Del
SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO
(PARA ADULTOS)
Por el Reverendo padre Alfonso Gálvez Morillas
¡IMPERDIBLE!
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(PARA JÓVENES)
DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
DESEO QUE TUVO JESÚS DE PADECER POR NOSOTROS
Baptismo habeo baptizari; et quomodo coarctor usquedum perficiatur 15.
Con bautismo tengo que ser bautizado, y ¡qué angustias las mías hasta que se cumpla!
LA ÚLTIMA CENA, GIOTTO.
I. Podía Jesús salvarnos sin padecer, pero no lo hizo, sino que quiso abrazarse con vida de dolores y desprecios, privada de todo consuelo terreno y abocada a muerte amarguísima y desolada, sólo para darnos a entender el amor que nos tenía y el deseo que le consumía de que le amaramos. Paso toda la vida suspirando por la hora de la muerte, que deseaba ofrecer a Dios para alcanzarnos la salvación eterna.
Tal deseo le hizo exclamar: Con bautismo tengo que ser bautizado, y ¡qué angustias las mías hasta que se cumpla! Deseaba ser bautizado con su misma sangre para lavar, no ya los suyos, sino nuestros pecados.
¡Oh amor infinito, desgraciado quien no os conoce ni os ama!
II. Este deseo le hizo decir después, en la noche anterior a su muerte: Con deseo desee comer esta Pascua con vosotros. Con tales palabras patentizaba no haber tenido más deseo en su vida que ver llegar el tiempo de su pasión y su muerte, para que el hombre conociera el amor inmenso que le tenía.
¡Oh Jesús!, si tanto deseáis nuestro amor que para alcanzarlo no titubeasteis en morir, ¿cómo podría yo negar nada a quien por amor mío entrego sangre y vida?
III. Dice San Buenaventura que es cosa maravillosa ver a un Dios padecer por amor a los hombres, pero que es aun más maravilloso considerar cómo los hombre que lo ven padecer tanto por su amor, tiritar de frio en la gruta, vivir como pobre artesano en un taller, morir como reo en una cruz, no se sienten abrasados de amor hacia un Dios tan amante, y hasta llegan a despreciar este amor por miserables placeres terrenos. Mas ¿cómo será posible que un Dios esté tan enamorado de los hombres, y que los hombres, tan agradecidos entre sí, sean tan ingratos para con Dios?
¡Ah Jesús mío!, que entre estos ingratos me hallo yo, pobre de mí. Decidme cómo pudisteis padecer tanto por mí, sabiendo las injurias con que os habría de atribular. Pero, ya que me soportasteis hasta el presente y queréis salvarme, infundidme profundo dolor de mis pecados, dolor que iguale a mis ingratitudes. Odio y detesto profundamente, Señor mío, los disgustos que os he dado. Si en lo pasado desprecie vuestra gracia, ahora la estimo más que todos los reinos de la tierra. Os amo con toda el alma, ¡Oh Dios! digno de infinito amor, y deseo vivir solo para amaros. Acrecentad estas llamas y dadle más amor. Recordadme siempre el amor que me tuvisteis, para que mi corazón arda siempre en amor por vos como el vuestro arde en amor por mi.- Corazón ardoroso de María, abrasad mi pobre corazón en el fuego del Santo amor.
Tomado de:
DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
LA CONSIDERACIÓN DE NUESTROS PECADOS AFLIGIÓ A JESÚS DESDE EL SENO DE SU MADRE
Dolor meus in conspectu meo semper. (1)
Mi dolor está siempre ante mí.
LA VISITACIÓN, HERMANOS LIMBOURG.
I. Todas las aflicciones e ignominias que padeció Jesucristo en vida y en muerte, todas le estuvieron presentes desde el primer momento de su existencia, y a cada instante las ofrecía todas en satisfacción de nuestros pecados. Reveló el Señor a un siervo suyo que cada pecado de los hombres le causó en vida tanto dolor, que hubiera bastado a quitársela, si no la hubiese conservado para sufrir aun mas.
He aquí, pues, Jesús mío, la hermosa correspondencia que habéis recibido de los hombres, y en especial de mi. Vos empleasteis treinta años de vida en mi salvación, y yo tantas veces busque, en cuanto de mi dependía, haceros morir de dolor siempre que pecaba.
II. Escribe San Bernardino de Siena que Jesucristo veía en particular cada una de nuestras culpas. Esta consideración de nuestros pecados le continuó afligiendo profundamente desde que era niño. Y Santo Tomás añade que el conocimiento que tenía de la injuria que todo pecado hace a su Padre y el perjuicio que a nosotros nos causa, excedió al dolor de todos los pecadores contritos, incluso al de aquellos que murieron por la violencia de su contrición; y la explicación es que ningún pecador amo tanto a Dios y a la propia alma cuanto Jesucristo amó a su Padre y a nuestras almas.
Pues bien, Jesús mío, ya que nadie me amó más que vos, justo es que os ame más que a todos los demás; y hasta puedo decir que tan sólo vos me amasteis y que yo no quiero amar más que a solo vos.
III. La agonía que sufrió Jesús en el huerto de los Olivos a vista de nuestras culpas, que se había encargado de expiar, la padeció desde el seno de su Madre. Por eso, si la vida de Jesucristo fue una aflicción continuada a causa de nuestros pecados, estamos obligados, mientras vivamos, a no afligirnos de otro mal que de las culpas que hayamos cometido.
Amado Redentor mío, quisiera morir de dolor al pensar en las amarguras con que os he acibarado la vida. Amor mío, si me amáis, dadme tal dolor que me cause la muerte, para alcanzar así el perdón y la gracia de amaros con todas mis fuerzas. Os entrego por completo el corazón, y si no sé dároslo enteramente, tomadlo vos e inflamadlo en vuestro santo amor.- ¡Oh Abogada de los miserables, María, a vos me encomiendo!
(1)Salmo 37,18.
Tomado de:
GRAN PROMESA DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA
«Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que durante cinco meses en el primer sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme, les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación.» ( Revelada por la Santísima Virgen María a la Hermana Lucía, vidente de Fátima, el 10 de diciembre de 1925 en Pontevedra -España-)
La práctica de esta devoción consiste en lo siguiente:
1. Confesión, que puede hacerse durante la semana.
2. La Comunión el mismo sábado.
3. Rezar una parte del santo Rosario.
4. Hacer compañía a la Virgen durante un cuarto de hora meditando o pensando en los misterios del Rosario.
5. Hacer esto durante cinco primeros sábados de mes sin interrupción.
Todo ello con la intención de consolar, honrar y desagraviar a la Santísima Virgen por las blasfemias y ofensas que se cometen contra su Corazón Inmaculado Corazón:
1. Las blasfemias y ofensas contra su Concepción Inmaculada.
2. Las blasfemias y ofensas contra su virginidad perpetua.
3. Los que niegan su maternidad divina y la rechazan como Madre de todos los hombres.
4. Los que infunden en los niños el desprecio y hasta el odio hacia esta Madre Inmaculada.
5. Los que profanan sus sagradas imágenes.
Tomado de:
¡Dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! vednos postrados ante vuestro altar, para reparar con especiales homenajes de honor la frialdad indigna de los hombres y las injurias que en todas partes hieren vuestro amantísimo Corazón.
El divino Salvador escogió el primer viernes de cada mes, como día especialmente consagrado a honrar su Smo. Corazón, diciendo a Santa Margarita María Alacoque: “Comulgarás todos los primeros viernes de cada mes”.
