La Penitencia II

Después del pecado debemos arrepentirnos.

Por el pecado nuestra voluntad se aparta de Dios voluntariamente, para poner su amor en alguna criatura, y esto es una gravísima ofensa a Dios.

Por los siguientes textos claros y explícitos de la Sagrada Escritura y principalmente en el dolor y arrepentimiento de los pecados, no en el simple cambio de vida o mutación del consejo anterior.

— El sacrificio grato a Dios es un corazón contrito.

Tu, ¡oh Dios!, no desdeñas un corazón contrito y humillado (Sal. 5, 19).

— Dice el Señor:

Convertíos a Mi en todo corazón, en ayuno, en llanto y en gemido.   Rasgad vuestros corazones, no vuestras vestiduras, y convertíos al Señor, vuestro Dios, que es clemente y misericordioso, tardo a la ira y rico en misericordia y se arrepiente en castigar (Joel. 2, 12-13).

Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hech. 2, 38).

Dios siempre quiere que nos arrepintamos y volvamos a Él:

“iQuiero Yo acaso la muerte del impío, dice el Señor, y no más bien que se convierta y viva? (Ez. 18, 23),

y por el profeta Zacarías nos dice:

“Volveos a Mi… y Yo me volveré a vosotros” (1, 3).

El concilio de Trento declara que esta contncion’ no solo contiene en si el cese del pecado y el propo-sito e iniciaci6n de una nueva vida, sino tambien elaborrecimiento de la vieja, conforme a aquello de Ezequiel (18,31):

“Arrojad de vosotros todas vuestras iniquidades en que habéis prevaricado y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (D. 897).

Para obtener el perdón es preciso que el pecador vuelva voluntariamente a Dios, reconozca su maldad y sienta verdadero dolor por haberle ofendido, le pida perdón con humildad y proponga firmemente no volver a ofenderle.

La virtud de la penitencia es la que nos inclina a aborrecer el pecado y a volver a Dios con corazón contrito.   La misericordia de Dios nuestro Padre nos abre también sus brazos y nos admite de nuevo entre sus hijos.

“Si el malvado se retrae de su maldad y guarda todos mis mandamientos y hace lo que es recto y justo, vivirá y no morirá.   Todos los pecados que cometió no le serán recordados; en la justicia que obró vivirá” (Ez. 18, 21-22).

La Misa de San Gregorio en el Arte

Retablo de almas con la misa de San Gregorio

MAESTRO DE ARTÉS  (Pere Cabanes?, activo en Valencia entre 1472 y 1538)

Retablo de almas con la Misa de San Gregorio

Técnica:  Óleo y temple sobre tabla, 213 x 145 cm

La historiografía adoptó la nomenclatura convencional de Maestro de Artés para este anónimo pintor de estilo diferenciado por el Retablo del Juicio Final, que fue concebido para la capilla de los Artés en la cartuja de Portaceli, hoy conservado en este museo. En el ámbito valenciano de las primeras décadas del siglo XVI un importante conjunto de retablos de artesa con una única composición con ático o espiga y banco fue dedicado al culto a los difuntos y ánimas del Purgatorio, asociado a las imágenes del Juicio Final y a la Misa de San Gregorio. La coyuntura de hambrunas, pestes y guerras, así como las creencias y tradiciones escatológicas del periodo favorecieron la aparición de estos retablos, en la que sin duda jugó un papel determinante el carácter redentor de los mismos, y sobre todo, la obtención de cuantiosas indulgencias por los fieles mediante la oración ante estas imágenes.

Este conjunto de intenso colorido guarda una estrecha relación con otro retablo de almas con la Misa de San Gregorio del Maestro de Artés en el Museo de Arte de Sâo Paulo, en Brasil. Ambas piezas, ligadas a la tradición tardogótica, presentan una concepción espacial jerarquizada de gran riqueza iconográfica. En este caso, la Coronación de la Virgen por la Trinidad ocupa el ático; y justo debajo, Cristo Juez sentado sobre el doble arco iris preside el Juicio, flanqueado por la Virgen, San Juan Bautista, los apóstoles, otros santos y justos. Las almas desnudas salen de una laguna, auxiliadas por un ángel que las conduce al Purgatorio donde realizan sus penitencias. San Pedro a las puertas de la Jerusalén celeste recibe a una de las ánimas. En un extremo aparece el infierno con los réprobos en el interior de una caldera, debajo de la figura ahorcada de Judas, y en el otro la Misa de San Gregorio con la presencia de los santos médicos, Cosme y Damián.

