El ejemplo de la epopeya cristera

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14 octubre, 2015

“Una sola cosa diré y es que he trabajado con todo desinterés por defender la causa de Jesucristo y de su Iglesia. Vosotros me mataréis, pero sabed que conmigo no morirá la causa. Muchos están detrás de mí dispuestos a defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la seguridad de que veré pronto desde el cielo el triunfo de la religión en mi Patria”.

Beato Anacleto González Flores

Hace 89 años comenzaba en México la epopeya cristera; gesta que nos enseña cómo debe comportarse un pueblo cuando su fe, lo más preciado que posee, es atacada y perseguida.

¡Tanto deberíamos aprender de aquellos cristeros y no mirar para otro lado, los católicos del siglo XXI!

Los hechos ocurridos durante la guerra no deben entenderse como una cuestión ideológica, sino teológica. El combate no fue por cuestiones ideológicas, sino teológicas. Es inteligible únicamente sub specie aeternitatis. La masonería  -intrínsecamente satánica-  se propuso destruir en tierra mexicana a la Iglesia de Cristo. El odio que mueve a Plutarco Elías Calles va en pos de ese objetivo a través de inicuas leyes y decretos persecutorios. Es terrible el relato que de este siniestro personaje hace el escritor inglés Francis Mc Cullagh: “Por una u otra razón Calles siente un odio intenso contra la Iglesia católica, un odio que casi es tan grande como el de Cromwell. Un periodista norteamericano que estaba en Méjico, tuvo una vez la oportunidad de discutir ampliamente la cuestión religiosa con Calles, o más bien, de escuchar lo que Calles le dijo sobre el asunto durante  hora y media. Este corresponsal es protestante, y no se interesaba particularmente por los temas religiosos, pero salió de aquella entrevista sudando frío, y me declaró (cuando puso recobrar el uso de la palabra) que le había consternado el abismo abierto bajo las palabras del Dictador.  –Vi en el fondo de ellas  -me dijo-  no el odio de una vida, sino de muchas generaciones de odio”[1].

Si bien es cierto que durante la tiranía callista la persecución llegó al máximo, no debemos olvidar los antecedentes previos que llevaron a tan sangrienta situación[2]. En apretada síntesis digamos que derrotado el patriota Agustín de Iturbide (1823) comienza en México un agudo proceso de descristianización pergeñado por la masonería, siempre a través de los distintos agentes que tiene a su servicio tales como el liberalismo, el comunismo, etc.

En 1855, la peste liberal, de la mano de Benito Juárez, desata una terrible revolución. En 1856 se sanciona la ley Lerdo o de Desamortización (con esta ley se da visos de legalidad a la apropiación de los bienes de la Iglesia, se suprimen las órdenes religiosas, entre otras medidas, todas ellas contrarias al derecho natural).

Al año siguiente se proclama la terrible Constitución, impuesta por la logia norteamericana de Nueva Orleans. Algunos de sus artículos, por ejemplo, desautorizaba los votos religiosos y condenaba la existencia de órdenes religiosas (art. 5), prohibía los fueros eclesiásticos (art. 23), negaba a las corporaciones eclesiásticas la capacidad para tener bienes raíces (at. 27), correspondía exclusivamente a los poderes federales el ejercer en materia de culto religioso y disciplina externa, la intervención que designaran las leyes (art. 123).

El período 1872-76, con Lerdo de Tejada, el odio al catolicismo se acentúa de manera notoria al tiempo que se impulsa, con apoyo norteamericano, el protestantismo.  Recordemos también que durante 1873 y hasta 1876 se produce la guerra de los Religioneros, alzamiento armado católico como reacción frente a la persecución.

Porfirio Díaz, liberal, no aplica las leyes de la Reforma que eran hostiles a la Iglesia, pero las mantiene vigentes. Sí fomentó en el ámbito educativo el espíritu laicista y por tal, antirreligioso.

En 1914 con el nombre de Revolución Mexicana el liberalismo vuelve con más furia. Los Obispos conciben la idea, entonces, de proclamar el señorío de Cristo en su patria. Primeramente coronaron la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y más tarde consagraron  la nación a Cristo Rey.

