De qué manera la práctica típica de las lecturas transmite un mensaje pelagiano y protestante

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Cuando asistía al Thomas Aquinas College en California entre 1990 y 1994, una de las primeras cosas que observé en la liturgia del Novus Ordo –aparte de lo sorprendente de que las partes fijas siempre estaban en latín, práctica que continúan desde hace ya casi cincuenta años–, es que las lecturas siempre las hacía algún acólito revestido de sotana y sobrepelliz. Esto me causó una honda impresión, ya que me pareció mucho mejor que el método “normal” que había visto siempre en todas partes, de que un seglar, que lo mismo puede ser hombre que mujer, se levante de entre los fieles y se dirija al atril.   ¿Por qué me parecía mejor?

Para empezar, el acólito vestía de forma apropiada para cumplir una función litúrgica, y esto hace que la lectura se viera más claramente como un acto efectivamente litúrgico, parte del acto de culto en el que participábamos. En segundo lugar, ya se encontraba en el presbiterio, al que había accedido junto con el sacerdote durante la procesión de entrada, con lo cual ya estaba disponible, listo para cumplir la mencionada función. Ya no se veía como algo aleatorio, sino hecho ordenadamente: la persona indicada estaba donde tenía que estar y en el momento oportuno. En tercer lugar, cada día uno de los acólitos sabía de antemano que él sería el lector, y con el tiempo tendían a convertirse en mejores lectores que la mayoría de los más entusiastas que se ofrecían voluntariamente o eran seleccionados a dedo y casi nunca tenían ni idea de que lo que hacían. En cuarto lugar, una voz varonil se adapta mejor a dichas lecturas. En la mayoría de los casos es más recia, sereno, y sonora, y manifiesta más autoridad. Si el lector proclama la voz de Dios, debería oírse a Dios hablando con su voz de Señor y Padre. Como dice el Salmo 28: «La voz de Yahvé con poderío (…) La voz de Yahvé troncha los cedros (…) La voz de Yahvé sacude el desierto.» Con tanto como admiro la devoción de las señoras que con mucho entusiasmo hacen las lecturas, el timbre de voz que se oye según los distintos matices que se le den –desde tierno y suave a severo o afectado como de una institutriz– en muchos casos no resulta edificante. Además, como sostenía hace poco un psicólogo, a los hombres los distrae más que lea una mujer que a las mujeres que lea un hombre. En este caso no hay paridad ni igualdad de sexos.

Estas son algunas de las razones por las que me gustó bastante dicha costumbre en la mencionada universidad cuando la descubrí, y no puedo decir que me sorprendiera ver que a las jóvenes también les gustaba que se hiciera así. Su actitud hacia la liturgia y hacia la función que corresponde a cada sexo era tradicionalista, y para ellas era un alivio no sentirse presionadas para participar en el moderno programa feminista de romper las barreras que impiden el acceso a un presbiterio que es prerrogativa de los varones. Muy gustosas, dejaban que los hombres salieran al ruedo,  como deben –y como dejan de hacer cada vez que se permite que las mujeres, con su natural carácter generoso y su piedad, tomen las riendas. Éstas eran las cosas que más me llamaban la atención en mi época de universitario.

Años más tarde participé en una comunidad católica que había tenido la misma costumbre en cuanto a las lecturas, pero se vio obligada a abandonarla presionada por ciertos clérigos que no estaban de acuerdo. La repentina transición de los acólitos con vestiduras que cumplían la función de lectores a laicos de ambos sexos vestidos con ropas normales de calle que se levantaban de su banco para leer un texto y luego volvían a sentarse me hizo entender claramente hasta qué punto es problemática desde el punto de vista teológico esta última costumbre. En concreto, transmite mensajes pelagianos y protestantes. Por mucho que sorprenda semejante combinación, no deja de ser cierta.

El mensaje pelagiano es el siguiente: El lector accede al presbiterio, a pesar de no estar revestido para liturgia, y de no haber participado habitualmente en la procesión de entrada. Como por su propia esencia la liturgia tiene carácter simbólico, esto también simboliza algo (haya o no intención). Dado que el presbiterio representa el Cielo, acercarse y entrar en él quiere decir que cualquier persona tiene acceso libre, directo y sin impedimento al Sanctum Sanctorum.  El Cielo está a nuestra disposición: basta con que nos pongamos en pie y hagamos uso de los talentos con que Dios nos ha dotado. El seglar que entra en el presbiterio como Pedro por su casa para ponerse a leer arrasa con todo lo que enseña la Antigua Alianza: que debido al carácter creatural y pecaminoso del hombre tiene que haber una separación entre él y Dios. Separación que sólo puede superar Cristo, el Mediador entre Dios y los hombres. Cristo no elimina la distinción, sino que la asume en su Persona para que a través de Él tengamos acceso a Dios. Por lo tanto, es preciso que tanto el ministerio sacerdotal como los ministerios menores de todos los que ayudan al sacerdote posean ese carácter de mediación. El lector laico sin vestiduras apropiadas que está sentado en la nave y se levanta y se introduce en el presbiterio contradice con sus hechos y sus palabras la Epístola a los Hebreos.