Tomado de:

http://museobellasartesvalencia.gva.es

Misa Gregoriana

RITUS ROMANUS ET RITUS MODERNUS

Santa Misa Gregoriana

¿Hubo reforma litúrgica antes de Paulo VI?

por Mons. Klaus Gamber

Director del Instituto Litúrgico de Ratisbona

En el articulo “Cuatrocientos años de Misa Tridentina”, publicado en diversas revistas religiosas, el profesor Rennings se aplico a presentar el nuevo misal, o sea el Ritus Modernus, como derivación natural y legitima de la liturgia romana. Según dicho profesor, no habría existido una Misa San Pío V sino únicamente por ciento treinta y cuatro años, es decir, de 1570 a 1704, año en el cual apareció bajo las modificaciones deseadas por el Romano Pontífice de entonces. Continuando con tal modo de proceder, Paulo VI, según Rennings, habría a su vez reformado el Missale romanum para permitir a los fieles entrever algo más de la inconcebible grandeza del don que en la Eucaristía el Señor ha hecho a su Iglesia.

En su articulo, Rennings se hace fuerte sobre un punto débil de los tradicionalistas: la expresiónMisa Tridentina Missa sancti Pii V. Propiamente hablando una Misa Tridentina o de San Pío V no existió nunca, ya que, siguiendo las instancias del Concilio de Trento, no fue formado unNovus Ordo Missae, dado que el Missale sancti Pii V no es más que el Misal de la Curia Romana, que se fue formando en Roma muchos siglos antes, y difundido especialmente por los franciscanos en numerosas regiones de Occidente. Las modificaciones efectuadas por San Pío V son tan pequeñas, que son perceptibles tan sólo por el ojo de los especialistas.

Ahora, uno de los expedientes al cual recurre Rennings, consiste en confundir el Ordo Missaecon el Proprium de las misas de los diferentes días y de las diferentes fiestas. Los Papas, hasta Paulo VI, no modificaron el Ordo Missae, aun introduciendo nuevos propios para nuevas fiestas. Lo que no destruye la llamada Misa Tridentina más de lo que los agregados al Código Civil destruyen al mismo.

Por lo tanto, dejando aparte la expresión impropia de Misa Tridentina, hablamos más bien de un Ritus Romanus. El rito romano remonta en sus partes más importantes por lo menos al siglo V, y más precisamente al Papa San Dámaso (366-384). El Canon Missae aparte de algunos retoques efectuados por San Gregorio I (590-604), había alcanzado con San Gelasio I (492-496) la forma que ha conservado hasta ayer. La única cosa sobre la cual los Romanos Pontífices no cesaron de insistir desde el siglo V en adelante, fue la importancia para todos de adoptar elCanon Missae Romanae, dado que dicho canon se remonta nada menos que al mismo Apóstol Pedro.

Más por lo que concierne a las otras partes del Ordo, como para el Proprium de las varias Misas, respetaron el uso de la Iglesias locales.

Hasta San Gregorio Magno (590-604) no existió un misal oficial con el Proprium de las varias Misas del año. El Liber Sacramentorum fue redactado por encargo de San Gregorio al principio de su pontificado, para servicio y uso de las Stationes que tenían lugar en Roma, o sea para la liturgia pontifical. San Gregorio no había tenido ninguna intención de imponer el Proprium de dicho misal a todas las Iglesias de Occidente. Si posteriormente dicho misal se convirtió en el armazón mismo del Missale Romanum de San Pío V, se debió a una serie de factores de los cuales no podemos tratar ahora.

Es interesante notar que cuando se interrogó a San Bonifacio (672-754) que se encontraba en Roma, con respecto a algún detalle litúrgico, como el uso de las señales de cruz a efectuarse durante el canon, éste no se refirió sobre el sacramentaris de San Gregorio, sino sobre aquel que estaba en uso entre los Anglosajones, cuyo canon estaba en todo conforme a aquel de la Iglesia de Roma…

En el Medioevo, las diócesis y las iglesias que no habían adoptado espontáneamente el Misal en uso en Roma, usaban uno propio y por esto ningún Papa manifestó sorpresa o disgusto…

Mas cuando la defensa contra el protestantismo hizo necesario un Concilio, el Concilio de Trento encargo al Papa de publicar un misal corregido y uniforme para todos. Ahora, pues, con la mejor voluntad del mundo, yo no llego a encontrar en tal deliberación del Concilio el ecumenismo que ve Rennings.

