
Ésta es la voluntad de Dios, que obrando bien, tapéis la boca a la ignorancia de los hombres necios. (1 San Pedro, 2,15).
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Ésta es la voluntad de Dios, que obrando bien, tapéis la boca a la ignorancia de los hombres necios. (1 San Pedro, 2,15).
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ESTACIÓN EN SANTA SABINA – ORNAMENTOS MORADOS
A imitación de los Ninivitas, los cuales hicieron penitencia bajo la ceniza y el cilicio, la Iglesia, para domar nuestro orgullo y recordarnos la sentencia de muerte que sobre nosotros recae en pena del pecado1, pone hoy ceniza sobre nuestras cabezas, diciendo:
«Acuérdate, hombre, de que eres polvo y al polvo has de volver».
Tenemos ahí el vestigio de una antigua ceremonia. Los cristianos que habían cometido algún pecado grave y público debían también someterse a pública penitencia, y para eso, el Miércoles de Ceniza, el Pontífice bendecía los cilicios que los penitentes iban a llevar puestos durante toda la Santa Cuarentena, y les imponía la ceniza sacada de las palmas que habían servido el año anterior para la procesión de los Ramos.
Luego, mientras los fieles rezaban los Salmos penitenciales, se «expulsaba a los penitentes del lugar santo, por causa de sus pecados, como había sido arrojado Adán del Paraíso por su desobediencia» (Pontifical).
Los penitentes no dejaban sus vestidos de penitencia, ni entraban en la iglesia hasta el Jueves Santo, después de haber sido reconciliados por los trabajos de la penitencia cuaresmal y por la confesión y absolución sacramentales.
El Papa Urbano VI, en el Concilio de Benevento (1091) mandó que la ceniza fuese impuesta también a los simples fieles porque «Dios perdona los pecados a los que de ellos se duelen» (Introito). «Es rico en misericordias para con los que a Él se vuelven de todo corazón por el ayuno, las lágrimas y gemidos» (Epístola). Y no hemos de desgarrar nuestros vestidos en señal de dolor, cual lo hacían los Fariseos, sino nuestros corazones (Epístola).
«Saquemos de la Eucaristía el auxilio de que hemos menester» (Poscomunión), a fin de que, «celebrando hoy la apertura solemne del ayuno sagrado» (Secreta), «terminemos la carrera con una devoción que nada sea capaz de turbar» (Or.).
Hoy obliga el ayuno y la abstinencia (no se come carne) bajo pena de pecado mortal.
1. La ceniza es símbolo de penitencia, y bendita por la Iglesia, se trueca en un sacramental que nos mueve a desarrollar en nosotros el espíritu de humildad y de sacrificio.
Fuente: Misal Diario – Dom. Gaspar Lefebvre, O.S.B.
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GRAN PROMESA DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA
«Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que durante cinco meses en el primer sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme, les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación.» ( Revelada por la Santísima Virgen María a la Hermana Lucía, vidente de Fátima, el 10 de diciembre de 1925 en Pontevedra -España-)
La práctica de esta devoción consiste en lo siguiente:
1. Confesión, que puede hacerse durante la semana.
2. La Comunión el mismo sábado.
3. Rezar una parte del santo Rosario.
4. Hacer compañía a la Virgen durante un cuarto de hora meditando o pensando en los misterios del Rosario.
5. Hacer esto durante cinco primeros sábados de mes sin interrupción.
Todo ello con la intención de consolar, honrar y desagraviar a la Santísima Virgen por las blasfemias y ofensas que se cometen contra su Corazón Inmaculado Corazón:
1. Las blasfemias y ofensas contra su Concepción Inmaculada.
2. Las blasfemias y ofensas contra su virginidad perpetua.
3. Los que niegan su maternidad divina y la rechazan como Madre de todos los hombres.
4. Los que infunden en los niños el desprecio y hasta el odio hacia esta Madre Inmaculada.
5. Los que profanan sus sagradas imágenes.
Tomado de:
¡Dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! vednos postrados ante vuestro altar, para reparar con especiales homenajes de honor la frialdad indigna de los hombres y las injurias que en todas partes hieren vuestro amantísimo Corazón.
El divino Salvador escogió el primer viernes de cada mes, como día especialmente consagrado a honrar su Smo. Corazón, diciendo a Santa Margarita María Alacoque:
“Comulgarás todos los primeros viernes de cada mes”.
Y, para obligarnos en cierto modo a práctica tan santa y tan de su agrado, hizo a la misma Santa Margarita aquel favor regaladísimo que se conoce con el nombre de LA GRAN PROMESA. en estos términos:
“Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor todopoderoso concederá a todos los que comulgaren los nueve primeros viernes de mes consecutivos la gracia de la penitencia final: no morirán en mi desgracia, ni sin recibir los Santos Sacramentos, haciéndose mi divino Corazón su asilo seguro en aquélla última hora”.
En esta tan consoladora promesa, el Sacratísimo Corazón de Jesús, nos promete:
1º La gracia de la perseverancia final, don verdaderamente inefable, como dice el Concilio Tridentino.
2º La dicha de tener por asilo y refugio en aquella última hora el Corazón del que nos va a juzgar…
Que todo es lo mismo que asegurar nuestra eterna salvación.
¡Bien puedes ahora gloriarte de tener la salvación en tu mano:
no tendrás excusa ninguna si te pierdes!
¿Con qué condiciones? Se necesita para ganar esta gracia:
1º Comulgar nueve primeros viernes de mes seguidos y sin interrupción;
2º Comulgar con intención de honrar al Sagrado Corazón y de alcanzar la gracia de la perseverancia final;
3º Comulgar con deseos y propósito de servir siempre al Señor.
De modo que no valen ocho primeros viernes de mes, ni valen nueve primeros domingos de mes, aunque la fiesta del primer viernes se traslade al domingo, ni valen ocho primeros viernes con un primer domingo… Además, han de ser seguidas las comuniones, de tal suerte que una interrupción inutilizaría toda la práctica, y habría que volver a comenzarla.
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EN EL HEMISFERIO SUR
DEL 7 DE NOVIEMBRE AL 8 DE DICIEMBRE:
MES DEDICADO A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Jesucristo vino al mundo por medio de la Santísima Virgen, y por Ella debe también reinar en el mundo. (San Luis María Grignion de Monfort)
El Mes de María es tiempo de gracias y bendiciones especiales para los devotos de Nuestra Señora que quieran aprovecharlas siguiendo, de acuerdo a las preferencias y posibilidades de cada uno, esta tradicional devoción de la Iglesia, tan grata a los ojos de Nuestra Dulcísima Madre.
Así como los fieles católicos acostumbran a saludarla tres veces cada día, a la mañana, al mediodía y a la noche, con el rezo de1 Angelus, que recuerda la Anunciación que le hiciera el Arcángel san Gabriel y la Encarnación del Verbo de Dios en Sus Purísimas entrañas, y así como se ha dedicado el sábado de cada semana para honrarla de una manera especial; así también pareció justo dedicar un mes entero en homenaje de tan Excelsa Señora, pidiendo durante él insistentemente Su amorosa protección.
En Europa, donde tuvo origen esta práctica, se eligió el mes de Mayo, en plena primavera. En nuestra Patria el mes dedicado a la Santísima Virgen Madre de Dios es el que precede a la fiesta de Su Inmaculada y purísima Concepción.
Se eligió este mes para poder ofrecer a la Santísima Virgen las mejores flores de los jardines junto con las oraciones, penitencias, actos de virtud, y toda clase de homenajes que no han tardado en llamarse «flores espirituales».
Otro motivo influyó para elegir este mes. Con la llegada de la primavera aumentaban las modas indecentes, se multiplicaban los pecados, particularmente aquellos que van contra la pureza. Qué decir de esto en nuestros tiempos, cuando ya no cabe duda de que han llegado aquellas modas que anunciara dolorosamente Nuestra Señora de Fátima, esas modas que tanto ofenden al Señor y que los católicos no deben seguir. Estamos en una época de materialismo asfixiante, de inmoralidad sin precedentes que llega hasta la degeneración, corrompiendo todas las costumbres aun en los hogares que hasta hace, no mucho tiempo podían llamarse cristianos.
El bendito Mes de María es tiempo oportuno para que aquellos que pretendemos amar y servir a la Llena de Gracia, a la Toda Santa, volvamos a las costumbres y prácticas cristianas, cuidando con el máximo celo la santidad de nuestros hogares, no permitiendo que en ellos entre nada que ofenda a Dios ya Su Madre Gloriosa, cuidando especialmente la pureza, el candor y la inocencia de los niños y de la juventud. Si bien esto parece imposible ante la ola demoníaca que nos invade, no lo es si nos entregamos total y absolutamente con todo lo nuestro y todos los nuestros en el horno ardiente de Caridad que es el Inmaculado Corazón de María. En esta Arca Sagrada y esgrimiendo el Santo Rosario podremos retornar nuestros pasos a Dios y lograr que la sociedad entera vuelva a ser una sociedad cristiana.
Celebremos el Mes de María con el corazón puesto en Su Inmaculado Corazón y si por alguna causa nos retrasamos en empezarlo, o habiéndolo empezado lo dejamos algunos días, no importa, humillémonos ante Dios por nuestra fragilidad humana y pidiéndole Su Gracia continuemos adelante; no olvidemos que nunca es más peligroso el demonio que cuando se viste de ángel de luz, y este enemigo del género humano trata por todos los medios de que no le tributemos nuestra veneración a Aquella Mujer vestida de sol, con una corona de doce estrellas y que tiene la luna a sus pies, el demonio trata de apartarnos de la verdadera devoción a la Virgen Madre de Dios pues desea nuestra condenación, pero Ella, que desde el instante de Su Inmaculada Concepción le aplastó la cabeza, está velando sobre los que suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas, para que luego de esta vida podamos gozar de las eternas delicias de la Visión de Dios en el Cielo.
Celebremos con especial fervor este mes. Que durante este mes no falte en los hogares de los devotos de María Santísima el trono especial para Ella, en el mejor sitio posible, adornado con flores, velas y de la manera que Nuestro Señor les inspire para honrar a Su Bendítísima Madre. Allí, al reunirse todos los días la familia para honrar a Su Reina y Señora con el Santo Rosario, con oraciones, cánticos y flores espirituales recibirán innumerables gracias para convertir sus costumbres y poder vivir en adelante consagrados totalmente a tan Augusta Madre. *
Haced, Señora, que en nuestros hogares nunca se olvide esta tierna costumbre de recitar vuestro Santísimo Rosario; pues en él tenemos el arma más segura para burlar los inicuos proyectos del enemigo de Dios, empeñado hoy en destruir la familia cristiana, y el medio más eficaz para atraer sobre nosotros las bendiciones del cielo. Amén.