Y, para obligarnos en cierto modo a práctica tan santa y tan de su agrado, hizo a la misma Santa Margarita aquel favor regaladísimo que se conoce con el nombre de LA GRAN PROMESA. en estos términos:
“Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor todopoderoso concederá a todos los que comulgaren los nueve primeros viernes de mes consecutivos la gracia de la penitencia final: no morirán en mi desgracia, ni sin recibir los Santos Sacramentos, haciéndose mi divino Corazón su asilo seguro en aquélla última hora”.
En esta tan consoladora promesa, el Sacratísimo Corazón de Jesús, nos promete:
1º La gracia de la perseverancia final, don verdaderamente inefable, como dice el Concilio Tridentino,
2º La dicha de tener por asilo y refugio en aquella última hora el Corazón del que nos va a juzgar…
Que todo es lo mismo que asegurar nuestra eterna salvación.
¡Bien puedes ahora gloriarte de tener la salvación en tu mano: no tendrá excusa ninguna si te pierdes!
¿Con qué condiciones? Se necesita para ganar esta gracia:
1º Comulgar nueve primeros viernes de mes seguidos y sin interrupción;
2º Comulgar con intención de honrar al Sagrado Corazón y de alcanzar la gracia de la perseverancia final;
3º Comulgar con deseos y propósito de servir siempre al Señor.
De modo que no valen ocho primeros viernes de mes, ni valen nueve primeros domingos de mes, aunque la fiesta del primer viernes se traslade al domingo, ni valen ocho primeros viernes con un primer domingo… Además, han de ser seguidas las comuniones, de tal suerte que una interrupción inutilizaría toda la práctica, y habría que volver a comenzarla.
Tomado de:
DESAUTORIZA EL USO QUE HIZO KASPER DEL TEXTO
Su Santidad Benedico XVI, papa emérito, ha redactado de nuevo las conclusiones de un artículo que escribió en 1972 y que el cardenal Kasper había citado en apoyo a sus propias tesis sobre la comunión de los divorciados vueltos a casar. De esa manera, desautoriza al cardenal alemán que pretendía usar su figura para sostener una postura contraria al magisterio de la Iglesia, que Joseph Ratzinger defendió como cardenal y como Papa.
3/12/14 3:23 PM |
(Sandro Magister/Chiesa.espresso/InfoCatólica) En la Opera Omnia Ratzinger está volviendo a publicar – con la ayuda del prefecto de la congregación para la doctrina de la fe, Gerhard Ludwig Müller – todos sus escritos teológicos, agrupados por tema. En el último de los nueve volúmenes publicados hasta ahora en alemán, de casi 1000 páginas y titulado «Introducción al cristianismo. Profesión, bautismo, seguimiento» ha encontrado su lugar un artículo de 1972 sobre la cuestión de la indisolubilidad del matrimonio, publicado ese año en Alemania en un libro escrito por varios autores sobre matrimonio y divorcio.
Ese artículo de Ratzinger de 1972 fue desempolvado el mes de febrero pasado por el cardenal Walter Kasper en el informe con el que introdujo el consistorio de los cardenales convocado por el papa Francisco para debatir sobre el tema de la familia, en vista del sínodo de los obispos programado para octubre.
Apoyando la admisión a la comunión eucarística de los divorciados que se han vuelto a casar, Kasper dijo:
«La Iglesia de los orígenes nos da una indicación que puede servir, a la que ya hizo mención el profesor Joseph Ratzinger en 1972. […] Ratzinger sugirió retomar de manera nueva la posición de Basilio. Parecería una solución apropiada, que está también en la base de mis reflexiones». Efectivamente, en ese artículo de 1972, el entonces profesor de teología de Ratisbona, que contaba cuarenta y cinco años de edad, sostenía que dar la comunión a los divorciados vueltos a casar, en condiciones particulares, parecía estar «plenamente en línea con la tradición de la Iglesia» y en particular con «ese tipo de indulgencia que surge en Basilio donde, después de un periodo continuo de penitencia, al ‘bigamus’ (es decir, a quien vive en un segundo matrimonio) se le concede la comunión sin la anulación del segundo matrimonio: con la confianza en la misericordia de Dios, que no deja sin respuesta la penitencia».
En ese artículo de 1972 fue la primera y la última vez que Ratzinger se «abrió» a la comunión a los divorciados y vueltos a casar. De facto, seguidamente no sólo se adhirió en pleno a la posición de prohibición de la comunión, reafirmada por el magisterio de la Iglesia durante el pontificado de san Juan Pablo II, sino que contribuyó de manera determinante, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, también a la argumentación de dicha prohibición.
Contribuyó sobre todo firmando la carta a los obispos del 14 de septiembre de 1994, con la cual la Santa Sede rechazaba las tesis favorables a la comunión a los divorciados vueltos a casar sostenidas en los años precedentes por algunos obispos alemanes, entre ellos Kasper.
Y, seguidamente, con un texto de 1998 publicado por la Congregación para la Doctrina de la Fe y vuelto a publicar por «L’Osservatore Romano» el 30 de noviembre de 2011: La pastoral del matrimonio debe fundarse en la verdad
Sin contar que sucesivamente, como Papa, volvió a confirmar y motivó varias veces la prohibición de la comunión en el marco de la pastoral para los divorciados vueltos a casar.
Por consiguiente, no es causa de asombro que Ratzinger haya considerado inapropiada la cita que de su artículo de 1972 hizo el pasado febrero el cardenal Kasper para apoyar sus tesis, como si nada hubiera sucedido después de ese año.
De aquí la decisión tomada por Ratzinger, al volver a publicar su artículo de 1972 en la Opera Omnia, de reescribir y ampliar la parte final del mismo, alineándola con su pensamiento sucesivo y actual.
En el siguiente enlace pueden leer la traducción de la nueva parte final del artículo, tal como aparece en el volumen de la Opera Omnia, desde hace poco en las librerías, entregado a la imprenta por el Papa emérito Benedicto XVI en marzo de 2014. En la reedición de 2014 se precisa que «la contribución ha sido totalmente revisada por el autor».
Nuevo final del artículo de 1972, redactado de nuevo por Joseph Ratzinger en 2014
Tomado de:
DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
JESÚS HIZO CUANTO PUDO
Y TODO LO SUFRIÓ POR NOSOTROS
Dilexit me, et tradidit semetipsum pro me. (1)
Me amó, y se entregó por mí.
I. ¡Oh Jesús mío! si por mi amor abrazasteis vida penosa y muerte amarga, bien puedo decir que vuestra muerte es mía, que míos son vuestros dolores, míos vuestros meritos, mío vos mismo, ya que por mi os entregasteis a tanta suerte de padecimientos.
¡Ah Jesús mío!, la pena que mas me aflige es pensar en el tiempo en que erais mío, habiéndoos yo luego perdido tantas veces voluntariamente. Perdonadme, unidme a vos y no permitáis que os tenga que perder en adelante. Os amo con toda mi alma. Vos deseáis ser todo mío y yo quiero ser todo vuestro.
II. Por ser el Hijo de Dios, Dios verdadero, es infinitamente dichoso, y, con todo, tanto hizo y padeció por el hombre, que, según Santo Tomas, se diría no podía ser feliz sin el hombre. Si Jesucristo hubiera tenido que conquistarse en la tierra su propia felicidad, ¿que más hubiera podido hacer que cargar con todas nuestras debilidades, sufrir todas nuestras enfermedades y acabar la vida con muerte tan dura e infame? Pero no: El era inocente, era santo, era feliz por sí mismo, y cuanto hizo y padeció fue para obtenernos la gracia de Dios y el paraíso, que habíamos perdido.
¡Desgraciado quien no os ama, Jesús mío, ni vive enamorado de tan excelsa bondad!
