145. Evitando todo pecado venial

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Margarita Sinclair, de nacionalidad Francesa estaba empleada en una fábrica de Edimburgo, Escocia, como satinadora. Era aficionada al baile, a los juegos y a la natación y estaba comprometida para casarse. Pero finalmente se hizo monja de las hermanas pobres de Santa Clara. Contrajo una enfermedad y murió de ella a los veinticinco años.

El padre A., sacerdote jesuita, que la conocía bien y que oyó su confesión general antes de morir, declaró que Margarita no había cometido un solo pecado venial deliberadamente en toda su vida.

En realidad había hecho siempre un acto continuo de consagración de su voluntad a su Dios y Señor. Lo patentizó y resumió en la última oración que pronunció en su lecho de muerte.

-Jesús, María y José: yo os entrego todo mi corazón y mi alma.

La hermana que cuidaba a la enferma en aquellos momentos dijo:

-Aquella última oración me causó una impresión profunda. Fue dicha con tal fervor y confianza, que todos creíamos, cuando expiró, que su alma estaba ya en los brazos de Jesús, María y José. 

 

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