En plena libertad de palabra

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Estimado sí sí no no

El que ora cantando -dice San Agustín- dobla el valor de su oración, pero quien ora cantando el sufrimiento por un mundo cristiano en decadencia ¿qué valor adquirirá su oración? Pienso que pueda tener un valor análogo, con infinitesimal proporción, a la de Dios Padre, que inició Su llanto de Amor con la muerte de Abel. Incluída media lágrima también por Caín, que se había perdido.

Mi oración lacrimosa está dirigida al Padre para que cambie las cabezas de los hombres de la “iglesia conciliar” y al Espíritu Santo para que los vuelva a plasmar.

El Padre fundó la Iglesia sobre la Roca y alrededor de ella todo mártir, todo profeta, todo santo sacerdote puso el ladrillo de su vida de amor y de sacrificio por Jesús, hasta hacer un templo acogedor donde oraron y crecieron en la alabanza y en la adoración y se salvaron muchas criaturas.

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Monseñor Lefebvre Habla de la Apostasía

Monseñor Lefebvre

Mons. Lefebvre no ha dejado de denunciar la actual apostasía refiriéndose (en su última obra Itinerario Espiritual, Ecône 1990, p.70) a la ocupación de la Iglesia por Papas infieles y por Obispos apóstatas que destruyen la fe del clero y de los fieles, afirmando que: «Esta apostasía hace a estos miembros, adúlteros, cismáticos opuestos a toda tradición, en ruptura con el pasado de la Iglesia y en consecuencia con la Iglesia de hoy, en la medida en que la Iglesia de hoy permanezca fiel a la Iglesia de Nuestro Señor». Texto que desgraciadamente hay que decirlo ha sido mutilado en la edición hecha en español en Buenos Aires 1991, es una vergüenza que se recorte impunemente a Monseñor.

En el prólogo de la misma obra, Mons. Lefebvre evidencia el  cisma y la apostasía, de quienes le condenaron junto con Mons. de Castro Mayer, minimizando y negando las riquezas de la Encarnación y de la Redención: «Los que estiman un deber minimizar estas riquezas e incluso negarlas, no pueden sino condenar a estos dos Obispos y así confirmar su cisma y su separación de Nuestro Señor y su Reino, la causa de su laicismo y su ecumenismo apóstata». (Itinerario… Ed. española, Buenos Aires 1991, p.14).

La Libertad religiosa, tal como es enseñada y propuesta por Vaticano II y Juan Pablo II, su fiel servidor, contenida en la declaración «Dignitatis Humanae» constituye una blasfemia y una verdadera apostasía tal como manifiesta Mons. Lefebvre: « es una blasfemia y una apostasía hacer de este argumento un principio absoluto y fundamental del Derecho público de la Iglesia. Los Papas han condenado formalmente, ellos mismos, la actitud de  los Estados incluso católicos de nombre, que reducen así la Iglesia al régimen del derecho común (…) ». (Itinéraires, nº 233, p.46-47).

Continuar con las orientaciones del Concilio, cosa que hace Juan Pablo II con todo entusiasmo y esmero, es extender la apostasía por todas partes: «La situación de la Iglesia es tal que sólo un Papa como San Pío X puede parar la autodestrucción que sufre la Iglesia sobre todo después del Concilio Vaticano II. Proseguir con las orientaciones de este Concilio y de sus reformas post-conciliares, es extender la apostasía y conducir la Iglesia a su ruina. Se juzga el árbol por sus frutos, dijo Nuestro Señor mismo». (Itinéraires, nº233, p.129-130).

El liberalismo conduce a la apostasía tal como advierte Mons. Lefebvre (Cf. Le Destronaron… p.11).

« La Libertad Religiosa es la apostasía legal de la sociedad: recordadlo bien…» por esto Mons. Lefebvre no firmó la Declaración sobre la Libertad Religiosa (Dignitatis Humanae) porque como bien recalca: «¡No se firma una apostasía!». (Ibídem, p.75).

Apostasía práctica, apostasía latente fueron expresiones utilizadas por Mons. Lefebvre para expresar el estado de pérdida de la fe. (Cf. Ibídem, p.113 y 208).

De modo más enérgico Mons. Lefebvre afirmó: «Lamentablemente debo decir que Roma ha perdido la fe, Roma está en la Apostasía. Estas no son palabras en el aire, es la verdad: Roma está en la apostasía. Uno no puede tener más confianza con esa gente, ya que ellos abandonan la Iglesia. Esto es seguro». Esto dijo Mons. Lefebvre después de la entrevista que tuvo con el Cardenal Ratzinger el 14 de Julio de 1987, en la conferencia dada durante el retiro sacerdotal en Ecône el 14 de Septiembre de 1987.

La razón última y profunda de la resistencia de Mons. Lefebvre: «es la apostasía general, es por esto que nosotros resistimos (…)». (L’Eglise Infiltrée par le Modernisme, Ed. Fideliter 1993, p.69).

La apostasía de Juan Pablo II expresada por Mons. Lefebvre  cuando se le objetaba las futuras consagraciones en contra de la voluntad del Papa, en estos términos: «¿ Contra el Papa? Pero contra un Papa que destruye la Iglesia, que es prácticamente un apóstata y que quiere hacernos apóstatas, yo pregunto: ¿qué hacer? ¿hay que renunciar a la continuidad de esta obra de la Iglesia para complacer a aquel que no quiere saber más de la tradición, que ya no quiere que Nuestro Señor Jesucristo reine públicamente, y que nos conduce a la apostasía?» (Conferencia del 14/8/1987).

La impostura de Asís

La Apostasía

Ninguna misericordia para los Franciscanos y Franciscanas de la Inmaculada

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9 noviembre, 2015

Bienaventurados seréis cuando os injurien y persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo mal por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será abundante en los cielos; así persiguieron también a los profetas que os precedieron. (Mt 5, 11-12)

En esta “nueva” Iglesia volcada a dispensar misericordia a raudales para todos los pecadores que quieran comulgar sin arrepentirse de sus pecados, ni mucho menos dejar de pecar, no queda ni una mísera, pequeñísima pastilla de “misericordina” para los Franciscanos y Franciscanas de la Inmaculada.

Es lo que se deduce del último giro de tuerca de la persecución despiadada a la que está sometida la Orden fundada por el Padre Stefano Maria Manelli en 1969 y reconocida de derecho pontificio en 1998. Una Orden religiosa que, en lo más crudo del crudo invierno eclesial posconciliar, había llegado a contar, antes de que empezara la obra de demolición en 2013, 384 frailes (en 55 comunidades) y 400 monjas (en 48 conventos), además de muchos grupos de terciarios con votos. Recordemos que la fundación se debió a la respuesta de Padre Manelli, hijo espiritual de San Pío de Pietrelcina, a la llamada de Concilio Vaticano II para un retorno a las fuentes originarias del carisma de cada familia religiosa y promover así una verdadera renovación de la Iglesia. Por lo que, desde su origen, la nueva Orden se quiso caracterizar por el deseo de vivir integralmente la vida franciscana, siguiendo las huellas del “Poverello” de Asís según el ejemplo de San Maximiliano Kolbe, “el San Francisco del siglo XX” como lo definió Juan Pablo II.

En una serie de artículos anteriores publicados en Adelante la Fe, intenté resumir las etapas de la estrategia de sistemática destrucción de este pujante Instituto querida, diseñada y llevada a cabo por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, bajo la aprobación y supervisión del mismo Papa Francisco. El crimen principal de los Franciscanos de la Inmaculada y de su rama femenina fue el de seguir fielmente la Doctrina y el Magisterio de la Iglesia según su Tradición perenne, interpretando el Concilio Vaticano II a la luz de aquella “hermenéutica de la continuidad” de la que hoy ya nadie se acuerda.

Evidentemente el leer y vivir la vida religiosa, en particular, y la vida espiritual, en general, en continuidad con casi 2000 años de historia representa para esta “nueva” Iglesia un pecado gravísimo, tal vez el único pecado que aún exista sobre la faz de la tierra. Si además esta misma Orden persiste en celebrar también, aunque no exclusivamente, la Santa Misa según el Vetus Ordo, aplicando lo establecido en el Motu Proprio de Benedicto XVI Summorum Pontificum, pues entonces ese pecado se convierte en imperdonable. Sigue leyendo

Finanzas Vaticanas y transparencias interesadas

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7 noviembre, 2015

No sé por qué, pero me huele un poco a chamusquina todo el lío que se ha montado esta semana en torno a las finanzas del Vaticano, con el consiguiente desmadre que aparece en la trastienda. En realidad no es nada nuevo: se sabe desde hace muchos años, y se sospecha que lo que se sabe es nada, comparado con la realidad. Hace ya muchos lustros que la Iglesia está sumergida en un mar de corrupción económica, que alcanzó niveles elevadísmos cuando los casos de Marcinkus y el IOR y los suicidios (digo yo que probablemente inducidos como se dice ahora), y miles de escándalos más.

Cuando la Iglesia del Vaticano II quiso asimilarse al mundo lo hizo muy bien en este terreno, porque realmente comenzó a asimilarse a la corrupción de los grandes capitales y los bancos y todas esas cosas. A pesar de abrir las ventanas del Vaticano, los temas financieros y económicos olían muy mal y estaban como podriditos por dentro. En este punto no corrió mucho el aire fresco, por lo visto. Dicen que Juan Pablo I quiso poner orden y, por eso mismo, le proporcionaron un pasaje directo a la eternidad. No lo sé. Pero el caso es que me mosquea muchísimo que ahora aparezcan libros contando cosas de éstas, cuando hace ya muchos años que estamos al cabo de la calle de que hay un buen negocio montado.

Entonces, ¿por qué aparece ahora este misterioso asunto? ¿por qué las detenciones de sospechosos, la liberación de la sospechosa (que se ve que le guiñó un ojo al gendarme y la puso inmediatamente en libertad: a juzgar por las fotos….), el encarcelamiento del otro, la publicación de los libros y el escándalo de la prensa y la catolicidad bien-intencionada? Sigue leyendo

El Espíritu del Sínodo

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5 noviembre, 2015

“Heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño” Mt. 26, 41

“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (Is 5, 20).

No somos teólogos, sino simples hijos de la Iglesia Católica. Este es nuestro máximo orgullo. Pero hay cosas que nos hieren el alma respecto al Sínodo de la Familia, y debemos decirlas.

El Concilio Vaticano II marcó una impronta en la Iglesia. Tal es así, que se habló y habla de pre y posconciliares. Y de sus documentos se dijo y enseñó que había que interpretarlos según la Tradición. Porque seamos sinceros: muchos de estos están cargados de tantas ambigüedades que permiten cualquier interpretación.

A partir de este Concilio surgió un espíritu: la Iglesia habría terminado con todo un pasado lleno de lastre, de retrogradación, de constantinismo y de sujeción a los poderes terrenales.

¿Cuál era la finalidad del progresismo católico? La de adaptar la Iglesia al mundo (entendido teológicamente como uno de los enemigos del alma) y no la de convertirlo y salvarlo en la Iglesia. Con esta idea se subvierte así todos los conceptos fundamentales de la fe. Esta finalidad, en la actualidad, es observada y acatada con más rigurosidad. Sigue leyendo

Reacción de Mons. Schneider a la patada en la puerta del Sínodo, que abre la comunión de los divorciados vueltos a casar

EXCLUSIVA RORATE

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3 noviembre, 2015

Su Excelencia el Obispo Atanasio Schneider, uno de los prelados más visibles que trabajan para la restauración de la Misa latina tradicional y para la fe, ha escrito una respuesta al Sínodo (de casi 5.000 palabras) en exclusiva para nuestros lectores. Cualquier persona puede reproducir o enlazar este artículo, pero se debe hacer referencia a Rorate Caeli como fuente, y si se reproduce la traducción a la edición española.

Queremos expresar nuestra más sincera gratitud a Su Excelencia por tomarse el tiempo para analizar y expresar sus puntos de vista sobre uno de los eventos más importantes en la historia de la Iglesia – que él también lo ve como una “puerta trasera” para la Sagrada Comunión para los adúlteros, como el rechazo de las enseñanzas de Cristo y como un Informe Final (Relatio Finalis) lleno de “bombas de relojería”.

En los próximos días, publicaremos de nuevo otra entrevista de Su Excelencia, con una gran variedad de temas distintos. Mientras tanto, les traemos este importante trabajo en exclusiva, para nuestros lectores.


La puerta falsa hacia una práctica neo-mosaica en el Informe Final del Sínodo

La XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (del 4 al 25 de Octubre de 2015), que se dedicó al tema de “La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo”, emitió un informe final (Relatio finalis) con algunas propuestas pastorales que fueron presentadas al criterio del Papa. El documento en sí es solamente de carácter consultivo y no posee un valor magisterial formal.

Sin embargo, durante el Sínodo, aparecieron los nuevos fariseos y verdaderos nuevos discípulos de Moisés, que en los numerales 84 al 86 del Informe Final abrieron la puerta falsa (con bombas de relojería inminentes) para la admisión a la Santa Comunión de los divorciados vueltos a casar. Al mismo tiempo, los obispos que defendieron intrépidamente a “la Iglesia [que] profesa la propia fidelidad a Cristo y a su verdad” (Exhortación Apostólica de Juan Pablo II Familiaris Consortio, 84) se encontraron etiquetados injustamente como fariseos en algunos medios de comunicación.

Durante las dos últimas Asambleas del Sínodo (en 2014 y en 2015), los nuevos discípulos de Moisés y los nuevos fariseos maquillaron el hecho de negar la indisolubilidad del matrimonio y el hecho de suspender el sexto mandamiento, en base a un supuesto ‘caso por caso’, bajo el pretexto de un nuevo concepto de la misericordia o del uso de expresiones tales como: “el camino de discernimiento”, “acompañamiento”, “orientaciones del obispo”, “diálogo con el sacerdote”, “foro interno,” “una integración más plena en la vida de la Iglesia” o “una posible supresión de la imputabilidad sobre la convivencia en uniones irregulares (cf. Informe Final, nn. 84-86). Sigue leyendo

Card. Burke en coloquio Dignitatis Humanae: combatir a la secularización con la propia Iglesia

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2 noviembre, 2015

El Cardenal Burke abrió el viernes el coloquio en el ‘Dialogos Institute’, acerca de la correcta interpretación de la Declaración Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa, del Concilio Vaticano II, que se celebra actualmente en Norcia (lugar de nacimiento de San Benito).

En su discurso de apertura, el cardenal agradeció al ‘Dialogos Institute’ por su trabajo en la renovación de la filosofía y la teología, y por lo tanto en la renovación de la sociedad cristiana. Señaló la importancia de la cuestión de la libertad religiosa para tal renovación. Muchos teólogos interpretaron que la Dignitatis Humanae contradecía a las enseñanzas anteriores  a pesar de que la Iglesia sólo puede aceptar enseñanzas en continuidad orgánica con la Tradición Apostólica.