III. Si Jesucristo nos hubiera permitido pedirle las mayores pruebas de su amor, ¿quién jamás hubiera osado pedirle se hiciera hombre como nosotros, abrazase nuestras miserias hasta troncarse en el más pobre, en el mas despreciado, en el mas maltratado de todos los hombres; hasta morir a puros tormentos en infame leño, maldito y abandonado de todo el mundo, hasta de su Padre Dios? Pero lo que nosotros no hubiéramos ni osado pensar, El lo pensó y ejecuto.
Amado Redentor mío, alcanzadme la gracia que con vuestra muerte me merecisteis. Os amo y me arrepiento de haberos ofendido; tomad mi alma, que no quiero la posea mas el demonio, sino vos, que la comprasteis con vuestra sangre. Vos solo amáis y a vos solo quiero amar. Libradme del castigo de vivir sin vuestro amor y después castigadme como os plazca.- María, Refugio mío, en la muerte de Jesús y en vuestra intercesión cifro mis esperanzas.
(1) Gálatas 2,20.
Tomado de:
Por el reverendo padre Mateo Crawley-Boevey
Las cinco peticiones del Corazón de Jesús
Ahí lo tenéis; miradlo con fe viva: ese es Jesús… En esa Hostia divina lo vio su sierva Margarita María…; desde ella oyó su voz arrobadora, sus lamentos, los sollozos de su Corazón, despedazado por los tormentos del amor y de la ingratitud humana… Ahí le tenéis; miradle: ese es Jesús, el Dios tierno, dulce y misericordioso de Paray-le-Monial. Transportémonos en espíritu a esa capillita humilde y misteriosa, y, en compañía de la predestinada Margarita María, con la frente en el polvo y con el alma henchida en fervores de cielo, adoremos a Jesucristo, que nos quiere hablar, en esta Hora Santa, de los anhelos, de las tristezas, de las victorias y de las divinas promesas de su Sagrado Corazón… ¡Ahí lo tenéis, miradlo con fe viva: ese es Jesús!
(Pausa)
(En este primer Viernes, el último del año, pedidle que perdone muchas faltas, muchas infidelidades, mucha tibieza; pero agradecedle, al mismo tiempo, en unión con María, el sinnúmero de gracias y mercedes con que os ha colmado su amable Corazón).
Voz de Jesús. (Primera petición: la Comunión reparadora). Levantad los ojos, hijitos míos, y aunque confundidos porque sois culpables, miradme sin recelo; no temáis, pues soy Jesús, que os ama perdonando…
Venid, quiero sentir el calor de vuestro abrazo; comulgad, en nombre, ¡ay!, de tantos que jamás comulgan… ¡Si supierais qué desolación inmensa siente mi alma cuando recorro los caminos frecuentados por los hombres, y, con la mano extendida como un mendigo, voy reclamando un corazón que se me niega!…
¡Y vuelvo entonces solo con mi angustia a mi Sagrario…, y me oculto en él, saboreando mil rechazos!…
¡Ah!, pero mi Corazón de Buen Pastor, jamás se desencanta de los hombres… Salgo nuevamente y ruego y suplico que se me brinde un hospedaje… A veces, al caer el día, destrozados ya mis pies, encuentro un niño, un pobre, que acepta un asiento en el banquete eucarístico… Almas queridas, es este desamor el que me hiere mortalmente… ¡Cuántos son los que viven una larga vida sin haber jamás saboreado las delicias de una Comunión!… La Hostia es, sin embargo, la herencia, el cielo anticipado y exclusivo de los hombres… Sigue leyendo
DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
FELICIDAD DE HABER NACIDO DESPUÉS DE LA REDENCIÓN
Y EN EL SENO DE LA VERDADERA IGLESIA
Ubi venit plenitudo temporis, misit Deus Filium Suum…,
ut eos, qui sub lege erant, redimeret.
Cuando vino la plenitud del tiempo, envió Dios desde
el cielo, de cabe si, a su propio Hijo… para rescatar a los
que estaban sometidos a la sanción de la ley.
I. ¡Cuánto debemos agradecer a Dios el habernos hecho nacer después de verificada la obra excelsa de la redención humana! Esto significa la expresión plenitudo temporis, el tiempo feliz por la plenitud de la gracia, que nos obtiene Jesucristo con su venida. ¡Pobres de nosotros sí, reos de tanto pecado cometido, hubiéramos vivido en la tierra antes de la venida de Jesucristo!
II. ¡En que miserable estado se hallaban los hombres antes de la venida del Mesías! El verdadero Dios apenas si era conocido en la Judea, al paso que en el resto del mundo reinaba la idolatría, de suerte que nuestros antepasados adoraban piedras, leños y demonios. Adoraban multitud de dioses, y el verdadero Dios no era por ellos amado ni conocido. Aun hoy en día, ¡cuántos países hay de escaso número de católicos, entre tanto y tanto infiel y hereje como ciertamente se pierden! ¡Cuán obligados estamos a Dios por habernos hecho nacer no tan solo después de la venida de Cristo, sino además en países donde reina la verdadera fe!
Gracias, Señor, por tan extraordinario beneficio. ¡Desgraciado de mi si, después de haber cometido tantos pecados, tuviere que vivir entre infieles y herejes! Reconozco, Dios mío, que me queréis salvar, y, a pesar de ello, ¡Cuantas veces me quise perder, al perder vuestra gracia! Tened compasión de mi alma, que tanto os costo, Redentor mío.
III. Envió Dios desde el cielo, de cabe si, a su propio Hijo, para rescatar a los que estaban sometidos a la sanción de la ley.- Peca, pues, el esclavo y con el pecado cae en poder del demonio, y acude su mismo Señor a rescatarlo con su muerte… ¡Oh amor inmenso, amor infinito de Dios para con el hombre! Por lo tanto, divino Redentor mío, si vos no me hubierais redimido con vuestra muerte, ¿qué habría sido de mi, que tantas veces merecí el infierno con mis pecados? Si vos, Jesús mío, no hubierais muerto por mí, os habría perdido para siempre, sin esperanza de recobrar ya mas vuestra gracia ni esperanza de ver un día en el cielo vuestro hermoso rostro.
Gracias, pues, querido Salvador mío, y un día, en el cielo espero agradecéroslo por toda la eternidad. Me arrepiento sobre todo otro mal de haberos despreciado en lo pasado; en adelante estoy resuelto a sufrir todas las penas y muertes antes que ofenderos; pero, como os traicione en lo pasado, puedo traicionaros también en lo por venir. ¡Ah, Jesús mío, no permitáis me separe de vos! Os amo, bondad infinita, y quiero amaros siempre en esta vida y por toda la eternidad. ¡Oh Reina y Abogada mía, María, tenedme siempre bajo vuestro amparo y libradme del pecado!
Tomado de:
DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
MOTIVOS DE CONFIANZA
EN LA ENCARNACION DEL VERBO
Quomodo non etiam cum illo omnia nobis donavit?
¿Cómo no justamente con El nos dará de gracia todas las cosas?
I. Considera, alma mía, cómo el Eterno Padre, dándonos a su querido Hijo por redentor, no podía facilitarnos motivos más poderosos de confianza en su misericordia ni mas fuertes para amar su infinita bondad, ya que no podía patentizarnos prueba más evidente del deseo que tiene de nuestro bien y del amor inmenso que nos tiene, pues dándonos su Hijo, no tiene ya más que darnos.
¡Oh Dios eterno, que todos los hombres alaben vuestra infinita caridad!
