Obsesión por la vida

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Pero nosotros predicamos a Cristo, piedra de tropiezo para los judíos y necedad para los gentiles (1 Corintios, 1, 23)

¿Qué tendrá el Evangelio de la Vida que le sienta fatal no sólo al mundo, sino también, y no en menor medida, a amplios sectores de la Iglesia? Es muy revelador que el mundo le haya ido arrebatando a la Iglesia amplios campos de acción, como el de la caridad (a la que el mundo ha rebautizado como solidaridad) por disputarle a ésta el monopolio de la bondad, del que gozó en exclusiva durante muchos siglos.

Revelador incluso que la Iglesia no haya retrocedido ni un palmo en ese campo, sino que por “sintonizar” con el mundo se haya limitado a adaptarse a la nueva denominación. ¿Y cuál ha sido la táctica de la Iglesia en la defensa de la vida? Pues maravíllense, como va frontalmente contra el sentir del mundo, la mayor parte de la alta jerarquía de la Iglesia, evita comparecer en la batalla con que la ha retado el mundo en este campo. Efectivamente, el mundo detenta el monopolio doctrinal sobre la vida y la familia, sin que la Iglesia haya puesto en juego todo su peso para combatir esa monstruosidad. Mientras el Estado en todo el mundo que llaman desarrollado lucha frontalmente contra la vida y contra la familia, la respuesta de la Iglesia es tan tenue, tan sutil, tan prudente y tan timorata, que causa rubor en muchos católicos. Y en otros, escándalo.

¿Y eso por qué? Pues porque la mayoría del alto mando de la Iglesia, que se codea con el alto mando del Estado, cree que si por guardar la ropa ha de dejar de nadar (¡es sólo una cuestión táctica!), así ha de ser: porque de ese modo se evitan roces  con ese Estado que lucha frontalmente contra la vida. Tacto pastoral lo llaman. Blanquean el nombre y así preservan la pulcritud de su conciencia.

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Mons. Bialasik: ¡Habla la verdad! ¡No tengas miedo!

Entrevista por Adelante la Fe

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Monseñor Cristóbal Bialasik, Obispo de Oruro, Bolivia, nativo de Polonia y religioso de la Sociedad del Verbo Divino, además de su responsabilidad como Pastor de esa diócesis en el Altiplano de Bolivia, es el Presidente de la Fundación Vida y Familia de la Conferencia Episcopal de Bolivia, y un gran defensor de la cultura de la vida.

Adelante la Fe se honra en publicar -como ya lo hicimos cuando el Obispo Bialasik decretó la prohibición de la comunión en la mano en su Iglesia diocesana, así como otras informaciones relativas al mismo- esta entrevista en la que el prelado se refiere fundamentalmente a la céntrica misión de un obispo católico que es la de proclamar la Verdad ante todo.

¿Cómo puede un obispo hoy defender con eficacia la Vida?

En primer lugar un obispo debe ser un hombre consciente del problema que existe en el mundo entero: constante ataque de los políticos y las distintas ideologías que atentan a la vida y dignidad del hombre. No puede dudar en su responsabilidad como ministro de Dios. Dios es Dios de vivos y no de muertos (Cf. Lc 20.38). Por eso, el obispo como padre espiritual de todos los que viven en su jurisdicción, debe protegerlos y resguardar la vida de cada uno de ellos desde la concepción hasta la muerte natural. Tiene que defender la vida en todas las etapas de su desarrollo, con eficacia y convicción usando todos los medios posibles a nuestro alcance para lograr el objetivo. Tiene que ser valiente, no puede tener miedo. Debe ser seguro de su fe y de la verdad que enseña. No puede dudar, a pesar de los ataques de la cultura de la muerte. Debe enseñar con firmeza la Palabra de la Vida y dar testimonio de ella por medio de los sermones, conferencias y ejemplos de vida. Debe ser profeta. Enseñar a sus sacerdotes, agentes pastorales y todo su rebaño confiado a su cuidado, con firmeza, valentía y heroísmo misionero. La base de la firmeza es nuestra fe y constante unión sacramental y espiritual con el Señor. Por medio de oración constante Dios nos dará las gracias necesarias para vencer al mundo.

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Yes we Trump

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Por su interés, reproducimos a continuación el editorial de Gaceta.es del pasado lunes, justo cuando el FBI decidió dar un golpe de efecto a los comicios retirando sus acusaciones sobre Hillary Clinton.

