La agonía en el huerto

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El Divino Redentor, cuando llegó al término de su vida terrenal, después de habernos dejado toda su Persona en el pan y en el vino del Sacramento del Amor y de haber nutrido a sus Apóstoles con su Carne Inmaculada, se dirigió al Huerto de los Olivos, lugar que los discípulos y Judas conocían. A lo largo del trayecto que separa el Cenáculo del Huerto, Jesús enseña a sus discípulos; los prepara para la próxima separación, su inminente Pasión y para sufrir por su amor las calumnias, las persecuciones y la misma muerte; para que cada uno imite a Él, Modelo Divino.

“Yo estaré con vosotros Y vosotros no os turbéis, oh discípulos, porque la promesa divina se cumplirá; la prueba la tendréis en la presente hora solemne.

Él está allí para empezar a vivir su dolorosa Pasión, pero más que pensar en sí mismo, se desvela por vosotros.

¡Oh, que inmensidad de amor encierra aquel corazón!… Su rostro denota tristeza y amor al mismo tiempo; sus palabras emanan de lo más profundo de su Corazón. Él habla con profusión de afectos, infunde valor, consuela y promete confortando, explica los más profundos misterios de su Pasión.

Siempre, ¡oh Jesús!, me ha conmovido el corazón este pasaje tuyo del Cenáculo al Huerto, por la expansión de un amor que se profundiza y se funde con sus amantes, para desahogar un amor que va a inmolarse por los demás, para rescatarlos de la esclavitud. Tú les has enseñado que no existe mayor prueba de amor que dar la propia vida por los amigos, y Tú estás ahora por sellar esta prueba de amor con la inmolación de tu vida.

¿Quién no permanece conmovido ante tan generosa oblación?

Al llegar al Huerto el Divino Maestro se despidió de los discípulos, quedándose sólo con tres, Pedro, Santiago y Juan, para que fueran testigos de sus penas. Precisamente los tres que lo vieron transfigurado sobre el Tabor entre Moisés y Elias y que lo reconocieron como Dios ¿tendrían ahora la fuerza de considerarlo Hombre-Dios entre penas y tristezas mortales? Al entrar en el Huerto les dijo: “quedaos aquí, velad y orad, para que no caigáis en tentación estad alerta, parece que les diga, por­que el enemigo no duerme; prevenios contra él con el arma de la oración, a fin de no ser envueltos e inducidos en el pecado. Es la hora de las tinieblas. Al terminar esta exhortación, Él se aparta de ellos como a un tiro de piedra y se postra en la tierra.

Él está extremadamente triste; su alma es prisionera de una indescriptible amargura. La noche es alta y límpida, la luna resplandece en el cielo, dejando el Huerto en la penumbra, parece que proyec­ta sobre la tierra siniestros resplandores, precursores de cosas graves y de funestos acontecimientos que hacen estremecer y helar la sangre en las venas. Parece que la noche estuviera tenida de sangre; un viento, como presagio de cercana tempestad, agita los olivos. Unido a aquel rumor de hojas, pene­tra en los huesos como un anuncio de muerte, desciende hasta el alma y la invade de mortal tristeza.

¡Qué noche más horrenda! ¡Nunca jamás la tierra verá una igual!…

¡Qué contraste, oh Jesús! ¡Cuán bella fue la noche de tu nacimiento, cuando los ángeles tripu­diantes anunciaron la paz, cantando gloria! Ahora, en cambio, me parece verlos melancólicos mien­tras te rodean a una cierta distancia, como respetando la suprema angustia de tu espíritu.

