Obispos pidiendo perdón

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Anuncian las redes sociales que los 115 Obispos de Francia han pedido perdón por el largo silencio culpable guardado ante los casos de pedofilia de los sacerdotes. El acto ha tenido lugar a propósito de las Jornadas de oración y penitencia celebradas según una iniciativa del Vaticano que tuvo lugar en el pasado mes de Septiembre, en la cual se dejaba a las Conferencias Episcopales la organización de las diferentes modalidades para llevarlas a cabo.

Como es de dominio público, el hecho de pedir perdón es una moda puesta muy en boga por la Jerarquía Católica que, como no podía ser menos, ha sido sido proclamada a los cuatro vientos por todos los media, con coreografía añadida por la misma Jerarquía Católica.

Aunque la moderna Sociedad no suele detenerse en examinar despacio determinados hechos sociales, salvo aquellos que resulten contrarios y dañinos contra la Fe y la Moral de la Iglesia para ser aireados y magnificados, parece que vale la pena parar la atención en este al que aludimos, teniendo en cuenta sobre todo la profundidad del contenido que encierra…, aparte de la absoluta falta de sinceridad que manifiesta.

Aunque el hecho en sí mismo no puede decirse que sea condenable puesto que responde a la verdad, sin embargo es otra prueba más del abismo de degradación en el que ha caído la que en otro tiempo fue brillante y respetada Jerarquía Católica.

Pedir perdón cuando se ha ofendido a alguien es indudablemente una cosa buena y por supuesto necesaria. Lo malo comienza cuando la petición de perdón por una acción cometida se utiliza como cortina de humo para ocultar otras, mucho más graves por supuesto, y acerca de las cuales no se dice nada. A veces la petición sirve para ocultar algo peor de lo cual no se quiere aparecer como culpable, o incluso otras para hacer aparecer como detestable e inicua una situación buena o incluso gloriosa. Como ha sucedido últimamente con el hecho de pedir perdón la Iglesia por la Evangelización de América, que fue un acto incalificable de faltar a la verdad y a la justicia.

El silencio ante los actos de pedofilia cometidos por algunos sacerdotes es algo efectivamente condenable en sí mismo. Pero puede ser utilizado para ocultar circunstancias que, si bien pueden pasar desapercibidas, son sin embargo de mayor gravedad y dignas de ser tenidas en cuenta.

Ante todo porque es un hecho que el famoso perdón goza de antemano con la garantía de que será jaleado favorablemente por los media. Los cuales no desaprovechan ocasión para airear situaciones que perjudiquen a la Iglesia. No pocos Obispos, cuya falta de carácter y de espíritu son bien notorios, llegan a creer ingenuamente incluso que van a quedar bien parados con esa circunstancia.

En segundo lugar, y según lo dicho más arriba, porque haciendo reconocimiento público de los trapos sucios menores pasan al olvido o al ocultamiento los trapos sucios mayores.

Para darse cuenta de lo cual habría que examinar ante todo las causas que dieron lugar al lamentable fenómeno de la pedofilia.

Pues la labor de pastoreo, de atención, de cuidado, de formación y de preocupación por los sacerdotes corresponde en primer lugar y ante todo a los Obispos. Lo cual apenas si se ha hecho, dejando al infeliz clero bajo en muchas ocasiones que campara por sus respetos como ovejas sin pastor. El abandono del clero, a partir sobre todo del Concilio Vaticano II, ha sido casi total. La famosa crisis de identidad sacerdotal, inventada por los teólogos y próceres del Concilio pero acunada por la Jerarquía, hizo estragos entre un clero bajo que se sintió en todo momento abandonado.

Fueron los Obispos quienes no tuvieron cuidado alguno de la formación que se estaba impartiendo en los Seminarios. En los Estados Unidos sobre todo se permitió la infiltración de elementos homosexuales en esos Centros de formación, e incluso en muchos lugares se alentó y fomentó tal tendencia. Al cabo de muchos años, Roma envió alguna Comisión que, como era de esperar, no llegó a ningún resultado, cuando las cosas eran sin embargo demasiado patentes.

No es ninguna noticia, puesto que es de dominio público universal, que las Facultades de Teología Católicas, y de un modo especial las radicadas en Roma, hace tiempo que dejaron de impartir enseñanzas conformes con la Fe de la Iglesia, y sí más bien saturadas de herejía modernista. Una vez cuestionada la existencia histórica de la Persona de Jesucristo, negada la validez de la Revelación, rechazado como obsoleto todo el Magisterio de la Iglesia anterior al Vaticano II (más de veinte siglos de Magisterio), ridiculizada la práctica de la oración, predicado y perdido todo sentido del pecado, preconizada la autonomía de la conciencia individual como única regla de conducta reconocida para un cristiano, etc., etc…., que diga cualquiera si muchos sacerdotes no se sentirían en crisis (no se trata de justificarlos) y decididos a admitir cualquier clase de conducta.

Ante todo lo cual, y mucho más de lo que se podría hablar aquí, no es justo cargar toda la culpa en el inferior y disimular o pasar por alto la responsabilidad del Superior. No vaya a ocurrir ahora lo que ya pasaba en las famosas Ordenanzas de Carlos III, las cuales enumeraban los posibles delitos a ser cometidos en el Ejército y acababan infaliblemente con la coletilla: se castigará siempre al inferior.

Los Obispos son los sucesores de los Apóstoles, Padres y Maestros en la Fe y Jefes de sus respectivas Iglesias. Unidos a Roma en la Fe y en la obediencia, pero no como funcionarios o títeres, controlados a su vez por una especie de Sindicatos conocidos como Conferencias Episcopales. Una vez que los Obispos perdieron su autoridad y su prestigio, las diferentes Iglesias se vinieron abajo, y con ellas la que a su vez es la Única, Santa y Verdadera y Católica Iglesia que es también el Cuerpo Místico de Cristo.

Los Obispos no se han enterado aún de que el Pueblo cristiano, después de haberlos visto danzar y bailar como artistas de circo en las famosas JMJs, necesitaría demasiada fe para seguir pensando que son Padres y Maestros en la Fe. No sería mala cosa que comenzaran a examinarse a sí mismos, como primer paso para abordar los problemas con verdad y en su raíz más profunda.

Padre Alfonso Gálvez

Tomado de:

adelantelafe.com

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