San Miguel Arcángel,
defiéndenos en la batalla;
sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes,
y tú, Príncipe de la Milicia Celestial,
arroja al infierno con el divino poder a Satanás
y a los demás espíritus malignos
que andan dispersos por el mundo
para la perdición de las almas.
Amén

Se trabó un gran combate en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el drag6n. (Apocalipsis, 12, 7)
San Miguel es uno de los siete Arcángeles, y figura, junto a San Gabriel y San Rafael, entre los tres cuyos nombres aparecen en la Sagrada Escritura.
La Santa Iglesia da a San Miguel el más alto lugar entre los Arcángeles y le llama Príncipe de la Milicia Celestial, por eso se lo representa con el traje de Guerrero.
En el Antiguo Testamento aparece como el gran defensor del pueblo de Dios, y su poderosa defensa continúa en el Nuevo Testamento.
La iconografía, como dijimos, lo representa como el Ángel guerrero, el vencedor de Lucifer, poniendo su talón sobre la cabeza del enemigo infernal, amenazándole con su espada, traspasándolo con su lanza, presto para encadenarlo para siempre en el abismo del infierno.
Ya la Iglesia primitiva veneraba a San Miguel como el Arcángel que derrotó a Satanás y a sus seguidores y los echó del cielo con su espada de fuego.
Es tradicionalmente reconocido como el guardián de los ejércitos cristianos contra los enemigos de la Iglesia y como protector de los cristianos contra los poderes diabólicos, especialmente a la hora de la muerte.
El mismo nombre de Miguel, nos invita a darle honor, ya que es un clamor de entusiasmo y fidelidad; en efecto, significa ¿Quién como Dios?
Satanás tiembla al escuchar su nombre, pues le recuerda el grito de noble protesta que este Arcángel profirió cuando se rebelaron los ángeles.
San Miguel manifestó su fortaleza y poder cuando peleó la gran batalla en el Cielo. Por su celo y fidelidad para con Dios gran parte de la corte celestial se mantuvo en fidelidad y obediencia.
Su fortaleza inspiró valentía en los demás Ángeles, quienes se unieron a su grito de nobleza ¿Quién como Dios?
Desde ese momento se le conoce como el Capitán de la Milicia de Dios, el primer príncipe de la ciudad santa a quien los demás Ángeles obedecen.
No se puede coincidir en un todo con el autor, pero el siguiente artículo puede aportar algunos puntos interesantes para conocer.
EL CISMA PROFETIZADO, ¿ESTÁ CONSUMADO?
San Francisco de Asís: “Habrá un Papa electo no canónicamente que causará un gran cisma”.
Ana Catalina Emmerick, religiosa agustina: “Vi una fuerte oposición entre dos Papas, y vi cuan funestas serán las consecuencias de la falsa iglesia (…) Esto causará el cisma más grande que se haya visto en el mundo”.
La Santísima Virgen dijo explícitamente en la Salette: “Roma perderá la Fe y se convertirá en la sede del anticristo”.
El Papa Benedicto XVI dio a conocer a la Iglesia su renuncia el lunes 11 de febrero de 2013. Ese día leyó una Declaratio que surtió efecto, por deseo suyo, el 28 de febrero a las 8:00 de la tarde. Sin embargo, la decisión de renunciar la tomó con un mes y medio de antelación. Antes de las Navidades de 2012, y con motivo del expediente que le fue entregado el 17 de diciembre, llegó a la conclusión de que era mejor hacerse a un lado por el bien de la Iglesia. De esa decisión fueron testigos su hermano, el Padre George Ratzinger, y otros prelados cercanos al Papa, tal y como lo declaró el Cardenal de Barcelona Lluis Martínez Sistach.
El expediente que le llevó a renunciar fue elaborado por la comisión de tres cardenales que el Papa nombró para investigar el origen de la filtración de documentos confidenciales conocida como “Vatileaks”.
Pero es lógico que al Papa no le preocupaban tanto los documentos publicados en el libro “Sua Santità”, escrito por Gianluigi Nuzzi, sino uno específico filtrado directamente al periódico “Il Fatto Quotidiano”, y es el que le entregó personalmente el Cardenal Darío Castrillón, traducido al alemán, y que se refiere al conocimiento que tuvo el Cardenal de Palermo, Paolo Romeo, de que existía un complot para asesinar al Papa.