II. Habiéndonos Dios dado a su Hijo, a quien ama tanto como a sí mismo, ¿cómo habríamos de temer, dice el Apóstol, que nos rehusara cualquier gracia que le pidiéramos? El Dios que nos dio a Su Hijo, no nos negara el perdón de las ofensas que le hubiéramos hecho si las detestamos sinceramente; no os negara la gracia de resistir a las tentaciones cuando se lo pedimos; no nos negara el santo amor cuando lo deseamos; no nos negara, finalmente, el paraíso, con tal de que no nos hagamos indignos de él por el pecado. Jesús mismo nos lo asegura en estos términos: Si alguna cosa pidiereis al Padre, os la concederá en nombre mío.
Apoyado, por tanto, en esta promesa, Dios mío, os pido que por amor de vuestro Hijo Jesús me perdonéis cuanto os injurie. Dadme la santa perseverancia en vuestra gracia hasta la muerte. Dadme vuestra santo amor, que me desprenda de todo para amar sólo a vuestra infinita bondad. Dadme el paraíso, para que llegue a amaros allí con todas mis fuerzas y para siempre, sin temor de dejaros ya de amar.
III. Asegúranos, por fin, el Apóstol que, poseyendo a Jesucristo, tan ricos somos de todo bien, que no nos falta gracia alguna.
Si, Jesús mío, vos sois todo bien, vos solo me bastáis y por vos solo suspiro. Si en lo pasado os he alejado de mi por el pecado, me arrepiento ahora de ello con todo mi corazón. Perdonadme y volved a mí, Señor y si ya estáis conmigo, como lo espero, no os apartéis mas de mi, mejor diré, no permitáis que yo os vuelva a arrojar de mi alma. Jesús mío, Jesús mío, mi tesoro, mi amor, mi todo, os amo, os amo, os amo y quiero amaros siempre.- ¡Oh María, esperanza mía, haced que siempre ame a Jesús!
Tomado de:
Hablando de las intenciones que los Mass Media tienen sobre sus miles de receptores, he argumentado que ningunas de éstas llevan en sí ingenuidad, sino que tiene un cometido específico sobre el auditorio. De hecho, dos de los fines de estos Mass Media son formar e informar; y muchos de los patrones sociales de conducta se toman de lo que se percibe en Cine, Radio, Prensa, Televisión oInternet.
Quiero centrarme en una de las series televisivas que ha tenido, por casi cuatro décadas (desde 1971), un ratingimpresionante en nuestro país. Por lo mismo ha estandarizado como «normales» ciertos modelos de vida, mismos que son exportados al mundo y crean una falsa concepción del mexicano. Se trata de el Chavo del 8, producción del señor Roberto Gómez Bolaños.
Sermones
Hay que ofrecerse a Dios en sacrificio:
Os exhorto por la misericordia de Dios. Pablo, o, mejor dicho, Dios por boca de Pablo, nos exhorta porque prefiere ser amado antes que temido. Nos exhorta porque prefiere ser padre antes que señor. Nos exhorta Dios, por su misericordia, para que no tenga que castigarnos por su rigor.
Oye lo que dice el Señor: «Ved, ved en mí vuestro propio cuerpo, vuestros miembros, vuestras entrañas, vuestros huesos, vuestra sangre. Y si teméis lo que es de Dios, ¿por qué no amáis lo que es también vuestro? Si rehuís al que es Señor, ¿por qué no recurrís al que es padre?
»Quizá os avergüence la magnitud de mis sufrimientos, de los que vosotros habéis sido la causa. No temáis. La cruz, más que herirme a mí, hirió a la muerte. Estos clavos, más que infligirme dolor, fijan en mí un amor más grande hacia vosotros. Estas heridas, más que hacerme gemir, os introducen más profundamente en mi interior. La extensión de mi cuerpo en la cruz, más que aumentar mi sufrimiento, sirve para prepararos un regazo más amplio. La efusión de mi sangre, más que una pérdida para mí, es el precio de vuestra redención.
»Venid, pues, volved a mí, y comprobaréis que soy padre, al ver cómo devuelvo bien por mal, amor por injurias, tan gran caridad por tan graves heridas».
Pero oigamos ya qué es lo que nos pide el Apóstol: Os exhorto -dice-, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos. Este ruego del Apóstol promueve a todos los hombres a la altísima dignidad del sacerdocio. A presentar vuestros cuerpos como hostia viva.
Inaudito ministerio del sacerdocio cristiano: el hombre es a la vez víctima y sacerdote: el hombre no ha de buscar fuera de sí qué ofrecer a Dios, sino que aporta consigo, en su misma persona, lo que ha de sacrificar a Dios; la víctima y el sacerdote permanecen inalterados; la víctima es inmolada y continúa viva, y el sacerdote oficiante no puede matarla.
Admirable sacrificio, en el que se ofrece el cuerpo sin que sea destruido, y la sangre sin que sea derramada. Os exhorto -dice-, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.
Este sacrificio, hermanos, es semejante al de Cristo, quien inmoló su cuerpo vivo por la vida del mundo: él hizo realmente de su cuerpo una hostia viva, ya que fue muerto y ahora vive. Esta víctima admirable pagó su tributo a la muerte, pero permanece viva, después de haber castigado a la muerte. Por esta razón, los mártires nacen al morir, su fin significa el principio, al matarlos se les dio la vida, y ahora brillan en el cielo, cuando se pensaba haberlos suprimido en la tierra.
Os exhorto -dice-, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa. Es lo que había cantado el profeta: No quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo.
Sé, pues, oh hombre, sacrificio y sacerdote para Dios, no pierdas lo que te ha sido dado por el poder de Dios, revístete de la vestidura de la santidad, cíñete el cíngulo de la castidad; sea Cristo el casco de protección para tu cabeza; que la cruz se mantenga en tu frente como una defensa; pon sobre tu pecho el misterio del conocimiento de Dios; haz que arda continuamente el incienso aromático de tu oración; empuña la espada del Espíritu: haz de tu corazón un altar; y así, puesta en Dios tu confianza, lleva tu cuerpo al sacrificio.
Lo que pide Dios es la fe, no la muerte; tiene sed de tu buena intención, no de sangre; se satisface con la buena voluntad, no con matanzas.
(108; Liturgia de las Horas)
Tomado de:
Tocar a Cristo con fe
(Sermón 34)
Todas las lecturas evangélicas nos ofrecen grandes beneficios tanto para la vida presente como para la futura. La lectura de hoy recoge, por un lado, lo que es propio de la esperanza y excluye, por otro, cualquier cosa que se refiera a la desesperación.
Tenemos una condición dura y digna de ser llorada: la innata fragilidad nos incita a pecar y la vergüenza, pariente del pecado, nos prohibe confesarlo. No nos avergüenza obrar lo que es malo, pero sí confesarlo. Tememos decir lo que no tenemos miedo de hacer.
Pero hoy una mujer, al buscar un tácito remedio a un mal vergonzoso, encuentra el silencio, mediante el cual el pecador puede alcanzar el perdón.
La primera felicidad consiste en no avergonzarnos de los pecados; la segunda, en obtener el perdón de los pecados, dejándolos escondidos. Así lo entendió el profeta, cuando dijo: Bienaventurados aquellos cuyos pecados han sido perdonados y cuyas culpas han sido sepultadas (Sal 31, 1 ).
En esto—narra el evangelista—, una mujer, que padecía un flujo de sangre hacía doce años, acercándose por detrás, le tocó el borde de su manto (Mt 9, 20). La mujer recurre instintivamente a la fe, después de una larga e inútil cura. Se avergüenza de pedir una medicina: desea recobrar la salud, pero prefiere permanecer desconocida ante Aquél de quien cree que ha de alcanzar la salvación.