* Sacado de la revista «Regina Angelorum», de Noviembre de 1978
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1 AL 8 DE NOVIEMBRE
OTRAS INDULGENCIAS
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16 de julio

Jesús dijo a su Madre: He ahí a tu hijo; y, en seguida, al discípulo: He ahí a tu Madre. (San Juan, 19, 26-27)
Es una piadosa creencia que aquellos que llevan el escapulario de la Virgen del Carmen serán preservados del infierno, y que si rezan las oraciones prescritas serán liberados del purgatorio el sábado siguiente al día de su muerte. Este escapulario representa en pequeño el escapulario que la Santísima Virgen en persona dio a simón Stock, religioso carmelita inglés. La fiesta de este día ha sido establecida para recordar este gran beneficio acordado por la Madre de Dios, y excitar a los fieles a aprovecharlo.
MEDITACIÓN SOBRE EL ESCAPULARIO
I. Un buen servidor tiene a honra vestir la librea de su señor: debemos tener como un honor el llevar la librea de la Reina del Cielo. ¿Qué gloria, después de aquella de servir a dios, puede compararse a la de ser servidores e hijos de María? ¡Y cuán generosa es esta buena Madre para con los cristianos que la honran! Aun por los menores homenajes, Ella concede los favores más grandes. (San Andrés de Creta)
II. Pero, para goar de las gracias anexas al escapulario, hay que llevarlo piadosamente. Y la primera condición para ello, es estar en gracia de Dios. ¿Cómo gozar de los favores de María, si se es enemigo de Jesús? ¿No sucederá que, a veces, nos prevalemos del escapulario para pecar más libremente, so pretexto de que los que lo llevan no podrían condenarse? ¡Qué indignidad prevalerse de la protección de la Madre para ofender al Hijo! ¡Ah! si estamos en pecado mortal, gimamos al menos por nuestro estado, aspiremos a salir de él, imploremos la ayuda de Aquélla a quien la Iglesia llama refugio de los pecadores. Ella rogará por nosotros y nos devolverá a la amistad con Dios: porque su poder y clemencia sobrepujan incomparablemente la multitud de nuestros pecados. (San Jorge de Nicomedia).
III. Es preciso también, si se quiere participar de todas las ventajas del escapulario, recitar las oraciones y cumplir las buenas obras que se te han asignado cuando fuiste recibido en la Cofradía. ¡Nos imponemos mil sacrificios cuando se trata de preservarnos contra la miseria; y, para escapar de las llamas del purgatorio, retrocedemos ante algunas oraciones que debemos rezar, ante algunas mortificaciones que debemos hacer! ¡Cuánto arrepentimiento deben experimentar, tardío e inútil, en el purgatorio, las almas que no han sido suficientemente fieles a estas prácticas! Prevengamos esos arrepentimientos tardíos e inútiles, y sintámonos dichosos de poder abreviar a tan poco costo, un suplicio tan horrible.
La devoción al escapulario -Orad
por la Cofradía de la Virgen del Carmen.
ORACIÓN
Señor, que habéis honrado a la Orden del Carmelo con el glorioso título de la Bienaventurada Virgen María, vuestra Madre, dignaos concedernos, hoy que celebramos solemnemente su memoria, la gracia de llegar, por su protección, a la beatitud eterna. Por J. C. N. S. Amén.
* Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo III, (Ed. ICTION, Buenos Aires, 1982)
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«Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que durante cinco meses en el primer sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme, les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación.» ( Revelada por la Santísima Virgen María a la Hermana Lucía, vidente de Fátima, el 10 de diciembre de 1925 en Pontevedra -España-)
La práctica de esta devoción consiste en lo siguiente:
1. Confesión, que puede hacerse durante la semana.
2. La Comunión el mismo sábado.
3. Rezar una parte del santo Rosario.
4. Hacer compañía a la Virgen durante un cuarto de hora meditando o pensando en los misterios del Rosario.
5. Hacer esto durante cinco primeros sábados de mes sin interrupción.
Todo ello con la intención de consolar, honrar y desagraviar a la Santísima Virgen por las blasfemias y ofensas que se cometen contra su Corazón Inmaculado Corazón:
1. Las blasfemias y ofensas contra su Concepción Inmaculada.
2. Las blasfemias y ofensas contra su virginidad perpetua.
3. Los que niegan su maternidad divina y la rechazan como Madre de todos los hombres.
4. Los que infunden en los niños el desprecio y hasta el odio hacia esta Madre Inmaculada.
5. Los que profanan sus sagradas imágenes.
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¡Dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! vednos postrados ante vuestro altar, para reparar con especiales homenajes de honor la frialdad indigna de los hombres y las injurias que en todas partes hieren vuestro amantísimo Corazón.
El divino Salvador escogió el primer viernes de cada mes, como día especialmente consagrado a honrar su Smo. Corazón, diciendo a Santa Margarita María Alacoque: “Comulgarás todos los primeros viernes de cada mes”.
Y, para obligarnos en cierto modo a práctica tan santa y tan de su agrado, hizo a la misma Santa Margarita aquel favor regaladísimo que se conoce con el nombre de LA GRAN PROMESA. en estos términos:
“Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor todopoderoso concederá a todos los que comulgaren los nueve primeros viernes de mes consecutivos la gracia de la penitencia final: no morirán en mi desgracia, ni sin recibir los Santos Sacramentos, haciéndose mi divino Corazón su asilo seguro en aquélla última hora”.
En esta tan consoladora promesa, el Sacratísimo Corazón de Jesús, nos promete:
1º La gracia de la perseverancia final, don verdaderamente inefable, como dice el Concilio Tridentino,
2º La dicha de tener por asilo y refugio en aquella última hora el Corazón del que nos va a juzgar…
Que todo es lo mismo que asegurar nuestra eterna salvación.
¡Bien puedes ahora gloriarte de tener la salvación en tu mano: no tendrá excusa ninguna si te pierdes!
¿Con qué condiciones? Se necesita para ganar esta gracia:
1º Comulgar nueve primeros viernes de mes seguidos y sin interrupción;
2º Comulgar con intención de honrar al Sagrado Corazón y de alcanzar la gracia de la perseverancia final;
3º Comulgar con deseos y propósito de servir siempre al Señor.
De modo que no valen ocho primeros viernes de mes, ni valen nueve primeros domingos de mes, aunque la fiesta del primer viernes se traslade al domingo, ni valen ocho primeros viernes con un primer domingo… Además, han de ser seguidas las comuniones, de tal suerte que una interrupción inutilizaría toda la práctica, y habría que volver a comenzarla.
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¡SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS EN VOS CONFÍO!
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¡Dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! vednos postrados ante vuestro altar, para reparar con especiales homenajes de honor la frialdad indigna de los hombres y las injurias que en todas partes hieren vuestro amantísimo Corazón.
El divino Salvador escogió el primer viernes de cada mes, como día especialmente consagrado a honrar su Smo. Corazón, diciendo a Santa Margarita María Alacoque: “Comulgarás todos los primeros viernes de cada mes”.
Y, para obligarnos en cierto modo a práctica tan santa y tan de su agrado, hizo a la misma Santa Margarita aquel favor regaladísimo que se conoce con el nombre de LA GRAN PROMESA. en estos términos:
“Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor todopoderoso concederá a todos los que comulgaren los nueve primeros viernes de mes consecutivos la gracia de la penitencia final: no morirán en mi desgracia, ni sin recibir los Santos Sacramentos, haciéndose mi divino Corazón su asilo seguro en aquélla última hora”.
En esta tan consoladora promesa, el Sacratísimo Corazón de Jesús, nos promete:
1º La gracia de la perseverancia final, don verdaderamente inefable, como dice el Concilio Tridentino,
2º La dicha de tener por asilo y refugio en aquella última hora el Corazón del que nos va a juzgar…
Que todo es lo mismo que asegurar nuestra eterna salvación.
¡Bien puedes ahora gloriarte de tener la salvación en tu mano: no tendrá excusa ninguna si te pierdes!
¿Con qué condiciones? Se necesita para ganar esta gracia:
1º Comulgar nueve primeros viernes de mes seguidos y sin interrupción;
2º Comulgar con intención de honrar al Sagrado Corazón y de alcanzar la gracia de la perseverancia final;
3º Comulgar con deseos y propósito de servir siempre al Señor.
De modo que no valen ocho primeros viernes de mes, ni valen nueve primeros domingos de mes, aunque la fiesta del primer viernes se traslade al domingo, ni valen ocho primeros viernes con un primer domingo… Además, han de ser seguidas las comuniones, de tal suerte que una interrupción inutilizaría toda la práctica, y habría que volver a comenzarla.
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La enseñanza más común de los teólogos Católicos es que las indulgencias pueden ser aplicadas a las almas detenidas en el purgatorio; y que las indulgencias están disponibles para ellos «por medio del voto» (per modum suffragii).(1) Agustín (De Civ. Dei, XX, ix) declara que las almas de los creyentes que han partido no están separadas de la Iglesia, la cual es el Reino de Cristo, y por esta razón las oraciones y votos de los vivos son de ayuda para los muertos.
Tomado de:
Quienes visten el Escapulario Carmelita pueden ganar indulgencia plenaria el 16 de mayo, fiesta de San Simón Stock.
También es posible ganar indulgencia plenaria:
1. El día en que le imponen el escapulario y se une a la familia carmelita.
2. En estas fiestas:
Se puede ganar indulgencia parcial por usar piadosamente el santo escapulario, por besarlo o por cualquier otro acto de afecto y devoción.
Tomado de: http://www.tradicioncatolica.com

Jesús le indicó que al pie del cuadro debería colocarse la firma: "Jesús, en Ti confío". Agregándole: "Deseo que esta imagen sea venerada primero en su capilla y luego en el mundo entero" (Diario, 47).
“La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia”
(Diario, 300).
En 1931 Sor Faustina tuvo una visión en la cual Jesús le encargó la tarea de pintar su imagen tal y como ella lo veía en ese momento: con la mano izquierda sobre su corazón, del cual salen dos rayos, y con la mano derecha alzada en señal de bendición.
El cuadro, pintado por un artista bajo la dirección de Sor Faustina, quedó concluido en 1934. Al ver que el cuadro distaba mucho de la imagen verdadera de Jesús, llorando, exclamó: «¿Quién será capaz de pintarte tan hermoso como eres en verdad?»
A lo que Jesús respondió:«No en la belleza del color, ni en la del pincel, está la grandeza de esta imagen, sino en Mi gracia» (Diario, 313). «Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá»(Diario, 48).
Jesús dijo posteriormente a Sor Faustina: «(…) Ofrezco a los hombres un recipiente con el que han de venir a la Fuente de la Misericordia para recoger gracias. Ese recipiente es esta imagen con la firma: Jesús, en Ti confío» (Diario, 327).
Los rayos que salen del corazón de Jesús en esta imagen, uno rojo y el otro pálido, simbolizan la sangre y el agua que brotaron del corazón traspasado de Jesús en la cruz «(…) como de una fuente desbordante de misericordia» (Diario, 367), para el mundo entero.
Jesús dijo a Sor Faustina en distintas ocasiones: « (…) El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas…» (…) «Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos, porque no le alcanzará la justa mano de Dios» (Diario, 299). » (…) Por medio de esta imagen colmaré a las almas con muchas gracias, por eso, que cada alma tenga acceso a ella» (Diario, 570).