Huelga decir que la tradición bizantina recalca este punto prohibiendo que los seglares ejerzan la función de lector (si se diera la necesidad). Sólo pueden leer desde la nave, y el Tabernáculo se mantiene cerrado mediante el iconostasio, de manera que sólo puedan entrar en él los clérigos autorizados. En Occidente se entendía de igual manera el sentido del espacio sagrado aunque, a partir de un momento determinado, se perdieran los coros altos y otros tabiques divisorios: si bien se permitía que todos vieran los ritos que se celebraban en el presbiterio, nadie que no fuesen los ministros ordenados podía estar corporalmente presente. Eliminar esta distinción introduciendo lectores y ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión borra simbólicamente la distinción entre la fuente de santidad en Cristo (representado de la forma más clara y propia por los ministros sagrados en sus funciones mediadoras) y la santificación del pueblo (simbolizada por la separación arquitectónica y la actitud tradicionalmente mantenida hacia los sacramentos, como por ejemplo recibir la Hostia en la lengua de la mano ungida del sacerdote que la bendice). Este borrado puede acertadamente considerarse pelagiano, y si eso es lo que ven los fieles cada vez que van a la iglesia, costará mucho sacarles de la cabeza una mentalidad pelagiana tan extendida.

Hay, además, un mensaje protestante sobreentendido: que cualquiera puede leer la Palabra de Dios; no hace falta ejercer ningún cargo para ello. La Palabra de Dios está a la libre disposición de todos; no hace falta nadie especialmente apartado para leer su santo y tremendo mensaje de temor y de consuelo. Sus palabras son como otras cualesquiera, y basta con saber leer. Es decir, un requisito puramente natural (no sobrenatural). Por consiguiente, no se tratan dichas Palabras como prendas divinamente inspiradas de la presencia inefable de Dios que deben ser empleadas por hombres debidamente preparados para tan sagrada tarea. La Palabra de Dios queda democráticamente a la disposición de los protestantes y los católicos modernos puenteando o sorteando la estructura jerárquica de la Iglesia que hunde sus raíces en la sucesión apostólica del episcopado y los clérigos que le asisten.

Comparémoslo con la práctica tradicional: sólo un lector debidamente revestido –que en el rito romano tradicional es el subdiácono– puede leer. Sea en una Misa rezada o cantada, el celebrante lo lee todo de forma apropiada porque ha recibido todos los ministerios. Puede hacer todo que un ministro inferior, pero no al revés.

No niego en modo alguno que la gran mayoría de los lectores laicos tienen la mejor de las intenciones. Quieren participar. Quieren ayudar. Y hacen algo que les han dicho que es bueno. Yo mismo fui lector durante muchos años cuando era estudiante de secundaria porque pensaba que era una cosa buena que se hace en Misa. No es cuestión de mala voluntad. El problema tiene más bien que ver con consecuencias imprevistas. Por muy buenas que sean nuestras intenciones subjetivas, todo lo que se hace en la liturgia expresa un sentido. En el ámbito de la liturgia, nada se hace simplemente porque sea práctico o útil. Incluso algo que tuvo un origen práctico como el lavabo adquirió un significado simbólico de la limpieza de pecado que prevalece actualmente (la mayoría de los sacerdotes no necesitan lavarse las manos en el lavabo, pero todos tenemos al menos pecados veniales que lavar). Del mismo modo, entrar al presbiterio, acercarse al atril y leer la Palabra de Dios no son acciones meramente humanas; el contexto litúrgico las dota de sentido propio. En resumidas cuentas, son signos. Otros signos relacionados son el atuendo que se lleve (vestiduras litúrgicas o ropa de calle), el lenguaje en que se lea (¿el registro es sagrado y poético, o un lenguaje moderno y soso?), la calidad del leccionario y el evangeliario en cuanto objetos físicos (¿son libros con una bella presentación o pedazos infames de modernidad con menos atractivo que una muestra geológica de otro planeta?), y así sucesivamente. Todos esos actos, objetos y funciones tienen un sentido claro y nítido.

La pregunta del millón es qué nos transmiten esos signos, qué creencias y actitudes inculcan. Cuando, por ejemplo, un ministro laico distribuye la Sagrada Comunión está diciendo algo: que resulta que, al contrario de lo que han hecho los católicos durante siglos, ahora resulta que no nos encontramos ante un tremendo misterio divino del que sólo pueden ocuparse unos hombres especialmente apartados mediante una santa unción y revestidos de hábitos sacerdotales; lo que tenemos delante es comida y bebida de todos los días que cualquiera puede tocar como si estuviera en una merienda campestre o comiéndose una tapa. En la práctica equivale a repudiar el dogma de la Iglesia, aunque quizás serían pocos (excepto tal vez Andrea Grillo) los que pensaran en negar descaradamente los dogmas de Trento. Eso sí, téngase en cuenta que hay muchos demasiado interesados, demostrando la tan repetida crítica de Ratzinger, en hacer del Concilio Vaticano II el superconcilio que  supera incluso concilios anteriores ostensiblemente de mayor peso magisterial porque definían dogmas de fe y anatematizaban los errores contrarios, en tanto que el Vaticano II evitó intencionadamente las definiciones y los anatemas.

En todo caso, lo que es crucial no es recuperar las enseñanzas de concilios (¡aunque al final tendremos que llegar a ello!), sino recuperar un sentido fundamental de lo sagrado en todo lo relativo al culto de Dios Todopoderoso, tanto en la veneración de su inerrante e infalible Palabra como en la adoración de su Santísimo Cuerpo Sacramentado, actos para cuya realización la Iglesia nunca ha dejado ni dejará de ordenar a ministros jerárquicos.

Peter Kwasniewski

(Fuente: New Liturgical Movement. Traducido por J.E.F para Adelante la Fe)

Tomado de:

https://adelantelafe.com

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