¿Qué hizo San Pío V? Como ya hemos dicho, tomó el misal en uso en Roma y en tantos otros lugares, y lo retocó, tomó, especialmente reduciendo el número de las fiestas de los Santos que contenía. ¿Lo hizo tal vez obligatorio para toda la Iglesia? ¡ En absoluto! Respetó hasta las tradiciones locales que pudieran jactarse, por lo menos, de doscientos años de edad. Así propiamente: era suficiente que el misal estuviera en uso, por lo menos, desde doscientos años, para que pudiera quedar en uso a la par y en lugar de aquel publicado por San Pío V. El hecho de que el Missale Romanum se haya difundido tan rápidamente y espontáneamente adoptado también en diócesis que tenían el propio más que bicentenario, se debe a otras causas; no por cierto a presión ejercida sobre ellas por Roma. Roma no ejerció sobre ellas ninguna presión, y esto en una época en la cual, a diferencia de cuanto sucede hoy, no se hablaba de pluralismo, ni de tolerancia.

El primer Papa que osó innovar el Misal tradicional fue Pío XII, cuando modifico la liturgia de la Semana Santa. Séanos permitido observar, al respecto, que nada impedía de restablecer la Misa del Sábado Santo en el curso de la noche de Pascua, aunque sin modificar el rito.

Juan XXIII lo siguió por este camino, retocando las rúbricas. Mas ni el uno ni el otro, osaron innovar sobre el Ordo Misae, que quedó invariable. Pero la puerta había sido abierta, y la cruzaron aquellos que querían una sustitución radical de la liturgia tradicional y la obtuvieron. Nosotros, que habíamos asistido con espanto a este resolución, contemplamos ahora a nuestros pies las ruinas, no tanto de la Misa Tridentina, más bien de la antigua y tradicional Missa Romana, que había ido perfeccionándose a través del curso de los siglos hasta alcanzar su madurez. No era perfecta al punto de no ser ulteriormente perfectible, pero para adaptarla al hombre de hoy no había necesidad de sustituirla: bastaban algunos pequeñisimos retoques, quedando a salvo e inmutable todo el resto.

Viceversa, se la quiso suprimir y sustituir con una liturgia nueva, preparada con precipitación y, diremos, artificialmente: con el Ritus Modernus. ¡ Oh, cómo se ve aparecer en modo siempre más claro y alarmante el oculto fondo teológico de esta reforma ! Sí era fácil obtener una más activa participación de los fieles en los santos misterios, según las disposiciones conciliares, sin necesidad de transformar el rito tradicional. Pero la meta de los reformadores no era obtener la mencionada mayor participación activa de los fieles, sino fabricar un rito que interpretara su nueva teología, aquella misma que está en la base de los nuevos catecismo escolares. Ya se ven ahora las consecuencias desastrosas que no se revelarán plenamente sino en el giro de cincuenta años.

Para llegar a sus fines, los progresistas han sabido explotar muy hábilmente la obediencia a las prescripciones romanas de los sacerdotes y de los fieles más dóciles… La fidelidad y el respeto debido al Padre de la Cristiandad, no llegan hasta exigir una aceptación despojada del debido sentido crítico de todas las novedades introducidas en nombre del Papa (1).

¡ La fidelidad a la Fe, ante todo! Ahora, la Fe, me parece que se encuentra en peligro con la nueva liturgia, aunque no me atrevo a declarar inválida la Misa celebrada según el Ritus Modernus.

¿ Es posible que veamos a la Curia Romana y a ciertos Obispos – aquellos mismos que nos quieren obligar, con sus amenazas, a adoptar el Ritus Modernus-, descuidar su propio deber especifico de defensores de la Fe, permitiendo a ciertos profesores de teología a socavar los dogmas más fundamentales de nuestra Fe y a los discípulos de los mismos propagar dichas opiniones heréticas en periódicos, libros y catecismos?

El Ritus Romanus permanece con la última escollera en medio de la tempestad. Los innovadores lo saben muy bien. De aquí parte su odio furioso contra el Ritus Romanus, que combaten bajo el pretexto de combatir una nunca existida Misa Tridentina. Conservar el Ritus Romanus no es una cuestión de estética: es, para nuestra Santa Fe, cuestión de vida o muerte.

