UN LENGUAJE NUEVO PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN Parte III de III

 

 

 

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Antes de entrar en la exposición de algún ejemplo con el que poner de relieve algún acto público realizado al estilo neocón, quizá sea conveniente recordar brevemente lo esencial de la doctrina modernista. Así se entenderá mejor la difícil situación en la que se encuentra cualquier católico neocón, hoy tan frecuentes en el Catolicismo moderno.

El problema no es sencillo de resolver. Pues todo indica que la actitud del neocón suele desembocar en una aguda esquizofrenia a la que le conduce su empeño en mantener el Catolicismo, pero aceptando a la vez las doctrinas modernistas que pretenden poner al día la Religión fundada y predicada por Jesucristo. Es tan difícil situación la que obliga al católico neocón a utilizar una compleja verborrea, estrambótica, cientificista e ininteligible, con la que tranquiliza su conciencia y consigue creer que es un cristiano actualizado y reconciliado con la modernidad.

Según la recta Doctrina Católica, el hombre es capaz de conocer a Dios a través de las cosas creadas, remontándose a través de ellas hasta la Causa y el Creador de todas y utilizando su propia inteligencia (conocimiento natural de Dios), tal como se dice en Ro 1: 19–20. O también lo puede conocer, pero ya de una manera más completa y segura, a través del propio asentimiento de fe prestado a las Verdades Reveladas, según están contenidas en la Sagrada Escritura y la Tradición y custodiadas por el legítimo y auténtico Magisterio de la Iglesia (conocimiento sobrenatural de Dios).

Pero el Modernismo considera el problema de manera muy diferente. Para esta doctrina, el hombre va descubriendo paulatinamente a Dios a través de sus propios sentimientos, y no gracias a la obediencia de fe prestada a un Dios revelante (que ni engaña ni puede engañar). Según el modernista son sus propios sentimientos los que lo van conduciendo a un convencimiento subjetivo que es, en definitiva, en lo que consiste la fe. Como es lógico, tal convencimiento subjetivo está sujeto a todas las contingencias históricas, tanto de lugar como de tiempo, que afectan en su totalidad a la naturaleza humana. Y de la misma forma, los Dogmas tampoco consisten en verdades reveladas a las que se presta un asentimiento de fe firme y cierto; sino que son igualmente producto de la subjetividad humana cuya consistencia no es otra que los mismos sentimientos religiosos del hombre, sometidos también a su vez a las todas las eventualidades que lleva consigo el historicismo.

El resultado lógico e inevitable es la desaparición de Dios como un Ser Supremo y Personal. Por supuesto que el Modernismo no estaría dispuesto a hacer un reconocimiento expreso de su ateísmo; lo cual significaría la pérdida de su principal instrumento de captación. Por lo que utiliza el arte de un ingenioso disimulo con el que maneja hábilmente la ambivalencia de las palabras, el uso de términos conocidos y corrientemente admitidos (aunque dotándolos de un sentido diferente) y, sobre todo, el empleo de una especial verborrea pletórica de términos religiosos, a menudo casi ininteligibles y de contenido absolutamente vacío. Lo más interesante, sin embargo, es su pretensión de que sus esfuerzos se encaminan a la búsqueda de un cristianismo auténtico, libre de las impurezas y fantasías que la Iglesia le ha ido añadiendo a lo largo de los siglos.

Pero el verdadero fin que persigue el Modernismo y acerca del cual está seguro que alcanzará en su día, es el de poner al Hombre en lugar de Dios, a fin de rendirle culto en el Templo de la Nueva Iglesia Única y Universal, desembarazada ya de cualquier concepto de divinidad.

Mientras llega ese momento, el Modernismo se presenta como la verdadera y única Religión, una vez que ha conseguido introducirse en el seno de la Iglesia y desplazar al verdadero Catolicismo. Ha usurpado gran parte de los ritos, del culto y de las costumbres católicas (no sin mezclarlos de falsedades y hasta de elementos sacrílegos), y ha sabido utilizarlos junto a los modernos medios de seducción de masas y captación de incautos. La Biblia hablaría aquí de todos los que descuidaron el amor a la verdad y cayeron en poder de la Mentira (Ap 22:15). Así es como el Modernismo aparece como el País Soñado y la Tierra Dorada capaz de atraer a todos los ingenuos y débiles en la Fe, cuyo número abunda como las arenas del mar y cuya capacidad de credibilidad parece superar a todo lo imaginable. La apostasía universal, incluida gran parte de la Jerarquía eclesiástica, ha contribuido al triunfo innegable de esta peligrosa herejía.

