LA MILAGROSA APARICIÓN DE NUESTRA SEÑORA DEL PILAR FUE CUANDO ELLA AÚN VIVÍA

el_apc3b3stol_santiago_y_sus_discc3adpulos_venerando_a_la_virgen_del_pilarEl apóstol Santiago y sus discípulos venerando a la Virgen del Pilar, la primera aparición de la Madre de Dios, aún en vida.

Testigos de la divinidad de su Maestro en la Resurrección gloriosa después de tantos milagros que la acreditaban; llenos de aquel espíritu consolador que les enseñó todas las lenguas y el arte de dominar en las almas por el ministerio de la palabra; convenidos en el Concilio de Jerusalén sobre los artículos que habrían de formar el fondo de su predicación, nada faltaba más que la dispersión de los Apóstoles. Y he aquí la época feliz a donde se debe traducir el principio de la ventura de España.

Estaba esta hermosa porción del mundo sumergida en la idolatría; el haber enriquecido la naturaleza su suelo con tantas preciosidades habían llamado las atenciones y la codicia de las más remotas gentes; todas habían traído, juntamente con su ambición y con sus armas, sus respectivas supersticiones. Sin tener necesidad de subir a los tiempos fabulosos saben todos que con los fenicios y los romanos vinieron a España cuantos ídolos pudo inventar una loca fantasía en todos los países que sujetaron sus armas victoriosas; aquella ridícula multitud de deidades de las que burlaba Juvenal, era adorada de nuestros antepasados, a no ser que el furor de la guerra y su natural indócil les hubiese hecho sacudir el yugo de la religión como el del imperio romano; pero de cualquiera manera, o no tenían religión, o su Dios era, además de sus pasiones las mudas obras de las manos de los hombres. En esta situación; he aquí que el Altísimo le dirigió una benéfica mirada desde lo alto de su trono de Su gloria. Los apóstoles fortalecidos por el Espíritu Santo, animados con el heroico ejemplo del protomártir Esteban, e instruidos plenamente por la Reina de los Mártires, emprenden la predicación del Evangelio.

Santiago, uno de los discípulos más amados del Señor, se prepara para venir al Occidente, cumpliéndose en esto, como siente Santo Tomás de Villanueva, la pretensión hecha por su Madre en la solicitud de las dos sillas para sus hijos. María Santísima, que después de la Pasión de su Hijo y de su gloriosa Ascensión a los cielos no podía tener otros pensamientos que la retardasen unirse para siempre con su Esposo que la propagación de la fe y la predicación del Evangelio, veía la dispersión de los Apóstoles como el último plazo para el logro de las eternas dichas. Exhalábase su dulcísimo corazón en mil tiernos suspiros, repitiendo aquellas amorosas palabras de la Esposa: Dime, ó amado de mi corazón, en dónde se sesteas, á dónde vas a descansar al mediodía, que no quiero ya más estar en este destierro sin ver las hermosísimas luces de tus ojos, y recrearme para siempre con la divina hermosura de tu semblante. Toda absorta en la contemplación de su Hijo, estaban de acuerdo su alma y sus sentidos para no tener otro objeto que á Dios. Los ardores de su voluntad se echaban de ver en aquel rostro con visos de divino, como decía san Dionisio Aeropagita. Privada solamente de la vista sensible de su Hijo, todos sus deseos, todos sus anhelos, sus votos, sus ansias se dirigían al cielo, cuya consideración se mantenía; cuando he aquí que el Apóstol Santiago, destinado por el Espíritu Santo a la predicación de los españoles, se presenta a la Reina de los Ángeles; dobla las rodillas ante quien mucho antes se habían hecho semejantes demostraciones los más encumbrados serafines; besa sus manos virginales bañándolas de lágrimas, y le pide su bendición y su licencia para venir a la predicación de España. Ve, hijo, le dice la amorosísima Madre, cumple el mandamiento de tu maestro, y por él te ruego que en aquella ciudad en que mayor número conviertas a la fe, edifiques una iglesia en mi memoria, yo misma te lo daré a entender.

