El Yelmo de Mambrino (3)

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3. Donde se hace un breve resumen de la evolución sufrida por la idea del teatro en la mentalidad de la Iglesia, desde sus primeros tiempos hasta nuestros días.

La época clásica miró con desprecio al teatro y consideró a los actores como gentes de baja ralea. Incluso Platón fue uno de los más ilustres enemigos del mundo de la escena.

En cuanto al Cristianismo, es sabido que la Iglesia primitiva (con los Concilios y los Padres a la cabeza) mantuvo contra el teatro una constante hostilidad. Tertuliano (De Spectaculis) y San Agustín (Enarrationes in Psalmos, De Fide et Operibus, De Vera Religione, etc.) fueron quizá, entre otros muchos, sus más encarnizados detractores. En realidad la enemiga duró hasta pasado el siglo XVII (incluyendo a personajes como Bossuet), a pesar de la existencia de períodos contradictorios de consideración e incluso de cooperación.

Es de notar, como importante curiosidad histórica, el hecho de que, en plena Edad Media, Santo Tomás fue uno de los escasos teólogos que sostuvieron la honorabilidad del teatro y del oficio de los actores, siempre que se tuviera en cuenta la moralidad (Summa Theol. II–II, q. 168, a. 3). E incluso defendió la licitud de los estipendios recibidos por los actores que actuaban honradamente (II–II, q. 87, a. 2, ad. 2).

El estudio detenido de las razones que motivaron todo este movimiento de ideas no es de este lugar. Puede decirse que, en general, desde la época clásica y primeros tiempos de la Iglesia, los elevados grados de inmoralidad alcanzados por el teatro fueron los causantes de la multitud de prohibiciones lanzadas contra él. En realidad estaba aquí involucrado el complejo y lascivo mundo dionisíaco, con sus bacanales, sus cultos fálicos y sus representaciones escénicas profundamente obscenas. Sin olvidar el sangriento y cruel espectáculo de los juegos circenses. No es de extrañar que la Reforma no fuera menos hostil al teatro que el Catolicismo.

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