Mons. KLAUS GAMBER

Director del Instituto Litúrgico de Ratisbona

(1) San Pablo resistió a su Papa, que era San Pedro, cumpliendo su deber (N. de la R.)

Tomado de:

ROMA ÆTERNA

Canto Gregoriano

El Intróito Gaudeamus omnes en neumas de siglo XIV (Graduale Aboense)

  1. Canto gregoriano. Introducción
  2. Origen y evolución
  3. La tradición. La implantación
  4. La trayectoria
  5. Teoría de la música. Los cantus
  6. El apogeo del Gregoriano
  7. Nuevos géneros. Las deformaciones
  8. Las tentativas de reforma
  9. Técnica y ritmo
  10. La notación. Formas del canto llano
  11. Tropos y secuencias. Cómo escuchar Gregoriano
  12. Cómo cantar Gregoriano
  13. Partes del día. El canto en Silos

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SAN GREGORIO MAGNO

"La verdadera penitencia consiste en llorar o detestar los pecados cometidos, y estos no volverlos a cometer"

(† 604)

San Gregorio Magno vivió un período de profundas convulsiones religiosas y políticas.  Nacido hacia 540 en una familia de la nobleza romana, vivió los momentos más bajos de la curva de la caída de Roma y los primeros de una nueva época ascendente.  Por ello puede ser considerado como el último romano, con el que se cierra el período de los grandes Padres y literatos de la Iglesia de Occidente, o como el primer hombre medieval que supo concretar en sus obras el espíritu de una nueva edad que se había de alimentar de su moral, ascética y mística hasta San Bernardo, Santo Tomás y Santa Teresa.   Precisamente con su nacimiento —en 541— termina la cronología consular, que liquida definitivamente una de las instituciones básicas en la historia de Roma.

La familia de Gregorio era hondamente cristiana.  Sus padres, el senador Gordiano y la noble Silvia, están emparentados con los Anicios.  El palacio familiar se asienta en las estribaciones del monte Celio, en medio de un mundo lleno de recuerdos de la Roma del Imperio y de la primitiva Roma cristiana.   Entre sus antepasados se encuentra el papa Félix III (483-492).   La Iglesia venera en los altares a varios miembros de su familia.   Su padre se dedicó al fin de su vida al servicio de la Iglesia como regionario.   Su madre pasó los últimos años en el monte Aventino, en absoluto retiro.   Sus tías Társila y Emiliana consagraron a Dios su virginidad.   En las homilías que pronunció durante su pontificado, se complace en recordar el ejemplo de sus santas tías vírgenes.   Ambas y sus padres figuran en el catálogo de los santos.

San Gregorio se formó en las escuelas de su tiempo.   Por causa de las guerras habían decaído del esplendor logrado siglo y medio antes con Marciano Capella y casi aquellos mismos días con Casiodoro.   Cursó derecho.   De él quería hacer Justiniano la base necesaria de la unidad religiosa, política y territorial del Imperio.

La formación jurídica de San Gregorio es profunda.   Su alma severa y equilibrada encontró en ella una magnífica preparación para sus futuras e insoñadas actividades.   Su formación literaria es menos brillante.   Aún se trata en los centros universitarios de realizar el tipo ideal del orador, siguiendo las preceptivas de Quintiliano, y de Cicerón.   En cambio, la formación bilingüe grecolatina ha desaparecido totalmente en el siglo VI.   El Santo no llegó a aprender la lengua griega, ni durante su larga estancia en Bizancio.   Al terminar la carrera fue nombrado pretor (¿prefecto?) de la urbe.   Eran tiempos de inseguridad y de guerras permanentes.   Durante su niñez asistió a la entrada de Totila en Roma (546), a la cautividad de los romanos en Campania, a los asaltos de los godos a la ciudad en 549, a los últimos juegos circenses en el Circo Máximo, que Totila, con regia liberalidad, ofreció al pueblo romano al tiempo de despedirse.