Este es el lugar donde Jesús viene a rezar. Él priva su humanidad sacrosanta de la fuerza que le confería la Divinidad, sometiéndola a una tristeza indefinible, a una debilidad extrema, a la melanco­lía y al abandono y a una angustia mortal. Su espíritu nada en ellas como en un mar ilimitado, el cual a cada instante parece sumergirlo. Ante su espíritu se representa todo el martirio de su inminente Pasión que, como un torrente desbordante, se vuelca en su corazón y lo martiriza, lo oprime y lo des­garra. Él ve, en primer lugar, a Judas, el discípulo tan amado por Él, que lo vende por pocas mone­das, que está por llegar al Huerto para traicionarlo y entregarlo a sus enemigos. ¡Él!… El amigo, el discípulo que poco antes había saciado con su Carne… postrado ante él le había lavado los pies y estre­chado contra su corazón y se los había besado con fraternal ternura, como si a fuerza de amor quisie­se impulsarlo a renunciar al impío y sacrilego propósito o por lo menos que, una vez cometido el horri­ble delito, recuperándose y recordando las muchas pruebas de amor, se hubiera arrepentido y salvado. Mas no, él se pierde y Jesús llora por su voluntaria perdida. Se ve legado, arrastrado por sus enemi­gos a través de las calles de Jerusalén, por las mismas calles en donde pocos días antes había pasado triunfalmente aclamado como Mesías… Se ve ante los Pontífices, golpeado, declarado por ellos reo de muerte. Él, el autor de la vida, se ve conducido de un tribunal a otro, en presencia de los jueces que le condenan. Ve su pueblo, tan amado y beneficiado por Él, que lo insulta, lo maltrata y con gri­tos infernales, silbidos y chillidos pide la muerte y la muerte de la Cruz. Escucha las injustas acusa­ciones, se ve condenado a los flagelos más despiadados. Se ve coronado de espinas, ridiculizado, salu­dado como un rey de burla, abofeteado…

Por último, se ve condenado a la ignominiosa muerte y subir al Calvario; extenuado bajo el peso de la Cruz, caer desangrado varias veces en tierra… Se ve, al llegar al Calvario, desnudo, extendido sobre la Cruz; crucificado despiadadamente, alzado sobre ella, en presencia de todos; suspendido, con tres clavos que le desgarran y le dislocan las venas, los huesos y la carne… ¡Oh, Dios! cuán larga es la agonía de tres horas que deberá aniquilarte entre los insultos de todo un pueblo enloquecido y mal­vado.

Ve su garganta y sus vísceras quemadas por la ardiente sed y ve agregarse a este desgarrador mar­tirio el tener que beber vinagre e hiel.

Ve el abandono del Padre y la desolación de la Madre a los pies de la Cruz.

Al final, la muerte ignominiosa, entre dos ladrones, uno que lo reconoce y lo confiesa como Dios y se salva, el otro que lo insulta, blasfema y muere desesperado.

Ve a Longino que se acerca y, como sumo insulto y desprecio, le abre el costado y… como todos los mortales sufre la humillación del Sepulcro.

Todo, todo está delante de Él para atormentarlo y Jesús permanece aterrorizado; y este terror se adueña de su Corazón Divino y lo atenaza desgarrándolo. Él tiembla como atacado por una fiebre altí­sima, el temor se apodera todavía de Él y su Espíritu languidece en mortal tristeza. Él, el Cordero ino­cente, solo, abandonado en las manos de los lobos, sin defensa alguna… Él, el Hijo de Dios… El Cordero que se ofreció espontáneamente al sacrificio por la gloria del mismo Padre que lo abandona al furor de las fuerzas infernales, por la Redención de la especie humana; de sus mismos discípulos, que vilmente lo abandonan y huyen de Él, como del ser más peligroso. Él, el Verbo eterno de Dios, reducido a burla de sus enemigos…

Pero Él ¿se retira?… No, desde el principio todo lo abraza generosamente, sin reserva alguna. ¿Cómo y de donde proviene este terror, este miedo mortal? ¡Ah! Él ha expuesto su humanidad como blanco para recibir sobre sí mismo todos los golpes de la divina justicia, lesa por el pecado. Él siente al vivo en el desnudo espíritu todo aquello que debe sufrir, cada una de las culpas que debe pagar con una pena especial y se abate porque ha dejado su humanidad como presa de debilidades, terrores y padecimientos.