la_virgen_del_pilar_bayeuMaría llegó a Zaragoza «en carne mortal» —antes de su Asunción— y como testimonio de su visita habría dejado una columna de jaspe conocida popularmente como «el Pilar»

Estas palabras excitarán vivamente los escrúpulos de la erudición mundana, clavando la mordaz censura sus inexorables dientes en un hecho, cuya autenticidad pretende sujetar a alas más delicadas discusiones. Pero para que la piedad descanse sobre un fundamento de bastante autoridad y solidez es justo insertar aquí el monumento que califica esta tradición, reducido a un código membranáceo que conserva en su archivo la santa iglesia de Zaragoza. En él, pues, se dice así: “Después de la Pasión y de la Resurrección de nuestro Salvador Jesucristo, y de su Ascensión a los cielos, quedó la piadosísima Virgen encargada al cuidado del Apóstol y virgen san Juan Evangelista. Con la predicación y los milagros de los apóstoles crecía en Judea el número de los discípulos, y enfurecíanse los pérfidos corazones de algunos judíos en tanto grado, que movieron una persecución grande contra la iglesia de Jesucristo. Apedrearon a San Esteban  y quitaron la vida a otros muchos; por lo cual les dijeron los apóstoles: A vosotros debía predicarse primeramente la palabra de Dios; pero por cuanto la habéis rebatido y os habéis hecho indignos de la vida eterna, he aquí que nos convertimos a las gentes. De esta manera, esparcidos por el universo, según el mandamiento de Jesucristo, predicaron el Evangelio a todo hombre cada Apóstol en la porción que le había tocado.  Al tiempo de salir de Judea, cada uno obtenía la licencia y bendición de la Bendita y Gloriosa Virgen.

santiago-apostol-elmejorsitio4El bienaventurado Santiago el mayor, hermano de Juan e hijo del Zebedeo.

Entre tanto, por Revelación del Espíritu Santo, el bienaventurado Santiago el mayor, hermano de Juan e hijo del Zebedeo, recibió un mandamiento de Cristo para ir predicar el Evangelio a las provincias de España. Al punto el santo apóstol yendo a la Virgen y habiéndola besado las manos, le pedía con lágrimas en los ojos que le diese su licencia y su bendición respondió: Ve, hijo, cumple el mandamiento de tu Maestro, y por él te ruego que en aquella ciudad de España  en que mayor número de hombres conviertas a la fe, edifiques una iglesia á mi memoria, yo te lo manifestaré. El bienaventurado Santiago, saliendo de Jerusalén, vino a España predicando, y pasando por Asturias llegó a la ciudad de Oviedo, en donde convirtió uno a la fe. De esta manera, entrando por Galicia predicó en la ciudad de Padrón, de allí volviendo a Castilla, llamada España la Mayor, vino últimamente a España la Menor, que se llama Aragón, en aquella región que se dice Celtiberia, en donde está situada la ciudad de Zaragoza a las riberas del Río Ebro.

   En esta ciudad, habiendo predicado Santiago muchos días, convirtió a Jesucristo ocho varones, con los cuales trataba del día del Reino de Dios, y por la noche salía a la ribera del río para tomar algún descanso en las eras. En este sitio dormían un rato, y después se entregaban a la oración, evitando de esta manera ser perturbados por los hombres y molestados por los gentiles. Pasados algunos días, estaba Santiago con los dichos fieles, a eso de medianoche, fatigados con la contemplación y la oración. Dormidos los ocho discípulos, el bienaventurado oyó a la hora de media noche unas voces de ángeles que cantaban: “Ave, Maria, gratia plena, como si comenzasen el oficio de Maitines de la Virgen con un dulce invitatorio;  y poniéndose inmediatamente de rodillas, vio a la Virgen Madre de Cristo, entre dos coros de miles de ángeles, sentada sobre un pilar de mármol. El coro de la celestial milicia angelical acabó los Maitines de la Virgen con el verso: Benedicamus Domino”.

