San Bernardo condenó abiertamente las herejías de Abelardo

y a cardenales u obispos que lo respaldaron

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CARTA CCCXXXVIII. AÑO 1140

AL CARDENAL HAIMERICO, CANCILLER DE LA CURIA ROMANA

(Declara que estando Pedro Abelardo convicto de herejía no deben darle acogida los Cardenales, ni ofrecerle asilo en la Curia Romana).

S. BERNARDO, ABAD DE CLARAVAL.

OBRAS COMPLETAS. VOL. V

EPISTOLARIO

“Al ilustre y muy cordial amigo Haimerico, Cardenal diácono y Canciller de la Curia Romana, Bernardo, Abad de Claraval, saludos, y que promueva el bien y se muestre prudente delante de Dios y de los hombres”

1.  Lo que sólo sabía por referencias respecto a la doctrina de Pedro Abelardo lo he podido confirmar por experiencia propia a la vista de sus mismos libros. He anotado sus expresiones, he escudriñado el sentido que encerraban, y he descubierto que es absolutamente pernicioso. El nuevo teólogo se vale de las mismas palabras de la Ley para impugnarla y contradecirla. Arroja las cosas santas a los perros y lanza margaritas a los puercos. Corrompe la fe de las gentes sencillas y pone mancha en la limpieza de la Iglesia. Dice el poeta pagano, (Horacio, Epist. II, v. 69-70) : “Largo tiempo conserva la vasija el aroma del líquido que en ella se echó cuando era nueva”.

2.  El libro de este hombre, que estaba ya condenado al fuego, se ha salvado de las llamas y ha recibido el refrigerio del agua, con que ha escapado de la destrucción. Ya se ha podido reclinar en el seno de la Iglesia el que más la perseguía, ya ha podido encontrar asilo en ella el mismo que había intentado destruir su fe. El hombre se ha visto tan deshecho y próximo a perecer como el agua que se derrama en el suelo. !Qué no prospere más el que profanó el lecho de su padre y cubrió de deshonra su tálamo!, (Gen. 49, 4).

Este hombre ha mancillado a la Iglesia todo cuanto ha podido y ha inficionado con su ruindad y vileza las almas de los sencillos. Con solas las luces de la razón natural ha pretendido abordar los misterios que sólo con las alas de la fe podemos alcanzar. Nuestros mayores acostumbraron creer, no discutir. Este, sin embargo, no fiándose ni del mismo Dios, se resiste a creer nada si él no se lo explica antes con el mero sentido de la razón. A pesar de que dice el Profeta :  “No entenderéis, si antes no creéis”, (Is. 7, 9), nuestro hombre llama ligereza a la fe pronta y sencilla, tergiversando y aplicando mal aquel texto de Salomón : “El que cree de ligero, es de corazón liviano”, (Eccli. 19,4). 

3.  Según la flamante interpretación de Abelardo, sería digna de reprensión la Virgen Santísima, que dio crédito al Arcángel San Gabriel cuando le anunciaba lo que había de acontecer, diciéndole : “Sábete que concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo”.  También merecería reproches la conducta de aquél que en el último trance de la vida creyó en las palabras del que, a punto de expirar, le decía : “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. En cambio, sería digna de encomio la dureza del corazón de aquéllos a quienes se dijo :  “!Oh necios y tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron los Profetas!”.  E igualmente sería recomendable la tardanza en creer de aquél de quien se dijo : “Por cuanto no has creído a mis palabras, desde ahora quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas”.

4.   Para resumir en pocas palabras, digo que el egregio doctor sostiene, como Arrio, una especie de grados y distinciones reales entre las personas de la Santísima Trinidad. Pone la gracia por debajo del libre albedrío, como lo hacía Pelagio, y le niega a la santísima humanidad de Cristo resucitado el poder gozar de la compañía del Padre y del Espíritu Santo, como sostenía Nestorio.  Añade a estos errores la  presunción con que se jacta de haber descubierto a los Cardenales y demás clérigos de la Curia Romana las fuentes y caudales de la ciencia, y de haberles hecho recibir y aceptar con gusto sus libros y sus doctrinas, así como haberse ganado por defensores y amigos a los mismos que le habían de juzgar y condenar.

5.  Jacinto, (no se sabe a ciencia cierta quién era Jacinto), me ha amenazado con graves daños ; con todo, no ha llevado a efecto sus amenazas, no por falta de voluntad sino de posibilidad. No me afecta gran cosa su conducta, puesto que sé muy bien que se insolentó con el mismo Sumo Pontífice y con la Curia Romana, de la cual forma parte. Por lo demás, Nicolás, el portador de esta carta, que no es menos devoto vuestro que mío, os podrá enterar de viva voz mejor de lo que yo pudiera hacerlo por escrito, de todo cuanto ha visto y oído.

 

Tomado de:

http://forocatolico.wordpress.com/

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