Puedes acceder a la información sobre:
Dando clic aquí .
La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como objetivo hacer llegar a nuestros corazones el siguiente mensaje:
Dios es Misericordioso y nos ama a todos … “y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia” (Diario, 723)*. En este mensaje, que Nuestro Señor nos ha hecho llegar por medio de Santa Faustina*, se nos pide que tengamos confianza absoluta en la Misericordia de Dios, y que seamos siempre misericordiosos con el prójimo a través de nuestras palabras, acciones y oraciones… “porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil” (Diario, 742)*.
Con el fin de celebrar apropiadamente esta festividad, se recomienda rezar la Coronilla y la Novena a la Divina Misericordia; hacer la confesión -para la cual es indispensable realizar primero un buen examen de conciencia-, y recibir la Santa Comunión el día de la Fiesta de la Divina Misericordia.
Examen de conciencia, clic aquí
«Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que durante cinco meses en el primer sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme, les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación.» ( Revelada por la Santísima Virgen María a la Hermana Lucía, vidente de Fátima, el 10 de diciembre de 1925 en Pontevedra -España-)
La práctica de esta devoción consiste en lo siguiente:
1. Confesión, que puede hacerse durante la semana.
2. La Comunión el mismo sábado.
3. Rezar una parte del santo Rosario.
4. Hacer compañía a la Virgen durante un cuarto de hora meditando o pensando en los misterios del Rosario.
5. Hacer esto durante cinco primeros sábados de mes sin interrupción.
Todo ello con la intención de consolar, honrar y desagraviar a la Santísima Virgen por las blasfemias y ofensas que se cometen contra su Corazón Inmaculado Corazón:
1. Las blasfemias y ofensas contra su Concepción Inmaculada.
2. Las blasfemias y ofensas contra su virginidad perpetua.
3. Los que niegan su maternidad divina y la rechazan como Madre de todos los hombres.
4. Los que infunden en los niños el desprecio y hasta el odio hacia esta Madre Inmaculada.
5. Los que profanan sus sagradas imágenes.
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¡Dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! vednos postrados ante vuestro altar, para reparar con especiales homenajes de honor la frialdad indigna de los hombres y las injurias que en todas partes hieren vuestro amantísimo Corazón.
El divino Salvador escogió el primer viernes de cada mes, como día especialmente consagrado a honrar su Smo. Corazón, diciendo a Santa Margarita María Alacoque: “Comulgarás todos los primeros viernes de cada mes”.
Y, para obligarnos en cierto modo a práctica tan santa y tan de su agrado, hizo a la misma Santa Margarita aquel favor regaladísimo que se conoce con el nombre de LA GRAN PROMESA. en estos términos:
“Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor todopoderoso concederá a todos los que comulgaren los nueve primeros viernes de mes consecutivos la gracia de la penitencia final: no morirán en mi desgracia, ni sin recibir los Santos Sacramentos, haciéndose mi divino Corazón su asilo seguro en aquélla última hora”.
En esta tan consoladora promesa, el Sacratísimo Corazón de Jesús, nos promete:
1º La gracia de la perseverancia final, don verdaderamente inefable, como dice el Concilio Tridentino,
2º La dicha de tener por asilo y refugio en aquella última hora el Corazón del que nos va a juzgar…
Que todo es lo mismo que asegurar nuestra eterna salvación.
¡Bien puedes ahora gloriarte de tener la salvación en tu mano: no tendrá excusa ninguna si te pierdes!
¿Con qué condiciones? Se necesita para ganar esta gracia:
1º Comulgar nueve primeros viernes de mes seguidos y sin interrupción;
2º Comulgar con intención de honrar al Sagrado Corazón y de alcanzar la gracia de la perseverancia final;
3º Comulgar con deseos y propósito de servir siempre al Señor.
De modo que no valen ocho primeros viernes de mes, ni valen nueve primeros domingos de mes, aunque la fiesta del primer viernes se traslade al domingo, ni valen ocho primeros viernes con un primer domingo… Además, han de ser seguidas las comuniones, de tal suerte que una interrupción inutilizaría toda la práctica, y habría que volver a comenzarla.
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Apenas se hallará práctica más agradable a Dios, más útil y meritoria que la del Via Crucis.
Esta, dice el Papa Benedicto XIV, es una de las principales devociones del cristiano, y medio eficacísimo, no sólo de honrar la pasión y muerte del Hijo de Dios, sino también de convertir a los pecadores, enfervorizar a los tibios y adelantar a los justos en la virtud.
En ella meditamos el doloroso camino que anduvo Jesús desde el pretorio de Pilatos hasta el monte Calvario, donde murió por nuestra Redención.
Dio principio a esta devoción la Virgen Santísima; pues, según fue revelado a Santa Brígida, no tenía mayor consuelo que el recorrer los pasos de aquel sagrado camino regado con la sangre de su preciosísimo Hijo.
Pronto innumerables cristianos siguieron su ejemplo, según atestigua San Jerónimo: y así ¡cuantos peregrinos surcaban mares y exponían la vida para ganar las muchas indulgencias con que la Iglesia había enriquecido los santos lugares de Jerusalén!
Mas viendo esta solícita Madre, por una parte el copioso fruto que de tan pía devoción sacaban los fieles, y por otra la imposibilidad en que muchos se hallaban de emprender viaje tan largo y peligroso, varios Sumos Pontífices, en particular Clemente XII, Benedicto XIII y XIV, y León XII, franqueando largamente los tesoros de la Iglesia, concedieron que, visitando las Cruces bendecidas con especial facultad del Sumo Pontífice y autorización del Prelado diocesano, ganasen los fieles las mismas indulgencias que habían concedido a los lugares santos de Jerusalén.
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Los que hicieren devotamente el Vía Crucis pueden conseguir:
1) Indulgencia Plenaria cuantas veces lo hicieren.
2) Otra Plenaria si en el mismo día, en que lo hicieron o bien dentro del mes,
realizado 10 veces el Via Crucis, se acercaren a la Sagrada Comunión.
3) Indulgencia de 10 años por cada una de las Estaciones si comenzando el ejercicio, se hubiere de interrumpir por cualquier causa razonable.
Para ganar estas indulgencias se requiere como condición indispensable la meditación de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y el trasladarse de una estación a otra, salvo el caso de que se haga en común por todos los fieles que están en la iglesia, pues entonces basta ponerse en pie y arrodillarse en cada estación
Conviene advertir que el rezar en cada una de las Estaciones el Adoramus te Christe, etc. los Padrenuestros y Avemarías con el Miserere nostri, Domine, etc., es tan sólo piadosa y laudable costumbre, pero no es necesario para ganar las Indulgencias, para lo cual basta meditar en la Pasión de Jesús.
Los que, por enfermedad u otra causa, se hallaren impedidos de recorrer las estaciones del Via Crucis, pueden ganar las indulgencias rezando 14Padrenuestros, Avemarías y Gloria, junto con la meditación de la Pasión; además, otros 5 Padrenuestros, Avemarías y Gloria, a las LLagas de Jesús; y uno según la intención del Sumo Pontífice, teniendo entre las manos un Crucifijo bendecido por un sacerdote que tenga la facultad de aplicar dichas Indulgencias.
Si no pudieren rezar todos los Pater-Ave y Gloria prescriptos para la Ind. plenaria ganarán una parcial de 10 años por cada Pater-Ave y Gloria. Los enfermos que no puedan hacer el Via Crucis en la forma ordinaria ni en la arriba indicada lucran las mismas indulgencias con tal que con afecto y ánimo contrito besen o contemplen el Crucifijo bendecido para este fin, que les fuera mostrado por el sacerdote u otra persona y recen si pueden alguna breve oración o jaculatoria en memoria de la Pasión y Muerte de J. C. Nuestro Señor. (Clemente XIV, Audiencia 26 Enero 1773; S.C: Indulg. 16 Sept. 1859; S. Penit. Apost. 25 Marzo 1931; 20 Oct. 1931 y 18 Marzo 1932)
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V) Adoramus te, Christe, et benedícimus tibi.
R) Quia per sanctam crucem et mortem tuam redemisti mundum.
OREMUS
Respice, quaesumus Domine super hanc familiam tuam, pro qua Dominus noster Jesus Christus non dubitavit manibus tradi nocentium et Crucis subíre tormentum. Qui tecum vivit et regnat in saecula saeculorum.
R) Amen.
¡Oh Dios y Redentor mío! vedme a vuestros pies arrepentido de todo corazón de mis pecados, porque con ellos he ofendido a vuestra infinita bondad. Quiero morir antes que volver a ofenderos, porque os amo sobre todas las cosas.
V) Miserere nostri, Domine.
R) Miserere nostri.
Madre llena de aflicción,
de Jesucristo las llagas grabad en mi corazón.
Stabat Mater dolorosa,
juxta crucem lacrymosa,
dum pendébat Fílius.
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Por la señal de la santa cruz, etc.
Señor mío Jesucristo, etc.
Oh amabilísimo Jesús mío, heme aquí postrado ante tu acatamiento divino, implorando tu misericordia en favor de tantos pecadores infelices, de las benditas Ánimas del Purgatorio y de la Iglesia universal.
Aplícame, te ruego, los merecimientos infinitos de tu sagrada Pasión, y concédeme los tesoros de indulgencias con que tus Vicarios en la tierra enriquecieron la devoción del Via Crucis.
Acéptalos en satisfacción de mis pecados y en sufragio de los difuntos a quienes tengo más obligación.
Y tú, afligidísima Madre mía, por aquella amargura que inundó tu corazón cuando acompañaste a tu santísimo Hijo al Calvario, haz se penetre mi alma de los sentimientos de que estabas entonces animada.
Alcánzame del Señor vivo dolor y detestación del pecado, y valor para que abrazando la cruz, siga las huellas de tu amable Jesús.
No me niegues esta gracia, oh Madre mía; haz que tomando ahora parte en tu dolor logre un día acompañar a tu Hijo en el triunfo de la gloria. Amén.
Al ir de una estación a otra, unos cantan el Jesu, Rex mitis, o las preces de la Pasión, otros una estrofa del Stabat Mater; pero nada mueve ni entusiasma tanto al pueblo como el Perdon, oh Dios mío, o estas estrofas cantadas con pausa y devoción.
Su autor fue el P. Ramón García, de la Compañía de Jesús; y el estribillo común a todas las estaciones es el siguiente:
Llevemos animosos
Las cruces abrasadas;
Sigamos sus pisadas
Con llanto y compasión.
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PRIMERA ESTACIÓN
Jesús condenado a muerte
V) Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
V) Te adoramos, Señor, y bendecimos.
R) Quia per sanctam Crucem tuam redemisti mundum.
R) Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.
¿Lo ves, alma cristiana? Está el inicuo juez sentado en el tribunal, y a sus pies el Hijo de Dios, Juez de vivos y muertos, lleno de confusión, las manos atadas como un fascineroso, oyendo la más ignominiosa sentencia.