Parece estar en las últimas… Él esta postrado con el rostro sobre la tierra delante de la Majestad de su Padre. Aquel divino rostro, que tiene extasiados, en eterna admiración de su belleza, a los Ánge­les y a los Santos del cielo, esta sobre la tierra completamente desfigurado. ¡Dios mío! ¡Jesús mío! ¿No eres Tú el Dios del cielo y de la tierra, idéntico en todo a tu Padre, el que se humilla hasta el punto de perder el aspecto exterior del hombre?…

Ah… sí, lo comprendo, es para enseñar a un soberbio como yo que, para tratar con el Cielo, debo abismarme en el centro de la tierra. Es para reparar y pagar mi altivez, que Tú te humillas así ante tu Padre; es para inclinar su piadosa mirada sobre la humanidad, que Él había retirado a causa de su rebe­lión. Y, por tu humillación, Él perdona a la criatura arrogante. Es para reconciliar la tierra con el Cielo, que Tú te humillas sobre ella, como para darle el beso de la paz. Oh, Jesús, que seas siempre y por todos alabado y que todos te agradezcan por las muchas humillaciones con las cuales nos has donado a Dios y a Él nos has unido en un abrazo de santo amor.

 

Padre Pío de Pietralcina, tomado del libro “Meditaciones del Padre Pío”.

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No nos es lícito amarle con tibieza

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“Oigamos lo que dice San Agustín: “no os está permitido amar con amor menguado, pues debéis llevar grabado en vuestro corazón al que por nosotros murió clavado en la cruz”. A los que sabemos por la fe que un Dios murió por nosotros en la cruz, no nos es lícito amarle con tibieza, pues en nuestro corazón solo ha de estar grabado Aquél que por amor nuestro quiso morir crucificado”.

 San Alfonso María de Ligorio, “Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo”, Ed. Apostolado Mariano, 3ª edición, pág. 114.

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INSTITUCIÓN DEL SANTO Y AUGUSTO SACRIFICIO DE LA MISA

El Misterio de la Sagrada Eucaristía, instituida por el Sumo Sacerdote, Jesucristo, y por voluntad de El constantemente renovada por sus ministros, es como el compendio y centro de la religión cristiana.

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Cristo Nuestro Señor, «sacerdote sempiterno, según el orden de Melquisedec»(1), «como hubiese amado a los suyos que vivían en el mundo» (2), «en la última cena, en la noche en que se le traicionaba, para dejar a la Iglesia, su amada Esposa, un sacrificio visible —como la naturaleza de los hombres pide—que fuese representación del sacrificio cruento que había de llevarse a efecto en la cruz, y para que permaneciese su recuerdo hasta el fin de los siglos y se aplicase su virtud salvadora para remisión de nuestros pecados cotidianos…, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre, bajo las especies del pan y del vino, y las dio a los Apóstoles, constituidos entonces sacerdotes del Nuevo Testamento, a fin de que, bajo estas mismas especies, lo recibiesen, al mismo tiempo que les ordenaba, a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio, que lo ofreciesen»(3).

El Augusto Sacrificio del Altar no es, pues, una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino que es un Sacrificio propio y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, repite lo que una vez hizo en la Cruz, ofreciéndose enteramente al Padre, Víctima gratísima. «Una… y la misma es la víctima; lo mismo que ahora se ofrece por ministerio de los sacerdotes se ofreció entonces en la cruz; solamente el modo de hacer el ofrecimiento es diverso»

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Si la piedad privada e interna de los individuos descuidase el Augusto Sacrificio del Altar y los sacramentos, y se sustrajese al influjo salvador que emana de la Cabeza en los miembros, sería, sin duda alguna, cosa reprobable y estéril; pero cuando todos los métodos y ejercicios de piedad, no estrictamente litúrgicos, fijan la mirada del alma en los actos humanos únicamente para enderezarlos al Padre, que está en los Cielos, para estimular saludablemente a los hombres a la penitencia y al temor de Dios, y arrancándolos de los atractivos del mundo y de los vicios, conducirlos felizmente por el arduo camino a la cumbre de la santidad, entonces son no sólo sumamente loables, sino hasta necesarios, porque descubren los peligros de la vida espiritual, nos espolean a la adquisición de las virtudes y aumentan el fervor con que debemos dedicarnos todos al servicio de Jesucristo.”