De modo semejante a como el aire es agitado por un torbellino de vientos, esta mujer era turbada por una tempestad de pensamientos. Luchaban fe contra razón, esperanza contra temor, necesidad contra pudor. El hielo del miedo apagaba el ardor de la fe y la constricción del pudor oscurecía su luz; el inevitable recato debilitaba la confianza de la esperanza. De ahí que aquella mujer se encontrase agitada como por las olas tempestuosas de un océano.
Estudiaba la forma de actuar a escondidas de la gente, apartada de la muchedumbre. Se abría paso de manera que le fuera posible recobrar la salud sin forzar, a la vez, el propio pudor. Se preocupaba de que su curación no redundara en ofensa del médico. Se esforzaba porque la salvase, salvando la reverencia debida al Salvador.
Con un estado de ánimo semejante, aquella mujer mereció tocar, desde un extremo de la orla, la plenitud de la divinidad. Se acercó—cuenta— por detrás (Ibid.). Pero ¿detrás de dónde? Y tocó el borde de su manto (Ibid.). Se aproximó por detrás, porque la timidez no le permitía hacerlo por delante, cara a cara. Se acercó por detrás, y, aunque detrás no hubiese nada, encontró allí la presencia que intentaba esquivar. En Cristo había un cuerpo compuesto, pero la divinidad era simple: era todo ojos, cuando veía tras de sí una mujer que suplicaba de este modo.
J/HUMANIDAD-SVRA: Acercándose por detrás, le tocó el borde de su manto (Ibid.). ¡Qué debió de ver escondido en la intimidad de Cristo, la que en el borde de su manto descubrió todo el poder de la divinidad! ¡Cómo enseñó lo que vale el cuerpo de Cristo, la que mostró que en el borde de su manto hay algo de tanta grandeza!
Ponderen los cristianos, que cada día tocan el Cuerpo de Cristo, qué medicina pueden recibir de ese mismo cuerpo, si una mujer recobró completamente la salud con sólo tocar la orla del manto de Cristo. Pero lo que debemos llorar es que, mientras la mujer se curó de esa llaga, para nosotros la misma curación se torna en llaga. Por eso, el Apóstol amonesta y deplora a los que tocan indignamente el cuerpo de Cristo: pues el que toca indignamente el cuerpo de Cristo, recibe su propia condenación (/1Co/11/29) (…).
Pedro y Pablo, Príncipes de la fe cristiana, difundieron por el mundo el conocimiento del nombre de Cristo; pero fue primeramente una mujer la que enseñó el modo de acercarnos a Cristo. Por primera vez una mujer demostró cómo el pecador, con una confesión tácita, borra sin vergüenza el pecado; cómo el culpable, conocido sólo por Dios en relación a su culpa, no está obligado a revelar a los hombres las vergüenzas de la conciencia, y cómo el hombre puede, con el perdón, prevenir el juicio.
Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: ten confianza, hija, tu fe te ha salvado (Mt 9, 22). Pero Jesús volviéndose: no con el movimiento del cuerpo, sino con la mirada de la divinidad. Cristo
se dirige a la mujer para que ella se dirija a Cristo, para que reciba la curación del mismo de quien ha recibido la vida y sepa que para ella la causa de la actual enfermedad es ocasión de perpetua salvación.
Volviéndose y mirándola (Ibid.). La ve con ojos divinos, no humanos para devolverle la salud, no para reconocerla, pues ya sabía quien era. La ve: es recompensado con bienes, liberado de males, quien es visto por Dios. Es lo que reconocemos todos habitualmente cuando, refiriéndonos a las personas afortunadas, decimos: la ha visto Dios. A esa mujer también la vio Dios y la hizo feliz curándola.
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El sacrificio espiritual
(Sermón 108)
¡Oh admirable piedad que, para conceder, ruega que se le pida! Pues hoy el bienaventurado Apóstol, sin pedir cosas humanas sino dispensando las divinas, pide así: os ruego por la misericordia de Dios (Rm 12, 1). El médico, cuando persuade a los enfermos de que tomen austeros remedios, lo hace con ruegos, no con mandatos, sabiendo que es la debilidad y no la voluntad la que rechaza los remedios saludables, siempre que el enfermo los rehuye. Y el padre, no con fuerza sino con amor, induce al hijo al rigor de la disciplina, sabiendo cuán áspera es la disciplina para los sentidos inmaduros. Pues si la enfermedad corporal es guiada con ruegos a la curación, y si el ánimo infantil es conducido a la prudencia con algunas caricias, ¡cuán admirable es que el Apóstol, que en todo momento es médico y padre, suplique de esta manera para levantar las mentes humanas, heridas por las enfermedades carnales, hasta los remedios divinos!
Os ruego por la misericordia de Dios. Introduce un nuevo tipo de petición. ¿Por qué no por la virtud?, ¿por qué no por la majestad ni por la gloria de Dios, sino por su misericordia?
Porque sólo por ella Pablo se alejó del crimen de perseguidor y alcanzó la dignidad de tan gran apostolado, como él mismo confiesa diciendo: Yo, que antes fui blasfemo, perseguidor y
opresor, sin embargo alcancé misericordia de Dios (1 Tim 1, 13). Y de nuevo: verdad es cierta y digna de todo acatamiento que Jesucristo vino a este mundo para salvar a los pecadores, de los cuales el primero soy yo. Mas por eso conseguí misericordia, afin de que Jesucristo mostrase en mí el primero su extremada paciencia, para ejemplo y confianza de los que han de creer en Él, para alcanzar la vida eterna (1 Tim 1, 15-16).
Os ruego por la misericordia de Dios. Ruega Pablo, mejor dicho, por medio de Pablo ruega Dios, que prefiere ser amado a ser temido. Ruega Dios, porque no quiere tanto ser señor cuanto padre. Ruega Dios con su misericordia para no castigar con rigor. Escucha al Señor mientras ruega: todo el día extendí mis manos (Is 65, 2). Y quien extiende sus manos, ¿acaso no muestra que está rogando? Extendí mis manos. ¿A quién? Al pueblo. ¿A qué pueblo? No sólo al que no cree, sino al que se le opone. Extendí mis manos. Distiende los miembros, dilata sus vísceras, saca el pecho, ofrece el seno, abre su regazo, para mostrarse como padre con el afecto de tan gran petición.
Escucha también a Dios que ruega en otro lugar: pueblo mío, ¿qué te he hecho o en qué te he contristado? (Mic 6, 3). ¿Acaso no dice: si la divinidad es desconocida, sea al menos conocida la humanidad? Ved, ved en mí vuestro cuerpo, vuestros miembros, vuestras entrañas, vuestros huesos, vuestra sangre. Y si teméis lo divino, ¿por qué no amáis al menos lo humano? Si huís del Señor, ¿por qué no acudís corriendo al padre? Pero quizá os confunde la grandeza de la
Pasión que me hicisteis. No temáis. Esta cruz no es mi patíbulo, sino patíbulo de la muerte. Esos clavos no me infunden dolor, sino más bien me infunden vuestra caridad. Estas heridas no producen mis llantos, sino más bien os introducen en mis entrañas. La dislocación de mi cuerpo dilata más mi regazo para acogeros a vosotros, y no acrecienta mi dolor. Mi sangre no se malogra, sino que sirve para vuestro rescate. Venid, pues, regresad y probad al menos al padre, viendo que devuelve bondad a cambio de maldad, amor a cambio de ofensas, tan gran caridad a cambio de tan grandes heridas.
