutela si no se mostrare, siguiendo el ejemplo de ella, dulce, casto y justo, contribuyendo con amor a la verdadera fraternidad, no dañando ni perjudicando, sino ayudando y consolando.

21. En muchos países de la tierra hay personas injustamente perseguidas a causa de su profesión cristiana y privadas de los derechos humanos y divinos de la libertad: para alejar estos males de nada sirven hasta ahora las justificadas peticiones ni las repetidas protestas. A estos hijos inocentes y afligidos vuelva sus ojos de misericordia, que con su luz llevan la serenidad, alejando tormentas y tempestades, la poderosa Señora de las cosas y de los tiempos, que sabe aplacar las violencias con su planta virginal; y que también les conceda el que pronto puedan gozar la debida libertad para la práctica de sus deberes religiosos, de tal suerte que, sirviendo a la causa del Evangelio con trabajo concorde, con egregias virtudes, que brillan ejemplares en medio de las asperezas, contribuyan también a la solidez y a la prosperidad de la patria terrenal.

22. Pensamos también que la fiesta instituida por esta Carta encíclica, para que todos más claramente reconozcan y con mayor cuidado honren el clemente y maternal imperio de la Madre de Dios, pueda muy bien contribuir a que se conserve, se consolide y se haga perenne la paz de los pueblos, amenazada casi cada día por acontecimientos llenos de ansiedad. ¿Acaso no es Ella el arco iris puesto por Dios sobre las nubes, cual signo de pacífica alianza? (62). Mira al arco, y bendice a quien lo ha hecho; es muy bello en su resplandor; abraza el cielo con su cerco radiante y las Manos del Excelso lo han extendido (63). Por lo tanto, todo el que honra a la Señora de los celestiales y de los mortales -y que nadie se crea libre de este tributo de reconocimiento y de amor- la invoque como Reina muy presente, mediadora de la paz; respete y defienda la paz, que no es la injusticia inmune ni la licencia desenfrenada, sino que, por lo contrario, es la concordia bien ordenada bajo el signo y el mandato de la voluntad de Dios: a fomentar y aumentar concordia tal impulsan las maternales exhortaciones y los mandatos de María Virgen.

Deseando muy de veras que la Reina y Madre del pueblo cristiano acoja estos Nuestros deseos y que con su paz alegre a los pueblos sacudidos por el odio, y que a todos nosotros nos muestre, después de este destierro, a Jesús que será para siempre nuestra paz y nuestra alegría, a Vosotros, Venerables Hermanos, y a vuestros fieles, impartimos de corazón la Bendición Apostólica, como auspicio de la ayuda de Dios omnipotente y en testimonio de Nuestro amor.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de la Maternidad de la Virgen María, el día 11 de octubre de 1954, décimosexto de Nuestro Pontificado.

Notas

1. Cf. const. apost. Munificentissimus Deus: A.A.S. 32 [1950], 753 ss.

2. Cf. enc. Fulgens corona: A.A.S. 35 [1953] 577 ss.

3. Cf. A.A.S. 38 [1946] 264 ss.

4. Cf. Osservat. Rom., 19 maggio 1946.

5. Luc. 1, 32.

6. Is. 9, 6.

7. Apoc. 19, 16.

8. Cf. Luc. 1, 32. 33.

9. Luc. 1, 43.

10. S. Ephraem Hymni de B. María (ed. Th. J. Lamy t. 2, Mechliniae, 1886) hymn. XIX, p. 624.

11. Idem Orat. ad Ssmam. Dei Matrem: Opera omnia (ed. Assemani t. 3 [graece] Romae, 1747, p. 546).

12. S. Greg. Naz. Poemata dogmatica XVIII v. 58 PG 37, 485.

13. Prudent. Dittochaeum XXVII PL 60, 102 A.

14. Hom. in S. Luc. hom. VII (ed. Rauer Origines’ Werke t. 9, 48 [ex “catena” Macarii Chrysocephali]). Cf. PG 13, 1902 D.

