Profundizando en nuestra fe. Capítulo 1: El sentido de la existencia del hombre (III)

nicea

4 noviembre, 2015

En el artículo anterior concluíamos que el sentido de la existencia del hombre procede del fin para el cual fue creado: Dios. Ahora bien, ¿quién me enseñará el camino para poder alcanzar tal fin? Tenemos la ayuda de otros cristianos que vayan por delante nuestro; pero principalmente la ayuda nos vendrá del mismo Cristo y de aquellos que Cristo puso para que fueran nuestros “maestros”[1].

Cristo, su persona y sus enseñanzas

La primera ayuda que tenemos es el mismo Cristo. Cristo nos dijo que Él era el camino, la verdad y la vida (Jn 14:6) y que sin Él no podíamos hacer nada (Jn 15:5). También nos enseñó que deberíamos permanecer unidos a Él como los sarmientos a la vid (Jn 15: 1-10) y que Él mismo era nuestra vida y la garantía de la vida eterna (Jn 6:51). Jesucristo nos enseñó que Él era la luz del mundo y el que le seguía no andaba en tinieblas (Jn 8:12).

Cristo nos dijo que nos dejaba su paz; una paz diferente a la que daba el mundo (Jn 14:27). Fue San Pablo quien añadió que Cristo mismo era nuestra paz (Ef 2:14). Él fue quien nos dio el mandamiento nuevo (Jn 13:34), los sacramentos de la vida eterna, y al mismo tiempo quien dijo a sus discípulos que siguieran haciendo eso mismo en su memoria (Mt 28:19; Lc 22:19). Y al mismo tiempo nos insistió que sus enseñanzas eran para todos los hombres y para todas las épocas (Mt 24:35), no pudiendo cambiar ni una tilde de lo enseñado (Mt 5: 18-19).

Cristo eligió a los Doce y les dio el mandamiento de perpetuar su misión

Fue el mismo Cristo quien eligió a sus discípulos para que continuaran su misma misión (Lc 6: 13-16); y luego les dijo: “Quien a vosotros oye a mí me oye. Quien a vosotros desprecia a mí me desprecia” (Lc 10:16). A ellos les dio el poder para atar y desatar (Mt 16: 19; 18:18), perdonar los pecados (Jn 20:23), bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28:19), seguir celebrando el Santo Sacrificio de la Misa (1 Cor 11:24). Y de un modo especial les insistió que guardaran todo lo que Él les mandó (Mt 28:20)

Para que pudieran cumplir fielmente esa misión no sólo les dio el poder sino que también les prometió la fuerza del Espíritu, el cual les traería a la memoria todo lo que Él les había enseñado y les llevaría hasta la verdad completa (Jn 16:13; Jn 14:26). Al mismo tiempo les dijo que nadie podría vencerles; incluso ni el mismo infierno  (Mt 16:18). Les dio poder sobre los demonios y espíritus inmundos (Mt 10:1; Mc 6:7). Los apóstoles, pues, se transformaron por mandato de Cristo en guardianes de su rebaño (Hech 20:28).

Y para ser fieles a la misión que Cristo encomendó a su Iglesia, esta necesitaba mantener la “pureza” de las enseñanzas de su Maestro. Así pues, los apóstoles enseñaban, preservaban y transmitían con pureza y autenticidad las enseñanzas de Cristo, del tal modo que “Todo el que se sale de la doctrina de Cristo, y no permanece en ella, no posee a Dios; quien permanece en la doctrina, ése posee al Padre y al Hijo” (2 Jn 1:9). Insistiendo de modo especial que guardaran el depósito de la fe (2 Tim 1: 13-14), al tiempo que les hacía saber que sus palabras nunca pasarían (Mt 24:35).

Esa idea de transmitir fielmente las enseñanzas de Cristo llevó a la primitiva Iglesia a celebrar su primer concilio (concilio de Jerusalén, Hech 13), con el fin de evitar las incipientes desviaciones que comenzaban a aparecer.

La revelación divina: sus fuentes y su interpretación

Así pues, para que el hombre pudiera descubrir y alcanzar su fin último, Dios le otorgó diferentes medios, uno de ellos fue a través de su “palabra”; palabra que en teología se conoce con el nombre de “revelación”. Se entiende como “revelación divina” la manifestación que Dios ha hecho a los hombres de Sí mismo y de aquellas otras verdades necesarias o convenientes para la salvación eterna (Dei Verbum, 1).

Frente al error protestante que defiende la “sola Escritura”[2] y el “libre examen”[3], la Iglesia católica siempre defendió y creyó que las fuentes de la revelación son la Sagrada Escritura y la Tradición[4]. Jesucristo confió la revelación a la Iglesia católica. La Iglesia tiene la autoridad y la obligación de custodiarla, enseñarla e interpretarla sin error (1 Tim 6:20; 2 Tim 1:14), lo que siempre se ha conocido con el nombre de Magisterio de la Iglesia.

¿Qué es la Sagrada Escritura?

La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo (2 Tim 3:16). Al conjunto de los libros inspirados lo llamamos Biblia.