SCDO-COMUN: Pero oigamos ya qué pide el Apóstol: os ruego que ofrezcáis vuestros cuerpos. El Apóstol, rogando de este modo, arrastró a todos los hombres hasta la cumbre sacerdotal: que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva. Ah inaudito oficio del pontificado cristiano, en el que el hombre es a la vez hostia y sacerdote, porque el hombre no busca fuera de sí lo que va a inmolar a Dios; porque el hombre, cuando está dispuesto a ofrecer sacrificios a Dios, aporta como ofrenda lo que es por sí mismo, en sí mismo y consigo mismo; porque permanece la misma hostia y permanece el mismo sacerdote; porque la víctima se inmola y continúa viviendo, el sacerdote que sacrifica no es capaz de matar! Admirable sacrificio, donde se ofrece un cuerpo sin cuerpo y sangre sin sangre.
Os ruego por la misericordia de Dios que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva. Hermanos, este sacrificio proviene del ejemplo de Cristo, que inmoló vitalmente su cuerpo para la vida del mundo, y lo hizo en verdad hostia viva, ya que habiendo muerto vive. Por tanto, en tal víctima la muerte es aplastada, la hostia permanece, vive la hostia, la muerte es castigada. De aquí que los mártires por la muerte nacen, con el fin comienzan, por la matanza viven, y brillan en los cielos, mientras que en la tierra se consideraban extinguidos.
Os ruego por la misericordia de Dios que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva y santa. Esto es lo que cantó el profeta: no quisiste sacrificio ni oblación, y por eso me diste un cuerpo (Sal 39, 7). Hombre, sé sacrificio y sacerdote de Dios; no pierdas lo que te dio y concedió la autoridad divina; vístete con la estola de la santidad; cíñete el cíngulo de la castidad; esté Cristo en el velo de tu cabeza; continúe la cruz como protección de tu frente; pon sobre tu pecho el sello de la ciencia divina; enciende el incensario en aroma de oración; toma la espada del Espíritu; haz de tu corazón un altar; y así, con seguridad, mueve tu cuerpo como víctima de Dios. El Señor
busca la fe, no la muerte; está sediento de deseos, no de sangre; se aplaca con la voluntad, no con la muerte. Lo demostró, cuando pidió a Abraham que le ofreciera a su hijo como víctima. Pues, ¿qué otra cosa sino su propio cuerpo inmolaba Abraham en el hijo?, ¿qué otra cosa pedía Dios sino la fe al padre cuando ordenó que ofreciera al hijo, pero no le permitió matarlo? Confirmado, por tanto, con tal ejemplo, ofrece tu cuerpo y no sólo lo sacrifiques, sino hazlo también
instrumento de virtud. 262
Porque cuantas veces mueren las artimañas de tus vicios, tantas otras has inmolado a Dios vísceras de virtud. Ofrece la fe para castigar la perfidia; inmola el ayuno para que cese la voracidad; sacrifica la castidad para que muera la impureza; impon la piedad para que se deponga la impiedad; excita la misericordia para que se destruya la avaricia; y, para que desaparezca la insensatez, conviene inmolar siempre la santidad: así tu cuerpo se convertirá en hostia, si no ha sido manchado con ningún dardo de pecado.
Tu cuerpo vive, hombre, vive cada vez que con la muerte de los vicios inmolas a Dios una vida virtuosa. No puede morir quien merece ser atravesado por la espada de vida. Nuestro mismo Dios, que es el Camino, la Verdad y la Vida, nos libre de la muerte y nos conduzca a la Vida.
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La oración dominical
(Sermón 67)
Hermanos queridísimos, habéis oído el objeto de la fe; escuchad ahora la oración dominical. Cristo nos enseñó a rezar brevemente, porque desea concedernos enseguida lo que pedimos. ¿Qué no dará a quien le ruega, si se nos ha dado Él mismo sin ser pedido? ¿Cómo vacilará en responder, si se ha adelantado a nuestros deseos al enseñarnos esta plegaria?
Lo que hoy vais a oír causa estupor a los ángeles, admiración al cielo y turbación a la tierra. Supera tanto las fuerzas humanas, que no me atrevo a decirlo. Y, sin embargo, no puedo callarme. Que Dios os conceda escucharlo y a mí exponerlo.
¿Qué es más asombroso, que Dios se dé a la tierra o que nos dé el cielo?, ¿que se una a nuestra carne o que nos introduzca en la comunión de su divinidad?, ¿que asuma Él la muerte o que a nosotros nos llame de la muerte?, ¿que nazca en forma de siervo o que nos engendre en calidad de hijos suyos?, ¿que adopte nuestra pobreza o que nos haga herederos suyos, coherederos de su único Hijo? Sí, lo que causa más maravilla es ver la tierra convertida en cielo, el hombre transformado por la divinidad, el siervo con derecho a la herencia de su señor. Y, sin embargo, esto es precisamente lo que sucede. Mas como el tema de hoy no se refiere al que enseña sino a quien manda, pasemos al argumento que debemos tratar.
Sienta el corazón que Dios es Padre, lo confiese la lengua, proclámelo el espíritu y todo nuestro ser responda a la gracia sin ningún temor, porque quien se ha mudado de Juez en Padre desea ser amado y no temido.
Padre nuestro, que estás en los cielos. Cuando digas esto no pienses que Dios no se encuentra en la tierra ni en algún lugar determinado; medita más bien que eres de estirpe celeste, que tienes un Padre en el cielo y, viviendo santamente, corresponde a un Padre tan santo. Demuestra que eres hijo de Dios, que no se mancha de vicios humanos, sino que resplandece con las virtudes divinas.
Sea santificado tu nombre. Si somos de tal estirpe, llevamos también su nombre. Por tanto, este nombre que en sí mismo y por sí mismo ya es santo, debe ser santificado en nosotros. El nombre de Dios es honrado o blasfemado según sean nuestras acciones, pues escribe el Apóstol: es blasfemado el nombre de Dios por vuestra causa entre las naciones (Rm 2, 24).
Venga tu reino. ¿Es que acaso no reina? Aquí pedimos que, reinando siempre de su parte, reine en nosotros de modo que podamos reinar en Él. Hasta ahora ha imperado el diablo, el pecado, la muerte, y la mortalidad fue esclava durante largo tiempo. Pidamos, pues, que reinando Dios, perezca el demonio, desaparezca el pecado, muera la muerte, sea hecha prisionera la cautividad, y nosotros podamos reinar libres en la vida eterna.
Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Éste es el reinado de Dios: cuando en el cielo y en la tierra impere la Voluntad divina, cuando sólo el Señor esté en todos los hombres, entonces Dios vive, Dios obra, Dios reina, Dios es todo, para que, como dice el Apóstol, Dios sea todo en todas las cosas (1 Cor 15, 28).
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy. Quien se dio a nosotros como Padre, quien nos adoptó por hijos, quien nos hizo herederos, quien nos transmitió su nombre, su dignidad y su reino, nos manda pedir el alimento cotidiano. ¿Qué busca la humana pobreza en el reino de Dios, entre los dones divinos?
Un padre tan bueno, tan piadoso, tan generoso, ¿no dará el pan a los hijos si no se lo pedimos? Si así fuera, ¿por qué dice: no os preocupéis por la comida, la bebida o el vestido? Manda pedir lo que no nos debe preocupar, porque como Padre celestial quiere que sus hijos celestiales busquen el pan del cielo. Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo (Jn 6, 41). Él es el pan nacido de la Virgen, fermentado en la carne, confeccionado en la pasión y puesto en los altares para suministrar cada día a los fieles el alimento celestial.
Y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Si tú, hombre, no puedes vivir sin pecado y por eso buscas el perdón, perdona tú siempre; perdona en la medida y cuantas veces quieras ser perdonado. Ya que deseas serlo totalmente, perdona todo y piensa que, perdonando a los demás, a ti mismo te perdonas.