El Cardenal recordó, como uno de sus propios maestros en derecho canónico (quien había sido un estudiante del Padre  John Courtney Murray), argumentaba que la Dignitatis Humanae representaba una ruptura radical con las enseñanzas del magisterio de los papas del siglo XIX. Sin embargo, el Cardenal argumentó, que la Iglesia no puede aceptar ninguna enseñanza sobre libertad religiosa que contradiga a las enseñanzas anteriores, especialmente a las enseñanzas sobre el Reinado Social de Cristo, que pertenecen al mismo depósito de la fe.

Es vital para la Iglesia reflejar  el verdadero contenido de su enseñanza con respecto a las relaciones Iglesia / Estado y a la libertad religiosa, especialmente si se tiene en cuenta el secularismo agresivo y el Islam en el contexto actual. Se necesita una nueva evangelización, incluso dentro de la propia Iglesia, a fin de redescubrir la Tradición Apostólica y para combatir a las influencias seculares dentro de la misma Iglesia – incluyendo la influencia de concepciones seculares e indiferentes de la libertad religiosa. De ahí la importancia del coloquio actual.

[Traducido por Miguel Tenreiro. Artículo original.]

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

En el quincuagésimo aniversario del documento Gravissimum Educationis del Vaticano II

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29 octubre, 2015

De los dieciséis documentos del Concilio Vaticano Segundo, la relativamente breve Declaración sobre la Educación Cristiana Gravissimum Educationis, promulgada un día como hoy 28 de octubre pero cincuenta años atrás, en 1965, no es una de las más memorables y ciertamente no es una de las más controvertidas. Fue rápidamente ensombrecida por las Constituciones más grandes y las Declaraciones más innovadoras tales como Nostra Aetate y Dignitatis Humanae. Sin embargo, al menos para conmemorar un aniversario de medio siglo que podría pasar inadvertido, nos parece apropiado extraer algunos párrafos que podrían sorprender al ser citados en el 2015.

Una cosa está muy claramente establecida en el documento: la educación, para los Católicos, está necesariamente ligada a Jesucristo y a la proclamación de Su Evangelio. No puede ser “religiosamente neutral”. No existe ninguna separación entre la esfera de la fe y la esfera de la vida en el mundo; todo en la vida humana debe estar embebido de fe y tender a su fin último: el Cielo. Los padres conciliares aunque en forma oblicua se refieren al famoso lema de San Pío X, Instaurare Omnia in Christo”:

Para cumplir con el mandato que ella ha recibido de su divino fundador de proclamar el misterio de la salvación a todos los hombres y de restaurar todas las cosas en Cristo, Nuestra Santa Madre la Iglesia se debe interesar de toda la vida del hombre, aún en su parte secular ya que tiene gran relevancia en su llamado a la Vida Eterna… Una verdadera educación apunta a la formación de la persona humana en búsqueda de su fin último y del bien de las sociedades de las cuales, como hombre, es miembro, y cuyas obligaciones, como adulto, comparte.

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“El papado de Pablo VI”. Devastador extracto del nuevo libro sobre un pontificado desastroso

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22 octubre, 2015

En el primer aniversario de la beatificación del Pablo VI, aquel papa que presidió la autodemolición de la Iglesia y su antiquísima liturgia, traemos para los lectores de Rorate un excelente extracto del nuevo libro de H. J. A. Sire, titulado De las cenizas resurge el Fénix: La elaboración, la destrucción y la restauración de la Tradición católica. Si usted no tiene este libro, hágase un favor: cómprelo y léaselo de cabo a rabo. No hay nada que describa mejor la desviación conciliar, la crisis postconciliar y sus raíces históricas que este libro. Y mientras tanto, aquí tienen este extracto sobre Pablo VI (pp. 363-373) que es brillante, completamente veraz y absolutamente devastador. Su beatificación será eventualmente reconocida como la maniobra política que fue: una parte crucial en la progresiva “canonización de Vaticano II.”

El papado de Pablo VI

Por H. J. A. Sire

Esta escena de devastación será presidida por la distante figura del papa Pablo VI. La evaluación sobre el carácter de este papa ha sido maquillada por ciertas actitudes, encaminadas hacia la revolución en la Iglesia que todavía vivimos. Y lo será de dos maneras distintas: en primer lugar, los admiradores de este cambio estarán excluidos de las críticas a las que un gobernante los haría incurrir de forma natural en tales circunstancias; y en segundo lugar, la suposición de que tales cambios fueron correctos e inevitables, ha oscurecido la medida que muestra a Pablo VI como personalmente responsable de los mismos. Tales puntos de vista han prevenido una evaluación realística que, ante cualquier análisis medianamente objetivo, lo hubiese juzgado como el pontificado más desastroso de la historia. Para corroborar esta estimación, deberemos examinar primero la personalidad de Pablo VI.

Hijo de una familia de profesionales en el norte de Italia, Giovanni Battista Montini escogió la carrera eclesiástica ya en su niñez. A la edad de veinticinco años, poco después de su ordenación, llegará a alcanzar el puesto de oficial en la Secretaría de Estado y seguirá en ella hasta su nombramiento como Arzobispo de Milán, treinta y dos años más tarde. Una formación tan distintivamente curial no ha sido algo excepcional en un papa; sin embargo, los dos nombramientos simultáneos de Montini, tanto como capellán de la Unión Italiana de estudiantes universitarios y como profesor de diplomáticos papales, confirmará  su vinculación con los intelectuales, en vez de con los círculos pastorales. En el plano filosófico, la mente de Montini se distinguió por su gusto por la cultura francesa, típica de los círculos liberales italianos; él era un admirador de Maritain; ahora bien, como papa, llevará a la Iglesia hacia una dirección que el propio Maritain hubiese repudiado con fuerza. En 1.950 conocerá al filósofo francés Jean Guitton, que se convertirá en su amigo laico más cercano y el cual dejará un íntimo retrato de él en su libro Pablo VI, secreto. No obstante, la amistad más decisiva de Mons. Montini, dentro de los círculos eclesiales, será con el Cardenal Roncalli quién, a su elección como papa, lo confirmará como su confidente más cercano. Como hemos visto, Montini había sido nombrado Arzobispo de Milán por Pío XII. Su gestión en el cargo (de 1.954 hasta 1.963) quedó marcada, entre otras cosas, por una valiente determinación para llevar a la Iglesia a la clase obrera urbana.

Tal vez lo más característico, serían los vínculos del arzobispo con el mundo burgués progresista con el que se sentía más a gusto. Esa influencia se verá más tarde en el personal que se llevó con él a Roma y que será reflejado en su estilo cultural. En su pastoral de Cuaresma de 1.962, el Cardenal Montini expuso a los fieles milaneses lo que él veía como la nueva dirección del catolicismo y que su amigo Juan xxiii señaló: “La Iglesia va a desprenderse, si es necesario, de todo vestigio de manto real que ha quedado sobre sus soberanos hombros, para que pueda vestirse con paños más sencillos en consonancia con la demanda del gusto moderno”. El papa Pablo, cuando entró en el Vaticano,- y en sintonía con este punto de vista-, comenzó a reformar los esplendores barrocos que habían satisfecho tanto a príncipes como a plebeyos, redecorando el palacio de colores grises y rosas,  siguiendo el  gusto favorecido por la clase media de Milán de aquellos años. Este cambio podría simbolizar el tono de su pontificado: ” ¡Habéis vencido, milaneses; la Iglesia ha madurado con vuestro gusto!”

A nivel de personal, el papa Pablo trajo con él a un grupo  de colaboradores más cercanos, de los cuales era líder Don Pasquale Macchi, y que fue su secretario privado desde 1.954. Macchi fue la figura principal en lo que vino a denominarse como la “mafia de Milán”, una frase que resultó ser más apropiada de lo que lo sus inventores se dieron cuenta en ese momento. Con Pablo VI, el secretario conservará una influencia mucho más allá de su posición oficial [1]; a mediados de los años setenta, y siendo ya Monseñor Macchi, será nombrado miembro de la “Gran Logia del Vaticano” asociada con los masones, siendo su iniciación masónica en 1.958, cuando era secretario de monseñor Montini.

Más allá de este círculo personal, el papa Pablo se distinguió por sus favores al círculo de cardenales liberales, especialmente  los cardenales Lercaro, Suenens y Döpfner, que habían conspirado ilegalmente antes del cónclave para lograr su elección. Estos, que deberían haber sido privados de su cardenalato justamente, fueron en cambio promovidos a las posiciones más influyentes en la Iglesia. Vimos también cómo a estos tres cardenales mencionados se les entregó una supervisión del Concilio que fue, precisamente, utilizada para promover el programa radical; y también hemos visto cómo la reforma de la liturgia se le asignó al Cardenal Lercaro y a Mons. Bugnini para poder crear un equipo de su propia elección. Éste último proporcionará un modelo de expansión en los círculos menores a los que, gracias a los métodos de gobierno del papa Pablo, les fue entregado el control; lo que ocasionará que en el campo financiero de la Iglesia se provocase el mayor escándalo del Vaticano en aquella época.

La propia visión del papa Pablo en relación al estado de la Iglesia fue lo que determinó su estilo de gobierno. Con liberal confianza, compartió la idea de que la Edad Moderna era la edad de la iluminación y de la razón, habiendo sido superadas las crudas pasiones del pasado. En su pastoral de Cuaresma de 1.962, el Cardenal Montini había dicho a los milaneses: “Hoy ya no hay errores en la Iglesia; o escándalos o desviaciones o abusos que corregir.” Esta declaración, que será punto de referencia para la totalidad de su papado, nos da una muestra del grado de perspicacia, con la que juzgó la escena contemporánea. Aunque Pablo VI no se hubiese dado cuenta por sí mismo de los peligros latentes en las nuevas tendencias teológicas, se podría haber percatado por los signos de la década anterior; como cuando el papa Pío xii, en su acción contra el marxismo incipiente del movimiento obrero-sacerdotal, cerró el seminario de la Misión de Francia y depuso a tres provinciales dominicos en Francia. Se podría vincular la despreocupación del papa Pablo con una impresión que quedó registrada con el profesor Guitton: “Con él no se estaba en la presencia de un clérigo, sino en la de un laico que parecía haber sido elevado, de repente, al papado”. Dejando de lado al optimismo que era dictado por su liberal punto de vista, podríamos llegar a sugerir del papa Pablo que, simplemente, no sabía lo suficiente sobre su propio trabajo como sacerdote católico para llegar a evaluar a una Iglesia a la que estaba llamado a gobernar.

El examen del carácter de Pablo no era fácil, incluso para sí mismo. “¿Soy Hamlet o Don Quijote?”, preguntó en una ocasión. Una duda entre la indecisión y la irrealidad podrían haber sido creativos en un pensador privado, pero no era lo más idóneo en un papa. Su estilo tentativo fue otro de los rasgos que Jean Guitton hizo notar: “Cuando él había tomado una decisión, era absolutamente imposible de conseguir que la modificase en modo alguno”; esta firmeza de l’escalier, revelan un hombre que no puede soportar que su criterio sea cuestionado una vez que ha alcanzado la etapa de escrutinio público. Estos datos sobre su carácter explican el por qué Giovanni Battista Montini, siendo un ejemplo de subordinado perfecto, una vez elevado al papado se convierte en fracaso, a tanto y en cuanto  se le asigne la autoridad suprema.

La debilidad más significativa del papa Pablo recae en el juicio que hacía de sus subordinados, que fue plasmado desastrosamente en el asunto de las finanzas vaticanas. Muestra de esto fue el nombramiento que hizo del Cardenal Jean Villot como secretario de Estado. La conexión entre los dos se remonta a la época en que Villot, siendo secretario del episcopado francés, coincidió en Roma con Mons. Montini, en tiempos de Pío xii. Villot fue una figura distante y reservada, el enarca típico, que promovía la misión de una élite ilustrada para que pudiesen dispensar el progreso a la multitud. Cuando el Cardenal Roncalli fue elegido papa, no pensaba que este alegre paisano era el hombre adecuado para dirigir la Iglesia por caminos liberales; si el Papa hubiese vivido un año o dos más, habría podido verificar estos temores. El papel de Villot en el Concilio Vaticano ii, cuando era arzobispo coadjutor de Lyon, ya se había hecho notar. Pablo VI lo elevó al cardenalato en 1.965; dos años más tarde lo llevó a la Curia, y en mayo de 1.969 lo nombró secretario de Estado, en sustitución del Cardenal Cicognani; Villot permanecerá en este cargo hasta su muerte en 1.979. Salió beneficiado por una medida adoptada por Pablo VI, en contraste directo con el objetivo declarado por descentralizar la Iglesia, por la cual se le dio al secretario de Estado la autoridad general sobre todos los departamentos de la Curia, introduciéndose de este modo la secularización del gobierno de la Iglesia en la que trabajaría desde entonces. Villot se convirtió en la fuerza motriz de la campaña para acabar con el catolicismo tradicional; campaña que, si el propio papa Pablo hubiese ejercido, bien podría haberle hecho dudar de continuar con la misma. En cambio, los esfuerzos [de Villot] por persuadir al papa para excomulgar al Arzobispo Lefebvre, no tuvieron éxito. El Cardenal Villot fue nombrado como uno de los masones más prominentes del Vaticano en las listas que comenzaron a aparecer hacia el final del reinado de Pablo VI; su fecha de ingreso se da como 1.966.

Villot, como jefe de la Administración del Patrimonio de la Santa Sede, fue responsable formal de este departamento que, durante el papado de Pablo VI, terminará convertido  en una cueva ladrones. La iniciativa no pertenece, sin embargo, a Mons. Macchi. Desde la década de 1.950 había tenido conexiones con figuras destacadas en el mundo financiero de Milán, entre ellos Roberto Calvi y Michele Sindona. Este último fue el más criminal del grupo: era un siciliano que se mudó a Milán después de la guerra e hizo su fortuna como agente de la mafia: primero, para gestionar la evasión fiscal de ésta y, a partir de finales de los cincuenta para adquirir una serie de bancos. Al mismo tiempo, se ganó la amistad del arzobispo de la ciudad, el Cardenal Montini. En los años sesenta, Mons. Macchi llevó a Sindona y a Calvi al mundo de las finanzas del Vaticano. Otra figura asociada fue la de Umberto Ortolani que, al igual que los dos últimos, fue miembro de la logia masónica P2. Su condición de ser la mano derecha del Cardenal Lercaro hizo que recayese en el círculo de atención de Pablo VI.