Gregorio vivió con intensidad la tragedia desgarradora de Italia, arrasada por las invasiones de los lombardos, y de Roma en ruinas.   Aún hoy impresionan las descripciones de San Gregorio, de Pablo Diácono y de otros historiadores.   “Por todas partes vemos luto —dice el Santo—, por todas oímos gemidos. Las ciudades están saqueadas; los castillos, demolidos, la tierra, reducida a desierto.   En los campos no quedan colonos ni en las ciudades se encuentran apenas habitantes…   Los azotes de la justicia de Dios no tienen término, porque tantos castigos no bastan a corregir los pecados. Vemos a unos arrastrados a la esclavitud, a otros mutilados, a otros matados… ¡A qué bajo estado ha descendido aquella Roma que otras veces era señora del mundo!   Hecha añicos repetidamente y con inmenso dolor, despoblada de ciudadanos, asaltada de enemigos, convertida en un montón de ruinas…   ¿Dónde está el senado? ¿Dónde el pueblo?…   Ya por ruinas sucesivas vemos destruidos en el suelo los mismos edificios…” Gregorio trabajó con entusiasmo juvenil en su quehacer político.   Pero no encontró en sus quehaceres temporales la satisfacción que deseaba.   Así comenzó a resonar en su alma la llamada a la vida contemplativa.

Entonces se cruzaron en su camino dos monjes benedictinos, Constancio y Simplicio.   Procedían de Montecassino, de la generación inmediatamente posterior a San Benito.   La Historia tiene que agradecerles un santo, un papa, un doctor de la Iglesia, el maestro espiritual de la Orden, el discípulo más auténtico de San Benito y uno de los ascetas más importantes de la historia de la espiritualidad.   La lucha interior antes de decidirse a entrar en el monasterio, y decir adiós a sus tareas temporales tan queridas fue desgarradora.   La describe el mismo Santo en carta a su íntimo amigo San Leandro de Sevilla. “Yo diferí largo tiempo la gracia de la conversión, es decir, de la profesión religiosa, y, aun después que sentí la inspiración de un deseo celeste, yo creía mejor conservar el hábito secular. En este tiempo se me manifestaba en el amor a la eternidad lo que debía buscar, pero las obligaciones contraidas me encadenaban y yo no me resolvía a cambiar de manera de vivir.  Y cuando mi espíritu me llevaba ya a no servir al mundo sino en apariencia, muchos cuidados, nacidos de mi solicitud por el mundo, comenzaron a agrandarse poco a poco contra mi bien, hasta el punto de retenerme no sólo por defuera y en apariencia, sino lo que es más grave, por mi espíritu”.

Al fin un día cambió el vestido de púrpura de gobernante por el humilde saco de monje, según noticia de Gregorio de Tours; convirtió en monasterio su palacio del monte Celio y comenzó su vida monacal.   Tres fines buscó el Santo en la vida del claustro: separarse del mundo, mortificar la carne y, finalmente, la alegría de la contemplación. “Me esforzaba —dice en su epistolario— en ver espiritualmente los supremos gozos, y, anhelando la vista de Dios, decía no sólo con mis palabras, sino con la medula de mi corazón: Tibi dixit cor meut: quaesívi vultum tuum, vultum tuum, Domine, requiram.   Se dedicó con intensidad al estudio de la Sagrada Biblia, buscando la contemplación y la compunción de corazón.   Ambos son sus temas preferidos, los hilos conductores de su ascética y de su mística. No en vano se le llama “doctor de la compunción y de la contemplación”.   También estudió con interés especial las vidas ejemplares de los monjes de Occidente.   De ahí había de salir en el futuro su obra: Diálogos de la vida y milagros de los Padres itálicos.   Allí se hizo hombre de oración y forjó su espiritualidad.   Sus fórmulas alimentaron a los monjes y eclesiásticos durante muchos siglos.

A los cuatro años de paz monacal, Benedicto I le envió como nuncio (apocrisario) a Constantinopla (578), de donde volvió hacia 586.   Octubre de 586 fue un mes de prueba.   Lluvias torrenciales.   Las aguas del Tíber alcanzaron en algunos puntos más altura que las murallas.   Personas ahogadas, palacios destruidos, los graneros de la Iglesia inundados, hambre y, finalmente, la peste.   Una epidemia de peste inguinar se extendió por Roma, superpoblada de refugiados de los avances lombardos.   Una de las primeras víctimas de la peste fue el papa Pelagio II.   Ante aquel espectáculo, clero, senado y pueblo reunidos eligieron Papa a San Gregorio.   De este modo quedó Gregorio arrancado definitivamente de la soledad que buscara en el monasterio.   “Mi dolor es tan grande, -escribe a un amigo de Constantinopla-, que apenas puedo expresarlo.   Triste es todo lo que veo y todo lo que se cree consolador resulta lamentable en mi corazón”. El primer Papa monje llevó su concepción monacal a la espiritualidad, a la liturgia, al pontificado.