El expediente que le entregaron a Benedicto XVI los cardenales Herranz, Tomko y De Giorgi, con la investigación sobre el complot para asesinarlo, llevó al Papa a imaginar el terremoto que su muerte hubiera ocasionado a la Iglesia, desatando una pugna infernal de influencias y maniobras turbias derivadas de los antagonismos internos de la curia de cara a la sucesión. No por temor a la muerte, sino por el posible daño a la Iglesia, el Papa decidió que mejor era retirarse para desmontar las amenazas y adelantar una sucesión pacífica.
En un Informe que elaboró el sacerdote jesuita Arnaldo Zenteno, publicado el 9 de abril de 2013 en grupobasesfys.blogspot.mx, señala lo siguiente en el número 3):
“En el encuentro almuerzo con Benedicto XVI en Castel Gandolfo, este le confió al Papa Francisco que una de las causas que influyeron en su renuncia eran las amenazas que recibió y por temor a ser envenenado, pues ya se había tomado la decisión de matarlo, por lo que Benedicto XVI en una jugada para neutralizar ese atentado contra su vida, hace pública su renuncia con lo cual desarmó el intento de matarlo”.
Por el Papa Pío XII
Pío XII Al procurarnos el placer de recibir el delicado homenaje de vuestra deferencia, nos ofrecéis también, señores, la ocasión de expresaros el vivo interés que Nos sentimos por la labor de vuestro Instituto, labor austera sin duda alguna, cuyas dificultades e importancia bien pocos saben vislumbrar.
Las cuestiones de las finanzas públicas han sido siempre objeto de una atención especialísima no sólo por parte de los intelectuales y de los técnicos, sino también, por decirlo así, por parte de todos. La razón de ello es que cada uno aprecia el grado de prosperidad o de crisis de las finanzas públicas sobre todo desde el punto de vista de su interés personal. Ahora bien, los sucesos y las condiciones de estos últimos tiempos han agudizado de tal manera estas cuestiones, que en muchos países han llegado a ocupar el centro de las luchas políticas y con frecuencia se han convertido en el punto neurálgico de las discusiones más apasionadas, no sin peligro, por otra parte, para el equilibrio de la estructura interna del Estado. Muchas personas, en efecto demasiadas personas-, guiadas por el interés, por el espíritu departido, o incluso por consideraciones nacidas más del sentimiento que de la razón, abordan y tratan, haciéndose economistas y políticos improvisados, las cuestiones financieras y fiscales con tanto mayor ardor y desenfado, con tanta mayor seguridad y desenvoltura, cuanto mayores su incompetencia. A veces parece que ni siquiera sospechan la necesidad que hay, para resolverlas, de estudios atentos, de encuestas y de observaciones múltiples, de experiencias comparadas.
Las necesidades financieras de cada una de las naciones, grandes o pequeñas, han crecido de manera formidable. El defecto no proviene solamente de las complicaciones o el de las tensiones internacionales; se debe también, y quizá todavía más, a la extensión desmesurada de la actividad del Estado, actividad que, dictada con demasiada frecuencia por ideologías falsas o malsanas, hace de la política financiera, y muy particularmente de la política fiscal, un instrumento al servicio de preocupaciones completamente diferente. ¿Quién se admirará, después de esto, del peligro en que se encuentran la ciencia y el arte de las finanzas públicas de descender, carentes de principios fundamentales claros, simples, sólidos, al papel de una técnica y de una manipulación puramente formales? Es, por desgracia, lo que se constata hoy día en muchos dominios de la vida pública; un tinglado hábil y audaz de sistemas y procedimientos, pero sin resorte interior, sin vida, sin alma. Este estado de cosas influye más perniciosamente todavía sobre la mentalidad de los individuos. El individuo va teniendo cada día menos conocimientos de los asuntos financieros del Estado; aun en la política más sana, sospecha siempre alguna senda tortuosa, misteriosa, o una intención oculta malintencionada, de la cual él debe prudentemente desconfiar y guardarse. Ved, pues, cómo es ahí en definitiva donde hay que buscar la causa profunda de la decadencia de la conciencia moral del pueblo del pueblo en todos sus grados- en materia de bien público, en materia fiscal principalmente. ¿Cómo podría la Iglesia contemplar indiferente esta crisis que, en realidad, es una crisis de conciencia? He aquí por qué, dirigiéndose a aquellos que tienen alguna parte de responsabilidad en el manejo de las cuestiones de las finanzas públicas, la Iglesia les conjura: En nombre de la conciencia humana, no arruinéis la moral desde arriba. Absteneos de aquellas medidas que, a pesar de su valor técnico, soliviantan y hieren en el pueblo el sentido de lo justo y de lo injusto, o que relegan a segundo término su fuerza vital, su legítima ambición de recoger el fruto de su propio trabajo, su preocupación por la seguridad familiar, consideraciones todas que merecen ocupar en lamente de un legislador el primer lugar, no el último.
