SANTA MISA DE EPIFANÍA DEL SEÑOR O “SANTOS REYES”

6 de Enero

ESTACIÓN EN SAN PEDRO

Doble de 1ª clase, con octava. – Ornamentos blancos


El grupo de fiestas encantadoras, que se conoce con el nombre genérico de Pascua de Navidad, se cierra con la de Epifanía o Santos Reyes, que es una de las principales del año litúrgico. Se recuerda en ella preferentemente la revelación a manifestación del Verbo humanado a las naciones paganas, cuya primera manifestación ante la cuna del recién nacido Jesús fueron los Santos Magos, allá conducidos por misteriosa estrella, símbolo de la fe. Y fueron cargados con ricos presentes, especialmente con oro, incienso y mirra. Ofreciéronle, en efecto: oro como a Rey, incienso como a Dios y mirra como a hombre mortal. Tú también, cristiano, debes dejarte guiar por la estrella de la fe e ir en busca de Cristo al Sagrario, a los Sacramentos; ir provisto de buenas obras, que son el complemento indispensable de tu fe. No creas al error protestante, que te dice que basta creer para salvarte; ni al error naturalista, que te dice que basta bien obrar. Ni basta bien obrar, ni basta bien creer; porque ni sirven las obras humanamente honradas, sin el principio sobrenatural de la fe, ni basta el principio sobrenatural de la fe, sin el fruto de las buenas obras. Fe con obras forman el homenaje completo del cristiano a Jesús.

Introito. Mal. 3, 1

INTROITUS Mal. 3, 1; I Par. 29, 12 Ecce advénit dominátor Dóminus: et regnum in manu ejus, et potéstas, et impérium. Ps. 71, 1. Deus, judícium tnum Regi da: et justítiam tuam Fílio Regis. V. Glória Patri, et Fílio, et Spirítui Sancto. Sicut erat in princípio, et nunc, et semper: et in sæcula sæculórum. Amen. Ecce. Introito – He aquí que llegó ya el Señor y Dominador: y el reino está en su mano y la potestad y el imperio. – Ps. Señor, da al rey su juicio, y al Hijo del rey justicia. V. Gloria al Padre.

Oración-Colecta

ORATIODeus, qui hodiérna die Unigénitum tuum géntibus stella duce revelásti: concéde propítius; ut, qui jam te ex fide cognóvimus, * usque ad contemplándam spéciem tuæ celsitúdinis perducámur. Per eúmdem Dóminum. R. Amen Oh Dios, que por medio de una estrella revelaste en este día tu Unigénito Hijo a los gentiles: concede propicio, que nosotros, que ya te conocimos por la fe, lleguemos hasta la contemplación de la hermosura de tu grandeza. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.   R. Amen.

Epístola

El reconocimiento del Divino Infante por los Magos abre a los Gentiles las puertas al cristianismo y con ellas una era de luz, de prosperidad y bienandanza, riquezas estas que compartirán todos los pueblos que se incorporen, a través de los siglos, en la gran familia de la Iglesia Católica. La América española tuvo esta dicha el día mismo de su descubrimiento siendo, por lo tanto, aquel el día de su verdadera Epifanía.

EPISTOLA Léctio Isaiæ Prophétæ. Isai. 60, 1-6Urge, illumináre, Jerúsalem: quia venit lumen tuum, et glória Dómini super te orta est. Quia ecce ténebræ opérient terram, et calígo pópulos: super te autem oriétur Dóminus, et glória ejus in te vidébitur. Et ambulábunt gentes in lúmine tuo, et reges in splendóre ortus tui. Leva in circúitu óculos tuos, et vide: omnes isti congregáti sunt, venérunt tibi: fílii tui de longe vénient, et fíliæ tuæ de látere surgent. Tunc vidébis, et áfflues, mirábitur et dilatábitur cor tuum, quando convérsa fúerit ad te multitúdo maris, fortitúdo géntium vénerit tibi. Inundátio camelórum opériet te, dromedárii Mádian et Epha: omnes de Saba vénient, aurum et thus deferéntes, et laudem Dómino annuntiántes. Lección del Profeta Isaías (LX, 1-6) Levántate, oh Jerusalén, ilumínate; porque ha venido tu luz, y ha aparecido sobre ti la gloria del Señor. Porque he aquí que la tierra estará cubierta de tinieblas, y de obscuridad las naciones; mas sobre ti se dejará ver su gloria. Y a tu luz caminarán las gentes y los reyes al esplendor de tu nacimiento. Tiende tu vista alrededor tuyo, y mira: todos estos se han congregado y han venido hacia ti. Tus hijos vendrán desde las lejanías y tus hijas surgirán de todas partes. Entonces te verás en la abundancia; se asombrará tu corazón y se ensanchará cuando vendrá a unirse contigo la muchedumbre de naciones de ultramar, cuando a ti acudir´´an poderosos pueblos. Te verás inundada de una muchedumbre de camellos; de dromedarios de Medián y de Efá; todos los de Sabá vendrán a traerte oro e incienso, y publicarán las alabanzas del Señor.