Al principio de su pontificado publicó la Regula Pastoralis, que llegó a ser durante la Edad Media el código de los obispos, lo mismo que la regla de San Benito era el código de los monjes.   Gregorio es, ante todo, el pastor bueno de su grey, es decir, de Roma y de toda la cristiandad.   Importa, dice en uno de los párrafos de la Regla Pastoral, “que el pastor sea puro en sus pensamientos, intachable en sus obras, discreto en el silencio, provechoso en las palabras, compasivo con todos, más que todos levantado en la contemplación, compañero de los buenos por la humildad y firme en velar por la justicia contra los vicios de los delincuentes.   Que la ocupación de las cosas exteriores no disminuya el cuidado de las interiores y el cuidado de las interiores no le impida el proveer a las exteriores”.

Este fue el programa de su actuación.   San Gregorio es un genio práctico, un romano de acción.   Para él, gobernar es el destino más alto de un hombre, y el gobierno espiritual es el arte de las artes (ars artium regimen animarum). Su solicitud pastoral llegó a todas las iglesias: España, Galia, Inglaterra, Armenia, el Oriente, toda Italia, especialmente las diez provincias dependientes de la metrópoli romana.   Fue incansable restaurador de la disciplina canónica.   En su tiempo se convirtió Inglaterra y los visigodos abjuraron el arrianismo.   El renovó el culto y la liturgia con los famosos Sacramentario y Antifonario gregorianos, reorganizó la caridad en la Iglesia, administró en justicia el patrimonium Petri.   Sus obras teológicas y su autoridad fue indiscutida hasta la llegada del protestantismo.   En el siglo pasado y a principio del actual ha sido objeto de profundos estudios de crítica racionalista.   En nuestros días es largamente estudiado por la historiografía católica.   Dio al Pontificado un gran prestigio como San León Magno o el Papa Gelasio.   Su voz era buscada y escuchada en toda la cristiandad.   Su obra fue curar, socorrer, ayudar, enseñar, cicatrizar las llagas sangrantes de una sociedad en ruinas.   No tuvo que luchar con desviaciones dogmáticas, sino con la desesperación de los pueblos vencidos y la soberbia de los vencedores.   Cuando los cónsules habían desaparecido, su epitafio resume su gloria llamándolecónsul de Dios.

Como obispo de Roma su primera preocupación fue llevar al pueblo a las prácticas de la fe.   Repristinó con renovado fervor la interrumpida costumbre de las estaciones.   A ellas se deben las Cuarenta homilías sobre los Evangelios.   Veinte las pronunció él mismo; las otras las leían en su presencia clérigos de su séquito, cuando sus agudos dolores de estómago le impedían predicar.   Gregorio fomenta las prácticas de piedad, las buenas obras, las devociones populares, el culto a las reliquias, la doctrina de los novísimos.    Presenta el ideal de la vida cristiana en toda su integridad.   A la vez renueva el culto.   Introduce una serie de reformas en la liturgia que ha hecho famoso el Sacramentario gregoriano.   Mandó se dijese alleluia fuera del tiempo de Pentecostés; que se cantase el kyrie eleison; que el Pater noster se recitase después del canon… Se le criticó repetidamente de querer bizantinar la liturgia romana.

La reforma que más fama le ha dado es la del llamado canto gregoriano.   Gregorio restauró y renovó la Schola cantorum y compiló el antifonario llamado en su honor gregoriano.   La Schola llegó a ser un centro superior de cultura musical, y seminario del clero romano.   La obra de San Gregorio se realizó por medio de los músicos profesionales de la Schola cantorum.   No fue él un creador, pero su obra fue esencial y el éxito es inexplicable sin su espíritu renovador y su autoridad.   Gracias a él se aunaron los diversos cantos en una sola liturgia, que poco a poco triunfó de los otros ritos y se impuso como universal expresión religiosa.   Con su colección de cantos recogida en el Antifonario gregoriano fue el verdadero ordenador y restaurador del canto eclesiástico, en un momento crítico de la historia de Europa.   Al llegar el siglo XI, el proceso de unificación musical estaba completo, salvo raras excepciones como la ambrosiana y visigoda.   Europa tuvo un canto eclesiástico común, gracias principalmente a San Gregorio.