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La gran tragedia del católico neocón consiste en que, de una parte, ha caído en la trampa del nuevo Catolicismo tal como lo predica esta Nueva Iglesia Universal, o la misma que permanece abierta a todas las religiones y en la que la salvación ya es accesible a todos los hombres. Mientras que, de otra, está convencido de que su postura es justamente la del Catolicismo auténtico que siempre ha vivido la Iglesia; aunque puesto al día según las filosofías del mundo moderno y adaptado a la mentalidad del hombre de hoy.

Lo tremendo del caso, sin embargo, y puesto que tal Catolicismo carece de verdadero contenido doctrinal una vez que ha abandonado el fundamento de la Revelación y el Magisterio de la Iglesia, y cuya base no es otra que el subjetivismo de los sentimientos humanos, estriba en que necesita para sostenerse de una especial verborrea enteramente plagada de términos tradicionales católicos, pero que ahora tienen un contenido bien distinto; además de un vocabulario de apariencia científica y aparatosa (apta para engaño de ingenuos), prácticamente ininteligible, pero que posee la virtud de obrar el milagro de hablar sin decir nada.

De esta forma el católico neocón se encuentra prisionero. De un lado, a causa de sus ilusas pretensiones de profesar el Catolicismo auténtico. De otro, por la necesidad de utilizar el lenguaje modernista; única forma, al fin y al cabo, de ocultar su desnudez doctrinal y la falsedad sobre la que se asienta. Una penosa esquizofrenia que sería merecedora de compasión si fuera posible exculparla de toda culpabilidad.

Con todo, lo más asombroso del católico neocón es el hecho de haber sido capaz de creer que Jesucristo, junto con la Doctrina por Él predicada, han quedado desfasados y superados por el tiempo y necesitados por lo tanto de actualización. No se sabe en lo que estaría pensando el autor de la Carta a los Hebreos cuando dijo que Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos (Heb 13:8), ni tampoco lo que querría decir Jesucristo cuando afirmó solemnemente que el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Mc 13:31).

El P. Iraburu, como corresponde a un buen hijo de la Iglesia y seguidor incondicional del Papa, se ha esforzado en defender la infalibilidad de las dos recientes canonizaciones (Juan XXIII y Juan Pablo II), por otra parte tan denunciadas por no pocos. Por supuesto que es deber de todo buen católico la actitud de obediencia y respeto al Santo Padre, aunque no hasta el punto de faltar a la verdad. No es posible olvidar que Jesucristo dijo de Sí mismo que Él era la Verdad (Jn 14:6); aunque no simplemente en el sentido de que Él era Veraz y hablaba siempre la verdad, sino mucho más que eso, puesto que Él era la misma Verdad. Por otra parte, también fue Él quien denominó al Espíritu Santo como el Espíritu de la Verdad (Jn 14:7; 15:26), añadiendo además que el mismo Espíritu nos conduciría hasta la verdad completa (Jn 16:13). Claro que anteponer la palabra del Papa a la de Jesucristo equivaldría a cometer un grave error de valoración en lo que se refiere a quién es mayor en la Iglesia: si su Cabeza o Fundador o su simple Vicario en la tierra.

El P. Iraburu ha elaborado un razonamiento que no es admisible. Según él, todas las canonizaciones proclamadas por la Iglesia han sido consideradas hasta ahora como infalibles. Y es imposible —continúa diciendo— que una creencia tan universal y siempre reconocida en la Iglesia pueda ser errónea. Luego las actuales canonizaciones también son infalibles, y de ahí la necesidad de reconocer como Santos a Juan XXIII y a Juan Pablo II.

P. José María Iraburu

P. José María Iraburu

Sin embargo, la primera afirmación no se fundamenta en la verdad. Dado que existen en la Iglesia teólogos de alto prestigio, tanto de tiempos anteriores como de la actualidad, que ponen en duda la condición de infalibilidad de las canonizaciones de santos o beatos apoyándose en argumentos bastante fiables. Y sobre todo en referencia a las dos últimas, en las que faltan todas las condiciones de seriedad y de cumplimiento de las exigencias canónicas para llevarse a cabo. El P. Iraburu es un sacerdote serio e instruido y conoce sin duda la existencia y los nombres de tales teólogos, entre los que se cuenta el mismísimo Ratzinger, luego Papa Benedicto XVI y ahora conocido como Papa Emérito.

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En cuanto a la segunda afirmación, no se corresponde con la realidad de los hechos. La imposibilidad de que estas dos canonizaciones sean infalibles se explica por razón de que la doctrina, la vida y muchas actuaciones de ambos Papas son demasiado conocidas como para que sea posible admitir en ellas su carácter de santidad. Además de su condición de enteramente rechazables bastantes de ellas, son bien patentes y avaladas por multitud de documentos y no pocos testigos. Y no cabe empeñarse en negar la evidencia de que ambos Papas causaron daños irreparables a la Iglesia, puesto que tal cosa equivaldría a rechazar voluntariamente la evidencia de los hechos, adoptando una actitud de reticencia en aceptar lo que todos los historiadores serios han reconocido, cerrando los ojos también a lo que cualquiera que se halle libre de prejuicios puede ver y comprobar fácilmente por sí mismo.