Salmodia

GRADUALE Ibid., 6 et 1 Omnes de Saba vénient, aurum et thus deferéntes, et laudem Dómino annuntiántes. V. Surge, et illumináre, Jerúsalem: quia glória Dómini super te orta est.

ALLELUIA, allelúja. V. Matth. 2, 2. Vídimus stellam ejus in Oriénte, et vénimus cum munéribus adoráre Dóminum. Allelúja.

Gradual – Todos los de Sabá vendrán a traerte oro e incienso, y publicarán las alabanzas del Señor. V. Levántate e ilumínate, oh Jerusalén: porque la gloria del Señor ha aparecido sobre ti. Aleluya, aleluya. Vimos su estrella en Oriente, y venimos con dones a adorar al Señor. Aleluya

Evangelio

Emocionante relato de la llegada de los Magos a Jerusalén, de la turbación del rey Herodes y su Consejo; y del ofrecimiento de ricos presentes al Niño Dios.

U secúndum Matthæum. Matth. 2, 1-12

Cum natus esset Jesus in Béthlehem Juda in diébus Heródis regis, ecce Magi ab Oriénte venérunt Jerosólymam, dicéntes: Ubi est qui natus est rex Judæórum? Vídimus enim stellam ejus in Oriénte, et vénimus adoráre eum. Audiens autem Heródes rex, turbátus est, et omnis Jerosólyma cum illo. Et cóngregans omnes príncipes sacerdótum, et scribas pópuli, sciscitabátur ab eis, ubi Christus nascerétur. At illi dixérunt ei: In Béthlehem Judæ: sic enim scriptum est per Prophétam: Et tu Béthlehem terra Juda, nequáquam mínima es in princípibus Juda: ex te enim éxiet dux, qui regat pópulum meum Israël. Tunc Heródes, clam vocátis Magis, diligénter dídicit ab eis tempus stellæ, quæ appáruit eis: et mittens illos in Béthlehem, dixit: Ite, et interrogáte diligénter de púero: et, cum invenéritis, renuntiáte mihi, ut et ego véniens adórem eum. Qui cum audíssent regem, abiérunt. Et ecce stella, quam víderant in Oriénte, antecedébat eos, usque dum véniens, staret supra, ubi erat puer. Vidéntes autem stellam, gavísi sunt gaudio magno valde. Et intrántes domum, invenérunt púerum cum María matre ejus, (hic genuflectitur) et procidéntes adoravérunt eum. Et apértis thesáuris suis, obtulérunt ei múnera, aurum, thus, et myrrham. Et respónso accépto in somnis, ne redírent ad Heródem, per áliam viam revérsi sunt in regiónem suam

Credo.