En el tiempo sagrado en que la liturgia nos propone los dolorosísimos tormentos de Jesucristo, la Iglesia nos invita a subir al Calvario para seguir de cerca las huellas sangrientas del divino Redentor, para sufrir con El gustosamente la cruz y excitar en nuestro espíritu los mismos sentimientos de expiación y de propiciación, y para que todos nosotros muramos juntamente con El.

   Trayendo a la memoria estos Misterios de Jesucristo, pretende la sagrada liturgia que todos los creyentes participen de ellos de tal manera, que la Divina Cabeza del Cuerpo Místico viva con su perfecta santidad en cada uno de los miembros. Sean las almas de los cristianos como altares en donde, en cierto modo, revivan las diferentes fases del sacrificio que inmola el Sumo Sacerdote: es decir, los dolores y lágrimas, que limpian y expían los pecados; la oración dirigida a Dios, que se eleva hacia el cielo; la entrega y como inmolación de sí mismo, hecha con ánimo pronto, generoso y solícito; y, finalmente, la estrechísima unión con la cual confiamos a Dios nuestras personas y nuestras cosas, y en El descansamos, «pues la esencia de la religión es imitar a aquel a quien adoras» (4).
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NOTAS
(1) Sal 109,4
(2) Jn 13,1.
(3) Conc. Tridentino, ses.22 c.l.
(4) San Agustín, De la ciudad de Dios VIII c.17.

Extractos de la Encíclica Mediator Dei, 20 de Noviembre de 1947

Como ovejas sin Pastor

Tomado de:

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Jueves Santo

Explicación y significado de la ceremonia litúrgica.

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Con su única Misa pero solemnísima, y con las visitas al monumento, envuélvenos en una como ola eucarística, que nos obliga a no pensar en nada más qué en la última Cena de Jesús y en la institución del Sacerdocio y del Sacramento del amor. Es un día medio de gozo, medio de tristeza: de gozo, por la rica herencia que nos deja Jesús al morir, en testamento; de tristeza, porque se oculta a nuestra vista el Sol de Justicia Jesucristo, y empieza a invadirlo todo el espíritu de las tinieblas.

Antiguamente, en la mañana de ese día, había tres grandes funciones litúrgicas, que se celebraban en tres misas diferentes: la Reconciliación de los penitentes, la Consagración de los óleos, y la conmemoración de la Institución de la Eucaristía. De la primera sólo ha quedado como vestigio la bendición “urbi et orbi” que da hoy el Papa desde la loggia del atrio de la Basílica Vaticana.

Santa Misa “in Coena Domini” de la Institución de la Eucaristía y del Sacerdocio católico.

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Solamente hay una en cada iglesia, y sería el ideal que en ella comulgasen el clero y los fieles. Los ministros y la cruz del altar están revestidos de ornamentos blancos, en honor a la Eucaristía. Como en los días de júbilo, se empieza por tañer el órgano y cantar el Gloria, durante el cual se echan a vuelo las campanas de la torre y se tocan las campanillas del altar, enmudeciendo en señal de duelo todos esos instrumentos desde este momento hasta el Gloria de la misa del Sábado Santo. Prosigue la Misa en medio de cierto desconsuelo producido por el silencio del órgano. En ella se suprime el ósculo de paz, por temor de recordar el beso traidor con que Judas entregó tal día como hoy a su Maestro. El celebrante consagra dos hostias grandes, una para sí y otra para reservarla hasta mañana en el monumento.

En las catedrales celébrase con extraordinaria pompa la bendición y consagración de los santos óleos, efectuada por el obispo, acompañado por doce sacerdotes, siete diáconos y siete subdiáconos, revestidos con los correspondientes ornamentos.

