Contradicciones de un jubileo que llega a su fin

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Sin duda alguna, entre las claves para interpretar el pontificado del papa Francisco está su amor por la contradicción. Esta disposición de ánimo se hace patente en la carta apostólica Misericordia et misera,firmada en la clausura del Jubileo Extraordinario de la Misericordia. En dicha carta, el papa Bergoglio deja sentado que todos los que frecuentan las iglesias de los sacerdotes de la Fraternidad san Pío X pueden recibir válida y lícitamente la absolución sacramental. El Papa corrige, por tanto, lo que constituía el principal factor de irregularidaden la fraternidad que fundó monseñor Lefebvre: la validez de las confesiones. Sería contradictorio imaginar que una vez reconocidas como válidas y lícitas las confesiones no se consideren igualmente lícitas las misas celebradas por los sacerdotes de la Fraternidad, que en todo caso son ciertamente válidas. A estas alturas no se entiende qué necesidad pueda haber de un acuerdo entre Roma y la Fraternidad fundada por monseñor Lefebvre, dado que la postura de los mencionados sacerdotes está de hecho regularizada, y que los problemas que aún están sobre el tapete, como salta a la vista, son de escaso interés para el Sumo Pontífice.

En la misma carta, «para que ningún obstáculo se interponga entre la petición de reconciliación y el perdón de Dios», el papa Bergoglio concede, de ahora en adelante «a todos los sacerdotes, en razón de su ministerio, la facultad de absolver a quienes hayan procurado el pecado de aborto». En realidad, los sacerdotes ya estaban facultados para perdonar en la confesión el pecado de aborto. Ahora bien, según la doctrina multisecular de la Iglesia, el aborto se cuenta entre los pecados graves que se castigan automáticamente con la excomunión. «Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae», reza el Código de Derecho Canónico de 1983 en el canon 1398. Por tanto, los sacerdotes necesitaban autorización de su obispo para levantar la excomunión antes de poder absolver el pecado de aborto. Actualmente todo sacerdote puede levantar también la excomunión sin necesidad de recurrir a su obispo o haber recibido previa autorización de él. En la práctica, la excomunión desaparece y el aborto pierde la gravedad que le atribuía el derecho canónico.

En una entrevista emitida el pasado 20 de novlembre por Tv2000, el papa Francisco declaró que «el aborto sigue siendo un pecado grave», un «crimen horrendo», porque «pone fin a una vida inocente». ¿Puede el Papa ignorare que su decisión de desvincular de la excomunión latae sententiae el delito de aborto relativiza ese horrendo crimen haciendo posible que los medios de difusión lo presenten como un pecado que la Iglesia ya no considera tan grave como antes y lo perdona con facilidad?

En su carta, el Papa afirma que «no existe ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir cuando encuentra un corazón arrepentido que pide reconciliarse con el Padre». Pero, como se hace manifiesto en sus mismas palabras, la misericordia es misericordia porque presupone la existencia del pecado, y por tanto de la justicia. ¿Por qué habla siempre sólo del Dios bueno y misericordioso, y nunca del Dios justo que premia y castiga según los méritos y culpas del hombre? Los santos, como se ha señalado, nunca han dejado de exaltar la misericordia de Dios, inagotable al dar; pero al mismo tiempo, hablan de temer su justicia, rigurosa al exigir. Sería contradictorio un Dios que sólo fuese capaz de amar y premiar el bien pero incapaz de odiar y castigar el mal.

A menos que se crea que la ley divina existe pero es abstracta e impracticable, que lo único que cuenta es la vida concreta del hombre, que no puede evitar pecar, y lo que importa no es la observancia de la ley, sino la confianza ciega en el perdón y la misericordia divina. Pecca fortiter, crede fortius. Pero esa es la doctrina de Lutero, no la de la Iglesia Católica.

Roberto de Mattei

(Traducido por J.E.F)

Un Jubileo sin indulgencia

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Según los datos facilitados el pasado 12 de  noviembre por monseñor Rino Fisichella a la Asociacion de la Prensa Extranjera, a la conclusión del Jubileo habrán llegado a Roma  21 millones de peregrinos, y aproximadamente mil millones de personas habrán atravesado las puertas santas abiertas en todo el mundo. Por otra parte, las cifras oficiales dadas por la Prefectura de la Casa Pontificia calculan en 32 millones el total de llegados para el Jubileo del año 2000. Supone, por consiguiente, un descenso superior al treinta por ciento. El  declive en el número de visitas es confirmado por las estimaciones del CENSIS recogidas en La Repubblica el 21 de julio de 2015, según las cuales el efecto Bergoglio habría llevado a Roma 33 millones de turistas y peregrinos para el jubileo.

No ha sido así. Es más, el desplome en número de fieles asistentes se ajustan a la patente y constante caída en las cifras de personas asistentes a las audiencias en el curso de los tres años de pontificado. Conforme a los datos oficiales del Vaticano, 6.623.900 en los nueve primeros meses de pontificado de 2013, 5.916.800 en 2014 y un total de 3.210.860 personas en 2015. Según monseñor Fisichella, los verdaderos frutos del Jubileo se verán en los próximos años. Lo cual significa, sin embargo, que por el momento los frutos no se perciben. Y las puertas traspuestas por mil millones de personas en iglesias repartidas por todo el mundo habrían sido atravesadas sin añadir valor alguno al Jubileo.