U Continuación del Santo Evangelio según San Mateo (Mat. II, 1-12) Habiendo nacido Jesús en Belén de Judá, reinando Herodes, he aquí que unos Magos vinieron de Oriente a Jerusalén, preguntando: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque nosotros hemos visto en Oriente su estrella y venimos con dones a adorarle. Oyendo esto el rey  Herodes turbóse, y con él toda Jerusalén. Y convocando a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo les preguntaba en dónde había de nacer el Cristo. A lo cual ellos respondieron: En Belán de Judá, que así está escrito en el Profeta: Y tú, belán, tierra de Judá, no eres ciertamente la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti es de donde ha de salir el caudillo que rija mi pueblo de Israel. Entonces Herodes, llamando en secreto a los Magos, averiguó cuidadosamente de ellos el tiempo en que la estrella les apareció. Y encaminándolos a Belén les dijo: Id, e informaos puntualmente sobre ese Niño; y en habiéndole hallado, dadme aviso, para que yo también vaya a adorarle. Luego que oyeron ellos esto, partieron. Y he aquí que la estrella que habían visto en Oriente, iba delante de ellos hasta que, llegando al sobre el sitio en que estaba el Niño, se paró. A la vista de la estrella se regocijaron por extremo: y entrando en la casa hallaron al Niño con María su Madre, y postrándose (se arrodilla) le adoraron; y abiertos sus tesoros, le ofrecieron presentes de oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un aviso para que no volviesen a Herodes, regresaron a su país por otro camino. Credo.

(*)OFFERTORIUM Ps. 71,10-11 Reges Tharsis, et ínsulæ múnera ófferent: reges Arabum et Saba dona addúcent: et adorábunt eum omnes reges terræ, omnes gentes sérvient ei. OfertorioLos reyes de Tarsis y las islas le ofrecerán dones; los reyes de Arabia y de Sabá le traerán presentes; y le adorarán todos los reyes de la tierra, todas las naciones le servirán.

Oración-Secreta

Ecclésiæ tuæ, quæsumus, Dómine, dona propítius intuére: quibus non jam aurum, thus, et myrrha profértur; sed quod eísdem munéribus declarátur, immolátur, et súmitur, Jesus Christus Fílius tuns Dóminus noster: Qui tecum. Suplicámoste, oh Señor, que mires propicio los dones de tu Iglesia, en los que ya no se ofrece el oro, el incienso y la mirra; sino que len tales dones se designa, se ofrece, se inmola y se recibe, a Jesucristo, tu Hijo y Señor nuestro. Que contigo vive y reina.

Prefacio para la Fiesta y la Octava de epifanía

Vere dignum et justum est, aequum et salutare nos tibi semper, et ubique gratias agere: Domine sancte, Pater omnipotens, aeterne Deus. Quia cum Unigenitus tuus in substantia nostrae mortalitatis apparuit, nova nos immortalis suae luce reparavit. Et ideo cum Angelis et Archagelis, cum Thronis et Dominationbus, cumque omne militia coelistis exercitus, hymnum gloriae tuae canimus, sine fine dicentes: Sanctus, Sanctus, Sanctus, etc. Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, que te demos gracias en todo tiempo y lugar ¡Señor Santo, Padre todopoderoso y eterno Dios! Por cuanto, al aparecer tu hijo Unigénito en nuestra carne mortal, nos restauró con la nueva luz de su inmortalidad. Y por eso, con los Ángeles y Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, y con toda la milicia del ejército celestial, entonamos a tu gloria un himno, diciendo si cesar: Santo, Santo, Santo, etc.

COMMUNIO Matth. 2, 2Vídimus stellam ejus in Oriénte, et vénimus cum munéribus adoráre Dóminum. Comunión.Hemos su estrella en Oriente, y venimos con dones a adorar al Señor.

Oración-Postcomunión

POSTCOMMUNIO – Præsta, quaesumus, omnípotens Deus: ut quæ solémni celebrámus offício, purificátæ mentis intelligéntia consequámur. Per Dóminum. Suplicámoste, oh Dios todopoderoso, nos concedas la gracia de comprender con clara inteligencia los misterios encerrados en la solemnidad que hoy celebramos. Por Jesucristo Nuestro Señor.

(*) En las iglesias benedictinas y en algunas otras, en el Ofertorio de la Misa principal se bendicen las tres tortas, llamadas “tortas de reyes”, para recordar y simbolizar los tres presentes de los Magos al Niño Jesús: oro, incienso y mirra. Comidas estas tortas en familia, robustecen en ella la fe cristiana y la unión sagrada, hoy tan necesarias.

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Los 3 reyes sabios

“Bithisarea, Melchior y Gathaspa.”