Por el lado eclesiástico, el círculo se completó con el Arzobispo Paul Marcinkus, un clérigo de rudos modales de Chicago y que disfrutó de los altos favores de Pablo VI desde el inicio de su pontificado. Marcinkus será también compinche de Mons. Macchi, y en 1.971 será nombrado presidente del Instituto para las Obras de Religión, conocido popularmente como el Banco Vaticano. Este medio ya estaba siendo utilizado por Sindona, para transferir grandes sumas de dinero de sus bancos italianos a Suiza, una actividad que va acompañada de especulación monetaria. En 1.974, sin embargo, un banco norteamericano que poseía se derrumbó, en lo que se le conoció como el Crack il Sindona, y donde la Santa Sede perdió una cantidad estimada en treinta millones de dólares. El desenlace de este asunto sólo se produjo después de la muerte de Pablo VI, cuando Sindona fue condenado a cadena perpetua por el asesinato de la abogada que estaba liquidando sus bancos; y él mismo fue asesinado en la cárcel por sus acreedores de la mafia. Mientras tanto, el Arzobispo Marcinkus, alrededor de 1.972  había sido objeto de una investigación por parte del FBI en relación con el fraude de bonos falsificados, pero no se estimó la causa. Al igual que con las fechorías de Sindona, las revelaciones se produjeron después de la muerte de Pablo VI. En 1.981 Roberto Calvi fue condenado por delitos de divisas, pero el Arzobispo Marcinkus continuó haciendo negocios con él, citando el comentario que había escuchado de alguien: “Si usted no está pillado, no vale nada.”  Su némesis llegará al año siguiente cuando el Banco Ambrosiano, que era de Calvi, se derrumbe con deudas gigantescas. El IOR había sido su principal accionista, con el Arzobispo Marcinkus como director, y había sido utilizado como canal para mover fondos del Ambrosiano al extranjero. El drama se fue incrementado aún más por el asesinato de Roberto Calvi por parte de la mafia, quién fue encontrado ahorcado bajo el puente de Blackfriars en Londres. En 1.984 el Vaticano acordó pagar 224 millones de dólares a los acreedores del Ambrosiano, en reconocimiento de su responsabilidad en el colapso. El Arzobispo Marcinkus, sin embargo, no renunciará como presidente del IOR y aún se negará a hacerlo, estando protegido por la soberanía del Vaticano, debido a que se emitió una orden de arresto contra él en 1.987. No fue sino hasta 1.989 cuando el papa Juan Pablo II se inspiró para destituirlo de su cargo. La conclusión de esta historia se produjo en 1.992, cuando Licio Gelli, jefe del P2 y Umberto Ortolani, su lugarteniente en la logia, fueron condenados a largas penas de prisión por fraude en relación con la quiebra del Banco Ambrosiano.

Estos eventos comprometieron la estima que se tenía de papa Pablo VI como administrador de la Iglesia. Los que lo encuentren inocente de la pérdida de muchos millones de fieles podrán encontrar la pérdida, menos loable, de muchos millones de dólares como una señal de sabiduría. La implicación criminal iniciada en su tiempo. No fue culpa de una Curia fuera de control; fue el trabajo de unos hombres que el mismo papa Pablo había puesto en el Vaticano,-Villot, Macchi y Marcinkus-,  y en los cuales depositaba su especial confianza. Por otro lado, el caso arrojará luz sobre las pretensiones de la reforma conciliar por recuperar un cristianismo más fresco y no contaminado. Los escándalos en los que participó esta particular Iglesia, eclipsarán las denuncias que se hicieron durante el pontificado de Pío xii sobre el excesivo interés por lo material. Un gerente financiero de la Iglesia de esta época, el Cardenal Canali, había sido acusado de tener relaciones con el banquero papal, el conde Enrico Galeazzi, las cuales eran de todo menos espirituales. Sin embargo, en ese período, el Vaticano no había llevado a cabo todavía la elección de unos asesores criminales de las periferias de Milán y de Sicilia; y uno, a duras penas, se puede imaginar al Cardenal Canali asociándose con tales personajes: él lo habría juzgado por debajo de su dignidad eclesiástica. No obstante, en la década de 1.960, la voz de la nueva democracia instigará a los pastores de la Iglesia a ensuciarse las manos y estos, ciertamente, lo harán.

Este círculo hermético en las finanzas del Vaticano se fue elaborado en su totalidad mediante vínculos masónicos de muchos de sus miembros, propagándose esta red por todas las partes de la Curia durante el papado de Pablo VI, particularmente, en los departamentos de finanzas de las Secretarías de Estado y de la Liturgia. Las revelaciones públicas de más de un centenar de nombres de clérigos que eran masones, comenzarán en 1.976 después de la muerte de Pablo VI. Éstas fueron confirmadas a Juan Pablo I por el periodista Mino Pecorelli, siendo él mismo un miembro descontento de la logia P2. Pecorelli era un experto reconocido en las ramificaciones secretas de la sociedad italiana y tuvo que ser asesinado unos meses más tarde por aquellos a quienes sus revelaciones amenazaban. Dio a conocer a Juan Pablo i la existencia de una “Gran Logia Vaticana”, cuyos miembros él conocía personalmente y que incluían algunos de los nombres más influyentes de la Curia [2].  Las cifras de las listas masónicas incluyeron al Cardenal Villot, secretario de Estado 1969-1979; a Monseñor Casaroli, segundo hombre en la secretaría de Estado de 1967 y sucesor de Villot en el cargo; a Mons. Macchi; al Arzobispo Marcinkus; al Cardenal Suenens de Mechlin, quién fue la fuerza impulsora de gran parte de la campaña modernista a lo largo del reinado del Papa Pablo; al Arzobispo Bugnini, arquitecto de la revolución litúrgica; al Cardenal Poletti, presidente de la Academia de Liturgia y miembro de la Congregación para la Culto Divino y, por último, al Cardenal Baggio quién, como presidente de la Congregación de los Obispos iniciará el procedimiento para suspender a divinis al Arzobispo Lefebvre en 1.976.

Cuando estos y otros muchos nombres se hicieron públicos, la respuesta de algunos fue llamar a esta lista un invento lefebvrista. Esa explicación se puede descartar. Además, había muy poca correlación entre la lista y los enemigos del tradicionalismo con las personas mencionadas [3]. Por otra parte, la información dada,- que consistía, simplemente, en una lista de nombres, nombres en clave y las fechas de admisión -, no surtió efecto para promover entre los lefebvristas la creencia de una infiltración de agentes masónicos en el clero, que habrían sido entrenados para subir hasta la cima para así subvertir a la Iglesia. Todas las fechas de iniciación que figuran en las listas eran de los veinte años anteriores, más o menos, cuando los clérigos en cuestión ya estaban bien establecidos en la Iglesia; y era de suponer que la mayoría se habrían unido a la sociedad por motivos de auto-promoción [4]. De hecho, las revelaciones parecen representar la fuga de una lista de miembros confidencial que las sociedades secretas estaban obligadas a depositar en el Gobierno, en virtud de la ley italiana. Lo más probable es que la mayoría de los eclesiásticos mencionados no tendrían intención de convertirse en masones por razones ideológicas, y mucho menos para formar parte de una conspiración. Sin embargo, la membresía de estos demuestra un desprecio por la ley de la Iglesia, que por aquel tiempo tenía decretado la excomunión ipso facto por adhesión a la masonería; y en otros casos, como el del Cardenal Villot, refleja un apego a la ética masónica del humanismo liberal, propiciada por un privilegiado círculo de directores políticos al pueblo llano.

Se dice que una de las intenciones que el papa Juan Pablo I  no pudo realizar en los treinta y tres días de su pontificado (de agosto a septiembre de 1.978) fue la de echar afuera de la Curia a todos, o a la mayoría, de los hombres señalados como masones. Al igual que con la mayoría de detalles en todo este asunto, sólo se podrá verificar cuando la Iglesia se decida, algún día, a revelar los hechos internos de su vasta subversión bajo el reinado de Pablo VI. Sin embargo, se sabe que los cambios propuestos por Juan Pablo, dejaron consternado al Cardenal Villot, quien los describió como “Una traición a la voluntad de Pablo, un triunfo para la restauración” [5]. Esa restauración nunca tuvo lugar, pues Juan Pablo II optará por ignorar toda esta información y por mantener a los mismos hombres que fueron puestos por el papa Pablo VI en el gobierno de la Iglesia.

Contra este abandonamiento del pontificado de Pablo VI podemos establecer ciertas estimaciones convencionales a partir de sus biografías o por otras obras. Las premisas de éstas consistirán en hacer caso omiso a hechos evidentes durante su pontificado,- la secesión de decenas de miles de sacerdotes de su ministerio (facilitado por la política de Pablo VI de conceder laicización automáticamente a todos aquellos que lo pidieran), la pérdida de incontables vocaciones religiosas, la deserción en masa por parte de los laicos de una Misa reinventada para su propio beneficio, el colapso de la autoridad del papado –, y a presentar esta época como un catálogo de reformas. A un tal Eamon Duffy, en su obra Santos y Pecadores le resultará posible describir el pontificado de Pablo VI como el más grande del siglo xx. Sentencias de este tipo nos hacen recordar las alabanzas por la habilidad política del mariscal Pétain durante el apogeo del régimen nazi; es un género literario en el que el reconocimiento de la realidad es sustituida por la deferencia hacia una ideología dominante.

Pablo VI fue sin duda responsable, por falta de acción, de la revolución que vio la Iglesia en sus quince años; pero gran parte de esta revolución tuvo lugar sin iniciativa alguna suya y en contra de su voluntad. Si nos fijamos en su gobierno, encontraremos a dos políticas que son sin duda alguna, debidas a él. La primera de ellas consistió en entregar al Concilio para que estuviese bajo el control del ala modernista; decisión que influirá en toda la corriente de su pontificado. Sin embargo, incluso en este caso, la influencia del papa Pablo sólo fue relativa al procedimiento: no la tuvo en un sentido doctrinal,- como la gran enseñanza que como Papa podría haber dado-, y ni siquiera la tuvo en el seguimiento del plan estructurado para el Concilio, que Montini había esbozado en 1.962. La segunda política fue la de la revolución litúrgica , que Pablo VI impulsó personalmente de principio a fin; y he aquí de nuevo que su papel consistiría, simplemente, en poner al Consilium litúrgico bajo el cardenal Lercaro y Mons. Bugnini y dejarlos hacer lo que quisieran. El papa Pablo VI no tenía competencia en la liturgia; en octubre de 1.965, como hemos visto, no tenía ni idea de que la reforma estaba dirigida a la composición de una nueva liturgia; y la única contribución personal suya con la que nos encontramos en este proceso fue la de extirpar algunos de los detalles más radicales del Novus Ordo.

Aparte de eso, podemos atribuir sin duda a Pablo VI, el que la Curia se transformase, de una especie de sindicato italiano que había sido, en un órgano internacional, elegido por toda la Iglesia. En otras circunstancias habría sido encomiable mas, en la práctica, era de uso limitado para reformar el gobierno al tiempo que socava sus poderes efectivos. El mantenimiento del Cardenal Ottaviani como secretario del Santo Oficio (rebautizado en 1.965 como la Congregación para la Doctrina de la Fe) refleja la convicción del Papa Pablo de que este dicasterio y su cabeza eran reliquias obsoletas. No entró en el pensamiento de Pablo una política encaminada a colocar un teólogo bien informado a la cabeza de esta congregación, para poder dar a la Santa Sede un brazo efectivo en el pulso de la teología moderna. El cese de este departamento fue un ejemplo de la impotencia curial introducida por su gobierno, mientras que durante su reinado aumentó el número de funcionarios en el Vaticano, pasando de 1.322 a 3.150 recordándonos el conocido análisis, de cómo una institución en decadencia viene marcada por un incremento de su burocracia.

Por otro lado, un logro del papa Pablo fue cuando empezó el programa de viajes papales a nivel mundial con el que estamos familiarizados hoy en día; una misión de la que Pío xii se había creído excluido y para la que Juan xxiii era demasiado viejo. Sin ese contacto personal del papa con el mundo, la campaña de recuperación de popularidad, que Juan Pablo II llevó a cabo en su pontificado, difícilmente hubiese sido posible.

Otro cambio que, sin duda, expresa la voluntad de Pablo VI, fue la creación de los órganos destinados a promover el gobierno colegiado de la Iglesia. El más importante de ellos fue el Sínodo de los Obispos, que comenzó a reunirse en Roma, desde 1.967 hacia adelante. Ahora bien, hay que decir que el carácter de ese órgano, como órgano de control episcopal, es uno de los mitos de la reforma conciliar. Esto quedó reflejado, especialmente, en la primera reunión del sínodo, cuando la oposición a la nueva Misa de Bugnini, fue descaradamente anulada; la nueva liturgia se impuso sin cambios substanciales en la forma que, previamente, el sínodo había rechazado y en los procedimientos que se usaron para introducirla, se tomó buen cuidado para evitar otra consulta con los obispos.

Nadie puede ver a Pablo VI como el inspirador, para bien o para mal, de los movimientos doctrinales que marcaron su reinado. Las características principales de estos, tales como el modelo revolucionado del sacerdocio o la aceptación de la crítica bíblica protestante-liberal, no le debían nada a cualquier enseñanza de Pablo VI; aunque tampoco él tomó ninguna medida para prevenirlos o regularlos. Después de la publicación de la Humanae Vitae en 1.968, el papa Pablo se sentirá tan nervioso por la pésima aceptación de ésta, que no se atreverá a publicar otra encíclica durante el resto de su reinado. Incluso, la declaración de la doctrina social de la Iglesia, que era publicada tradicionalmente en cada décimo aniversario de la Rerum Novarum, tomó la forma en 1.971, no de una encíclica, sino de una carta pública al Cardenal Roy. La parálisis del magisterio pontificio durante el reinado de Pablo VI se convertirá en expresión constitucional.

Podemos evaluar las implicaciones de estos hechos resaltando que, si la visión modernista de la Iglesia fuese cierta, entonces sería posible que un cambio radical hubiera sido alcanzado mediante un papa poderoso y reformador (alguien tipo Franklin Roosevelt o un Gladstone eclesiástico). Esta no es la figura que encontraremos en Pablo VI. Lo que vemos en su reinado no es la dirección iluminada, sino la anarquía extendida bajo la presión de líderes modernistas y de una supuesta opinión “pública” (más que nada, opinión periodística), y aceptada por el papa Pablo con toda la pinta de vacilación y reticencia. Sus sentimientos fueron expresados en pronunciamientos bien conocidos como, por ejemplo, cuando en diciembre de 1.968,  se lamenta de la “autodestrucción” de la Iglesia, o en junio de 1.972, cuando habló en un sermón de: “Un poder adverso, el diablo, aquél a quien el Evangelio llama el misterioso enemigo del hombre, algo preternatural que entró para sofocar los frutos del Concilio Vaticano II. ” [6]. Esta pobre valoración sobre los acontecimientos de su época sugiere que no era consciente de su propia habilidad para guiarlos. Y, de hecho, si preguntásemos: ¿por qué Pablo VI es aprobado por aquellos que creen en la revolución conciliar?…  Principalmente porque no hizo nada para comprobarlo. Uno no puede dejar de ver lo impopular de un papa Pablo de haber sido este conservador, o de haber gobernado su Iglesia de manera convencional. Su ineficacia, su lejanía del sentimiento popular y su falta de conocimiento doctrinal serían fácilmente reconocidos como defectos fundamentales. Pero fue sólo en virtud a un Papa con ese carácter lo que propició el pase de la revolución; y lo que se nos enseña, es que los ideales más altos de un Papa a disposición de los liberales, son los de aquel que no puede gobernar la Iglesia.