Las propiedades de la Sagrada Escritura son: inerrancia, veracidad y santidad (Jn 10:35). La inerrancia significa que no contiene errores en lo que atañe a nuestra salvación. La veracidad quiere decir que contiene las verdades necesarias para nuestra salvación. Y la santidad significa que procede de Dios, enseña una doctrina santa y nos conduce a la santidad.

¿Qué es la Tradición?

La Tradición es la Palabra de Dios no contenida en la Biblia, sino transmitida oralmente por Jesucristo a los Apóstoles y por éstos a la Iglesia (2 Tes 2:15). Las enseñanzas de la Tradición están contenidas en los Símbolos o Profesiones de la fe (por ejemplo, el Credo), en los documentos de los Concilios, en los escritos de los Santos Padres de la Iglesia y en los ritos de la Sagrada Liturgia.

¿Qué es el Magisterio de la Iglesia?

Así pues, la Iglesia, a través de su Magisterio recibió el poder de Cristo para trasmitir sus enseñanzas y al mismo tiempo velar por la autenticidad de las mismas.

El Magisterio de la Iglesia está formado por el Papa y los obispos (siempre y cuando estén en comunión con el Papa). Los sacerdotes y diáconos formar parte del Magisterio siempre y cuando sean fieles a sus obispos. Y todos ellos, papas, obispos, sacerdotes y diáconos son parte del Magisterio siempre y cuando se mantengan fieles a las enseñanzas de Cristo tal como fueron enseñadas por la Iglesia de siempre.

¿Es todo lo que dicen los papas, obispos… parte del Magisterio de la Iglesia? No. Sólo cuando estos hablan de temas de fe y costumbres (moral) sus enseñanzas tienen autoridad magisterial. Y además, estas enseñanzas han de concordar con lo que la Iglesia de siempre enseñó. Si un Papa y obispo enseñara cosas diferentes, sus enseñanzas dejarían de ser parte del Magisterio de la Iglesia.

Otros conceptos básicos relacionados

Revelación pública y revelaciones privadas

La revelación pública acabó con la muerte del último apóstol (Dei Verbum, 4)[5]. Por lo que no se puede hablar de revelación pública si esta no procede de enseñanzas apostólicas.

Las enseñanzas oficiales que la Iglesia transmite no pueden sufrir cambios con el paso de los tiempos dependiendo de las diferentes filosofías o teologías que imperen en la Iglesia. Pero sí se puede hablar de una profundización de las verdades reveladas. Esta profundización sería el resultado de conclusiones lógicas y/o teológicas que procederían de verdades ya definidas como dogmáticas. Este es el caso de algunos de los dogmas marianos, la doctrina de la transubstanciación eucarística a partir del dogma de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, y muchos otros.

Las revelaciones privadas que en algunas ocasiones Dios ha hecho a santos o en apariciones, nunca forman parte del depósito de la fe. Las revelaciones privadas pueden ayudar a vivir la misma fe, si mantienen su íntima orientación a Cristo. El Magisterio de la Iglesia, al que corresponde el discernimiento de tales revelaciones, no puede aceptar, por tanto, aquellas “revelaciones” que pretendan superar o corregir la revelación pública oficial.

¿Qué es el Canon bíblico?

El Canon bíblico es el catálogo de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento que forman la Biblia y que la Iglesia ha declarado como divinamente inspirados. Son un total de 73 libros, 46 en el Antiguo Testamento y 27 en el Nuevo Testamento.

Del Antiguo Testamento se mencionan dos cánones: el canon alejandrino, formado por 46 libros y el canon palestinense, formado por 39 libros. Es curioso que Jesucristo en sus citas del Antiguo Testamento usara el canon alejandrino.

Los judíos sólo aceptan 39 libros del Antiguo Testamento, mientras que los protestantes aceptan 39 libros del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo Testamento.

¿Cuándo fue establecido el Canon de la Biblia?

Desde los primeros tiempos del cristianismo la Iglesia católica consideraba algunos escritos como “canónicos” (o inspirados) y otros los rechazó. A éstos últimos los llamó apócrifos.

La palabra canónico se utilizó por primera vez en el concilio de Laodicea (360). En el canon 59 se establece que “en la asamblea no se deben recitar salmos privados o libros no canónicos, sino solamente los libros canónicos del Nuevo y del Antiguo Testamento”.

A partir del año 393 diferentes concilios, primero regionales y luego ecuménicos, fueron precisando la lista de los Libros “canónicos” para la Iglesia: Concilio de Hipona (393), Concilio de Cartago (397 y 419), Concilio de Florencia (1441). El canon definitivo se estableció y definió en el Concilio de Trento (Sesión IV, 1546; DS 1501-1504). El concilio Vaticano I precisó y definió el concepto de “la divina inspiración de los Libros Sagrados” (Sesión III, 1870, DZ 3006-3007).

¿Cómo se dividen los libros canónicos?