¡Oh Jesús mío amantísimo! ¡Vos, Autor de la vida condenado a muerte!
¡Vos, la inocencia y santidad infinitas, condenado a morir en un infame patíbulo, como el más insigne malhechor!
¡Qué amor tan grande el vuestro, y qué ingratitud tan monstruosa la mía, pues os condeno de nuevo a la muerte cada día!
¿Y por qué? ¡Por un sucio deleite… por un mezquino interés … por un qué dirán!
Perdonadme dulcísimo Jesús mío; y por esa inícua sentencia, no permitáis que sea yo un día condenado a la muerte eterna, que merecerían mis pecados.
Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri
Miserere nostri, Domine.
Ten, Señor, piedad de nosotros.
Miserere nostri.
Piedad, Señor, piedad.
Fidelium animae per misericordiam Dei requiescant in pace.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.
Amen.
Por mi, Señor, inclinas
El cuello a la sentencia;
Que a tanto la clemencia
Pudo llegar de Dios.
Oye el pregón, oh Madre,
Llevado por el viento
Y al doloroso acento
Ven del Amado en pos.
LLevemos, etc.
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SEGUNDA ESTACIÓN
Sale Jesús con la cruz a cuestas
Adoramus te, Christe, etc, como en la primera estación.
¡Y queréis, inocentísimo Jesús mío, llevar Vos mismo, cual otro Isaac, el instrumento del suplicio!
¡Estáis exausto de fuerzas!
¡Vuestras espaldas y hombros están doloridos y rasgados por los azotes!
¡La cruz es larga y pesada!
¡Y cuanto no acrecientan todavía su peso mis iniquidades y las de todo el mundo! …
Sin embargo, la aceptáis, y besándola la abrazáis y lleváis con inefable ternura por mi amor.
¿Y aborrecerás tú, pecador, la ligera cruz que Dios te envía?
¿Querrás tú ir al cielo por los deleites y regalos, yendo allá el inocentísimo Jesús por el dolorosísimo camino de la cruz? …
Reconozco mi engaño, Salvador mío, enviadme penas y tribulaciones, que resuelto estoy a sufrirlas con resignación y alegría, por amor de un Dios que tanto padeció por mí.
Padre nuestro, Ave María y Gloria.
Miserere nostri, etc. como en la primera estación.
Esconde, justo Padre,
La espada de tu ira.
Y al monte humilde mira
Subir el dulce Bien.
Y tú, Señora, gime
Cual tórtola inocente;
Que tu gemir clemente
Le amansará también.
Llevemos, etc.
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TERCERA ESTACIÓN
Jesús cae por primera vez
Adoramus te, Christe, etc.
No extraño, dulce Jesús mío, que sucumbáis rendido al enorme peso de la cruz.
Lo que me pasma y hace llorar a los Angeles de paz es la bárbara fiereza con que os tratan esos sayones inhumanos.
Si cae un vil jumento se le tiene compasión, lo ayudan a levantarse.
Pero cae el Rey de los cielos y tierra, el que sostiene la admirable fábrica del universo, y lejos de moverse a compasión, le insultan con horribles blasfemias, le maltratan y acocean con diabólico furor…
¿Y qué hacíais, en qué, pensábais entonces, dulce Jesús mío? … En ti pensaba, pecador, por ti sufría con infinita paciencia y alegría.
Tú habías merecido los oprobios y tormentos más horribles; y yo para librarte de ellos he querido pasar por este espantoso suplicio.
¿No estás todavía satisfecho?…
¿Quieres aún maltratarme con nuevas ofensas?
Aquí me tienes; descarga tú también fieros golpes sobre mí.
No, Jesús mío, no; antes morir que volver a ofenderos.
Padre nuestro, Ave María y Gloria.
Miserere nostri, etc.
Oh pecador ingrato
Ante tu Dios maltratado,
Ven a llorar herido
De contrición aquí.
Levántame a tus brazos,
¡Oh bondadoso Padre!
Ve de la tierna Madre
Llanto correr por mí
Llevemos, etc.
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CUARTA ESTACIÓN
Jesús encuentra a su Sma. Madre
Adoramus te, Christe, etc.
¡Qué sentiste, oh angustiada Señora, al ver aquel trágico espectáculo!
¡El pregonero publicando con lúgubre trompeta la sentencia fatal! ¡Una multitud inmensa que se agrupa, profiriendo injurias y blasfemias contra Jesús!
¡Los soldados y sayones en dos filas y en medio de dos malhechores! …
¿Le conoces, oh Madre amantísima? ¿es ese el más hermoso de los hijos de los hombres, la beldad de los cielos y la alegría de los Ángeles?
¿Aquel Hijo de Dios que con tanto regocijo nació en Belén?
¿Dónde están ahora los Reyes y Pastores que entonces le adoraban?
¿Qué se han hecho los Espíritus celestiales que entonces entonaban himnos de alabanza?
¡Qué trocado está! ¡Sus ojos inundados de lágrimas y sangre, coronada de espinas su cabeza; todo Él hecho una llaga!
¡Oh, María, afligida entre todas las mujeres! ¡Oh Madre la más desolada de todas las madres! ¡Oh Hijo, maltratado sobre todos los hijos de Adán! ¡Oh Jesús! ¡Oh María! perdonad a este ingrato, a este pecador a este monstruo, causa de tanta amargura.
Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri.
Miserere nostri, etc.
Cercadla, Serafines,
No acabe en desaliento,
No muera en el tormento
La Rosa virginal.
¡Oh acero riguroso!
Deja su pecho amante
Vuélvete a mi cortante,
Que soy el criminal.
Llevemos, etc.
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QUINTA ESTACIÓN
Jesús ayudado por el Cirineo
Adoramus te, Christe, etc.
Temiendo los judíos no se les muera Jesús antes de llegar al Calvario, no por aliviarle, sino por el deseo que tienen de crucificarle, buscan quien le ayude a llevar la cruz, y no le encuentran.
Había entonces en Jerusalén tantos millares de hombres y sólo Simón Cireneo acepta este favor y aún por fuerza.
¡Y así te desamparan, oh Jesús mío! ¿No fueron cinco mil los hombres que alimentaste con cinco panes en el desierto? ¿No son innumerables los ciegos, los paralíticos y enfermos que sanaste?
¡Y nadie quiere llevar tu cruz!
¡Y ella, no obstante, nos predica la latitud de tu misericordia, la longitud de tu justicia, la sublimidad de tu poder y lo profundo de tu sabiduría infinita!
¡Oh misterio incomprensible!
Muchos admiran tus prodigios y tu doctrina; mas pocos gustan de padecer contigo.
Teman, pues, los enemigos de la cruz, oyendo a Cristo que dice: El que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.
Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri.
Miserere nostri, etc.
Toma la cruz preciosa,
Me está el deber clamando;
Tan generoso, cuando
Delante va el Señor.
Voy a seguir constante
Las huellas de mi Dueño;
Manténgame el empeño,
Señora, tu favor.
Llevemos, etc.
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SEXTA ESTACIÓN
La Verónica enjuga el rostro de Jesús
Adoramus te, Christe, etc.
¡Qué valor el de esta piadosa mujer! Ve aquel rostro divino a quien desean contemplar los Ángeles, cubierto de polvo, afeado con salivas, denegrido con sangre; y movida de compasión, quítase la toca, atropella por todo, y acercándose al Salvador, le enjuga su rostro desfigurado.
¡Ay! ¡Cómo confunde esta mujer fuerte la cobardía de tantos cristianos que por vano temor del qué dirán, no se atreven a obrar bien! ¡Oh dichosa Verónica, y cómo premia el Señor tu denuedo, dejando su rostro Santísimo estampado en tres pliegues de esa afortunada toca!
¿Quieres tú, cristiano, que Dios imprima en tu alma una perfecta imagen de sus virtudes?
Huella, pues, generoso el respeto humano, como la Verónica; haz con fervor, haz a menudo el Via Crucis; y no dudes que Jesús grabará en tu alma un fiel traslado de sus virtudes; y viéndote el Eterno Padre semejante al divino Modelo de predestinados, te admitirá en el cielo.
Padre Nuestro, Ave María, y Gloria Patri.
Miserere nostri, etc.
Tu imagen, Padre mío,
Ensangrentada y viva,
Mi corazón reciba,
Sellada con la fe.
¡Oh Reina! de tu mano
Imprímela en mi alma,
Y a la gloriosa palma
Contigo subiré.
Llevemos, etc.
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SÉPTIMA ESTACIÓN
Jesús cae por segunda vez
Adoramus te, Christe, etc.
Sí, Jesús cae por segunda vez con la cruz; nuevas injurias y golpes, nueva crueldad de parte de los judíos; nuevos dolores y tormentos, nuevos rasgos de amor de parte de Jesús.
Parece que el infierno desahogará contra Él todo su furor: mas ¿qué hará el Señor? ¿Dejará la empresa comenzada? ¿Hará como nosotros, que a una ligera contradición abandonamos el camino de la virtud?
No, no; bien podrán decirle: Si eres Hijo de Dios baja de la Cruz; por lo mismo que lo es, allí permanecerá hasta morir.
¿Y cuándo, Señor, imitaré vuestra heroica constancia?
No siendo coronado, si no el que peleando legítamente persevere hasta el fin, ¿de qué me serviría abrazar la virtud y llevar la cruz solamente algún día?
Cueste, pues, lo que cueste, quiero, con vuestra gracia divina, amaros y serviros hasta morir.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria Patri.
Miserere nostri, etc.
Yace el divino Dueño
Segunda vez postrado:
Detesta ya el pecado,
Deshecha en contrición.
Oh Virgen, pide amante
Que borre tanta ofensa
Misericordia inmensa,
Pródiga de perdón.
Llevemos, etc.
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OCTAVA ESTACIÓN
Jesús consuela a las mujeres
Adoramus te, Christe, etc.
¡Qué caridad tan ardiente! ¡Olvidando sus atrocísimos dolores, sólo se acuerda de nuestras penas el amante Jesús!
Hijas de Jerusalén, dice a las piadosas mujeres que le seguían llorando; no lloréis mi suerte; llorad más bien sobre vosotras y sobre vuestros hijos.
Pero ¿puede haber objeto más digno de llanto que la pasión y muerte del Hijo de Dios? … Sí, cristiano; hay cosa más digna de lágrimas, y de lágrimas eternas; y es el pecado.
Pues el pecado es la única causa de la pasión y muerte tan ignominiosa; él es el origen y el colmo de todos los males; mal terrible, el único mal, mal infinito de Dios, y de la criatura.
¡Y no obstante tú pecas con tanta facilidad! ¡Y te confiesas con tanta frialdad! ¡Y recaes tan a menudo en el pecado! ¡Y pasas tranquilo días, meses, años, y hasta la vida entera en el pecado!
Padre nuestro Ave María y Gloria.
Miserere nostri, etc.
Matronas doloridas
Que al Justo lamentáis.
¿Por qué, si os lamentaís,
La causa no llorar?
