148. Resucitaremos con los mismos cuerpos

A un alumno del físico y químico inglés Faraday se, le escapó de la mano una taza de plata y fue a caer dentro de una tinaja de agua fuerte. Quedó disuelta, con el disgusto, que es de suponer, por parte del muchacho.

Pero Faraday intervino para rescatar la joya. ¿Cómo? Echó una sal en la tinaja, la cual hizo precipitar en forma de granitos, en el fondo de la vasija, las moléculas de la plata disuelta. Las recogió y mandó fabricar con ellos una taza, mejor o más bonita que antes.

Era la «misma» taza porque estaba hecha del «mismo» material. Así será con los cuerpos resucitados de los justos. Serán los «mismos» cuerpos, aunque no de la misma manera; serán resplandecientes de gloria y sin defecto alguno. Dios puede usar -y de hecho usará- la misma materia, ya que la materia subsistirá siempre, porque es indestructible.

No obstante, lo que hará principalmente que el cuerpo sea el «mismo» será el «alma», porque tal cuerpo pertenece a tal alma.

Así, la misma alma unida, con la misma misteriosa unión, al mismo cuerpo, hará, que nosotros seamos exactamente los mismos, aunque de diferente manera.

147. Resucitaremos todos el día del Juicio

El hombre está compuesto de alma y cuerpo, y Dios creó estos dos elementos para que estuviesen unidos. La caída de Adán y Eva trajo el castigo de la muerte que desune el alma y el cuerpo. El alma es incompleta sin el cuerpo; Dios volverá a unirlos para siempre con un milagro universal en el último día del mundo.

La resurrección del cuerpo era, materia de controversia entre los judíos. Los fariseos creían en ella; los saduceos, no. Estos presentaron esta cuestión a Jesucristo, en el templo, durante los últimos días de su vida mortal.

Inventaron un caso posible que -según ellos- hacía aparecer la resurrección como algo descabellado y loco. Nuestro Señor les respondió que estaban en error y enseñó claramente «que los muertos resucitarán».
(Léase el Evarigelio de San Lucas, 20, 27-38)

Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe

Por Mons. Carlo Maria Viganò
17/04/2023

Homilía de monseñor Viganò para el Domingo in Albis

Hæc est victoria, quæ vincit mundum: fides nostra.

Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe. 1 Jn. 5, 4

¡Cristo ha resucitado!

En este día en que la Iglesia ruega por los neófitos, que hasta ayer vestían las vestiduras blancas recibidas durante la Vigilia Pascual, toda la liturgia constituye un himno a la Fe: la exhortación de la epístola de San Juan, con la profesión de fe en Jesucristo Dios; en el Evangelio, el pasaje de la incredulidad de Santo Tomás y su profesión de fe en la divinidad del Salvador: Dominus meus, et Deus meus (Jn. 20, 28).

Las palabras de la Epístola en particular merecen a mi juicio una reflexión que podríamos aplicar de forma concreta a nuestra vida diaria. Todo el que viene de Dios vence al mundo, dice San Juan. ¿Y quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Vencer al mundo: parecen palabras casi ilusorias en un mundo que despliega su poder arrogante sobre todo, en una sociedad que ofende públicamente a Dios, que menosprecia y rechaza la Redención, y que llega al punto de meter mano en la Creación con monstruosidades indignas de naciones que se declaran civilizadas.

Fuera de esta iglesia, y difícilmente fuera de nuestros hogares -sobre todo si guardamos las distancias con ese instrumento infernal que es el televisor- el mundo se está trastornando en medio de la indiferencia general: todo principio es trastocado, toda justicia negada y toda virtud ridiculizada en tanto que se promueve y celebra el vicio. Una sociedad de muerte, para personas muertas de alma antes que de cuerpo: aborto, vacunación forzosa, eutanasia, mutilaciones horrendas, homicidios y violencia de todo género son los rasgos que caracterizan esta sociedad apóstata y volcada al mal.

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¡ALELUYA, aleluya, aleluya!

¡ALELUYA, aleluya, aleluya!

Cristo, nuestra Pascua ha sido inmolado.

Sin embargo, Pedro se fue corriendo al sepulcro;

 y cuando miró dentro,

no vio más que las sábanas. 

 Entonces volvió a casa, admirado de lo que había sucedido.

Evangelio según San Lucas 24,12

He aquí un espejo del Santo Evangelio

La Sábana Santa

¿Por qué buscan ustedes entre los muertos al que está vivo?

No está aquí, si no que ha resucitado.

Acuérdense de lo que les dijo cuando todavía estaba en Galilea:

que el Hijo del hombre tenía que ser entregado en manos de pecadores,

que lo crucificarían y que al tercer día resucitaría.

Evangelio según San Lucas 24, 5-7

¡Felices Pascuas de Resurrección!

148. Resucitaremos con los mismos cuerpos

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A un alumno del físico y químico inglés Faraday se, le escapó de la mano una taza de plata y fue a caer dentro de una tinaja de agua fuerte. Quedó disuelta, con el disgusto, que es de suponer, por parte del muchacho.

Pero Faraday intervino para rescatar la joya. ¿Cómo? Echó una sal en la tinaja, la cual hizo precipitar en forma de granitos, en el fondo de la vasija, las moléculas de la plata disuelta. Las recogió y mandó fabricar con ellos una taza, mejor o más bonita que antes.

Era la «misma» taza porque estaba hecha del «mismo» material. Así será con los cuerpos resucitados de los justos. Serán los «mismos» cuerpos, aunque no de la misma manera; serán resplandecientes de gloria y sin defecto alguno. Dios puede usar -y de hecho usará- la misma materia, ya que la materia subsistirá siempre, porque es indestructible.

No obstante, lo que hará principalmente que el cuerpo sea el «mismo» será el «alma», porque tal cuerpo pertenece a tal alma.

Así, la misma alma unida, con la misma misteriosa unión, al mismo cuerpo, hará, que nosotros seamos exactamente los mismos, aunque de diferente manera.

147. Resucitaremos todos el día del Juicio

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El hombre está compuesto de alma y cuerpo, y Dios creó estos dos elementos para que estuviesen unidos. La caída de Adán y Eva trajo el castigo de la muerte que desune el alma y el cuerpo. El alma es incompleta sin el cuerpo; Dios volverá a unirlos para siempre con un milagro universal en el último día del mundo.

La resurrección del cuerpo era, materia de controversia entre los judíos. Los fariseos creían en ella; los saduceos, no. Estos presentaron esta cuestión a Jesucristo, en el templo, durante los últimos días de su vida mortal.

Inventaron un caso posible que -según ellos- hacía aparecer la resurrección como algo descabellado y loco. Nuestro Señor les respondió que estaban en error y enseñó claramente «que los muertos resucitarán».
(Léase el Evarigelio de San Lucas, 20, 27-38)