EDITORIAL

Hillary, buena; Trump, malo. Hillary, progresista; Trump, fascista. Hillary, inteligente; Trump, burdo. Hillary, seria; Trump, populista. Esas son algunas de las bárbaras simplificaciones que prácticamente todos nuestros medios de comunicación, con poquísimas excepciones, han venido repitiendo desde hace meses como “análisis” de las elecciones presidenciales norteamericanas. Con esa mixtificación no hacían sino repetir el discurso de los grandes medios estadounidenses, volcados en el apoyo a la señora Clinton con una unanimidad propiamente norcoreana. La unanimidad ha llegado al extremo de que el coro mediático ha jaleado hasta el infinito las eventuales manchas en el expediente de Trump mientras, al contrario, ha callado (con un silencio igualmente infinito) las brutales revelaciones sobre los comportamientos públicos y privados de Hillary Clinton, comportamientos que incluyen una intimidad más que inquietante con el dinero árabe, con bancos depredadores y con fundaciones más bien sucias. Y a pesar de todo…

Y a pesar de todo, esta campaña electoral llega a su recta final en una atmósfera de plena incertidumbre, porque Trump, en efecto, puede ganar. ¿Y cómo puede ganar si la inmensa mayoría de los medios lleva meses arrastrando su nombre por el fango, si todos los poderes locales e internacionales le condenan? Puede ganar porque el ciudadano norteamericano, a fecha de hoy, no piensa ni siente lo mismo que sus elites económicas, mediáticas y políticas.

Hace años que los que mandan –lo mismo en Washington que en Madrid- viven en un mundo aparte, su propio mundo, cada vez más alejado del destino colectivo de sus pueblos. Ese fenómeno, descrito por sociólogos como Christopher Lasch hace ya veinte años, ha alcanzado hoy su apogeo y ha pasado a convertirse en una constante del mapa político de nuestro tiempo. En gaceta.es lo venimos diciendo desde el principio de la campaña, incluso antes, desde las primarias republicanas: mientras la mayoría de los expertos veían a Trump como una broma extravagante sin repercusión real, en nuestro medio explicábamos que su discurso estaba conectando con una buena porción de la ciudadanía americana. No era ningún misterio: bastaba con escuchar a los ciudadanos, hablar con ellos, leer sus webs. Por supuesto, los demás medios también lo sabían. La pregunta es por qué la mayoría mediática ha preferido ocultar la verdad.

El discurso de Trump, en efecto, va mucho más allá de la sucesión de exabruptos que la prensa mundial nos está vendiendo. Lo que Trump ha venido a decir es lo siguiente: el establishment, los que mandan en la política, la economía y los medios (que son cada vez más los mismos), empujan a Norteamérica hacia un proyecto de dominación global que está secando literalmente al país; apartarse de esa política y volver los ojos hacia un proyecto de dimensiones propiamente nacionales devolverá a América su grandeza. Puede ser verdad o puede ser mentira. Se puede estar de acuerdo o no. Pero la apuesta va mucho más allá de las simplezas que nos han contado. Y no debe de resultar inocua para el poder establecido cuando tanto empeño se ha puesto en matar política y personalmente a Trump.

A estas horas de hoy, lunes, parece que todo va a actuar contra Trump en la jornada electoral. De momento, el FBI ya ha concluido, asombrosamente, que no hay razones para procesar a Hillary, y lo ha dicho –nada asombrosamente- a pocas horas de que los americanos depositen su voto. Pero incluso si Trump pierde, los debates que el candidato republicano ha puesto sobre la mesa permanecen vigentes: frente al multiculturalismo, identidad; frente a la globalización, soberanía; frente a la ideología de género, defensa de la familia y del derecho a la vida. Son debates que ya están circulando con intensidad en todo Occidente. En España, por desgracia, seguimos girando en torno a nuestro pequeño ombligo, entre Podemos y Rajoy.

En España, por cierto, todos los partidos con representación significativa han acudido en tropel a defender las banderas de Hillary Clinton, es decir, los estandartes oligárquicos del multiculturalismo, la globalización y la ideología de género, ese nuevo consenso capaz de cobijar lo mismo a Cospedal que a Iceta. El Partido Popular, que en las elecciones americanas siempre había enviado delegados a los dos partidos, en esta ocasión sólo ha colocado observadores en la convención del Partido Demócrata. Es toda una declaración de intenciones. Es un signo evidente de que el poder está con Hillary, de que Trump aterra a la nueva oligarquía global. Razón de más para decir “Yes we Trump”.

Tomado de:

http://gaceta.es/noticias/