Y pues la cruz le dimos
Todos los delincuentes,
Broten los ojos fuentes
De angustia y de pesar
Llevemos, etc
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NOVENA ESTACIÓN
Jesús cae por tercera vez
Adoramus te Christe, etc.
¿Qué es esto, Jesús mío? ¡Vos resplandor de la gloria del Padre, consuelo de los Mártires, hermosura y alegría del cielo, Vos caído en tierra, primera, segunda y tercera vez! ¿No sois Vos la fortaleza de Dios? …
¿Y qué, hijo mío, no has pecado tú más de dos o tres veces? ¿No recaes cada día innumerables veces en el pecado? ¿Por qué esa perpetua inconstancia en mi servicio? Hoy formas generosos propósitos, y mañana están ya olvidados: ahora me entregas el corazón, y un instante después ya no suspiras sino por pasatiempos y liviandades.
¡Ay! yo caigo por segunda y tercera vez para expiar tus continuas recaídas: caigo para alzarte a ti de la tibieza; caigo para que temerario, no te expongas de nuevo al peligro de recaer en pecado; caigo en fin, para que no caigas tú jamás en el abismo del infierno”
Gracias Dios mío, por tan inefable bondad; y por esta tan dolorosa caída, dadme fuerza, os suplico, para que me levante por fin del pecado y camine firme y constante en vuestro santo servicio.
Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri.
Miserere nostri, etc.
Al suelo derribado
Tercera vez el Fuerte,
Nos alza de la muerte
A la inmortal salud.
Mortales, ¿Qué otro exceso
Pedimos de clemencia?
No más indiferencia,
No más ingratitud.
Llevemos, etc.
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DÉCIMA ESTACIÓN
Jesús despojado de sus vestiduras.
Adoramus te Christe, etc.
Cuando te curan una herida, por fino que sea el lienzo que la envuelve, y por cuidado que tenga la más cariñosa madre, ¿qué dolor no sientes al despegarse la tela de la carne viva?
¿Cuál sería, pues, el tormento de Jesús al quitarle las vestiduras?
Como había derramado tanta sangre, estaban pegadas a su cuerpo llagado: vienen los verdugos y las arrancan con tanta fiereza, que llevan tras sí la corona, y hasta pedazos de carne que se le habían pegado…
¿Y en qué pensabais, oh purísimo Jesús, al veros desnudo delante de tanta muchedumbre?
“En ti, pensaba, pecador; en los pecados impuros que sin escrúpulo cometes; por ellos ofrecía yo al Eterno Padre esta confusión y suplicio tan atroz.
Sabía cuanto te costaría deshacerte de aquel mal hábito, privarte de aquel placer, romper con aquella amistad criminal; por eso permití en mi cuerpo inocentísimo tan horrible carnicería”
¡Oh inmensa caridad la tuya! ¡Oh negra ingratitud la mía! Nunca más, Señor, renovar esas llagas con desenfrenada licencia: nunca más pecar.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
Miserere nostri, etc.
Tú bañas, Rey de gloria,
Los cielos en dulzura;
¿Quién te afligió, Hermosura,
Dañandote amarga hiel?
Retorno a tal fineza
La gratitud pedía;
Cesó ya, Madre mía,
De ser mi pecho infiel.
Llevemos, etc.
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UNDÉCIMA ESTACIÓN
Jesús clavado en la cruz
Adoramus te Christe, etc.
¿Quién de nosotros tendría valor para sufrir que le atravesasen pies y manos con gruesos clavos? ¿Quién tendría ánimo para ver así atormentado a su mayor enemigo? Pues este atroz tormento padece Jesús por nuestro amor.
Ya le tienden sobre el lecho del dolor; ya enclavan aquella mano omnipotente que había formado los cielos y la tierra; ya brota un raudal de sangre: más esto es poco.
Encogido el cuerpo con el frío y los tormentos, no llegaban la otra mano ni los pies a los agujeros hechos de antemano en la cruz: los atan, pues, con cordeles, y tiran con inhumana crueldad, desencajando de su lugar aquellos huesos santísimos. ¡Qué dolor! ¡Qué tormento!
Todo lo contempla su Madre amantísima; ningún alivio, ni una gota de agua puede dar a Su Hijo: ¿y vive todavía?
¿Y no muero yo de dolor, siendo mis pecados la causa de tanto tormento?
Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri
Miserere nostri, etc.
El manantial divino
De sangre está corriendo;
Ven, pecador, gimiendo,
Ven a lavarte aquí.
Misericordia imploro
Al pie del leño santo:
Virgen, mi ruego y llanto
Acepte Dios por ti
Llevemos, etc.
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DUODÉCIMA ESTACIÓN
Jesús muriendo en la cruz
Adoramus te, Christe, etc
Contempla, cristiano, a esos dos malhechores crucificados con el Señor. ¡Qué maldades no habría hecho el buen ladrón!
Sin embargo, dice a Jesús: Acuérdate de mí cuando estuvieres en tu reino; y al instante oye: Hoy estarás conmigo en el Paraíso. ¡Qué bondad la de Dios! ¡Cuán pronto, pecador, recobrarías la gracia y amistad divina, si quisieses arrepentirte de veras!
Pero si dejas tu conversión para la muerte, ¡ay!, teme no te suceda lo que al mal ladrón. ¿Qué hombre tuvo jamás mejor ocasión para convertirse? Dios derramaba su Sangre por él: tenía a sus pies a la abogada de pecadores, María Santísima: a su lado estaba Jesucristo, el sacerdote más celoso del mundo, para ayudarle a bien morir; oye la exhortación de su compañero: ve toda la naturaleza estremecida; y sin embargo, muere como ha vivido; continúa blasfemando, y se condena eternamente.
No permitas, Jesús mío, que sordo a tus inspiraciones divinas, deje yo mi conversión para la muerte.
Padre nuestro, Ave María y Gloria.
Miserere nostri, etc
Muere la vida nuestra
Pendiente del madero
¿Y yo, como no muero
De amor, o de dolor?
Casi no respira
La triste Madre yerta
Del cielo abrir la puerta
Bien puedes ya, Señor.
Llevemos, etc
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DECIMATERCERA ESTACIÓN
Jesús muerto en brazos de su Madre
Adoramus te, Christe, etc
¡Adonde iré, oh afligida Madre mía! Tu Hijo ha muerto y mis pecados son los verdugos que le enclavaron en cruz y le dieron muerte inhumana.
¡Ay infeliz de mí! Yo he apagado la luz de tus ojos, y acabado la alegría de tu corazón.
Sí, yo desfiguré ese rostro hermosísimo, yo taladré esos pies y manos que sostienen el firmamento, yo traspasé esta augusta cabeza, y abrí esas llagas: yo descoyunté y despedacé ese inocentísimo cuerpo, que tienes en tus brazos.
Reo de tan horrendo deicidio ¿adónde iré? ¿Dónde me ocultaré? Pero por monstruosa que sea mi ingratitud, tú eres mi Madre y yo soy tu hijo.
Jesús acaba de transferir en mí los derechos que tenía a tu amor.
Me arrojo, pues, en tus brazos con la más viva confianza.
No me desprecies, oh dulce refugio de pecadores arrepentidos; mírame con ojos de bondad y ampárame ahora en el trance de la muerte.
Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri.
Miserere nostri, etc
Dispón Señora el pecho
Para mayor tormenta
La víctima sangrienta
Viene a tus brazos ya
Con su preciosa Sangre
Juntas materno llanto
¿Quién Madre, tu quebranto
Sin lágrimas verá?
Llevemos, etc.
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DECIMACUARTA ESTACIÓN
Jesús puesto en el sepulcro
Adoramus te Christe, etc
Contempla, alma cristiana, cómo José de Arimatea y Nicodemo, postrados a los pies de María, le piden el dulce objeto de sus caricias y ungiéndole con preciosos aromas le amortajan y ponen en un nuevo sepulcro de piedra.
¡Cuál sería el dolor de la Virgen!
Sin duda: grande era como el mar su amargura cuando vio a su Hijo ensangrentado, enclavado y expirado en un patíbulo infame; pero a lo menos le veía, tal vez le abrazaba y lavaba con sus lágrimas.
Mas ahora, oh angustiada Señora, una losa te priva de este último consuelo.
¡Oh sepulcro afortunado! ya que encierras el adorado cuerpo del Hijo y el purísimo corazón de la Madre, guarda también con esas prendas riquísimas mi pobre corazón.
Sea este, Dios mío, el sepulcro donde descanséis; sean los puros afectos de mi alma los lienzos que os envuelvan y los aromas que os recreen.
En fin, muera yo al mundo, a sus pompas y vanidades, para que viviendo según el espíritu de Jesús, resucite y triunfe glorioso con Él por siglos infinitos.
Amén.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria Patri
Miserere nostri, etc
Al Rey de las virtudes
Pesada loza encierra
Pero feliz la tierra
Ya canta salvación.
Sufre un momento, Madre,
La ausencia del Amado:
Pronto, de ti abrazado
Tendrásle al corazón
Llevemos, etc.
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Tomado de:
http://cruxetgladius.blogspot.com
Se acostumbra, después de la Misa vespertina, hacer un monumento para resaltar el Santísimo Sacramento del Altar y exponerlo de una manera solemne para la adoración de los fieles.
La Iglesia pide dedicar un momento de adoración y de agradecimiento a Nuestro Señor Jesucristo, un acompañarlo en la oración del huerto. Es por esta razón que las Iglesias preparan sus monumentos. Este es un día solemne.
En la visita de las siete iglesias o siete templos, se acostumbra llevar a cabo una breve oración en la que se dan gracias al Señor por todo su amor al quedarse con nosotros. Esto se hace en siete templos diferentes y simboliza el ir y venir de Jesús en la noche de la traición. Es a lo que refieren cuando dicen “traerte de Herodes a Pilatos”.
“El de San Francisco tiene más velas que el de Santo Domingo”, dice uno; “pero el de la Catedral tiene flores más caras”, agrega el otro. Un tercero replica “la Merced este año me gustó por lo sobria y austera”.
Y parece que este tipo de comentarios agota la experiencia espiritual de los monumentos.
Monumento es el lugar distinto al habitual donde se reserva el Santísimo y está bellamente adornado para agradecer que Jesús instituye la Eucaristía el Jueves Santo y desagraviar con homenajes los ultrajes recibidos, como más adelante se explica.
¿Para que se visitan los monumentos?
Para acompañar a Jesús en la noche que Dios fue juguete de los hombres. En efecto desde que terminó la última cena hasta que fue condenado en el tribunal de Poncio Pilatos, Jesús sufrió toda clase de ultrajes.
Así como el camino doloroso está señalado por las 14 estaciones del vía crucis, las ignominias de esa espantosa noche se señalan en cada uno de los siete monumentos.
Si uno decide hacer todo en una sola Iglesia puede hacerlo
Primera Visita
La oración en el huerto.