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Yo fui ordenado sacerdote bajo el Pontificado de Pío XII. He tenido ocasión, por lo tanto, de seguir la larga trayectoria de sucesos inexplicables que ha recorrido la Iglesia hasta los tiempos actuales: desde la muerte de Pío XII, el Concilio y los tiempos del postconcilio (más de cincuenta años que han culminado en el estado actual de ruina de la Iglesia), de manera que he vivido en propia carne el cambio sustancial dado por la Iglesia entre uno y otro período. Fui siguiendo con gran asombro las noticias que informaban acerca del Pacto de Metz (1962); en el que el Cardenal Tisserant y el Patriarca ortodoxo ruso Nikodim (títere del Politburó soviético) firmaron respectivamente, en nombre de Juan XXIII y de Kruschev, el acuerdo de no condenación (e incluso la exclusión de cualquier alusión en contra) del comunismo en el Concilio. Con los resultados conocidos: carta blanca a la política de la Otspolitik, reconocimiento de los valores (?) contenidos en la doctrina soviética, abandono a su suerte de millones de cristianos en Rusia y países sometidos, y puerta abierta a la introducción de la Teología de la Liberación en la América Hispana. Puse interés en seguir las filosofías adoptadas por Juan XXIII (extrañas al tomismo y a la Philosophia Perennis que siempre había mantenido la Iglesia), sus atenciones y preferencias por filósofos previamente condenados por San Pío X, amén de su apertura a las religiones extrañas al Catolicismo, etc. En cuanto a Juan Pablo II, prefiero no referirme a los Encuentros de Asís, ni a sus numerosos viajes en los que tuvo ocasión de celebrar liturgias profanas e imposibles de imaginar compatibles con la Liturgia de la Iglesia; dediqué buena cantidad de tiempo en leer sus Encíclicas (con especial atención las llamadas Trinitarias, en las que, a pesar de no ser yo teólogo, me pareció apreciar no pocos errores), además de emplear montañas de paciencia en seguir su Teología del Cuerpo, predicada por él durante dos años y acerca de la cual cualquier teólogo serio encontraría hoy multitud de elementos rechazables pero que a mí mismo ya me escandalizaron en su momento. En cuanto a la catadura de los Cardenales y Obispos nombrados por él, los cuales ostentan hoy en día los cargos de mayor responsabilidad en la Iglesia, es cosa que está a la vista de todos y acerca de lo cual es mejor callar; ni quiero aludir tampoco a su desafortunada amistad con el P. Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, etc., etc., pues no hay lugar aquí para relatar una larga crónica.

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He ahí un brevísimo resumen que me califica para afirmar honradamente un hecho claro: obligar a mi razón a reconocer santidades en personalidades cuya vida, escritos, actividades y doctrina conozco, y son muchos de ellos claramente incompatibles con la Fe, sería colocarme en la tesitura de tener que afirmar que lo blanco es negro y que lo negro es blanco. Sin embargo la razón no es incompatible con la Fe, ni la Fe con la razón (verdad revelada). Y de ahí la angustia que experimento cuando compruebo la facilidad con la que los hombres están dispuestos a poner entre paréntesis la verdad, o al menos a disimularla, para condenarla al fin a un olvido total.

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Es natural que el Padre Iraburu, tal como hacemos también nosotros, se encuentre dispuesto a acoger con respeto las decisiones del Papa y a confiar en que ambos Pontífices canonizados gocen de la eterna bienaventuranza. El verdadero católico asume las decisiones de la Iglesia y presta fidelidad a su legítima Jerarquía. Aunque sin llegar al extremo de faltar a la verdad, que es la última cosa que esperaría de nosotros Aquél cuyo juicio es el verdaderamente último y definitivo.

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De todas formas, es de admirar el formidable esfuerzo realizado por muchos católicos para defender lo indefendible y conciliar lo inconciliable. Se trata por lo general de buena gente, muy aficionada también a la celebración de congresos, cursillos, conferencias de expertos, jornadas para jóvenes, etc., etc; junto a muchos otros eventos cuyo denominador común consiste en haber descubierto el arte de perder el tiempo como nadie lo había conseguido hasta ahora.

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Y pienso que ya es hora de que vayamos trayendo a colación algún ejemplo convincente obtenido de acontecimientos de actualidad. Es posible que así quede patente que quienes los protagonizan viven instalados en una esfera bien distinta del mundo real en el que habita el común de los mortales.

 (Continuará)

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