Más allá de los números, el Jubileo debería haber constituido un acontecimiento espiritual que, gracias a las indulgencias, supusiera una oportunidad para cambiar de vida. En la carta de proclamación del Jubileo del año 2000, Juan Pablo II explicó en detalle los estrechos vínculos entre la indulgencia y el sacramento de la penitencia: al confesar sus pecados, el creyente obtiene el perdón y puede recibir la Eucaristía. Ahora bien, hablar sólo de perdón y de misericordia puede llevarnos a creer que basta con pasar por la puerta santa, aunque no nos confesemos, para que se nos perdonen los pecados. ¿Cómo es que se ha hablado tanto de misericordia y en ningún momento se han mencionado las indulgencias? Porque esa era la postura de Lutero, y el papa Bergoglio ha celebrado en Lund el quinto centenario de su revuelta contra la Iglesia de Roma. Las célebres 95 tesis que Lutero clavó en la puerta de la catedral de Wittenberg el 31 de octubre de 1517 niegan el valor de las indulgencias y de todo mérito y toda buena obra. Por eso el Jubileo de la Misericordia, cuya conclusión se acerca, ha sido el primer jubileo de la historia en el que no se ha hablado de indulgencias. En realidad, un jubileo que no tenía por objeto ser jubileo.

Roberto de Mattei

(Traducido por J.E.F)

Tomado de:

adelantelafe.com

Terremotos y castigos de Dios

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Desde el 24 de agosto de este año, Italia se ha visto sacudida por una serie de violentos movimientos sísmicos. Han pasado dos meses y no dan señales de disminuir. Según los sismólogos, se han producido millares de sismos de diversa intensidad y magnitud. Hasta el momento han causado pocas víctimas, pero han ocasionado graves daños en iglesias y edificios públicos y privados, y causado la pérdida de sus bienes y su vivienda a decenas de millares de italianos.

El movimiento telúrico del pasado 30 de octubre, que ha sido el más grave después del 24 de agosto, se sintió en toda la península, desde Bari hasta Bolzano, y se ha expresado simbólicamente con el derrumbamiento de la catedral de Nursia. La noticia de la destrucción de la basílica ha dado la vuelta al mundo. Apenas queda una frágil fachada de la iglesia que se alzaba sobre el lugar donde estaba la casa natal de San Benito. El resto desapareció estallando en una nube de polvo. Numerosos medios de difusión, como la cadena estadounidense CNN, han puesto de relieve el carácter simbólico del suceso, escogiendo para la página de acceso a su sitio web la imagen de la catedral en ruinas.

Hubo un tiempo en que los hombres eran capaces de captar los mensajes de Dios en todos los sucesos que escapaban a la voluntad de ellos. Todo lo que se sucede tiene, de hecho, un significado, que se expresa en el lenguaje de los símbolos. Un símbolo no es una representación convencional, sino la más profunda expresión del ser de las cosas.

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500 años después, de rodillas ante Lutero

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Lo decimos con profundo dolor. Se diría que es una nueva religión la que ha surgido el pasado 31 de octubre en Lund durante el encuentro ecuménico entre el papa Francisco y los representantes de la Federación Luterana Mundial. Una religión cuyos puntos de partida están claros pero su meta es oscura e inquietante.

La consigna que más ha resonado en la catedral de Lund es la necesidad de un «camino común» que lleve a católicos y luteranos a pasar «del conflicto a la comunión». Tanto el papa Francisco como el pastor Martin Junge, secretario de la Federación Luterana, aludieron en sus respectivos sermones a la parábola evangélica de la vid y los sarmientos. Los católicos y los luteranos serían ramas secas de un mismo tronco que no lleva fruto a causa de la separación de 1517. Pero nadie sabe cuáles serían esos «frutos». Lo que por el momento parecen tener en común católicos y protestantes no es sino una profunda crisis, si bien por causas diversas.

El luteranismo ha sido uno de los principales factores de secularización de la sociedad occidental, y hoy en día agoniza por la coherencia con que ha desarrollado los gérmenes de disolución que llevaba en sí desde su nacimiento. A la vanguardia de la secularización han estado los países escandinavos, a los que durante mucho tiempo se ha considerado un modelo para nuestro futuro. Pero Suecia, después de transformarse en la patria del multiculturalismo y de los derechos homosexuales, es actualmente un país en el que apenas el 2 % de los luteranos son practicantes, mientras que el 10% de la población sigue la religión islámica.

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Los fariseos y los saduceos de nuestra época

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11 noviembre, 2015

La crítica a los «fariseos» es habitual en las palabras del papa Francisco. En numerosos discursos pronunciados entre 2013 y 2015, ha hablado de la «enfermedad de los fariseos» (7 de septiembre de 2013), «que reprochan a Jesús que no respete el sábado» los escribas, fariseos y doctores de la ley del tiempo de Jesús» (19 de septiembre de 2014).

En el ángelus del 30 agosto dijo que, al igual que para los fariseos, «también nosotros corremos el peligro de creer que somos muy buenos, o lo que es peor, considerarnos mejor que los demás por el sólo hecho de que cumplimos las reglas, las costumbres, aunque no amemos al prójimo y seamos duros de corazón, soberbios, orgullosos».