Reyes sabios

Baltasar, Melchor y Gaspar

(Siglo I)

En el Evangelio no se dice que los magos o sabios de oriente hayan sido tres; pero la tradición que lo afirma es muy antigua y se funda sin duda en las tres clases de dones que el Evangelio menciona. Algunos de los frescos más antiguos de las catacumbas, representan a tres reyes, pero otros representan a dos, cuatro y aun seis magos, probablemente por motivos artísticos. Algunos de los Padres, como Orígenes (Hom. in Genesim 16:3), San Máximo de Turín y San León consideran como cosa probada que los magos eran tres. Tal vez en la determinación de este número influyó también el hecho de que frecuentemente se compara o se contrapone a los magos con los tres jóvenes que cantaron las alabanzas de Dios en el horno en llamas, a que se refiere el Antiguo Testamento.

En los frescos de las catacumbas, así como en los más antiguos grabados de los sarcófagos, se representa siempre a los magos con gorros frigios. La idea de que eran reyes se divulgó posteriormente y es posible que se originase en el salmo 71:10: Los reyes de Tarsis y de las islas ofrecerán presentes; los reyes de Arabia y de Saba llevarán regalos.” Según parece, San Cesario de Arles, que murió en el año 543, fue el primero en citar dicho salmo a este propósito (Migne, PL., vol. XXXIX, c. 2018) y, a partir del siglo VIII, los magos aparecen en todas las representaciones con la corona real.

Más tarde, el pueblo cristiano dio nombres propios a cada uno de los tres. Un manuscrito de París, que data del siglo VIII, les llama “Bithisarea, Melchior y Gathaspa.” En una miniatura del Codex Egberti (c. 990) aparecen dos nombres: “Pudizar” y “Melchias.” A pesar de estas ligeras divergencias, no cabe duda de que de ahí se derivaron los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. En las pinturas posteriores de la Edad Media, uno de los magos es casi siempre un joven, otro de edad madura y el tercero muy anciano. La costumbre de representar a uno de los magos como hombre de la raza negra, data del siglo XV.

Los tres reyes sabios

Según la leyenda, los restos de los magos reposan en la catedral de Colonia, en una capilla que constituye uno de los más bellos ejemplos del primor con que se trabajaba el metal en la Edad Media. No hay razón para dudar de que dichas reliquias sean las que fueron trasladadas en 1164, de 1a basílica de San Eustorgio, en Milán, después de que Federico Barbarroja las regaló al arzobispo de Colonia. Pero la historia anterior de las reliquias es menos clara, por más que ya en el siglo IX, se las consideraba en Milán como las de los Reyes Magos. Se cuenta que habían sido transportadas de Constantinopla a Milán, probablemente en la época del emperador Zenón (474-491); pero ignoramos cómo se identificó a dichas reliquias con las de los magos y cómo fueron a dar a Constantinopla. Es indiscutible que en la Edad Media el culto de los magos era muy popular, sobre todo en Alemania. A su desarrollo contribuyeron las peregrinaciones a la catedral de Colonia y los “misterios” medievales, en donde los magos ocupaban un papel muy importante. Con frecuencia se les veneraba como los patronos de los viajeros.

Relicario que contiene a los 3 Reyes Magos

Véase Hugo Kehrer, Die heiligen Drei Könige, en Literatur und Kunst (2 vols., 1909); Kraus, Geschichte der christl. Kunst, vol. I, p. 151, y otros muchos pasajes; H. Detzel, Christliche Ikonographie (1896), vol. II, pp. 473-475; y G. Messina, I Magi a Betlemme (1933).

Vidas de los Santos, de Butler, Vol. III.

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La revelación de Nuestro Señor Jesucristo a los Sabios de Oriente

6 de enero
EPIFANÍA DE NUESTRO SEÑOR, (*)

Guiados por el brillo de una estrella los Magos dejan su país lejano, y buscan con su luz la luz divina hasta encontrar a Dios y confesarlo. (Breviario Romano: Himno de Epifanía)

La Epifanía, que en griego significa aparición o revelación, es una fiesta destinada a celebrar principalmente la revelación de Jesucristo a los Magos o Sabios de Oriente, los cuales, por inspiración particular del Todopoderoso, fueron a adorarle, poco después de su nacimiento. El oficio del día, conmemora igualmente otras dos manifestaciones del Señor: la primera es la de su bautismo, en el que el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma de paloma, al mismo tiempo que una voz del cielo decía: “Este es mi Hijo muy amado, en el que tengo mis complacencias”; la segunda es la revelación de su poder, en el primero de sus milagros, la transformación del agua en vino, en Caná, donde manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él. Por todo esto la festividad merece respeto y reverencia, especialmente por parte de nosotros los gentiles, que en tal fecha fuimos llamados a la fe y adoración del verdadero Dios, en la persona de los Magos.