Mandatum. Lavatorio de los pies de los doce apóstoles.

En las iglesias catedrales, en las grandes parroquias y en los monasterios, tiene lugar, después de mediodía, la ceremonia del lavatorio de los pies a doce o trece pobres. Está a cargo del prelado o superior. Es un acto solemne de humildad con que el pastor de los fieles imita al que en la tarde del Jueves Santo realizó Nuestro Señor con sus discípulos, antes de comenzar la Cena, una promulgación anual del gran mandato de la caridad fraterna formulado por Él al tiempo de partir de este mundo para el cielo.

El número doce de los pobres representa a los doce apóstoles, y el trece, según Benedicto XIV, al Ángel enviado de Dios que misteriosamente se agregó a la mesa del Papa San Gregorio Magno en la que, como de costumbre, comían cierto día los doce pobres por él invitados, y cuyos pies previamente lavaba.

Procesión al Monumento.

Terminada la Misa, se organiza una procesión para llevar al monumento la hostia consagrada que ha reservado el celebrante, la cual reposará allí hasta mañana, y recibirá entretanto las visitas de los cristianos que, aisladamente y en piadosas caravanas, acudirán al templo atraídos por el Amor de los Amores y por el beneficio espiritual de las indulgencias concedidas.

El monumento es simplemente un altar lateral de la iglesia, lo más ricé y artísticamente adornado que sea posible, con muchas flores y muchas velas y con un sagrario móvil colocado a cierta altura. Ningún emblema ni recuerdo de la Pasión debe de haber en él, y menos soldados y guardias romanos pintados en bastidores, como en algún tiempo lo estilaron ciertas iglesias.

Denudación de los altares.

A la procesión, que termina bruscamente con la reposición de la sagrada hostia en el sagrario, sigue el rezo llano y grave de las Vísperas, después de las cuales el celebrante y sus ministros despojan los altares de todo el ajuar, dejándolos completamente desnudos hasta el Sábado Santo, para anunciar que hasta ese día queda suspendido el Sacrificio de la Misa.

Al mismo tabernáculo se le desposee de todo y se le deja abierto, para dar todavía mayor impresión del abandono total en que va a encontrarse Jesús en medio de la soldadesca.

Históricamente, este despojo de los altares recuerda el uso antiguo de desnudarlos diariamente, a fin de que, no estando adornados más que para la Misa, resaltase más vivamente la importancia del augusto Sacrificio eucarístico.

 

R.P. Andrés Azcárate O.S.B., tomado de “La flor de la liturgia”.

 

Tomado de:

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Hoy hay que visitar siete Templos o Iglesias

Recorrido de los 7 templos

Templo San Francisco de Asís, en Tijuana B.C., México.

Templo San Francisco de Asís, en Tijuana B.C., México.

¿Porque los feligreses recorren la noche del Jueves Santo siete templos? Esta es una de las más comunes tradiciones que se practica durante la Semana Santa en toda América Latina y cuya explicación se debe a los siete recorridos que hizo el Señor Jesús desde el Jueves Santo hasta el Calvario.

  • 1era. Desde el Cenáculo hasta el huerto de Getsemanía, donde oró y sudó sangre.
  • 2da. Desde el huerto, donde fue preso, hasta la casa de Anás, donde fue interrogado y recibió una cruel bofetada.
  • 3era. A casa de Caifás, donde fue escupido y padeció graves injurias y dolores toda la noche.
  • 4ta. A casa de Pilato, el gobernador romado donde fue acusado por los judíos con muchos falsos testimonios.
  • 5ta. Al palacio del rey Herodes, donde fue escarnecido por él y toda su soldadesca.
  • 6ta. De vuelta a casa de Pilato, donde fue azotado, coronado de espinas y escarnecido y condenado a muerte.
  • 7ma. De casa de Pilato al monte Calvario llevando a cuestas la cruz en la que fue crucificado.