El 8 de noviembre de 2015 contrapuso la actitud de los escribas y de los fariseos, basado en la «exclusión», al de Jesús, fundamentado en la «inclusión». La alusión a los fariseos es evidente, por último, en el discurso con el que el pasado 24 de octubre clausuró el XIV Sínodo ordinario sobre la familia. ¿Quiénes si no son «los corazones cerrados, que a menudo se esconden incluso detrás de las enseñanzas de la Iglesia, o detrás de las buenas intenciones, para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas», sino «los fariseos, que hacían de la religión un cúmulo inacabable de mandamientos» (26 de junio de 2014)? Se diría que fariseo es cualquiera que defienda con obstinado orgullo la existencia de mandamientos, leyes y normas absolutas e inderogables de la Iglesia.

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Un sínodo fracasado: todos han quedado derrotados, empezando por la moral católica

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27 octubre, 2015

Al día siguiente del XIV Sínodo sobre la Familia, parecería que todos han ganado. Ha ganado el papa Francisco, porque ha conseguido elaborar un texto que pone de acuerdo a dos posturas opuestas. Han ganado los progresistas, porque el texto aprobado admite la Eucaristía para los divorciados vueltos a casar. Han ganado los conservadores, porque el documento no alude en concreto a la administración de la comunión a los divorciados y rechaza el matrimonio homosexual y la teoría de género.

Para entender mejor lo sucedido, hay que partir de la tarde del 23 de octubre, cuando se encargó a los padres sinodales la redacción final, elaborada por una comisión ad hoc basándose en las enmiendas (modi) al Instrumentum laboris, propuestas por los grupos de trabajo organizados por idiomas (circuli minores).

Con gran sorpresa de los padres sinodales, el texto que se les encargó el pasado jueves por la tarde sólo estaba en lengua italiana, estando totalmente prohibido comunicarlo no sólo a la prensa, sino también a los 51 oyentes y demás participantes en la asamblea. El texto no tenía en cuenta ninguna de las 1355 enmiendas propuestas durante las tres semanas previas, y en sustancia volvía a proponer la estructura del Instrumentum laboris, que incluía los párrafos que habían suscitado tan duras críticas en el aula: los referidos a la homosexualidad y a los divorciados vueltos a casar. El debate se fijó para la mañana siguiente, con lo que sólo se podían preparar durante la noche nuevas enmiendas a un texto redactado en una lengua que sólo dominaban algunos de los padres.

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No sólo el matrimonio: aquí acaban la Iglesia, la unidad y la doctrina. ¿Por qué el Sínodo virtual cuenta más que el real?

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20 octubre, 2015

El mensaje mediático que acompañará las conclusiones de los trabajos es más importante que los documentos. ¿Los protagonistas de esta revolución? Obispos y párrocos

El papa Francisco ha anunciado cómo concluirá el Sínodo de la Familia. Cuando faltan pocos días para la conclusión de los trabajos, la asamblea de obispos ha llegado a un callejón sin salida, y la única forma de superarlo sería descentralizar la iglesiaSe ha llegado a este punto muerto a consecuencia de la división entre los padres sinodales que invocan con firmeza el Magisterio perenne sobre el matrimonio y los novatores que se proponen trastornar no sólo dos mil años de doctrina de la Iglesia, sino sobre todo la Verdad del Evangelio. Es, de hecho, palabra de Cristo, ley divina y natural, que el matrimonio válido, rato y consumado de los bautizados no se puede disolver por ninguna razón.

Una sola excepción bastaría para anular el valor absoluto y universal de esta ley, y una vez caída esta ley, se vendría abajo junto con ella todo el edificio moral de la Iglesia. El matrimonio, o es indisoluble o no lo es, y no se puede admitir una disociación entre el enunciado del principio y su aplicación en la práctica. La Iglesia exige una coherencia radical entre pensamiento y palabra y entre las palabras y los hechos. La misma coherencia de la que han dado testimonio los Mártires a lo largo de la historia.

El principio que sostiene que la doctrina no cambia sino su aplicación pastoral introduce una cuña entre dos dimensiones inseparables en el cristianismo: Verdad y Vida. La separación entre doctrina y práctica no procede de la doctrina católica, sino de la filosofía hegeliana y marxista, que trastorna el axioma tradicional según el cual agere sequitur esse, el obrar sigue al ser. Pero desde la perspectiva de los novatores, la acción, precede al ser y lo condiciona; la experiencia no vive la verdad sino que la crea. Este es el sentido del discurso pronunciado por el cardenal Christoph Schönborn en la conmemoración del 50° aniversario de la institución del Sínodo, el mismo día en que habló el papa Francisco. “No es posible representar la fe, sólo se puede dar testimonio de ella”, ha afirmado el arzobispo de Viena, subrayando la primacía del testimonio sobre la doctrina. En griego, mártir significa testigo, pero para los mártires dar testimonio significaba vivir la verdad, mientras que para los innovadores significa traicionarla, reinventarla en la práctica.