La Sagrada Escritura no especifica el número de los sabios que fueron a rendir homenaje a Nuestro Señor Jesucristo

Sin decirnos cuántos eran, la Biblia llama “magos” o “sabios” a los gentiles que acudieron a Belén a rendir homenaje al Redentor del mundo, obedeciendo al divino llamado. La autoridad común, apoyada por la autoridad de San León, Cesario, Beda y otros, sostiene que eran tres. En todo caso, el número era reducido en comparación con el de aquellos que vieron la estrella y no le prestaron atención; admiraron su brillo extraordinario y permanecieron sordos a su mensaje; esclavizados por su egoísmo y sus pasiones, endurecieron sus corazones al llamamiento del Señor. Decididos a seguir el divino llamamiento, a pesar de todos los peligros, los Magos se informaron en Jerusalén y fueron hasta la misma corte del rey Herodes preguntando: “¿Dónde ha nacido el Rey de los Judíos?” De acuerdo con las profecías de Jacob y David, toda la nación judía estaba en espera del Mesías. Como las profecías detallaban las circunstancias de su nacimiento, los Magos supieron pronto, por las informaciones del Sanhedrín o gran Consejo de los judíos, que el profeta Miqueas había predicho, muchos siglos antes, que el Mesías nacería en Belén.

Los 3 sabios de Oriente

Los Magos se pusieron inmediatamente en camino, a pesar del mal ejemplo que les daban los miembros del Sanhedrín, ya que ningún escriba ni sacerdote se mostró dispuesto a acompañarles a buscar y rendir homenaje a su propio Rey. Para fortalecer su fe, Dios hizo brillar nuevamente la estrella en cuanto salieron de Jerusalén, y ésta los guió hasta el sitio en que se hallaba el Salvador que venían a adorar. Deteniéndose sobre la cueva, la estrella y parecía decirles: “Aquí encontraréis al Rey que os ha nacido”. Los Magos penetraron en el pobre albergue, más lleno de gloria que todos los palacios del mundo, donde encontraron al Niño con su Madre. Postrándose, le adoraron y le entregaron sus corazones. San León celebra la fe y devoción de los Magos con estas palabras: “La estrella los llevó a adorar a Jesús; pero no encontraron a éste venciendo a los demonios, o resucitando a los muertos, o dando vista a los ciegos y voz a los mudos. Jesús no hacía milagros. Estaba ahí como un recién nacido sin palabra y totalmente dependiente de su Madre. Su poder estaba oculto y su único milagro era la humildad”. Los Magos ofrecieron a Jesús los más ricos productos de sus tierras: oro, incienso y mirra. El oro, para manifestar que reconocían su dignidad real; el incienso, como una confesión de su divinidad, la mirra, como símbolo de que se había hecho hombre para redimir al mundo. Pero sus más ricos regalos fueron las disposiciones en que se hallaban: su ardiente caridad, simbolizada en el oro; su devoción, figurada por el incienso y la total entrega, representada por la mirra.

El Bautismo del Señor

La más antigua mención de la celebración de una fiesta cristiana el 6 de enero, parece ser la de los “Stromata” (I, 21) de San Clemente de Alejandría quien murió antes del año 216. Dicho autor afirma que la secta de los Basilianos celebraba la conmemoración del Bautismo del Señor con gran solemnidad, en fechas que parecen corresponder al 10 y al 6 de enero. Esto tendría en sí mismo poca importancia, si no existieran abundantes pruebas de que en los dos siglos siguientes, el 6 de enero se convirtió en una festividad principal en la Iglesia de oriente, y que tal festividad estaba estrechamente relacionada con el Bautismo del Señor. En un documento conocido con el nombre de Cánones de Atanasio”, cuyo texto pertenece básicamente a la época de San Atanasio, digamos hacia el año 370, el autor nos dice que las tres fiestas más importantes del año eran Pascua, Pentecostés y Epifanía. El mismo documento prescribe a los obispos que reúnan a los pobres en las ocasiones solemnes, partícularmente “en la gran fiesta del Señor” (Pascua), en Pentecostés, “cuando el Espíritu Santo descendió sobre su Iglesia”, y en “la fiesta de la Epifanía del Señor en el mes de Tubi, es decir, la fiesta de su Bautismo” (canon 16). El canon 66 repite: “la fiesta de la Pascua, la fiesta de Pentecostés y la fiesta de la Epifanía que es el undécimo día del mes de Tubi”.