Dejando a un lado la cuestión doctrinal… pocos Papas han demostrado en la historia tal incapacidad para ejercitar su cargo como lo hizo Pablo VI: su total dependencia con el punto de vista de los intelectuales de la Europa occidental, su unilateralidad al promover la influencia de un único partido, su dependencia de un pequeño círculo de confidentes, su error de juicio en la elección de los subordinados, su amateurismo en doctrina y legislación, su debilidad e indecisión y, por encima de todo, su absolutismo en la aplicación de una política partidista; todos estos puntos separan a Pablo VI de sus predecesores; con total seguridad se tendrá que volver a uno de los Papas oscuros del siglo xviii o incluso antes, para poder encontrar un paralelismo distante. Pero a Pablo VI no le correspondía ser ambiguo. Fue llamado a gobernar la Iglesia en el momento en que un concilio había sido anunciado, y cuando la necesidad de preservar la visión cristiana contra las presiones del mundo contemporáneo, era especialmente urgente.

Uno entonces se pregunta, cómo Pablo VI se ha escapado del juicio que le correspondía; cómo puede ser visto como un promotor de gobierno colegiado cuando su política más distintiva, la nueva liturgia, fue impuesta haciendo desprecio de la colegialidad; cómo los comentaristas pueden ignorar que el hecho sobresaliente de su tiempo fue el colapso de la autoridad papal, que su pontificado fue un rastro de citas escandalosas y de pérdidas inauditas. Él se escapa a su juicio porque todo lo que hizo, o dejó de hacer, se encaminaba hacia la sumisión de la Iglesia al mundo. Dado que el mundo estaba buscando una Iglesia sin autoridad, un papa sin autoridad parecía el modelo apropiado.

La opinión laica vería con satisfacción la victoria de los estándares modernos y el debilitamiento de la Iglesia con cada error de Pablo VI, en lugar de señalárselo en su contra. Lejos de juzgar sus fracasos, los observadores lo habrían culpado si hubiese seguido un curso diferente; si hubiera favorecido al término medio en el concilio en lugar de a los radicales europeos; si hubiera escuchado a los obispos en lugar de a los vándalos litúrgicos; si hubiera dado menos concesiones; si se hubiera infligido menos daño en el patrimonio de la Iglesia.

Pablo VI se escapa, a corto plazo, de un juicio realístico pero los ídolos de la época actual no durarán para siempre, ni en el mundo ni en la Iglesia. Cuando estos hayan pasado, será juzgado a la luz de la anarquía que promovió en la Iglesia y que es reflejo de su propia división mental. Incluso, cuando imponía la aceptación de la nueva misa, lo hizo envolviéndolo en frases de remordimiento: “Ya no será el Latín,- lo encontramos diciendo-, sino una lengua común, la que será lengua principal de la Misa. Porque para todo aquel que conoce la belleza y el poder del Latín o su aptitud para expresar cosas sagradas, para este será sin duda un gran sacrificio, al verlo reemplazado por una lengua común. Estamos perdiendo el idioma de los siglos cristianos; nos estamos volviendo intrusos y extraños en el dominio literario de la expresión sagrada. Estamos perdiendo en gran medida aquella admirable e incomparable riqueza artística espiritual que es el canto gregoriano. Tenemos razones para sentir remordimientos y para sentirnos confusos sobre esto.” [7]. Esta confusión es, de hecho, como la marca de un hombre que sabía del tesoro del que su propia política privaría a sus fieles. Y, sin embargo, persiguió su propia política; persiguiendo, por otra parte, con una intolerancia ciega y proscribiendo la tradición litúrgica de la Iglesia; persiguiendo, mientras que invocaba las necesidades pastorales, un laicado que desertaba a millones del nuevo culto.

Las peculiaridades psicológicas de Pablo VI, que aguantaron el envite de los escrutinios modernos, tal vez arrojarán luz sobre los fracasos de los papas anteriores, cuyos personajes se pierden en la oscuridad de su época. No sabemos nada de las debilidades de Honorio, cuya sumisión al emperador de Oriente le costó la condena del Papa León años cincuenta años más tarde: “Y [Nos anatematizamos] con ellos a Honorio, que permitió que la ley sin mancha de la tradición apostólica que recibió de sus predecesores, fuera ensuciada.” Sin embargo es posible que la censura de la Iglesia caerá un día sobre Pablo VI, al igual de cómo ocurrió: “Con Honorio, al convertirse en autoridad apostólica, no extinguió la llama de la enseñanza herética cuando comenzaba sino que le dio pábulo con su negligencia.”

Este extracto fue tomado de Phoenix from the Ashes de H.J.A. Sire.

[Traducción Miguel Tendeiro. Artículo Original]

[1] Cabe mencionar esta conexión, ya que en 1.968 Pablo VI tomó la medida extraordinaria de negar públicamente los rumores escabrosos que habían aparecido con respecto a sus relaciones con otro sacerdote en Milán años antes. El escándalo está, probablemente, más allá de la investigación, pero sugiere que el papa Pablo había quedado expuesto al entredicho por su notable dependencia hacia las personas cercanas a él.

[2] Véase David Yallop, En el Nombre de Dios (Londres: Cape, 1.984), p. 175.

[3] Un tradicionalista eminente, el fallecido Michael Davies, incluso me expresó su creencia de que la lista era una cortina de humo puesta para oscurecer la afiliación masónica real del Arzobispo Bugnini.
[4] Un ejemplo más típico de la teoría de la conspiración del ala derecha se encuentra en la alegación improbable de que el cardenal Liénart, de Lille, había sido masón ya desde 1.912, mucho antes de que él comenzase su carrera como campeón de los derechos de los trabajadores dentro de la jerarquía francesa.

[5] Yallop, op. cit., pp. 296 a 97.

[6] Un juicio similar fue cuando, al final de su vida, le comentó a Jean Guitton, “Hay un gran descontento en este momento en la Iglesia y lo que están cuestionando es la fe. Estoy alarmado, cuando reflexiono sobre el mundo católico, que el pensamiento no católico veces parece prevalecer dentro del catolicismo… ” El análisis, sin embargo, es más bien como si alguien hubiese comentado en 1.916: ” Casi parece como si Europa estuviera en guerra. “

[7] El discurso del papa Pablo del 26 de noviembre de 1.969, citado por el Arzobispo Lefebvre en “Lo han destronado” (Kansas City: Angelus Press, 1987), p. 227.

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Sordomudos de nacimiento y sordomudos de conveniencia ( y III)

mudo

22 octubre, 2015

La apertura de las ventanas del Vaticano y la aparición de los Falsos Pastores.

La caída del Muro de Berlín y el (relativo) comienzo del ocaso del marxismo en Europa determinaron el inicio del declive de la cuestión social. Al que contribuyeron los vientos huracanados que, con furia no igualada hasta ahora, sacudieron la Iglesia a partir del momento en que el Papa Juan XXIII abrió las ventanas del Vaticano, según una propia expresión que no dejaba de mostrar una cierta actitud de desconsideración hacia sus predecesores.

Pero, a diferencia de lo que esperaba el Papa, y tal como lo reconoció poco después expresamente Pablo VI, lo que realmente entró en la Iglesia fue el humo de Satanás. El cual comenzó a manifestarse a partir de las declaraciones en las que la Iglesia, proclamando su renuncia a denunciar los errores y anunciando su apertura al Mundo, entonó los primeros compases de la obertura de la mas extraña y trágica sinfonía jamás escuchada a lo largo de su Historia: la del Concilio Vaticano II que, acaso sin proponérselo (asunto sobre el que todavía discuten acremente los historiadores), dejó inerme al Catolicismo ante la declarada invasión de la herejía modernista, a pesar de que hasta ese momento había sido contenida.

Las tres Encíclicas de Juan Pablo II, Laborem Exercens (1981), Sollicitudo Rei Socialis (1987) y Centesimus Annus (1991), junto a la de Benedicto XVI Caritas in Veritate (2009), han sido las últimas Encíclicas Sociales hasta ahora. Puesto que la Laudato si del Papa Francisco (2015), que él pretende está inspirada en la Doctrina Social de la Iglesia, es en realidad un alegato ecologista, lleno de connotaciones políticas y de corte modernista.

Si se parte de la realidad de que el intenso clima de doctrina social, que fue el principal determinante del ambiente eclesial que imperó en la Iglesia hasta el Concilio Vaticano II, fue barrido implacablemente por los vientos postconciliares repletos de modernismo, los cuales han estado soplando en la Iglesia hasta la actualidad, no hay sino reconocer que estas Encíclicas difícilmente logran escapar a la nota de fuera de temporada que parece corresponderles. Si además se considera que la Revolución doctrinal llevada a cabo por el Papa Francisco y que parece destinada a sacudir hasta los cimientos más firmes de la Iglesia es algo irreversible, es posible que estas Encíclicas sean las que hayan puesto punto final a la ola de doctrinas sociales que durante tanto tiempo vino inundando a la Iglesia.

El estrepitoso fracaso de los Sacerdotes Obreros fue algo más que un fracaso. Porque en realidad fue el timbre de alarma que hizo notar que el Movimiento Obrero y la famosa Cuestión Social habían llegado a su fin. Todas estas corrientes de ideas sociales, que con tanta fuerza zarandearon la Iglesia durante toda la segunda mitad del siglo XX, habían tenido un larvado origen en el marxismo de cuya ideología de fondo se alimentaron; aunque el hecho pasara desapercibido para la gran mayoría que al fin y al cabo actuaba de buena fe, al menos en un principio. Por lo que sería injusto dejar de reconocer la generosidad, e incluso el heroísmo, con los que muchas almas decididas dedicaron su vida a estos Movimientos, que es una razón por la cual no cabe dudar que Dios bendeciría con multitud de gracias tan encomiables esfuerzos y sacrificios. Todo lo cual no debiera haber sido obstáculo para que la Iglesia se hubiera percatado de que, por obra y gracia del modernismo, había llegado el ocaso definitivo de las cuestiones sociales.

Porque la Iglesia efectivamente, una vez más y como en tantas otras ocasiones le había sucedido en su Historia, no supo leer en ella ni obtener consecuencias anticipadas del fracaso de los Sacerdotes Obreros. La Historia de los hombres se escribe ondeando banderas: unas veces para enarbolarlas y otras veces para pisotearlas. Los Movimientos Obreros no podían subsistir ante el resurgimiento del Modernismo, ni tampoco podían estar destinados a otra cosa que a ser fagocitados por él. Los hombres se empecinan en sus radicalismos y les prestan veneración como a sus propios dioses; pero, tal como ocurre con todos los ídolos de todos los tiempos, acaban siempre siendo desplazados y sustituidos por otros que impone la moda del momento: el más fuerte acaba sustituyendo y eliminando al más débil, que fue justamente lo que hizo el Modernismo con el Marxismo.

Bien es verdad que Benedicto XVI y el Papa Francisco trataron de resucitar la Teología de la Liberación. Con más intensidad el primero, puesto que fue siempre un entusiasta convencido de esta especie de teología marxistizada (o de marxismo teologizado). Francisco, en cambio, se dio cuenta de que este instrumento ya le resultaba inservible, por lo que pronto lo abandonó por otro más radical y eficaz. Los Gustavo Gutierrez y los Leonardo Boff, los cuales habían creído renacer y volver a entonar su canto triunfal, tampoco fueron capaces de darse cuenta de que, en realidad, ya habían pasado definitivamente a la Historia aunque no precisamente a la más digna.

Pero, si tal como establecimos como hipótesis de trabajo, llamamos Pastores Mudos a todos los que, de una manera o de otra, no predican la Palabra de Dios, habremos de suponer como integrados en el grupo, además de aquellos que se limitan a propagar doctrinas superfluas o banalidades, de una forma más especial a los que, de forma clara y descarada, se dedican a envenenar a las ovejas con doctrinas extrañas a la Fe católica o francamente heterodoxas e incluso aberrantes.

Con las corrientes modernistas postconciliares comenzó la época de los Falsos Pastores, los cuales se han venido dedicando a propalar doctrinas ajenas a la Fe, por lo general impregnadas de modernismo, dentro de un ambiente de completa libertad en el que las antiguas Instituciones destinadas por la Iglesia a velar por la salvaguarda de la Fe -Santo Oficio, hoy Congregación para la Doctrina de la Fe- se convirtieron en oficinas burocráticas prácticamente inexistentes de nula eficacia.

La realidad del momento presente consiste en que desde las más Altas Instancias de la Iglesia hasta las más humildes parroquias del universo orbe, se han venido predicando con toda libertad las doctrinas modernistas, con el resultado de la General Apostasía que se ha producido en la masa de fieles católicos. Haría falta un estudio serio, que sin duda resultaría demasiado complejo y difícil, que pudiera determinar las causas de la rápida difusión por toda la Iglesia de una herejía que apenas ha encontrado obstáculos.

Todo lo cual dentro de una relativa semejanza con respecto a lo que ocurrió con el arrianismo en los siglos III y IV; puesto que existen tres importantes diferencias. De las que la primera consiste en que, así como el arrianismo atacaba a alguna de las verdades de la Fe, el modernismo, en cambio, niega los fundamentos mismos de la Fe (es la suma de todas las herejías según dijo San Pío X). En segundo lugar, porque el arrianismo encontró fuerte resistencia en alguna parte de la Jerarquía, representada en esta ocasión por el gran campeón San Atanasio, que fue el auténtico martillo de la herejía. Y por último hay que resaltar el hecho extraordinario de que, si bien los errores arrianos hicieron mella en la práctica Jerarquía de toda la Iglesia, además de la nobleza y el ejército, pero el pueblo llano y sencillo se mantuvo fiel a la Fe y fue, en definitiva, el que contribuyó de manera más eficiente a la desaparición de la herejía.

Los ataques contra la Fe y los Fundamentos de la Iglesia alcanzan su punto culminante durante el Pontificado del Papa Francisco. En el cual tiene lugar un hecho decisivo que podía haber sido también definitivo y fulminante para la vida de la Iglesia: el asalto y la conquista del Vaticano por el lobby gay.

Una sociedad como la actual, y especialmente la del mundo católico, acostumbrada a vivir manipulada por los Poderes que manejan los media y hecha a vivir adormecida y como drogada, privada de la capacidad de reaccionar y hasta de la de pensar, contempla los mayores y más graves acontecimientos sin enterarse aparentemente o, por lo menos, sin atribuirles importancia alguna. Incluso aunque se trate de eventos fundamentales que incluso pueden conducir a su total exterminio y extinción. El pueblo —lo que se suele conocer como la gente— se ha acostumbrado a vivir al día, como si nada ocurriera o, como también suele decirse, a mirar para otro lado.