Los monumentos y la visita de las siete iglesias

El Sagrario

Se acostumbra, después de la Misa vespertina, hacer un monumento para resaltar el Santísimo Sacramento del Altar y exponerlo de una manera solemne para la adoración de los fieles.
La Iglesia pide dedicar un momento de adoración y de agradecimiento a Nuestro Señor Jesucristo, un acompañarlo en la oración del huerto.   Es por esta razón que las Iglesias preparan sus monumentos.   Este es un día solemne.

En la visita de las siete iglesias o siete templos, se acostumbra llevar a cabo una breve oración en la que se dan gracias al Señor por todo su amor al quedarse con nosotros.  Esto se hace en siete templos diferentes y simboliza el ir y venir de Jesús en la noche de la traición.   Es a lo que refieren cuando dicen “traerte de Herodes a Pilatos”.

LA VISITA A LAS SIETE IGLESIAS

Monumento del Santísimo Sacramento del Altar

“El de San Francisco tiene más velas que el de Santo Domingo”, dice uno; “pero el de la Catedral tiene flores más caras”, agrega el otro. Un tercero replica “la Merced este año me gustó por lo sobria y austera”.

Y parece que este tipo de comentarios agota la experiencia espiritual de los monumentos.

Monumento es el lugar distinto al habitual donde se reserva el Santísimo y está bellamente adornado para agradecer que Jesús instituye la Eucaristía el Jueves Santo y desagraviar con homenajes los ultrajes recibidos, como más adelante se explica.

¿Para que se visitan los monumentos?

Para acompañar a Jesús en la noche que Dios fue juguete de los hombres. En efecto desde que terminó la última cena hasta que fue condenado en el tribunal de Poncio Pilatos, Jesús sufrió toda clase de ultrajes.

Así como el camino doloroso está señalado por las 14 estaciones del vía crucis, las ignominias de esa espantosa noche se señalan en cada uno de los siete monumentos.

Si uno decide hacer todo en una sola Iglesia puede hacerlo


¿QUÉ SE REZA EN CADA MONUMENTO?

Orando ante el Monumento al Santísimo Sacramento del Altar

Primera Visita

La oración en el huerto.

Jesús comenzó a atemorizarse hasta exclamar “Padre si es posible, aleja de mi este cáliz pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Se angustió “y vínole un sudor como gota de sangre que chorreaba hasta el suelo”, recuerda San Lucas. La tradición enseña que al ver Jesús que su sacrificio redentor iba a ser estéril en algunos, su congoja fue grande. Así tantos padres sufren angustias ante la perdición espiritual de sus hijos y todos nosotros sufrimos por la maldad propia y la ajena.

Unamos, pues,  nuestros dolores espirituales a los de Cristo para nuestra salvación y la del mundo.

Se medita unos minutos y se corona rezando: Padre Nuestro, Ave María y Gloria.


Segunda Visita

“No habeis podido velar conmigo una hora”

Les dice Jesús a Pedro, Santiago y Juan por quienes se hizo acompañar. “No hablas, balbuceas, no caminas, tiemblas, estás desfigurado y nadie te consuela, ni los tres mejores de entre los doce mejores, ni tu primer Papa ni tu  discípulo predilecto”. Si ellos hubiese rezado de aquí habrían sacado fuerzas para dar sus vidas por Ti. Aquí está la raíz del mal.

Lo decía San Alfonso: “o pecando dejas de rezar o rezando dejas de pecar”. Como un eco infinito a través de los siglos llega a mi tu dulce reproche: “no habeís podido estar conmigo sólo una hora”. Señor, que poco rezo, perdón.

Se medita unos minutos y se corona rezando: Padre Nuestro, Ave María y Gloria.


Tercera Visita

Traición: “Judas, con un beso entregas al Hijo del Hombre” Lc. 22, 48

Cuánto duele una traición, una deslealtad, que cruel desilusión. Cuantas veces aquellas míseras treinta monedas fue el placer, preferir un rato de placer exterior a la paz interior, un goce animal a la amistad divina. Cuantas veces en la inconsistencia de los bueno propósitos con un beso engañoso hemos preferido lo que no vale, lo que pasa, a ti mismo. Hagamos por el contrario, nuestra la exclamación de Pablo de Tarso “Considero todo una basura con tal de ganar a Cristo”. Que así sea.

