¿Cómo será el Papado después de Francisco?

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En los próximos días se cumplirán cinco años de la abdicación del Papa Benedicto XVI uno de los hechos más graves y lamentables en la historia contemporánea de la Iglesia. Apenas anunciada la renuncia las usinas del progresismo comenzaron a propalar por todas partes que el gesto de Benedicto era “un gesto revolucionario” (entre quienes utilizaron esta expresión se contaba el entonces Arzobispo de Buenos Aires que, contra toda previsión, sería el encargado de suceder al papa dimitente).

¿En qué consistía lo “revolucionario” del gesto? En que Benedicto, finalmente, había comprendido que representaba el último residuo del papado absolutista y “monárquico” y con su renuncia abría la puerta a los nuevos vientos de la historia: ya no más un papa soberano absoluto cuyas decisiones eran ley suprema e inamovible sino un Papado abierto a la colegialidad que otorgaría al Colegio Apostólico su hasta ahora negado papel en el gobierno de la Iglesia. De hecho, los gestos iniciales del nuevo papa señalaban claramente este cambio de rumbo: Francisco, el día de su elección, en su primera presentación al mundo, se llamó a sí mismo “Obispo de Roma” y recordó, de la mano de San Ignacio de Antioquía, que el Obispo de Roma “preside en la caridad” a las otras iglesias obviando, llamativamente, que el Primado del Romano Pontífice no es sólo de caridad sino también de jurisdicción y de gobierno como fue definido dogmáticamente en el Concilio Vaticano I.

Las ya mencionadas usinas de la progresía se hartaron de batir el parche sobre el “Obispo de Roma”, la “colegialidad” (brumosa noción jamás definida con precisión), el final irreversible del “Papado monárquico” (el jesuita argentino Ignacio Pérez del Viso publicó en uno de los diarios de mayor tirada de Argentina un artículo con ese o parecido título), se aclamó el fin del “autoritarismo romano” fuente de tantos males y se anunció con gran júbilo la venturosa “primavera de la Iglesia” bajo la suave conducción colegiada del Papa Francisco. En definitiva, lo que venían a decir los fautores del progresismo era que lo único bueno y rescatable de Benedicto XVI -cuyo Pontificado fue blanco inmisericorde de toda suerte de ataques- había sido su renuncia. Muchos afirmaron esto con el recurso a los eufemismos más variados e hipócritas; otros lo manifestaron con todas las letras.

Por cierto, las cosas no ocurrieron exactamente de la manera como preveía y anunciaba el relato progresista. En primer lugar, pocos papas como Francisco han ejercido un poder tan absoluto, tan sin fisuras y hasta, según algunos observadores, despótico. De hecho, desde su ascensión al Papado ha ocupado, en exclusiva, el escenario eclesial relegando por completo a un lejano segundo plano aún a sus más fieles colaboradores y hombres de confianza. La anunciada colegialidad, si hemos de ser sinceros, no se ve por ningún lado; por el contrario, la más mínima disidencia es inmediatamente eliminada; los pocos obispos que se han animado a formular algún planteo crítico han sido, en el mejor de los casos, desoídos cuando no alejados de sus funciones o diócesis. Sacerdotes y laicos que han expresado alguna disconformidad respecto de cuestiones doctrinales poco claras han conocido la cesantía y la pérdida de sus cátedras o puestos de trabajo.

Pero, en contraste con este férreo modo de ejercer la autoridad, Francisco se ha dedicado a poner las bases de lo que en el futuro, cuando él ya no esté, puede llegar a ser, nada más y nada menos, que la demolición del Papado. En efecto, ya desde Evangelii gaudium habla de dar a las Conferencias Episcopales la potestad de definir cuestiones doctrinarias; el Motu Proprio Magnum Principium otorga a esas mismas Conferencias una inusitada facultad en la traducción de los textos litúrgicos con evidente mengua del papel de la Santa Sede; en numerosos discursos, Francisco ha propuesto el modelo de una “iglesia sinodal” concebida como una pirámide invertida en la que el Magisterio está debajo y el sensuum fidelium, reinterpretado a la luz de la llamada “teología del pueblo”, la corona por arriba. Todas estas cosas hoy son, de hecho, letra muerta porque el feroz centralismo que ha impuesto el Papa Bergoglio las torna imposible. Pero son las bombas de tiempo que, a su tiempo, estallarán haciendo volar por los aires la verdadera y auténtica soberanía universal del Romano Pontífice sobre toda la Iglesia.