La acción del Santo se extendía a Italia, de la que era metropolitano, a Occidente, del que era patriarca, y a la Iglesia universal, de la que era primado.   Su epistolario consta de 859 cartas.   Por él desfilan toda clase de personas y en él se tocan multitud de asuntos canónicos y administrativos con un sentido de humanidad, justicia, defensa de los humildes, prudencia de gobierno espiritual y material extraordinario.   Su estilo es sencillo, llano de conversación hablada, lleno de frescor.   Gracias a las cartas, el pontificado del Santo es uno de los mejor conocidos de la antigüedad.

España fue una de las provincias más tranquilas del patriarcado de Occidente durante el pontificado de San Gregorio.   Dominados los suevos y vascones y reducido a su mínima expresión el territorio bizantino, Leovigildo casi había conseguido la unidad política.   Faltaba la religiosa.   El rey quiso realizarla en el arrianismo.   Gregorio conoció en Constantinopla la rebelión de Hermenegildo por las informaciones confidenciales de su amigo San Leandro.   En el libro de Los diálogos (libro III, cap. 31) narra con amor la gloria y desventura del príncipe Hermenegildo, su derrota, encarcelamiento y martirio (año 586).   Los acontecimientos se precipitaron después de la muerte del príncipe: muerte de Leovigildo, conversión de Recaredo (587), concilio tercero de Toledo y conversión oficial del pueblo visigodo.   Los pueblos latino y visigodo se unieron estrechamente.   Ello hizo posible aquella pequeña edad de oro de nuestra cultura.   Aquellos extraordinarios acontecimientos hicieron exclamar a los obispos españoles al terminar su profesión de fe a los reyes: “Gloria a nuestro Señor Jesucristo que ha acogido en la unidad de la verdadera fe a este pueblo privilegiado de los godos y que ha establecido en el mundo un solo rebaño bajo un solo pastor”.   San Leandro envió largo informe al Papa.   San Gregorio contestó con otra carta exultante de gozo: “No puedo expresar con palabras la alegría experimentada por mí, porque el gloriosísimo rey Recaredo, nuestro hijo común, ha pasado a la Iglesia católica con sincera devoción. Por el modo con que me habláis de él en vuestras cartas, me obligáis a amarlo sin aún conocerlo”.

Su acción pastoral se extendió a Africa, a Francia, pero acaso la página más gloriosa del pontificado del Santo, en el aspecto misionero, sea la conversión de Inglaterra.   La conversión de los anglosajones constituye un acontecimiento inesperado, casi increíble, por su rapidez.   He aquí los hitos de una película:

  • Año 590, asciende San Gregorio al Pontificado.
  • 595: el Papa encomienda al presbítero Cándido comprar esclavos anglosajones de diecisiete a dieciocho años para educarlos en un monasterio cerca de Roma. Su ilusión es hacer “ángeles de los anglos”.
  • 596: el rey de los anglosajones, Etelberto, casa con la princesa católica Berta. Sale camino de Inglaterra un grupo de misioneros del convento de San Andrés de Roma.  Es el responsable del grupo Agustín.  Desanimados los misioneros, reciben en Lerins una carta del Pontífice: “Porque hubiera sido mejor no comenzar una obra buena que retirarse después de haberla comenzado, es necesario, amadísimos hijos, que terminéis, con el favor de Dios, la obra buena emprendida.   No os atemoricen las fatigas del viaje ni la lengua de los hombres maldicientes, sino continuad con toda solicitud y fervor lo que por inspiración de Dios comenzasteis, sabiendo que a las grandes empresas está reservada la gloria de la eterna retribución…   Obedeced humildemente a vuestro prepósito Agustín…   El omnipotente Dios os proteja con su gracia y me conceda ver en la patria eterna el fruto de vuestras fatigas.   Que si no puedo ir a trabajar junto con vosotros como es grande mi deseo, me encontraré partícipe con vosotros del gozo de la retribución.   Dios os custodie incólumes, hijos míos queridísimos”. Como la dificultad mayor era la lengua, Gregorio les proveyó de intérpretes.
  • Junio de 597: Es bautizado el rey.
  • Navidad de 597: Agustín bautiza más de 10.000 anglosajones. Gregorio envía nuevos refuerzos de misioneros y traza las líneas generales de la jerarquía católica en Inglaterra.

