De medio siglo de desacralización a Amoris laetitia (Peter Kwasniewski)

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Un descenso de 50 años hasta llegar a la nota 351: nuestra progresiva pérdida de sensibilidad ante la Sagrada Eucaristía
 
No es que nos hallamos despertado súbitamente un día de 2017 para encontrarnos frente a frente con sacrilegios eucarísticos promovidos desde lo alto. Lo que ha tenido lugar es un largo y lento proceso que nos ha dejado en el lugar en que estamos, y que ha consistido en la gradual disolución de la sacralidad del santo sacrificio de la Misa y, en el corazón de ésta, del Santísimo Sacramento, acompañada de una constante tolerancia institucional de los sacrilegios. Cincuenta años de desacralización han terminado en la temeridad de contradecir toda la Tradición católica acerca del más sagrado de todos los misterios de la Iglesia.
 
El primer gran paso fue permitir la comunión en la mano y de pie, un violento quiebre con la inveterada práctica, antigua de muchos siglos, de hacerlo adorando de rodillas ante la barandilla del altar y de recibirla en la lengua, como un pajarito es alimentado por sus padres, según se ve en innumerables pinturas medievales del pelícano que, hiriéndose, abre su pecho para dar de comer a sus pollos. El efecto más obvio que esto tuvo fue hacer creer a los fieles que la Eucaristía no es algo tan misterioso, después de todo. Si uno la puede tomar con la mano como un alimento cualquiera, es igual que una papa frita que se ofrece en una fiesta. El sentimiento de temor y reverencia ante el Santísimo Sacramento fue sistemáticamente disminuido y socavado con esta reintroducción modernista de una antigua práctica que había sido descartada, desde hacía mucho tiempo, por la sabiduría pastoral de la Iglesia. No fueron los fieles quienes pidieron abolir la costumbre de comulgar en la lengua y arrodillados: fue una imposición de los autodenominados “expertos” .
 
Un segundo paso importante fue permitirse que la comunión fuera dada por ministros laicos. Ello reforzó la percepción de que la Iglesia había abandonado todo eso de ser el sacerdote esencialmente diferente del laico, de ser la Misa un divino sacrificio, y de ser la Eucaristía el Pan de los Ángeles que sólo manos consagradas pueden tocar. Sí: todavía el sacerdote tenía que pronunciar las palabras mágicas, pero a continuación, Pedro, Juan y Diego podían encaramarse a tomar los bowls y las copas para distribuir a todos la insignia de membresía del club.

 
El efecto de estas “reformas”, y de otras parecidas (como el reemplazo del majestuoso y misterioso latín por el vernáculo cotidiano; la sustitución del órgano y del gregoriano por endechas con guitarra y piano; el darse vuelta el sacerdote hacia el pueblo, como anfitrión de un programa de conversación; la supresión de las barandillas de comunión del altar; el desplazamiento del tabernáculo desde el lugar central; el feísmo de los ornamentos y cálices, y mucho más) fue debilitar y corromper la fe del pueblo en que la Misa es un verdadero y auténtico sacrificio y en que la Eucaristía es el verdadero Cuerpo y Sangre de Jesús. No es para sorprenderse que, después de esto, la mayor parte de los fieles arrojara por la ventana el ayuno eucarístico y el confesarse como preparación para la comunión. ¿Acaso los propios pastores no actuaban como si ya no creyeran en estas cosas? ¿Qué se podía esperar, entonces, de sus ovejas?
 
Para decirlo brevemente, hemos vivido y sufrido medio siglo de erosión de los ritos y de contradicción de los símbolos de la fe de la Iglesia en los sublimes misterios del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Como se lamentaban Juan Pablo II y Benedicto XVI, existen escasas pruebas en nuestras comunidades de existir en ellas conciencia de la diferencia entre comuniones dignas e indignas, cosa que es una de las lecciones más básicas que se enseña a los niños en su catecismo.
 

En aquellos primitivos tiempos “pre-Vaticano II”, se enseñaba a los niños a practicar la virtud y a evitar el pecado mortal porque debían desear estar en situación de recibir al Señor y unirse a Él cada vez más estrechamente, hasta llegar a la gloria del Cielo, donde Lo poseerían para siempre. Se les enseñaba que si uno recibía al Señor en estado de pecado mortal, cometía un pecado todavía más grave. Se les enseñaba que hacer una buena confesión, con dolor de los pecados e intención de evitarlos en el futuro, era suficiente para corregir ese estado y recuperar  la amistad de Dios. ¿Quién podría seriamente afirmar hoy que la mayoría de los católicos cree en estas cosas, o que siquiera puede reconocer –para qué decir comprender- estas ideas?