A este punto hemos llegado. Por eso resulta inevitable experimentar una seria preocupación por el futuro del Papado. ¿Cómo será el papa que suceda a Francisco? ¿Volverá sobre los pasos de éste y restablecerá al menos el decoro de la figura papal tan banalizada en estos días? ¿Qué hará respecto de Amoris laetitia y de sus gravísimas consecuencias doctrinales y pastorales? ¿Qué pasará con la legión de obispos nombrados por Francisco y que son todos a hechura suya? ¿Habrá propiamente un magisterio papal claro e inequívoco en los asuntos esenciales o se seguirá o aún se profundizará este estilo “magisterial” difuso y confuso impuesto por el actual Pontífice? Estas y muchas otras preguntas similares se imponen por la fuerza de los mismos hechos que transcurren ante nuestros ojos.

Por cierto la respuesta a todos estos interrogantes nos la da el Señor: Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam; et portae inferi non praevalebunt adversum eam (Mateo, 16, 18). El firme non praevalebunt de Cristo es la fuente de nuestra esperanza y de nuestra certeza de que al final el triunfo será del Señor. Pero también sabemos que no nos faltarán tribulaciones y aunque nos ha sido revelado que esas tribulaciones se acortarán no podemos escapar a las angustias e inquietudes de nuestro corazón. Somos hombres viadores y lo propio de este estado es la angustia de expectación sostenida por la esperanza.

Pero también es una exigencia de este estado viador el combate espiritual: militia est vita hominis super terram (Job, 7, 1). Quiere decir que debemos presentar batalla frente al avance del mal; y respecto del tema que nos ocupa estimo que es necesario proveerse de dos armas. La primera, sostener sin retaceos la verdad que la Fe enseña sobre la Iglesia y el Papado. El primado de Pedro se funda en la Sagrada Escritura, en la Tradición de la Iglesia y en el Magisterio infalible. Es una verdad fundamental sostenida por los Padres, por los teólogos escolásticos y pacíficamente aceptada por todos los doctores y maestros que, más allá de las legítimas diferencias de escuelas y de estilos, han permanecido fieles a las enseñanzas de Cristo y de la Iglesia.

Ahora bien, los peores cismas y las máximas herejías han negado esta verdad sublime. Por eso el Magisterio la ha sostenido sin concesiones. La Constitución Dogmática Pastor aeternus del Concilio Vaticano I, fechada el 18 de julio de 1870, resume y sintetiza la doctrina del Primado de Pedro y de sus sucesores; no fue, en absoluto, como ha pretendido cierta crítica malintencionada o infundada, la imposición de un poderoso grupo de padres conciliares férreamente “centralistas” movido, incluso, por intereses políticos. De ninguna manera: la Constitución no hace sino recoger en sus fundamentos bíblicos, históricos, teológicos y magisteriales, una doctrina sostenida desde siempre pero formulada con singular firmeza precisamente en un tiempo en que esa doctrina estaba bajo el ataque de los enemigos interiores y exteriores. Así lo reconoce expresamente el texto de la Constitución:

Y ya que las puertas del infierno, para derribar, si fuera posible, a la Iglesia, se levantan por doquier contra su fundamento divinamente dispuesto con un odio que crece día a día, juzgamos necesario, con la aprobación del Sagrado Concilio, y para la protección, defensa y crecimiento del rebaño católico, proponer para ser creída y sostenida por todos los fieles, según la antigua y constante fe de la Iglesia Universal, la doctrina acerca de la institución, perpetuidad y naturaleza del sagrado primado apostólico, del cual depende la fortaleza y solidez de la Iglesia toda; y proscribir y condenar los errores contrarios, tan dañinos para el rebaño del Señor[1].

No será ocioso recordar la firme y categórica definición dogmática respecto del Primado contenida en el canon de la Constitución:

Por lo tanto, si alguien dijere que el bienaventurado Apóstol Pedro no fue constituido por Cristo el Señor como príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante; o que era éste sólo un primado de honor y no uno de verdadera y propia jurisdicción que recibió directa e inmediatamente de nuestro Señor Jesucristo mismo: sea anatema[2].