Acabado esto, María Santísima con rostro halagüeño llamó así al santo Apóstol y con mucha dulzura le dijo: “He aquí, Santiago, hijo, el lugar señalado y destinado para mi honor, en el cual por tu industria se ha de construir una iglesia en mi memoria: Mira bien este pilar en que estoy sentada, el cual mi Hijo y Maestro tuyo le trajo de lo alto por manos de ángeles, alrededor del cual colocarás el Altar de la capilla. En este lugar obrará la Virtud del Altísimo, portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio, y este pilar permanecerá en este sitio hasta el fin del mundo, y nunca faltarán en esta ciudad verdaderos cristianos”. Entonces el Apóstol Santiago, regocijado con una alegría extraordinaria, dio infinitas gracias a Jesucristo y a Su Santísima Madre; e inmediatamente aquel ejército de ángeles, tomando a la Señora de los cielos, la tornó a la ciudad de Jerusalén y la colocó en su aposento; porque este es aquel ejército de miles de ángeles que envió Dios a la Virgen en la hora en que concibió a Cristo para su custodia, para que la acompañasen de continuo, y conservasen a su Hijo ileso.

Alegre el bienaventurado Santiago con una visión y consolación tan maravillosas, comenzó inmediatamente a edificar una iglesia en aquel sitio, ayudándole para ello los ocho que había convertido. La referida basílica es de casi ocho pasos de latitud y dieciséis de longitud, y a la cabecera de la parte del Ebro, tiene el referido pilar con un Altar, y para servicio de esta iglesia el bienaventurado Santiago ordenó de presbítero a uno de los sobredichos, el que le pareció más idóneo. Habiendo consagrado después la referida iglesia y dejando en paz a los cristianos, se volvió a Judea predicando la palabra de Dios. A esta Iglesia la dio el título de Santa María del Pilar, y es la primera iglesia del mundo dedicada al honor de la Virgen por las manos de los Apóstoles, etc.”

basilica-del-pilar-de-zaragozaHe aquí, Santiago, hijo, el lugar señalado y destinado para mi honor, en el cual por tu industria se ha de construir una iglesia en mi memoria

Estas son puntualmente las palabras del referido código que conserva la Santa catedral de Zaragoza, y el monumento más sólido y fidedigno que tiene la nación española para prueba de esta piadosa tradición. Dios nuestro Señor ha acreditado con la experiencia la verdad de sus palabras, pues nunca han faltado allí verdaderos adoradores, por turbados y borrascosos que hayan sido los tiempos. La protección de María se ha dejado ver en todos los siglos con repetidos milagros y portentos, dando que ella ha empeñado a la piedad de los españoles para tributarla cultos con devoción y magnificencia.

De aquí nació el innumerable concurso de gentes que de todas las partes venían de tiempos antiguos, y vienen presentemente a venerar esta santa imagen, recompensando la Reina de los Ángeles esta piedad fervorosa con la continua dispensación de gracias que alcanza de su Hijo. El vicario de Jesucristo que vela insensatamente sobre el rebaño que le fue encomendado, no pudo menos de advertir lo augusto de este santuario, lo remoto de su fundación y el fervoroso culto con que los fieles lo frecuentaban. Deseoso pues, de que una obra tan piadosa, no padeciese decadencia en las edades futuras, y así mismo de que todas las iglesias de España tuviesen el consuelo de celebrar tanta dicha con Himnos y cánticos determinó su festividad particular; y Clemente XII señaló para este efecto el día 12 de octubre, dando a todos los pueblos sujetos al Rey católico el consuelo de celebrar la ventura de haber tenido a la Madre de Dios en su región cuando todavía vivía en carne mortal.

(Véase la advertencia acerca de la venida de la Santísima Virgen a la ciudad de Zaragoza, que se lee en el mes de enero, día 2).

HIMNO

Jubilo dulci canimus Mariam,                                   Á MARÍA cantamos con dulce armonía,

Flumen aeternae pietatis, unde                                  Que de piedad eterna es rio inagotable,

Hauriunt omnes, quibus ardet alto                            Do beben con fervor y con santa porfía

Pectore virtus                                                               Cuántos pechos arden en amor entrañable

Cujus est primo fidei sub ortu                                     Ya desde que nació la fe en Dios verdadero,

Noster expertus populus favorem,                              La Iberia el blanco fue de sus favores; Pues luego brilló en ella el de salud Lucero

Cum per Hispanias micuisset oras                             Que en toda su extensión echó sus resplandores.