Sin embargo, la conquista del Vaticano por obra del lobby gay, con todas las consecuencias que lógicamente podrían derivarse del caso, ha de ser admitido como un hecho fundamental que de ningún modo puede explicarse por causas meramente naturales. Se quiera reconocer o no, e incluso aunque nadie quiera admitir una afirmación que puede resultar molesta o escandalosa, sería preciso dar paso a la posibilidad de que Poderes Malignos de Alto Nivel se encuentren efectivamente operando en estos momentos en la Iglesia.

La conquista de los Organismos de Gobierno de la Iglesia por obra del lobby gay, dada la magnitud y la gravedad del acontecimiento, jamás imaginado en la Historia de la Iglesia e imposible de ser atribuido a causas meramente naturales, podría significar, nada más y nada menos, que la aparición del Falso Profeta ya previamente anunciado por las profecías que avisaron de la proximidad de los Tiempos Finales.

Pero el problema se agrava todavía más si se considera la íntima relación existente entre la homosexualidad y el satanismo. Una relación que resulta imposible de negar, acerca de la cual ya se ha dicho aquí que la fuerza desplegada por los ocultos Poderes —que son quienes realmente dictan los destinos de la Humanidad, aunque nadie se atreva a confesarlo abiertamente y que, a través del lobby gay y del dominio universal de los media, han logrado hacerse con el Gobierno de la Iglesia—, no puede ser explicada por causas meramente naturales, y ni aun siquiera por causas sobrenaturales de mediana envergadura. El hecho de que incluso en el Vaticano llegaron a celebrarse Ritos Satánicos es universalmente conocido y la prensa lo denunció en su día; como también lo hizo el Padre Malachi Martin en una de sus célebres novelas–reportaje. Fue precisamente el P. Malachi quien en una de sus más famosas novelas de hace ya casi treinta años[1], describió, junto a un conjunto de extrañas intrigas y conspiraciones y en una especie de premonición cuasi profética, que llegaría a reinar en el Vaticano un Pontífice que sería obligado a dimitir. Resta añadir que el P. Malachi murió inexplicablemente en su apartamento de Manhattan en 1999, aparentemente de hemorragia cerebral según se dictaminó, pero en circunstancias tales que no dejaron de infundir sospechas que nunca han sido aclaradas.

Aunque estas cosas suelen ser pasadas en silencio y es de general consenso no insistir en ellas, es lo cierto que los escasos Padres Malachi que en el mundo han sido suelen desaparecer casi siempre en extrañas circunstancias.

Lo mismo que el momento en el que actualmente vive la Iglesia, acerca del cual nadie quiere saber nada. Tal como sucede con el suicida que está a punto de precipitarse desde lo más elevado de un alto edificio, siendo presenciado por una muchedumbre paralizada por el asombro —y también por un oculto horror inconfesable—, y que no se atreve siquiera a levantar un grito y permanece silenciosa.

Padre Alfonso Gálvez

 
 

[1] Malachi Martin, The Windswept House, Doubleday, New York, 1996. Esta fue la novela que, según opinión seria de muchos, le costó la vida.

Tomado de:

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¿Devolución doctrinal a las conferencias episcopales? Francisco ya lo aprobó en 2013

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17 octubre, 2015

Entre todo lo hablado por algunos delegados y portavoces del Sínodo sobre la “devolución” o “delegación” a las Conferencias de Obispos de cuestiones morales importantes, y las críticas de muy pocos padres sinodales y comentaristas católicos a esta idea, se encuentra el proverbial “elefante en la habitación” que nadie quiere mencionar. Nos referimos al hecho de que el Papa Francisco ya aprobó esta idea en los artículos 32 y 33 de su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, verdadero proyecto original para todo su pontificado (las negritas son nuestras):

32. Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización. El Papa Juan Pablo II pidió que se le ayudara a encontrar «una forma del ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva». Hemos avanzado poco en ese sentido. También el papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan escuchar el llamado a una conversión pastoral. El Concilio Vaticano II expresó que, de modo análogo a las antiguas Iglesias patriarcales, las Conferencias episcopales pueden «desarrollar una obra múltiple y fecunda, a fin de que el afecto colegial tenga una aplicación concreta». Pero este deseo no se realizó plenamente, por cuanto todavía no se ha explicitado suficientemente un estatuto de las Conferencias episcopales que las conciba como sujetos de atribuciones concretas, incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal. Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera.

33. La pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral del «siempre se ha hecho así». Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades. Una postulación de los fines sin una adecuada búsqueda comunitaria de los medios para alcanzarlos está condenada a convertirse en mera fantasía. Exhorto a todos a aplicar con generosidad y valentía las orientaciones de este documento, sin prohibiciones ni miedos. Lo importante es no caminar solos, contar siempre con los hermanos y especialmente con la guía de los obispos, en un sabio y realista discernimiento pastoral.

Cuando Evangelii Gaudium fue publicada en noviembre de 2.013, en Rorate enseguida comprendimos la importancia central de estos pasajes, razón por la cual los destacamos. La realidad es que, con todo lo que se ha hablado de “conspiraciones” y “apaños” en este pontificado, Francisco y sus consejeros más cercanos (en particular, el Cardenal Maradiaga y el Arzobispo Tucho Fernández), no han podido ser más claros acerca de sus intenciones para el cambio “profundo, total e irreversible” en la Iglesia. Este pasaje de Evangelii Gaudium no puede ser más elocuente acerca de la dirección en la que Francisco quiere conducir a la Iglesia.

Si, en algún momento, se devolviera un ápice de autoridad doctrinal a las Conferencias Episcopales, Roma se enfrentaría a una batalla interminable para regular, limitar o reclamar dicha autoridad. El daño a la autoridad papal y el caos que se extendería por toda la Iglesia Universal son demasiado terribles para ni siquiera contemplarlos. Si estuviéramos hablando de iglesias locales profundamente enraizadas en la Tradición y celosas por conservar su herencia teológica, litúrgica y canónica, podría haber menos inquietud; incluso, si la idea de “devolución doctrinal” fuera absolutamente inaceptable desde el punto de vista católico tradicional. Desgraciadamente, ha desaparecido de la Iglesia un sentido genuino de Tradición y, cualquier “devolución de la autoridad doctrinal”, dará como resultado que numerosas jerarquías se den prisa en ser guiados por el espíritu del mundo.

Para los apologistas y comentaristas católicos, el colmo de la ironía es continuar en silencio, observando cara a cara  este ataque obvio a la autoridad de la Sede Apostólica y a la Unidad de la Iglesia Universal debido, precisamente, a su equivocado sentido de “lealtad” al Papado y al deseo de promover la “unidad”, a menudo entendida como sofocación de toda crítica y que todo el mundo debería fingir que todo va bien.

[Traducido por José Antonio Gutiérrez. Artículo original.]

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

Lo ridículo del Sínodo: El sacrilegio que hizo que toda la sala sinodal llorara

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16 octubre, 2015

No sabemos si algo de esto es cierto. No sabemos si la historia original es verdadera; el participante no identificado del Sínodo que pudo haber dado a conocer este relato, pudo habérselo inventado. No sabemos si realmente causó “conmoción” en la asamblea (otra perturbación que no haya sido la causada por el horror al sacrilegio de cómo se trata a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento en la diócesis de la narración). Si fue cierto que la “conmoción” era “general”, o si solamente el portavoz de habla hispana de la Oficina de Prensa de la Santa Sede (el sacerdote de Chicago padre Manuel Dorantes, la contraparte en español del padre Rosica) fue “el conmovido”, y decidió compartir su “emoción”. Lo que sí es cierto es que el padre Dorantes contó esta historia en la conferencia de prensa oficial del día de hoy (jueves 15 de octubre).

En cualquier caso, todo es una mezcla poco apropiada: falsedades, sacrilegios, emocionalismo barato, Nuestro Señor tratado ya sea como un rehén de las emociones o mejor aún como una galleta glorificada, la completa falta de objetividad de los que deben proporcionar las noticias (de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, todos atados a su propio “sentimentalismo” y “conmoción” personal manipuladora) y la misma actitud de los medios de comunicación que no están haciendo su trabajo correctamente y tampoco se avergüenzan de no informar convenientemente sobre las “opiniones emocionales” de estos portavoces, como si fueran noticias reales; todo está atado en el encuentro religioso más surrealista de la historia de la humanidad. Todo hace que el Vaticano II parezca angelical en comparación con este encuentro; este patético Sínodo consigue que incluso la pieza más ridícula de la literatura o la película más barata sean sublimes. Han perdido verdaderamente todo el sentido de la vergüenza, siempre y cuando puedan alcanzar lo que quieren: el cambio completo en el significado de las palabras de Nuestro Señor Jesucristo sobre el matrimonio, como la Iglesia siempre las ha comprendido.

Opinión de Yves Daoudal:

Insoportable

Durante la rueda de prensa diaria de la Pravda* del Vaticano sobre el Sínodo, el portavoz del idioma español, informó de un momento “profundamente conmovedor” en las intervenciones ante la asamblea plenaria, según La República, cuyo periodista Antonello Guerrera escribe en Twitter, que es “la historia que hizo llorar al Sínodo” [sic]. (Esto también se publica en el Vatican Insider, que habla de “palabras emocionalmente fuertes”).

Como todos saben, desde ayer por la tarde, el Sínodo no discute de otra cosa, una vez más, que no sea de “los divorciados vueltos a casar”… Bueno, entonces, un obispo (cuyo nombre no se revela) habló de una misa de primera comunión, en la que un pequeño muchacho, recibiendo la hostia en la mano, la partió en dos, con el fin de dar la mitad a su padre, ya que este último es divorciado y vuelto a casar, y por lo tanto no puede recibir la comunión de manos del sacerdote…

¿Cuándo llegaremos al fondo para que podamos comenzar a subir de nuevo? [Fuente]

[Traducido por Cecilia GonzálezArtículo original]

*Nota aclaratoria de la traducción: Pravda era el periódico oficial del Partido Comunista de la Unión Soviética.

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

Los vándalos en Roma: ¿van a saquear el matrimonio cristiano?

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14 octubre, 2015

“El Papa no es un monarca absoluto cuyos pensamientos y deseos sean ley”.  Benedicto XVI

Nota de la Redacción: El siguiente artículo es bastante extenso. Pero al igual que otras contribuciones más largas de Chris Ferrara a este diario, su lectura se hace breve mientras brinda un panorama claro y completo de una situación compleja. La reforma relámpago de Francisco sobre los procesos de nulidad matrimonial supone un punto de inflexión en la Iglesia y en la historia del mundo que merece el tratamiento completo que le damos aquí.

A estas alturas de la evolución del pontificado estilo república bananera de Bergoglio, nadie debería sorprenderse del subrepticio ataque canónico por el cual, con un aviso previo de apenas 24 horas, destruyó el exigente procedimiento tradicional para determinar la nulidad matrimonial introduciendo un serie de cánones, cuya redacción fue ocultada a la Congregación para la Doctrina de la Fe, la Signatura Apostólica y todos los demás dicasterios vaticanos que normalmente tienen competencia para estudiar y aprobar la legislación universal propuesta para la Iglesia.

Francisco consigue todo lo que quiere. Quería más nulidades y más fáciles por la vía rápida, y como sabía que no podía conseguir la cooperación de la Congregación para la Doctrina de la Fe ni la Signatura, creó una comisión que a puerta cerrada improvisó unos cánones nuevos para hacerlas posibles por la vía exprés.

Deberíamos haberlo visto venir desde el principio del pontificado, cuando Francisco declaró en su conferencia de prensa durante el vuelo de Río de Janeiro a Roma:

La Iglesia Ortodoxa sigue la teología de la economía, como la llaman, y le da una segunda oportunidad de matrimonio (sic), es decir que lo permite. Creo que es importante estudiar este problema.

Y esta atención pastoral al matrimonio también es un factor a tener en cuenta. Lo mismo que el problema judicial de la nulidad matrimonial, que es preciso revisar, ya que los tribunales eclesiásticos no bastan para ello.

A Francisco le gusta la herejía ortodoxa de “una segunda oportunidad de matrimonio”. Una “segunda oportunidad de matrimonio” le parece muy buena. El problema que hay que estudiar, como dio a entender durante la rueda de prensa, es la forma de introducir “una segunda oportunidad de matrimonio” o algo parecido en la Iglesia Católica.

Otro bastión derribado

Francisco consigue todo lo que quiere, y no hay Evangelio ni Magisterio católicos de 2000 años de antigüedad y disciplina sobre la indisolubilidad del matrimonio que se le interponga en su camino. En Mitis Iudex Dominus Iesus (“El Señor Jesús, Juez clemente”, ¿se dan cuenta?), y en el motu proprio correspondiente para las iglesias orientales, Francisco consiente lo que él deliberadamente describe como “la doctrina de la indisolubilidad del sagrado vínculo del matrimonio” (prefacio de Mitis), mientras que en la práctica es poco menos que letra muerta. Pero eso es lo que siempre hacen los modernistas: afirmar lo que niegan mientras niegan lo que afirman. Y Francisco es un modernista. Y punto. Ea, ya lo he dicho. Todos lo sabemos, por supuesto, pero ha llegado el momento de declararlo sin rodeos para que la mayor cantidad posible de fieles despierte y vea el grave peligro que plantea a la Iglesia.

¿Les parece demasiado duro? ¿Creen que me he excedido? Todo el que crea eso debe recordar el “sueño” alarmante –más bien amenaza- que reveló Francisco ante todo el mundo en su chapucero manifiesto personal Evangelii Gaudium:

Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación…]

Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos […]

Con Mitis, Francisco no ha hecho otra cosa que cumplir su amenaza de causar estragos en la Iglesia. Su reforma canónicamente amateur del proceso para determinar la supuesta nulidad de los matrimonios tira por tierra las medidas cautelares establecidas hace siglos por Benedicto XIV en su bula Dei Miseratione (1741), sustituyéndolas por lo que un catedrático de derecho canónico de la Universidad Católica de EE.UU. considera una especie de versión católica del divorcio exprés. Estas son las características de aplicación general de este choque de trenes canónico:

  1. El tribunal tradicional constituido por tres sacerdotes canonistas queda sustituido por un panel que puede consistir en su mayoría de seglares que no necesariamente tengan formación en derecho canónico, o incluso por un solo sacerdote. La aprobación de las nulidades está lista. Canon 1673 (4).La segunda frase de confirmación tradicional está abolida. Se ha eliminado toda verificación de error a nivel diocesano. Canon 1679.
  2. Las apelaciones a las declaraciones de nulidad pueden rechazarse sumariamente, sin audiencia, si se consideran dilatorias, es decir, interpuestas por presuntos efectos de demora. Canon. 1680 (2) y 1687 (4). En la práctica, dilatar significará simplemente que el cónyuge opositor, por lo general con los niños en la mira, trata de evitar la anulación precipitada del matrimonio haciendo todas las apelaciones posibles. Está clara la posibilidad de cometer crueles abusos contra cónyuges con hijos que luchen para defender su matrimonio de un cónyuge que se ha unido a otra persona y tiene tal vez incluso otros niños.
  3. Simples declaraciones no corroboradas o admisiones por la parte que quiere la nulidad se considerarán ahora prueba plena de un hecho o de una confesión de interés propio, a pesar de que, en virtud de la disposición sustituida del Código de Derecho Canónico (can. 1536 1983, § 2 ), tales afirmaciones no tienen la condición de prueba plena a menos que existan otros elementos que las corroboren totalmente. Can. 1678 (1). Ahora, por ejemplo, el simple reclamo o “testimonio” egoísta de que uno nunca tuvo la intención de estar obligado de por vida al Santo Matrimonio podrían aceptarse como pruebas plenas de falta de consentimiento. La posibilidad de abuso nada mas en esta disposición es tremenda.