La primacía de la praxis pastoral sobra la doctrina está abocada a unas consecuencias catastróficas:

1) Como ya sucedió con el Concilio Vaticano II, el sínodo virtual está destinado a prevalecer sobre el real. El mensaje mediático que acompañará la conclusión de los trabajos es más importante que el contenido de los documentos. La relatio sobre la primera parte del Instrumentum Laboris del Circulus Anglicus C afirma rotundamente la necesidad de esta revolución semántica: “Al igual que el Concilio, este sínodo tiene que marcar un antes y un después en el lenguaje, que los cambios sean algo más que cosméticos”.

2) El postsínodo es más importante que el Sínodo, porque representa la autorrealización del mismo. De hecho, el Sínodo confiará a la praxis pastoral la realización de sus objetivos. Si lo que se transforma no es la doctrina sino la pastoral, el cambio no puede provenir del Sínodo; tiene que darse en la vida del pueblo cristiano y por consiguiente fuera del Sínodo, después de éste, en la vida de las diócesis y de las parroquias.

3) La autorrealización del Sínodo se convierte en bandera de la experiencia de las iglesias particulares, o sea, de la descentralización eclesiástica. La descentralización autoriza a las iglesis locales a experimentar una pluralidad de experiencias pastorales. Y si no hay una praxis coherente con la doctrina única, eso quiere decir que hay muchas y que todas se pueden experimentar. Los protagonistas de esta revolución de la praxis serían por tanto los obispos, los párrocos, las conferencias episcopales, las comunidades locales, según la libertad y creatividad de cada uno.

Se prefigura la hipótesis de una Iglesia a dos velocidades o, para seguir con la jerga de los eurócratas de Bruselas, de “geometría variable”. Un mismo problema moral se resolverá de manera diversa, conforme a la ética situacional. A la Iglesia de los católicos adultos, de lengua germánica y pertenecientes al primer mundo se le permitirá la marcha rápida del testimonio misionero, mientras que a la de los católicos subdesarrollados, africanos o polacos, pertenecientes a iglesias del segundo o tercer mundo, se les concederá la marcha lenta del apego a las propias tradiciones.

Roma quedaría en segundo plano, privada de verdadera autoridad, y con la única función de proporcionar un impulso carismático. La Iglesia quedaría desvaticanizada, o más bien desromanizada. Se quiere sustituir la Iglesia romanocéntrica por otra policéntrica o poliédrica. La imagen del poliedro la ha aplicado Francisco con frecuencia. “El  poliedro –ha afirmado– es una unidad, pero con todas sus partes distintas; cada una tiene su peculiaridad, su carisma. Esta es la unidad en la diversidad. Es por este camino que los cristianos realizamos lo que llamamos con el nombre teológico de ecumenismo: tratamos de que esa diversidad esté más armonizada por el Espíritu Santo y se se convierta en unidad” (Discurso a la Iglesia Pentecostal de Caserta, 28 de julio de 2014). La transferencia de poder a las conferencias episcopales ya estaba prevista en un pasaje de Evangeli Gaudium que las concibe como «sujetos de atribuciones concretas, incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal. Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera» (n. 32). Ahora Francisco proclama este “principio dei sinodalidad” como resultado final de la asamblea que se está celebrando.
Las antiguas herejías del galicanismo y el nacionalismo eclesiástico vuelven a asomar por el horizonte. Es de hecho dogma de fe, promulgado por el Concilio Vaticano I, el primado de jurisdicción del Sumo Pontífice, en el cual reside la autoridad suprema de la Iglesia, sobre todos los pastores y todos los fieles de éstos, independientemente de cualquier otro poder. Este principio constituye la garantía de la unidad de la Iglesia: unidad de gobierno, unidad de fe, unidad de sacramentos. La descentralización supone una pérdida de unidad que conduce irremediablemente al cisma. Y el cisma es sin duda alguna la quiebra que se produce inexorablemente cuando falta un punto central de referencia, un criterio común, ya sea en el plano de la doctrina o en el de la disciplina y la pastoral. Las iglesias particulares, divididas en cuanto a la praxis, así como en cuanto a la doctrina de la cual deriva la praxis, están fatalmente destinadas a entrar en conflicto y dar lugar a fracturas, cismas y herejías.

La descentralización no sólo el primado romano, sino que niega el principio de no contradicción, según el cual “un mismo ser no puede al mismo tiempo y en el mismo sentido, ser lo que es y no serlo”. Únicamente apoyados en este fundamental principio lógico y metafísico podemos emplear la razón y conocer la realidad que nos rodea.

¿Qué pasaría si el Romano Pontífice renunciara, aunque sólo fuera parcialmente, a ejercitar su autoridad delegándola en las conferencias episcopales o los obispos particulares? Evidentemente surgiría una diversidad de doctrinas y de praxis entre las diversas conferencias episcopales y de una diócesis a otra. Lo que en una diócesis estará prohibido estará admitido en otra, y viceversa. Quien conviva more uxorio con otra persona sin haberse casado podrá recibir el sacramento de la Eucaristía en una diócesis sí y en otra no. Pero lo que es pecado es pecado. La ley moral es igual para todos o no es tal ley moral. Una de dos: o el Papa tiene primado de jurisdicción y lo ejerce, o en la práctica gobierna cualquiera prescindiendo de él.El Papa admite la existencia de un sensus fidei, pero es más bien el sensus fidei de los obispos, sacerdotes y simples laicos el que hoy en día se escandaliza de las extravagancias que se dicen en el aula del Sínodo. Extravagancias que ofenden el sentido común antes incluso que el sensus  Ecclesiae de los fieles. Francisco tiene razón cuando afirma que el Espíritu Santo no asiste sólo al Papa y a los obispos, sino a todos los fieles (cfr. sobre este punto Melchor Cano, De locis Theologicis (Lib. IV, cap. 3, 117I). Sin embargo, el  Espíritu Santo no es espíritu de novedad; guía a la Iglesia, asistiéndola de modo infalible en su Tradición. Mediante la fidelidad a la Tradición, el Espíritu Santo habla todavía a los oídos de los fieles. Y hoy, como en los tiempos del arrianismo, podemos decir con San Hilario: «Sanctiores aures plebis quam corda sacerdotum» “(son más santos los oídos del pueblo que el corazón de sus sacerdotes) (Contra Arianos, vel Auxentium, nº 6, en PL, 10, col. 613).