Stemma salutis                                                             Lo que la antigüedad con júbilo cantó

Longa quod plauso cecinit vetustas                            La que nuestros mayores fiesta celebraron,

Praedicent sancte, celebrentque grata                       Celebrémosla alegres, pues nos la legó

Mente nepotes                                                               La piedad con que ellos la solemnizaron.

Fertur, ut quondam monitus Jacobus                        Inspirado SANTIAGO, segun tradicion,

Caesaraugustae posuisse templum                             En Zaragoza un templo á la VIRGEN levanta;

Nostra sic aedes nítidas MARIAE                             Lo mismo cada cual debe en su corazón

Corda dicemus                                                              Levantar a MARÍA una morada santa

Virginis laudes celebrans Iberus                                Alégrese la España al celebrar las glorias

Civis exultet, menor et receptae                                 De tan buena SEÑORA y MADRE cariñosa

Gratiae, festo redeunte, vota                                      Y pues que de ELLA tiene tan buenas memorias

Debita solvat                                                               Su fiesta agradecida, celebre hoy gozosa.

Sit decus súmmum tibi, Christe, MATER                    Gloria suma a Jesús que es el Hijo de una MADRE

Pura quem VIRGO generavit, aequa                        Que es MADRE la más tierna y VIRGEN la mas pura;

Laude dicatur Pater, ac perenni                                Gloria suma también al sempiterno Padre,

Spiritus aevo. Amen.                                                  Y al Santificador de toda criatura. Amén.

La Misa es en honor a la Santísima Virgen del PILAR de Zaragoza, siendo la oración la que sigue:

Concede nos fámulos tuos, quaesumus Domine Deus, perpetua mentis et corporis sanítate gaudere, et gloriosa beatae Mariae Semper virginis intersessione a praesente liberari tristitia, et aeterna perfrui laetitia. Per Dominum nostrum Jesum Christum…

Ó Dios y Señor, concédenos, te rogamos, que nosotros tus siervos nos alegremos con la perpetua sanidad de cuerpo y alma, y que por la gloriosa intercesión de la bienaventurada siempre Virgen María seamos libres de la tristeza presente, y lleguemos a gozar de las alegrías eternas. Por Nuestro Señor Jesucristo, etc.

En el Reino de Aragón se dice la siguiente:

Omnipotens sempiterne Deus, qui per gloriosissimam Filiitui Matrem caeleste praesidium nobis mirabiliter praeparasti; concede propitius, ut quam peculiari titulo COLUMNA pia devotione veneramur, ejus perpetuo protegamur auxilio. Per eumdem Dominum…

Omnipotente y eterno Dios, que por medio de la gloriosísima Madre de tu Hijo nos preparaste admirablemente en ella un refugio celestial; concédenos benigno, ya que la veneramos con piadosa devoción bajo el título del PILAR, nos proteja ella siempre con incesantes gracias. Por el mismo Señor…

La Epístola es del capítulo XXIV del Eclesiástico, pág. 14

Ab initio et ante secula creata sum et usque ad futurum seculum non desinam 
et in habitacione sancta coram ipso ministravi.
Et sic in Sion firmata sum, et in civitate sanctificata similiter requievi, et in Jerusalem potestas mea. Et radicavi in populo honorificato, et in parte Dei mei hæreditas illius, et in plenitudine sanctorum detentio mea.

Desde el principio y antes de los siglos fui criada, y existiré por todo el siglo futuro, y ejercité mi ministerio en el tabernáculo santo delante de él. Así yo tuve en Sión estabilidad, y también la ciudad santa fue lugar de mi reposo, y en Jerusalén tuve mi palacio. Y eché raíces en un pueblo glorioso, y en la porción de mi Dios, que es su heredad; y mi habitación fue en la plenitud de los Santos.

REFLEXIONES

Todas las expresiones que contiene la Epístola de esta día están dichas propiamente de la Sabiduría divina; pero nuestra madre la Iglesia, conociendo el mérito singular de la Reina de los Ángeles, y cuanto la convienen las grandezas que en ella se insinúan, se la aplica con bastante frecuencia, y en esto mismo da un motivo de consolación a todos los cristianos y muy particular a todos los españoles.