Con estas normas generales, Francisco ha facilitado enormemente los abusos en los procesos de nulidad, revirtiendo los mecanismos que puso en vigor hace siglos Benedicto XIV precisamente para evitar abusos. Y esto es sólo el comienzo.

La práctica ortodoxa se introduce de contrabando en la Iglesia Católica

La novedad principal de esta brutal y vergonzosa “reforma” es un proceso de nulidad por la vía rápida que se puede completar en apenas 45 días y puede basarse, como se señaló, en nada más que las declaraciones no corroboradas de la parte que solicita la anulación. Los nuevos cánones proporcionan notificación a escasos 30 días de la audiencia probatoria, ya que se limita a una sola sesión siempre que sea posible, y unos insignificantes 15 días para que el defensor del vínculo pueda presentar argumentos en defensa del matrimonio. Cann. 1685-1686.

El procedimiento por la vía rápida queda disponible para los matrimonios que estén de acuerdo con él, es decir, que se confabulen para obtener una nulidad rápida. La disposición de que el acuerdo de las partes debe determinar la velocidad y por lo tanto la minuciosidad con que se reclama la nulidad se incorpora sigilosamente al derecho canónico el concepto del derecho civil de divorcio por mutuo acuerdo. Considerando que ya se sospecha el acuerdo de las partes para obtener la nulidad con rapidez, se permite esta vía rápida cuando se dé alguno de los siguientes criterios:

  • Falta de fe [!] que se tradujera en simulación del consentimiento, o un error que determina la voluntad;
  • Brevedad de la vida matrimonial;
  • Aborto procurado para evitar la procreación [?];
  • Persistencia obstinada en una relación extramatrimonial en el momento de la boda o inmediatamente después;
  • Ocultamiento inadecuado de la esterilidad o de una enfermedad grave y contagiosa;
  • Ocultamiento de hijos de un matrimonio anterior;
  • Ocultamiento de encarcelamiento;
  • Matrimonio contraído por razones extrañas por entero a la vida matrimonial;
  • Embarazo no deseado;
  • Consentimiento obtenido mediante violencia física;
  • Falta de uso de razón probada por certificado médico;
  • etcétera [!]. Cf. Art. 14, § 1.

En vista del asombroso etcétera, que no tiene cabida en un documento legal, y menos en uno que afecta la felicidad eterna de las almas, el resultado es que no hay criterios fijos para invocar el procedimiento de vía rápida. La lista enumera meras sugerencias, no es vinculante, y los obispos imaginativos añadirán más motivos para permitir recursos de nulidad por la vía exprés. El internacionalmente respetado canonista y abogado de lo civil Edward Peters, consultor de la Signatura Apostólica, observa: “Por supuesto, en breve, esta lista de razones para escuchar los casos de nulidad por la vía rápida se alargará considerablemente. ¿Y por qué no? Si la violencia física para obtener por extorsión el consentimiento matrimonial justifica una audiencia rápida del obispo, ¿no bastaría también con la violencia física infligida durante el matrimonio? Si el embarazo en el momento de la boda es motivo de un proceso rápido, ¿no debería también serlo también el consumo de drogas o alcohol o los abusos sexuales?”

Peor aún, el revoltijo de criterios para las nulidades por la vía rápida agrupa determinados motivos tradicionales de anulación, junto con otras nuevas razones, creando así la impresión de que todos los criterios enumerados constituirían motivos de nulidad. ¿Qué tienen en común un “embarazo no deseado”, un aborto para “evitar la procreación”, la “brevedad de la vida conyugal” o “una relación extramatrimonial”, con el procedimiento de nulidad como búsqueda de la verdad sobre la existencia objetiva de un vínculo matrimonial sacramental que surge en el momento de los votos, independientemente de que las partes se sientan actualmente agraviadas o crean subjetivamente que el matrimonio ha fracasado?

¿Y qué se entiende por “falta de fe”? Por supuesto que fingir el consentimiento matrimonial, es decir, hacer los votos matrimoniales con intención oculta de no obligarse, con lo que no se hace otra cosa que mentir, no da validez al matrimonio. Can. 1101, § 2. Pero eso no es una cuestión de fe en lugar de veracidad, puesto que la Iglesia nunca ha exigido a los contrayentes más que no ignorar “al menos que el matrimonio es un consorcio permanente entre un varón y una mujer, ordenado a la procreación de la prole mediante una cierta cooperación sexual”. Can. 1096 § 2. Precisamente por eso un no católico, con una dispensa especial, puede casarse con un católico en la Iglesia Católica y quedar perpetuamente unido al otro cónyuge por el sacramento sin ninguna obligación de profesar la fe católica. Cann. 1124-1125. Mi propia esposa se casó conmigo con una dispensa de esas, convirtiéndose poco después, y recibió la Confirmación del arzobispo Marcel Lefebvre antes de la supuesta excomunión de éste. (Naturalmente, ella es mejor católica de lo que yo jamás seré).

Tampoco el uso de anticonceptivos, aunque constituye pecado mortal, significa en sí que el matrimonio fuera contraído inválidamente, a menos que –en el momento de los votos y no después– una o ambas partes tuvieran la intención de no tener hijos. En efecto, si el uso de la anticonceptivos fuera motivo de nulidad, la gran mayoría de los matrimonios católicos serían nulos a pesar de existir hijos, y toda autorización para contraer nuevas nupcias tras una nulidad francisquista también sería inválida por la misma razón. Ni Francisco el Misericordeador llegaría tan lejos.

Hablando de los criterios para tramitación por la vía rápida, dice Peters de esa caja sorpresas que es Francisco: “Habrá confusión –y ya la hay, a juzgar por las preguntas que he recibido de los fieles– en cuanto a si estos factores no son sólo razones para tramitar una nulidad por la vía exprés, sino si son en sí mismos prueba de nulidad.” ¿Debemos pensar ahora que todo el que vulnere los votos nupciales de una manera atroz tiene ipso facto motivos para tramitar por vía rápida la nulidad a los hechos consumados –o sea, el divorcio ni más ni menos? Está Francisco avalando así implícitamente la falsa interpretación protestante y ortodoxa de Mateo 19, 9, según la cual el adulterio de un cónyuge justifica el divorcio y hace que la parte ofendida pueda volver a casarse? ¿Va incluso más allá, tratando de introducir en la Iglesia Católica un equivalente funcional de lo que dijo por primera vez en el vuelo de Río a Roma: “una segunda oportunidad de matrimonio”, de acuerdo con la “teología ortodoxa de la economía [oikonomia]”?

Observa la Conferencia Episcopal de los EE.UU.: “La Iglesia Ortodoxa, basándose en Mt. 19, 9 (“cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra comete adulterio”), permite el divorcio en ciertas circunstancias, no sólo en caso de adulterio, sino también de otras vulneraciones graves del fundamento moral y espiritual del matrimonio.” Con una enumeración de criterios de nulidad por vía rápida que puede volverse ilimitada, parecería que Francisco está en vías de introducir de facto en la Iglesia Católica la práctica ortodoxa de permitir el divorcio y luego segundas, o aún terceras nupcias, cuando una de las partes haya cometido algún ofensa grave contra el matrimonio anterior. El único freno sería la conciencia de un obispo-juez en particular, que en muchos casos será inexistente. Estoy de acuerdo con Michael Brendan Dougherty en que Francisco mezcla deliberadamente motivos para dudar de la validez de los votos con la incapacidad de cumplirlos. Es ridículo”.

Sorprendentemente, Francisco lo admite todo menos que en su motu proprio haya puesto en peligro el matrimonio, a sabiendas de la indisolubilidad del mismo, con su plan de nulidad acelerada: “No se me escapa que un procedimiento abreviado pueda poner en peligro el principio de la indisolubilidad del matrimonio…” Introducción IV. Y ¿cuál es la única salvaguardia de Francisco para evitar el peligro que ha causado? Por raro que parezca, ¡los obispos! Ellos actuarán como jueces únicos en los nuevos procedimientos de nulidad por vía rápida. Can. 1683. Francisco nos asegura que todo estará a salvo en manos de “el propio obispo, que en virtud de su oficio pastoral es, con Pedro, el mayor garante de la unidad católica en la fe y la disciplina.” Introducción IV.

¿Puede Francisco realmente haber esperado que esta restricción fuera recibida sino con carcajadas? Muchos de los obispos a quienes ha encargado que se ocupen de la fábrica de nulidades que ha construido a toda prisa (entre ellos el cardenal Kasper y la cábala alemana) ya promovían la aceptación pura y simple por parte de la Iglesia del divorcio civil seguido de un nuevo matrimonio, incluso sin reforma canónica. Ahora cada diócesis podrá comenzar a fabricar en serie nulidades para salvar las apariencias, en tales cantidades que dejarán en ridículo hasta las fábricas estadounidenses de nulidades, que en su época de mayor producción cuando las “normas provisionales” de la década de los setenta que, entre otras cosas, eliminó la medida cautelar del doble juicio a nivel diocesano.

Contraposición entre Francisco y Juan Pablo II y Ratzinger

Lo que preocupaba a Juan Pablo II y Benedicto XVI era el exceso de nulidades, y por eso el Código de Derecho Canónico de 1983 restableció el doble juicio y tanto Juan Pablo II como el ex cardenal Ratzinger en la Congregación para la Doctrina de la Fe hicieron varias intervenciones destinadas a frenar la tendencia hacia el “divorcio católico “, y dirigieron varias alocuciones a la Rota Romana. En consecuencia, la cantidad de anulaciones declinó marcadamente durante sus pontificados, sobre todo en Estados Unidos (cuyos tribunales siguen no obstante concediendo casi tantas nulidades como el resto del mundo junto). En el momento en que Francisco apareció en el balcón de San Pedro para dar las buenas noches, el total mundial de nulidades al año era de sólo cinco cifras.

Lo que preocupa a Francisco, sin embargo, es la falta de nulidades tras los pontificados de sus dos despiadados predecesores –siendo Francisco el primer papa Misericordioso, como proclaman incesantemente sus cortesanos del Vaticano y los medios de comunicación que lo adoran. Francisco quiere muchas más nulidades como parte de su ofensiva de misericordia, según la cual la adhesión a la ley perenne de la Iglesia y la disciplina de acuerdo con los preceptos del Evangelio son una crueldad. El jefe de la comisión semisecreta de Francisco, monseñor Pío Vito Pinto, Decano de la Rota Romana, admite abiertamente que Francisco exige un enorme incremento en el número de nulidades. Lea lo siguiente, mientras intenta contenerse para no tirar algo contra la pared:

Ya no es hora de limitarse a hacer análisis. Es el momento de actuar para emprender esa obra de justicia y misericordia tan esperada reordenando la práctica pastoral y el derecho canónico, que en buena medida llevan ya casi tres siglos en vigor […]

Con esta ley fundamental, Francisco inicia de verdad su reforma [¿inicia?]: al poner a los pobres en el centro, es decir, los divorciados vueltos a casar, considerados excluidos y distantes, y pedir a los obispos una verdadera y adecuada metanoia. Es decir, una “conversión”, un cambio de mentalidad que los convenza y sostenga en el seguimiento de la invitación de Cristo, presente en su hermano, el Obispo de Roma, para pasar del número restringido de unos pocos miles de nulidades al inconmensurable [número] de desgraciados que podrían obtener una declaración de nulidad –por su ausencia evidente de fe como puente al conocimiento y por tanto al libre albedrío [necesario] para dar consentimiento sacramental– pero que el sistema actual deja excluidos […]

Lo que es importante es que el espíritu de colegialidad y comunión entre los obispos bajo la obediencia al Pontífice comienza a penetrar el corazón y la mente de los pastores. Los fieles esperan con entusiasmo y amor tal metanoia y tendrán, no obstante, que ser pacientes en el Señor cuando se enfrenten a la buena fe de sus pastores. El Año Jubilar de la Misericordia espera esta señal de humilde obediencia (por parte de los pastores) al Espíritu que les habla a través de Francisco.

La explicación que da Pinto de los motivos de Francisco avergonzará a la Iglesia por los siglos de los siglos: Francisco inicia su reforma poniendo los cimientos de una fábrica que produzca nulidades a nivel mundial. Lo ha hecho por el bien de “los divorciados vueltos a casar”, a quienes describe como los pobres. Personas que abandonan a su cónyuge con la intención de casarse con otra persona, en muchos casos dejando tras sí un reguero de niños destrozados, y los pone en pie de igualdad con los destituidos, los pobres y los presos (cf. Mat. 25,34-40). A propósito, por lo visto Francisco el Misericordioso nunca tiene en cuenta el impacto del divorcio sobre los niños; siempre habla de “los pobres” que imploran misericordia en forma de un decreto de nulidad para que puedan rehacer su vida con su nueva pareja.

La megalomanía es tan desvergonzada como aterradora: se nos pide creer que el propio Cristo habla por boca de Francisco y dirige a todos los obispos del mundo a aumentar inmediatamente las nulidades hasta una cantidad incontable. En “humilde obediencia” a Francisco, todos los obispos del mundo deben experimentar una conversión que los lleve a abrir de par en par a las nulidades misericordiosas las puertas que llevaban tanto tiempo cerradas. De pronto el Obispo de Roma se ha convertido otra vez en el Pontífice y es elevado a la categoría de un oráculo gnóstico del “Espíritu” que anuncia las últimas instrucciones de Dios. Pinto ni siquiera tiene la osadía de escribir “Santo” después de “Espíritu”.

Ese mismo “Espíritu” ha informado a Francisco que los obispos deben aplicar ese nebuloso criterio nuevo de la “falta de fe. ¿Cómo se puede definir de un modo jurídicamente preciso y confiable la “falta de fe”, y más teniendo en cuenta la tendencia de las personas a separarse cuando esperan librarse de un matrimonio? Antonio Socci escribe:

Esto permitirá, sin duda, a millones de nulidades. ¡Millones! ¿Desde cuándo hay que ser santo o estar titulado en Teología por la Universidad Gregoriana para casarse?

Para reconocer un matrimonio sacramental, la Iglesia siempre ha considerado suficiente la libre decisión de contraer matrimonio, con arreglo a las características del matrimonio natural. Además, ella siempre ha enseñado que la disposición espiritual de los cónyuges (su santidad personal) influye en los frutos del sacramento, pero ciertamente no en su validez.

