SOBRE LA ASISTENCIA A LA SANTA MISA

Por San Juan Crisóstomo

 

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«Cuando veo con mis propios ojos el escaso número de los concurrentes y advierto que en cada reunión va siendo menor, me entristezco y a la vez me gozo. Me gozo por vosotros los que estáis presentes; me entristezco por los ausentes. Vosotros merecéis encomios puesto que ni aun el ser vuestro número escaso os ha vuelto desidiosos; mientras que los otros merecen reproches, puesto que ni siquiera el empeño que vosotros ponéis los ha alentado. A vosotros os llamo bienaventurados y os juzgo dignos de imitación, porque en nada os ha dañado la negligencia de aquéllos; pero a ellos los llamo míseros y los lloro, ya que vuestra diligencia en nada ha podido ayudarlos.

¡No han escuchado al profeta que dice: Prefiero estar postrado a las puertas de mi Dios a morar en las tiendas de los pecadores! No dijo: he escogido habitar en la casa de mi Dios, ni vivir, ni entrar en ella; sino preferí estar postrado. Es decir, aun cuando sea contado entre los últimos, yo lo amo, yo me contento de eso, con tal de que se me conceda siquiera entrar en el vestíbulo. Tengo por gran beneficio siquiera ser contado entre los últimos que entran en la casa de mi Dios. El amor hace que al Señor común de todos lo tenga por su Señor particular. ¡Tal es la virtud de la caridad! En la casa de mi Dios.

Quien ama no únicamente desea ver al que ama, ni sólo ama su casa, sino que ama aun el vestíbulo solo. Y no únicamente la entrada de la casa, sino siquiera la encrucijada de las calles en donde está la casa. Y si logra ver el vestido o el calzado de la persona a quien ama, ya le parece que contempla a la persona misma a quien ama.  Sigue leyendo

La figura anticrística en Dostoievski

“La Leyenda del Gran Inquisidor”

El texto de Dostoievski se encuentra en la segunda parte de “Los hermanos Karamazovi”. El gran novelista hace que Iván le lea a su hermano Alioscha un poema, donde intervienen sólo dos personajes: el Gran Inquisidor de Sevilla y Jesucristo, a quien aquél ordena detener y llevar a la cárcel, manteniendo allí un largo diálogo con él, o mejor, un prolongado monólogo, ya que Cristo permanece durante todo el tiempo en irreductible silencio. Dostoievski volverá allí a uno de sus temas predilectos, y es el valor del don de la libertad que Dios otorgó al hombre. Dios quiso que fuésemos dioses por la gracia, hijos del Altísimo, pero ello fue un llamado, una invitación. La fe es el acto que busca, encuentra y elige libremente el amor de Dios. El libre amor recíproco hace converger las dos voluntades, la del Dios que llama y la del hombre que responde, en un acuerdo “sintético”, como dice Dostoievski, en un acuerdo divino-humano. Éste es el mensaje capital de Dostoievski en todas sus obras.

Pues bien, el Gran Inquisidor le recrimina a Cristo porque no consintió a las sugestiones de Satanás en el desierto. Si hubieras convertido las piedras en panes, habrías resuelto el problema social de la humanidad, habrías acabado con el flagelo del hambre, el frio y la miseria. Y todos te hubieran seguido, aclamándote por rey. Pero inexplicablemente respondiste: “No sólo de pan vive el hombre” (Mt 4, 4). Te pedían que multiplicases los panes y respondiste hablando del pan del cielo. “Me buscáis por los panes con que os he saciado. Buscad otro alimento” (Jn. 6, 26-27). Lo reprende, asimismo, por su falta de consentimiento a la segunda tentación, la de tirarse del pináculo del templo. ¿Por qué no lo hiciste? Todos te hubieran aclamado por un milagro tan despampanante, que no hubiera dejado ya lugar a ninguna duda, coaccionando el acto de adhesión. En continuidad con ello, hiciste mal cuando no quisiste descender de la cruz, como te pidieron los allí presentes. Y en cuanto a la tercera tentación: “Te daré todo el mundo si postrándote me adorares”, ¿por qué no la aceptaste? Hoy todo el mundo sería tuyo, todo el mundo te aclamaría. “¿Por qué desairaste ese último don? Si hubieras seguido ese tercer consejo del poderoso espíritu, habrías realizado cuanto el hombre busca en la tierra, a saber: a quién adorar, a quién confiar su conciencia, y el modo de unirse todos, finalmente, en un común y concorde hormiguero, porque el ansia de la unión universal es el tercer y último tormento del hombre.

En cambio, le dice el Gran Inquisidor, nosotros hemos consentido a dichas tentaciones, hemos convertido las piedras en panes, hemos dado de comer a la gente, hemos unificado el mundo, y por eso nos siguen, aunque para hacerlo hayan tenido que abdicar de su libertad.