El año de 1917, con Carranza, va a ser nefasto. Si la Constitución de 1857 era de por sí terrible, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, proclamada ese año en Querétaro, será muchísimo peor. S.S. Pío XI condenó el espíritu antirreligioso que la animaba. Durante este período se dictaron leyes tiránicas como que sólo se permitía celebrar la Misa del día domingo y con ciertas condiciones; que el sacramento del Bautismo se administrara con agua corriente o que las confesiones de los moribundos se hiciesen en voz alta y delante de un empleado gubernamental.

El gobierno de Obregón (1920-24) se caracterizará por dar impulso a la antitea Constitución y por los diversos atentados a la Iglesia.

Y así llegamos a la tiranía de Plutarco Elías Calles.

El 2 de julio de 1926, con el apoyo de masones, comunistas y jacobinos, promulga la ley que lleva su nombre animada por un bestial odium fidei. La misma entraría en vigencia el 31 de julio de ese mes. Para decirlo con pocas palabras, la ley establece que la religión católica es un delito[3] Tan alta era la hostilidad hacia la Iglesia de Cristo que los Obispos mexicanos, con la anuencia de Roma, deciden suspender el culto público a partir del mismo 31 de julio. El Pontífice Pío XI protesta refiriéndose a esta inicua ley: “Es increíble, Venerables Hermanos, cuánto nos entristece esta grande perversión del ejercicio de la autoridad pública. Cualquiera que venere, como es su obligación, a Dios, Creador y Redentor nuestro amantísimo, cualquiera que desee obedecer a los preceptos de la Santa Iglesia, ¿deberá ser por esto, por esto sólo, decimos, considerado como culpable y malhechor? ¿Merecerá ser por esto privado de los derechos civiles? ¿Deberá ser encarcelado en las prisiones públicas con los criminales? ¡Oh! ¡Cuán justamente se aplican a los autores de tales enormidades, las palabras de Nuestro Señor Jesucristo a los príncipes de los judíos: «ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas»![4]

Los obispos mexicanos si bien no se comprometen directamente con el alzamiento, reconocen su legitimidad: “hay circunstancias en la vida de los pueblos en que es lícito a los ciudadanos defender por las armas los derechos legítimos que en vano han procurado poner a salvo por medios pacíficos” (15-01-1927).

Tres largos años durará la sangrienta guerra. Del lado del gobierno, los “federales”, un ejército corrompido, cruel y sanguinario; los “agraristas”  -beneficiarios de la reforma agraria-; los sindicatos anárquicos (CROM) y tras todo esto la diplomacia norteamericana que apoyará al gobierno económicamente para superar las crisis y rearmar las tropas.

La otra parte, los católicos. En su gran mayoría gente sin experiencia militar; los jóvenes de la ACJM, algunos sacerdotes (como los Padres Aristeo Pedrosa y  José Reyes Vega, que llegarán al grado de generales entre los jefes revolucionarios y caerán en la empresa). Pero la mayoría de las fuerzas católicas viene de las capas más humildes de México: sindicatos católicos, campesinos, pequeños agricultores, indios y peones.

Las tropas adictas a la tiranía se lanzan al combate con la blasfemia en los labios: “¡Viva nuestro padre el diablo!”, gritan con un odio satánico a la religión y a todo lo que ésta representa. Los cristeros, por su parte, vivan a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe. ¿Cómo es su fe? Dice nuestro querido Padre Alberto Ezcurra que: “es la buena fe recta y sólida que clava sus raíces más profundas en la tierra firme de la catequesis misionera de España. Asombra el espíritu y la claridad de ideas de estos soldados de Cristo, el 60 % de los cuales no había asistido jamás a la escuela. Y su vida es conforme con su fe”[5].

Algo altamente significativo: el arma más eficaz de los cristeros para alcanzar la victoria fue, justamente, el conocer la importancia del derramamiento de su propia sangre antes que la muerte del enemigo. Los cristeros confiaban más en su propio sacrificio. Esto se llama martirio aceptado y deseado. De allí que el historiador Jean Meyer considere al movimiento Cristero como una Imitatio Christi colectiva.