Roberto de Mattei

en Il Foglio del 20 de octubre de 2015

[Traducción de J.E.F.]

¿Existe todavía el sentido del pecado entre los padres sinodales?

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15 octubre, 2015

Los trabajos del Sínodo están confirmando la existencia al interior de la Iglesia Católica de un claro desencuentro entre dos minorías. Por una parte, un puñado de padres sinodales decididos a defender la moral tradicional; por otro, un grupo de innovadores que al parecer han perdido la fe católica.

Entre ambas minorías hay, como siempre, un centro blando y vacilante
integrado por los que no se atreven ni a defender ni a atacar la verdad y se basan en consideraciones más ligadas a interese personales que al debate doctrinal. En el debate sobre la primera parte del Instrumentum laboris, los prelados innovadores han hecho oír su voz sobre todo en dos de los 14 círculos menores: el Anglicus C y el Germanicus.


Examinemos por un momento la sección central de la relación del Circulus gemanicus,
que ha tenido por relator al flamante arzobispo de Berlín monseñor Heiner Koch y como moderador al arzobispo de Viena, cardenal Christoph Schönborn. Los obispos alemanes esperan que en el documento final no prevalezca un lenguaje negativo que aleje y condene al estilo forense (“eine negativ abgrenzende und normativ verurteilende Sprache (forensischer Stil)”), sino un lenguaje positivo que refleje la evolución de la postura cristiana y sea capaz de expresar implícitamente lo que es incompatible con las posturas cristianas (eine positive, die christliche Position entfaltende Sprache, die damit implizit zur Sprache bringt, welche Positionen christilich inkompatibel sind”). «Esto afecta también la disponibilidad (cf. Gaudium et Spes) para acoger los avances positivos de la sociedad» (“Dazu gehört auch die Bereitschaft (cf. Gaudium et Spes), von der Gesellschaft positive Entwicklungen aufzugreifen”).


Para entender qué se oculta tras este lenguaje ambiguo, es menester releer los pasajes centrales de la entrevista
realizada el pasado 26 de septiembre al cardenal Christoph Schönborn por el padre Antonio Spadaro para la Civiltà Cattolica. El arzobispo vienés afirma que es necesario «tomar conciencia de la dimensión histórica y social del matrimonio y de la familia».


En efecto, explica:
«Con demasiada frecuencia los teólogos y obispos, pastores y custodios de la doctrina, olvidamos que la vida humana se desenvuelve en unas condiciones que vienen impuestas por la sociedad: condicionamientos psicológicos, sociales, económicos y políticos, y en un contexto histórico determinado. Hasta ahora ha faltado esto en el Sínodo. (…). Habremos de observar las numerosas situaciones de convivencia no sólo desde el punto de vista de lo que falta, sino también de lo que ya se avizora, de lo que ya está presente. (…) Quienes tienen la gracia y la alegría de poder vivir el matrimonio sacramental en la fe, la humildad y el perdón recíproco, con confianza en Dios, que actúa a diario en nuestra vida, saben percibir en un matrimonio, en una pareja de hecho, en una pareja de convivientes, elementos de verdadero heroísmo, verdadera caridad, verdadera entrega mutua. Aunque digamos: «No hay todavía una realidad plena del sacramento». Pero ¿quiénes somos nosotros para juzgar y afirmar que no existen ellos elementos de verdad y de santificación? (…) No oculto, en este sentido, que me ha chocado un modo puramente formalista de argumentar blandiendo el hacha del intrinsece malum (…). La obsesión del intrinsece malum ha empobrecido de tal forma el debate que nos hemos privado de un amplio abanico de argumentos a favor de la unidad, de la indisolubilidad, de la apertura a la vida, del fundamento humano de la doctrina de la Iglesia. Hemos perdido el placer    de un discurso sobre estas realidades humanas. Uno de los elementos fundamentales del Sínodo es la realidad de la familia cristiana, no desde un punto de vista escluyente, sino incluyente.  (…) Se dan también situaciones en las que el sacerdote, el orientador, que conoce el foro interno de las personas, puede llegar a decir: “Vuestra situación es tal que, en conciencia, en vuestra conciencia y en la mía de pastor, os veo un lugar en la vida sacramental de la Iglesia”. (…) Soy conscientes de que al decir esto algunos se escandalizarán… Pero siempre se puede aprender algo de las personas que objetivamente viven en una situación irregular. El papa Francisco quiere educarnos en este sentido» (Matrimoni e conversione pastorale. Intervista al cardinale Christoph Schönborn, por Antonio Spadaro S.J., en Civiltà Cattolica,  Quaderno n° 3966 del 26/09/2015, pp. 449-552).