Y no nos dejes caer en la tentación. En el mundo la vida misma es una prueba, pues asegura el Señor: es una tentación la vida del hombre (Job 7, I ). Pidamos, pues, que no nos abandone a nuestro arbitrio, sino que en todo momento nos guie con piedad paterna y nos confirme en el sendero de la vida con moderación celestial.
Mas Iíbranos del mal. ¿De qué mal? Del diablo, de quien procede todo mal. Pidamos que nos guarde del mal, porque si no, no podremos gozar del bien.
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SAN PEDRO CRISÓLOGO
VIDA
Nació en Imola, en Emilia. El mismo nos dice que su padre había llegado a ser Obispo de esa ciudad (Sermón l65). Bautizado e instruido en la religión cristiana desde muy joven, pronto se ordenó de diácono. Bajo el pontificado de Sixto lll, entre 432 y 440, fue nombrado obispo de Revena. Como si hubiera sido designado por el propio apóstol Pedro, pues el Papa lo escogió en lugar del candidato que le presentaba el pueblo.
Rápidamente conocio del mundo católico por sus virtudes, su ciencia y su elocuencia, fue consultado por el heresiarca Eutiques cuando sus primeras disputas con el arzobispo de Constantinopla (449). Su respuesta, conservada en la colección de las cartas de San León, está enla línea de política de este gran Papa, puesto que declara que el juicio definitivo, tanto en materia doctrinal como disciplinaria, le corresponde al Romano Pontífice, porque “en su persona es siempre el Apóstol Pedro quien sebrevive y preside para ofrecer la Verdad de la Fe a cuantos la busquen”.
De los 725 sermones que se le atribuyen, varios son de una autenticidad discutible, y por el contratrio se les podrían agregar otros inéditos o perdidos. Sólo algunos tienen un contenido dogmático, y tratan sobre de la Encarnación, refutando las herejías corrientes sobre esta materia: arrianismo, nestorianismo, eutiquismo. Siete son explicaciones del Símbolo (Sermones 56-62). Y siete son comentarios de la oración dominical (77-82), destinados verosímilmente a los catecúmenos para la víspera del baautismo. Los otros discursos, de ordinario muy breves, son homilías, cuyo tema está sacado de textos escriturarios leídos durante los oficios litúrgicos: son ante todo exhortaciones morales que de paso propercionan una descripción de las costumbres cristianas en la primera mitad del siglo V, recriminando su grosera depraavación. Una de sus sentencias se ha hecho célebre: “El que quiera holgarse con el diablo no podrá regocijarse con Cristo”.
Un día que predicaba él sobre el episodio evangélico de la hemorroísa, habló con tal vehemencia que pronto le faltó la voz. El auditorio se conmovió por ello de tan manera que estalló en sollozos, clamores y suplicaciones que reemplazaron la palabra del orador. El Santo dio gracias a Dios de que su desfallecimiento hubiese dado lugar a un ímpetu de arrepentimiento y de caridad.
La tradición que le ha puesto el nombre de “Crisólogo” —palabra de oro— lo hace así un émulo de San Juan “Crisóstomo” —-boca de oro—-. No tiene sin embargo la misma envergadura que el Patriarca de Constantinopla, al menos en el dominio de la teología. Fue proclamado Doctor de la Igleisa por el Papa Benedicto Xlll en l729.
A mediados del siglo V, el Imperio Romano de Occidente se hallaba ya en franca decadencia. En Rávena, su capital, la tercera parte de los habitantes profesaban aún el paganismo o la religión judía; el resto eran cristianos, aunque no faltaban entre ellos los que habían sido engañados por las herejías nestoriana y monofisita, que entonces se hallaban en auge.
En estas circunstancias, San Pedro Crisólogo fue consagrado Arzobispo de Rávena, bajo el pontificado de Sixto lIl (en torno al año 430). Había nacido en la actual Imola (Italia) hacia el año 380. Pocos datos más se conservan de su vida: en el 445 asistió a la muerte de San Germano de Auxerre y, tres o cuatro años después, escribió a Eutiques, presbítero de Constantinopla, que negaba que Cristo fuera perfecto hombre (que tuviera una naturaleza humana completa), invitándole a que se sometiera a las decisiones del Romano Pontífice. Murió en su ciudad natal, probablemente el 3 de diciembre del año 450.
Actualmente se consideran como obras auténticas, además de la carta a Eutiques, una colección de más de ciento ochenta sermones. Este elevado número testimonia la intensa labor pastoral del Crisólogo (apelativo que significa «palabra de oro», con el que es conocido). La mayor parte se centran en la explicación de los textos de la Sagrada Escritura leídos durante la Misa; otros—en número muy inferior—son directamente dogmáticos, y se refieren sobre todo a la Encarnación, a la gracia, a la vida cristiana y al reconocimiento del primado del Papa. Un tercer grupo recoge su predicación a los catecúmenos que se preparaban para ser bautizados, con explicaciones del Credo y del Padrenuestro.
LOARTE
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SAN PEDRO CRISÓLOGO fue obispo de Rávena y murió hacia el 450; se conservan muchos sermones suyos. ARNOBIO EL JOVEN murió después del 451, y vivía en Roma desde que escapó de la invasión de los vándalos en África, donde tal vez había sido monje; fue semipelagiano y discrepó de las doctrinas de San Agustín. SAN QUODVULTDEUS, obispo de Cartago, desterrado por los vándalos, murió en Campania hacia el 453.
Tomado de:
DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
BONDAD DE DIOS PADRE Y DE DIOS HIJO EN LA OBRA DE LA REDENCIÓN
Et incarnatus est de Spiritu Sancto, et homo factus est.
Y encarnóse por obra del Espíritu Santo,
y se hizo hombre.
I. Dios creó a Adán y lo enriqueció de dones; pero el hombre, ingrato, lo ultrajó con el pecado, privándose a si y a su descendencia de la divina gracia y del paraíso. Ved, pues, al género humano perdido y sin remedio. El hombre había ofendido a Dios, por lo que era incapaz de ofrendarle digna satisfacción: era preciso que una persona divina satisficiese por él. ¿Qué hizo el Padre Eterno para remediar tal perdida? Mandó a su propio Hijo que se hiciera hombre y se revistiera de la misma carne pecadora, para que con la muerte pagase a la divina justicia las deudas y facilitase el retorno a la divina gracia.
Dios mío, si vuestra bondad infinita no hubiese encontrado este remedio, ¿quién se hubiera jamás atrevido a pedirlo y ni aun a imaginarlo?
II. ¡Que extrañeza debió causar a los ángeles el gran amor que Dios mostró al hombre rebelde! ¡Que dirían al ver al Verbo eterno hecho hombre y revestido de la misma carne que tenían los pecadores, apareciendo así ante el mundo el Verbo encarnado como uno de tantos pecadores!
¡Cuán obligados estamos, Jesús mío, a patentizaros nuestro amor, y yo más que los demás, por haberos ofendido más que todos! Si no hubierais venido a salvarme, ¿qué hubiera sido de mí por toda la eternidad? ¿Quién podría librarme de las penas por mí merecidas? Seáis siempre bendito y alabado por tanta caridad.
III. El hijo de Dios baja, pues, del cielo a la tierra para hacerse hombre y vivir vida penosa; viene a morir en una cruz por amor a los hombres, y los hombres que esto crean, ¿será posible que amen otra cosa que a un Dios encarnado?
