No condenar, ni condonar

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Romano Amerio hace la radiografía de nuestros días:

El mundo civil, que llevaba la impronta de la religión en las costumbres y en la legislación, ha borrado en casi todas partes la huella cristiana: adopción del divorcio y el aborto; legalización de la sodomía y de las relaciones incestuosas; iniciación a las prácticas anticonceptivas introducida por el Estado a la escuela, progresivo desconocimiento de los derechos nacidos de las desigualdades entre los hombres; secularización total de los colegios, la educación, la prensa, el calendario y las obras en tiempos llamadas de misericordia; profesión constitucional del indiferentismo religioso y del ateísmo como base de la comunidad civil; o reducción de los actos públicos de religión a una ritualidad meramente civil frecuentada por creyentes y no creyentes.[1]

En ese contexto es bien sabido que la despenalización del aborto se ha extendido como reguero de pólvora especialmente en los antiguos países de raíz cristiana, y desde ellos, las organizaciones promotoras del aborto lo promueven y buscan su despenalización en todos los demás países muchos de los cuales ceden para contentar las voces que lo reclaman, querer despenalizar el aborto criminal porque son muchas las mujeres que lo reclaman es una aberración y no lo convierte en bueno.

«El problema del aborto provocado y de su eventual liberalización legal ha llegado a ser en casi todas partes tema de discusiones apasionadas. Estos debates serían menos graves, si no se tratase de la vida humana, valor primordial que es necesario proteger y promover”.[2]

La Iglesia siempre ha condenado el aborto como un homicidio a través de los Padres de la Iglesia, Doctores, Romanos Pontífices y Concilios.

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