De luego a luego, da a entender la Iglesia que María Santísima tiene en su mano todos los tesoros del cielo para dispensarlos a los miserables pecadores. En este sentido pueden entenderse aquellas palabras: “Mi poder y potestad se extiende sobre Jerusalén”; y las siguientes: “Eché raíces en un pueblo lleno de honor,” pueden sin violencia interpretarlas los españoles; porque habiendo tenido la dicha de la Madre de Dios  se apareciese en carne mortal al Apóstol Santiago cuando les predicaba el Evangelio, y de que por sí misma le mandase construir en su honor la primera iglesia que tuvo en el mundo, ¿qué lengua será suficiente para decir la santificación y gracias que dejaría en aquel lugar dichoso una Reina tan poderosa? Por mucho que se quiera cerrar los ojos, es preciso advertir que el verdadero Dios se constituyó Dios nuestro, y que toda nuestra España se convirtió, por medio de María, de región de tinieblas en hermosa habitación de resplandores. Fundada una iglesia bajo los benignos auspicios de la Madre de Dios; adornada de aquella columna, símbolo misterioso de la estabilidad de nuestra fe; y lo que es más, fortalecido y apoyada en las promesas de Reina tan poderosa, ¿podrá dejar nuestra España que se seduzcan los lisonjeros preceptos de una ley que alague los sentidos? ¿Borrará jamás la alianza que el Espíritu divino grabó con dedo omnipotente en sus entrañas, escribiéndola con caracteres indelebles más duraderos que el diamante? ¿será posible que queme inciensos Dagón, ni que adultere con las naciones extrañas? No es creíble que una nación preelegida, una nación amada y distinguida entre todas las del universo con los amores, las ternuras y real presencia de la Madre de Dios llegue alguna vez a ser ingrata a su Hijo. Las puertas del infierno se conjurarán contra nuestra constancia, vendrán siglos en que se verifiquen de la iglesia de España las tristes profecías que dejó escritas san Juan en su Apocalipsis, pero aquel gran Dios quien nos dio a Santiago por doctor de su ley, que hizo descender sobre nosotros la lluvia soberana de sus luces, y que finalmente nos puso bajo la protección de su misericordiosa madre, ese mismo Dios, será siempre nuestro Dios, y nosotros seremos siempre su pueblo. Los españoles tendremos siempre el escudo de María, y con su amparo seremos eternamente la nación dichosa, el pueblo de Dios, la heredad del Todopoderoso, el objeto de sus beneficencias. Tanta dicha merece sin duda alguna particular gratitud de parte de los españoles; pero esta no debe reducirse a solas palabras o vanas admiraciones. Las buenas obras son el único testimonio de la sencillez, de la voluntad y de la rectitud del corazón.

El Evangelio es del capítulo XI de san Lucas, pág. 16

In illo tempore: Loquente Jesu ad turbas, extollens vocem quaedam mulier de turba, dixit illi: Beatusventer qui te portavit, et uvera, quae suxisti. At ille dixit: Quinimo beati, qui audiunt verbum Dei, etcustodiunt illud.

En aquel tiempo: Hablando Jesús a las turbas, alzó la voz cierta mujer de en medio de ellas, y le dijo: Bienaventurado el vientre que te llevó, y los pechos que mamaste. Pero él respondió: Antes bienaventurados aquellos que oyen la palabra de Dios y la observan.

MEDITACIÓN

Sobre los particulares favores con que María Santísima ha protegido siempre a España.

PUNTO PRIMERO.– Considera que la firmeza y estabilidad en la fe que ha manifestado siempre esta provincia en el mundo, debe por la mayor parte su origen a la protección y piedad de la Reina de los Ángeles, que la ha mirado con especial cariño, y que con sus súplicas la ha alcanzado de su Hijo, cuando muchos otros pueblos padecieron naufragio en los tiempos calamitosos.