Tres largos y sangrientos años duró la guerra, en la cual alrededor de 25.000 cristeros ofrecieron sus vidas. Murieron para que Jesucristo Rey viva en México.

El gobierno se da cuenta que éstos se mantienen firmes en el propósito de resistir a la tiranía. Como no puede, bajo ningún aspecto, poner fin al legítimo alzamiento recurre al engaño y a la mentira. Se llega así al momento más doloroso: los “Arreglos”. Aquí actuaron el embajador norteamericano Morrow y dos obispos felones: Monseñor Pascual Díaz y Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores, que eran acérrimos enemigos de los cristeros. Estos Judas lograron inclinar a su favor la autoridad de Roma (no informada fidedignamente). Conclusión: La Iglesia cedió en todo y dispuso la reapertura del culto público, a cambio de falaces promesas del presidente Portes Gil.

Los cristeros  -que nunca fueron consultados-  se sintieron abandonados y traicionados pero en un acto supremo y heroico, obedecen. El General Jesús Degollado Guízar, al licenciar a las tropas, dice: “Debemos, compañeros, acatar reverentes los decretos ineluctables de la Providencia: cierto que no hemos completado la victoria; pero nos cabe, como cristianos, una satisfacción íntima mucho más rica para el alma: el cumplimiento del deber y el ofrecer a la Iglesia y a Cristo el más preciado de nuestros holocaustos, el de ver rotos, ante el mundo, nuestros ideales, pero abrigando, sí, ¡Vive Dios!, la convicción sobrenatural que nuestra fe mantiene y alimenta, de que al fin Cristo Rey reinará en México, no a medias, sino como Soberano absoluto sobre las almas.

Como hombres, cábenos también otra satisfacción que jamás podrán arrebatarnos nuestros contrarios: La Guardia Nacional desaparece, no vencida por nuestros enemigos, sino, en realidad, abandonada por aquellos que debían recibir, los primeros, el fruto valioso de sus sacrificios y abnegaciones. ¡Ave, Cristo, los que por Ti vamos a la humillación, al destierro, tal vez a una muerte ingloriosa, víctimas de nuestros enemigos, con el más fervoroso de nuestros amores, te saludamos, y una vez más, te aclamamos Rey de nuestra patria”[6].

La epopeya cristera podrá aparecer ante los ojos del mundo como un fracaso, un sacrificio inútil, pero en realidad fue un triunfo: triunfaron sobre la muerte en Cristo.

Ante un mundo cada vez más hostil y que declara la guerra a nuestra Santa Fe, la Cristiada se alza como estandarte y divisa, mostrándonos cómo debe ser un católico en serio. Roguemos con insistencia a la legión de mártires cristeros y a Nuestra Señora de Guadalupe para que salgamos del letargo en que nos encontramos y se despierte en nosotros el espíritu de combate por las verdades eternas e inmutables. Nuestra salvación depende de ello.

¡VIVA CRISTO REY! ¡VIVA LA VIRGEN DE GUADALUPE!

Daniel Omar González Céspedes

[1] Citado por Díaz Araujo, Enrique en: La epopeya cristera, Gladius N° 4, año 1985, p. 63.

[2] Los antecedentes previos a la Cristíada pueden verse en  nuestro trabajo Beato Miguel Agustín Pro, Mártir de Cristo Rey, en Gladius N° 70, año 2007, pp. 65 a 70.

[3] Una síntesis de esta ley puede consultarse en el excelente libro de nuestro amigo P. Fray Armando Díaz, O.P., Beato Anacleto González Flores y los falsos héroes, Asociación Pro-Cultura Occidental, A.C., Guadalajara, Jalisco, México, 2007, pp. 99 a 102.

[4] Pío XI, Carta Encíclica Iniquis Afflictisque, 18 de noviembre de 1926.

[5] Ezcurra, Alberto; Recensión bibliográfica: La Cristiada, de Jean Meyer, en Mikael N° 11.

[6] En Rius Facius, Antonio; México Cristero, Asociación Pro Cultura Occidental, A.C., Guadalajara, Jalisco, México, 2002, Tomo 2, pp. 496 y 497. A nuestro entender la más recomendable y completa obra sobre el tema.

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