Por el Papa Pío XII
El pensamiento del hombre moderno, del hombre que ha renegado de Dios (o lo hizo a su medida, lo cual es esencialmente lo mismo), lo ha llevado a creer en que él, por sí mismo, puede hacer las leyes a su medida prescindiendo totalmente de toda ley moral objetiva fuera del sí mismo. Tal error filosófico se lo llama positivismo jurídico. Este error, ha llevado a que los hombres hagan las leyes según conveniencias políticas y económicas de poder, generalmente guiados por la ambición y la soberbia, ha conducido al poder legislativo hasta la locura de legalizar crímenes como el aborto y leyes la contra la misma naturaleza humana, como ocurre en las llamadas “uniones” entre personas del mismo sexo o “matrimonio” homosexual.
Estrechamente ligada con el estatismo se halla la doctrina del positivismo jurídico, que quita al derecho su verdadera base: la ley divina natural y positiva, y pretende reemplazarla por la voluntad del legislador. El Santo Padre, en varias ocasiones, lo denunció e hizo notar las funestas consecuencias a que conduce. Así, en 1949 realizó un penetrante análisis del mismo, señalando su origen y su actual vinculación con el totalitarismo, y haciendo referencia, además, a los procesos contra los “criminales de guerra”.
Las causas de tales crisis [en la administración de la justicia] han de buscarse principalmente en el positivismo jurídico y en el absolutismo del Estado; dos manifestaciones que a su vez derivan y dependen una de otra. En efecto, sustraída al derecho su base constituida por la ley divina natural y positiva, y por lo mismo inmutable, no queda sino fundarlo sobre la ley del Estado como norma suprema, y he aquí puesto el principio del Estado absoluto. A su vez este Estado absoluto buscará necesariamente someter todas las cosas a su arbitrio y, especialmente, hacer servir el mismo derecho a sus propios fines. [… ]
Por el Papa Pío XII
De todo corazón os damos la bienvenida, queridos recién casados, a quienes parece haber conducido a Nos la Virgen del Santísimo Rosario, en este mes consagrado a ella. Nos place mirarla con los ojos del espíritu – como la han visto algunos santos privilegiados – inclinada hacia vosotros con una sonrisa (para ofreceros aquel simple y devoto objeto que, a través de una cadena de anillos flexibles y ligeros que no recuerda sino una servidumbre de amor, reúne por decenas sus pequeños granos, llenos de un invisible jugo sobrenatural), mientras que en vuestro canto, arrodillados ante ella, prometéis honrarla, ofreciéndose con la mayor frecuencia posible, en todas las vicisitudes de la vida familiar, el tributo de vuestra piedad.
I.‑ El rosario, según la etimología misma de la palabra, es una corona de rosas, cosa encantadora que en todos los pueblos representa una ofrenda de amor y un símbolo de alegría. Pero estas rosas no son aquellas con que se adornan con petulancia los impíos, de los que habla la Sagrada Escritura[1]: “Coronémonos de rosas – exclaman – antes de que se marchiten”. Las flores del rosario no se marchitan; su frescura es incesantemente renovada en las manos de los devotos de María; y la diversidad de la edad, de los países y de las lenguas, da a aquellas rosas vivaces la variedad de sus colores y de su perfume.
Por el Papa Pío XII
Grande consuelo y esperanza para Nuestro corazón, queridos recién casados, es el ver esta reunión vuestra en torno a Nos; porque aparece a Nuestra mirada como una reunión de nacientes familias cristianas sobre las cuales se complace el Señor en derramar la abundancia de los favores que habéis solicitado, al pie del altar, ante el sacerdote que bendecía vuestra unión. Vuestra invocación, que se unía así a la del ministro de Dios, era oración, y con la oración habéis iniciado la nueva vida común. ¿Continuaréis orando, invocando al Padre que está en los cielos, fuente de toda paternidad en el orden de la naturaleza y en el orden de la gracia? Sí; signo de esa promesa es vuestra presencia para pedir sobre vuestro nuevo hogar Nuestra bendición paterna, que confirme la súplica del sacerdote y la vuestra y las avalore para todo el curso de vuestra vida.
San Francisco de Sales, –de quien, en nuestro último discurso a los recién casados, venidos como vosotros, queridos hijos e hijas, a pedirnos que les bendijésemos, comentamos brevemente las “Advertencias a las personas casada?–, añade sobre la oración de los esposos un rasgo de pluma encantador, que queremos hoy presentar a vuestra consideración.

