PADRE PÍO: Qué es la Santa Misa y cómo debemos comportarnos en la Iglesia

“Hagamos lo que siempre hemos hecho, lo que han hecho nuestros padres”
San Pío de Pietrelcina

San Pío de Pietrelcina solía repetir: “El mundo podría quedarse incluso sin sol, pero no sin la Santa Misa”. A los sacerdotes enseñaba a dividir el día en dos partes: la primera, dedicada a la preparación del divino sacrificio y la segunda como acción de gracias.

Muchos testigos han dicho que su Misa era un “misterio”. El filósofo Jean Guitton, impresionado por la manera de celebrar del capuchino estigmatizado, dijo: Procedía en la celebración con cada vez más sufrimiento y, cuando llegó al comienzo del Canon, se paró como ante una escalada inverosímil, una cita amorosa dolorosa y a la vez radiante, un misterio inexpresable, un misterio que podía provocar la muerte. La mirada que lanzaba hacía lo alto, después de la consagración, reflejaba todo esto. Me decía a mí mismo que quizá fuera el único sacerdote estigmatizado en acto, mientras que todos los otros lo son en potencia”.

En uno de los cuadernos del diario que el Padre Pío escribió durante la primera persecución puesta en marcha por la Jerarquía de la Iglesia, entre finales de los años 20 y comienzo de los 30, el fraile de Pietrelcina explica qué es la Misa por boca del mismo Jesucristo:

“Pensad que el sacerdote que me llama entre sus manos tiene un poder que ni a mi madre concedí. Reflexionad que si sirviesen al sacerdote, en vez que un sacristán, los más excelsos serafines, no serían suficientemente dignos de estarles cerca. Domándoos si, considerando la preciosidad del dono que os hago, es digno asistir a Misa pensando en otra cosa en vez que en Mí. Más bien sería justo que, humillados y agradecidos, palpitarais alrededor mío y, con toda el alma, me ofrecierais al Padre de las Misericordias; más bien sería justo considerar el altar no por lo que han hecho los hombres, sino por lo que vale, por mi presencia mística, pero real. Mirad la Hostia, en la que cada especie es aniquilada, y me veréis a Mí, humillado por vosotros. Mirad el Cáliz en el que mi sangre vuelve a la tierra, rica como es de toda bendición. Ofrecedme, ofrecedme al Padre. No olvidéis que para esto Yo vuelvo entre vosotros.

Si os dijeran: ‘Vámonos a Palestina para conocer los santos lugares en los que Jesús vivió y donde murió’ vuestro corazón daría un vuelco ¿verdad? Sin embargo, el altar sobre el que bajo ahora es más que Palestina, porque de ella partí hace veinte siglos y sobre el altar Yo retorno todos los días vivo, verdadero, real, si bien escondido, pero soy Yo, propio Yo que palpito entre las manos de mi ministro. Yo vuelvo a vosotros, no simbólicamente, oh no, sino verdaderamente. Os lo digo una vez más: verdaderamente. […]

¡Getsemaní, Calvario, Altar! Tres lugares de los que el último, el Altar, es la suma del primero y del segundo; son tres lugares, pero uno sólo es Aquél que encontrareis ahí. […]

Yo vuelvo sobre el Altar santo desde el cual os llamo. Llevad vuestros corazones sobre el corporal santo que sujeta mi Cuerpo. Hundíos, almas dilectas, en aquel Cáliz divino que contiene mi Sangre. Es ahí que el amor estrechará a vuestros espíritus al mismo Creador, al Redentor, a vuestra Víctima; es ahí donde celebraréis mi gloria en la humillación infinita de Mí mismo. Venid al Altar, miradme a Mí, pensad intensamente en Mí…”

Entonces, si la iglesia hospeda el lugar santo por excelencia, el Sancta Sanctorum del Nuevo Testamento en el que se suman Getsemaní y Calvario, lo más lógico es que entremos en él con el débito respeto. San Pío de Pietrelcina daba a sus hijas espirituales las siguientes indicaciones:

“Entra en la iglesia en silencio y con gran respeto, considerándote indigna de presentarse ante la majestad del Señor. Entre las devotas consideraciones, piensa que nuestra alma es templo de Dios y, en cuanto tal, tenemos que conservarla pura y limpia delante de Dios y de sus ángeles. Luego toma agua bendita y, lentamente, santíguate considerando que ése es el signo de nuestra redención: la señal de la cruz. En cuanto veas a Dios sacramentado haz devotamente una genuflexión arrodillándote hasta el suelo. Primero salúdale a Él, a tu Señor —vivo y verdadero en el tabernáculo—, y luego a la Virgen y a los santos.

Encontrado el asiento, arrodíllate y concede a Jesús sacramentado el tributo de tu oración y de tu adoración. Confíale todas tus necesitadas y también las de los demás, háblale con abandono filial, ábrele libremente tu corazón y déjale plena libertad de actuar en ti como Él quera.

Asistiendo a la Santa Misa y a las funciones sacras, procura moverte con mucha gravedad en el levantarte, en el arrodillarte, en el asentarte, y lleva a cabo cada acto religioso con la más grande de las devociones. Sé modesta en las miradas, no gires la cabeza de un lado u otro para ver quién entra o sale; no te rías, sino demuestra reverencia hacia el lugar santo y también consideración para quién esté sentado a tu lado. Ten cuidado de no pronunciar palabra con nadie, a menos que la caridad no te obligue o una imprescindible necesidad lo exija.

