MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 22-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN XXII

In propia venit, et sui eum non receperunt.

Vino a lo que era suyo, y los suyos no lo recibieron.

SAN FRANCISCO DE ASÍS, FRANCISCO DE ZURBARÁN.

SAN FRANCISCO DE ASÍS, FRANCISCO DE ZURBARÁN.

Andaba en estos días de Navidad San Francisco de Asís gimiendo y suspirando por caminos y selvas, con gemidos inconsolables, preguntando por causa, respondió: Y ¿cómo queréis que no llore, viendo que el amor no es amado? Veo un Dios casi fuera de si por amor de los hombres, y a los hombres tan ingratos con este Dios. Si tanto afligía esta ingratitud de los hombres al corazón de San Francisco, consideremos cuánto más afligiría al Corazón de Jesucristo. Apenas concebido en el seno de María, vio la cruel correspondencia que había de recibir de los hombres. Había venido del cielo a encender el fuego del divino amor, y este solo deseo le había hecho descender a la tierra a sufrir un abismo de penas e ignominias: Fuego vine echar sobre la tierra, y ¿qué quiero, si ya prendió? Y después veía el abismo de pecados que cometerían los hombres a pesar de haber sido testigos de tantas pruebas de su amor. Esto fue, dice San Bernardino de Siena, lo que le hizo padecer infinito dolor. Aún entre nosotros, el verse alguno tratado ingratamente por otro es insufrible dolor, pues como expone el Beato Simón de Casia, la ingratitud frecuentemente aflige al alma más que cualquier otro dolor al cuerpo. ¿Qué dolor, pues, ocasionaría a Jesús, que era nuestro Dios, ver que, por nuestra ingratitud, sus beneficios y sus amor habían de ser pagados con disgustos e injurias? Mal, en cambio de bien, me devolvieron, – y odio por amor. Y hasta aun hoy día parece que van lamentándose Jesucristo: Fui para mis hermanos extranjero, pues ve que no es amado ni conocido de muchos, como si no les hubiera hecho bien alguno ni hubiera padecido nada por su amor.

¡Oh Dios!, y ¿qué caso hacen, aun al presente, tantos cristianos del amor de Jesucristo? Apareciese en cierta ocasión el Redentor al Beato Enrique Suson a modo de peregrino que andaba mendigando de puerta en puerta quien le hospedara un poquillo, y todos lo despedían, con injurias y villanías. ¡Cuantos, por desgracia, hay semejantes a aquellos de quienes habla Job: Ellos, que decían a Dios: ¡Apártate de nosotros! Pues ¿qué podía hacerles Sadday, – ya que el había henchido su casa de ventura? Nosotros aunque en lo pasado nos hayamos unido a estos ingratos, ¿querremos continuar con nuestra ingratitud en lo futuro? no, que no se merece esto amable niño que vino del cielo a padecer y morir por nosotros para que le amasemos.

Afectos y súplicas

Luego ¿será verdad, Jesús mío, que bajasteis del cielo para haceros amar de mí, que vinisteis a abrazaros con vida trabajosa y muerte de cruz por amor mío y para que os acogiese en mi corazón, y yo os haya tantas veces arrojado de mi exclamando: Apártate de mi, Señor, que no te quiero? ¡Oh Dios!, si no fueseis bondad infinita ni hubieseis dado la vida para perdonarme, no me atrevería a pediros perdón; pero oigo que vos mismo me brindáis la paz: Volveos a mí, dice Yahveh Sebaot, y yo me volveré a vosotros. Vos mismo, Jesús mío, que sois el ofendido por mí, os hacéis mi intercesor: y El es propiciación por nuestros pecados. No quiero, pues, haceros este nuevo agravio de desconfiar de vuestra misericordia. Me arrepiento con toda el alma de haberos despreciado, ¡oh sumo Bien!; dignaos recibirme en vuestra gracia por aquella sangre derramada por mi, Padre…, no soy ya digno de llamarme hijo tuyo. No, redentor y Padre mío, no soy digno de ser hijo vuestro, por haber tantas veces renunciado a vuestro amor; mas vos me hacéis digno con vuestros merecimientos. Gracias Padre mío, gracias; os amo. ¡Ah, que él solo pensamiento de la paciencia con que me sufristeis por tantos años y de las gracias que me dispensasteis, después de todas las injurias que os hice, debiera hacerme vivir siempre ardiendo en las llamas de vuestro amor! Venid, pues, Jesús mío, que no quiero desecharos mas; venid a habitar en mi pobre corazón. Os amo y quiero amaros siempre, y vos inflamadme siempre mas con el recuerdo del amor que me tuvisteis.

Reina y Madre mía, María, ayudadme, rogad a Jesús por mi; hacedme vivir, en lo que me restare de vida, agradecido al Dios que tanto me amo, después de haberle tanto ofendido.

Tomado de:

http://radiocristiandad.wordpress.com/

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