15. S. Hier. Liber de nominibus hebraeis: PL 23, 886.

16. S. Petrus Chrysol., Sermo 142 De Annuntiatione B.M.V.: PL 52, 579 C; cf. etiam 582 B; 584 A: “Regina totius exstitit castitatis”.

17. Relatio Epiphani ep. Constantin. PL 63, 498 D.

18. Encomium in Dormitionem Ssmae. Deiparae [inter opera S. Modesti] PG 86, 3306 B.

19. S. Andreas Cret., Hom. 2 in Dormitionem Ssmae. Deiparae: PG 97, 1079 B.

20. Id., Hom. 3 in Dormit. Ssmae. Deip.: PG 97, 1099 A.

21. S. Germanus In Praesentationem Sanctissimae Deiparae 1 PG 98, 303 A.

22. Id., ibid. 2 PG 98, 315 C.

23. S. Ioannes Damasc., Hom. 1 In Dormitionem B.M.V.: PG 96, 719 A.

24. Id. De fide orthodoxa 4, 14 PG 44, 1158 B.

25. De laudibus Mariae [inter opera Venantii Fortunati] PL 88, 282 B. 283 A.

26. Ildefonsus Tolet. De virginitate perpetua B.M.V.: 96, 58 A.D.

27. S. Martinus I, epist. 14 PL 87, 199-200 A.

28. S. Agatho PL 87, 1221 A.

29. Hardouin Acta Conc. 4, 234.238 PL 89, 508 B.

30. Syxtus IV, bulla Cum praeexcelsa d. d. 28 febr. 1476.

31. Benedictus XIV, bulla Gloriosae Dominae d. d. 27 sept. 1748.

32. S. Alfonso Le glorie di Maria, 1, 1, 1.

33. Ex liturgia Armenorum: in festo Assumpt., hym. ad Mat.

34. Ex Menaeo [byzant.]: Dominica post Natalem, in Canone, ad Mat.

35. Officium hymni ‘A**** [in ritu byzant.].

36. Missale Aethiopicum: Anaphora Dominae nostrae Mariae, Matris Dei.

37. Brev. Rom.: Versic. sexti Resp.

38. Festum Assumpt., hymn. Laud.

39. Ibid., ad Magnificat II Vesp.

40. Luc. 1, 32. 33.

41. Ibid. 1, 43.

42. S. Ioannes Damasc. De fide orthodoxa 4, 14 PG 94, 1158 B.

43. 1 Pet. 1, 18. 19.

44. 1 Cor. 6, 20.

45. Pius XI, enc. Quas primas: A.A.S. 17 [1925], 599.

46. Festum septem dolorum B. M. V., tractus.

47. Eadmerus De excellentia V. M., 11 PL 159, 508 A.B.

48. Suárez De mysteriis vitae Christi disp. 22, sect. 2 (ed. Vives 19, 327).

49. S. Iren. Adv. haer. 4, 9, 1 PG 7, 1175 B.

50. Pius XI, epist. Auspicatus profecto: A.A.S. 25 [1933], 80.

51. Pius XII, enc. Mystici Corporis: A.A.S. 35 [1943], 247.

52. S. Sophronius In Annuntiationem B. M. V.: PG 87, 3238 D. 3242 A.

53. S. Germanus, Hom. 2 in Dormitionem B. M. V.: PG 98, 354 B.

54. S. Ioannes Damasc., Hom. 1 in Dormitionem B. M. V.: PG 96, 715 A.

55. Pius IX, bulla Ineffabilis Deus: Acta Pii IX 1, 597. 598.

56. Ibid., 618.

57. Leo XIII, enc. Adiutricem populi: A.A.S. 28 [1895 – 1896] 130.

58. Pius X, enc. Ad diem illum: A.A.S. 36 [1903 – 1904], 455.

59. Sum. Theol. 1, 25, 6, ad 4.

60. Pius XII, enc. Humani generis: A.A.S. 42 [1950] 69.

61. Brev. Rom.: Festum Assumpt. B. M. V.

62. Cf. Gen. 9, 13.

63. Eccli. 43, 12-13.