Se medita unos minutos y se corona rezando: Padre Nuestro, Ave María y Gloria.


Cuarta Visita

“Entonces sus discípulos abandonándolo huyeron todos” Mc.14, 50

De sus implacables enemigos, los sacerdotes, sólo odio encontró; el pueblo, del Domingo de Ramos al Viernes Santo, cambió diametralmente su voluntad. Por eso el Sagrado Corazón dijo a Margarita, a quien se le aparecía “mis enemigos me pusieron una corona de espinas en la cabeza, mis amigos en el corazón”.

Oh Señor cuanto te hieren nuestras cobardías, nuestros respetos humanos, cuando en la misma misa tenemos vergüenza para rezar un Padre Nuestro en voz alta frente a los demás, olvidando nuestro compromiso de bautizados y hasta de confirmados, y cuantos te abandonaron pasando a las filas de los enemigos que viven mal en la mundanidad y el paganismo, o piensan mal con doctrinas erradas y perniciosas. Cuanto dolor para tu corazón por todos los abandonos.

Se medita unos minutos y se corona rezando: Padre Nuestro, Ave María y Gloria.


Quinta Visita

Ultrajes en la cárcel y tribunales

Luego comenzaron a escupirle la cara y a maltratarle a bofetadas diciendo: “¿adivina Cristo quien es el que te ha herido?” (Mt.26,65).

Escribe un autor” “el último de los ultrajes es recibir escupidas en el rostro”, porque se saliva en los más inmundos lugares. Hablando San Agustín de las ignominias recibidas por Cristo dice: “Si esta medicina no cura la hinchazón de nuestra soberbia, no acierto a dar con otro remedio”.

Recuérdame, Jesús mío, que podría hacer yo para desagraviarte. Me respondes: “tolera los ultrajes por amor mío como yo los he soportado por el tuyo”

Se medita unos minutos y se corona rezando: Padre Nuestro, Ave María y Gloria.


Sexta Visita

La negación de Pedro

“Aunque todos te abandonen, yo no te abandonaré”. Esta exclamación jactanciosa fue la raíz de su cobardía inmediatamente predicha por el Señor. “Pedro antes que cante el gallo, me negarás tres veces”. Ah, si Pedro hubiese rogado “Permíteme Señor serte fiel” que distinto hubiese sido todo. Pero el lavó sus culpas con abundantes ríos de lágrimas, “lloró amargamente” nos dice el Evangelio.

Señor que nunca se nos seque la fuente de lágrimas. El infierno no se acaba porque el demonio no se arrepiente, que no seamos duros de corazón e impenitentes. Que sepamos llorar nuestros pecados.

Se medita unos minutos y se corona rezando: Padre Nuestro, Ave María y Gloria.


Séptima Visita

Herodes lo trata como loco

“Entonces el rey con todo su séquito lo despreció y para burlarse lo envolvieron en ropa blanca. Herodes lo recibe para juzgarlo por curiosidad, quiere ver un milagro, o escuchar mensajes interesantes. Jesús calla ante este rey indigno y pecador. Y lo remiten a Pilatos.

San Buenaventura añade: “lo despreció como a un impotente porque no le hizo ningún milagro, como a un ignorante porque no respondió palabras y como a un estúpido porque no se defendió”.

Cuántas veces me parecieron poco razonables tus enseñanzas sobrenaturales, la confesión, el celibato, el amor a la Cruz, la castidad prematrimonial… Perdón Señor, perdón.

Se medita unos minutos y se corona rezando: Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

A Ω


Fuentes consultadas:

http://es.catholic.net

http://www.aciprensa.com

http://www.diocesistoluca.org.mx/noticias/index.php?

(Publicado en ¡CRISTO VIVE! Suplemento especial de La Gaceta, el Sábado 26 de Marzo de 1994)