Esta entrevista se puede leer in parallelo con la de otro padre sinodal, de formación cultural germánica:
Bruno Forte, arzobispo de Chieti-Vasto,  secretario especial de la asamblea general ordinaria del Sínodo. En sus declaraciones a Avvenire del pasado 19 de septiembre, monseñor Forte ha dicho que el Instrumentum laboris manifesta «comprensión hacia lo que hay de positivo, incluso cuando, como en el caso de las parejas de hecho, nos encontramos ante una positividad incompleta. Los criterios para mirar con comprensión a los convivientes los imponen en su unión el deseo de fidelidad, de estabilidad, de apertura a la vida. Así como cuando se entiende que este deseo puede verse coronado por el sacramento del matrimonio. Precisamente por esto hay que acompañar en este camino de maduración. Si, por el contrario, la convivencia es episódica, todo se vuelve más difícil y es importante encontrar un modo de poder avanzar hacia una maduración más significativa. (…) Cuando la convivencia es irreversible, sobre todo cuando han nacido hijos de la nueva unión, dar marcha atrás supondría faltar a los compromisos adquiridos. Compromisos que conllevan deberes morales que se cumplen con espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, que pide fidelidad a esta nueva unión. Cuando se dan estos presupuestos, puede estudiarse una integración cada vez más profunda en la vida de la comunidad cristiana. ¿Hasta qué punto? Ya lo hemos dicho. Al Sínodo le corresponderá proponer y al Papa decidir».

Como ponen de manifiesto las citadas entrevistas, los problemas de la familia se afrontan de un modo meramente sociológico, sin la menor alusión a principios que trasciendan la historia. Para monseñor Schöborn y monseñor Forte, eI matrimonio y la familia no son instituciones naturales que han acompañado al hombre desde los principios de la civilización. Instituciones que ciertamente nacen y viven en la historia, pero que por hundir sus raíces en la naturaleza misma del hombre están destinados a sobrevivir en todo tiempo y lugar como célula básica de la convivencia humana.

Sostienen que la familia está sujeta a la evolución dialéctica de la historia, y por tanto asume nuevas formas dependiendo del momento histórico y de los “avances positivos de la sociedad”. El lenguaje positivo del que habla el Circulus germanicus quiere decir que la Iglesia no debe pronunciar la menor condena, porque es preciso entender los aspectos positivos del mal y del pecado. Hablando con propiedad, para ellos el pecado no existe, porque todo mal es un bien imperfecto e incompleto.

Estas aberraciones se basan en una deliberada confusión entre el concepto metafísico y el concepto moral del bien y el mal.
Es más, desde el punto de vista filosófico está claro que Dios, que es el Sumo Bien, no ha creado nada de malo ni imperfecto en el universo. Pero la libertad humana también es parte de la creación, y esta libertad posibilita que la criatura racional se aleje de Dios. Esa aversio a Deo de la criatura racional es un mal que se define con propiedad como pecado. Pero la noción de pecado está ausente en la perspectiva del purpurado, así como en la del secretario especial del Sínodo.


Al negar la existencia del intrinsece malum, el cardenal Schönborn niega verdades morales como aquella según la cual
“existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto”. (Juan Pablo II, Exortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, nº. 17), y refuta en su totalidad la encíclica Veritatis Splendor, promulgada precisamente para reafirmar, contra la “ética situacional” que volvía a asomar la cabeza, la existencia de los absolutos morales.

En esta perpectiva se disuelve, no sólo la noción de ley divina y natural, como raíz y fundamento del orden moral, sino también la noción de la libertad humana. La libertad es de hecho la primera raíz subjetiva de la moral, así como la ley natural y divina constituye la forma objetiva de éstas. Sin ley divina y natural no existen el bien y el mal, porque la ley natural es lo que permite a la inteligencia conocer la verdad y a la voluntad amar el bien. La libertad y la ley son dos situaciones del orden moral.

Existe el pecado porque existen absolutos morales. Y existen absolutos morales porque existe el pecado. El pecado es un mal absoluto porque se opone al Bien absoluto, y es el único mal, porque se opone a Dios que es el único Bien.
El origen de toda situación de miseria e infelicidad humana no es de naturaleza política, económica o social; se remonta al pecado, original y actual, cometido por el hombre. El hombre «peca mortalmente (…) cuando consciente y libremente elige un objeto gravemente desordenado, sea cual fuere el motivo de su elección» (Congregación para la Doctrina de la Fe, declaración Persona humana del 7 de noviembre de 1975, nº. 10, par. 6).


Hay pecados que, según la Escritura, claman venganza al Cielo, como el de la sodomía
(Gn, 18, 20; 19, 13), pero también existe la infracción del sexto mandamiento, que prohíbe toda unión sexual fuera del matrimonio. No se puede admitir un “lenguaje positivo” que bendiga esas uniones. Pío XII decía que «tal vez el pecado más grande del mundo actual sea que los hombres ha empezado a perder el sentido del pecado» (Alocución del 26 de octubre de 1946). Pero, ¿qué pasa cuando son los hombres de la Iglesia los que pierden el sentido del pecado, y con ello la fe?

