146. Conduce al pecado mortal

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Si se repite el pecado venial, y vuelve a repetirse, llega a formar hábito o costumbre, y acaba por conducir fácilmente al pecado mortal.

Cuando Arturo hecho rey -dice la leyenda- se acostumbró a salir a caballo en busca de aventuras.

Un día Merlín le dijo:
-Mañana encontrarás un enano que te desafiará a combatir. Tú lo vencerás. Entonces, mátalo.

Al día siguiente, cuando Arturo atravesaba una selva, el enano le impidió el paso, de pie en medio del camino, blandiendo su espada y desafiándole. Apeóse Arturo y salieron arelucir las espadas. El enano demostró ser un buen espadachín; pero, no obstante; lo desarmó la destreza de Arturo que triunfó en el combate. El enano le pidió merced y Arturo, caballero generoso, le dejo en libertad.

De vuelta, el vencedor encontro a Merlín, quien, moviendo la cabeza, le advirtio.
-Si no matas al enano, él te destruirá en un día no lejano.

Transcurrió un día cuando el enano detuvo su paso nuevamente, Maravillóse el caballero al ver que el enano había crecido una pulgada o tal vez dos. Lucharon ambos con denuedo. La batalla fue mucho mós dura que la vez primera. Pero, al fin, el rey Arturo triunfó tambien. Y también fue generoso y perdonó la vida al ya temible rival.

Diez veces se repitió el encuentro. Y en este tiempo, el enano fue creciendo hasta adquirir la estatura de un hombre normal.

Pero, al fin, en el undécimo día, el enemigo era ya un gigante que se abalanzó sabre el rey, caballero aun, desde; las ramas de los arboles. Mató su caballo y, sin demora, blandió su enorme espada en terrible y dudoso combate. Las fuerzas del valeroso rey vacilaban ya, cuando acertó, de un golpe, a partir en dos el cráneo
del gigante; pero al instante se desplomó también, lleno de graves: heridas y bañado en su propia sangre.

Cuando Arturo volvió en sí. reconoció a Merlin que se estaba curando sus heridas.
De vuelta a su castillo, Merlí explicó al rey que el enano era el pecado, que debe ser vencido y destruido pronto, cuando se nos aparece en sus primeras fases;
de lo contrario su poder va creciendo hasta formar un hábito; y entonces el hábito del pecado venial termina en pecado, mortal.

Milagro parece que el rey Arturo escapara de la muerte. Milagro será que se libre de la muerte del alma, con un pecado mortal, el pecador negligente que, ofendiendo a, Dios continuamente con el pecado venial, se lanza temerariamente a su perdición.
(Véase también no. 603)

145. Evitando todo pecado venial

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Margarita Sinclair, de nacionalidad Francesa estaba empleada en una fábrica de Edimburgo, Escocia, como satinadora. Era aficionada al baile, a los juegos y a la natación y estaba comprometida para casarse. Pero finalmente se hizo monja de las hermanas pobres de Santa Clara. Contrajo una enfermedad y murió de ella a los veinticinco años.

El padre A., sacerdote jesuita, que la conocía bien y que oyó su confesión general antes de morir, declaró que Margarita no había cometido un solo pecado venial deliberadamente en toda su vida.

En realidad había hecho siempre un acto continuo de consagración de su voluntad a su Dios y Señor. Lo patentizó y resumió en la última oración que pronunció en su lecho de muerte.

-Jesús, María y José: yo os entrego todo mi corazón y mi alma.

La hermana que cuidaba a la enferma en aquellos momentos dijo:

-Aquella última oración me causó una impresión profunda. Fue dicha con tal fervor y confianza, que todos creíamos, cuando expiró, que su alma estaba ya en los brazos de Jesús, María y José. 

 

143. El pecado venial ofende a Dios.

Hazte ejemplo y modelo de los fieles, en el hablar, en la manera de obrar con el prójimo, en la caridad, en la fe, en la castidad. (1 Timoteo, 4, 12).

Hazte ejemplo y modelo de los fieles, en el hablar, en la manera de obrar con el prójimo, en la caridad, en la fe, en la castidad. (1 Timoteo, 4, 12).

Cuéntase que San Felipe Neri estaba siempre discurriendo cómo dar ocupación a los niños. Solía hacerles barrer su aposento, quitar el polvo del mobiliario o hacer su cama, y a veces aunque la hubiera hecho él antes.

A algunos les hacía sentarse para leer; a otros, que gustaban mas de usar sus dedos que utilizar su cerebro les empleaba en ensartar cuentas de rosario a en tejer guirnaldas para adornar la estatua de Nuestra Señora.

Sabia que hay muchachos que necesitan un trabajo mas duro para que permanezcan tranquilos y quietos. A éstos les hacía trasladar muebles de un lugar a otro.
Pero todos estaban igualmente contentos y felices, porque para ellos era un verdadero placer hacer cuanto les ordenaba 0 pedía San Felipe Neri. 

Solía llevárselos a dar largos y alegres paseos y excursiones por el monte; organizaba juegos de pelota a de tejos. Jugaba can ellos a toda clase de juegos y jamás, par ningún motivo, permitía que ninguno riñera con los compañeros y dejara, disgustado, el juego. 

A veces ocurría que los muchachos empleaban los ratos de ocio en jugar a pelota en los corredores de la casa del oratorio y contra las puertas de los cuartos con lo cual llegaban no solo a molestar a los infortunados padres; sino incluso a exasperarlos, especialmente al padre Baronio que trabajaba en sus Anales, Y cuando los padres, indignados, salían de sus aposentos para decir a los muchachos que aquello era “intolerable”, y los chicos, por miedo, guardaban silencio, San Felipe salía de su cuarto y les decía:

 -Dejadlos que os regañen cuanto les plazca. No hagáis caso. Continuad jugando tan alegremente como queráis. Lo que importa. es que no cometáis pecado. 

Evidentemente esto era muy duro para los padres pero, sin duda alguna, esto enseñaba a los muchachos a compartir, con San Felipe, la convicción de que el pecado, aun el pecado venial, desagrada a Dios, más que otra cosa cualquiera.