Malicia del pecado venial

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Si se busca la causa de la flojera de un altísimo número de bautizados respecto de su vida espiritual, la enorme tibieza, abandono de las obligaciones inherentes a la vida cristiana, ausencia de un compromiso apostólico, rutina en la vida de piedad, ¿dónde se halla la causa principal de esta perniciosa acedia? Sin duda en la escasa o nula atención que se presta al llamado pecado venial.

Evitar todo pecado mortal ya parece un heroísmo a la mayoría de los bautizados. Son pocos los que poseen la delicadeza de darse cuenta de que aún el pecado venial es pecado, es ofensa a Dios, es traición, es deuda a pagar, es ocasión perdida de merecer; por lo que no se apuran por adquirir la sensibilidad suficiente para notar que el pecado venial es un mal de importancia.

Bien lo dijo San Agustín: las grietas, lentamente, abren brechas en el barco y producen su hundimiento.

Sí que es verdad que el pecado venial se puede perdonar sin el recurso de la confesión sacramental, pero sigue siendo un pecado que influye en el alma del cristiano, de modo que su exigua atención a los veniales puede deformar permanentemente la conciencia.

I. Conciencia de pecado

En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida espiritual. Cuando se recibe con frecuencia, mediante este sacramento, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve impulsado a ser él también misericordioso.[1]

San Agustín lo explica con una sorprendente belleza:

El que confiesa sus pecados actúa ya con Dios. Dios acusa tus pecados, si tú también te acusas, te unes a Dios. El hombre y el pecador son, por así decirlo, dos realidades: cuando oyes hablar del hombre, es Dios quien lo ha hecho; cuando oyes hablar del pecador, es el hombre mismo quien lo ha hecho. Destruye lo que tú has hecho para que Dios salve lo que Él ha hecho… Cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces tus obras buenas comienzan porque reconoces tus obras malas. El comienzo de las obras buenas es la confesión de las obras malas. Haces la verdad y vienes a la luz.[2]

II. Desaparición de la conciencia del pecado

Frase certera del Papa Pío XII: «El mayor pecado de nuestro tiempo es la pérdida del sentido de pecado».

«La pérdida del sentido del pecado es, por lo tanto, una forma o fruto de la negación de Dios: no sólo de la atea, sino además de la secularista. Pecar no es solamente negar a Dios; pecar es también vivir como si Él no existiera, es borrarlo de la propia existencia diaria».[3]

El que extraiga del armario homilías de Cuaresma de tiempos pretéritos y las lea de nuevo, se apercibirá de que todas, están estructuradas casi de la misma manera: se parte del hecho del pecado, luego se perfila del ansia del ser humano por la redención del pecado y finalmente se manifiesta la Buena Nueva de una renacida vida pascual, hacia la cual nos ha llevado Cristo redimiendo nuestras culpas y pecados. Hoy se ha hecho más difícil. Apenas podemos ya hablar de pecados, porque éstos van siendo negados en amplios tramos. Es la triste experiencia de muchos sacerdotes a quienes el hombre de hoy confiesa en realidad no sé lo que debo confesar. No ha hecho nada extraordinariamente malo. Y si algo ha pasado, no puedo hacerle nada, porque a fin de cuentas soy así; ésta es mi naturaleza. Cierto, no quiero considerarme un santo, pero estas cuentas lamentables debilidades carecen de peso; más o menos es lo que sucede con todos. Así se habla. La conciencia del pecado está desapareciendo.[4]

Y lo que es más lamentable, vemos hoy, cómo se justifica el mal como bien, y viceversa:

«cuando el estado de cosas que acabamos de denunciar llega a su colmo y paroxismo, da origen a la llamada conciencia cauterizada». Una conciencia ofuscada o anestesiada.

«Aquella que, por la costumbre inveterada de pecar, no le concede ya importancia alguna al pecado y se entrega a él con toda tranquilidad y sin remordimiento alguno.

El pecador ha descendido hasta el último extremo de la degradación moral. Peca con cínica desenvoltura, alardeando a veces de “despreocupación”, “amplitud de criterios” y otras sandeces por el estilo. Se ríe de la gente honrada y piadosa. Es del todo insensible a toda reflexión moral, que ni siquiera suele irritarle: se limita a despreciarla cínicamente, lanzando una sonora carcajada. Sólo un milagro de la divina gracia, que Dios realiza raras veces, podría salvar a este desdichado de la espantosa suerte que le espera más allá del sepulcro».[5]

III. ¿Por qué el pecado venial es un mal de importancia?

  1. Nos priva de inmensas gracias, que nos hubieran ayudado a vencer la tentación, a conseguir un triunfo, a fortalecer nuestro carácter moral y a acercarnos más a Dios en nuestra intimidad. Desdeñar y despreciar un tesoro semejante es ser inconscientes cuando no perversos.
  2. Es un alejamiento de Dios, de su amistad, la pérdida de su intimidad en el mismo grado del pecado. El sol divino calienta menos a distancia mayor, y la vida espiritual pierde ilusión, energía, osadía y gozo, en la misma proporción de los pecados veniales.
  3. Aumenta las dificultades para la práctica de la virtud. Cada pecado es un grado de debilitación, un paso hacia la pereza, un aumento de debilidad. Se pierde la sana obsesión de las riquezas espirituales y no se hallan motivos para el esfuerzo y para la lucha.
  4. «Cuatrocientos pecados veniales no llegan a hacer uno mortal». Pero sí inclinan poderosamente a la persona a no temer los límites, a perder el sentido del pecado, a entibiar la conciencia, a perder respeto a Dios, a abandonar fácilmente la arriesgada pero atractiva aventura de la santidad.

