Amigo, ¿Cómo has entrado aquí, no teniendo vestido de bodas?

parabolaboda

5 octubre, 2015

El 15 de este mes celebraremos la fiesta de Santa Teresa de Jesús, doctora de la iglesia y una de las místicas más importantes en la historia de la iglesia. Muy pocos han alcanzado las alturas de oración que Dios logró en ella. Es muy conocida por sus escritos sencillos y sabios sobre  la oración, tanto que tal vez pensamos que ella nació santa. Pero no fue así. Un día, cuando ya era monja, Dios le concedió esta visión del infierno.

Parecíame la entrada a manera de un callejón muy largo y estrecho, a manera de horno muy bajo y oscuro y angosto. El suelo me pareció de agua como lodo muy sucio y de pestilencial olor y muchas sabandijas malas en él. Al cabo estaba una concavidad metida en una pared, a manera de una alacena, adonde me vi meter en mucho estrecho. Todo era deleitoso a la vista en comparación de lo que allí sentí. Esto que he dicho va mal encarecido… Estando en tan pestilencial lugar, tan sin poder esperar consuelo, no hay sentarse, ni echarse, ni hay lugar, aunque me pusieron en éste como agujero hecho en la pared, porque estas paredes, que son espantosas a la vista, aprietan ellas mismas, y todo ahoga, no hay luz, sino todo tinieblas oscurísimas. Yo no entiendo cómo puede ser esto, que con no haber luz, lo que a la vista ha de dar pena todo se ve. No quiso el Señor entonces viese más de todo el infierno; después he visto otra visión de cosas espantosas; de algunos vicios el castigo. Cuando a la vista, muy más espantosos me parecieron, mas como no sentía la pena, no me hicieron tanto temor; que en esta visión quiso el Señor que verdaderamente yo sintiese aquellos tormentos y aflicción en el espíritu, como si el cuerpo lo estuviera padeciendo. Yo no se como ello fue, mas bien entendí ser gran merced y que quiso el Señor yo viese por vista de ojos de dónde me había librado su misericordia

¿Cuál fue su gran pecado para que mereciera este lugar de tormento? ¿Había robado? ¿Matado? ¿Apostatado? No. Su falta, que tanto había desagradado al Señor, fue su temor para avanzar en el camino de perfección y su falta de determinación para alejarse de las ocasiones del pecado.

“Esta visión,” dice la santa, “fue una de las mayores mercedes que el Señor me concedió, porque me ha aprovechado muy mucho, así para perder el miedo a las tribulaciones y contradicciones de esta vida, como para esforzarme en  padecerlas y dar gracias al Señor que me libró de males tan perpetuos y terribles. Después acá, como digo, todo me parece fácil en comparación de un momento que se haya de sufrir lo que yo en él allí padecí.

En el evangelio de hoy, Cristo nos presenta la parábola de una fiesta de boda preparada para el hijo de un rey. Esta fiesta, tan lujosa y encantadora, representa lo que Dios ha preparado para cada uno de nosotros. A través del bautismo, Dios nos ha hecho nuevas creaturas por la gracia de Cristo. De esto habla San Pablo en la epístola cuando dice,

“Revestíos del hombre nuevo, que fue creado según Dios en justicia y en santidad.”

Y Aunque ensuciemos este vestido por pecar, el rey va buscándonos de nuevo, deseando que aprovechemos en verdad los medios que nos ofrece.

San Francisco de Sales explica esta parábola así: Algunos declaran como su pretexto que no son “suficientemente buenos,” ¿pero cómo van a hacerse buenos si se quedan distantes de la fuente de todo bien? Otros dicen: “somos demasiado débiles,” ¿pero apoco, no es el Señor el pan de los fuertes? Otros: “somos enfermos”, pero en este sacramento se encuentra el Buen Medico. A los que dicen que están agobiados por las preocupaciones y tareas de esta vida, les contesta: “Vengan a mí todos que andan agobiados con trabajos y cargas, que yo los aliviaré.” Si algunos temen venir pensando que serán condenados, ¿no es  peor peligro ser condenados por mantenerse lejos?

Por fin, se llena la fiesta, pero lo que sucede al final es curioso. El dueño encuentra uno no vestido como debe ser y lo castiga. “¿Cómo has entrado no vestido para la boda?” le pregunta, y manda que los ministros aten sus manos y sus pies y lo arrojen a las tinieblas donde hay el llorar y el rechinar de dientes.