Cómo escritor, San Gregorio es el más fecundo de los papas medievales y uno de los cuatro doctores de la Iglesia occidental, con San Ambrosio, San Agustín y San Jerónimo.  Los tres primeros son casi contemporáneos.   Pertenecen a aquella generación extraordinaria que dio también los grandes doctores a la Iglesia del Oriente.   El cuarto de los doctores occidentales, San Gregorio, vivió casi dos siglos más tarde.   Fue un hombre más bien de acción.   Escribió obras de carácter ascético y moral, que hicieron de él doctor de la vida contemplativa y de la compunción en toda la Edad Media.   Una obra suya, el Comentario a los libros de Job, fue llamado por antonomasia Los MoralesLibro de los Morales.   Fue el gran moralista de la Edad Media.   Su actividad literaria se desarrolla desde el tiempo de su nunciatura en Constantinopla hasta su muerte (582-604) y está constituida por el Registrum epistolarumLos MoralesLa regla pastoralLas XL homilías sobre los EvangeliosLas XXII homilías sobre Ezequiel, Los cuatro libros de los Diálogos y su intervención en el Sacramentario y Antifonario de su nombre.   Sus obras ocupan cuatro volúmenes en la Patrología latina de Migne.   Gracias a sus obras y a su actuación pastoral, la cristiandad sacral pensó, obró y cantó al unísono.

MELQUÍADES ANDRÉS

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Tomado de: http://www.mercaba.org


SAN GREGORIO MAGNO, Papa, Confesor y Doctor

12 de marzo

El que los guardare y enseñare (a los mandamientos), ese será tenido por grande en el reino de los cielos. (San Mateo, 5,19).

La ciencia sublime y las heroicas virtudes de San Gregorio Magno inspiraron al Papa Pelagio II la idea de sacarlo del monasterio para hacerlo cardenal, y, más tarde, al clero y al pueblo de Roma la de elevarlo al trono pontificio. Ocultóse a fin de evitar esta dignidad; pero una columna de fuego reveló el lugar de su retiro, y puso en evidencia la voluntad de Dios a su respecto. En esta alta dignidad hizo brillar su profunda humildad, su admirable ciencia, y tantas otras virtudes que verdaderamente lo han hecho magno ante Dios y ante los hombres. Murió en el año 604.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA DE
SAN GREGORIO MAGNO

I. Grandes cosas ha hecho San Gregorio. Abandonó el mundo para hacerse religioso; hizo cesar la peste que asolaba a Roma; envió misioneros que convirtieron a Inglaterra; dictó gran número de decretos para el bien común de la Iglesia. ¿Qué has hecho tú hasta ahora por Dios, que sea semejante? ¿Te has privado de algún gusto? ¿Has convertido a algún pecador? ¡Pluguiera a Dios que por lo menos a ti mismo te hubieras convertido del todo! Por ahí debes comenzar.

II. San Gregorio ha sido grande por su ciencia; prueba de ello son sus doctos escritos, la doctrina que contienen es toda celestial; esto no debe asombrarnos, puesto que el Espíritu Santo se le aparecía a menudo, bajo forma de paloma, y le dictaba lo que debía escribir. No puedes escribir libros como los de este santo, pero puedes leerlos y extraer de ellos la ciencia de la salvación; puedes instruir a tus subordinados y enseñarles los misterios de nuestra fe; puedes consolar a los enfermos y a los af1igidos. ¿Lo haces tú?

III. Este santo Papa nunca se manifestó más grande que en los sufrimientos y en las humillaciones. Soportaba los crueles dolores de la gota con paciencia admirable. Rechazaba las alabanzas y se hacía llamar siervo de los siervos de Dios, y daba de comer a los pobres. Durante mucho tiempo rehusó el soberano pontificado. ¿No es ser grande pisotear lo más elevado que hay en el mundo? Es una grande y rara virtud hacer Cosas grandes e ignorar su mérito. (San Bernardo).

La humildad
Orar por el Sumo Pontífice.

ORACIÓN

Oh Dios, que habéis concedido al alma de vuestro siervo San Gregorio las recompensas de la beatitud eterna, haced, benignamente, que sus oraciones junto a Vos nos libren del peso abrumador de nuestros pecados. Por J. C. N. S. Amén.

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

Los santos que reinan con Cristo

12 de Marzo