¡Ah, Jesús, Salvador mío!, no quiero amar nada fuera de vos. Puesto que vos tan solo me habéis amado, a solo vos quiero amar. Renuncio a todos los bienes creados: solo vos me bastáis, ¡Oh inmenso e infinito bien! Si en lo pasado os disguste, ahora me arrepiento, y quisiera que este mi dolor me hiciese morir para compensar de alguna manera los disgustos que os he causado. ¡Ah, no permitáis que en lo porvenir sea ingrato al amor que me manifestasteis! No, Jesús mío, haced que os ame y tratadme después como os plazca. ¡Oh bondad infinita, oh amor infinito, no quiero vivir sin amaros! ¡Oh María, Madre de misericordia, os pido me alcancéis la gracia de amar siempre a Dios!
Tomado de:
DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Et incarnatus est de Spiritu Sancto, et homo factus est.
Y encarnóse por obra del Espíritu Santo,
y se hizo hombre.
Considera como habiendo criado Dios al Primer hombre para que le sirviese y amase en esta vida, y después conducirle a la vida eterna, a reinar en el paraíso; a este fin le enriqueció de luces y de gracias. Pero el hombre ingrato se rebeló contra Dios, negándole la obediencia que le debía de justicia y por gratitud, quedando de esta suerte el miserable, privado con toda su descendencia de la divina gracia y excluido por siempre del paraíso. Mira después de esta ruina del pecado perdidos a todos los hombres. Todos vivían ciegos entre las tinieblas, en las sombras de la muerte. Mas Dios, viéndolos reducidos a este miserable estado, determina salvarlos. ¿Y cómo? No manda ya a un Ángel o a un Serafín; sino que para manifestar al mundo el amor inmenso que tenía a estos gusanos ingratos, envió a su mismo Hijo a hacerse hombre, y a vestirse de la misma carne de los pecadores, para que satisficiese con sus penas y con su muerte a la justicia divina por los delitos de ellos, y así los librase de la muerte eterna; y reconciliándolos con su divino Padre, les alcanzase la divina gracia, y los hiciese dignos de entrar en el reino eterno.
Pondera aquí de una parte la ruina inmensa que trae el pecado, privándonos de la amistad de Dios y del paraíso, y condenándonos a una eternidad de penas. Pondera de la otra el amor infinito que Dios mostró en esta grande obra de la Encarnación del Verbo, haciendo que su Unigénito viniese a sacrificar su vida divina por manos de verdugos sobre la cruz en un mar de dolores y vituperios, para alcanzarnos el perdón y la salvación eterna.
¡Ah! Que al contemplar este gran misterio y este exceso de amor cada cual no debería hacer otra cosa que exclamar: ¡Oh Bondad infinita! ¡Oh misericordia infinita! ¡Oh amor infinito! ¿Un Dios hacerse hombre, para venir a morir por mi?…
Pero, ¿cómo es, Jesús mío, que aquella ruina del pecado, que Vos habéis reparado con vuestra muerte, yo tantas veces he vuelto después a renovármela voluntariamente con tantas injurias como os he hecho? ¡Vos a tanta costa me habéis salvado, y tantas veces yo he querido perderme, perdiéndoos a Vos, bien infinito! Pero me da confianza lo que Vos habéis dicho: que cuando el pecador que os ha vuelto la espalda, se convierte después a Vos, no dejáis de abrazarlo: volveos a mí, y yo me volveré a vosotros, decís por el profeta Zacarías. Habéis dicho también: si alguno me abriere la puerta, yo entraré a él.
He aquí, Señor, que soy uno de estos rebeldes, ingrato y traidor, que muchas veces os ha vuelto la espada y os he desechado de mi alma; mas ahora me arrepiento con todo el corazón de haberos de tal manera maltratado, y despreciado vuestra gracia. Me arrepiento y os amo por sobre todas las cosas. Ved la puerta de mi corazón ya abierta; entrad, Señor, pero entrad para no salir jamás. Yo sé que Vos nunca saldréis, si yo no vuelvo a desecharos; pero ¡ah! Este es un temor, y esta es también la gracia que os pido, y espero siempre pediros: hacedme morir, antes que yo use con Vos esta nueva y mayor ingratitud. Amable Redentor mío, por la ofenda que os he hecho no merecería ya amaros; pero os pido por vuestros méritos el don del santo amor. Para esto hacedme conocer cuán gran bien es el amor que me habéis tenido, y cuánto habéis hecho para obligarme a amaros.
¡Ah! Mi Dios y Salvador, no me hagáis vivir más tiempo ingrato a tanta bondad vuestra. Yo no quiero dejaros jamás, Jesús mío. Basta cuanto os he ofendido. Razón es que estos años que me restan de vida los emplee todos en amaros y daros gusto. Jesús mio, Jesús mio, ayudadme; ayudad a un pecador que quiere amaros. ¡Oh María, Madre mía! Vos todo lo podéis con Jesús, sois su madre. Decidle que me perdone; decidle que me encadene con su santo amor. Vos sois mi esperanza, en Vos confío.
Tomado de:
En esos días, el emperador dictó una ley que ordenaba hacer un censo en todo el imperio.
Todos iban a inscribirse a sus respectivas ciudades. También José, como era descendiente de David, salió de la ciudad de Nazaret de Galilea y subió a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Cuando estaban en Belén, le llegó el día en que debía tener su hijo. Y dio a luz su primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en una pesebrera, porque no había lugar para ellos en la sala común.
En la región había pastores que vivían en el campo y que por la noche se turnaban para cuidar sus rebaños. El ángel les dijo: “No teman, porque yo vengo a comunicarles una buena nueva que será motivo de mucha alegría para todo el pueblo. Hoy nació para ustedes en la ciudad de David un Salvador que es Cristo Señor. En esto lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre.” De pronto aparecieron otros ángeles y todos alababan a Dios, diciendo: “Gloria a Dios en lo más alto del cielo, y en la tierra, gracia y paz a los hombres.”
Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores comenzaron a decirse unos a otros: “Vamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos dio a conocer.” Fueron apresuradamente y hallaron a María, a José y al recién nacido acostado en el pesebre. Entonces contaron lo que los ángeles les habían dicho, y todos se maravillaron de lo que decían los pastores. María, por su parte, observaba cuidadosamente todos estos acontecimientos y los guardaba en su corazón.
Después los pastores se fueron glorificando y alabando a Dios, porque todo lo que habían visto y oído era tal como se lo habían anunciado. Al octavo día, circuncidaron al niño según la ley, y le pusieron el nombre de Jesús, nombre que había indicado el ángel antes que su madre quedara embarazada.
Del Oriente vienen unos Magos
Habiendo nacido Jesús en Belén de Judá, durante el reinado de Herodes, vinieron unos Magos de Oriente a Jerusalén, preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?, porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos adorarlo.” Herodes y todo Jerusalén quedaron muy intraquilos con la noticia. Reunió el rey a todos los sacerdotes principales y a los maestros de la Ley para preguntarles dónde debía nacer el Cristo. Ellos le contestaron que en Belén de Judá, ya que así lo anunció el profeta que escribió:
Belén en la tierra de Judá, tú no eres el más pequeño entre los principales pueblos de Judá, porque de ti saldrá un jefe, el pastor de mi pueblo Israel.”
Herodes, entonces, llamó privadamente a los Magos para saber la fecha exacta en que se les había aparecido la estrella. Encaminándose a Belén les dijo: “Vayan y averiguen bien lo que se refiere a este niño. Cuando lo hayan encontrado avíseme para ir yo también a adorarlo.”
Después de esta entrevista, los magos prosiguieron su camino. La estrella que habían visto en Oriente iba delante de ellos, hasta que se paró sobre el lugar en que estaba el niño. Al ver la estrella, se alegraron mucho, y habiendo entrado en la casa hallaron al niño que estaba con María, su madre. Se postraron para adorarlo y, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Luego regresaron a su país por otro camino, porque se les avisó en sueños que no volvieran donde Herodes.
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