Roberto de Mattei

[Traducido por J.E.F]

¿Se pueden discutir los actos de gobierno del Papa?

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19 septiembre, 2015

Sandro Magister ha documentado la herida infligida al matrimonio cristiano por los dos Motu proprio del papa Francisco en un minucioso análisis que se suma a las observaciones de Antonio Socci en Libero, de Paolo Pasqualucci en Chiesa e postconcilio y mi contribución en Corrispondenza Romana.

Según reveló Die Zeit el pasado 10 de septiembre, un dossier que circularía por el Vaticano contra la reforma del papa Francisco de los procesos de nulidad matrimonial ha confirmado el clima de grave preocupación que reina en el Vaticano.

Un delicado problema se plantea en este momento para muchas conciencias. Sea cual nuestra evaluación del mencionado motu proprio, este se presenta como un acto de gobierno directo y personal del Sumo Pontífice. Ahora bien, ¿puede un papa errar al promulgar leyes eclesiásticas? Y, en caso de desacuerdo, ¿no tenemos a pesar de todo el deber de guardar silencio en las controversias que suscite? La respuesta nos la dan la doctrina y la propia historia de la Iglesia.

Lo cierto es que muchas veces ha sucedido que un papa yerre en sus actos políticos, pastorales y hasta magisteriales sin que ello comprometa en modo alguno el dogma de la infalibilidad y el Primado romano. La resistencia de los fieles a dichos actos errados, y en algunos casos ilegítimos, del Sumo Pontífice siempre ha sido benéfica para la vida de la Iglesia.

Sin necesidad de remontarme muy atrás en el tiempo, hablaré brevemente de algo que sucedió hace dos siglos. El pontificado de Pío VII (Gregorio Chiaramonti, 1800-1823), como el de su predecesor Pío VI, conoció momentos de dolorosa tensión y enconada lucha entre la Santa Sede y Napoleón Bonaparte, emperador de los franceses. El 15 de julio de 1801 Pío VII firmó un concordato con Napoleón, pensando poner fin a la época de la Revolución Francesa, pero Bonaparte no tardó en demostrar que su verdadera intención era crear una iglesia nacional que le estuviera subordinada.

El 2 de diciembre de 1804 Napoleón se coronó emperador por sus propias manos, y pocos años después volvió a invadir Roma, anexionando los Estados Pontificios a Francia. El Papa fue encarcelado y trasladado a Grenoble y después a Savona (1809-1812). El conflicto se agudizó con ocasión del segundo matrimonio del Emperador. Napoleón se había casado con Josefina Beauharnais el 2 de diciembre de 1804, en vísperas de la coronación, cuando la Emperatriz se arrojó a las rodillas de Pío VII y le confesó que se había casado con Napoleón por lo civil.

El Papa le había hecho saber a Napoleón que no procedería a la coronación hasta después de casarse por la Iglesia. La boda fue oficiada precipitadamente de noche por el cardenal Fesch, tío de Napoleón. Josefina, sin embargo, no dio herederos al Emperador, y sus orígenes eran demasiado humildes para quien deseaba gobernar Europa emparentándose con sus soberanos. Napoléon decidió por tanto obtener la nulidad del matrimonio para poderse casar con María Luisa de Austria, hija del más importante soberano europeo.

En 1810 un senatus consultus disolvió el matrimonio civil e inmediatamnete después el tribunal diocesano de París dictaminó la nulidad del matrimonio religioso de Napoleón con Josefina. La Santa Sede no reconoció esta declaración de nulidad, obra de prelados complacientes, y cuando el 2 de abril de 1810 el Emperador entró en la capilla del Louvre para casarse en segundas nupcias con María Luisa, encontró vacíos los puestos de trece cardenales invitados a la ceremonia. El Emperador los consideró rebeldes y enemigos del Estado, porque con ese gesto habían querido expresar su convicción de que la nulidad de su matrimonio sólo la podía aprobar el Papa. Los trece purpurados fueron condenados a despojarse inmediatamente de sus hábitos e insignias y vestir como simples sacerdotes.De ahí el nombre de cardenales negros o fervorosos, en contraposición a los colorados, fieles a Napoleón y favorables a su matrimonio.

Pío VII se debatió entre las dos tendencias, pero el 25 de enero de 1813, cansado de la lucha, se firmó un Tratado entre la Santa Sede y el Emperador en el que el Pontífice suscribía algunas condiciones incompatibles con la doctrina católica. El documento, conocido como Concordato de Fontainebleau (cfr. el texto en Enchiridion dei Concordati. Due secoli dei rapporti Chiesa-Stato, EDB, Bologna 2003, nn. 44-55), aceptaba de hecho el principio de la sumisión de la Santa Sede a la autoridad nacional francesa, colocando de facto a la Iglesia en manos del Emperador. Este acto, realizado públicamente por el Papa como jefe de la Iglesia Católica, fue inmediatamente juzgado por los católicos contemporáneos como catastrófico, y así lo consideran todavía los historiadores de la Iglesia.