Recordemos que se trata de un dogma de nuestra fe. Sin embargo, a partir del Concilio Vaticano II esta doctrina ha sido, directa o indirectamente, cuestionada o, al menos, reinterpretada. De hecho, ningún texto conciliar pone en duda el Primado; por el contrario, la Constitución Dogmática Lumen Gentium ratifica plena y expresamente la doctrina del Vaticano I[3]. El problema ha consistido en la introducción, de parte de Vaticano II, de la cuestión de la llamada “colegialidad”, término nunca definido con propiedad con el que se hacía referencia a la doctrina acerca de los Obispos que junto con el Papa gobiernan la Iglesia. Es cierto que el Vaticano I había dejado sin tratar este vital punto; pero no es menos cierto que el Vaticano II no fue más allá de acuñar el término colegialidad sin definirlo y abriendo la puerta a multitud de incertidumbres y equívocos. Esta colegialidad ha sido, en los hechos, una fuente de constantes equívocos que nos ha llevado a esta “Iglesia sinodal” más cercana al protestantismo que a la Fe Católica. Renovar y afianzar esta doctrina es, por tanto, nuestra primera arma.

La segunda arma es renovar el amor al Papa como signo distintivo de la identidad católica. Como decía Don Bosco, tres amores definen esa identidad: el amor a Jesús Sacramentado, el amor a la Santísima Virgen y el amor al Romano Pontífice. Pero, ¿es posible amar siempre al Papa y, en todo caso, qué sentido tiene ese amor? Va de suyo que el amor al Papa no se identifica exactamente con el mayor o menor afecto que podamos profesar hacia la figura de la persona que ocupa, accidentalmente, la silla de Pedro. De ser así no siempre sería posible amar al Papa. En efecto, a lo largo de la historia se han sentado en la silla petrina hombres de toda condición y ralea: grandes doctores y sabios y hombres de limitado intelecto, miembros de nobles familias e hijos de campesinos humildes, grandes santos y pecadores abominables, mártires que derramaron su sangre y pusilánimes que negaron a Cristo. Toda esta variopinta sucesión de personajes dispares responde, sin duda, a la admirable pedagogía de Dios que podemos definir en estos términos: Dios quiere que su Omnipotencia brille en la impotencia de los hombres; así queda claramente manifiesto que es Dios quien rige a Su Iglesia y la conserva a pesar, muchas veces, de los hombres. Sin embargo, es también su manifiesta voluntad que no ha querido prescindir de esos hombres.

¿Se nos manda a amar a esos hombres? No exactamente: lo que se nos manda es amar el misterio insondable de Cristo que habita en ellos más allá y por encima de sus cualidades personales. En este hombre concreto, en este Papa, se realiza el misterio de la unión de Cristo con su Iglesia y esplende visiblemente la invisible Cabeza que la rige y gobierna. Lo que amamos en el Papa es la grandeza del Papado que se realiza en cada uno de aquellos que a lo largo de los siglos Dios ha convocado para ser sus vicarios en la tierra.

No se trata, por tanto, de afecto sino de amor. Que este amor sea la fuerza que nos lleve a resistir y a esperar en esta hora de tribulación de la Esposa de Cristo.

Mario Caponnetto

[1] Santo Concilio Vaticano I, Constitución Dogmática Pastor aeternus, ASS, vol. VI (1870-1871), pp. 40-47.

[2] Ibídem. Si quis igitur dixerit, beatum Petrum Apostolum non esse a Christo Domino constitutum Apostolorum omnium principem et totius Ecclesiae militantis visibile caput; vel eundem honoris tantum, non autem verae propriaeque iurisdictionis primatum ab eodem Domino nostro Iesu Christo directe et immediate accepisse; anathema sit.

[3] Santo Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium, n. 18. Este santo Sínodo, siguiendo las huellas del Concilio Vaticano I, enseña y declara con él que Jesucristo, Pastor eterno, edificó la santa Iglesia enviando a sus Apóstoles lo mismo que Él fue enviado por el Padre (cf. Jn 20,21), y quiso que los sucesores de aquéllos, los Obispos, fuesen los pastores en su Iglesia hasta la consumación de los siglos. Pero para que el mismo Episcopado fuese uno solo e indiviso, puso al frente de los demás Apóstoles al bienaventurado Pedro e instituyó en la persona del mismo el principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de fe y de comunión. Esta doctrina sobre la institución, perpetuidad, poder y razón de ser del sacro primado del Romano Pontífice y de su magisterio infalible, el santo Concilio la propone nuevamente como objeto de fe inconmovible a todos los fieles, y, prosiguiendo dentro de la misma línea, se propone, ante la faz de todos, profesar y declarar la doctrina acerca de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, los cuales, junto con el sucesor de Pedro, Vicario de Cristo y Cabeza visible de toda la Iglesia, rigen la casa del Dios vivo.

por Mario Caponnetto

Tomado de:

https://adelantelafe.com/

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