El minimalismo, enfermedad del catolicismo contemporáneo

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Estos últimos días circulan por Italia dos videos de internet que motivan a reflexionar. El primero recoge las palabras pronunciadas durante la Misa del Gallo por el P. Fredo Olivero, a cargo de la iglesia de san Roque en Turín:«¿Sabéis por qué no rezo el Credo? ¡Porque no me lo creo!» Entre las carcajadas de los fieles, el sacerdote continúa: «Si alguno lo entiende…, pero después de tantos años he comprendido que era algo que no entendía y no podía aceptar. Cantemos alguna otra cosa que hable de lo esencial de la fe». Entonces, en lugar de la profesión de fe, el sacerdote se ha puesto a entonar Dolce sentire, de la película Hermano Sol, hermana Luna.

El Credo compendia los artículos de la fe católica. Negar uno solo de dichos artículos constituye herejía. Negar el Credo en su totalidad es un acto de apostasía pública. Y negarlo en el momento sagrado de la Misa supone un escándalo intolerable.

La destitución, suspensión a divinis y excomunión del sacerdote deberían haber sido inmediatas. Ninguna de las tres ha tenido lugar. Mientras los medios de difusión divulgaban la increíble noticia, la única voz eclesiástica que ha reaccionado provenía del otro extremo de Italia, en Sicilia, donde el P. Salvatore Priola, párroco y rector del Santuario Mariano de Altavilla Milicia, expresó en una homilía su indignación por las palabras del sacerdote piamontés, y exhortó a sus fieles, y a todos los bautizados, a reaccionar públicamente ante escándalos semejantes.

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La Virginidad de María

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Queridos hermanos, la virtud de la pureza brilla por sí misma, es la que hace a las almas semejantes a los ángeles, y la que mejor refleja la imagen perfecta de Jesucristo. ¡Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea! Cantamos emoción y sentimiento a nuestra Madre. Su Virginidad es verdaderamente de una perfección tal que resulta un adorable misterio. Un misterio al que hay que introducirse con sumo amor y delicadeza, porque es el tesoro que con más aprecio guarda la Madre de Dios. Su Virginidad preparó el sagrado tabernáculo de sus entrañas para alojar al mismo Dios, su Señor y su Hijo. ¡Qué unión y relación entre Madre e Hijo durante esos nueve meses!, como nunca se ha visto ni se verá nada igual, ni se podrá imaginar, ni escribir, ni hablar, ni pensar.

Era necesario que la Madre de Dios estuviera adornada de una pureza única y singular. Ella quedó preservada del pecado original y, por tanto, de sus consecuencias. María “jamás estuvo infectada de la venenosa baba de la serpiente”. Siempre pura, nunca incurrió en el más leve pecado. Conservó siempre inmaculados sus afectos, y fue inmune a todo pecado original, mortal y venial, por lo que mereció que el divino Esposo la llamase hermosa y sin mancha: Eres del todo hermosa, amada mía, no hay mancha en ti (Cant. 4, 7).

María poseyó esta única  Virginidad, inmune a todo pecado, destinada a compartir con el Padre Eterno el honor  de la paternidad, ser la Madre de su Unigénito y la Esposa predilecta del Espíritu Santo. Siempre estuvo adornada de una purísima inocencia, que hacen de María la criatura más bella y hermosa salida de las manos del Creador.

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De qué manera la práctica típica de las lecturas transmite un mensaje pelagiano y protestante

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Cuando asistía al Thomas Aquinas College en California entre 1990 y 1994, una de las primeras cosas que observé en la liturgia del Novus Ordo –aparte de lo sorprendente de que las partes fijas siempre estaban en latín, práctica que continúan desde hace ya casi cincuenta años–, es que las lecturas siempre las hacía algún acólito revestido de sotana y sobrepelliz. Esto me causó una honda impresión, ya que me pareció mucho mejor que el método “normal” que había visto siempre en todas partes, de que un seglar, que lo mismo puede ser hombre que mujer, se levante de entre los fieles y se dirija al atril.   ¿Por qué me parecía mejor?

Para empezar, el acólito vestía de forma apropiada para cumplir una función litúrgica, y esto hace que la lectura se viera más claramente como un acto efectivamente litúrgico, parte del acto de culto en el que participábamos. En segundo lugar, ya se encontraba en el presbiterio, al que había accedido junto con el sacerdote durante la procesión de entrada, con lo cual ya estaba disponible, listo para cumplir la mencionada función. Ya no se veía como algo aleatorio, sino hecho ordenadamente: la persona indicada estaba donde tenía que estar y en el momento oportuno. En tercer lugar, cada día uno de los acólitos sabía de antemano que él sería el lector, y con el tiempo tendían a convertirse en mejores lectores que la mayoría de los más entusiastas que se ofrecían voluntariamente o eran seleccionados a dedo y casi nunca tenían ni idea de que lo que hacían. En cuarto lugar, una voz varonil se adapta mejor a dichas lecturas. En la mayoría de los casos es más recia, sereno, y sonora, y manifiesta más autoridad. Si el lector proclama la voz de Dios, debería oírse a Dios hablando con su voz de Señor y Padre. Como dice el Salmo 28: «La voz de Yahvé con poderío (…) La voz de Yahvé troncha los cedros (…) La voz de Yahvé sacude el desierto.» Con tanto como admiro la devoción de las señoras que con mucho entusiasmo hacen las lecturas, el timbre de voz que se oye según los distintos matices que se le den –desde tierno y suave a severo o afectado como de una institutriz– en muchos casos no resulta edificante. Además, como sostenía hace poco un psicólogo, a los hombres los distrae más que lea una mujer que a las mujeres que lea un hombre. En este caso no hay paridad ni igualdad de sexos.

Estas son algunas de las razones por las que me gustó bastante dicha costumbre en la mencionada universidad cuando la descubrí, y no puedo decir que me sorprendiera ver que a las jóvenes también les gustaba que se hiciera así. Su actitud hacia la liturgia y hacia la función que corresponde a cada sexo era tradicionalista, y para ellas era un alivio no sentirse presionadas para participar en el moderno programa feminista de romper las barreras que impiden el acceso a un presbiterio que es prerrogativa de los varones. Muy gustosas, dejaban que los hombres salieran al ruedo,  como deben –y como dejan de hacer cada vez que se permite que las mujeres, con su natural carácter generoso y su piedad, tomen las riendas. Éstas eran las cosas que más me llamaban la atención en mi época de universitario.

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