El padre Ilario Rinieri, que ha dedicado tres volúmenes a estudiar la relación entre Pío VII y Napoleón, escribe que el concordato de Fontainebleau «era calamitoso en extremo para la soberanía del Romano Pontífice y para la propia Sede Apostólica» (Napoleone e Pio VII (1804-1813). Relazioni storiche su documenti inediti dell’archivio vaticano, Unione Tipografico-Editrice, Torino 1906, vol. III, p. 323), y añade: «Cómo había podido S.S. Pío VII dejarse inducir a suscribir un tratado que contenía condiciones tan desastrosas, es uno de esos fenómenos cuya explicación desafía la lógica de la historia» (Íb., p. 325).

«No es posible describir la siniestra impresión y el pésimo efecto que tuvo la publicación de dicho concordato», recuerda el cardenal Bartolomeo Pacca (1756-1844) en sus Memorias históricas (Ghiringhello e Vaccarino, Roma 1836, vol. I, p. 190). No faltó quien acogiera el concordato con entusiasmo ni quien, aunque criticándolo en voz baja, no hubiera osado manifestar públicamente su oposición, ya fuera por servilismo o por mala formación teológica. El cardenal Pacca, prosecretario de estado de Pío VII, era de esos cardenales que después de haber intentado en vano  disuadir al Papa para que no suscribiera el documento, declararon que para remediar el escándalo dado al catolicismo y los gravísimos males que habría acarreado a la Iglesia la ejecución del mencionado concordato, no había otra solución que una rápida retractación y anulación total por parte del Papa. Alegaban, además, el conocidísimo ejemplo de Pascual II en la historia de la Iglesia. (Memorie storiche, vol. II, p. 88).

Y hubo retractación. Ante las quejas de los cardenales “fervorosos, Pío VII, con gran humildad, se dio cuenta del error y el 24 de marzo dirigió una carta a Napoleón en la que se leen las siguientes palabras: «De aquel documento, aunque Nos lo firmamos, diremos a Vuestra Majestad lo mismo que dijo nuestro predecesor Pascual II en el caso similar de un escrito por él firmado que contenía una concesión favorable a Errico V, de la cual su conciencia se arrepintió con razón: “Como reconocemos que aquel escrito estaba mal, lo confesamos como tal, y con la ayuda del Señor deseamos que se corrija de inmediato para que no resulte de él ningún daño a la Iglesia ni perjuicio alguno a nuestra alma”» (Enchiridion, cit., n. 45, pp. 16-21).

En Italia tardó en conocerse la retractación papal; sólo se sabía que se había firmado el concordato. Esto hizo que el venerabile Pío Brunone Lanteri (1759-1830), que dirigía el movimiento Amicizie Cattoliche, redactara al momento un escrito de acerba crítica al acto del Pontífice, en el que entre otras cosas decía: «Se me dirá que es cierto que el Santo Padre todo lo puede, “quodcumque solveris, quodcumque ligaveris, etc.”, pero no tiene ninguna autoridad sobre la divina constitución de la Iglesia. Es el vicario de Dios, pero no es Dios ni puede destruir la obra de Dios» (Scritti e documenti d’Archivio, II, Polemici-Apologetici, Edizione Lanteri, Roma-Fermo 2002, p. 1024 (pp. 1019-1037)).

El venerable Lanteri, acérrimo defensor de los derechos del Papado, admitía la posibilidad de resistir al Pontífice en caso de error, porque sabía que la potestad papal es suprema pero no ilimitada ni arbitraria. El Papa, como todo fiel, debe respetar la ley natural y divina, de las que por mandato divino es custodio. No puede cambiar las reglas de la fe ni la divina constitución de la Iglesia (por ejemplo los siete Sacramentos), del mismo modo que el soberano temporal no puede alterar las leyes fundamentales del reino porque, como recuerda Bossuet, si las vulnerase «se trastornarían los cimientos de la tierra» (Sal. 81, 5) (Jacques-Benigne Bossuet, Politique tirée des propres paroles de l’Ecriture Sainte, Droz, Ginevra 1967 (1709), p. 28).

Nadie podría acusar al cardenal de emplear un lenguaje excesivamente fuerte ni a Pío Bruno Lanteri de poca fidelidad al Papado. Los concordatos, como los motu proprio, las constituciones apostólicas, las encíclicas, las bulas y los breves son actos legislativos que expresan la voluntad del Santo Padre, pero no son infalibles, a menos que el Pontífice al promulgarlos se proponga definir puntos de doctrina o de moral vinculantes para todo católico (cfr. R. Naz, Lois ecclésiastiques, in Dictionnaire de Théologie catholique, vol. VI, coll. 635-677).

El motu proprio del papa Francisco sobre las nulidades matrimoniales es un acto de gobierno susceptible de debate que puede ser revocado por un acto de gobierno posterior. El motu proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI del 7 de julio de  2007 sobre la liturgia tradicional fue objeto de debate y de considerables críticas (cfr., por ejemplo, la polémica entre Andrea Grillo y Pietro De Marco, Ecclesia universa o introversa. Dibattito sul motu proprio Summorum Pontificum, Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 2013).

El motu proprio del papa Francisco, que hasta el momento constituye su más revolucionario acto de gobierno, no está todavía vigente; entrará en vigor el 8 de diciembre de 2015. ¿Es ilegítimo pedir que en el Sínodo se discuta esta reforma matrimonial y que un grupo de cardenales fervorosos requiera su abrogación?

Roberto de Mattei
[Traducido por J.E.F]