Dejando aparte aquella solemne promesa que hizo á Santiago de perpetuar nuestra fe, diciéndole cuando se le apareció: Esta columna permanecerá en este lugar hasta el fin del mundo, y nunca faltarán en esta ciudad verdaderos adoradores de Jesucristo, ¿a qué otra cosa podemos atribuir la extraña diversidad con que nuestra España se portó como el primer predicador del Evangelio respecto de las demás naciones del mundo? Porque ¿qué provincia dio sus oídos más pacíficamente á la intimación de la verdad? ¿Qué gentes presentaron sus corazones más blandos y sazonados para plantar en ellos la fe de Jesucristo? ¿quién abrazó con más amor una ley tan repugnante a la carne y sangre? ¿qué nación miró con tanto respeto una religión de mortificación y de cruz, que en lo natural había de ser tenida por las gentes en el concepto de una necesidad? ¿qué parte del mundo, finalmente, trató a los discípulos del Señor con tanta humildad y cortesía? Los romanos crucificaron a san Pedro, degollaron a san Pablo y frieron en aceite a san Juan; los jerosolimitanos despeñaron a Santiago Alfeo, su obispo; los armenios desollaron inhumanamente a san Bartolomé; los frigios crucificaron a san Felipe; los indios alancearon a santo Tomás; los persas martirizaron a san Judas y a san Simón con los más crueles tormentos; y a este modo todos los apóstoles recibieron malos tratamientos y la muerte de las mismas gentes a las que predicaron. Solamente los españoles no martirizaron a Santiago, sino que recibieron el Evangelio que les predicaba, le honraron, y dejaron levantar una iglesia, que es la del Pilar de Zaragoza, hacerse discípulos, administrar el bautismo, plantar la fe del Crucificado, y formarle un pueblo que había de preciarse siempre de serlo suyo. Si hubo de beber el cáliz de su maestro, que con tanto valor afirmó que podía apurar hasta las heces; si hubo de dar el sagrado cuello al cuchillo injusto que hizo mártir; le fue precioso salir de España, y esta gloria no nos faltará eternamente a los españoles, sobre todas las naciones que pueblan el ámbito del mundo. Todos efectos maravillosos deben atribuirse al patrocinio de María, y a la verificación de sus promesas. Con razón pudiera aquí exclamarse con las palabras de san Agustín: ¡Ó dulcísima Virgen María, en vista de tantos beneficios yo no sé con qué alabanzas engrandecerte!

PUNTO SEGUNDO.—Considera que casi como por la protección de María ha sido el santuario del Pilar exento de los contrastes de la fortuna, de la misma manera nunca pudo la astucia del infernal enemigo destruir la fe del Crucificado, aún cuando pudo alucinar a un español para proporcionarle por medio de una venganza los medios más oportunos.

Bien sabidas son las torpes astucias de un Prisciliano, y de las infelices mujeres que hacían instrumentos de sus errores. Bien notorio que los arrianos infestaron de tal modo nuestra península, que lloraron sus funestas consecuencias no solamente las ciudades asoleadas y muchas nobles familias desterradas, entre ellas, san Isidoro con sus padres y hermanos, sino muchos fieles precisados a derramar su sangre por Jesucristo. Tal vez se conservarán todavía los pañuelos empapados en la sangre de nuestra Reina Clotilde; y el santo joven Hermenegildo es testigo de que el error y la crueldad se habían apoderado del trono, y empuñaban en estos reinos el cetro. Los nombres de Amalarico, Teudis, Teudiselo, Leovigildo y otros semejantes hacen todavía estremecerse a la religión y a la humanidad. En tiempos no menos calamitosos se vio nuestra España sojuzgada por una gente descomunal y bárbara, profanados nuestros templos, robadas nuestras haciendas, muertos los ciudadanos, prostituidas sus esposas, y sus hermosas y amadas hijas entregadas como corderas a lobos carniceros.

