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26 octubre, 2015

Leemos en el evangelio según san Marcos una escena que refleja perfectamente el espíritu rebelde y trastornado que anima hoy a muchas personas creyentes y aun no creyentes. Dios ha de ser, a la fuerza, como cada uno se lo figura, o como conviene a los intereses particulares de cada persona. Pero este no es Dios, sino un títere que como mucho ahoga la voz de la propia conciencia, ya que las almas obstinadas que lo adoptan no soportan ningún eco de verdad ni conciben la enmienda personal como el camino correcto para agradar a Dios Padre.

Y así vemos en el evangelio, como por una ventana abierta al pasado, a ese pobre hombre que reconoce a Jesús en el camino y, corriendo, se arrodilla delante de él y le pregunta: «Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?» Y el Señor le responde con cariño: «Ya conoces los mandamientos». El hombre, por lo visto, los ha guardado desde bien pequeño, y así se lo hace saber al Hijo del Altísimo. Sin embargo, Jesús, mirándolo con amor, según la Sagrada Escritura, le contesta: «Te queda una cosa que hacer: Anda, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme». El Señor propone. Jesús enseña la senda de la vida, la felicidad mientras se deambula por esta existencia, la ruta correcta. Pero el hombre se resiste y protesta. Dice el evangelista en este punto que el joven, al oír esto, se fue muy triste, porque tenía muchos bienes[1]. ¿Qué ha ocurrido aquí? El chico salió al encuentro de Jesús con buena voluntad y recibió un severo correctivo.

Como es natural viniendo de Cristo Jesús, del que dice san Pablo que tiene la naturaleza gloriosa de Dios, el cristiano está llamado a un ideal inalcanzable por el que hay, no obstante, que combatir sin cuartel ni descanso. Para ser perfectos se precisa la excelencia. Y sin embargo, siempre hay alguna indicación divina que nos rechina, que nos coge por sorpresa, que nos recuerda nuestras faltas y miserias, el estado embrionario de nuestra fe y de nuestro amor por Cristo y su santa Iglesia. Lo que le ocurrió a ese pobre hombre que salió al encuentro del extraordinario galileo es que no le gustaron las palabras del Maestro. Como tampoco gusta al mundo que la Iglesia genuina siga defendiendo la doctrina que aprendió del Santísimo, sirviendo así a Cristo como verdadero Señor y no al propio apetito[2].

De esta manera vemos hoy cómo se exculpan unos y otros de sus agravios al Padre Eterno, cómo atenúan su descarrilamiento, o cómo defienden, contra toda cordura —pues el Evangelio no es un producto humano—[3], que la Iglesia se «modernice» y se deje camelar por los embrujos de este mundo descreído. Y así, unos disculpan que hombres se acuesten con hombres; otros consideran que no es importante estar casado para tener relaciones sexuales; aquellos dirán que la mujer debería presidir en el altar y aun optar al papado; estos se conjurarán para sostener que lo que Dios ha unido se deshace en un trámite por «incompatibilidad de caracteres»; aquéllos dirán que la Iglesia no es simpática y que no fraterniza con la democracia. Disparates que ya no escandalizan a casi nadie. Y no obstante unos y otros, como es evidente, no oyen a Dios, sino a sus demonios particulares.

Jesús, por su parte, aseguró que «todo el que mira a una mujer con mal deseo ya ha cometido con ella adulterio en su corazón», y las consecuencias de tal pecado son, según sus labios puros y justos, el fuego eterno[4], como corrobora él mismo en el versículo siguiente. Jesús nombró a doce hombres para regir los destinos de su Iglesia, y otorgó el primado y por tanto el timón de la barca a uno de ellos; más aún, el Colegio Apostólico acordó invocar al Espíritu Santo para elegir a otro apóstol en el lugar que había dejado vacante Judas Iscariote. Matías ocupó ese puesto, y no Marta o Salomé, por decir dos nombres de mujer. Algunos, en cambio, se empeñan en querer enmendar el orden inspirado que siguieron los discípulos en el relato de los Hechos. Y finalmente, desprecian la condena de san Pablo a los que hoy son herederos de los hijos de Sodoma. A quienes, de hecho, Dios mismo abandonó a sus pasiones vergonzosas, «pues, por una parte, sus mujeres cambiaron las relaciones naturales del sexo por otras contra la naturaleza. Por otro, también los hombres, dejando las relaciones naturales con la mujer, se entregaron a la homosexualidad, hombres con hombres, cometiendo acciones vergonzosas y recibiendo en su propio cuerpo el castigo merecido por su extravío»[5].

La Iglesia, así pues, cree lo que es debido. Por tanto, quienes no gusten de lo que ésta tiene que decir, como le ocurre al hombre que se aleja triste de Jesús porque no acepta lo que escucha de su boca, no tengan parte en ella, pues la Iglesia ha de resistir contra las puertas del Infierno aunque los hombres se rebelen y traten de meter en vereda al mismísimo Jesucristo.

Luis Segura


[1] Cfr. Gálatas 1, 11.

[2] Cfr. Mateo 5, 28.

[3] Cfr. Romanos 1, 24-27.

[4] Cfr. Romanos 16, 17.

[5] Cfr. Marcos 10, 17-27.

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

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