Hasta el Catholic Herald, siempre tan normalito y tan convencional, acaba de publicar un artículo titulado: “Vamos camino del divorcio católico”. ¡El Catholic Herald tenía que ser!

Se nos plantea una pregunta inquietante: ¿ha perdido la razón este papa?

La presunción de validez queda destruida

Pero aquí también Francisco solamente está cumpliendo su propia amenaza. Como declaró en la mencionada rueda de prensa del avión, para él la mitad de los matrimonios, eso es, todos los matrimonios, en cualquier parte del mundo, no son válidos por la “falta de fe”:

Vamos camino a una atención pastoral más profunda del matrimonio. Y esto es un problema para todos, porque son muchos, ¿verdad? Por ejemplo, voy a decir uno solo, el cardenal Quarracino, mi predecesor, dijo que para él la mitad de los matrimonios son nulos. Eso fue lo que dijo. ¿Por qué? Porque se casan sin madurez, se casan sin darse cuenta de que es para toda la vida, o porque socialmente se espera de ellos.

¿Cómo sabe Francisco que la mitad de las parejas que intercambian votos en presencia de un sacerdote, por lo general después de un cursillo prematrimonial, seguido de la firma de una declaración de que saben lo que significa el matrimonio, no tienen idea de que es para toda la vida? Francisco no sabe nada de eso. Simplemente le parece que la mitad de los matrimonios no están realmente casados, aunque se casaran por la Iglesia, tengan hijos y vivan como marido y mujer desde hace muchos años. Es que le dijeron que era así. Ya no tiene que averiguar más.

Por suponer alegremente la invalidez de la mitad de los matrimonios, Francisco tira por la borda un principio fundamental del derecho canónico y la justicia natural: la presunción de que un matrimonio se contrae de forma válida. Can. 1060 (“El matrimonio goza del favor del derecho, por lo que en la duda se ha de estar por la validez del matrimonio mientras no se prueba lo contrario.”) De hecho, el objeto de un proceso de nulidad por el motivo que sea, incluida la falta de consentimiento, es demostrar que la falta de validez. Esto requiere prueba evidente que proporcione una certeza moral de que el matrimonio no es válido. Como explicó Juan Pablo II en un discurso de 1980 a la Rota (citando a Pío XII), certeza moral se caracteriza por excluir toda duda fundada o razonable”, no cualquier duda concebible. En consecuencia, continuó:

No basta sólo la probabilidad para decidir una causa. Sería válido para cualquier concesión a este respecto cuanto se ha dicho con sabiduría de las demás leyes relativas al matrimonio: todo relajamiento lleva en sí una dinámica imperiosa, “cui, si mos geratur, divortio, alio nomine tecto, in Ecclesia tolerando via sternitur” (si se vuelve costumbre, se allana el camino a la tolerancia del divorcio en la Iglesia, aunque se lo disimule con otro nombre.

Francisco está en efecto allanando el camino a la tolerancia del divorcio en la Iglesia, llamándolo de otra manera. Lo está allanando casi desde el momento en que lo eligieron. Él mismo nos advirtió hace más de dos años: “Vamos camino a una atención pastoral más profunda del matrimonio.”

En cuanto a la supuesta falta de consentimiento, como ya se ha señalado, basta con que las partes “no ignoren al menos que el matrimonio es un consorcio permanente entre un varón y una mujer, ordenado a la procreación dela prole mediante una cierta cooperación sexual.” Can. 1096, § 1. Además,” [esta] ignorancia no se presume después de la pubertad.” Can. 1096, § 2. En 1987 Juan Pablo II dirigido un discurso a la Rota al objeto de frenar los abusos de la teoría de la falta de consentimiento, precisamente los mismos abusos que está introduciendo Francisco. Juan Pablo insistió en que “para el canonista debe quedar claro el principio de que sólo la incapacidad y no la dificultad para dar el consentimiento y crear una verdadera comunidad de vida y amor invalida el matrimonio.” Juan Pablo continuó con observaciones sobre la incapacidad que desbaratan las ideas improvisadas de Francisco:

Con todo, el fallo de la unión conyugal no es en sí prueba de esta incapacidad por parte de los contrayentes. Es posible que hayan descuidado o utilizado mal los medios, tanto naturales como sobrenaturales, a su disposición; o pueden haber dejado de aceptar las inevitables limitaciones y cargas de la vida conyugal, ya sea por obstáculos inconscientes, o por leves alteraciones patológicas que dejan sustancialmente intacta la libertad humana, o por deficiencias de orden moral. La verdadera incapacidad sólo se puede suponer cuando se da una anomalía grave que, se defina como se defina, debe viciar sustancialmente la capacidad del contrayente para entender o querer.

Según Dougherty, Francisco está empeñado en efectuar “un cambio radical en la postura tradicional de la Iglesia sobre el matrimonio, que presupone la validez de los primeros matrimonios contraídos en la Iglesia o fuera de ella.” La novedosa presunción de invalidez de Francisco parece dar a entender dos opiniones personales manifiestamente dudosas que no tiene ningún derecho de imponer a la Iglesia.

La primera opinión dudosa es que la mitad de las veces, o bien una de las partes miente al sacerdote y al otro contrayente fingiendo su disposición para contraer Santo Matrimonio, o ambas partes mienten al sacerdote. La mentira se extendería durante todo el cursillo prematrimonial, incluidas las entrevistas individuales con el sacerdote en ausencia del otro futuro contrayente y la firma de una declaración reconociendo que se entiende lo que significa el matrimonio y que criará a los hijos en la fe. La mentira continuaría incluso ante el altar con la expresión del voto solemne ante Dios, aceptando al otro contrayente y comprometiéndose a vivir juntos en la alegría y en las penas, en la salud y la enfermedad, hasta que la muerte los separe, y pronunciando el “Sí, quiero”.

Los fundamentos para solicitar la nulidad en esos casos se reducirían a afirmar que se mintió durante el cursillo prematrimonial y ante el altar, pero no en el momento de decir que se mintió. Con el nuevo Canon 1678 arriba indicado, no habrá necesidad de corroborar esa afirmación en sí sospechosa, lo que permitirá la aceptación de tal declaración por sí sola como prueba plena. Como quería Francisco, hay millones de mentirosos así, que cumplen todos los requisitos de casarse, fingen durante algunos años que están casados, hasta que tienen uno o más hijos, y luego deciden divorciarse y volverse a casar por lo civil. Pero luego que tienen un nuevo cónyuge, que supuestamente han descubierto una honda y duradera fe católica, y están deseosos de casarse otra vez con la bendición de la Iglesia para satisfacer su hambre apremiante de la Sagrada Comunión, porque hace mucho tiempo que la Iglesia los ha excluido sin piedad del sacramento. Y esta vez, con toda seguridad, podremos creerles cuando digan: “Hasta que la muerte nos separe.” De acuerdo con la ley de la Iglesia según se indica en el Canon 1101, § 1: “[E]l consentimiento interno de la voluntad se presume que está conforme con las palabras o los signos empleados al celebrar el matrimonio.” Pero Francisco da alegremente por sentado todo lo contrario, sin molestarse siquiera en derogar el Canon 1101,  blandiendo su varita mágica papal.

La segunda opinión dudosa de Francisco es que, aunque no hubieran mentido en la boda, millones de personas aparentemente casadas eran demasiado inmaduras para darse cuenta durante el cursillo o incluso ante el altar de que el matrimonio es para toda la vida, a pesar de que el Canon 1096, todavía en vigor, reflejando el sentido común, señala que tan abismal ignorancia no debe presumirse después de la pubertad. Sin embargo, según Francisco, esos millones de tontos inmaduros caen en la cuenta después de divorciarse y volver a casarse por lo civil, de modo que ahora, miré usted qué cómodo, son lo bastante maduros para darse cuenta de que “hasta que la muerte nos separe” significa que el matrimonio es para toda la vida.

Como observa Dougherty, las opiniones de Francisco sobre la validez de los matrimonios católicos insultan y desprecian hondamente al fiel medio. La primera frase del artículo de Dougherty desenmascara lo que con razón llama el “vandalismo contra el sacramento del matrimonio” presente en este torpe abuso de poder papal: “¿Está usted casado? Aunque usted crea que así, el Papa piensa otra cosa.” ¡Y vaya que sí! A diferencia de Juan Pablo II, Benedicto XVI o cualquier otro papa desde San Pedro, Francisco el Misericordioso es un hombre de sentimiento y acción que se opone a todos esos engorrosos “análisis intelectuales”, como los llama monseñor Pinto. Francisco el Misericordioso está decidido a librar a una cantidad incalculable de católicos de matrimonios que él cree inválidos. Superando a sus 265 predecesores, va a emprender la “más profunda atención pastoral” que prometió en avión de regreso de Río. Acudirá al rescate de las multitudes deseosas de las nulidades que hasta ahora les han negado tan injustamente. Y Francisco, lo que quiere lo consigue. Que nadie se interponga.

Dougherty evalúa lo que ha hecho Francisco con el desprecio total que merece esa burla de la “misericordia”:

El papa Francisco ha conducido a su forma preferida de laxitud conyugal haciéndose un perfeccionista del matrimonio. Ha llegado a crear una versión católica del divorcio exprés mediante la adopción de las normas más exigentes y el escepticismo en torno a la virtud humana que caracteriza a una herejía como el jansenismo. Este es un error común en la historia de la Iglesia: poner tan alto el listón de la virtud que el pecado se vuelva inevitable y justificado.

Francisco ha hecho esto de una manera que pone en evidencia las pretensiones de su pontificado. Se ha puesto a sí mismo como el paladín de la colegialidad en la toma de decisiones de acuerdo con el Concilio Vaticano II, que apelaba a una Iglesia en la que los obispos verdaderamente gobernaran junto al Romano Pontífice. Pero Francisco ha puenteado el Sínodo para que funcione bajo su autoridad personal extraordinaria.

También queda al descubierto la falsedad de sus afirmaciones de ser anticlerical. El matrimonio es la vocación a la que la mayoría de católicos están llamados, y sin embargo, el Papa se ha tomado la atribución de considerar el matrimonio como una especie de lotería.

¿Una revuelta en Palacio?

Los miembros más ortodoxos de la Curia Romana están hartos del pataleo implacable de Francisco ante todo lo que no le gusta. El temible Edward Pentin informó hace poco de la aparición de un expediente de siete páginas en el que funcionarios de la Curia –entre los que sin duda habrá al menos un miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe– desmontaron jurídicamente” el motu proprio del Papa, acusando al Santo Padre de abandonar un dogma importante, y sostienen que se ha introducido de facto el “divorcio católico”. Esos miembros de la Curia deploran lo que Pentin describe como “una especie de dictadura eclesiástica gobernando desde arriba por decreto y sin ninguna consulta o supervisión. “Los mismo funcionarios –expone Pentin basándose en el expediente– temen que el motu proprio dará lugar a una avalancha de nulidades y que a partir de ahora, las parejas se pueda poner fin a un matrimonio católico sin problema.” Están muy alterados y se sienten obligados a hablar…” Por eso elaboraron el expediente.

Pero a Francisco no le importa. Nuestro Señor condenó a los fariseos porque, al ser unos casuistas duros de corazón, ideaban argumentos complicados que permitían el divorcio y así atacaban la indisolubilidad del matrimonio. Francisco, sin embargo, condena como fariseos a los católicos de hoy en día que, siguiendo a nuestro Señor, defienden la indisolubilidad del matrimonio y rechazan los argumentos engañosos de fariseos de los últimos tiempos como los cardenales Kasper y Marx. Es pura locura.

Conclusión

Cincuenta años después de que empezara la imaginaria renovación del Concilio Vaticano II, los ideólogos episcopales que han presidido un colapso sin precedentes de la fe y la disciplina se enfrentan a lo que Juan Pablo II llamó “apostasía silenciosa” en el ex cristiano Occidente. Dirigido por Francisco, el primer papa misericordioso, los mismos jerarcas conspiran ahora para dar cabida a la misma apostasía que fomentaron con su negligencia. Después de haber permitido a sus ovejas que se pasearan despreocupadamente al borde del precipicio inconscientes del peligro, ahora los pastores las invitan a tirarse de cabeza.

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿qué podemos hacer? Muchísimo más que que quedarnos cruzados de brazos, más incluso que la oración y la penitencia, con lo importantes que son. San Roberto Belarmino, doctor de la Iglesia, nos dice lo que debemos hacer cuando nos las vemos con un pontífice que está causando un grave daño a las almas y al bien común eclesial:

Así como es lícito resistir al Pontífice que agrede el cuerpo, también es lícito resistir el que agrede a las almas o altera el orden público y, sobre todo, al que intente destruir la Iglesia. Digo que es lícito resistirle no haciendo lo que ordena e impidiendo que se cumpla su voluntad… “. De Controversiis: sobre el Romano Pontífice.

Ya no es posible negar que Francisco, habiéndose alineado con los modernistas que ya infestan casi toda la jerarquía, muchos de los cuales son sus asesores más cercanos, es la especie de papa en que pensaba Belarmino: agrede a las almas e intenta destruir a la Iglesia, independientemente de lo que crea que está haciendo o de lo que sea subjetivamente culpable. Nuestro deber, por tanto, que es ante todo el deber de los obispos y los cardenales, es resistir a este papa no haciendo lo que quiere ni aprobando sus innovaciones, sino objetándolas, oponiéndonos públicamente a ellas y empleando todos los medios lícitos a nuestro alcance para impedir que se cumpla su voluntad. Aunque fallemos, este derecho sigue siendo un deber sagrado para con Cristo y su Santa Iglesia que supera infinitamente la mera lealtad humana a un papa caprichoso y peligroso como no había visto la Iglesia en veinte siglos.

Christopher A. Ferrara

[Traducción: Cecilia González]

Los más profundos, aunque desapercibidos, problemas del Sínodo

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13 octubre, 2015

Dos charlas del Padre Gálvez sobre el Sínodo sobre la Familia que actualmente se celebra en Roma (links: aquí y aquí ), abordan la problemática que suscita del modo más profundo que he visto hasta el momento.

Conviene notar, a este respecto, que con frecuencia, los artículos críticos sobre la mencionada Asamblea episcopal se han dedicado o bien a la preocupación en relación al proceso que podríamos denominar “político eclesial’’ sobre su organización, manipulación más o menos abierta y dirección del mismo; o bien, desde el punto de vista teológico,  a los problemas que se pueden suscitar en áreas fundamentales de nuestra fe. En particular en:

  1. En la teología sacramental: sobre el matrimonio, la familia, los sacramentos, la eucaristía, reconciliación, etc.
  2. En sus consecuencias en la teología moral: admisión o no a la comunión de pecadores sin cambio de vida; aceptación de uniones irregulares, etc.
  3. En sus efectos eclesiológicos y canónicos: alcance de la infalibilidad pontificia, sinodalidad o primado, cambio de procesos canónico—matrimoniales, etc.