Según las ideas del oriente, la primera manifestación del Salvador a los gentiles coincide con las divinas palabras: “Este es mi Hijo muy amado en el que tengo mis complacencias”. Los Padres griegos opinan que la Epifanía llamada también por ellos “Manifestación de Dios” e “Iluminación”, se identificaba originalmente con la escena del Jordán. En un sermón predicado en Antioquía, el año 386, San Juan Crisóstomo se pregunta: “¿Por qué se llama Epifanía, no al día del nacimiento del Señor sino al día de su Bautismo?”. Y, después de discutir algunos detalles de la observancia litúrgica, especialmente el agua bendita que los fieles llevaban a sus casas y conservaban todo el año (el santo se inclina a pensar que el hecho de que el agua no se corrompa es un milagro), responde a su propia pregunta: “Llamamos Epifanía al día del Señor, porque al nacer no se manifestó a todos, como lo hizo en el Bautismo. Hasta ese momento había permanecido oculto al pueblo.” También San Jerónimo, que vivía cerca de Jerusalén, testifica que la única fiesta que se celebraba entonces ahí era la del 6 de enero, para conmemorar el nacimiento y el Bautismo de Jesús. A continuación explica que la idea de “manifestación” no se aplica propiamente al nacimiento, “porque Jesús permaneció entonces oculto y no se reveló”, sino más bien al Bautismo en el Jordán, cuando el cielo se abrió sobre Cristo”.

La Epifanía

Fuera de Jerusalén, donde, según nos dice Eteria (c. 395), cuyo testimonio concuerda con el de San Jerónimo, la fiesta de la Navidad y la Epifanía se celebraban el mismo día (6 de enero). La costumbre occidental de celebrar por separado la Navidad el 25 de diciembre se impuso en el siglo IV, y se difundió rápidamente, desde Roma a todo el oriente cristiano(1). San Crisóstomo nos informa que el 25 de diciembre fue celebrado por primera vez en Antioquía hacia el año 376. Constantinopla adoptó dicha fiesta, dos o tres años más tarde, y San Gregorio de Nisa, en la oración fúnebre por su hermano San Basilio, explica que la Capadocia adoptó la costumbre hacia la misma época. Por otra parte, la festividad del 6 de enero, de origen oriental indudablemente, se convirtió en fiesta de la Iglesia de occidente, como una especie de compensación, antes de la muerte de San Agustín. La encontramos registrada por primera vez en Viena de Galia. El historiador pagano Amiano Marcelino, describiendo la visita del emperador Juliano a las iglesias, habla de “la fiesta de enero que los cristianos llaman Epifanía”. San Agustín acusa a los donatistas de no haber adoptado, como los católicos, la nueva festividad de la Epifanía. Alrededor del año 380 se celebraba ya dicha festividad en Zaragoza, y en el año 400 era una de las fiestas en que estaban prohibidos los juegos del circo.

La Revelación del Señor a los gentiles

Sin embargo, aunque el día de la celebración era el mismo, el carácter de la fiesta de la Epifanía en oriente y occidente era distinto. En oriente, el motivo principal de la fiesta sigue siendo hasta el día de hoy el Bautismo del Señor, y la gran bendición del agua es uno de los ritos principales. En occidente, por el contrario, se hace hincapié en el viaje y la adoración de los Magos. Así sucedía ya desde la antigüedad, como lo demuestran los sermones de San Agustín y San León. Cierto que el Bautismo del Señor y el milagro de Caná están incluidos también en la fiesta; pero, aunque encontramos en San Paulino de Nola (principios del siglo V), y un poco después en San Máximo de Turín, alusiones muy claras a estos dos hechos en su interpretación de las solemnidades del día, hay que reconocer que la Iglesia de occidente sólo celebra prácticamente la revelación del Señor a los gentiles, representados por los Magos.