Los 73 libros inspirados o canónicos de la Biblia se dividen en:

Protocanónicos: son aquellos libros que fueron y son considerados inspirados, sea por la religión judía, sea por la católica, como también por las Iglesias protestantes. Es decir, que su inspiración no ha sido puesta en duda por ninguna Iglesia.

Deuterocanónicos: son aquellos libros de la Biblia de cuya inspiración se dudó algún tiempo o por alguna Iglesia en particular, pero que la Iglesia estableció como inspirados definitivamente en el concilio de Trento.

Son siete los libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento: Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiastés, Baruc, 1º y 2º Macabeos y algunos fragmentos de Daniel y Esther. Los protestantes no aceptan estos libros.

También son siete los libros deuterocanónicos del Nuevo Testamento: Carta a los Hebreos, Carta de Santiago, 2ª de San Pedro, 2ª y 3ª de San Juan, Apocalipsis, más algunos versículos de los evangelios (Mc 16: 9-20; Lc 22:43; Jn 8: 1-11).

Las Notas y Censuras Teológicas

Se entiende como “notas o calificaciones teológicas” al grado de las verdades enseñadas por el Magisterio de la Iglesia

De fe divina: es cualquier verdad de fe en la que creemos; pero que no ha sido formalmente definida como tal por la Iglesia. Ejemplo: Dios existe. La persona que niega una verdad de fe divina es considerada como hereje.

De fe divina y católica: también conocido como dogma. Es cualquier verdad de fe que ha sido formalmente definida por la Iglesia como tal. Ejemplo: La Santísima Trinidad. La persona que niega una verdad de fe divina y católica es considerada como hereje.

Verdad teológicamente cierta: son ciertas verdades que se enseñan y que proceden de conclusiones lógicas y/o teológicas de los dogmas revelados. La persona que niega una enseñanza que es teológicamente cierta es considerada como que “comete un error en teología”.

Doctrina católica: Se dice que una enseñanza del Magisterio es de doctrina católica cuando ha emanado de los concilios, de documentos magisteriales… La persona que niega una enseñanza que pertenece a la doctrina católica se dice que “comete un error en la doctrina católica”.

En algunos tratados se suelen poner algunas censuras teológicas más, como por ejemplo: doctrina cercana a la herejía; doctrina temeraria (que contradice a la opinión teológica común sin suficiente fundamento); doctrina escandalosa (que podría desorientar a los fieles).

¿Cuál ha de ser la postura del fiel católico ante las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia?

El fiel católico ha de manifestar un asentimiento generoso y humilde a las enseñanzas que provienen de sus pastores legítimos. No pudiendo disentir públicamente, pues podría ser motivo de escándalo para otros; a no ser que, después de intentar hablar con sus pastores para aclarar la situación, no fueran escuchados y los motivos fueran realmente graves.

“Cuando Dios revela hay que prestarle “la obediencia de la fe”, por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando “a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad“, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él”. (Dei Verbum, 5).

Cada vez es más frecuente oír voces disonantes, que sin tener la debida formación teológica y moral, disienten públicamente de las enseñanzas del Magisterio; lo cual puede llegar a ser una falta grave si la enseñanza de esas personas indujera a confusión o a quitar la fe de los más débiles.

Conclusión

Con esto acabamos el primer capítulo dedicado al sentido de la existencia del hombre, concluyendo con las siguientes ideas básicas:

  1. Dios existe y la razón lo puede probar.
  2. Dios creó al hombre y le dotó de un alma inmortal. Este alma (y más tarde también su cuerpo resucitado), acabada su existencia terrena, recibirá premio o castigo según sus acciones. El sentido de la vida del hombre procede principalmente de estos dos hechos.
  3. Para que el hombre pudiera llegar a conocer el sentido de su existencia y alcanzar su fin último, Cristo nos dio: enseñanzas (revelación) y medios (sacramentos) para ello. Estas enseñanzas y medios fueron confiados a la Iglesia; la cual como depositaria de los mismos, tiene la ayuda y la promesa del Espíritu Santo; y la obligación de mantenerlos y transmitirlos sin cambio hasta el final de los tiempos.

Padre Lucas Prados

 
 

[1] Con el fin de sacar el máximo provecho a este artículo, se recomienda leerlo despacio, meditarlo y consultar las citas de la Sagrada Escritura conforme se van presentando. Además se ofrecen links a artículos más extensos para todo aquél que desee una formación más profunda y seria.

[2] http://www.catholicapologetics.info/apologetics/protestantism/sola.htm

[3] El “libre examen” es la doctrina derivada y dependiente del principio “Sola Scriptura”, en virtud del cual cada persona es juez definitivo de la correcta interpretación de la doctrina contenida en la Sagrada Escritura (lo que resulta lógico, una vez que los protestantes  eliminan a la Iglesia como guardiana del depósito de la fe).

[4] http://www.mercaba.org/TEOLOGIA/COLLANTES/02%20Fuentes%20de%20Revelaci%C3%B3n%20Numeros%20113-198.pdf

[5] http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html


Sobre Padre Lucas Prados

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 Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com 
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