«Siento en mi entorno a los innovadores que quieren desmantelar el Sacro Santuario, destruir la llama universal de la Iglesia, rechazar sus ornamentos, ¡Hacerla sentir remordimiento de su pasado heroico! Bien, mi querido amigo, estoy convencido que la Iglesia de Pedro tiene que hacerse cargo de su pasado, o ella cavará su propia tumba (…) Llegará un día en que el mundo civilizado renegará de su Dios, en el que la Iglesia dude como dudó Pedro. Será tentada de creer que el hombre se ha convertido en Dios, que Su Hijo es meramente un símbolo, una filosofía como tantas otras, y en las iglesias, los cristianos buscarán en vano la lámpara roja donde Dios los espera, como la pecadora que gritó ante la tumba vacía: ¿dónde lo han puesto?».
“El lenguaje de la verdad no tiene curso en el parloteo sin fin que nos recomiendan bajo el nombre de Diálogo y que no lleva ni puede llevar más que a unos avances del error, ya que todas las palabras, y el concepto mismo de diálogo son desviados de su verdadero sentido. El verdadero diálogo, el de Sócrates con los sofistas, es una búsqueda de la verdad. El falso diálogo hacia el que nos atraen, consiste en la búsqueda no de la verdad, sino de un compromiso entre hipótesis que se suponen iguales, y entre las cuales la verdad, si por azar está presente, no se manifiesta jamás. En este pretendido diálogo la verdad queda obligada, por las mismas reglas del juego, a esconderse bajo la forma de simple hipótesis tanto más tímida cuanto más real. Así los sofistas esquivan la verdad en sí y traicionan la parte misma de verdad que contienen sus propias hipótesis.Diálogo ¿de qué?, ¿con quién?, ¿para qué? Tendrían que empezar por responder a estas preguntas. Si no nos dan respuesta a ellas, el diálogo es solamente un viento productor de tempestades”.
Quien, como Pío XII, tantas veces denunció y condenó el estatismo y la mecanización de la vida contemporánea, no podía ser sino un ardiente defensor de la libertad personal. En efecto, proclamó que ésta, rectamente entendida, constituye una de los fundamentos de la reconstrucción social; no es posible edificar tal reconstrucción prescindiendo de ella.
Himno:
PORQUE ANOCHECE YA
Porque anochece ya,
porque es tarde, Dios mío,
porque temo perder
las huellas del camino,
no me dejes tan solo
y quédate conmigo.
Porque he sido rebelde
y he buscado el peligro
y escudriñé curioso
las cumbres y el abismo,
perdóname, Señor,
y quédate conmigo.
Porque ardo en sed de ti
y en hambre de tu trigo,
ven, siéntate a mi mesa,
bendice el pan y el vino.
¡Qué aprisa cae la tarde!
¡Quédate al fin conmigo!
Amén.
Salterio IV
Himno:
YO HE SENTIDO, SEÑOR, TU VOZ AMANTE
Yo he sentido, Señor, tu voz amante,
en el misterio de las noches bellas,
y en el suave temblor de las estrellas
la armonía gocé de tu semblante.
No me llegó tu acento amenazante
entre el fragor de trueno y de centellas;
al ánima llamaron tus querellas
como el tenue vagido de un infante.
¿Por qué no obedecí cuando te oía?
¿Quién me hizo abandonar tu franca vía
y hundirme en las tinieblas del vacío?
Haz, mi dulce Señor, que en la serena
noche vuelva a escuchar tu cantilena;
¡ya no seré cobarde, Padre mío!
Amén.
Salterio III
Ha causado bastante bronca la noticia de la pronta canonización de Juan Pablo II y de Juan XXIII. A mí me ha molestado muy poco o, mejor dicho, nada. La proliferación de santos de las últimas décadas produjo una oferta tal que mis posibilidades de demanda ha sido totalmente superada. Por otra parte, tanta abundancia habilita la duda acerca de la calidad de los últimos santos. Es lo que pasó con las corbatas. Antes eran todasMade in Italy, y ahora los son Made in China, aunque las etiquetas continúen afirmando que son de seda. Y del mismo modo en que sigo prefiriendo las dos o tres corbatas italianas que tengo, así también le sigo siendo fiel a los santos mártires de los primeros siglos y a algunos santos medievales, y trato de evitar incorporar a mis devociones santos manufacturados en China, o en Polonia.