Jesús comenzó a atemorizarse hasta exclamar “Padre si es posible, aleja de mi este cáliz pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Se angustió “y vínole un sudor como gota de sangre que chorreaba hasta el suelo”, recuerda San Lucas. La tradición enseña que al ver Jesús que su sacrificio redentor iba a ser estéril en algunos, su congoja fue grande. Así tantos padres sufren angustias ante la perdición espiritual de sus hijos y todos nosotros sufrimos por la maldad propia y la ajena.
Unamos, pues, nuestros dolores espirituales a los de Cristo para nuestra salvación y la del mundo.
Se medita unos minutos y se corona rezando: Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
Segunda Visita
“No habeis podido velar conmigo una hora”
Les dice Jesús a Pedro, Santiago y Juan por quienes se hizo acompañar. “No hablas, balbuceas, no caminas, tiemblas, estás desfigurado y nadie te consuela, ni los tres mejores de entre los doce mejores, ni tu primer Papa ni tu discípulo predilecto”. Si ellos hubiese rezado de aquí habrían sacado fuerzas para dar sus vidas por Ti. Aquí está la raíz del mal.
Lo decía San Alfonso: “o pecando dejas de rezar o rezando dejas de pecar”. Como un eco infinito a través de los siglos llega a mi tu dulce reproche: “no habeís podido estar conmigo sólo una hora”. Señor, que poco rezo, perdón.
Se medita unos minutos y se corona rezando: Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
Tercera Visita
Traición: “Judas, con un beso entregas al Hijo del Hombre” Lc. 22, 48
Cuánto duele una traición, una deslealtad, que cruel desilusión. Cuantas veces aquellas míseras treinta monedas fue el placer, preferir un rato de placer exterior a la paz interior, un goce animal a la amistad divina. Cuantas veces en la inconsistencia de los bueno propósitos con un beso engañoso hemos preferido lo que no vale, lo que pasa, a ti mismo. Hagamos por el contrario, nuestra la exclamación de Pablo de Tarso “Considero todo una basura con tal de ganar a Cristo”. Que así sea.
Se medita unos minutos y se corona rezando: Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
Cuarta Visita
“Entonces sus discípulos abandonándolo huyeron todos” Mc.14, 50
De sus implacables enemigos, los sacerdotes, sólo odio encontró; el pueblo, del Domingo de Ramos al Viernes Santo, cambió diametralmente su voluntad. Por eso el Sagrado Corazón dijo a Margarita, a quien se le aparecía “mis enemigos me pusieron una corona de espinas en la cabeza, mis amigos en el corazón”.
Oh Señor cuanto te hieren nuestras cobardías, nuestros respetos humanos, cuando en la misma misa tenemos vergüenza para rezar un Padre Nuestro en voz alta frente a los demás, olvidando nuestro compromiso de bautizados y hasta de confirmados, y cuantos te abandonaron pasando a las filas de los enemigos que viven mal en la mundanidad y el paganismo, o piensan mal con doctrinas erradas y perniciosas. Cuanto dolor para tu corazón por todos los abandonos.
Se medita unos minutos y se corona rezando: Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
Quinta Visita
Ultrajes en la cárcel y tribunales
Luego comenzaron a escupirle la cara y a maltratarle a bofetadas diciendo: “¿adivina Cristo quien es el que te ha herido?” (Mt.26,65).
Escribe un autor” “el último de los ultrajes es recibir escupidas en el rostro”, porque se saliva en los más inmundos lugares. Hablando San Agustín de las ignominias recibidas por Cristo dice: “Si esta medicina no cura la hinchazón de nuestra soberbia, no acierto a dar con otro remedio”.
Recuérdame, Jesús mío, que podría hacer yo para desagraviarte. Me respondes: “tolera los ultrajes por amor mío como yo los he soportado por el tuyo”
Se medita unos minutos y se corona rezando: Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
Sexta Visita
La negación de Pedro
“Aunque todos te abandonen, yo no te abandonaré”. Esta exclamación jactanciosa fue la raíz de su cobardía inmediatamente predicha por el Señor. “Pedro antes que cante el gallo, me negarás tres veces”. Ah, si Pedro hubiese rogado “Permíteme Señor serte fiel” que distinto hubiese sido todo. Pero el lavó sus culpas con abundantes ríos de lágrimas, “lloró amargamente” nos dice el Evangelio.
Señor que nunca se nos seque la fuente de lágrimas. El infierno no se acaba porque el demonio no se arrepiente, que no seamos duros de corazón e impenitentes. Que sepamos llorar nuestros pecados.
Se medita unos minutos y se corona rezando: Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
Séptima Visita
Herodes lo trata como loco
“Entonces el rey con todo su séquito lo despreció y para burlarse lo envolvieron en ropa blanca. Herodes lo recibe para juzgarlo por curiosidad, quiere ver un milagro, o escuchar mensajes interesantes. Jesús calla ante este rey indigno y pecador. Y lo remiten a Pilatos.
San Buenaventura añade: “lo despreció como a un impotente porque no le hizo ningún milagro, como a un ignorante porque no respondió palabras y como a un estúpido porque no se defendió”.
Cuántas veces me parecieron poco razonables tus enseñanzas sobrenaturales, la confesión, el celibato, el amor a la Cruz, la castidad prematrimonial… Perdón Señor, perdón.
Se medita unos minutos y se corona rezando: Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
Fuentes consultadas:
http://www.diocesistoluca.org.mx/noticias/index.php?
(Publicado en ¡CRISTO VIVE! Suplemento especial de La Gaceta, el Sábado 26 de Marzo de 1994)
V. El Angel del Señor anunció a María.
R. Y concibió del Espíritu Santo.
Dios te Salve María, etc.
V. Y el Verbo se hizo carne
R. Y habitó entre nosotros.
Dios te Salve María, etc.
V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
R. Para que nos hagamos dignos de las promesas de Jesucristo.
3) Por la palabra de Dios, pues el nos dice por boca del profeta Ezequiel las dos cosas que son necesarias en una conversión: «Arrojad de sobre vosotros todas las iniquidades que cometéis y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo» (18, 31). Por tanto, cuando uno quiere convertirse, lo primero que ha de hacer: Arrojar los pecados pasados, o sea, detestarlos, y después: Hacerse un corazón nuevo…, nuevos afectos y deseos.
Vosotros amáis vg. la embriaguez, ahora lejos de amarla es necesario detestarla… Vosotros amáis la impureza; lejos de amarla, es necesario detestarla en adelante… Es necesario, pues, arrojar los pecados en el sacramento de las penitencia ante el sacerdote y no volverlos a cometer más…
— La contrición debe ser sobrenatural.
¿Cuál debe ser su motivo?
Lo entendemos fácilmente. Un hombre razonable esta triste, él sabe por qué.
Pues bien ¿Por qué nuestros pecados deben entristecernos?
Por causa del daño que ellos nos hacen.
Ejemplos:
Todos estos tres citados estan tristes, tristes de haber cometido su pecado.
El 1.° por que él tiene la pierna rota;
El 2.° porque está en la prisión;
y la 3.° por que ha perdido su honor…
Pero ¿Este dolor es bueno? No…. si en efecto Dios no existiese, ellos estarían tristes todavía por motivos parecidos, por motivos humanos, por el qué dirán… El verdadero motivo de esta tristeza que se llama contrición es este: Porque se ha ofendido a un Dios infinitamente bueno…, porque se ha perdido el cielo…, porque se ha merecido el infierno.
Ved, pues, porque nuestra contrición debe ser sobrenatural en su motivo.
— La contrición debe ser suma y universal.
Notemos que un hombre se entristece en proporción al valor del bien que ha perdido.
Vedlo en esta comparación gradudada:
Uno pierde doscientas pesetas y lo siente, pero pierde mil y lo siente mas…, y si pierde cincuenta mil, lo siente muchísimo más…, su sentimiento es grande.
Ahora bien, por el pecado ¿Qué perdemos? Perdemos a Dios, es decir, más que todos los tesoros del universo…, pues ninguna tristeza del mundo puede sobrepasar la tristeza que se llama contrición, y por eso la llamamos suma o suprema, ella domina a todas las otras…
Alguno tal vez diga: yo no he tenido contrición, porque yo no he sentido jamás una tristeza tan viva… Yo he estado mucho más triste a la muerte de mi madre como no lo he estado jamás por todos los pecados de mi vida…
Mas esto no debe inquietaros. La religión nos enseña que la contrición debe ser una cosa real, pero no nos enseña que esta tristeza debe ser una cosa sensible… No es el cuerpo el que debe sentir la tristeza, es el alma.
Cuando uno que se va a confesar no debe inquietarse de lo que siente, sino preguntarse lo que él piensa. Entonces lo que todos podemos hacer es pensar también que por cada pecado, nosotros hemos perdido a Dios, y que estamos tristes no por haber cometido tal o cual pecado, sino que lo estaremos por todos nuestros pecados, es decir, no nos afligiremos de uno u otro en particular, sino de todos sin excepción, y así nuestra contrición será no sólo suma o suprema, sino también universal, porque se extiende a todos los pecados cometidos.
Y ¿Cómo debemos tener o procurarnos la contrición?. A esto responderemos que no es posible tenerla por nosotros mismos. Dios sólo puede dárnosla por su gracia, ¿Puede enseguida devolverse la vida? Pues bien, cuando uno peca mortalmente, su alma se suicida, mas ella no puede enseguida devolverse la vida que se ha quitado. Pero la contrición es el principio de la vida del alma.
Por consiguiente ¿Cómo tener la contrición?
La respuesta nos la da San Agustín:
«Dios quiere dárnosla, pero no la da sino a los que se la piden».
«Pedid y recibiréis», dice Jesucristo.
Roguemos, y obtendremos lo que pidamos… y así nuestra contrición no será solamente sobrenatural en su motivo, sino también en su principio.
En consecuencia:
«Tengamos presente que la contrición»
es el elemento primero y más necesario del sacramento de la penitencia
y condición indispensable para conseguir el perdón de los pecados
(D. 987).
David y otros muchos fueron también modelos de penitencia… ¿Qué debemos hacer nosotros ante tantos ejemplos? Todos, sin duda, debemos hacer penitencia; primero, porque Jesucristo la hizo y nos manda que la hagamos, y porque si no la hacemos para vencer las pasiones, éstas nos vencerán y seremos esclavos del mal, y se cumplirá el dicho del mismo Jesucristo:
«El que comete el pecado, es esclavo del pecado» (Jn. 8, 34)
, y si queremos ser libres de toda atadura del mal, debemos detestarlo.
La penitencia es un sacrificio para el pecado; con ella se ofrece a Dios la maceración de la carne en expiación de las faltas cometidas…
«Las lagrimas de la penitencia, -dice San Ambrosio-, lavan los pecados.
Las lagrimas no imploran el perdon; lo merecen»…
«Haced penitencia, hijos míos, dice el Señor por boca de Jeremías,
volved a Mi y curare vuestras iniquidades (3, 22).
«La penitencia, -dice San Jeronimo-, tiene tal poder,
que devuelven al pecador todas sus antiguas virtudes,
y todos los méritos que había adquirido antes de caer».
