El Santo Sacrificio en el corazón del sacerdote I

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dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la hospedería. Lc. 2, 7.

Queridos hermanos, el Santo Sacrificio de la Misa siempre ha de estar en el corazón del sacerdote; algo así como si su corazón fuera ya el altar, el cual,  listo y preparado está siempre disponible para el sacrificio. Es el corazón siempre listo para el sacrificio, porque es el corazón sacrificado en la Cruz a las pasiones del mundo, demonio y carne; es el corazón que vive por y para la gloria de Dios, que consiste en hacer Su divina voluntad.

El Santo Niño ha nacido de María Virgen, “Pan” santo, reclinado en el Santo Pesebre. ¡Oh inefable misterio! ¡Qué obra de la divina Providencia! Estratagema admirable, por lo divina, contra el mismísimo demonio. ¡Cuánto exceso de amor al hombre! Dios hecho carne, Omnipotente en el “Pan”, Inmenso en el Pesebre, La Palabra hecha carne y Niño. ¡Escándalo para los judíos y necedad para los gentiles!, pero para nosotros la Salvación y manifestación de la Sabiduría de Dios. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si alguno come de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo (Jn. 6, 51). He aquí el Pan vivo, recostado en el Pesebre. He aquí al pequeño Salvador, al Infante amable, que ya desde ese mismo instante nos dice: Venid a mi todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré (Mt, 11 28). Yo soy el pan de vida, el que viene a mi no tendrá sed, y el que me come vivirá eternamente.

Dichoso el sacerdote que cada día  sube al altar – y en especial el día de Navidad, no solo una sino tres -, a la mesa del Señor a procurarse y a procurar el alimento para la vida eterna. El Cuerpo del Señor en el cándido y frágil Cuerpo del Divino Infante, el mismo Cuerpo late bajo las especies de pan y vino; el Hombre-Dios nacido de la Virgen Santísima. ¡Divino y Santo Sacrificio donde el Pan vivo se nos da como alimento para la vida eterna! Santo alimento del sacrificio, que las benditas manos del sacerdote sostienen, contemplan y adoran.

El Padre celestial y eterno Dios, nos ha gratificado en su querido Hijo, en la celebración del misterio del altar. Verdaderamente es justo y necesario que te demos siempre gracias, y te glorifiquemos con la Hostia que se inmola en el altar; figura del sacrificio del justo Abel, del sacrificio del cordero de Abraham, figura del sacrificio que ofreció del rey y sacerdote Melquisedec. Es la Hostia que se ofrece en alabanza y acción de gracias, es la Hostia propiciatoria que se ofrece a la Justicia divina, es la Hostia que ofrecemos por nuestras necesidades y peticiones.

Todos los días, el Señor, el Hijo de Dios, admite a su sacerdote al misterio del altar. No te incomodes Señor si hablo todavía (Gn. 18, 30). Ten misericordia de mi Señor, si vuelvo a pedirte, si vuelvo con mi miseria a tu altar. Tú has nacido en un Pesebre, dándome ejemplo de servicio, de obediencia, de pobreza, de pureza, de humildad. Lo sé Señor, tu misericordia ha vencido; tu caridad te urge; tus delicias es estar con los hijos de los hombres (Prov. 8, 31). De igual forma el corazón del sacerdote ha de estar lleno de los propios sentimientos de Jesucristo. El divino Infante está en el altar. Ha tenido lugar el magno misterio del santo sacrificio. El Pan de los Ángeles se ha hecho presente para la vida del mundo, y han sido las manos del sacerdote y sus labios, al pronunciar las sagradas palabras, las que lo han hecho posible. Misterio único y cada día nuevo y distinto. Es la alegría del sacerdote, es el gozo del corazón sacerdotal: por él, el Santo Niño se ha hecho presente, y podemos de nuevo volverle  a adorar.

El misterio del Nacimiento del Salvador sigue presente cada día en el altar. El sacerdote lo hace posible. Misterio de la grandeza del sacerdocio. El Hijo de Dios encarnado. Jesús Niño, cándido y hermoso, ¿cómo no renovar cada día el gozo de acceder al altar para  renovar tan inefable misterio?

El santo sacrificio en el corazón del sacerdote, es el misterio del Verbo encarnado.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Tomado de:

https://adelantelafe.com/

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