Fuerza es reconocer que esta significativa variación en el mercado fue obra del Polaco Magno. Hasta su llegada al solio apostólico, las canonizaciones eran muy raras. Pasaban años sin que hubiese alguna y significaban un acontecimiento verdaderamente importante para la Iglesia. Juan Pablo II, en cambio, convertido encanonizador serial, no dejó pasar mes, o semana, sin proclamar algún santo o algún beato. ¿Por qué lo hizo? Muchas cosas podrán decirse, y hemos dicho desde aquí, sobre él, pero ciertamente no era un improvisado ni un ignorante, como ha sucedido con pontífices más recientes. Yo arriesgo dos hipótesis: creyó buenamente que poniendo de moda a los santos, y sobre todo a santos contemporáneos, ayudaría a que el mundo y la Iglesia fueran más santos, o bien, las canonizaciones le aseguraban plazas repletas de bote a bote en las que saciar sus ansias de multitudes y su posibilidad de hablar y ser escuchado por millones de personas. No logró, como salta a la vista, el primer objetivo, aunque sí logró el segundo, pero le sirvió solamente para aumentar su histrionismo y ejercer sus dotes actorales aunque, sinceramente, no creo que esto fuera su objetivo. Creo que Wojtyla tenía la firme convicción de que hablando a multitudes y apareciendo en millones de televisores iba a ayudar a convertir al mundo.
El incremento descontrolado de canonizaciones produjo varias consecuencias, algunas de ellas saludables, como la discusión teológica acerca de la infalibilidad de las canonizaciones, la cual ha sido seriamente cuestionada por teólogos de la talla de Gherardini y de Ols. Sobre este tema ya hemos hablando suficientemente en este blog y no volveremos sobre él. Sin embargo, parece oportuno destacar algunos aspectos notables de los santos de cada época lo que -vale decir-, equivale a preguntarse por los criterios de santidad que la Iglesia ha utilizado a lo largo de su historia.
Pareciera que los santos canonizados o que reciben culto público por parte de la Iglesia, han respondido a las necesidades de cada época. O, dicho de otro modo, cada época ha entronizado a aquellos santos que mejor respondían a sus expectativas. Y me parece encontrar dos grandes modelos de santidad: aquel que se impone desde los inicios mismos del cristianismo hasta la Reforma, y el segundo, desde ese momento hasta nuestros días y que, estimo, cambiará nuevamente con el bergoglismo.
Resulta claro que en los primero quince siglos de la Iglesia, la virtud que se esperaba de los santos y lo que de ellos se exaltaba era la fe o, en todo caso, las virtudes teologales. No significa esto que no se hiciera caso de las virtudes morales, pero éstas estaban subordinadas y en un segundo plano. A nadie se le ocurría canonizar o rendir culto a alguien porque había sido muy paciente o muy casto. E insisto, no es porque se despreciara estas virtudes, sino porque se las consideraba obvios fundamentos sobre los cuales edificar las virtudes verdaderamente importantes y propiamente cristianas y sobrenaturales: la fe, la esperanza y la caridad.
Veamos algunos casos. Los primeros mártires fueron considerados los campeones de la fe. Su muerte era el testimonio más elevado de la fe en Jesucristo, y todo el resto de las virtudes que se señalaban en ellos -por ejemplo, la pureza y castidad en grandes mártires como Inés o Lucía- estaban en relación directa con la fe. Es decir, su castidad no era lo más importantes -las vestales eran tan vírgenes como ellas-, sino que era importante porque testimoniaba la entrega de la propia virginidad y, con ella, de la propia vida en razón de la fe depositada en el Señor.
Un caso análogo sucede con los Santos Padres. No se buscaba en ellos virtudes morales en las que, en algunos casos, estaban medio flojitos, sino su gran defensa de la fe expresada en la doctrina ortodoxa. San Jerónimo no era precisamente una persona mansa y humilde. Sus arrebatos de cólera epistolar contra San Agustín y San Basilio, por ejemplo, dan muestra de un carácter irascible, como así también sus abundantes malas palabras -era más boca sucia que el Cura Brochero, aunque las decía en latín- que aparecen en sus cartas. Y no digamos nada de las descripciones pormenorizadas de las ondulantes y seductoras bailarinas romanas que aún recordaba después de décadas de residencia penitente en Belén y que describe en sus escritos.