¿Qué le pasó? Sí, fue invitado. Y sí, le dejaron entrar. Pero no hizo lo que le correspondía. Fue uno de los muchos llamados pero no elegidos porque no cumplió con su parte. No llegó como un nuevo hombre. Sus intenciones eran deficientes. Querría ir a la fiesta, pero no tanto que hacer lo necesario.

Así pasa muchas veces con nosotros. Nos confesamos porque sabemos que así debemos de hacerlo, pero somos muy flojos para aprovecharlo como Dios quiere. “Muchas confiesan sus pecados veniales superficialmente, de purq costumbre, sin pensar en enmendar sus vidas.” dice San Francisco de Sales.

“¿Por qué muchos penitentes hacen muy poco progreso a través de sus confesiones frecuentes?” pregunta un teólogo.  “La causa principal es  que su propósito de enmienda es demasiado vago e indefinido. Al proponer evitar todos estos pecados es necesariamente flojo y sin poder y evidentemente imposible para cumplir,” porque no se ha propuesto nada especifica.

También el Padre Royo Marín nos advierte que “muchas confesiones pueden resultar inválidas, especialmente las de la gente devota, por ser nada más rutina. Es necesario tener una resolución clara, concreta, y enérgica de poner los medios para evitar el pecado. ¡Cuántas confesiones de gente piadosa resultan inválidas o poco menos que inútiles por no tener en cuenta estas cosas tan elementales!”

Son palabras muy fuertes que hay que tomar en cuenta. Pero antes de que se desmayen por temer que no se hayan confesado bien o que no puedan confesarse bien, recordemos que Dios no exige lo imposible. En la  parábola el rey querría que el invitado que estuviera presente. Fue castigado severamente porque sí supo y  sí pudo cumplir, y no lo hizo.

“No nos contentemos con menos de hacer todo lo que pudiéremos de nuestra parte”, exige Santa Teresa

San Juan Bosco dice que más almas son condenadas por confesarse mal que por no confesarse.

El propósito de enmienda no significa que tenemos certeza de que jamás pecaremos. Si fuera así, la iglesia no podría recomendarnos la confesión frecuente, pues, no sería necesario. Significa que vamos a poner los remedios necesarios y vamos a luchar con energía y determinación. Significa que en el momento de la confesión, hemos decidido renunciar al pecado y hacer algo concreto para no volver a caer en ello. La carencia de este propósito hace que la confesión se burle de la misericordia divina. ¿Cómo uno puede decir que está arrepentido si no va a cambiar nada para asegurar que no vuelva a hacer lo mismo?

Tampoco mi intención es desanimarles. No estoy dándoles pretextos para decir que no vale la pena confesarse porque es muy probable que nadie tenga las disposiciones necesarias. ¿Qué pensaríamos de un deportista que decide no jugar porque es probable que no gane? ¿O de un padre de familia que decide no trabajar porque hay posibilidad de ser despedido? ¿O un enamorado que decide que no vale la pena amar porque teme que su amada no le devuelva el amor? No luchar es perder. El fruto que ganamos de cada confesión se proporciona a las fuerzas que echamos. Cuanto más profunda sea nuestra tristeza y más firme sea nuestra determinación para enmendarnos, más fructífera será nuestra recepción de este sacramento.

“¿Qué será la gloria y el gozo de los bienaventurados,” dice Santa Teresa, “cuando verán que no dejaron nada sin hacer por Dios, que no retuvieron nada que pudieran ofrecerle, que dieron todo según sus fuerzas y medidas? Evitemos, por el amor de Dios, cada ocasión de pecado, y nuestro Señor nos ayudará como me ha ayudado.”

Como rezamos en la oración para esta Misa: “aleja propicio de nosotros todo lo adverso, para que, desembarazados de alma y cuerpo, te sirvamos con entera libertad.”

Por amor de Dios, vistámonos como debemos y mantengamos blanca y brillante nuestra vestidura. Así nos exhorta Santa Teresa con palabras de esperanza:

“Estoy hecha una imperfección, si no es en los deseos y en amar, que en esto bien veo me ha favorecido el Señor para que le pueda en algo servir. Mi amor y confianza en nuestro Señor empezaron a crecer porque mi conversación con Él era continua. Él no está asustado al ver las fragilidades del hombre. Dios no se retiene a nadie que persevera. Plega a Su Majestad que no me deje de su mano para que yo torne a caer, que ya tengo visto adónde he de ir a parar. No puedo entender lo que hace que personas teman el camino de perfección.”

Padre Daniel Heenan FSSP

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

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