Cuentos con moraleja: “Son cosas de mamá”

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8 noviembre, 2015

La devoción a la Virgen María siempre fue para todo cristiano una de las principales fuentes de gracia y alegría. Desde bien pequeños se nos enseñaba a rezarle a María y a pedirle las gracias que necesitáramos, pues sabíamos que ella se preocuparía de obtenerlas de su Hijo para nosotros. No en vano decimos que María es “medianera de todas las gracias”.

El pueblo sencillo siempre encontró en María una aliada para sus necesidades y una consoladora en sus penas. Y es verdad, María, como buena madre siempre está cerca de todo aquél que le invoca. ¡En cuántas ocasiones María consiguió de su Hijo todo lo que quería! Y eso que a veces no estaba en los planes de Cristo; pero los ruegos de María siempre le conmovieron.

Hace unos días leía una sencilla y bella historia que refleja muy bien el cariño que María tiene por todos nosotros. No en vano, su propio Hijo la hizo madre nuestra en el momento de la cruz. Esta historia dice así…

Paseaba Santo Tomás por los jardines del cielo, cuando vio pasar un alma que no resplandecía tanto como las demás… y luego vio otra… y otra más… De inmediato fue a reclamarle a San Pedro.c Sigue leyendo

Cuentos con moraleja: “Deja que Dios sea Dios”

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1 noviembre, 2015

Una de las cosas que más le cuesta al hombre de hoy, ensoberbecido como está por los grandes logros de la ciencia y de la técnica, es reconocer que es una criatura y que Dios es su creador. Esta actitud soberbia del hombre hace que haya perdido el sentido de la virtud de la religión, y sus relaciones con Dios ya no se hagan desde una actitud humilde, sino de igual a igual. Sí es verdad que el Señor nos dijo “ya no os llamo siervos, sino amigos”; pero de ahí a eliminar el respeto a lo sagrado y el sentido de que somos sus criaturas va mucho trecho.

Hasta hace unos cincuenta años, cuando la misa se celebraba sólo en latín y gran parte de la misa había que estar de rodillas, mantener esa posición nos ayudaba a reconocer que Dios era nuestro Señor y que de Él recibíamos todo lo que teníamos. Ahora, con la misa del Novus Ordo, donde se reduce la postura de rodillas a unos breves minutos durante la consagración, ese sentido de respeto a Dios se ha perdido bastante. Y no digamos, como ya está ocurriendo en muchas iglesias, cuando ni en el momento de la consagración los fieles se arrodillan, pues creen que eso es rebajarse y que no tienen por qué ponerse de rodillas ante nadie.

Esta forma de pensar y de vivir moderna le ha llevado al hombre actual a creer que es él quien controla todo lo que le ocurre, es autónomo en sus leyes, no depende de nadie y no tendrá que dar cuentas de sus acciones cuando la vida llegue a su fin.

Afortunadamente Dios es mucho más sabio, paciente y amoroso que nosotros, y a unos y a otros, a lo largo de nuestra vida, nos enseña en multitud de ocasiones quién es el que manda; ya sea una enfermedad grave, un accidente, la pérdida de un ser querido, etc… La actitud de muchas personas es la de no quererse dar cuenta de estos avisos que Dios nos envía y preferir seguir viviendo de espaldas a Dios; pero hay personas que a través del sufrimiento de la vida descubren a Dios por primera vez o vuelven a Él después de muchos años de lejanía.

¡Cuánto nos cuesta a los hombres darnos cuenta de que le hemos de dejar a Dios guiar nuestros pasos! ¡Cuántas veces pensamos que Dios es demasiado “duro” y “estricto” con sus normas! Si fuéramos realmente inteligentes –y también humildes-, nos daríamos cuenta de que los caminos de Dios, aunque a veces puedan parecer duros, empinados e incluso torcidos son los mejores.

Hace unos días, una persona, que acababa de descubrir a Dios después de muchos años en la oscuridad, me contaba una sencilla historia, que a modo de cuento, le había venido a su mente como una inspiración mientras que rezaba de rodillas ante el Santísimo.

Cuando yo era pequeño, mi mamá solía coser mucho. Yo me sentaba a sus pies y la observaba mientras ella bordaba. Al observar lo que hacía, desde una posición más baja, siempre le decía que lo que estaba haciendo me parecía muy raro y complicado. Ella me sonreía, me miraba y gentilmente me decía:

-Hijo, ve afuera a jugar un rato y cuando haya terminado mi bordado te pondré sobre mi regazo y te lo dejaré ver como yo lo veo.

Yo no entendía por qué ella usaba algunos hilos de colores oscuros y por qué me parecían tan desordenados, pero unos minutos más tarde mi mamá me llamaba y me decía:

-Hijo, ven y siéntate en mi regazo.

Al hacerlo, yo me sorprendía y emocionaba al ver la hermosa flor o el bello atardecer en el bordado. No podía creerlo; desde abajo no se veía nada, todo era confuso. Entonces mi madre me decía: 

-Lo ves, hijo mío, desde abajo todo lo veías confuso y desordenado y no te dabas cuenta de que arriba había un orden y un diseño. Cuando lo miras desde mi posición, sabes lo que estoy haciendo.