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La idea de Dostoievski es que Cristo rechazó las tres tentaciones del desierto, justamente porque representaban las tres formas de anulación de la libertad: por el milagro, por el misterio, y finalmente, por el poder de la autoridad. A su vez, Satanás las propone como las tres soluciones insustituibles para resolver los problemas de la existencia humana, apaciguando así todas las inquietudes de los hombres: convertir las piedras en pan, es solucionar el problema económico; triunfar de las leyes de la naturaleza por el milagro, es resolver el problema del conocimiento; reunir todas las naciones bajo el signo de la paz universal mediante el ejercicio de la autoridad despótica, es solucionar el problema político. El Gran Inquisidor acepta las tres tentaciones sobreentendiendo que la trascendencia no es para el hombre, que ella le queda demasiado grande, que éste debe abocarse con todas sus energías al mundo que le corresponde, el de la inmanencia. La sugestión satánica se manifiesta menos como una negación principista del absoluto, cuanto como una absolutización de este mundo, al margen de Dios…

Destaquemos para terminar este sucinto análisis de la Leyenda, su índole netamente esjatológica. El Gran Inquisidor que disputa con Cristo, es un falso Cristo, sucedáneo suyo… En el Gran Inquisidor, Dostoievski encarna la idea opuesta a Cristo, presentándola en toda su grandeza. Es un esforzado asceta, muy por encima de intereses triviales o bastardos, que encubre un terrible secreto: su falta de fe en Dios. Al mismo tiempo comprende que hay gran cantidad de personas frágiles y timoratas, incapaces de soportar el peso heroico de la libertad que trae consigo el mensaje de Cristo. El Gran Inquisidor no cree en Dios, pero tampoco cree en el hombre, porque ambos son como la cara y el reverso de una sola y misma fe, la fe en el Dios-Hombre. Esto es precisamente lo que rechaza el Gran Inquisidor, la comunión del principio divino con el humano dentro de la libertad. Al imponérsele al hombre la prueba de la libertad, se lo ha juzgado más fuerte de lo que era en realidad, quedando así abocado a un dilema: de un lado la libertad heroica; del otro, la felicidad y la organización racional de la vida. La libertad con sufrimiento o la felicidad sin libertad. La inmensa mayoría de la  gente elige el segundo camino. El primero es el de unos pocos elegidos.

P. Alfredo Sáenz, S.J.

“El fin de los tiempos y siete autores modernos”

Ed. Gladius 2008

Págs. 130-135.

Tomado de:

http://nacionalismo-catolico-juan-bautista.blogspot.com.ar/

UN PAR DE APUNTES AL FIASCO PAPAL EN TIERRA SANTA

Francisco Cartoon

 

Como apéndice a la entrada anterior acerca del primado petrino y la intención (así manifestada por el Obispo de Roma) de someterlo a revisión, en un nuevo intento de contemporizar con los cismáticos de Oriente, ofrecemos a continuación dos significativos antecedentes que van en la misma dirección, traídos a cuento por el sitio Chiesa e postconcilio. Sirven simplemente para comprobar que Bergoglio no surgió por generación espontánea, y que el enrarecimiento de la Iglesia (que está llegando al paroxismo con el pontificado del Bocón) lleva sus varias décadas de curso.

En primer lugar, adviértanse las palabras dirigidas por Paulo VI el 28 de abril de 1967 al Secretariado por la unidad de los cristianos: «el papa, como bien lo sabemos, constituye sin sombra de duda el obstáculo más grave en el camino del ecumenismo». Todo un postulado reversivo, de esos que, multiplicados por mil, han ido anublando la serena convicción de que el orden de los hechos depende y dimana del orden de los principios,katá ton órthon lógon. Estamos en el más cenagoso terreno de la búsqueda de la añadidura sin el Reino de Dios y su justicia, de los beneficios prácticos fuera de sus dependencias ontológicas de rigor. A fuer de audaces, y si fuera lícito pensar como lo hizo el titubeante papa Montini, el razonamiento debiera extenderse a más, admitiendo otras fórmulas que podrían sonar así: «el culto de María y de los santos constituye el escollo más acusado para la realización de la unidad de las Iglesias (sic)», y aun: «la Encarnación es una verdadera traba para alcanzar la soñada simbiosis con el judaísmo, porque ofende el sentimiento religioso de nuestros hermanos mayores». Quizás no estemos muy lejos de asistir a tan repulsivos desatinos manados desde el mismo vértice: el error no combatido se vuelve progresivo, invadente, hipertrófico. Pruebas a la vista, de a manojos.

El otro pasaje que trae a colación el sitio italiano es el de una encíclica de Juan Pablo II,Ut unum sint, del 25 de mayo de 1995, en la que el polaco pontífice expresa su deseo de «encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva» (n. 95). El lenguaje es suficientemente ambiguo como para satisfacer a unos y otros. Lo que en todo caso nunca consta, de acuerdo al magisterio previo al Concilio y como condición de un ecumenismo intachable, es la necesidad del redditus de los separados al seno de la Iglesia. Juan Pablo II, en cambio, y remitiendo a las palabras que le dirigiera al Patriarca ecuménico Dimitrios I lo insta a que «busquemos, por supuesto juntos, las formas con las que este ministerio pueda realizar un servicio de fe y amor reconocido por unos y otros». “Consensuar el primado” parece haber sido la consigna.

Queda claro que Francisco, llevado de un apetito perentorio de innovación, ha ido un buen poco más lejos. Pero bien se advierte cuánto se sirve literalmente de las palabras de Wojtyla como pretexto, al decir, en su reciente viaje a Tierra Santa y dirigiéndose a los patriarcas de otras confesiones cristianas allí presentes, que «deseo renovar el auspicio ya expresado por mis Predecesores, de mantener un diálogo con todos los hermanos en Cristo, para encontrar una forma del ministerio propio del Obispo de Roma que, en conformidad con su misión, se abra a una situación nueva y pueda ser, en el contexto actual, un servicio de amor y de comunión reconocido por todos». Ya era todo de esperar: en la Evangelii Gaudium, y valiéndose de un razonamiento a todas luces engañoso, había dicho (n. 32) que «dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado». A esta altura de la noche creemos ocioso señalar lo obvio: lo que anhelamos es la conversión de Bergoglio.
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