Penitencia en aras del Cielo. Reflexiones para el Miércoles de Ceniza

Julian-Fałat_Miércoles-de-Ceniza_1881-860x394

“Recuerda, hombre, que eres polvo, y al polvo regresarás.”

El día de hoy, Miércoles de Ceniza, marca el comienzo de la Cuaresma. La Iglesia, con la sabiduría del antiguo calendario litúrgico, nos dio los últimos domingos para prepararnos para este tiempo de ayuno, oración, y penitencia. La Cuaresma es el tiempo del año litúrgico en el que hacemos una pausa y reconocemos nuestra débil naturaleza humana, nuestra inclinación al pecado, y nuestra mortalidad. Algunos verán nuestros rigurosos sacrificios y nuestro ayuno como tonterías, considerando cómo nuestra sociedad tiene la costumbre de buscar la gratificación instantánea. ¿Qué es lo que motiva nuestras penitencias? Quizás el reflexionar sobre esta cuestión nos ayude a elegir penitencias que profundicen nuestras vidas espirituales y nuestro amor a Dios.

En la cuestión 12 de Prima Pars en Summa Theologiae, Santo Tomás de Aquino reflexiona sobre el conocimiento de Dios; es decir, ¿cómo hace el hombre para conocer a Dios, tanto en esta vida como en la próxima, en la que puede ver su esencia divina? En el artículo 6, Tomás se pregunta si algunos podrán ver la esencia divina más perfectamente que otros. Responde afirmativamente, diciendo que esto se basa en la capacidad intelectual, la cual que permite a algunos contemplar la visión de Dios más perfectamente. El objeto—la visión de Dios—es el mismo, dado que Dios no cambia, pero el intelecto que comparta más perfectamente la luz de la gloria, Lo verá más perfectamente. Tomás explica:

De ahí que el entendimiento que más participe de la luz de la gloria, más perfectamente verá a Dios. Y tanto más participará de la luz de la gloria cuanto más amor tenga, pues donde el amor es mayor, mayor es el deseo; y el deseo, de alguna manera, capacita y prepara al que desea para conseguir lo deseado. Por lo tanto, aquel que tenga más amor, más perfectamente verá a Dios y más feliz será (ST, I, C. 12, a. 6, corpus).

Sigue leyendo

Anuncios

Una visión de la Iglesia en 1 Timoteo, a través de Tomás de Aquino

Paul-Featured-Image-LARGE-950x394

“Te escribo estas cosas con la esperanza de ir pronto a ti; pero si tardo para que sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad.  Y sin duda alguna, grande en el misterio de la piedad: (1 Timoteo 3: 14-16).

Estos versículos de San Pablo, además de los pasajes anteriores, revelan muy sucintamente la naturaleza y el alma de la Iglesia. Primero, Pablo describe los diferentes roles dentro del Cuerpo de Cristo -hombres y mujeres, obispos y diáconos- y luego describe la fuente de la unidad de la Iglesia, a saber, la Palabra de Dios encarnada. Reflexionar sobre estos pasajes de Pablo, con la guía confiable de Santo Tomás de Aquino, arrojará luz sobre cómo debemos responder a la situación actual en nuestra Iglesia. La Iglesia hoy en día necesita un recordatorio de cómo debe actuar como la “casa de Dios”, dado cuán fácilmente caemos en el pecado, lo que divide a la Iglesia y le impide estar verdaderamente unificada como el Cuerpo de Cristo.

En esta carta, San Pablo primero habla de hombres y mujeres, o los laicos, en la Iglesia. San Pablo escribe: “Quiero pues que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones” (1 Tim 2: 8). Así, San Pablo desea que todos los hombres oren, y esta oración, según Tomás, está marcada por tres características: “que sea asidua, pura y quieta” (71). La oración mental puede ocurrir en cualquier lugar, razón por la cual a los hombres ya no se les exige rezar solo en Jerusalén. Además, la oración debe ser pura, lo que significa que mediante nuestros signos externos, estamos dando gloria a Dios.

Como Tomás explica: “Porque las genuflexiones y cosas por el estilo no son agradables a Dios en sí mismas, sino solo porque por ellas, como por signos de humildad, un hombre es humilde internamente” (72). Las acciones del hombre en la oración son un signo de su humildad y, por lo tanto, de su pureza ante Dios. Finalmente, la oración debe ser tranquila, o sin enojo, tanto hacia Dios como hacia el prójimo; así, la oración real es guiada por la caridad. Un hombre no puede realmente rezar a menos que posea profundamente la virtud de la caridad, que se expresa en el doble mandamiento del amor de Dios y el amor al prójimo. Por lo tanto, podemos ver desde el principio que, para Pablo, la oración está en el centro de la Iglesia. La Iglesia debe orar a Dios con humildad, rogando por su gracia y su misericordia para que trascienda nuestra débil naturaleza humana.

Sigue leyendo