Nuestro Lutero

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En su acontecer religioso-eclesial la Reforma es la negación de la Iglesia visible, anclada en el magisterio objetivo y el sacerdocio sacramental, y la afirmación de la religión de la conciencia, basada en la palabra bíblica por la decisión de cada uno (J. Lortz. Historia de la Reforma)

Pues sí, el año próximo se celebra el medio milenio desde que Lutero inició su Reforma, colgando las 95 tesis contra las indulgencias en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg.

Esto ocurría en un momento de grave decadencia de la Iglesia, y con un motivo que fue justa causa de escándalo. En la predicación de las indulgencias, la última simplificación era que si comprabas títulos de indulgencias, te asegurabas el cielo para ti o para tus difuntos. La gente acabó entendiendo que el Papa había recalificado el cielo y lo estaba vendiendo por parcelas.

Era una evidente corrupción del papado que se extendía por toda la Iglesia, porque acabó como una especie de multinivel, y ahí ganaban todos… Menos los fieles, compradores de la santa mercancía. Una auténtica merienda de negros.

Pero la corrupción estaba tan extensamente implantada en la Iglesia, que el Papa no fue capaz de dar respuesta a esa crítica. Ni tampoco quiso. No estaba dispuesto a renunciar a la gloria de edificar el templo más suntuoso de la cristiandad: la basílica renacentista de San Pedro del Vaticano. El desprestigio del papado como autoridad universalmente reconocida, la corrupción de un clero inculto y adormilado, el clamor unánime que pedía la reforma de la Iglesia en su cúpula jerárquica y el nacionalismo contra el universalismo (romano o imperial) precipitaron la rebelión. También tuvieron parte en ésta, la confusión doctrinal que reinaba en una escolástica decadente, junto con la aparición de nuevas herejías y una nueva espiritualidad personal, basada en el biblismo y en la experiencia de cada uno, por encima del magisterio eclesial. Todos  éstos fueron puntos decisivos que marcaron un cambio de época que, por lo visto, no se ha cerrado. En efecto, ¿no se están repitiendo también esos mismos signos en la Iglesia de hoy,  como continuación de ese ayer que inauguró Lutero?

Es más fácil por tanto entender la inicial rebelión de Lutero, que el empecinamiento del Papa y de toda la curia en sus errores, en los que se engolfó y se embarró toda la Iglesia. Es que si la corrupción empieza por la cabeza, mal arreglo tiene el pescado, por más que represente el santo acrónimo. Es obvio que los pastores estaban llevando al rebaño por el despeñadero. Obvio también que un cristiano auténtico tenía que oponer resistencia a tanta corrupción. Heroísmo que no se podía exigir a cualquiera, porque la lucha contra la cabeza es la más difícil. Lutero tuvo el valor de emprenderla; pero fue mucho peor el remedio que la enfermedad.

Fallando tan estrepitosamente la cabeza, era lógico que acabase apelando a la propia conciencia por encima de la autoridad, y al libre examen por encima del magisterio de la Iglesia. Sabemos hasta dónde ha llegado el libre examen. En primer lugar, como eso no tiene fin, la inicial iglesia protestante ha ido dividiéndose y subdividiéndose, bajo el mismo criterio de que nadie tiene autoridad suficiente para imponer su magisterio. Y así han llegado a subdividirse en más de 30.000 iglesias. Es lo que dan de sí los principios en que se sustenta el protestantismo.

Y en cuanto al libre examen sin magisterios que valgan, hemos llegado al esperpento. Resulta que numerosas iglesias protestantes, entre ellas la de Suecia, leen la Biblia y entienden perfectamente que en ella la homosexualidad está tan bien vista como la unión natural de hombre y mujer. Por eso celebra esa iglesia matrimonios homosexuales y los bendice en nombre de Dios. Por eso cuando fue el Papa a Suecia a celebrar con ellos el 5º centenario del luteranismo, se encontró con una arzobispa, pastora de esa iglesia local, y con su marida. En eso es en lo que acaba esa figura tan progresista del libre examen de la Biblia. ¡Y todos tan ufanos!

Es el tremendo riesgo que corre la Iglesia cuando los pastores se apartan de la recta doctrina, y cuando aprueban con su silencio las aberraciones que se cometen bajo su jurisdicción. Y tanto mayor es el riesgo, cuanto más altas son las jerarquías. Por eso no está de más que la Iglesia se sume a la conmemoración del 5º centenario de Lutero; pero no para lamentarse del mal que le hizo éste, que fue muchísimo; sino para recordar la parte que le cupo a la Iglesia en el desencadenamiento de esos males, dando ocasión para que apareciesen los sucesivos “luteros”. Y para que vaya tentándose la ropa: sobre todo la que va del rojo al púrpura.

No es un secreto para nadie que las declaraciones conjuntas católico-luteranas tienen la pretensión de declarar anuladas las seculares disputas sobre la doctrina de la justificación por la fe que estaban en el centro de la Reforma de Lutero. Y es que la actual crisis de fe, la quasi total ausencia de Dios en la vida pública y privada sobre todo en las regiones que fueron el teatro de la Reforma, ha hecho desvanecer -también entre los católicos- la conciencia de pecado y la buena nueva de la gracia que sana y perdona. Con ese vacío retumbante, desaparecido el contraste doctrinal en la poca práctica cristiana que queda, ya podemos estar de acuerdo en todo con los antiguos herejes.

El hombre ya no está totalmente corrompido –para los luteranos- por el pecado original, sino que es dios de sí mismo, con unos criterios propios de los cuales no ha de dar cuenta a nadie. Ni concupiscencia ni justificación… ni siquiera la fe sola, la confianza absoluta en los méritos de Cristo. La justicia de Cristo que se aplica al pecador y que cubre, esconde, disimula el pecado del hombre que continúa pecador, según Lutero. ¡Ni pecado ni gaitas! To er mundo é güeno y aquí paz y después gloria. Y en eso la convergencia con muchísimos curas, obispos y cardenales católicos está asegurada. La justificación se ha actualizado en términos de una novedosa misericordia que no necesita arrepentimiento…  y ni tan siquiera fe, sino sólo unas dosis de misericordina de adecuada polivalencia, que pueda ser compartida también por nuestros hermanos separados.

Padre Custodio Ballester Bielsa

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