Este a modo de cuento es algo que nos ha pasado a todos. Cuando vemos nuestra vida desde abajo nos es difícil aceptar que Dios esté haciendo una obra maestra. En cuántas ocasiones hemos tenido también nosotros una conversación como ésta:

-Padre, ¿qué estás haciendo? No entiendo nada.

-Querido hijo, estoy bordando tu vida.

-Pero se ve todo tan confuso y desordenado, los hilos parecen tan liados.

-Hijo, ocúpate de tu trabajo y no quieras hacer el mío. Un día te traeré al cielo y te pondré sobre mi regazo y verás desde mi posición. Entonces entenderás.

Cuando veas tu bordado desde abajo, todo confuso y desmarañado, no te desanimes; mírale mejor a la cara y Él sabrá transmitirte confianza, pues sus ojos te dirán: “¡Déjame obrar, pues sé lo que estoy haciendo!” Hagamos como dice la canción: “Deja que Dios sea Dios”[1]

Este artículo-cuento que está interpretado según una clave individual adquiere una nueva dimensión si lo vemos desde un punto de vista “eclesial”. Imaginémonos sólo por un segundo que son los hombres los que vemos el bordado que la Jerarquía –bordando desde arriba y en nombre de Dios- hace con su Iglesia. Es normal que no terminemos de “ver claro y bonito” lo que está haciendo. A nuestros ojos parece todo enmarañado; pero desde arriba, desde la posición desde donde Dios mira, todo es correcto y bello. Lo malo es cuando parte de la Jerarquía se pone a mirar el bordado desde abajo; y desde esa posición pretende hacerle ver a Dios que está equivocado y que ha de cambiar las leyes que Él nos dio.

Así pues, como nos decía la canción: “Dejemos que Dios sea Dios” y recemos para que la Jerarquía deje de mirar desde abajo y adopte su propia posición, junto a Dios; y desde allí, iluminar a todos los hombres.

Padre Lucas Prados

[1] https://www.youtube.com/embed/aSABVjjnSU4

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

Cuentos con moraleja “Un buen ejemplo”

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25 octubre, 2015

Hace años, cuando yo era adolescente, recuerdo que mi abuelo me solía contar historias que habían ocurrido en mi pueblo natal en los tiempos de la Guerra Civil Española; aunque yo me imagino que estas historias eran contadas aquí en España por la gran mayoría de abuelos de esa época.

Fueron años muy difíciles para cualquier cristiano que quisiera mantenerse fiel a su fe. Yo mismo tuve un tío sacerdote a quienes los milicianos le cortaron una pierna. Mi padre me contaba las miles de cosas que tuvieron que hacer para ocultar a unas monjas de la caridad que había en mi pueblo en unas bodegas de mi casa. Me hablaba también del cuidado de debían tener con el fin de evitar cualquier manifestación de culto público, y las muchas cosas que tenían que hacer para paliar el hambre. Cosas que ahora pueden sonar a “cuentos”, pero que fueron totalmente reales. Cosas que hicieron sufrir a todo un pueblo, pero que al mismo tiempo reforzaron su fe, le ayudaron a agarrarse a la cruz de Cristo y vivir siempre preparados, pues nunca podían saber si el nuevo día que alboreaba sería el último de su existencia.

Recuerdo también historias de sacerdotes y religiosas que eran metidos en barriles de vino y echados a rodar por las laderas de un monte que hay detrás de mi pueblo, mientras los milicianos iban disparando tiros a mansalva para ver quién conseguía matar al que iba dentro rodando antes de que el barril se desplomara por el acantilado.

Siempre me gustó leer libros sobre la Guerra Civil Española para así no olvidar a los mártires de nuestro pasado y al mismo tiempo aprender de los errores de nuestra historia con el fin de no volverlos a cometer. Como reza la frase que según parece dijo Cicerón: “El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”.

Según cuentan en un libro que leí hace unos años, un sacerdote fue atrapado “in fraganti” mientras daba los últimos sacramentos a un soldado caído en el frente. Este sacerdote fue llevado a la cárcel del pueblo; y sin ningún tipo de juicio, una mañana bien temprano fue puesto en el paredón ante varios milicianos dispuestos a acabar con su vida. Atado de manos y medio desnudo, fue llevado al patio interior de la cárcel, donde los fusilamientos se hacían casi a diario. En esto que uno de los soldados le preguntó por su última voluntad y el sacerdote respondió que le gustaría que le desataran las manos antes de morir. Así lo hicieron. Pero cuando estaba ya el pelotón con las armas dispuestas para abrir fuego, el sacerdote levantó la mano derecha y comenzó a decir en latín: “Benedicat vos omnipotens Deus, Pater…” mientras hacía el gesto de la bendición. Cuando estaba haciendo esto, un miliciano, que llevaba un machete tremendo se acercó al pobre curita y entre insultos y risas le cortó las dos manos. El pelotón se dispuso de nuevo a arrebatarle la vida, cuando el sacerdote, ahora ya sin manos, levantó los dos muñones de brazos que le habían quedado y disponiéndolos en forma de cruz recibió seis o siete disparos que acabaron con su vida.