¿Y qué decir de San Cirilo de Alejandría? Fue al concilio de Éfeso con una patota –literaliter– de más de cincuenta monjes egipcios para enfrentar a Nestorio y a los suyos. Como los legados pontificios no llegaban, decidió comenzar él mismo el concilio, y lo hizo apretando de todos los modos posibles a través de sus monjes, con sobornos y violencia, a los Padres Conciliares y a las influyentes personalidades civiles a fin de que condenaran las doctrinas nestorianas, cosa que, efectivamente, sucedió. Y Cirilo es santo y doctor de la Iglesia. Ciertamente, no lo es por su heroicidad en las virtudes morales, sino por su firmeza al servicio de la doctrina y por su valentía demostrada en defensa de la verdad católica. Es decir, por su fe.
Ocurre lo mismo con muchos de los santos medievales. Santa Clotilde, esposa de Clodoveo, el primer rey cristiano de los francos, tuvo la misión de concentrar en sí la idea de la Francia católica, pues debido a su insistencia fue que su esposo, y con él todo su pueblo, se convirtieron a la fe. No tengo dudas de la piedad de esta santa mujer, pero recordemos que fue hija de Chilperico II de Burgundia (un soberano bárbaro en el sentido pleno del término), su tío Gundebaldo asesinó a su padre y ahogó a su madre además de provocar el exilio de su hermana. Finalmente, sus hijos terminaron matándose entre ellos para heredar la corona de Clodoveo. En este ambiente familiar, nada propenso al cultivo y estímulo de las virtudes morales, resulta difícil pensar en Clotilde como una santa al estilo de Santa Margarita María o de Santa Faustina. Ella fue una mujer fuerte en la defensa de la fe frente al paganismo y al arrianismo, a punto de tal de convencer a su esposo y de hacerlo bautizar por San Remigio.
San Canuto, o Knud el Santo, fue rey de Dinamarca y quien convirtió a su reino al cristianismo en el siglo XI. Muere asesinado por sus propios súbditos, los campesinos de Jutlandia, que no querían acompañarlo en una expedición militar contra Inglaterra cuyo trono pretendía ocupar. El pobre Canuto era bastante ambicioso, cruel y tendría varios vicillos más. Sin embargo, fue canonizado en 1101. El motivo no fue, una vez más, su heroicidad en la práctica de las virtudes morales, sino su fe, más allá de sus defectos que, al parecer, eran notables.
Veamos todavía un caso más. San Vladímir de Kiev, definido por su biógrafo Volkoff como fornicator maximus, no era precisamente un dechado de virtudes. Sin embargo, a él se debe la conversión al cristianismo de los pueblos eslavos y por eso es un gran santo de la Iglesia católica, tanto de la romana como de la ortodoxa. Ciertamente, después de su conversión, habrá cambiado de vida -y esto lo narran sus biografías-, pero todos sabemos que los hábitos, a no ser por un milagro, no desaparecen automáticamente después de una confesión, o de un bautismo. Necesitan ejercicio y desarraigo lo cual no sé hasta qué punto habrá sido el fuerte de Vladímir. Su grandeza estriba, como la de San Canuto y la de tantos otros, en haberse decidido por la fe de Cristo y contra el paganismo en el cual había nacido y al cual pertenecía, con todo lo que eso significaba. Y Dios seguramente lo premió con su visión por este acto, más allá que en lo moral no hubiese sido un ejemplo.
Pero con la Contrarreforma la cosa cambia. Los jesuitas, aunque no sólo ellos, comienzan a vender una santidad de moralina en la que se impondrán con fuerza las virtudes morales por sobre las teologales. Y aparece entonces, por ejemplo, San Luis Gonzaga, novicio de esa congregación, que era tan pero tan puro que no miraba a su madre y a sus hermanas para evitar tentaciones contra la castidad. Y por el estilo serán las vidas de San Estanislao de Kostka o de San Juan Berchmans. No dudo en absoluto de la santidad de estos jóvenes; lo que sostengo es que el motivo de su elevación a los altares, tal como se desprende de sus biografías, fue la heroicidad en el cumplimiento de ciertas virtudes morales. Seguramente, ejercitaron muchas virtudes más y en grado sumo también las teologales, pero la suya, mal que les pese, es presentada como una santidad de moralinas.
Veamos otro caso. Se cuenta de San Francisco de Sales que era tan pero tan piadoso que, cuando fue consagrado obispo, hizo promesa de rezar el rosario durante todos los pontificales que le tocara celebrar, en medio de tan aburridas ceremonias. Así que, para seguir su ejemplo, a rezar el rosario durante la misa… No digo que no haya que rezarlo durante los sermones, siempre tan aburridos, largos y exasperantes, pero la misa es un poquito más importante que el rosario, me parece, y mucho más lo es para quien la celebra, y mucho más aún si el tal es un obispo. Y como este hecho salesiano, las hagiografías y comentarios nos presentarán al santo doctor de Ginebra como el más pacífico y dulce de entre los hombres, bastante alejado de los berrinches de San Jerónimo, de las patoteadas de San Cirilo y de las ferocidades de San Canuto. Resulta claro que los criterios de santidad y de canonización cambiaron rotundamente. Una vez más insisto: creo que todos ellos son santos y gozan de la visión del Cordero Inmaculado, pero convengamos que son santidades distintas o, al menos, distintamente presentadas.