El pecado venial conduce poco a poco al mortal, del que es próximo pariente y amigo. Se ha dicho, con razón, que «pronto hará lo que no es lícito el que se permite hacer todo lo lícito»[6], aludiendo con ello a la necesidad de mortificarse en cosas lícitas para mantenernos lejos del pecado. ¡Con cuánta mayor razón habrá que decir que muy pronto caerá en pecado grave quien se permite sin escrúpulo todos los leves! Sería menester para evitarlo un auxilio especialísimo de Dios, del que se hace completamente indigno ese tan desconsiderado pecador.[7]

Cuatro motivos de las trágicas consecuencias del pecado venial que tienen como escenario esta vida, ya que las consecuencias acompañan nuestro caminar en este valle de lágrimas.

IV. Consecuencias eternas del pecado venial

El pecado venial es la enfermedad, el debilitamiento progresivo que conduce paulatinamente a la muerte del alma. Por eso el demonio lleva insensiblemente a las almas por esta pendiente. Es homicida y busca la muerte de las almas, de ahí, que aunque a alguno le parezca exagerado, el pecado venial tiene consecuencias eternas. Véalo por qué:

  1. En la proporción de los pecados veniales, sufrirá más largo y más intenso sufrimiento en el purgatorio. La limpieza de mayores manchas y más numerosas exige más detergente, que es el tiempo y el dolor. Sólo en no pensar en esta consecuencia del pecado venial consiste la facilidad con que se cometen, sin un esfuerzo. Son años de cárcel, más numerosos y en peores condiciones, según la cantidad y calidad de los veniales.
  2. Si, en lugar de llevarse por los veniales, hubiera usted luchado y conseguido la victoria, habría no sólo menor purgatorio sino mayor gloria, mayor capacidad de amar y conocer a Dios, mayor claridad y dignidad en el reino de los cielos.
  3. Nuestra acción de glorificar y gratificar a Dios por toda la eternidad será más pobre, más mezquina, ya que los pecados veniales han robado gracia, soltura, musicalidad, a su vida glorificada. Y Dios mirará con mayor complacencia a los que más han batallado y evitado los veniales.

Hemos de amar al bien espiritual de nuestro prójimo antes que a nuestro cuerpo; y nadie debe sorprenderse de que debamos amar por Dios el bien espiritual de nuestra alma más todavía que al prójimo- Es decir, que no debe sufrir el hombre el daño de cometer un pecado, ni siquiera para librar el prójimo del pecado. Tanto es así que el hombre no debería decir una mentira voluntaria injuriando con ello a Dios –y cometiendo un pecado venial– aunque con ello pudiera convertir a todos los pecadores, libertar a todas las almas del purgatorio y aun cerrar las puertas del infierno. Tan grande es la malicia de un solo pecado venial.

V. Confesión de los pecados veniales

Quien se aficione a practicar dignamente el Sacramento de la Confesión, practica un examen de conciencia que le clarifica sus defectos, sus debilidades, sus peligros y transgresiones, todo lo cual le pone en guardia.

Luego confiesa oralmente sus faltas; al oírlas, no puede menos que avergonzarse y estremecerse, lo que le recuerda los perniciosos efectos de los pecados, aun de los veniales. Al recibir la absolución, se da cuenta de que la misericordia de Dios destruye todas sus imperfecciones y llena de gracia y de fortaleza su débil alma que sólo puede sostenerse en la fidelidad, merced a la ayuda eficaz de la gracia santificante que recibe junto a la absolución.

Puede pensarse con acierto que el abandono del Sacramento de la Confesión supone la degradación de la conciencia, que no se sacude por la existencia de los pecados en su interior, y llega a vivir cómodamente en convivencia con los pecados.

Los pecados veniales son como llagas que se van degenerando en el alma; como agujeros por donde se escapa fácilmente la gracia y la ayuda divinas; como degradación de la idea de Dios, que cada día se aleja más de la mente; como materialización de la vida humana al faltarle la delicadeza de la ofensa a Dios aunque no sea en último grado.

No se puede afirmar que el pecado venial sea de poca importancia cuando produce consecuencias tan trágicas tanto en nuestra vida en la tierra cuanto en la eternidad.

Germán Mazuelo-Leytón

[1] Cf.: SAN LUCAS 3, 36.

[2] SAN AGUSTIN, Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 12, 13.

[3] PÍO XII. Radiomensaje en la conclusión del Congreso Catequístico de Estados Unidos, en Boston, 26/10/1946. En: Discorsi e Radio messaggi, VIII (1946), 288.

[4] Cf.: GRABER, Mons. RUDOLF, Obispo de Regensburg, Las cinco heridas de la Santa Iglesia.

[5] ROYO MARÍN, P. ANTONIO, Teología moral para seglares I, nº 178.

[6] SAN CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Paedagogus, I. 2 c.I: MG 8, 399.

[7] ROYO MARÍN, P. ANTONIO, Teología de la salvación, nº 55.

 

Tomado de:

https://adelantelafe.com/

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