
San Bernardo no halla reparo en decir que la Asunción de María es tan inefable como la generación de Cristo.
Ya en fin llegó, carísimos hermanos míos, dice san Agustín, este día tan venerable para nosotros; este día que excede todas cuantas festividades solemnizamos en honor de los santos; este día tan célebre; este clarísimo día en que creemos que la Virgen María pasó desde este mundo a la gloria celestial: Adest nobis, dilectissimi fratres, dies valde venerabilis, dies omnium sanctorum solemnitates praecellens,dies inclyta, dies praenclara, dies in qua é mundo migrasse treditur virgo Maria. Resuenen en toda la tierra las alabanzas, los festivos clamores de alegría en el día glorioso de su triunfante Asunción: Laudes insonet universa térra cum summa exultatione, santae virginis illustrata excessu. Porque sería cosa muy indigna que no celebrásemos con extraordinaria devoción, culto y aparato, la solemne fiesta de aquella por quien merecimos recibir al Autor de la vida: Qua indignum valdé est, id illius recordationis solemnitas si apud nos sine máximo honor e, perquam merunmus Auctorem vitae suscipere. Este es uno de los más célebres días del año, dice san Pedro Damiano, por ser el dia en que la santísima Virgen, digna por su nacimiento del trono real, fue elevada por la santísima Trinidad hasta el trono del mismo Dios, y colocada tan alto junto a la admirable Trinidad, que se arrebata hacia sí los ojos y la admiración de los ángeles: Sublimis illa dies est, in qua Virgo regalis, ad thronum Dei Patris evehitur, et in ipsius Trinitatis sede reposita, naturam angelicam sollicitat ad videndum. A la verdad, el misterio de este día es superior a todas nuestras expresiones; y san Bernardo no halla reparo en decir que la Asunción de María es tan inefable como la generación de Cristo : Christi generationem, et Maríae Assumptionem quis enarrabit? Pasmados de admiración a vista de una gloria que tiene suspensos y como embargados de asombro a los mismos ángeles, nos contentaremos con referir la historia de este admirable misterio.
La opinión más recibida en la Iglesia, fundada en la tradición, es que, después de la Ascensión del Salvador a los cielos y de la venida del Espíritu Santo, vivió la Virgen veintitres años y algunos meses más en este mundo. Aunque era tan abrasado y vivo el deseo que tenia la Señora de seguir al cielo a su querido Hijo, consintió quedarse en la tierra para el consuelo de los fieles, y para atender a las necesidades de la Iglesia recién nacida, conviniendo que su presencia supliese de alguna manera la ausencia corporal de Jesucristo. Lo mucho que podía en el cielo era de gran socorro a los fieles que vivían en la tierra, alcanzando aquellos primeros tiempos de persecución, sosteniéndose su fe con la noticia y con el consuelo de que aun vivía entre ellos la Madre de su Dios. Era la Virgen su oráculo, su apoyo y todo su refugio. Fortalecía su virtud, animaba su celo, enseñaba a los doctores, dice el sabio Idiota, y era como el oráculo de los mismos apóstoles.Doctricem doctorum, magistram apostolorum. Y el abad Ruperto asegura que en cierto modo suplía con sus instrucciones lo que el Espíritu Santo no tuvo por conveniente descubrirles, habiéndoseles comunicado, por decirlo así, con limite y con medida; y los santos padres convienen en que el evangelista san Lucas supo singularmente de boca de la santísima Virgen las particulares circunstancias de la infancia del niño Jesús, que deió especificadas en su evangelio, y que aun por eso se dice en él que María no dejaba perder cosa alguna de las que entonces pasaban, conservándolas en su memoria y meditándolas en su corazón: Maria, conservabat omnia verba haec, conferens in corde suo.
Durante el espacio de estos veintitrés años, la vida de la santísima Virgen fue un continuo ejercicio del más puro amor y un perfecto modelo de todas las virtudes; una oración no interrumpida, y esta misma oración un éxtasis perpetuo. Visitaba con frecuencia los sagrados lugares que el Salvador había santificado con su presencia, cumpliendo los misterios de nuestra redención. Aunque esta divina Madre vivía en la tierra, su corazón nunca se separaba de su amado Hijo, que habitaba en el cielo. Pasábanse pocos dias sin que Jesucristo se le apareciese, y ninguno en que no conversase familiarmente con los ángeles, singularmente destinados a su servicio; y aunque distante de la celestial Jerusalén, mientras duró su habitación en la tierra, gustaba abundantemente de todas sus delicias. Sigue leyendo