Hasta aquí algunos hechos que pueden ser comprobados históricamente. Ahora, un poco de pre-visión. Bergoglio es un puntero del conurbano bonaerense, aún cuando se vista de blanco. Para mantener su popularidad y adhesión no puede repartir planes trabajar, como hacen sus colegas. Va a repartir entonces bergoglemas y gestos populistas, sospechosamente ayudado por los medios de comunicación. Y aquí un paréntesis: resultan sugerentes algunos datos de la última semana: se anunció con bombos y platillos la gran humildad del papa que había hablado con Alitalia a fin de que no le pusieran una cama en el avión que lo conducirá a Río y que prefería salir de Fiumicino para no complicar a la gente despegando desde Ciampino. Todo el mundo dijo, claro, ¡Qué humilde! ¡Qué desapegado de los lujos! ¡Qué diferente a sus antecesores! Pero resulta que el papa Benedicto tampoco tenía cama en su avión y siempre salió de Fiumicino. Se trató de una mentirilla pontificia que -tarde-, fue aclarada por el jesuita Lombardi, y que no repercutió en los medios.
Y es sugerente también que quienes conocieron a Bergoglio como arzobispo de Buenos Aires lo detestan. Públicamente se ha despachado ya varias veces el P. Marcó, que fue su vocero durante años, desde su programa de televisión y, en privado, varios arzobispos, obispos que no revistan precisamente en las filas de los conservadores. Y con ellos, muchos de los curas que lo conocieron y padecieron en la arquidiócesis porteña. No es el caso de dar nombres o relatar anécdotas, pero les aseguro que son varias. Sólo así se entiende un dato aparecido en los diarios los últimos días: de los 42.000 jóvenes argentinos que asistirán a las JMJ en Río, sólo 2000 son de la arquidiócesis de Buenos Aires. Era de suponer, en buena lógica, que de allí deberían haber sido un grupo mucho más numeroso, no sólo porque, en general, las parroquias porteñas cuentan con mayor poder económico, sino porque están mucho más cerca de Brasil que los puntanos o que los salteños, y porque se trata de agasajar a su ex-ordinario. A fin de cuentas, el único que sigue lavando y zurciendo zoquetes papales parece ser Mons. Taussig, acompañado del P. Ianuzzi y de los curas del IVE que están temblando por la que se les viene, o la que se les vino más bien y no saben todavía cómo anunciarla…
Cerrando el paréntesis y volviendo al hilo del post, Bergoglio nunca promoverá, me parece a mí, la canonización de santos como Domingo Savio o María Goretti, tan fuera de lugar en la sociedad contemporánea, porque el mundo se le reiría en la cara. No sería extraño entonces que comenzara una campaña de canonización de santos populares, suspendiendo si fuera necesario los debidos procesos e inaugurando un fast trackpara ellos, mientras que los santos regionales o de cabotaje, deberían esperar su turno y pagar los más onerosos peajes correspondientes. ¿De qué otro modo interpretar si no, la canonización de Juan XXIII? No cumpliendo aún los requisitos canónicos -le faltaba un milagro-, el papa decidió canonizarlo porque se le cantó. ¿Qué impide, entonces, que esto se le haga costumbre? Aunque ganas no le faltarían, no creo que lleguemos a Santa Gilda de la Bailanta o a San Nicolás Landoni y los ciento noventa y tres mártires de Cromañón, pero podría sorprendernos con Angelelli o con las monjas irlandesas, con algún laiquillo pacifista de San Egidio o con algún cocalero boliviano muerto por la DEA.
Parece exagerado lo que digo, pero cada día nos damos cuenta de que la patética realidad del personaje está superando la ficción. Es esto lo que sucede cuando los hombres menores acceden a los puestos para los que no fueron hechos: nunca deberemos subestimar su incapacidad.
Como decía el Dante: Sempre la confusion delle persone, principio fu del mal della cittade.
