SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

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La preeminencia de María trae su origen

de la augusta calidad de Madre de Dios

Comprended, si podéis, qué es ser Madre de Dios, y concebiréis la preeminencia de María sobre todas las demás criaturas.

Ser Madre de Dios, dice un padre de la Iglesia, es un prodigio tan asombroso, que Dios, aunque infinitamente grande y poderoso, no ha hecho nunca otro más grande ni más noble.Así que no tengamos reparo de decir, con la debida proporción, lo que el Doctor de las gentes decía del hijo de Dios: que el Señor, escogiéndola, le dio un Nombre sobre todo nombre, para que los tronos del Cielo, los imperios de la tierra y las potestades del infierno doblasen ante Ella la rodilla.

¿Y cuál es este Nombre? El de Madre de Dios.

Al lado de este título augusto, ninguna importancia tienen las estirpes esclarecidas y los privilegios más distinguidos, que no son sino vanidad y nada.

Decir de María que es Madre de Dios, es decir que es en la tierra la Madre de aquel cuyo único Padre es Dios en el Cielo: es decir que engendra en el tiempo a aquel que es engendrado desde toda la eternidad; es decir que es la que da al mundo el que debía ser el Salvador del mundo; en fin, que llevó en sus purísimas entrañas al que sostiene con sus dedos todo el universo.

De la calidad de Madre de Dios salta un manantial de gloria para María

y nos resultan a nosotros las mayores ventajas

En vano el orgulloso Nestorio pretende disputar a María el titulo glorioso de madre de Dios; la Iglesia toda, congregada en Éfeso, confunde la osada temeridad del heresiarca, y el pueblo, celoso por el honor de la Virgen, aplaude a una voz la condenación de aquel.

¡María Madre de Dios! Al oír este Nombre, ¡qué muchedumbre de maravillas y de misterios se agolpan a mi mente! Satanás ensoberbecido con el triunfo que había alcanzado de nuestros primeros padres, confiaba extenderle a toda su descendencia; pero su imperio es destruido y su cetro de hierro hecho pedazos. El Todopoderoso le ha entregado en poder de una mujer; y esta mujer es María: Dominus omnipotens nocuit eum, et tradidit eum in manus fœminœ.

¿No se cumplió a la letra en esta Virgen Madre la promesa hecha al primer hombre en el día mismo de su caída? ¿No repara esta nueva Eva lo que la otra había destruido, e introduce en el mundo la justicia y la vida, como la otra había introducido la muerte y el pecado?

¿No es ella el prodigio que Acaz no se atrevía a pedir, la virgen predicha por Isaías, de la cual debía nacer la esperanza de Sion, el redentor de Judá, el verdadero Emmanuel?

¿No es ella la mujer que San Juan nos pinta en el Apocalipsis, vestida del sol, coronada de estrellas, con la luna a sus pies, siempre en guerra con el dragón, pero siempre victoriosa de él?

Me faltan expresiones, Virgen Santa, para manifestar los títulos de gloria que te adornan, y el ministerio de consuelo que ejerciste respecto de nosotros. Penetrados de la más viva gratitud publicamos que a Jesucristo debemos el beneficio inestimable de nuestra redención, pero no olvidaremos jamás que Tú nos diste el Redentor; bendeciremos el día venturoso en que descendió a la tierra, pero llamaremos bienaventuradas las entrañas que le llevaron.

Elogios que los Santos Padres dan a María

a consecuencia de su maternidad divina

A la verdad es cosa singular que los enemigos de María levanten la voz y unan sus esfuerzos para contradecir los elogios que le tributan nuestros Padres en la fe y la Iglesia entera.

San Juan Damasceno llama a la Virgen un abismo de gracias; San Agustín afirma que después de Jesucristo no hay nada comparable a María; y todos confiesan unánimes que la calidad de Madre de Dios merece nuestros respetos y nuestro culto.

De ahí esta muchedumbre de devotos que se han alistado bajo el estandarte de María, los magníficos templos erigidos en su honra y los esplendidos dones ofrecidos ante sus altares.

La Iglesia no sólo no ha contradicho, sino que ha confirmado estas devociones cuando ha autorizado los muchos títulos con que invocamos y veneramos a María; y ella misma en sus oraciones la llama Virgen digna de veneración, Reina de los cielos y Madre de Dios.

La dignidad de Madre de Dios tiene algo de infinito

Es sentir común de los teólogos, según Santo Tomás, que la dignidad de Madre de Dios es, en algún modo, infinita e incomprensible al entendimiento humano, porque tiene por término un Dios, a quien se refiere y a quien incluye necesariamente: porque quien dice una madre, dice un hijo, y quien dice Madre de Dios, dice necesariamente un hijo que es Dios.

Estas dos consideraciones son inseparables y no pueden concebirse la una sin la otra.

Por lo tanto, como no hay ningún entendimiento creado que pueda comprender la dignidad de la Madre, San Gregorio se sirve de esta regla: para conocer la elevación de esta Virgen incomparable, concebid lo que es un Hijo de Dios, y entonces concebiréis lo que es la Madre: la excelencia del uno os hará conocer la excelencia de la otra; y si decís que la una es infinita, digo que la otra lo es también.

Dios, después del Verbo Encarnado,

no ha hecho nada más grande que María

Después de la augusta calidad de Madre de Dios, la grandeza del nacimiento, todos los títulos y todos los privilegios desaparecen o se oscurecen y confunden.

El Espíritu Santo, con ser tan celoso de la gloria de su Esposa, deja de hablar de Ella cuando ha dicho que era Madre de Jesús.

Así, la sangre de tantos reyes que corre por las venas de María, no tiene parte en este elogio; todos los títulos pomposos de Medianera, de Reina de los Ángeles, de Refugio de los pecadores, etc. que se tributan a la Virgen, no son más que una explicación del título de Madre de Dios. No, después de su Hijo adorable nada ha hecho Dios más grande que María: Ipsa est qua majorem Deus facere non potest.

Tomado de:

https://radiocristiandad.wordpress.com/

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