Sermón Dominical

SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA

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Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

En este segundo domingo después de Epifanía, cuyo tiempo litúrgico corresponde a los domingos después de Epifanía vemos en el Evangelio de hoy el primer milagro que hace Nuestro Señor Jesucristo en Caná. Primer milagro, con lo cual se descartan todos esos escritos apócrifos que hablan de los anteriores que Nuestro Señor Jesucristo hiciera desde pequeño. La Iglesia siempre ha desechado esos apócrifos de los cuales la literatura barata quiere hacer misterio y propaganda, aunque cuenten cosas que nos parezcan buenas; de todas formas al tener errores no son libros inspirados, luego no son la palabra de Dios, que es precisamente lo que nos interesa de las Escrituras, que son la palabra de Dios.

Y lo que nos dice este Evangelio de Dios, es que es el primer milagro que hace Nuestro Señor, que Él no quiere hacer, pues le da una respuesta a Nuestra Señora, que aparentemente puede ser áspera, como quien dice qué nos importa a ti y a mí, si no ha llegado mi hora, si no es lo mío, no me incumbe; sin embargo lo hace a instancias del pedido de Nuestra Señora que se aflige porque falta vino para los convidados en esas nupcias.

Que si nos atenemos a Santo Tomás eran las nupcias de San Juan Evangelista, familiar de Nuestro Señor y, por lo mismo, Nuestra Señora tomó a pecho esa carencia porque se trataba de sus familiares, por eso entonces Ella no dudó en invocar a su hijo para que hiciera el milagro que no estaba en los planes ordinarios de Nuestro Señor; de allí su respuesta: qué nos va a ti y a mí, mujer, si no ha llegado mi hora.

Su hora era la culminante de la obra de la Redención, de su sacrificio en la Cruz. Y sin embargo es por una ficción de caridad que siente Nuestra Señora ante los familiares que no podían satisfacer con el vino que faltaba. Eso nos demuestra entonces, cómo Nuestro Señor aun cuando Él no lo tenga previsto, por decirlo así, Él hace no solamente este milagro, sino todo lo que se le pida o se le invoque a través de su Santísima Madre. La Virgen María tiene ese poder sobre la voluntad de su Hijo, por ser la Madre de Él, la Madre de Dios, y ¿qué hijo que quiere a su madre no va a querer lo que Ella le pida? Por eso le hace este regalo, este obsequio y hace su primer milagro a instancias de las súplicas de Nuestra Señora en las bodas de Caná, bodas de San Juan Evangelista.

Es de suponer además que Nuestro Señor lo llamó en esas bodas para que fuera su discípulo y que aun virgen, conservara esa virginidad permanentemente a lo largo de toda su vida. Gran sacrificio de San Juan que en pleno matrimonio, en plenas bodas recibe el llamado de Nuestro Señor, para mostrarnos cómo Él nos llama en cualquier momento; lo importante es que respondamos a ese llamado en el momento preciso en que nos interpela, porque es Dios, Rey de cielos y tierra, Señor del Universo y Señor Nuestro y por eso la santidad está en hacer la voluntad de Dios.

Quien hace la voluntad de Dios no puede pecar, por eso dice San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, porque, quien ama verdaderamente a Dios, quien hace la voluntad de Dios no puede pecar. Cuando pecamos es porque nos separamos de ese querer Divino y preferimos nuestro propio querer; pensamos en nuestro propio provecho y no en beneficio de Dios o de las cosas que son de Dios.

El llamado que Dios hace a cada uno debe tener una respuesta para que no contravengamos la palabra de Dios, su voluntad, sus deseos, que lo común es hacer el deseo de la persona que se ama y por eso para el que ama a Dios no es una tortura, un peso, un tormento hacer su voluntad. Cuando la voluntad de Dios se nos hace un peso, una carga, una dificultad, es porque hay algo en nuestra voluntad que pone obstáculo, que ofrece dificultad o que no cuenta con la suficiente fe y esperanza en recibir los auxilios de Dios.

Debemos pedir para que nuestra fe aumente cada día, para que nuestra esperanza esté en Dios y poder corresponder al amor Divino. Eso nos explica por qué San Pablo nos pide en la Epístola de hoy, que vivamos en armonía, en paz, que hay múltiples dones, que uno tiene el don de profecía, el otro de enseñar, el otro del ministerio y que cada cual homenajee al otro y se conforme con lo que es más humilde. Es justamente para que no haya envidia, celos, calumnias, maledicencia. Esta última la cometemos a cada instante hablando mal del prójimo; los chismes son maledicencia, los comentarios negativos que revelan los defectos del prójimo son maledicencia, salvo cuando se revelan o se habla de ellos para corregir, amonestar, o por el bien común. Por eso toda palabra ociosa, no ya la maledicencia sino la palabra ociosa, será castigada. Cuánto más la maledicencia, hablar mal, desacreditar al prójimo.

Debemos vivir en armonía, sin envidias, sin celos, eso engendra la paz social. No puede haber paz social aquí ni en la China si no se fundamenta en la virtud y la virtud católica. Porque la virtud católica es sobrenatural, pero requiere como toda gracia y don sobrenatural un soporte natural, pues las virtudes no están en el aire, requieren un soporte natural que son las virtudes naturales que hacen al hombre de bien, honesto; el hombre que tiene virtudes naturales sobre las cuales se inserta la gracia y se apoya todo el orden sobrenatural, y por eso flaqueamos aun con la gracia recuperada y con toda la corte de virtudes y dones que da la gracia, porque nos falta ese soporte y solidez en la adquisición sacrificada de las virtudes naturales; porque la gracia supone la naturaleza y la naturaleza humana ya que Dios no le da la gracia a un perro, a una hormiga; ellos son incapaces de la gracia porque no tienen una naturaleza humana, es decir, racional, inteligente. Pero esa naturaleza debe existir, por eso en medio del salvajismo no puede subsistir la virtud. De ahí deriva la necesidad de una cultura y civilización que haga al hombre naturalmente honesto, para que pueda apoyarse la gracia sobre esa naturaleza y elevarla hacia Dios, para que viva de Dios y sea de Dios. Y ese es el trabajo que a cada uno nos compete, para poder vivir realmente como católicos y no como fariseos, que nos creemos dueños o depositarios de la verdad y, sin embargo, escandalizamos con nuestras acciones. Lo que más escandaliza al infiel, al pagano, al hereje, al ateo, es el mal ejemplo de aquellos que nos decimos católicos y desdecimos con nuestras obras. Pidámosle a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, para que Ella nos ayude a adquirir la virtud, crecer en la gracia de Dios y corresponder al amor divino haciendo su santísima voluntad. +

R.P. B.M.C.

20 de enero de 2002

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