Tomado de:
Tradicionalmente se representa a San Miguel Arcángel así, revestido con armadura:
Su arma, una espada:
En otras ocasiones con una lanza:
EL SIGLO
LOS HOMBRES Y LAS IDEAS
(Ernest Hello)
SAN PEDRO Y SAN PABLO
Para designar al hombre, las diversas lenguas sólo tienen una palabra, la lengua latina tiene dos: HOMO Y VIR. Estas dos palabras expresan dos cosas absolutamente contradictorias. La primera significa la debilidad, la segunda la fuerza. Sus etimologías acentúan la oposición de ambos vocablos. HOMO viene de HUMUS, TIERRA, VIR viene de VIS, fuerza. La materia y el espíritu, el cuerpo y el alma, están, pues, designados por esos dos nombres. El cuerpo y el alma forman al hombre; HOMO y VIR están unidos en la lengua latina.
San Pedro y San Pablo son inseparables en el vocabulario cristiano. Unidos en la misma tumba dentro de la basílica del mundo, están también unidos por su fe, unidos por su culto, unidos en las fórmulas y en los pensamientos, unidos en las oraciones y unidos en los anatemas. Existen amenazas que llevan la maldición de San Pedro y San Pablo, existen creencias que se guarecen bajo la autoridad de San Pedro y San Pablo. Existen oraciones que arrodillan al género humano a los pies de San Pedro y San Pablo. El género humano se reconoce pecador ante su presencia, y recita el “Confiteor”. Esta palabra universal y tan frecuente, que tan bien se aplica al hombre, esta palabra de la miseria que se acusa o de la confianza que implora, esta oración que se llama “Confiteor”, une dos veces los nombres de Pedro y Pablo, la primera vez, el hombre se reconoce culpable ante ellos; la segunda vez, levanta su cabeza hacia ellos para rectificarse y para continuar. Y por casualidad, ¿no será que la palabra hombre, HOMO, se aplica mejor a San Pedro, y la palabra hombre, VIR, a San Pablo?. Sigue leyendo
Por San Bernardo
Era una lámpara encendida y resplandeciente
Era una lámpara encendida y resplandeciente. Sólo lucir, es pura vanidad; sólo arder, no basta. Lo perfecto es arder y lucir.
Escuchemos la Escritura: El hombre religioso es estable como el sol, el necio muda como la luna. La luna resplandece, pero sin ardor: lo mismo está llena que menguante o vacía. Como tiene luz prestada cambia sin cesar: crece, mengua, se agota, se agota, se apaga y desaparece totalmente. Lo mismo ocurre a quienes se apoyan en los labios de los otros: tan pronto son muy grandes como insignificantes o nulos, según interese a sus aduladores vituperarlos o adularlos.
En cambio, el resplandor del sol es puro fuego, y cuanto más arde más nos deslumbra. Eso mismo es el hombre prudente: su ardor interior irradia al exterior. Y si no puede unir ambas cosas, prefiere ante todo arder, para que le recompense su Padre que ve lo escondido. ¡Pobres de nosotros hermanos, si unicamente brillamos! Porque es innegable que lucimos y nos aplauden los hombres. A mí me importa muy poco que me exija cuentas un tribunal humano: quien me las pide es el Señor, el cual exige a todos arder, no brillar. Recordadlo: He venido a encender fuego en la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Este es el mandamiento universal y lo que se espera de todos; y si falta esto no valen excusas. Sigue leyendo
GRAN PROMESA DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA
«Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que durante cinco meses en el primer sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme, les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación.» ( Revelada por la Santísima Virgen María a la Hermana Lucía, vidente de Fátima, el 10 de diciembre de 1925 en Pontevedra -España-)
La práctica de esta devoción consiste en lo siguiente:
1. Confesión, que puede hacerse durante la semana.
2. La Comunión el mismo sábado.
3. Rezar una parte del santo Rosario.
4. Hacer compañía a la Virgen durante un cuarto de hora meditando o pensando en los misterios del Rosario.
5. Hacer esto durante cinco primeros sábados de mes sin interrupción.
Todo ello con la intención de consolar, honrar y desagraviar a la Santísima Virgen por las blasfemias y ofensas que se cometen contra su Corazón Inmaculado Corazón:
1. Las blasfemias y ofensas contra su Concepción Inmaculada.
2. Las blasfemias y ofensas contra su virginidad perpetua.
3. Los que niegan su maternidad divina y la rechazan como Madre de todos los hombres.
4. Los que infunden en los niños el desprecio y hasta el odio hacia esta Madre Inmaculada.
5. Los que profanan sus sagradas imágenes.
Tomado de:
http://santa-maria-reina.blogspot.com