Entre tanto odio, una vez más triunfó el amor y el perdón. El Señor fue el primero que nos enseñó a amar así: “¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!” Si otros han sido capaces de perdonar, ¿por qué no nosotros? Si no nos sentimos con fuerza para perdonar de corazón, puede que nos falte aquello que Cristo, este sacerdote y todos los mártires sí tuvieron: un profundo y auténtico amor a Dios.

Padre Lucas Prados

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

Cuentos con moraleja: “La mejor catequista”

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18 octubre, 2015

Con mucha frecuencia los padres católicos, absorbidos por las preocupaciones e inquietudes del día a día, pasan a un segundo plano formar espiritualmente a sus hijos. Creen que los niños siempre podrán aprender más tarde las oraciones básicas, las devociones propias de los niños (ángel de mi guarda, cuatro esquinitas tiene mi cama, con Dios me acuesto…) o encargan estas “obligaciones” a la abuelita porque tiene más tiempo.

Pocos padres mandarían a sus hijos a dormir sin haber cenado antes; pero en cambio son muchos los que no se preocupan de que sus hijos se acuesten sin haber hecho antes sus oraciones.

Es realmente triste, ahora que empezamos en muchas iglesias las catequesis de primera comunión, ver a niños de seis y siete años que no saben ni hacer la señal de la cruz. ¿Qué le pasaría a su hijo recién nacido si lo dejara de alimentar durante una semana? ¿Qué le pasaría a su hijo si después de haberle dado a luz no lo viera nunca más hasta que tuviera siete años? ¿Cree que le sería fácil a su hijo amarle y obedecerle a usted?

Es lógico que nos ocupemos de alimentar su cuerpo; pero es realmente una locura creer que su hijo es sólo un cuerpo al que hay que alimentar. Su hijo también tiene un alma. Esa alma necesita conocer y amar a Dios desde su más tierna infancia. Cualquier tiempo, por pequeño que sea, que dediquemos a formar a los niños en las virtudes y devociones propias de nuestra fe, nunca será un tiempo perdido; todo lo contrario.

Además, tampoco se necesita mucho tiempo. Muchas veces un pequeño gesto es más que suficiente para que su hijo capte la enseñanza y aparezca en él el cariño a Jesús, a la Virgen, a los santos del cielo.

Les relato ahora una brevísima historia, que más que historia es un flash; pero que como flash, puede iluminar la vida de muchos padres que han olvidado la formación religiosa de sus hijos. Así ocurrió hace ya mucho, pero que ¡muuucho tiempo…!

Una madre joven y piadosa solía dar un beso a su hijo chiquitín cada vez que volvía de comulgar.

-Toma, hijo -le decía-. Este beso me lo ha dado Jesús para ti.

Un día, el pequeño que ya hablaba, al recibir el habitual beso de Jesús se cuelga del cuello de su madre y la besa en su rostro diciéndole:

-Toma, éste es para Él.

¡Qué sencillez! ¡Qué hermosura! Sólo una fracción de segundo, pero ¡cuánta enseñanza en ese gesto! Y es que cuando se ama a Dios, hasta el más pequeño gesto hecho por amor puede ayudar a que otra persona descubra a Jesús.

Padre Lucas Prados

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

Cuentos con moraleja: “Emily tiene los ojos castaños”

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11 octubre, 2015

Emily era una preciosa niña de tres años de edad. Su familia era cristiana de verdad. Iban todos los domingos a Misa, rezaban en casa juntos el Rosario, daban gracias a Dios e incluso el padre leía la Biblia y luego todos la comentaban… Por todo ello, Emily creció siempre en un ambiente lleno de paz y felicidad.

Sólo había un problema que le inquietaba. Le preocupaba tanto, que incluso rezaba a Dios para que le concediera una inmensa gracia, ¿que cuál era? Resulta que tanto su padre como su madre y sus otros cinco hermanos tenían todos los ojos azules; todos, menos Emily. El sueño de Emily era tener ojos azules como el mar o como el cielo. ¡Ah! ¡Cómo Emily deseaba eso! Para ella era un sueño; incluso más, casi una obsesión.

Un día, mientras recibía catequesis de primera comunión en la parroquia, oyó a la señorita decir:

  • Dios responde a todas nuestras oraciones.

Emily pasó todo el día pensando en eso. A la noche, a la hora de dormir, se arrodilló al lado de su cama y rezó del siguiente modo:

  • Querido Jesús, te doy las gracias por haber creado un mar tan azul, tan hermoso, tan lleno de vida. Te doy también muchas gracias por la familia tan buena que me has concedido. Te pido también por la abuela que últimamente está un poco triste pues se murió el abuelo el otro día; aunque creo que tú ya lo sabes. Te pido también por el abuelo para que lo tengas en el cielo…; y también me gustaría pedirte por una cosa, aunque me da vergüenza. ¡Bueno te lo digo porque sé que no te vas a reír y porque sé que me quieres mucho! Me gustaría pedir… por favor… cuando me despierte mañana, quiero tener ojos azules como los de mamá. Un beso ¡muahh! Amén.

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