Ver Leclercq, DAC., vol. v, pp. 197-201; Vacandard, Eludes de critique et d’histoire religieuse, vol. III, pp. 1-56; Hugo Kehrer, Die heiligen drei Konige (1908), vol. I pp. 46-52 y21-31; Duchesne, Christian Worship, pp. 257-265; Usener-Lietzmann, Religionsgeschichtliche Untersuchungen, pt. I; Kellner, Heortology, pp. 166-173; G. Morin, en Revue Bénédictine, vol. V (1888), pp. 257-264; F. C. Conybeare, en Rituale Armenorum, pp. 165-190; especialmente Dom de Puniet, en Rasegna Gregoriana, vol. V (1906), pp. 497-514. Ver también

  • * Vidas de los Santos, de Butler. Vol. I.
  • (1) Hasta el día de hoy los armenios no católicos celebran conjuntamente la Navidad y la epifanía el 6 de enero. Y debe notarse que en la misma Iglesia de occidente el rango litúrgico de la  Epifanía es superior al de la Navidad, así como el de Pascua y Pentecostés.

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EPIFANÍA DE NUESTRO SEÑOR*

6 de enero

Hallaron al Niño con María, su Madre, y prosternándose lo adoraron; y abiertos sus cofres le ofrecieron presentes de oro, incienso y mirra. (San Mateo, 2, 11).

Unos magos de Oriente reciben aviso del nacimiento del Hijo de Dios por medio de la aparición de una estrella milagrosa. Dejan su reino y van a Jerusalén a buscar a ese Dios. Túrbase Herodes ante la noticia; disimula sin embargo su pavor, y ruega a los magos que regresen a Jerusalén después que hayan adorado al recién nacido, en Belén. Pero éstos, advertidos en sueños de que no vuelvan a Herodes, retornan a su país por otro camino.

MEDITACIÓN SOBRE
LOS PRESENTES
DE LOS MAGOS

I. Los Magos ofrendaron mirra a Nuestro Señor, para honrar su humanidad. Jesús es Hombre, y lo es por amor nuestro, porque por amor nuestro tomó un cuerpo semejante al nuestro. Amémoslo, pues, y ofrendémosle nuestro cuerpo. Este cuerpo es vuestro, ¡oh Jesús mío!, disponed de él como os plazca, sano o enfermo, vivo o muerto. ¡Qué feliz sería si pudiese sufrir con Vos, para reinar un día también con Vos! Me habéis rescatado todo entero, a fin de poseerme todo entero. (San Agustín).

II. Jesús es hombre, mas también es Rey. Por eso se le ofrenda oro. Es el dueño de nuestros bie nes, Él nos los dio; debemos servirnos de ellos para honrarlo, para engalanar sus altares, para socorrer a los pobres. Ve a Jesús en sus pobres, con la fe de los Magos que, contemplando en el pesebre a un niño pobre y abandonado, lo reconocieron como a su Rey y a su Dios. Si eres pobre, ofrece a Jesús tu pobreza; esta ofrenda le será más agradable que todos los tesoros de la tierra.

III. Los Magos ofrecieron incienso a Jesús, y reconocieron así su Divinidad. El incienso que tú le debes presentar, es la oración que eleva a tu alma hasta Dios. Humíllate ante este Soberano, ofrécele todas las potencias de tu alma, adóralo, témelo. Acuérdate sobre todo que los Magos volvieron por otro camino; cambia de vida a ejemplo suyo, y después de haberte dado a Jesucristo, no te des más al mundo. Por el cambio de ruta, entendemos el cambio de vida. (Eusebio).

La devoción
Orad por los que os gobiernan.

ORACIÓN

Oh Dios que en este día hicisteis que los gentiles conocieran a vuestro Unigénito, dándoles una estrella por guía, haced que, conociéndoos ya por la fe, nos elevemos a la contemplación de vuestra gloria. Por J. C. N. S. Amén.

* Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

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