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Herejías y desviaciones del camino neocatecumenal

kiko arguello

13 octubre, 2015

Publicamos la siguiente carta de unos lectores, cuya identidad y honestidad están plenamente acreditada por esta web. Las negritas son nuestras.

 
Señor Director:

Por la presente acercamos a Ud. una denuncia que previamente fue enviada a cuatro Dicasterios Vaticanos, pero que nunca ha sido contestada en estos últimos dos años.  Lo hacemos con el deseo y la esperanza de que pueda contribuir a alertar a las personas acerca de las prácticas y enseñanzas de esta agrupación, y esperamos que algún día la Iglesia como Madre, lo investigue seriamente para el bien de las almas. Este movimiento tiene incluso algunas aprobaciones eclesiásticas, y bendiciones apostólicas. Mi esposa y yo dejamos el Camino con un gran dolor y  tormento moral, a causa de innumerables maltratos de parte de los integrantes y de  los catequistas  de una comunidad  de la cual formábamos parte. He aquí algunos  aspectos de la vivencia, ocultos a simple vista, y que a continuación enumeraremos:

  1. No se puede discutir con los catequistas. Discutir con los catequistas es no querer escuchar la voluntad de Dios. Discutir significa ir contra la obediencia. (Se insistía mucho en ser obediente al catequista, como quien obedece a Dios).
  2. En la relación con el dinero, el desprendimiento tiene que ser tal que se debe estar dispuesto a hacer con él todo lo que los catequistas indiquen. Instrumentalizando la palabra de Dios, se manipula a las personas para que realicen continuos desembolsos en beneficio de la evangelización, la construcción de edificios fastuosos en todo el mundo, etc.
  3. Se pide sinceridad absoluta con los demás acerca del fuero interno: lo mínimo que se piensa o se sienta contra el otro debe ser puesto en común. Si se ha murmurado de alguien hay que explicitarlo frente a la comunidad, y se le debe hacer saber. El no hacerlo implica  que “en realidad no se quiere al otro sino a uno mismo”. (Porque el amor no pasa por convivir en paz con  los hermanos, sino en perdonar y ser perdonado en un clima de una total Se asume el pecado de murmuración como uno de los más graves, ya que destruye la comunidad, que es Jesucristo mismo). Sigue leyendo

Sínodo, 6º día – Relatio final en peligro, Cambio constante de reglas – Micrófono negado a Erdo

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12 octubre, 2015

Antes del Sínodo, se dudaba de una específica exhortación post-sinodal del Papa, pero no había dudas de una votación de la Relatio final por parte de la Asamblea. ¡Pues ya no! La votación debe estar en duda entre los manipuladores, porque desde que el Cardenal Tagle mencionó en la conferencia de prensa de ayer que es posible que no haya un documento final, todas las conversaciones han girado en torno a esto.

Además, hay un completo desorden en el orden de los trabajos. Mientras que el Cardenal Erdo, el Relator General, debiera presentar sus reportes sobre la segunda y la tercera parte del Instrumentum Laboris, simplemente no le han vuelto a dar la palabra. ¡En absoluto! La tercera parte del Instrumentum, con sus secciones más que controvertidas (sobre los divorciados “vueltos a casar” y los homosexuales) se está debatiendo abiertamente y sin un verdadero orden de trabajo. Tal como indicamos en el Segundo Día, los Estados Generales se convirtieron en la Asamblea Nacional, y los Jacobinos manejan el espectáculo.

El reportero italiano, Sandro Magister, cuenta los detalles en su blog personal:

Pero esto no es todo [es decir: la noticia sobre una nueva negativa de una Relatio Final]. Porque el 10 de octubre, el Padre Lombardi informó sobre un nuevo cambio que ocurrió en este trabajo en proceso.

De acuerdo al calendario del Sínodo, las discusiones en la Sala y en los pequeños grupos debían seguir el orden de cada una de las tres partes del documento de base, el Instrumentum Laboris, cada una introducida a su vez por una “presentación del Relator General”, el Cardenal Peter Erdo.

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Familia Asesina

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8 octubre, 2015

Dos noticias centraban esta semana mi atención, ambas con un nexo en común, “la palabra familia”. A una le llaman Sínodo y la otra, hace referencia a unos padres españoles que solicitan la muerte para su hija enferma. Después de leer los pronósticos sobre el sínodo y escuchar como unos progenitores quieren asesinar a su pequeña, lo tengo claro, la familia está llamada a desaparecer. El ser humano ha perdido su alma, la ha vendido o la ha regalado al diablo, no hay más opción. ¿Cómo podemos querer asesinar a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros abuelos? Y por otra parte y no menos escalofriante, también debemos preguntarnos ¿Qué lleva a los padres Sinodales a defender el “divorcio católico”, las uniones del mismo sexo, la liberalización del pecado mortal en vez de luchar por mantener vivo el espíritu de la Santa Familia de Nazaret? La respuesta a todo esto es sólo una, el demonio es el rey de nuestra sociedad y su puerta de entrada ha sido, justamente, a través de la destrucción de la familia.

Hace no tantos años, los padres eran capaces de buscar cualquier tratamiento con tal de no perder a un hijo. Cuántas madres daban voluntariamente su vida para que el bebé sobreviviera, “doctor, en caso de elegir, que se salve el niño” y ¿Saben que dicen ahora? “no podemos aguantar más esta situación”. Asi es, primera persona del plural, “no podemos”, nosotros. La pobre niña está indefensa ante esta situación, en manos de unos padres despiadados que solicitan la muerte para ella. Como lo leen. Hoy en día, los enfermos, son un estorbo. Yo no sé si estos señores son Católicos o no, digo de nombre, obviamente, lo que sí sé es que a esta pobre criatura la quieren aniquilar y hasta ahora, la salvaba la postura de los pediatras, que se habían opuesto categóricamente, pero la resolución del Juez en primera instancia, ha tirado por tierra cualquier atisbo de esperanza, desde este momento, los facultativos limitan sus cuidados y cesa su alimentación. Este es el primer paso, en unos meses, todo esto será natural y cotidiano, ya que estos señores cuentan con apoyo político y de asociaciones que promueven el “derecho a morir”. Se lleva tiempo haciendo con los ancianos y con los enfermos terminales y no decimos nada, cerramos boca, tragamos con todo, ¿Qué se creen Vds. qué es la sedacción? Suena muy bonito, a que te cantan una nana y te duermes. Infórmense con detenimiento antes de consentir y recuerden el quinto mandamiento: “no matarás”.

“Se entiende por sedación terminal la administración deliberada de fármacos para lograr el alivio, inalcanzable con otras medidas, de un sufrimiento físico y/o psicológico, mediante la disminución suficientemente profunda y previsiblemente irreversible de la conciencia en un paciente cuya muerte se prevé muy próxima y con su consentimiento explícito, implícito o delegado.” (Fuente: Unav.es) Sigue leyendo

La Gracia y el Pecado I

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23 septiembre, 2015

Conocimientos que eran básicos en la fe de nuestros padres y abuelos, pues se aprendían en el catecismo, han caído casi en el olvido. Es por ello que se ve necesario volver a hablar de dos conceptos que son esenciales para nuestra salvación, cuales son: la gracia y el pecado. A lo largo de tres o a lo sumo cuatro artículos hablaremos de lo que la Iglesia de siempre ha entendido por Gracia y Pecado.

Con el fin de que tengan una visión de conjunto, les enumero ahora los apartados que estudiaremos hoy y los días subsiguientes:

1.- Definición de Gracia. Clases de Gracia. La nueva vida en Cristo Jesús. Necesidad de la gracia para salvarse.

2.- Efectos de la gracia en nuestra alma. Nuestra cooperación a la gracia de Dios. Errores teológicos más comunes respecto a la doctrina de la gracia.

3.- La pérdida de la gracia por el pecado. Recuperación de la gracia. Creciendo en la gracia

Definición de Gracia

Según nos dice el catecismo, la gracia es un don sobrenatural que Dios nos concede para alcanzar la vida eterna.

  • Así pues es un don o regalo.
  • Este regalo es sobrenatural: El hombre no lo puede conseguir por sus propias fuerzas a no ser que Dios se lo dé.
  • Dios se lo da al hombre si éste no pone obstáculo.
  • La finalidad principal de la gracia es hacernos hijos de Dios; y como consecuencia de ello, herederos de la vida eterna.
  • Sin la gracia de Dios no es posible la salvación. La gracia se nos da directamente a través de los sacramentos. En algunas ocasiones Dios puede usar otros medios.
  • La gracia también nos ayuda en los momentos de la tentación y de la prueba para que los podamos superar.

Veamos algunos textos de la Sagrada Escritura:

  • La gracia como don de Dios: “Porque, en virtud de la gracia que me fue dada, os digo a cada uno de vosotros que no os estiméis en más de lo que conviene, sino que debéis teneros una sobria estima, según la medida de la fe que Dios ha otorgado a cada uno” (Rom 12:3).
  • Llega a nosotros a través del Espíritu Santo: “Una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5:5).
  • Los apóstoles de Cristo son administradores de esa gracia: “Ya habréis oído que Dios me concedió el encargo de administrar su gracia en favor vuestro” (Ef 3:2).

Clases de Gracia

Hay dos clases de gracia: gracia santificante y gracia actual.

  • Gracia santificante: Llamamos gracia santificante a la que nos hace hijos de Dios y herederos del cielo. Este don lo recibimos por los méritos conseguidos por Cristo a través de su muerte en cruz: “Os reconcilió mediante la muerte sufrida en su cuerpo de carne, para presentaros santos, sin mancha e irreprochables delante de Él” (Col 1:22)
  • Gracia actual: Es un auxilio de Dios que ilumina nuestro entendimiento y mueve nuestra voluntad para obrar el bien y evitar el mal. Dicha ayuda es dada por Dios en el momento que la necesitamos: “Rogué tres veces al Señor que lo apartase de mí; pero Él me dijo: «Te basta mi gracia, porque la fuerza se perfecciona en la flaqueza». Por eso, con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo”.(2 Cor 12: 8-9)
  • La gracia santificante es un estado del alma. Decimos que el “alma está en gracia de Dios” cuando está libre de pecado mortal. La gracia actual es una ayuda momentánea de Dios para superar una tentación…

La nueva vida en Cristo Jesús

El cristiano recibe por primera vez la gracia en el sacramento del bautismo. Esta gracia lleva consigo una nueva vida, la vida sobrenatural o divina; por eso San Pedro dice que el cristiano participa de la naturaleza divina: “Nos ha regalado los preciosos y más grandes bienes prometidos, para que por éstos lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1:4). Como consecuencia de esta nueva vida que recibimos, podemos decir que el cristiano tiene dos vidas: una, la vida natural; y otra, la vida del espíritu.

San Juan recoge el diálogo que Jesús tuvo con Nicodemo, y en él se nos habla de la necesidad de tener un nuevo nacimiento: “Jesús y le dijo: -En verdad, en verdad te digo que si uno no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios… No te sorprendas de que te haya dicho que debéis nacer de nuevo” (Jn 3: 1-21). Y más adelante, también San Juan, nos habla de la nueva vida que Cristo nos trae: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10:10); claramente se entiende que la vida de la que Cristo habla aquí no es la vida de la carne, sino la del espíritu.

Gracias a esa “nueva vida”, el cristiano es capaz de actuar de un modo nuevo; es decir según un modo sobrenatural; o dicho de otro modo, como Dios actúa: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn 13:34). No tendría sentido que Dios nos hubiera dado un mandamiento que no pudiéramos cumplir. Ahora bien, para poderlo cumplir “necesitamos” una “nueva naturaleza”, pues como nos dice Aristóteles y luego profundiza Santo Tomás de Aquino: “El obrar sigue al ser”. Ese nuevo obrar, -como Dios-, requiere una nueva naturaleza; y esa nueva naturaleza es precisamente la que se nos da a través de la gracia y nos posibilita amar como Él nos ama.

Sin la gracia es imposible salvarse

Sin la nueva vida que la gracia nos proporciona es imposible entrar en el reino de los cielos: “En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3:7).

Esa nueva vida no la tendríamos si:

  • No la hubiéramos recibido en el sacramento del bautismo. Por eso el bautismo es necesario para salvarse. Dios podría tener otros medios para salvarnos; pero ello no ha sido revelado. Esa es la razón por la cual los niños que mueren sin ser bautizados, -a falta de una revelación clara de Dios-, no pueden ir al cielo; pero como no tienen pecados personales, tampoco pueden ir al infierno. La Iglesia tradicional solucionó ese dilema mandándolos al limbo. Por otro lado, se habla de que aquéllos que no han conocido la revelación cristiana, pero han seguido unos principios morales de tipo general, buscando el bien y evitando el mal; por medios sólo por Dios conocidos (pues no han sido revelados) y como consecuencia de su misericordia, serían salvos (Gaudium et Spes – Vaticano II). Este último principio, formulado en el Vaticano II no está definido. Se fundamenta en la idea de que Dios quiere que todos los hombres se salven.
  • La hubiéramos perdido por el pecado mortal. Si perdemos la vida de Dios en nosotros, seremos condenados para siempre a los castigos más horrorosos: “¿Es que no sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los injuriosos, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios. Y esto erais algunos. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre de Jesucristo el Señor y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6: 9-11).

Otras conclusiones lógicas de lo dicho anteriormente

  • Si para heredar el reino de los cielos es preciso ser hijos de Dios; y solamente somos hechos hijos del Dios por el bautismo, de ahí se concluye que no es posible la salvación si uno no está bautizado.[1] Es decir, sólo las iglesias que tienen un bautismo válido podrán traernos la salvación; o dicho de otro modo, no todas las iglesias son iguales. Los antiguos concluían de ahí: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”.
  • Ahora bien, debido a la debilidad humana, todos pecamos, por lo que además del bautismo, necesitamos el sacramento de la confesión para que los pecados se perdonen. Los pecados sólo los puede perdonar un ministro de Dios (sacerdote) válidamente ordenado y con las licencias eclesiásticas oportunas, mediante el sacramento de la confesión. Por lo que aquellas religiones que no tienen ministros válidamente ordenados y con la facultad de perdonar los pecados, no lo pueden hacer. Otra razón más por la cual concluimos que no es lo mismo pertenecer a una religión que a otra; pues sólo una, la que Cristo fundó es la que tiene los medios de salvación.
  • Del mismo modo, Cristo instituyó el sacramento de la eucaristía para que fuera alimento de nuestra alma y encargó este sacramento a sus apóstoles y sucesores para que fuera siempre celebrado (“Haced esto en memoria mía”, Lc 22:19). Este “pan vivo”, según nos dice el mismo Jesucristo, es garantía de la vida eterna (Jn 6:51). Sólo la Iglesia fundada por Jesucristo tiene ministros válidos que puedan “actualizar” este sacramento. Otra razón más que nos confirma que no todas las iglesias son iguales.

(Continuará)

Padre Lucas Prados

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com