En medio de tantos trabajos, de tanta guerra, de tanta herejía, de tantas persecuciones y de tanta asolación, siempre se vio claramente que el brazo de Dios estaba levantado para castigar a nuestros pecados; pero también se vió que la protección de María se interponía como escudo fuerte para defendernos, y hacer que nuestros enemigos no nos aniquilasen. Jamás faltaron los cristianos que cuidasen del culto de María en su iglesia del Pilar aún cuando Zaragoza estuvo por muchos siglos en poder de príncipes paganos, jamás faltaron los sacerdotes en su templo al Eterno Padre el Cordero Inmaculado. Jamás se interrumpió la serie de sus santos obispos, de los Valeros, de los Braulios, de los Tajones, y otros de gran santidad y literatura. Jamás suspendieron aquellos concilios en que tuvo la primacía sobre todas las iglesias de España, si se acentúa la de Iliberis. Y mientras Zaragoza poseía con tranquilidad su tesoro, ¿qué gracias no participó toda la península ya que tantos obispos santos, sabios y esforzados; ya en los tantos mártires nada inferiores en la gloria a los Fructuosos, a los Eulogios y a los Vicentes; ya en tanto concilio en que interesó a un mismo tiempo la religión y gloria de España, y la causa común de toda la iglesia; y en tanto escritor que tanto la verdadera sabiduría con la defensa de la piedad de dogma y la virginidad perpetua de la Madre de Dios, y ya finalmente en ver restituido su trono al valor, a la nobleza, al mérito y la religión?

Todos estos bienes particulares de Zaragoza, y universales a toda España, son una consecuencia de las promesas que hizo María al Apóstol Santiago en la portentosa aparición que celebra nuestra iglesia. Todos ellos, así como son testimonio de la predilección con la que nos mira la Reina de los Ángeles, de la misma manera son un motivo que ejecuta de continuo nuestra gratitud.

JACULATORIAS. – Derramaste, Señor, tus bendiciones sobre una tierra que elegiste para tu posesión, y alejaste de ella las cadenas con que la superstición la tenía esclavizada. (Psalm. LXXXIV).

Con el claro resplandor de tu gracia y de tu santa ley caminarán, Señor, tus gentes por los senderos de esta vida, y en nada se gloriarán ni se regocijarán sino en tu nombre sacrosanto. (Psalm LXXXVIII)

PROPÓSITOS

Habiéndose visto en las precedentes consideraciones en la Aparición milagrosa del Pilar, fijó el Espíritu Santo la divina ley de nuestros corazones con caracteres que no se borrarán jamás; que Dios quiso ser nuestro Dios, y que nosotros fuésemos su pueblo; y últimamente, que eligió a Su Santísima Madre para dispensarnos estos soberanos beneficios, está visto que los españoles tenemos una grande obligación á esta Soberana Reina. El serla agradecidos será lo mismo que ser cristianos; las obligaciones de la fe son las mismas que las de su amor. Si nos ama como á hijos, ¿no debemos servirla como á madre? Si nos favorece como á predilectos, ¿no deberemos señalarnos entre todos los fieles de la tierra en materia de agradecidos y obsequiosos? No se puede dudar; y el modo de agradecer las amorosas demostraciones de esta dulce Madre, es servir sin reserva a su Hijo. Así lo deseo, Madre amorosísima, y así os lo prometo; pero para este efecto alcanzadme del Espíritu Santo aquellos dones divinos con que fortaleció el corazón de los Apóstoles; aquella gracia poderosa que ilumina el entendimiento, mueve dulcemente la voluntad, y vence gloriosamente la concupiscencia. Tomad Señora, bajo vuestra protección todos estos dilatados países, y haced con vuestro santísimo Hijo que no prevalezcan en ellos los funestos males y perniciosos errores de que está inundada toda la tierra. España os mereció hasta ahora todas vuestras atenciones; Vos la prometisteis que en ella permanecería incorrupta la Fe de vuestro Hijo: Hasta la hora presente vuestras promesas se han verificado. Pero, ¿se verificarán igualmente en lo sucesivo? Si miramos a la depravación de las costumbres que se ha hecho universal; si se atiende a la relajación de todos los estados y jerarquías de la Iglesia; si se consideran bien los progresos que por todas partes hace el error, no se puede dudar que no encuentra el entendimiento humano, sino multitud de causas de temer. Tanto pecado, tanta maldad y tanto delito tienen la fuerza suficiente para suspender el curso á vuestras promesas; pero, espero que sin embargo no la tendrán para impedir el de vuestras misericordias y piedades.

Tomado de:

https://forocatolico.wordpress.com/

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