 
Hoy, al menos en ciertos países occidentales, casi todo el mundo va a comulgar cuando llega el momento de hacerlo. Es que eso es, simplemente, “lo que se hace en Misa”. Casi nadie se confiesa, casi nadie se abstiene de comulgar por tener conciencia de pecado, y es raro el sacerdote que predica alguna vez sobre la necesidad de estar correctamente preparados para comulgar (contrástese esto con el caso de San Juan María Vianney, que predicaba sin descanso sobre estas cosas, y que aumentó inmensamente el ardor de sus fieles por el sacramento de la confesión y por la comunión frecuente: no es por nada que este santo es el patrono de los párrocos; se supone que los patronos están ahí para ser imitados).
 
Así se preparó, diabólicamente, el terreno para el último acto, en que ha desaparecido, en la teoría y en la práctica, todo impedimento para comulgar. En un contexto general en que pocos católicos van a Misa y comulgan, parece un castigo cruel e inusitado dar un trato especial a un puñado de personas “casadas y divorciadas”: “A vosotros no se os permite comulgar, en tanto que los adolescentes que se masturban y fornican, las parejas que practican la contracepción, las familias que a veces se saltan la Misa dominical por hacer deporte, son todos bienvenidos a  comulgar, como de costumbre”.
 
Este es el cuadro total que explica, a mi juicio, por qué los liberales o progresistas en la Iglesia son absolutamente incapaces de ver por qué pudiera alguien objetar el capítulo 8 de Amoris Laetitia con su nuclear nota a pie de página . Tales personas no creen realmente que la Misa es el verdadero y auténtico sacrificio que ofrece Jesucristo a la Santísima Trinidad; no creen realmente en la transubstanciación y en la Presencia Real; no creen realmente que uno come y bebe la carne y sangre de Dios; no creen que quien come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación, en tanto que quienes comen dignamente preparan su alma y su cuerpo para una resurrección gloriosa, como dice San Pablo.
 
Los “amoritas”, como podríamos denominarlos [Nota de la Redacción: “Amorites” llama el autor a quienes postulan que la Exhortación Amoris laetitia ha supuesto un verdadero cambio de paradigma en el acceso sacramental], ven “la Eucaristía” como una reunión fraterna, un acontecimiento social, una afirmación de la valía de lo humano, una “celebración” del “incondicional amor” de Dios, o como cualquier otro eslogan tipo “Hallmark” [Nota de la Redacción: se refiere el autor a los usuales mensajes presentes en las tarjetas de saludo hechas por esa marca estadounidense] que a uno se le pueda ocurrir. Dentro de los confines de esta teología horizontal y superficial, no hay lugar para exigencias ni prohibiciones: ¡cualquier cosa es bienvenida, todo vale! Y puesto que la Eucaristía es una comida que simboliza la acogida que Dios da al pecador, no hay razón alguna para excluir a nadie, cualquiera sea el motivo, de tomar parte en la “mesa de la abundancia”.
 
Amoris Laetitia encaja bien en esta trayectoria histórica más amplia, en virtud de la cual la Misa ha sido despojada de su realismo sacrificial trascendente, misterioso, ominoso y desafiante, y ha sido empujada continuamente en dirección a una comida ordinaria, con gente común y corriente que hace cosas ordinarias por una finalidad intramundana, con una forzada espontaneidad y una banalidad embarazosa que han sido incapaces de atraer el flujo de las multitudes que predijo Pablo VI. En una Misa así, ¿qué se puede hacer sino recibir la comunión? ¿A quién se le ocurriría asistir a ella sólo para adorar a Dios y contemplar su belleza? En el Novus Ordo prácticamente no hay oportunidades o incentivos para la adoración, y a la belleza no le ha ido mejor –por el contrario, mucho peor-. En esas circunstancias, es inconcebible que se interponga una barrera entre una comida gratis y un invitado que tiene de sí una buena idea por el simple hecho de estar ahí .
 
En realidad, la Misa es el sacrificio incruento de la Cruz, hecho presente en medio de nosotros, y es simultáneamente el vivificante banquete de bodas celestial de Cristo, ahora glorificado. La Eucaristía es el sacramento de la unión en una sola carne de la novia adornada por la gracia y del Novio, que es su única felicidad.
 
No me sorprende que, en las Misas tradicionales en todo el mundo, incluidos los Estados Unidos, se pueda observar dos fenómenos relacionados: una gran cantidad de fieles que se confiesan antes y durante la Misa, y una buena cantidad de ellos que se quedan en las bancas y no comulgan. Los triunfos interiores de los primeros, las luchas interiores de los segundos son conocidos sólo por Dios. Pero hay una cosa que es obvia: todos ellos han venido a adorarlo, como respuesta a Su majestad, a cumplir una solemne obligación de la virtud de la religión. Si están preparados o no para comulgar es una cuestión de un nivel diferente. Tal es la buena salud que prevalece en el ámbito de la Tradición; es la buena salud que pavimenta el camino hacia la santidad.
 
Peter Kwasniewski
 
(Fuente y traducción: Asociación Litúrgica Magnificat)
Tomado de:
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