MEDITACIONES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO – DÍA 7-

DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

MEDITACIÓN VII

DESEO QUE TUVO JESÚS DE PADECER POR NOSOTROS

Baptismo habeo baptizari; et quomodo coarctor usquedum perficiatur 15.

Con bautismo tengo que ser bautizado, y ¡qué angustias las mías hasta que se cumpla!

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LA ÚLTIMA CENA, GIOTTO.

I. Podía Jesús salvarnos sin padecer, pero no lo hizo, sino que quiso abrazarse con vida de dolores y desprecios, privada de todo consuelo terreno y abocada a muerte amarguísima y desolada, sólo para darnos a entender el amor que nos tenía y el deseo que le consumía de que le amaramos. Paso toda la vida suspirando por la hora de la muerte, que deseaba ofrecer a Dios para alcanzarnos la salvación eterna.

Tal deseo le hizo exclamar: Con bautismo tengo que ser bautizado, y ¡qué angustias las mías hasta que se cumpla! Deseaba ser bautizado con su misma sangre para lavar, no ya los suyos, sino nuestros pecados.

¡Oh amor infinito, desgraciado quien no os conoce ni os ama!

II. Este deseo le hizo decir después, en la noche anterior a su muerte: Con deseo desee comer esta Pascua con vosotros. Con tales palabras patentizaba no haber tenido más deseo en su vida que ver llegar el tiempo de su pasión y su muerte, para que el hombre conociera el amor inmenso que le tenía.

¡Oh Jesús!, si tanto deseáis nuestro amor que para alcanzarlo no titubeasteis en morir, ¿cómo podría yo negar nada a quien por amor mío entrego sangre y vida?

III. Dice San Buenaventura que es cosa maravillosa ver a un Dios padecer por amor a los hombres, pero que es aun más maravilloso considerar cómo los hombre que lo ven padecer tanto por su amor, tiritar de frio en la gruta, vivir como pobre artesano en un taller, morir como reo en una cruz, no se sienten abrasados de amor hacia un Dios tan amante, y hasta llegan a despreciar este amor por miserables placeres terrenos. Mas ¿cómo será posible que un Dios esté tan enamorado de los hombres, y que los hombres, tan agradecidos entre sí, sean tan ingratos para con Dios?

¡Ah Jesús mío!, que entre estos ingratos me hallo yo, pobre de mí. Decidme cómo pudisteis padecer tanto por mí, sabiendo las injurias con que os habría de atribular. Pero, ya que me soportasteis hasta el presente y queréis salvarme, infundidme profundo dolor de mis pecados, dolor que iguale a mis ingratitudes. Odio y detesto profundamente, Señor mío, los disgustos que os he dado. Si en lo pasado desprecie vuestra gracia, ahora la estimo más que todos los reinos de la tierra. Os amo con toda el alma, ¡Oh Dios! digno de infinito amor, y deseo vivir solo para amaros. Acrecentad estas llamas y dadle más amor. Recordadme siempre el amor que me tuvisteis, para que mi corazón arda siempre en amor por vos como el vuestro arde en amor por mi.- Corazón ardoroso de María, abrasad mi pobre corazón en el fuego del Santo amor.

Tomado de:

http://radiocristiandad.wordpress.com/

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