¿Quién pecó en el mundo más gravemente que Pablo? –dice San Pedro Crisólogo-, ¿Quién cometió en la religión una falta más enorme que Pedro?
Sin embargo, ambos merecieron por su penitencia,
no sólo llegar a santos,
sino maestros en santidad.
Habiendo San Pedro echado en cara a los judíos de haber crucificado a Jesucristo, Hijo de Dios y verdadero Mesías, muchos de ellos sintieron arrepentimiento, y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué haremos, hermanos? San Pedro les contestó:
«Haced penitencia» (Hech. 2,38-39)
El Señor en el Apocalipsis dice al ángel de Efeso:
«Tengo contra ti que abandonaste tu primer a caridad. Considera,
pues, de donde has caido, y haz penitencia,
si no, vendré a ti y removeré el candelero de su lugar si no te arrepientes» (2, 4-5).
«Jamás, – dice San Gregorio Magno-,
jamás perdonará Dios al que peca,
porque no deja el delito sin castigo.
O el pecador se castiga a sí mismo,
o Dios, entrando con él a juicio, le hiere».
Habiendo el emperador Teodosio querido excusarse de haber hecho asesinar a varios habitantes de Tesalónica, citando el ejemplo de David, que había hecho morir a Urías, San Ambrosio le respondio:
«Ya que habéis imitado a David en su pecado, imitadle en la penitencia».
Esta doctrina de la necesidad de la penitencia la enseño claramente el Concilio de Trento, que dijo:
«En todo tiempo, la penitencia fue ciertamente necesaria para alcanzar la gracia y la justicia a todoslos hombres que se hubieran manchado con algún pecado mortal, aun a aquellos que hubieran pedido ser lavados por el sacramento del bautismo, a fin de que, rechazada y enmendada la pervesidad, detestaran tamaña ofensa de Dios con odio del pecado y dolor de su alma» (D. 894).
Es evidente que sin un movimiento voluntario de volverse a Dios es imposible que pueda justificarse el pecador que voluntariamente se apartó de Él.
«Volveos a Mi, dice el Señor, y yo me volveré a vosotros (Zac. 1,3).
La penitencia es arrepentimiento, vuelta a Dios.

Por el pecado nuestra voluntad se aparta de Dios voluntariamente, para poner su amor en alguna criatura, y esto es una gravísima ofensa a Dios.
Por los siguientes textos claros y explícitos de la Sagrada Escritura y principalmente en el dolor y arrepentimiento de los pecados, no en el simple cambio de vida o mutación del consejo anterior.
— El sacrificio grato a Dios es un corazón contrito.
Tu, ¡oh Dios!, no desdeñas un corazón contrito y humillado (Sal. 5, 19).
— Dice el Señor:
Convertíos a Mi en todo corazón, en ayuno, en llanto y en gemido. Rasgad vuestros corazones, no vuestras vestiduras, y convertíos al Señor, vuestro Dios, que es clemente y misericordioso, tardo a la ira y rico en misericordia y se arrepiente en castigar (Joel. 2, 12-13).
— Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hech. 2, 38).
Dios siempre quiere que nos arrepintamos y volvamos a Él:
«iQuiero Yo acaso la muerte del impío, dice el Señor, y no más bien que se convierta y viva? (Ez. 18, 23),
y por el profeta Zacarías nos dice:
«Volveos a Mi… y Yo me volveré a vosotros» (1, 3).
El concilio de Trento «declara que esta contncion’ no solo contiene en si el cese del pecado y el propo-sito e iniciaci6n de una nueva vida, sino tambien elaborrecimiento de la vieja, conforme a aquello de Ezequiel (18,31):
«Arrojad de vosotros todas vuestras iniquidades en que habéis prevaricado y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo» (D. 897).
Para obtener el perdón es preciso que el pecador vuelva voluntariamente a Dios, reconozca su maldad y sienta verdadero dolor por haberle ofendido, le pida perdón con humildad y proponga firmemente no volver a ofenderle.
La virtud de la penitencia es la que nos inclina a aborrecer el pecado y a volver a Dios con corazón contrito. La misericordia de Dios nuestro Padre nos abre también sus brazos y nos admite de nuevo entre sus hijos.
«Si el malvado se retrae de su maldad y guarda todos mis mandamientos y hace lo que es recto y justo, vivirá y no morirá. Todos los pecados que cometió no le serán recordados; en la justicia que obró vivirá» (Ez. 18, 21-22).
Nos encontramos en tiempo de Cuaresma, tiempo de Penitencia, por lo cual a partir de hoy estaré publicando diariamente (hasta que termine dicho tiempo) información acerca de esta virtud, misma que será extraída de un pequeño libro del ya fallecido Padre Dr. Benjamín Martín Sánchez, Canónigo de la S.I. Catedral de Zamora.
A continuación una reseña breve de la vida de este gran sacerdote.
¿Quién fue el Padre Dr. Benjamín Martín Sánchez?
Don Benjamín (como era conocido) nació en Roelos de Sayago, el 17 de agosto de 1905. Estudió en el Seminario Conciliar de San Atilano de Zamora y en la Universidad Pontificia de Comillas. Obtuvo el doctorado en Teología y el Bachiller en Derecho Canónico. Fue ordenado sacerdote en Comillas, el 25 de julio de 1929 y desde entonces desempeñó los siguientes ministerios sacerdotales:
En agosto del año 2005, con motivo de su 100º cumpleaños, la Diócesis de Zamora aprovechó la oportunidad para dar gracias a Dios por la dilatada vida e intensa tarea pastoral, docente y publicista de este sacerdote zamorano natural de Roelos de Sayago. De esta manera, el 13 de agosto de 2005 se celebró en la iglesia de San Torcuato una eucaristía de acción de gracias por sus cien años de vida, presidida por el entonces obispo Casimiro López Llorente.
La tarde del martes 31 de julio de 2006 falleció en la Casa Sacerdotal “San José”, donde residía a los 101 años.
PRESENTACION
Con motivo de haber hecho un estudio reposado sobre la Constitución «Poenitemini» de Pablo VI, o sea, la Constitución Apostólica sobre la penitencia, me ha parecido oportuno, al reconocer la gran importancia que tiene para todo cristiano, y más teniendo en cuenta el desconocimiento que muchos tienen de ella, darla a conocer, empezando antes por hablar de la penitencia como virtud, de su valor, de su necesidad… y en especial de la contrición, de sus propiedades y clases, etc., terminando con el salmo «Miserere», «el acto de contrición que han repetido de siglo en siglo los pecadores arrepentidos».
No hay duda que este tema sobre la penitencia es de suma importancia, ya que, como nos dice el Concilio de Trento, «ni jamás ha creído la Iglesia de Dios que había camino más seguro para apartar el castigo inminente del Señor, que el frecuentar los hombres con verdadero dolor de su corazón estas obras de penitencia (San Mateo. 3, 28; 4, 17; 11, 21, etc.).
Añádase a esto, que cuando padecemos, satisfaciendo por lo pecados, nos asemejamos a Jesucristo que satisfizo por los nuestros… sacando también de esto una prenda cierta de que «si padecemos con Él, con Él seremos también glorificados» (Rom. 8, 17) (Ses. 14, c. 8).
Vivimos con la esperanza de que «todo lo podemos con la ayuda de Aquel que nos conforta» (Fil. 4,18 ).
Benjamin MARTIN SANCHEZ
Zamora, 21 noviembre 1987
LA PENITENCIA
LA PENITENCIA COMO VIRTUD
La penitencia puede considerarse como virtud y como sacramento, y para mayor inteligencia haremos notar que ambos aspectos están intimamente relacionados entre si, pues como virtud forma parte esencial del sacramento, ya que éste exige esos actos de virtud: la contrición o arrepentimiento, confesión y propósito de la enmienda, practicados por el penitente, sin los cuales la absolución o forma sacramental sería absolutamente inválida.
Vamos, pues, ahora a continuar la penitencia como virtud.
Según el Concilio de Trento, el primer acto de esta virtud es la contrición, o sea, «un intenso dolor y destestación del pecado cometido con propósito de no pecar en adelante». Debemos, pues dolernos y arrepentirnos de todo pecado, pero en cuanto es ofensa de Dios.
La penitencia cristiana, bien podemos decir, que no es otra cosa que reparación del pecado, y puede ser interna y externa.
La penitencia interna, es, como dice San Ambrosio, «el dolor del corazón y la amargura del alma por los pecados que se han cometido». Esta virtud de la penitencia siempre incluye la destestación del pecado. San Gregorio Magno lo dice así: «La verdadera penitencia consiste en llorar o detestar los pecados cometidos, y estos no volverlos a cometer.
Se llama también esta virtud conversión del pecador, porque por el pecado el hombre vuelve las espaldas a Dios y al cielo para ser de las criaturas, del diablo y del infierno; mas por la penitencia se convierte de nuevo al Señor su Dios, como el hijo pródigo volviéndose a su padre…
La penitencia externa consiste en las obras penosas, con las cuales satisfacemos nuestros pecados, tales son: ayunos, vigilias, cilicios, cualquiera mortificación corporal… Hay penitencias libremente impuestas, como son los ayunos, las limosnas…; otras necesariamente, es decir, las impuestas por la divina Providencia, pero con el espíritu de humildad aceptadas: como la enfermedad, el frío, el dolor, las cruces o duros trabajos, soportados con igualdad de ánimo para expiar nuestros pecados.
Una y otra penitencia, la interna y la externa, son buenas e impuestas por Jesucristo, pero aventaja la interna a la externa, como el alma aventaja al cuerpo, puesto que la penitencia interna es raíz de la externa, y sin ella todas las penitencias externas no tienen valor en orden a nuestra salvación…
La penitencia tiene como finalidad conducirnos a la reforma de una vida desordenada, al cambio completo de costumbres disolutas y dominio de nuestras pasiones…
La penitencia es una muerte que no priva de la vida; mata el hombre de pecado, sacrifica los apetitos de carne, y los sacrifica a Dios… Mortificar no es matar, sino amortiguar los instintos rebeldes de nuestra naturaleza, sofocar los estímulos de la sensualidad y del amor propio, reprimir las inclinaciones y movimientos desordenados de nuestro corazón, moderarlos y gobernarlos según la voluntad de Dios.
Penitencia (poenitentia) designa:
1º Una virtud.
2º Un sacramento de la Nueva Ley.
3º Un castigo canónico infligido según la primitiva disciplina de la Iglesia.
4º Una obra de satisfacción impuesta al receptor del sacramento.
Estos significados tienen como centro común la verdad de que quien peca debe arrepentirse y hasta donde sea posible reparar ante la justicia divina.
El arrepentimiento, es decir, el dolor de corazón con el firme propósito de no pecar más, es así la primera condición de la que depende el valor de todo cuanto el pecador pueda hacer o sufrir como expiación.
El Sacramento de la Penitencia es objeto de otro artículo; en éste trataremos únicamente de la penitencia considerada como virtud.