En las oraciones en común, pronuncia distintamente las palabras de la oración, haz bien las pausas, no utilices un tono de voz alto, no te apresures nunca, sigue el ritmo del sacerdote que conduce y de los demás.

En resumen, compórtate de tal manera que los presentes se queden edificados y, gracias a tu actitud, se sientan impulsados a glorificar y amar al Padre celestial.

Cuando salgas de la iglesia mantén una postura recogida y calma: saluda primeramente a Jesús sacramentado, pidiéndole perdón por las faltas cometidas ante Su divina presencia y no te despidas de Él si antes no le hayas pedido y de Él recibido la paternal bendición.

Salida ya de la iglesia, muéstrate tal cual debería ser un discípulo del Nazareno”.

Nunca como hoy día deben ser conocidas y practicas estas enseñanzas y estos consejos del más grande místico del siglo XX, del primer sacerdote estigmatizado de la historia, el cual, como dijo Juan Pablo II, “era imagen viva del Cristo doliente y resucitado”.

María Teresa Moretti

MARÍA TERESA MORETTI

Nacida en Italia, vive y trabaja desde hace más de veinte años en España. Es profesora de nivel universitario. Doctora en Antropología Social y Cultural, se ocupa de las problemáticas relacionadas con la transformación de los paradigmas que afectan a las concepciones de la naturaleza humana y del cuerpo, así como de las manifestaciones literarias y artísticas de la llamada “posthumanidad”.
Tomado de:
adelantelafe.com

MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 11-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XI

Iniquitates nostras ipse portavit. (Isai. LIII).

Llevó sobre si nuestras maldades.

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Considera como el Verbo divino, haciéndose hombre, no solo quiso tomar la figura de pecador, sino que también cargar sobre si todos los pecados de los hombres, y satisfacer por ellos como si fuesen propios, es decir, como si los hubiese cometido. Ahora pensemos de aquí en qué opresión y angustia debía hallarse el Corazón del Niño Jesús, que ya se había cargado con todos los pecados del mundo, viendo que la justicia divina pedía de él una plena satisfacción.

Conocía bien la malicia de todo pecado, cuando con la luz de la divinidad que le acompañaba comprendía inmensamente, más que todos los hombres y todos los Ángeles, la infinita bondad de su Padre, y el mérito infinito que tiene para ser respetado y amado. Después veía á las claras delante de sí innumerables pecados de los hombres, por los que debía él padecer y morir. Hizo ver el Señor una vez a santa Catalina de Génova la fealdad de una sola culpa venial; y a tal vista, fue tan grande el espanto y el dolor de la Santa, que cayó desmayada en tierra.

¿Qué pena seria, pues, la de Jesús niño, al verse luego que vino al mundo presentado ante el inmenso cúmulo de maldades de todos los hombres, por las cuales debía satisfacer? «Ya entonces, dice san Bernardino de Sena, tuvo conocimiento de cada culpa «en particular de todos los hombres.» Por esto añade el cardenal Hugo, que los verdugos le atormentaron exteriormente crucificándole; pero nosotros interiormente pecando; y mas afligió al alma de Jesucristo cada pecado nuestro, que afligió a su cuerpo la crucifixión y la muerte. He aquí, pues, la recompensa que ofreció a este divino Salvador cualquiera que se acuerde de haberle ofendido con pecado mortal.

Afectos y súplicas.

Mi amado Jesús, yo que hasta ahora os he ofendido, no soy digno de gracia; mas por el mérito de aquellas penas que padecisteis y ofrecisteis a Dios a la vista de todos mis pecados, satisfaciendo por ellos a la justicia divina, hacedme participante de la luz con que Vos entonces conocisteis su malicia, y de aquella aversión con que los detestasteis. Porque ¿se habrá de verificar, oh mi Salvador, que yo soy verdugo de vuestro corazón todos los momentos de vuestra vida, y aun mas cruel que cuantos os crucificaron? ¿Y que esta pena la he renovado y acrecentado siempre que he vuelto a ofenderos?

Señor, Vos habéis muerto ya para salvarme; pero no basta para esto vuestra muerte, si yo de mi parte no detesto sobre todo mal y no tengo verdadero dolor de las ofensas que os he hecho. Mas este dolor también me lo habéis de dar Vos, que lo dais á quien os lo pide. Yo os lo pido por el mérito de todas vuestras penas que padecisteis en esta tierra: dádmelo tal, que corresponda a mi malicia.

Ayudadme, Señor, a hacer este acto de contrición: Eterno Dios, sumo e infinito bien; yo miserable gusano he tenido el atrevimiento de perderos el respeto, y despreciar vuestra gracia. Yo detesto sobre todo mal y aborrezco la injuria que os he hecho; me arrepiento de ello con todo el corazón, no tanto por el infierno que he merecido, cuanto porque que he ofendido vuestra infinita bondad. Espero por los méritos de Jesucristo que me perdonaréis, y espero también con el perdón la gracia de amaros.

Os amo, oh Dios digno de infinito amor, y siempre quiero repetiros, yo os amo, yo os amo, yo os amo, y como os decía vuestra amada santa Catalina de Génova estando al pie de vuestra cruz, de la misma manera yo que estoy a vuestros pies quiero deciros: «Señor mio, no mas pecados, «no mas pecados.» No, Jesús mío, que Vos no merecéis ser ofendido, sí que solamente merecéis ser amado. Redentor mío, ayudadme. Madre mía María, socorredme, no os pido otra cosa que vivir amando a Dios en esta vida que me resta.

Tomado de:

http://radiocristiandad.wordpress.com/