Penitencia es una virtud moral sobrenatural por la cual el pecador se dispone al odio del pecado como ofensa contra Dios y al firme propósito de enmienda y satisfacción. El acto principal en el ejercicio de esta virtud es la detestación del pecado, no como pecado en general ni como pecado que otros cometen, sino del propio pecado. El motivo de tal detestación es que el pecado ofende a Dios; lamentar las malas acciones a causa del sufrimiento mental o físico, del rechazo social o de la acción de la justicia humana que comportan es algo natural; pero esta pena no basta para la penitencia.
Por otra parte, la resolución de corregirse, aunque ciertamente necesaria, no basta por sí misma, es decir, sin aversión al pecado ya cometido; como resolución podría efectivamente resultar carente de sentido; se declararía la obediencia a la ley de Dios en el futuro sin hacer caso al clamor de la justicia divina sobre la transgresión pasada.
“Convertíos, y haced penitencia por todas vuestras iniquidades… deshaceos de todas vuestras transgresiones… renovad vuestro corazón y vuestro espíritu” (Ez 18,30-31; Jl 2,12; Jr 8,6). En el mismo espíritu San Juan Bautista exhortaba a sus oyentes: “Haced frutos dignos de penitencia” (San Mateo 3,8). Semejante es la enseñanza de Cristo expresada en las parábolas del hijo pródigo y del fariseo y publicano, en tanto que la Magdalena, que “limpiaba sus pecados con sus lágrimas”, ha sido para todos los tiempos la imagen típica del pecador arrepentido.
Los teólogos, siguiendo la doctrina de Santo Tomás (Summa, III, Q. lxxxv, a. 1), consideran la penitencia verdaderamente como una virtud, aunque han discutido bastante sobre el lugar que ocupa entre las virtudes. Algunos la clasifican con la virtud de la caridad, otros con la virtud de la religión, otros incluso como una parte de la justicia. Cayetano parece considerarla como perteneciente a las tres; pero muchos teólogos concuerdan con Santo Tomás (ídem., a.2) que la penitencia es una virtud distinta (virtus specialis). La detestación del pecado es un acto loable, y en la penitencia esta detestación procede de un motivo especial: porque el pecado ofende a Dios (cf. De Lugo “De paenitentiae virtute”; Palmieri, “De paenitentia”, Roma, 1879, ths. I-VII).
El Concilio de Trento declaró expresamente (Sesión XIV, c.i) que la penitencia era necesaria en toda ocasión para la remisión del pecado grave.
Los teólogos han debatido si esta necesidad proviene de un mandamiento positivo de Dios o independientemente de cualquier precepto positivo. El peso de la autoridad está a favor de esta última opinión; además, los teólogos manifiestan que en el orden presente de la Divina Providencia el mismo Dios no puede perdonar pecados si no hay arrepentimiento real (Sto. Tomás, III:86:2; Cayetano, ídem; Palmieri, op.cit. tesis VII).
En la Antigua Ley (Ez, 18, 24) la vida se deniega al hombre que comete iniquidad; incluso “el bien que haya hecho no quedará memoria”; y Cristo reitera la doctrina del Antiguo Testamento, diciendo (Lc, 13, 5): “si no hacéis penitencia, todos pereceréis igualmente”.
En la Nueva Ley, por tanto, el arrepentimiento es tan necesario como lo era en la Antigua, arrepentimiento que incluye cambio de vida, dolor por los pecados y seria intención de reparar. En la economía salvífica cristiana este acto de arrepentimiento ha sido sometido por Cristo al juicio y jurisdicción de su Iglesia, cuando se trata del pecado cometido después de la recepción del Bautismo (Concilio de Trento, sesión XIV, c.i), y la Iglesia actuando en el nombre de Cristo no sólo declara que los pecados son perdonados, sino que los perdona actual y judicialmente, si el pecador ya arrepentido somete sus pecados al poder de las llaves y está dispuesto a cumplir una adecuada satisfacción por el mal que ha hecho.
Nihil Obstat, March 1, 1907.
Remy Lafort, S.T.D.,
Censor Imprimatur
+John Cardinal Farley,
Archbishop of New York
Tomado de:
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
The Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
«Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que durante cinco meses en el primer sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme, les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación.» ( Revelada por la Santísima Virgen María a la Hermana Lucía, vidente de Fátima, el 10 de diciembre de 1925 en Pontevedra -España-)
La práctica de esta devoción consiste en lo siguiente:
1. Confesión, que puede hacerse durante la semana.
2. La Comunión el mismo sábado.
3. Rezar una parte del santo Rosario.
4. Hacer compañía a la Virgen durante un cuarto de hora meditando o pensando en los misterios del Rosario.
5. Hacer esto durante cinco primeros sábados de mes sin interrupción.
Todo ello con la intención de consolar, honrar y desagraviar a la Santísima Virgen por las blasfemias y ofensas que se cometen contra su Corazón Inmaculado Corazón:
1. Las blasfemias y ofensas contra su Concepción Inmaculada.
2. Las blasfemias y ofensas contra su virginidad perpetua.
3. Los que niegan su maternidad divina y la rechazan como Madre de todos los hombres.
4. Los que infunden en los niños el desprecio y hasta el odio hacia esta Madre Inmaculada.
5. Los que profanan sus sagradas imágenes.
Tomado de: http://santa-maria-reina.blogspot.com
¡Dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! vednos postrados ante vuestro altar, para reparar con especiales homenajes de honor la frialdad indigna de los hombres y las injurias que en todas partes hieren vuestro amantísimo Corazón.
El divino Salvador escogió el primer viernes de cada mes, como día especialmente consagrado a honrar su Smo. Corazón, diciendo a Santa Margarita María Alacoque: “Comulgarás todos los primeros viernes de cada mes”.
Y, para obligarnos en cierto modo a práctica tan santa y tan de su agrado, hizo a la misma Santa Margarita aquel favor regaladísimo que se conoce con el nombre de LA GRAN PROMESA. en estos términos:
“Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor todopoderoso concederá a todos los que comulgaren los nueve primeros viernes de mes consecutivos la gracia de la penitencia final: no morirán en mi desgracia, ni sin recibir los Santos Sacramentos, haciéndose mi divino Corazón su asilo seguro en aquélla última hora”.
En esta tan consoladora promesa, el Sacratísimo Corazón de Jesús, nos promete:
1º La gracia de la perseverancia final, don verdaderamente inefable, como dice el Concilio Tridentino,
2º La dicha de tener por asilo y refugio en aquella última hora el Corazón del que nos va a juzgar…
Que todo es lo mismo que asegurar nuestra eterna salvación.
¡Bien puedes ahora gloriarte de tener la salvación en tu mano: no tendrá excusa ninguna si te pierdes!
¿Con qué condiciones? Se necesita para ganar esta gracia:
1º Comulgar nueve primeros viernes de mes seguidos y sin interrupción;
2º Comulgar con intención de honrar al Sagrado Corazón y de alcanzar la gracia de la perseverancia final;
3º Comulgar con deseos y propósito de servir siempre al Señor.
De modo que no valen ocho primeros viernes de mes, ni valen nueve primeros domingos de mes, aunque la fiesta del primer viernes se traslade al domingo, ni valen ocho primeros viernes con un primer domingo… Además, han de ser seguidas las comuniones, de tal suerte que una interrupción inutilizaría toda la práctica, y habría que volver a comenzarla.
Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com
En esta ocasión queremos fijar nuestra atención en la reparación y expiación que, por los pecados que se cometen entre los excesos de la Nochevieja, deberían inaugurar el Nuevo Año. Desgraciadamente, nuestra actual sociedad paganizada es propicia para toda clase de licencias y de desórdenes con pretexto de celebrar el cambio anual del calendario (realmente nunca falta un pretexto para la disipación en cualquier época del año). En lugar de pasar sanamente, en familia o entre amigos la noche de la Octava de Navidad, haciendo balance, divirtiéndose honestamente y formulando buenos propósitos, la mayoría se aturde y se deja llevar por el desenfreno que propicia el consumo excesivo de alcohol y la desinhibición. Es lamentable ver al día siguiente los efectos de ello: accidentes, vandalismo, gamberrismo, gente tirada por las calles en medio de borracheras o víctima de la delincuencia… Es evidente que en Nochevieja es cuando se ofende a Dios con mayor intensidad.
Las almas consagradas, las almas santas y las piadosas emplean las primeras horas del primer día del año en recogimiento y en vela, rezando por los que no piensan en Dios, lo apartan de sus vidas y lo ignoran completamente; por los que, aun creyentes de buena voluntad, se dejan arrastrar por la corriente hedonista; por los que, débiles frente a los enemigos del alma, sucumben a sus innumerables tentaciones en el ambiente propicio de estas calendas. Es claro, cuando se empieza por olvidar que el 1º de enero es el que cierra la Octava de Navidad mediante la conmemoración de la Maternidad Divina y de la Circuncisión del Niño Jesús, cuando las Festividades Natalicias son consideradas simplemente “Fiestas” y ocasión para desplegar el ocio (pero no el otium nobile que invita a la contemplación y el enriquecimiento personal, sino la simple disposición de tiempo libre para darse al aturdimiento de los sentidos), entonces no es de sorprender que lo que debería ser una fructífera renovación personal y social se convierta en el vehículo de toda clase de desórdenes morales y materiales, que abocan a la ruina espiritual y social.
El 1º de enero es una fecha propicia para entrar en uno mismo y unirse a todos aquellos que reparan y expían con sus oraciones, sacrificios y penitencias por los innumerables pecados que se cometen durante esa noche. La liturgia romana nos ofrece un bellísimo medio en los Siete Salmos Penitenciales, que es oportuno recitar o cantar frente al Santísimo manifiesto. De este modo se comienza el año cristianamente, como se ha acabado el anterior cuando el 31 de diciembre se ha dado gracias a Dios por todos los beneficios recibidos de su inmensa Bondad. Con las mismas palabras inspiradas por el Espíritu Santo al Rey Salmista, con lo que es verdaderamente Palabra de Dios, nos dirigimos a la Palabra Encarnada para que nos otorgue el perdón por tantas ofensas. A esos salmos se les puede añadir laudablemente las Letanías de los Santos, con lo cual, al mismo tiempo que expiamos, hacemos impetración a Dios por intercesión de la Santísima Virgen, los Ángeles y los Santos del Cielo, para que nos ayuden en la nueva andadura anual con su ejemplo y su mediación. Deseando a nuestros lectores un 2010 lleno de las copiosas bendiciones del Cielo, nos despedimos con el texto sea de los siete Salmos Penitenciales que de las Letanías de los Santos.
Se concede indulgencia plenaria, aplicable sólo a las almas del purgatorio, a los fieles cristianos que, el día en que se celebra la Conmemoración de todos los fieles difuntos, visiten piadosamente una iglesia u oratorio.
Dicha indulgencia podrá ganarse o en el día antes indicado o, con el consentimiento del Ordinario, el domingo anterior o posterior, o en la solemnidad de Todos los Santos.
En esta piadosa visita, se debe rezar un Padrenuestro y Credo.
Tomado de: